7.5.18

Serie: Karate Kid: Cobra Kai. La nostalgia al servicio del cachondeo y la inversión de valores



Que Karate Kid, la original, es uno de los ejemplos más claros de la cultura pop ochentera que todavía ahora colea, y que incluso expresiones suyas como "dar cera, pulir cera" se siguen oyendo, no sorprende a nadie. Vamos, lo tiene todo: chico que aprende a ser un hombrecito de bien por medio de una sabia figura paterna, superación personal, valores del juego limpio, respeto a las tradiciones, y todo lo que uno quiera sacar de ahí. También se pueden detectar ecos de Rocky, y además el director es el mismo en las dos películas. Aunque tuvo dos entregas más con el mismo protagonista, una cuarta con Hillary Swank y un supuesto reboot con el hijo de Will Smith, como si no hubiesen existido porque ya nada aportaron a la idea principal.



Después de esto, tampoco es que se supiera mucho de los actores principales, y Pat Morita murió hace ya algunos años. Curiosamente la que hacia de chica florero/interés romántico del muchacho, Elizabeth Shue, es la que ha tenido una carrera con papeles más interesantes. De hecho una de las apariciones más recientes de la saga ha sido a través de otra serie, Cómo conocí a vuestra madre, en la que Barney es un rendido admirador de Karate Kid, pero se adhiere a la interpretación de Copenhague de su argumento: el bueno es Johnny y los Cobra Kai, y el verdadero abusón es LaRusso. Incluso en un episodio, precisamente a través de Barney, veremos reunidos de nuevo a los contendientes originales de la película, interpretándose los actores a sí mismos, e incluso sabremos qué fue de sus vidas y se dice, suponemos que exagerando, que William Zabka, el rubio abusón, sigue recibiendo abucheos cuando lo reconocen. De hecho él y su maestro, Kreese, aparecen en ocasiones en las listas de los mejores villanos de películas de todos los tiempos. Y merecidamente, digo yo.

Karate Kid ha permanecido como una referencia desde entonces, hasta que en esta oleada de recuperación de antiguas franquicias a toda costa hace poco se anunció una nueva serie por título Cobra Kai, con los protagonistas originales. Igual que, se dice, la aparición de Tom Jones en El príncipe de Bel Air reanimó la carrera del cantante hace veinte años, no me extrañaría que los repetidos chiste de Karate Kid en CCAVM influyesen en que se haya hecho esta nueva serie, y que incluso marcase en parte cómo iba a ser. Como siempre, al principio uno piensa que para qué y a saber lo que va a salir de ahí, pero rápidamente al ver los primeros avances se entendió que eso pintaba como mínimo realmente bien y que iba a haber como mínimo algún buen chiste por medio.

Así que el veredicto es:


La serie, de diez episodios de media hora cada uno publicados en TouTube, tiene dos partes diferenciadas pero conectadas: la de la anterior generación, Johnny y Daniel, y la de los jóvenes que son sus hijos, nuevos discípulos, etc. No voy a decir que la segunda sobre, se comprende que tiene que estar ahí, pero desde luego es bastante menos interesante para mi gusto que la primera, y no deja de caer en ciertos tópicos, pero no están mal llevados.

La cuestión fundamental es que asistimos al reencuentro de dos antiguos enemigos que no se han visto en más de treinta años, y la última vez que lo hicieron uno le plantó un pie en la cara al otro. Ahora, ya cincuentones, se vuelven a encontrar, y sus vidas han sido un poco lo que uno esperaría que podría haber pasado: LaRusso es un próspero hombre de negocios con dos hijos adolescentes que lo quieren lo normal, está casado con una compañera perfecta y Johnny es un fracasado divorciado, vive alejado de su hijo delincuente, se gana la vida como puede haciendo chapuzas en casas ajenas y bebe demasiado.

En cierto modo, aunque el resto de los personajes tengan cierto peso, Johnny es de lejos el personaje más interesante y el que roba el protagonismo a todos los demás. Lejos de ponerlo como una figura trágica o patética, o de hacerlo seguir el camino de la iluminación, la serie es completamente no maniquea, porque Johnny SIGUE SIENDO MALO. Entendamos que no un malo lineal y plano, aunque se nos dé una cierta explicación de cómo y por qué se torció su camino en la vida al buscar referentes personales equivocados, pero básicamente sigue siendo el mismo abusón, si bien bastante baqueteado por la vida y lógicamente con algo más de autocontrol y sabiendo cómo funciona el mundo. Todo esto sería un error si no se equilibrase con el hecho de que, alejado ya de la influencia constante del señor Miyagui, Daniel LaRusso, bajo esa máscara de afabilidad, buen padre y honrado comerciante, oculta a un verdadero pedazo de mierda de ser humano capaz de cualquier truco sucio para hacer morder el polvo a su rival; mucha deportividad en el tatami pero luego fuera de él es peor que una hiena.

Un tratamiento similar es el que se da a los personajes adolescentes, donde la frontera entre abusador y abusado no queda nada clara. El hijo delincuente de Johnny es manipulado por sus dos amigos violentos, y los dos muchachos que son el hazmerreír del instituto en cuanto adquieren algo de poder por medio de la posibilidad de administrar violencia gracias al conocimiento de las artes marciales se dedican a abusar de ese poder y a sembrar el terror a su paso, y aunque actúen en principio en legítima defensa no dejan de regodearse y sacar partido personal de su nuevo estatus. Es como si la filosofía del Dojo Cobra Kai, golpear primero, golpear duro, sin piedad, fuese realmente efectiva.

Hasta cierto punto, sólo hasta cierto punto, Cobra Kai es una lectura irónica y paródica de su referente cinematográfico que a su vez es un ejemplo palmario de cómo el mundo ha aprendido a entender eso que conocemos como abuso escolar, o bullin ahora que ya hemos aceptado como dogma cultural que algo sólo es relevante si lo decimos en inglés y si ocurre en Estados Unidos. Precisamente por eso siempre ha sido enorme mi sorpresa al oír a gente de mi edad o inferior hablar de sus años escolares en términos que parecen sacados de la sitcom de turno o de las películas que por lo visto tienen que definir cómo son nuestras experiencias vitales. Desde luego no niego la importancia o gravedad del acoso escolar, y desde luego como conocí un par de casos realmente duros me extraña que por puro victimismo, tan de moda ahora como horizonte existencial, alguna gente se defina como víctima del acoso porque alguna vez le dieron una colleja o le dijeran gilipollas; porque por esa regla de tres todos, absolutamente todos, hemos sido víctimas y verdugos del abuso. Por mi propia experiencia, y muchas otras que he oído, mis años escolares se parecieron entre poco y nada a una sitcom, y mucho menos a las useñas en un campus de California con el césped impoluto. Desde luego nada era tan diáfano, y la gente era gente con sus más y sus menos, no tropos televisivos con claras etiquetas puestas en el pecho: el malo, el héroe, el amigo del bueno, etc. De ahí también el escándalo de Johnny al enterarse de las nuevas formas de acoso, como el ciberacoso, que le resultan altamente ofensivas en su dignidad de antiguo abusivo: "¿Qué clase de mierda es ésa? En mis tiempos teníamos honor, un código, y si tenías que insultar y humillar a alguien, ¡al menos se lo decías a la cara!" Por supuesto a Johnny no le habléis de los copitos de nieve, corrección política, lenguaje no sexista o inclusivo o lo de ser triggered, porque le resbala todo: él es de la vieja escuela y lo que suelta por esa boquita a sus alumnos criados de una manera muy distinta los deja con los ojos como platos en momentos de mucha risa y jolgorio. No dice "No quiero mariquitas en este dojo" de milagro. A Johnny me gustaría verlo en un campus de Yale dando estopa y explicándo a la gente que cuando salgan al mundo real se los van a comer con patatas hijos de puta como él.

Aunque esta serie no escapa del todo de utilizar esos tópicos en parte, como la niña rica y creída que se dedica a insultar a todas las chicas en un claro ejemplo de competencia intragénero, los personajes adultos quedan definidos con muchos más grises, y eso es algo que enriquece enormemente a la serie al explotar rasgos que ya estaban presentes en la película original: Daniel ya tenía un pronto muy malo y arrebatos que hacían torcer el morro al señor Miyagui haciendo su papel de "anciano sabio oriental", y Johnny al ser vencido tiene un momento de nobleza, reconoce su derrota y es quien entrega el trofeo a Daniel. En esta serie veremos que Johnny, sin dejar de ser básicamente un tipo poco recomendable y con una ideología prestada de Gengis Khan, es capaz de preocuparse, muy a su manera, por sus discípulos, para los que intentará ser un mejor sensei de lo que fue Kreese para él, y aunque Daniel sea un pilar de la sociedad y buen tipo en general también es un vanidoso enamorado de sí mismo y cuando se le cruza el cable se comporta como un verdadero hijolagranputacabrón que mejor apartarse de su camino. En esto la serie es real como la vida misma: nadie es malo hasta que no le tocan las narices, y tarde o temprano hay algo que a todo el mundo le toca las narices.

Otro punto fuerte de la serie es su sentido del humor, sobre todo cuando se ríe de las convenciones del mismo género que Karate Kid ayudó a crear, además de, como ya he indicado, crear un área gris donde no se sabe quién es el verdadero bueno o el malo, aunque sí hay comportamientos nobles o rastreros. Al final los personajes no se redimen realmente ni alcanzan una verdadera iluminación de último minuto, aunque todos aprenden una amarga lección personal, cada uno la suya. Vamos, como en la vida misma.

Supongo que habrá segunda temporada, el final queda abierto y en la última escena aparece otro personaje de la primera película que puede abrir nuevas vías para que la historia continúe.

-SuperSantiEgo

14.4.18

Peli y cómic: La muerte de Stalin. Juego: Kremlin, y otras curiosidades de la Guerra Fría

De 2010 a 2012 se editó en Francia, en dos tomitos, un cómic sobre la muerte de Stalin, sucesor de Lenin en la jefatura de la Unión Soviética y uno de los mayores dictadores de la Historia, modelo de Orwell para su omnipresente Gran Hermano por ser uno de los más claros ejemplos del culto al líder. El cómic está realmente bien, muy bien dibujado en el estilo que se conoce como línea clara y con un guión que se toma todo tipo de libertades dramáticas para condensar en unas 120 páginas lo que ocurrió cuando murió Stalin, y la guerra de sucesión que se produjo inmediatamente, y que se resolvió con un golpe de Estado por parte de Kruschev y el mariscal Zhúkov, y la eliminación de Beria, la mano derecha de Stalin.

Tantas son las licencias, por otra parte legítimas, como estrafalarias algunas de las circunstancias de la muerte del líder y de su sucesión, que los autores, Fabien Nury y Thierry Robin, aclaran al principio que a ese respecto no se están inventando nada, y que en efecto todo fue así de grotesco y extraño. La primera de estas licencias es unificar dos hecho que en realidad estuvieron bastante alejados en el tiempo: Stalin murió entre el 1 y el 2 de marzo de 1953, nueve años después que ocurriese de verdad la retransmisión en directo el Concierto para Piano nº 23 de Mozart, interpretado por la maestra Maria Yúdina, concertista que era una de las preferidas de Stalin, y que era de las pocas personas en la Unión Soviética que podía proclamar en voz alta su desprecio por el dictador. La anécdota con la que empieza tanto el cómic como la película es por tanto cierta, aunque desplazada en el tiempo: Stalin escuchaba en la radio el concierto, y le gustó tanto que pidió una copia grabada para su disfrute personal, y como no se había realizado grabación alguna los responsables de la radio se vieron en la necesidad de realizar en plena noche el mismo concierto para en esa ocasión grabarlo y enviárselo al Tito Koba. El director de la orquesta, al verse con tal responsabilidad, sufrió un colapso nervioso, y sólo el tercer director al que encontraron tuvo suficiente presencia de ánimo para dirigir a la orquesta. Stalin quedó tan complacido con la que creía que era la grabación del mismo concierto que había escuchado que envió a la pianista una gratificación de 20.000 rublos, y fue entonces cuando ella le respondió letra por letra la carta que tanto en cómic como en la película recibe Stalin, donde lo pone de hoja de perejil y, muy santurrona como era la señora, le decía que iba a utilizar ese dinero para ayudar a su parroquia. Como todo monarca absoluto que tenía pleno poder discrecional sobre la vida y la muerte de sus súbditos, en un país sin verdaderas garantías procesales, la palabra o el capricho de Stalin era ley, así que la chulería suicida de la pianista le pareció estimulante, leyó la carta a sus colaboradores como si fuera una cosa muy divertida, no dio ninguna orden para que pasase a ser una no-persona, y siguió escuchando sus conciertos sin importarle que la señora, si le daba la gana, en sus conciertos incluso recitase poemas de autores como el represaliado Boris Pasternak, y aunque el país era oficialmente ateo y se consideraba antirrevolucionario lucir símbolos religiosos, ella lucía habitualmente una cruz con una cadena al cuello. Murió en 1970, y nunca recibió autorización para tocar el piano fuera de la Unión Soviética, ante el lógico temor de que desertaría a la que tuviese la más mínima oportunidad. En los últimos tiempos de la Guerra Fría, recordemos, las deserciones de artistas, sobre todo músicos, llegaron a ser tan abundantes que se contaba el chiste de "¿Qué es un cuarteto de cuerda ruso? Lo que vuelve a casa de una orquesta sinfónica rusa después de una gira por Occidente".

De todos modos esa anécdota, aunque nueve años anterior, sí guarda algo de relación con la muerte de Stalin, pues según parece era una grabación de Maria Yúdina la que sonaba en el tocadiscos de Stalin cuando sufrió una hemorragia cerebral de la que ya nunca llegó a recuperarse. Tanto el cómic como su adaptación cuentan con bastante crueldad lo que fue la agonía de Stalin, pero por lo menos la versión que leí yo hace tiempo es incluso peor, ya que explicaba cómo, aunque la posibilidad de curación habría sido mínima, dada su edad y lo grave de un ataque de esas características, sencillamente nadie quería ponerse al mando de la situación y ser al que se podría señalar como responsable del momento en el que se declarase muerto a Stalin, acusado de traición y culpable de la muerte del Padre de los Pueblos, así que durante horas Stalin agonizó primero en el suelo y después en una cama sin atención médica y sin que nadie se atreviese a tocarlo. Al final, cuando se consiguió reunir a un grupo de médicos, ya nada se podía hacer, y los miembros principales del politburó no se sabía a qué tenían más miedo: a lo que iba a pasar entre ellos cuando enterrasen a Stalin o que el Padrecito se recuperase y se enterase de su actitud de cobardes ante su enfermedad. Lo que en cualquier otro país del mundo se habría realizado con prontitud y como la cosa más natural del mundo, atender a un líder político ya anciano que había sufrido un ataque, en la Unión Soviética se convirtió en el enésimo episodio kafkiano de ese país en la que hubo gente que pasó décadas en el gulag por un chiste contado a destiempo, y lo que es peor: quizá nunca llegó ni a saber de qué se le acusaba. Aleksandr Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag cuenta casos de gente purgada que parecen sacados de una peli de Jerry Lewis, y en El primer círculo explica lo absurdo que era que todo científico realizaba sus investigaciones con un agente prácticamente pegado a su nuca mirando lo que estaba haciendo o escribiendo, aunque fuese obviamente incapaz de entender la labor de la eminencia científica a la que estaba espiando. Uno de los chistes de humor negro que se contaba en la época era que los agentes del KGB siempre iban de tres en tres: uno sabía leer, otro escribir y el tercero era analfabeto y controlaba lo que hacían esos dos peligrosos intelectuales. En una línea parecida durante la Revolución Cultural en China se podía ir a la cárcel automáticamente sólo por tener conocimientos de un idioma extranjero.

Otro lance que se cambia respecto a la historia tal como la conocemos es el de la esposa de Mólotov, el ministro de exteriores que firmó el famoso pacto de no agresión con los nazis. Su esposa, Polina Zhemchúzhina, era judía, y eso en la época de Stalin era tener ya la mitad de la X dibujada en la casilla de candidato a ser purgado. Fue encargada del equivalente del ministerio de industria en las áreas de cosméticos y pesca, y en 1948 se hizo amiga de Golda Meir y apoyó la causa de que se entregase a los judíos de la Unión Soviética la Península de Crimea para formar allí su propio estado étnico. Se la juzgó por traición, y se la envió al exilio interno a un campo de trabajo bajo la supervisión de Beria. Mólotov siempre se sintió culpable por la suerte de su mujer, de la que se tuvo que divorciar, y se cuenta que todos los días hacía poner su plato en la mesa. para recordarla. En el cómic y la película se establece, de forma mucho más propia de un folletín, que Mólotov iba a ser purgado la misma noche en la que murió Stalin y que sólo su muerte lo salvó, y que a Polina Zhemchúzhina se la daba por ejecutada, pero que Beria la había mantenido viva en secreto por si le era útil en algún momento, como es el caso pues así al traerla teatralmente para Mólotov éste vota a su favor en la que Beria creía iba a ser su imparable ascenso al poder. Una vez reunidos de nuevo con su esposa, Mólotov vio cómo su carrera seguiría declinando, y tanto uno como otra, demostrando que el ser humano no tiene enmienda, se mantuvieron devotamente unidos a la figura de Stalin y a sus obras hasta sus respectivas muertes en 1986 y 1970, defendiéndolo incluso en la etapa de desestalinización. Mólotov, ya muy mayor, llegó a ver a Gorbachov en el poder y conoció la Perestroika. En la película interpreta a un melancólico Mólotov el estupendo Michael Palin.

Y es que tanto en la película como en el cómic el villano, obviamente, es Beria. No nos engañemos: allí bueno, lo que se dice bueno, no era ninguno, pero también hay que reconocer que Beria por sus propios méritos se destacaba entre todos ellos por su grado de bajeza humana. El mismo Stalin se había referido a él durante la guerra como "nuestro Himmler", lo que no se sabe si es un halago, un insulto, o probablemente las dos cosas. A toda la ristra de crímenes que se pueda imaginar uno que pueda ostentar el que fue durante décadas la mano derecha de Stalin, y a la hora de su muerte de su amo ministro del interior y la persona con quien era mejor no disgustarse después del mismo Stalin, se le añade su afición desmedida por el sexo, y por violar a jovencitas en la Lubianka. La relación entre Stalin y Beria por lo visto era realmente compleja: Stalin se fiaba de Beria menos todavía que de cualquiera, y en general ya no se fiaba de nadie, pero sabía que Beria era el único capaz de ejecutar con lacayuna obediencia cualquier cosa que le pidiera, y que aunque el mismo Beria era un verdadero monstruo se cagaba literalmente de miedo ante él y sabía que ante el más mínimo error o vacilación por su parte el mismo Padrecito podía mandar que lo eliminasen y que nada podría salvarlo. Aunque en el cómic y la película parece actuar en todo momento de forma fría y racional para alcanzar el poder, en realidad su comportamiento fue poco menos que histérico y errático ante la muerte de Stalin. Imaginémoslo: en ese momento, con varios reunidos allí, uno de ellos podría haber sacado una pistola nada más morir Stalin, cargarse a los demás, decir que fue la última voluntad del premier antes de morir que él tomase el poder, y a ver quién le hubiese llevado la contraria. ¿Juegos de Tronos? Juego de Tronos es para niños de teta.

Otra cosa que cambia, sobre todo en la película, es la secuencia temporal, que se comprime: en realidad, entre la muerte de Stalin en marzo y el golpe de estado de Kruschev, hubo tres meses de preparativos hasta junio, y Beria fue ejecutado en diciembre de 1953, mientras que en la película todo sucede en cuestión de días y Beria es poco menos que juzgado en un garaje y ejecutado al momento de un tiro. Algo que tampoco habría sido demasiado extraño para los que vivieron la Revolución de Octubre, desde luego. De hecho, aquí habría discrepancias entre el cómic, la película y distintas versiones sobre la muerte de Beria. En el cómic, en el que se quiere que aparezca como un diabólico villano, acepta con estoicismo su fusilamiento, mientras que en la película, tal como parece que realmente ocurrió, pierde los papeles de forma lamentable y se marca un "muerte entre las flores" suplicando a gritos que no lo maten, hasta que harto de oírlo el general Pavel Batitsky le descerraja un tiro en la frente sin más miramientos. Según un artículo de Carlos Semprún, lo del juicio y ejecución en diciembre es uno de los muchísimos ejemplos de agujeros negros en la historia de un país que eliminaba sistemáticamente el papeleo, si es que éste llegaba a existir, cuando no a las personas que habían sido testigo de todo, así que en realidad Beria habría sido ejecutado de forma sumaria inmediatamente después de su detención para evitar cualquier posibilidad de rescate, y su juicio en realidad no fue más que una nota de prensa que se publicó meses después de que sus cenizas se hubiesen esparcido en uno de los bosques que rodean Moscú.



Aunque todos los personajes tienen su momento de gloria en el cómic y la película, obviamente Kruschev se ve que es el que mejor perfilado está porque al fin y al cabo, recordémoslo, fue el que realmente sucedió a Stalin, desmanteló en parte el régimen de terror, y lideró la Unión Soviética durante la primera fase de la Guerra Fría. A ver, que no era un santo precisamente: subió en la jerarquía del partido durante la Gran Purga, y en 1939 era comisario político encargado de Ucrania, donde no fue a regalar caramelos precisamente, y durante la Batalla de Stalingrado, como muy bien se refleja en Enemigo a las puertas, fue el encargado de que todo el que participase en ella viese como una opción más apetecible morir a manos del ejército alemán que desobedecer las órdenes de participar en ataques suicidas. Por cierto: aunque el mismo Vasili Záitsev lo narra en sus memorias, donde dice algo tan poético como "la sangre de los soldados rumanos es un buen fertilizante para la Madre Patria", en realidad no hay ninguna constancia de que hubiese ningún duelo personal y épico con un supuesto maestro francotirador nazi, así que probablemente fue todo un invento de la propaganda soviética para elevar la moral. Pero bueno, se non è vero, è ben trovato.

Kruschev fue el único premier soviético que no murió en el cargo, y durante su gobierno se intentó reformar sin éxito la economía y dinamizar el aparato burocrático y productivo. Aunque de talante muy distinto al de Stalin, al que se purgó después de muerto, así como a muchos de sus seguidores más acérrimos, la inercia del estado soviético era demasiado grande para hacerle cambiar de rumbo, así que siguió siendo un mastodonte imposible de reformar. Sólo donde hubo una verdadera competencia, en este caso externa, como fue la carrera de armamentos y la espacial, los soviéticos fueron realmente eficaces por motivos propagandísticos, mientras la producción de bienes de equipo básico, o de alimentos, seguía siendo lastimosamente ineficiente. Aunque Kruschev visitó Estados Unidos y quiso llevar a cabo una apertura mayor, no lo consiguió por dos razones: la propia resistencia de su país, donde su poder no era tan indiscutible como el de su antecesor, ni la propia reticencia de los Estados Unidos en un tiempo donde los halcones del Pentágono tampoco es que fuesen muy razonables que digamos, y eso de la "Coexistencia Pacífica" les sonaba a "la típica trampa comunista". Eran los tiempos en los que John von Neumann, antes de morir en 1957, daba charlas a los generales estadounidenses en las que explicaba que la guerra nuclear con la URSS era inevitable y que por eso mismo cuanto antes empezase mejor, y mejor todavía si se empezaba de forma unilateral y sin razón alguna para minimizar pérdidas, pura teoría de juegos, y cuando la Corporación RAND propuso un modelo de ataque nuclear que en un primer momento no impactase en las ciudades más pobladas, el General Powell replicó: "¿Contención? ¿Por qué está usted tan preocupado por salvar sus vidas? La idea principal es matar a esos cabrones. Si al final de la guerra quedan dos estadounidenses y un ruso vivo, ¡hemos ganado!" William Kauffmann, un analista que abogaba por contramedidas proporcionales en vez de represalias masivas, le replicó recordándole los hechos fundamentales de la vida: “Bueno, entonces asegúrese de que sean un hombre y una mujer.” Es la época de la Crisis de los Misiles, donde al mundo le faltó un pelo para saltar por los aires. Como expliqué al hablar de Mad Max, por algo durante décadas la guerra nuclear y sus consecuencias se trataban de forma obsesiva por parte de la ciencia ficción. Hubo un tiempo en el que términos como "ataque preventivo" y "teatro nuclear europeo" estaban en las conversaciones habituales de mucha gente.



Kruschev comiéndose un perrito caliente para experimentar el american way of life.

Kruschev sin embargo se ganó, hasta cierto punto, las simpatías de la prensa mundial, pues parecía básicamente un ruso bonachón, el típico tío lejano que se emborracha en las fiestas y baila cuando ha cogido un buen pedal. Además hacía lo que raramente se había visto hacer en público a su antecesor y nunca se vio a su sucesor: sonreír. Su visita de dos semanas a los Estados Unidos en 1959 fue muy sonada, y dio lugar a muchas fotos memorables, además del momento en el que el premier se quedó a cuadros cuando un representante de una cámara de comercio o algo así en su discurso de bienvenida lo definió como "El mayor capitalista del mundo, pues es el presidente de una sociedad anónima de más de cien millones de personas". La anécdota más famosa que se atribuye a Kruschev es también probablemente falsa, aunque él mismo la cite en sus memorias: quizá sí se quitó unos zapatos que le apretaban en plena Asamblea de la ONU y golpeó en varias ocasiones en su mesa o en el atril con el puño para protestar por lo que decía algún orador, pero no se dio el caso que golpease con el zapato en la mesa, y desde luego no está registrado en ninguna foto o vídeo, así que parece ser que todo fue una dramatización de la prensa. De la época de Kruschev en clave de comedia la mejor película es la genial Un dos tres de Billy Wylder, en la que se hace referencia tanto a la manía de la URSS de emitir vetos en el Consejo de Seguridad, lo que le valió el nombre de Mister No a Gromyko, como a la citada anécdota de golpear con el zapato sobre la mesa.



Pese a los éxitos exteriores en la Guerra Fría, con el mantenimiento de los Países Satélites, aunque se produjo la sangrienta represión de Hungría, y una influencia más que considerable en los movimientos de descolonización, en la que aparecieron varias "repúblicas populares", y una presencia más que notable en los movimientos políticos y culturales en Occidente de los que hablaremos luego, a Kruschev le terminaron por mover la silla, y fue depuesto en 1964 como premier, y apartado del poder con una jubilación de oro forzada, hasta que murió en 1971. Su sucesor, Leónidas Brézhnev, fue el líder de la Unión Soviética hasta su muerte en 1982, y protagonizó la segunda etapa de la Guerra Fría, además de suponer su mandato lo que se conoce como el Estancamiento en lo que se refiere a la política interna del país. Básicamente, en la Unión Soviética en ese tiempo no pasó nada, y ése fue el problema: mientras las sociedades capitalistas avanzadas evolucionaban social y económicamente, con un paulatino cambio de la economía del sector secundario al terciario, en la URSS no se hizo nada de nada, las fábricas eran básicamente las mismas y hacían lo mismo que hacía cuarenta años. Además, se recuperaron prácticas del mismo período stalinista, y aunque llegó un momento que era difícil creer que pudiese todavía quedar alguien que fuese un traidor o disidente, se seguía enviando a gente a campos de trabajo y a instituciones psiquiátricas. La palabra lo dice todo: Estancamiento. Siguieron fabricando tanques para invadir Europa Occidental siete veces seguidas, armaron toda cuanta guerra pudiese servir de incordio a los intereses de los Estados Unidos y acumularon igual que ese país armas nucleares para exterminar no una sino varias veces hasta al último ser vivo del planeta. Pero no eran capaces de fabricar un utilitario decente, en la televisión se anunciaban productos de consumo que no existían y la gente hacía largas colas para comprar pan, mientras los miembros del politburó y otros altos funcionarios circulaban por Moscú en coches de importación por carriles especiales exclusivos para ellos y compraban en dólares productos de lujo en las tiendas internacionales de hoteles que servían de base a los enviados comerciales extranjeros, prohibidos para los mismos soviéticos. Al leer sobre lo que pasaba en el país, la sensación es ésa: nadie sabía lo que hacer, porque básicamente todo estaba prohibido, y cualquier idea original o de cambio no sólo era imposible de llevar a cabo, sino que mientras que en Occidente te podían decir como mucho que eso era una chorrada y a nadie le importaba, allá podías acabar con tus huesos en la cárcel. Hasta en ciencia el lysenkismo había dejado muy claro que tener razón no era garantía de nada, y el sistema de prueba y error, el único que funciona, no se consideraba parte del socialismo científico. Por eso eran tan formidables en matemáticas, jugar al ajedrez y música clásica, porque si te dedicabas a eso sabías que nadie te molestaba ni estabas haciendo nada malo. Un país dominado por una gerontocracia afianzada todavía en una mentalidad de los tiempos de la Revolución o de la Segunda Guerra Mundial simplemente no sabía cómo cambiar un país que necesitaba a gritos reformas de todo tipo y empezar a prepararse para el siglo XXI. Consiguieron en un tiempo récord industrializar al país y recorrer todo lo que no se había avanzado hasta llevarlo a mediados del siglo XX a completar su segunda revolución industrial, y a partir de ahí, acabada la única idea que tenían, crear una industria pesada al nivel de Inglaterra y Alemania, nadie hizo nada, como se podía esperar, así que todo aquello terminó cayendo por su propio peso. En Rusia se contaba un chiste que ejemplifica bastante bien los tres períodos más significativos de la era soviética: Stalin, Kruschev y Brézhnev están esperando juntos dentro de un vagón la salida de un tren. Cuando llevan un minuto de retraso Stalin se levanta, sale y cuando vuelve dice: "He mandado ejecutar al maquinista por sabotear el tren. Ahora sabrán todos lo que tienen que hacer y saldremos de inmediato". Cuando ya llevan un cuarto de hora de retraso es Kruschev el que se marcha y cuando vuelve al tren explica: "He rehabilitado al maquinista. Saldremos a no tardar". Cuando ya llevan media hora de retraso Brézhnev se levanta, echa las persianas de las ventanillas, se sienta y empieza a dar ligeros botes con el culo mientras dice: "Chucuchú, chucuchúúúú, piiiiii, piiiii". Vamos, que el tren no andaba.

El resultado es bien conocido: después de la muerte de Brézhnev hubo dos coletazos más de seguir extendiendo la gerontocracia pero ya sonaba a chiste: gente que se les moría tan rápido que no quedó más remedio que poner a un señor, Gorbachov, que intentó salvar lo insalvable con la Perestroika y la Glásnost, la Reestructuración y la Transparencia. En 1991 la Unión Soviética dejó de existir y la noticia salió en la página 3 de los periódicos cubanos. Visto lo visto, y cómo ha evolucionado el país en una economía de mercado de tintes gansteriles cuya alternativa a un estado autoritario como es ahora era precisamente un estado fallido dominado por bandas de mafiosos, y cómo China ha mantenido lo de "un país, dos sistemas", cuando llegó a tener abolida toda forma de propiedad privada durante décadas, está claro que la Unión Soviética pudo haber sobrevivido sin llegar a disolverse del todo, pero sólo por medio de unas reformas que nadie estaba dispuesto a llevar a cabo. Igual que nadie hizo nada cuando murió Stalin y todo el mundo se quedó mirando a ver lo que pasaba cuando sucediese lo inevitable y qué tajada podía sacar cada uno, lo mismo hicieron con el país. Tanto la Rusia de Putin como la China de Xi Jinping demuestran que no es necesaria una democracia liberal para que prospere el capitalismo corporativo que tan buenos resultados nos ha dado hasta ahora y que promete la macdonalización y la uberización del proletariado capitalista, y creo que no estamos lo bastante acojonados por ello.

Otro punto importante en esta historia es el de los hijos de Stalin, los dos que seguían vivos, y que salen tanto el cómic como en la película. El hijo mayor, Yakov Dzhugashvili, hijo de su primera esposa, que había muerto de tifus, fue capturado durante la Segunda Guerra Mundial al principio de la invasión de Rusia, e identificado por los alemanes se ofreció a Stalin que lo cambiasen por el mariscal Friedrich Paulus, capturado en Stalingrado. Stalin apenas conocía a su primer hijo, no sentía ningún afecto por él y le había sentado como un tiro que se casase con una judía, así que seguramente sin conocer la historia de Guzmán el Bueno dijo que no podía intercambiar a un simple soldado por un mariscal. Su hijo murió en un campo de prisioneros, según parece al intentar escapar, no se sabe si buscando su propia muerte o no. Quizá no fue tan mala idea, pues los oficiales rusos, así como sus esposas, tras su liberación por parte del enemigo no se les trataba como en otros países como a héroes de guerra, sino que sistemáticamente eran tratados como a potenciales traidores, internados preventivamente en prisiones militares y severamente interrogados ante la presunción de que podrían haber tenido algún tipo de adoctrinamiento por parte del enemigo y por tanto ser espías. La nuera de Stalin y viuda de su hijo no tuvo a este respecto ningún trato de favor.

Los dos hijos que sobrevivieron a Stalin fueron fruto de su segundo matrimonio, con Nadezhda Alliluyeva, que había lo conocido durante el exilio de éste en 1911. Cuando se casaron ella tenía dieciocho años y él la doblaban en edad. Todo parece indicar que aparte del estrés propio de vivir en una época de purgas continuas, Nadezhda era notablemente inestable con períodos maníacos, y se suicidó en 1932.

Vasily Stalin fue un verdadero fiera. Su padre no tuvo demasiada relación con él y con su hermana, pero no se educaron con parientes como su hermano mayor, al que su padre veía como poco más que a un paleto de pueblo. Estos dos hijos más jóvenes se encargaron al cuidado de un sargento del ejército, y así salieron los dos. Vasily, un tipo muy bien templao nacido en 1921, tuvo una carrera meteórica en las fuerzas aéreas soviéticas, y alcanzó el grado de teniente general en 1948; mientras su padre estuvo vivo sus cagadas se taparon, y no fueron pequeñas precisamente. En 1950 era el encargado del equipo de hockey de la fuerza aérea, con la mala suerte de que casi todos murieran en un accidente un par de semanas antes de un partido en honor por el 70 cumpleaños de su padre, así que no se le ocurrió mejor idea que ocultarlo todo, evitar que Stalin se enterase y reclutar a nuevos jugadores con la esperanza de que a Stalin no lo preocuparían por nimiedades como que moría gente, cosa que nunca le importó demasiado. En 1952 permitió que con mal tiempo volasen los Tupolev Tu-4 para un desfile militar. Sea por el mal tiempo, o porque en concreto uno de los Tupolev estaba mal copiado del Boeing B-29 Superfortress, de donde había salido por ingeniería inversa de tres ejemplares que los estadounidenses se vieron obligados a abandonar en territorio soviético en sus bombardeos sobre Japón, el resultado fue que uno de ellos se estampó contra el público asistente, y dada las dimensiones del aparatito ya os podéis imaginar la escabechina. Por mucho menos de esos incidentes te declaraban saboteador y enemigo del pueblo, pero el hijísimo no tuvo ese problema. Tanto es así que en el cómic el mariscal Zhúkov pone como condición para cooperar en los planes contra Beria que se juzgue a Vasily, ya que es una vergüenza para el glorioso Ejército Rojo. Otra de las habilidades de Vasily, según parece, era montar unas raves de escándalo que dejaban chicas a las que se montaban los KISS en los años setenta, y en las que el vodka corría abundante como el Volga y las putas llegaban en volquetes. A pesar de todo esto, se casó hasta en cuatro ocasiones. Después de la muerte de su padre Vasily no se dedicó a lo suyo, que era emborracharse y montar fiestas, y apenas un mes después de la muerte de Stalin fue acusado de haber revelado secretos de estado a unos diplomáticos extranjeros, así que lo metieron en chirona y le dieron el tratamiento propio de la época con el que terminó admitiendo incluso que había sido el toro que mató a Manolete, igual que al final de 1984 Winston Smith reconoce todos sus crímenes, los reales y los inventados. Después de unos años en un campo de trabajo recibió el perdón, se le permitió lucir el uniforme con su rango y se le concedió una pensión y una vivienda. Vasily hizo lo único sensato en ese caso: se emborrachó todos los días hasta reventar, poco antes de cumplir los 41 años.


La foto de arriba es la típica foto familiar. Detrás está el papá, Stalin, y en primer plano su hija, Svetlana Alliluyeva, el único de sus descendientes que parece ser que obtuvo algo de afecto de él. Tampoco tiene nada de particular que la niña pose en actitud cariñosa con un amigo de la familia... que resulta ser el tito Beria. Que Stalin dejase tan tranquilo que su subordinado, de quien conocía sus particulares gustos, posase en esa actitud con su hija, da que pensar: para empezar, sabía que tenía tan dominado a su ministro del interior que estaba seguro de que su hija estaba muy segura. El problema es que la niña de papá cuando sólo tenía dieciséis años se enrolló con un judío, con la manía que les tenía Stalin, y el cineasta Aleksei Kapler, veintidós años mayor que la chica, pagó su osadía con diez años en el Gulag. Svetlana estudió historia e idiomas, y además de dar clases era traductora. Después de tres matrimonios, ya en 1963, tuvo un romance con un comunista indio, Brajesh Singh (quién sabe si pariente de Kahn Noonien Singh) y Svetlana se volvió un poco jipi y mística, y aprovechando que su amante había muerto y con la excusa de arrojar sus cenizas en el Ganges pidió asilo en la embajada de Estados Unidos en Nueva Dehli en 1967, con el escándalo que todos podemos suponer, y sobre todo con cierta sorpresa ya que en los Estados Unidos lo de que Stalin tuviese una hija sólo era un rumor por confirmar.

Y ahora un momento, esperad que me aclare que esto es complicado: ya en los Estados Unidos la hija de Stalin terminó casándose con el arquitecto William Wesley Peters, discípulo de Frank Lloyd Wright, cuya hija adoptiva se llamaba Svetlana Hinzenberg  y era hija de un matrimonio anterior de Olgivanna Lloyd Wright, una danzarina montenegrina casada en segundas nupcias con el eminente arquitecto. La cuestión es que Svetlana Hinzenberg, casada con William Wesley Peters, murió en un accidente de tráfico, y su madre Olgivanna Lloyd Wright, que estaba como unas maracas y practicaba la teosofía, decidió al conocer a Svetlana Alliluyeva que su ahora viudo yerno tenía que casarse con ella porque se llamaba igual que su hija y había una profunda conexión mística entre todo ello. Ríete tú del "Mi madre también se llama Martha" del que tanto nos reímos en Batman vs Superman. El matrimonio no duró mucho, pero nació una hija, llamada Olga Peters (ahora Chrese Evans), influencer que se hace fotos vestida de Tank Girl y la única persona en el mundo que puede decir la frase "Mis abuelos son José Stalin y una bailarina montenegrina que practicaba la teosofía" sin que sea mentira. Su madre se había ganado la vida escribiendo libros, sobre todo sus memorias Veinte cartas para un amigo, y murió en 2011 después de regresar durante un corto período en 1984 a la URSS, para lo que se le tuvo que devolver la ciudadanía soviética que se le había retirado después de su deserción. Antes de morir también le dio tiempo a decir de todo menos simpático a Putin. Si hasta la hija de Stalin dice que le das mal rollo, es que algo estás haciendo bien.



Y, más o menos, estos son los actores principales tanto de la película como del cómic, ambos muy recomendables. Quizá llama la atención que la película incide de forma directa en los aspectos más absurdos y de despropósito del cómic cargando las tintas, hasta convertirse en una sátira por momentos no demasiado sutil. Como ya he ido indicando, aunque la historia sigue con bastante fidelidad al cómic, se aparta en el tono y en algunos detalles, así como en el tratamiento de algunos personajes: Zhúkov, que en la película es un cachondo, en el cómic aparece siempre con cara de atravesao con la gorra de plato enroscada, y se da un aire muy a lo Juez Dredd.

Películas sobre este mismo período obviamente las hay a cientos, pero llama la atención una de ellas, The Inner Circle, basada en la vida del proyeccionista de Stalin, el tipo que estaba a su disposición para ponerle películas cuando él lo deseara. En esta película Bob Hoskins no interpreta a Kruschev, sino a Beria.





Como curiosidad, si veis The death of Stalin en versión original, llama la atención el correctísimo acento de todos los actores, mientras que en The Inner Circle todos hablan con unos marcados acentos se supone que rusos, georgianos o lo que sea. También sale la muerte de Stalin, pues obviamente al morir éste el proyeccionista se quedó sin trabajo.

Como destacadísima figura del siglo XX que es, Stalin ha aparecido en multitud de obras de todo tipo, y no sólo en comics como éste del que hemos hablado sino en muchas otras. Por ejemplo, el Red Son, una historia alternativa en la que la cápsula del bebé Kal El no cae en Kansas sino en una granja colectiva de Ucrania, de modo que termina siendo educado por Stalin y se convierte en su sucesor:


Los 4 Fantásticos, antes de que existiese el Nixon Robot de Futurama, se enfrentaron en una realidad alternativa a un Stalin inmortal que dominaba un invencible cuerpo robótico.

En este blog, también, hablamos de cómo Lincoln, viajero temporal, se enfrentaba a los mayores dictadores del siglo XX, en este caso a Stalin del Vacío:

A día de hoy y pasado tanto tiempo nos resulta realmente difícil entender lo que era la figura de Stalin, no ya en la propia URSS, sino fuera. Entendámoslo: el culto al líder, al poder omnímodo del gobernante, es tan antiguo como los faraones y perdura a día de hoy en países como Corea del Norte, en la monarquía de Marruecos e incluso de forma simbólica en Francia y Estados Unidos en la propia institución de presidente, que no tanto en la figura concreta que ocupe el cargo, y de los Papas ya mejor ni hablamos, eso de ser Vicario de Cristo en la Tierra conlleva un boato que se ha relajado mucho para mi disgusto, y un Papa sin silla gestatoria pierde muchos enteros. Y los zares en Rusia, básicamente, eran vistos como santos en vida, investidos de poder divino y herederos por vía indirecta del poder de la Roma Imperial y de los Apóstoles. (Mentira cochina, el último de los Paleológos le vendió el título a nuestro Fernando el Católico.) La Rusia zarista habría sido uno de los últimos lugares en en los que Marx habría creído que se podría haber producido una revolución comunista, así que en realidad lo que ocurrió en parte fue cierto continuismo del régimen anterior, donde ya no existían las garantías procesales, y la policía secreta mantenía un régimen del terror sobre los revolucionarios que luego se hicieron con el poder y aprovecharon de esa misma estructura y de la pasividad de una población sumisa que vio cómo dejaron de mandar los zares de forma casi feudal para pasar a un politburó comunista a los que a veces se referían de forma bastante cruel como Los Zares Rojos.

A la muerte de Stalin el culto a la personalidad de Stalin era omnipresente no ya en la URSS, sino en todo el mundo a través de los distintos partidos comunistas que se consideraban files a Moscú, y por lo tanto pretendían de alguna manera, directa o indirecta, instaurar un régimen socialista afín al soviético, de modo que el ideal mundial era convertir a todo el planeta en un único estado comunista sin clases ni fronteras nacionales e instalado en la paz perpetua, que es el que aparecía en el futuro en algunas obras de ciencia ficción soviética, y que en cierta forma, implícitamente, nos cuela también Gene Roddenberry en Star Trek. En los países occidentales con sistema de partidos podía haber varios que se calificasen como comunistas, como maoístas o troskos, pero casi siempre nos encontraremos con uno, el más importante, que era el afín a la URSS, y que solían mantener una línea llamada "obediencia a Moscú". Esto suponía que aparte de presentarse a las elecciones nacionales con programas electorales llenos de nacionalizaciones y control estatal de la economía, siempre, a nivel propagandístico, apoyaban cualquier acción de la Unión Soviética, de forma acrítica y totalmente sumisa, de ahí el término obediencia. Obviamente no fue algo que no causase tensiones internas en unos partidos en los que no se podía optar por la purga en su versión fetén que acababa con un tiro en la nuca, pero hubo muchos casos de destituciones y ceses fulminantes precisamente por atreverse a decir algo en contra de la línea que marcaba el PCUS, lo que venía a ser la central de la Internacional Comunista, y que a ese efecto funcionaba como una multinacional cualquiera, ya que ni que decir tiene que en los congresos comunistas internacionales lo que decía la URSS iba a misa y los demás se dedicaban a tomar notas. Naturalmente no todo funcionaba a la perfección, los chinos les salieron ranas con su propia versión de estado totalitario también con resabios de su anterior sistema social, el maoísmo, e incluso hubo versos sueltos como la Yugoslavia de Tito, amén de versiones que quisieron ser más papistas que el Papa, Corea del Norte y Albania, que daban mal yuyu incluso a su modelo. También hay que reconocer que pasado el tiempo, y ya años después de la caída de la Unión Soviética se produjo un fenómeno paralelo de forma semiespontánea a través de todo un complejo entramado de opinadores de Internet durante los tiempos de Bush, y que continúa en cierta manera a día de hoy, formado al calor de distintos think tanks que se crearon en parte para contrarrestar la influencia soviética, de modo que se aglutinó informalmente una ideología de "obediencia a Washington": una predisposición a admitir y justificar acríticamente cualquier error político o militar de los Estados Unidos, la visión providencialista del "presidencialismo imperial" y una confianza ciega en el destino de esa nación en liderar al mundo a un futuro glorioso de capitalismo en el que se atarán a los perros con longanizas al llegar al Fin de la Historia. A algunos de esos opinadores la cara de tonto que se les ha quedado después de la victoria de Trump todavía no se les ha ido. La Rusia de Putin, igualmente, no escatima gastos en su campaña para justificar sus políticas internas y externas.



Desde la misma Revolución Rusa, obviamente, la idea era exportarla a todo el mundo, y cuando antes mejor. Hubo un intento en 1919 en Alemania, sofocado en parte por fuerzas que luego constituirían el núcleo del nazismo, y en general la propaganda e influencia soviética tuvo presencia en todo el mundo desde el primer momento, mayor cuanto mayor fue el poder de la Unión Soviética, y centrado siempre en la figura carismática primero de Lenin y después de Stalin. En 1953, a pesar de otros problemas, Rusia era una potencia nuclear, tenía un ejército preparado para invadir Europa en cuestión de semanas e incluso iba por delante en la carrera espacial, como demostró con el Sputnik y con Gagarin. A través de campañas de visitas guiadas a intelectuales, escritores y científicos de todo el mundo, mostraba una cara de progreso y bienestar que permitía tener aliados en el mundo capitalista, a la vez que suprimía con saña cualquier disidencia interna. Así nació también el término "a sueldo de Moscú", una exageración porque obviamente hubo espías y gente que cobraba de la Unión Soviética, pero nunca ni de lejos algunas cifras que se han llegado a decir. Eso sí: a través de conferencias, ediciones y traducciones al ruso y otro tipo de favores, muchos intelectuales y escritores occidentales recibieron compensación por su apoyo a la causa soviética y por su adhesión a la figura de Stalin, que no sólo era el Padre de los Pueblos de la multiétnica Unión Soviética, sino que terminaría siendo reconocido como el padre de un nuevo mundo unido, socialista y feliz. En esa película rusa del que he puesto el fragmento final, La Caída de Berlín, se ve cómo ondean banderas de distintos países y cómo jalean a Stalin en distintos idiomas reconociéndolo como el mesías de una nueva etapa dichosa para la humanidad. Y no, obviamente Stalin jamás visitó Berlín nada más caer el Búnker, ni lo hizo nunca.

Y entonces va Stalin y se muere de repente, algo que nadie esperaba. Centrémonos en los casos más cercanos y que nos interesan para explicar esto. En Francia hay un poderoso partido comunista obediente a Moscú al que están afiliados o son simpatizantes buena parte de los intelectuales de la época, y el PCE español, que aspiraba a instaurar un régimen prosoviético antes y después de la Guerra Civil  (para el franquismo la Santa Cruzada Contra la Hidra Roja, nos guste o no los títulos alternativos del fascismo suelen ser mejores), vivía en el exilio o en la clandestinidad. En Hispanoamérica en ese momento existen, aparte de dictaduras militares y oligárquicas, democracias populistas o débiles, en todos los casos con muy limitado interés por el bienestar del pueblo, Fidel Castro todavía no sabe si es comunista o no y el Che acaba de terminar su viaje en motocicleta, pero ya hay muchos intelectuales y escritores que se proclaman comunistas y dicen que Stalin es lo mejor del mundo.

Dicho de otra manera: al morir Stalin se esperó de todo el mundo afín a la órbita soviética que blasonase de stalinista, y el resultado acompañó a alguna gente toda su vida. Los casos más famosos fueron dentro de nuestro ámbito, por la importancia de los autores, el de Neruda con su Oda a Stalin, y Rafael Alberti con Redoble lento por la muerte de Stalin. A Jorge Semprún (hermano del ya citado Carlos), ministro de cultura de España de 1988 a 1991, también se le echó en cara durante su mandato que en su exilio de París leyese ante los exiliados españoles un Poema a la Muerte de Stalin. Independientemente de lo que se piense de la calidad de estos poemas, las loas a reyes y príncipes también han sido una constante en toda la historia de la literatura, ya fueran sinceros o en este caso ganas de dar coba a Koba. Ahora que se ha abierto el novedosísimo e inédito debate de si se puede escribir o hacer arte sobre lo malo o perverso, independientemente de la intención del autor, tema ya tratado por Aristóteles en La Poética, por lo que a mí respecta podéis leer poemas a Stalin, ver películas de Leni Riefenstahl, leer Lolita o emocionaros viendo Raza o La carga de la Brigada Ligera, a mí me importa bien poco. A todo esto, recordémoslo, en la Unión Soviética en las artes imperaba el estilo artístico conocido como "realismo socialista", del que seguro que no recordáis ninguna obra maestra porque no era un entorno precisamente saludable para generar arte, ya que si algo bueno salió en ese período fue a pesar de esas políticas culturales y no favorecido por ellas, y respecto a la poesía la lírica se veía como un vicio burgués y hacer odas a los tractores y a los planes quinquenales no dio resultados demasiado memorables. Naturalmente manifestaciones de duelo de este estilo por el fallecimiento de Stalin las hubo a montones, pero sin duda una fue la más sonada, y también la protagonizó un español.


Como ya dijimos, en aquella época casi, casi, se consideraba que por defecto la mayor parte de los intelectuales y artistas eran como mínimo simpatizantes comunistas. Lo era Picasso, y lo era el famoso escritor surrealista Louis Aragón, director en aquel momento de la prestigiosa revista Les Lettres Françaises, para la que encargó a Picasso que hiciese un dibujo de Stalin como homenaje, y que salió publicado en el siguiente número. Bueno, pues ni que te llamases Picasso  y fueses con diferencia el pintor vivo más prestigioso del mundo ni nada: se montó una gorda, el Partido Comunista Francés lo consideró una caricatura irrespetuosa y en Rusia tampoco les hizo gracia. Aragón, demostrando que se puede ser un gran escritor y a la vez un montón de mierda seca, se desentendió de que fue él mismo quien había encargado el dibujo y lo había publicado bajo su responsabilidad, y en el siguiente número publicó artículos que condenaban el dibujo de Picasso por blasfemo. Obviamente al malagueño eso le sentó como que un pelín mal, jamás se retractó, como era de esperar, no apoyó la represión del levantamiento de Hungría y aun así le concedieron, y él aceptó, el Premio Lenin de la Paz en 1962. A mí, si me preguntáis, el dibujo no me parece tan malo ni veo mala intención alguna.

Y si la súbita muerte de Stalin cogió a mucha gente con el paso cambiado, imaginaos lo que pasó cuando se produjo la destalinización de la era de Kruschev. Todo lo que había sido cierto de repente dejó de serlo, y se denunciaron desde la misma central de producción de certezas que Stalin había abusado del poder y provocado purgas arbitrarias, deportaciones masivas y movimientos forzosos de población. Por si fuera poco después de que Kruschev tuviese que abandonar su cargo se rehabilita parcialmente la política del mismo Stalin y el país vuelve un poco a las andadas después del conocido como Deshielo de Kruschev. En los últimos años de la Guerra Fría, mientras la misma Unión Soviética se sumía en la apatía sin saber encontrar soluciones a los nuevos desafíos económicos y políticos de la historia, los mismos partidos comunistas y sus intelectuales navegaron también a la deriva sin saber ubicarse. Orwell había sido profético de nuevo: en un sistema dogmático de verdades incuestionables, no hay retractación ni rehabilitaciones posibles so pena de que la gente, hasta el más lerdo, se dé cuenta de que todo es una farsa. Eso es lo que ha entendido Corea del Norte: para que el régimen pueda aspirar a ser eterno, el stalinismo y el terror tienen que durar indefinidamente, de modo que el futuro sólo consista en una bota aplastando continuamente un rostro humano. El eurocomunismo fue el último intento un poco serio esos partidos comunistas por articular un discurso coherente ante unos votantes cada vez más desencantados, y en los últimos años se han terminado disgregando en tendencias de política identitaria, acercamientos suicidas a los nacionalismos y en el caso español que me toca la cosa ha derivado por completo en la izquierda cuqui y feng-sui, mientras la derecha gana cómodamente con Rajoy casi como le da la gana, y probablemente vuelva a hacerlo simplemente cambiándole el collar al mismo perro. Ante esto, sólo el anarcosudapollismo es la única opción viable.

Respecto a la intelectualidad de izquierdas más rancia con resabios stalinistas y de obediencia a Moscú, por pura ley de vida han ido muriendo poco a poco y pocos son ya los que quedan que recuerden de forma activa aquellos tiempos. También pocos son ya lo intelectuales rusos que sobreviven a aquella época, aunque nos queda el recuerdo de críticos como Sájarov que en sus últimos años vivieron un poco más en libertad, y con la amargura de que ello no fue precisamente gracias a intelectuales occidentales que lo vivieron todo, como se suele decir, cómodamente "desde la barrera", y que la libertad de la que gozaban escritores como Sartre para decir "Todo anticomunista es un perro rabioso", y la de los pensadores marxistas de la Escuela de Frankfurt para establecerse en Estados Unidos, era la que a ellos les faltaba a diario para expresar cualquier opinión, publicar, para dar conferencias o viajar libremente al extranjero. Dicho de otra manera: ser prosoviético sin vivir en la Unión Soviética era extremadamente fácil y no conllevaba ningún riesgo, a no ser que vivieses en los peores tiempos del franquismo o fueses guionista de Hollywood en la aciaga década del mcartismo, y de hecho los Diez de Holywood no eran precisamente traidores ni espías. Aunque siempre hubo casos en los que la integridad demostró quién era cada uno: Camus rompió en 1952 con Sartre por la defensa de éste de los campo de concentración soviéticos, y Bertrand Russell dejó de ser admirador de una revolución que sólo conocía de oídas y por la propaganda después de un viaje organizado a Rusia en 1920 en el que conoció en persona a Lenin, y aunque siempre alabó los principios éticos del socialismo como doctrina igualitaria su realización práctica en el experimento soviético lo horrorizaba por constituir poco menos que una religión dogmática y fanatizada de la que no podía salir nada bueno. Bastantes años después Zizek se cayó de un guindo y dijo algo parecido:



Como también ha salido la cuestión judía en URSS, quizá se necesite también una aclaración. Obviamente, la Unión Soviética era marcadamente hostil a los judíos, pero eso poco o nada tenía que ver con la ideología comunista per se, y no olvidemos que Marx no era judío, pero sólo porque su padre tuvo la extraña idea de convertirse al protestantismo luterano en la católica Renania para prosperar económicamente, origen judío el de Marx en el que sin embargo sí les gustaba incidir a los nazis, por ejemplo. Trotski también era judío, y ya sabemos que tuvo que salir por pies y escapar de la misma revolución en la que él fue el creador del Ejército Rojo. Por algo Orwell en 1984 puso a Samuel Goldstein un apellido judío. Básicamente en la Unión Soviética la gente era antisemita porque ése era otro regalito del pasado zarista y de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Mientras que en países como Francia y Alemania los judíos se estaban integrando poco a poco en la población del país, con muchas conversiones por conveniencia social, lo que preocupaba mucho al primitivo movimiento sionista, en la Europa del Este vivían segregados no sólo en barrios judíos de las ciudades, sino en aldeas independientes, algo muy conveniente a la hora de realizar pogromos (en ruso, "devastación"). Los pogromos eran una tradición rusa tan popular que durante finales del siglo XIX dos millones de judíos rusos emigraron a Estados Unidos y a Argentina, donde la palabra ruso y judío viene a decir lo mismo, igual que español y gallego. Asimov cuenta que por esa tradición de los cosacos de, cuando se aburrían, arrasar un pueblo judío, sus padre terminaron emigrando a Nueva York, y sin pogromos no habrían existido las primeras decenas de miles de judíos que estaban dispuestos a emigrar adonde fuera, incluso a Palestina, asentamientos que fueron el primer germen del estado de Israel. Aunque los pogromos tradicionales ya no se practicaban, ser judío en la Unión Soviética era un deporte de alto riesgo dado el clima de purgas y juicios sumarísimos por denuncias anónimas. Eso explica que hubiese un famoso complot de las Batas Blancas que purgó en Moscú a casi todos los médicos de origen judío, denunciados por rivales que querían prosperar a sus expensas y los acusaban de conspiración sionista y de ser espías en connivencia y relaciones con agentes en el extranjero. Algo que tenía muy mala defensa: a los judíos se les consideraba automáticamente sionistas por ser judíos y por tanto contrarios al universalismo comunista, y dadas las continuas diásporas a otros países todos tenían familiares viviendo en el extranjero. Esto explica también, ironías de la vida, que como esa purga en los hospitales había sido muy reciente, que no se encontrara a ningún médico realmente capacitado para que intentase curar a Stalin. Lo que los nazis intentaron hacer de golpe con la Solución Final, primero con deportaciones, a la chita callando lo estaban haciendo en la Unión Soviética sin prisa pero sin pausa, y el judío que no acabó en el gulag se pensaba muy en serio abandonar el país, de modo que hubo un goteo continuo de judíos rusos que con bastante esfuerzo consiguieron emigrar fuera de la Unión Soviética a otros países. Cuando se iban de la Unión Soviética lo último que solían oír era "Hasta luego, ¿eh? No hace falta que volváis". Actualmente en la Federación Rusa no llegan ni a un millón, dependiendo de cómo se les cuente, y en Ucrania son 300.000. Si comparamos estas cifras con las que había hace más de un siglo con una población total mucho menor, es fácil entender que la consigna fue "El último, que apague la luz".

¿Qué hacer con los judíos que no se iban? Bueno, el stalinismo tiene entre otras joyas las deportaciones masivas de etnias que se consideraban antirrevolucionarias o demasiado tradicionalistas, como los cosacos, que además eran fanáticos ortodoxos. Otra herencia del pasado prerrevolucionario era el paneslavismo ruso, un nacionalismo fuertemente teñido de religiosidad que veía a los eslavos en general, y a los rusos en particular, como el pueblo elegido por Dios para desarrollar una espiritualidad superior, mantener la pureza de la fe cristiana ortodoxa y servir de guía y ejemplo a toda la humanidad. Eh, en España decíamos que éramos "la Reserva Espiritual de Occidente", cada loco con su tema. Pues ésa fue otra herencia del zarismo: ahora no sería Dios, sino la Historia con mayúsculas, el Materialismo Histórico, quien habría elegido al pueblo ruso para servir de ejemplo al mundo en la liberación comunista, y la ocupación de los países eslavos que quedaron al este del Telón de Acero se vio como una protección natural del hermano mayor ruso respecto a las naciones hermanas. Aunque supuestamente multiétnico y respetuoso con la diversidad cultural, la Unión Soviética fue un estado fundamentalmente eslavo en el que las nacionalidades eslavas estaban privilegiadas respecto a las que no lo eran, e incluso dentro de ellas los rusos trataban a bielorrusos y ucranianos con la misma superioridad o desprecio que los ingleses podían tratar a los irlandeses. Respecto al ya citado caso de Vassili Záitsev, otros francotiradores tenían iguales o mejores registros que él, pero fue a quien eligieron por ser un cazador de los Urales que daba el tipo de perfecto ruso, mientras que sus competidores eran de otras etnias. No ya sólo las deportaciones masivas, sino el mismo sistema educativo, promovía la aculturación y la imposición de un estándar cultural y lingüístico basado en el ruso, considerado como lengua franca no sólo por las distintas nacionalidades soviéticas sino además por los demás países bajo su órbita. Sí, curiosamente Stalin era georgiano, Hitler austriaco y Franco gallego. Y todo esto no era nada nuevo: el supremacismo étnico y nacionalista ruso y las repoblaciones forzosas eran anteriores a los soviets, pero si por algo se caracterizaba el zarismo no era por su capacidad de organización ni por ser resolutivo o eficiente, algo que sí se convirtió en divisa del comunismo. Así fue como muchas deportaciones y relocalizaciones forzosas se produjeron para enviar población a zonas despobladas, que solían estarlo por muy buenas razones, y para crear centros industriales y ciudades salidas de la nada que se poblaban con rusos. Esto explica que tras la caída de la Unión Soviética y la formación de nuevos estados en ellos haya quedado en ocasiones poderosas minorías de etnia y habla rusa que no quieren integrarse y que se siguen considerando a sí mismos de nacionalidad rusa, y por qué Rusia reclamó para su territorio la Península de Crimea en 2014. A día de hoy algunos de los ideólogos rusos que apoyan a Putin en sus obras no hacen sino actualizar el nacionalismo imperial y paneslavista ruso incorporando de forma romántica en algunos casos una visión idealizada de los logros militares y tecnológicos de la Unión Soviética como muestra del genio del pueblo ruso, y resucitando la aversión a Occidente, fuente de impureza y degeneración moral frente a la que hay que defenderse.

Dentro de ese clima de crear nuevos estados étnicos en lugares apartados, los mismos judíos podían haber obtenido la Península de Crimea, pero los ucranianos dijeron que no, gracias. Así pues se fundó en 1928 el Óblast Autónomo Hebreo, que pese a ese nombre nunca llegó a estar poblado por judíos mayoritariamente. Sobre todo porque para que nos hagamos una idea está en el Distrito Lejano Oriente, ya empezamos mal, y su huso horario corresponde al de Vladivostok. a siete husos horarios de Moscú. Es decir: no podían mandarlos más lejos porque ya se les acababa el mapa. De hecho, hay dos husos horarios más al este, pero me imagino que entonces ya se habría notado demasiado la intención. La cuestión es que pese a un muy pasajero entusiasmo inicial, el experimento de sionismo soviético no funcionó ni remotamente. Recuerda un poco a lo que se decía en El tren de la vida: "¿Pero esto qué es? ¿Judíos deportándose a sí mismos?"  Eso sí, tienen la bandera más alegre y colorida del mundo:

Pese a todos estos problemas, y que la política de bloques nos convirtiese a todos en ceniza radiactiva, la Guerra Fría tuvo subproductos de lo que todos nos beneficiamos: la carrera espacial difícilmente habría existido tal como la conocemos sin la competición despiadada entre la URSS y EEUU. En 1958 el viceministro de sanidad de la URSS, Víktor Zhdánov, propuso un programa de vacunación a nivel mundial contra la viruela, que erradicó la enfermedad en 1980. Todos los estudiantes de matemáticas, ingeniería y otras ciencias saben de primera mano que los libros de la Editorial Mir, primorosamente encuadernados y a precio por debajo de costo, son una maravilla, y además están perfectamente traducidos a varias lenguas. Obviamente es discutible si todo esto se produjo por amor a los pueblos del mundo o por puro cálculo propagandístico y estratégico, pero eso no sólo se aplica a la Unión Soviética, sino a cualquier país del mundo, y por supuesto a los Estados Unidos. Los países no tienen amigos, sino intereses, y las ideologías hacen lo que tengan que hacer para imponerse sobre sus competidoras.

Mayor Oreja dijo aquello de que "¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias que lo vivieron con naturalidad y normalidad?" Lo que jode es que esto es, lógicamente, una obviedad: durante el franquismo mucha gente vivió una vida feliz aparte de los problemas inevitables de existir. Y hubo gente que no, y las pasó muy putas sólo por protestar o por querer ser de otra manera, y muchos tuvieron que vivir y morir en el exilio lejos de su tierra. Del mismo modo es obvio que bajo el régimen soviético mucha gente vivió una vida feliz, tuvieron carreras profesionales satisfactorias y, si no eran mucho de protestar, nadie se metió con ellos si hacían sus deberes y no se metían en líos. A día de hoy, pasados ya veintisiete años de la desaparición de la URSS, y cuando poca gente viva queda que pueda recordar lo que fue el stalinismo, que ya no es sino algo que leemos en los libros de historia, en la misma Rusia actual se tiende a recordar esa etapa ya pasada como un tiempo más sencillo y ordenado, y volviendo a citar a Mayor Oreja, de extraordinaria placidez, a pesar de que si oías ruido al otro lado de la puerta de madrugada seguro que no era el lechero.

Por eso es bueno que, aunque sea el clave de humor y sátira, recordemos episodios de la historia como esta muerte de Stalin. Para que no vuelva con otro nombre.

Y precisamente, si quiere uno revivir, en clave de humor y sátira, lo que fueron las luchas por el poder en el politburó, siempre se podrá echar una partida al Kremlin, un juego de tablero clásico editado por la mítica AvalonHil en 1986, y reeditado en 2013 con nuevas posibilidades de juego tomando en cuenta la historia reciente. En la versión a la que yo he jugado se empieza con un Lenin ya enfermo y varias facciones, una por jugador, que intentan hacerse con el poder. Una de las gracias del juego es que cuantas más acciones realizan los distintos personajes, más rápido envejecen y más susceptibles son de morir de un ataque fulminante víctimas del estrés, a la vez que tarde o temprano todos terminan siendo enviados a Siberia o ejecutados. El jugador que consigue que uno de sus personajes consiga saludar tres veces en el desfile de conmemoración de la Revolución en la Plaza Roja, gana.



-SuperSantiEgo

23.3.18

Libros: Dos novelas que son la misma, Un árbol crece en Brooklyn, de Betty Smith y El primer hombre, de Albert Camus

Me voy a tener que repetir explicando de inicio algo que ya conté en su día, pero que en este caso también está bien llevado: en una ocasión, no ésta de la que hablaré a continuación, leí dos novelas seguidas que eran la misma, las dos de Frederic Forshith: Chacal y El cuarto protocolo. Eran la misma porque las dos tenían la misma estructura, y los personajes eran parecidos y hacían cosas muy similares, cuestión aparte de si se tratase de impedir el asesinato de de Gaulle a finales de los años 60 o la explosión de un artefacto nuclear en el Reino Unido de los 80. Eran, en el fondo, la misma novela escrita por el mismo autor veinte años después, siguiendo la misma plantilla.

No es el caso del que vamos a hablar, porque estamos ante dos novelas escritas con muchos más años de diferencia, en dos idiomas distintos, en un caso es una mujer, en el otro un hombre, una hija de emigrantes en un nuevo país, Estados Unidos, y un francés criado en las colonias norteafricanas del suyo, por lo tanto un pied noir,

Ambas novelas se pueden calificar como autobiográficas, o como se dice actualmente, son autoficciones. En principio se supone que no es lo mismo, aunque la verdad es que es difícil diferenciar si realmente se refieren a dos géneros diferentes pero estrechamente emparentados o bien es un término inventado en 1977 para vender el mismo perro con un collar un poco diferente. Nunca he tenido nada en contra de lo autobiográfico, pero reconozco que el término autoficción siempre me ha parecido algo cargante por lo que tiene en muchos casos de "fantasmada autobiográfica", y que bajo esa etiqueta se haya acogido mucha narración en la que un postadolescente con ínfulas literarias, o estrella frustrada de la música traumatizada por no haber sido Mick Jagger en los 60, se dedica a hablar displicentemente de todo y a mostrar una superioridad existencial sobre el resto del mundo que le provoca un profundo tedio, sin aportar ninguna prueba de su grandeza más que frases cortas en presente de indicativo y exhibir una forma de malditismo que no se cree ni el más tonto. Es decir: muchas veces es ombliguismo puro de personas muy aburridas que no son capaces de hacernos creer que su vida y lo que les pasa por dentro y por fuera mundo adelante valga la pena prestarles demasiada atención. Naturalmente no todo es malo, pero hay que andar con cuidado con lo que te quieren colar bajo esta etiqueta. "Autoficciones" también son, en cierto modo, las series de Louis CK y Ignatius Farray, donde interpretan una versión ficcionalizada de sí mismos, en ocasiones por supuesto recreando y dando mayor contenido a anécdotas y sucesos que sí les pudieron haber ocurrido.

En el caso de estas dos novelas los protagonistas adoptan un alter ego de nombre distinto a de los de una y otro, aunque la más breve consulta a sus biografías nos confirman que los verdaderos protagonistas son Betty Smith y Albert Camus, los cambios son mínimos. El cambio de nombre se puede interpretar como una forma de pudor, ya que en cierto modo van a hablar de las intimidades de la propia familia, como un reconocimiento de que aunque se van a basar en su propia vida lo que leeremos siempre será la vivencia de un personaje con el que podremos identificar al autor, pero que no deja de ser eso, un personaje literario.

Ambas novelas son magníficas, escritas en un estilo bastante distinto, pero por lo menos para mí se tratan de la misma novela, quizá porque las dos tratan de la misma verdad o de los mismos sentimientos de manera muy semejante. No deja de ser curioso cómo uno puede ser capaz de sentir completo desapego por algunas de esas autoficciones de personas contemporáneas que se quejan de que el mundo no les da pie para mostrarnos su grandeza, y que la simple historia de una niña que vivió hace cien años al otro lado del mundo, y la de un niño que vivía en una colonia a orillas del Mediterráneo, puedan conmover tan profundamente. Ninguna de las dos cumpliría ninguno de los requisitos de lo que se entiende de forma convencional como una buena historia novelesca: no hay ningún gran enemigo que batir, aparte de la miseria, los personajes principales y los secundarios no "quieren" nada, salvo vivir dignamente, y el final es sencillamente el final de una etapa. En la novela de Betty Smith la novela termina cuando la protagonista empieza a trabajar, sufre el primer desengaño amoroso y se convierte en una adulta hecha y derecha a los diecisiete años (sí, eran otros tiempos), y la de Camus no sabemos cómo podría haber terminado porque parte de su leyenda consiste en que su manuscrito se salvó cuando la carpeta en cuyo interior se encontraba salió despedida lejos en el accidente de coche en el que murió su autor, de modo que se salvó del incendio. Por las anotaciones de Camus se entiende que como mínimo habría llegado a contar también al menos su primera adolescencia y el descrubrimiento del amor: "Amores adolescentes en la playa", había escrito en uno de los folios como anotación.

El tema de las dos novelas, a mi entender, es exactamente el mismo, y es el que las hace tan grandes: son novelas sobre el amor y sobre la resiliencia humana. El amor que los dos autores vuelcan sobre los recuerdos de su familia es infinito y se muestra en cada párrafo, y también en cada página se percibe el orgullo por haber sobrevivido a una infancia tan dura sin sucumbir a la amargura y sin haber medrado a costa de nadie. En ese aspecto las dos novelas apenas tienen lectura política porque no se analizan los orígenes de la situación de pobreza, ni pretenden ser una denuncia social o de situaciones de injusticia económica y de explotación. No es que el tema no se trate o evite, de todos modos aparecerá el contexto histórico, pero el objetivo a narrar es otro muy diferente y a ello se ciñe la narración.

Estas consideraciones familiares y personales en el caso de Camus aparecen desde el primer momento cuando su alter ego literario medita al pie de la tumba de su padre, que murió con dieciocho años en la Primera Guerra Mundial, y cómo describe la humilde vida de su madre, una mujer analfabeta y casi sorda cuya única compañía y apoyo es su hermano, un trabajador manual de limitada inteligencia pero gran corazón. La única salida del joven protagonista es la educación: privado de padre y sin un hermano mayor que le sirva de ejemplo, se convierte en su propia referencia en una sociedad colonial llena de conflictos políticos y rencillas que acabarían con la huida de los franceses de Argelia, de de modo que su único valedor es el maestro de escuela que ve en el muchacho una inteligencia que debe ser alentada. Camus dedicó el discurso de aceptación del Nobel a su profesor que lo arropó en sus primeros años y consiguió que ganase las becas con las que se acabó convirtiéndose en uno de los escritores más respetados del siglo XX. Al final del libro se añaden dos cortas cartas entre Camus y su antiguo profesor de escuela, en la que éste le cuenta brevemente desde Argelia sus temores de que los valores laicos y republicanos de la escuela francesa se vean invadidos por el tradicionalismo y la beatería. Sobre la vida de Camus poco hay que decir porque todo es más que conocido: fue el ganador más joven del Premio Nobel de Literatura, y además de ser como ya he dicho ya uno de los escritores e intelectuales más admirados del siglo pasado, posee el récord inigualado de molar posando para una foto con un cigarrillo en la boca, y también era conocida su incapacidad de decirle que no a una mujer hermosa, vosotros ya me entendéis. También fue un ávido jugador de fútbol en sus años mozos, y decía que sólo había aprendido cosas buenas de la práctica de ese deporte. Casi todas las ediciones de El primer hombre tienen por portada a un joven Camus sentado en el suelo al lado de sus compañeros de equipo.

Saca de ahí algo en claro si puedes.

Leí primero la de Camus, supongo que poco después que saliese en español, que a su vez fue poco después de que se editase por primera vez en francés a mediados de los años noventa, cuando la hija de Camus dio su autorización. La labor de reconstrucción se sabe que fue ardua, y que el original consistía en folios con letra apretujada sin apenas espacios ni marcas de párrafos y con la puntuación como asunto para solucionar después. Los que alguna vez hemos escrito a mano sabemos lo que es eso. De todos modos cuando uno ve el resultado y que eso que está leyendo, adaptaciones aparte, es un primer borrador de una novela inconclusa sólo puede decir: jopetas, este señor sabía escribir realmente bien. A pesar de ello a Camus le da tiempo a contar con gran ternura su infancia, la relación con su madre y con su tío, los primeros sinsabores del trabajo infantil y juvenil y la ilusión por alcanzar el conocimiento y estudiar.

Un árbol crece en Brooklyn se volvió a poner de moda hará más de diez años, aunque yo ya la había leído por un ejemplar que había en casa de mis padres, de la Editorial Mateu, en una colección reconocible por el color amarillo de las tapas duras y porque en el lomo aparecía una pluma de ave.

La historia de Betty Smith es exactamente la misma: es la historia de una niña de una familia que apenas consigue sobrevivir. El padre es un camarero alcohólico que además canta y pasa casi todo el día vestido con sus elegantes ropas de trabajo, y la madre es una abnegada emigrante que de puro milagro consigue sacar adelante a sus hijos con una dieta basada en pan duro comprado a bajo precio. Francie, el alter ego de la autora, es una niña soñadora que siente gran cariño por su padre, una figura que al igual que el resto de la familia yo soy incapaz de imaginarme sino con los dibujos de Will Eisner, que no vivió esa misma época pero sí la posterior, de pequeño, y que también cuenta historias de inmigrantes hacinados en pisos de mala muerte y gente que se ganaba unas monedas cantando en medio de la calle. Francie siente una gran fascinación por el conocimiento y la lectura, y es consciente de que sólo así, aprendiendo, podrá llegar a ser algo en la vida, aunque su origen humilde y el hecho de ser mujer continuamente jueguen en su contra, de modo que cuando al final de la novela acceda a la educación universitaria será sin haber podido cursar los cursos necesarios de bachillerato y deberá pasar un examen que demuestre que está preparada.

Esta novela transcurre fundamentalmente en los años de la Primera Guerra Mundial, en la que los Estados Unidos entró en 1917, y que por tanto sólo se afectará directamente a la narración al final de la novela. Pero aun así existe un ambiente bélico de fondo. Para empezar Smith es el apellido de casada de la autora, que nació con el de Wehner, y su primer marido había cambiado su apellido original, Schmidt, por Smith. Betty Smith básicamente era alemana... como tantísima gente en los Estados Unidos debido a varias oleadas de inmigrantes centroeuropeos, e incluso en Nueva York, donde se hablaba alemán en barriadas enteras, en fotos antiguas de la época podréis ver que en muchos locales y tiendas se anunciaban los productos a la venta en alemán. Por si fuera poco la novela se publicó en 1943, cuando nuevamente los Estados Unidos están pelándose en Europa con los mismos de la vez anterior, así que para la novela Betty Smith reconvirtió a su muy alemana familia en un matrimonio mixto entre un irlandés y una austriaca. Aun así se narra el ambiente bélico de la época, y cómo la gente de ascendencia alemana se vio, igual que veinte años después, forzada a demostrar su lealtad a la nueva patria y a no hacer alarde de su etnicidad, de modo que hubo esos cambios de apellidos, se abandonó el uso del alemán y algunos incluso maquillaron su ascendencia, como hizo la misma familia de Trump, que mentía y decía que provenían de Suecia. Actualmente en los Estados Unidos el grupo étnico con ascendencia alemana es el mayor del país, y en algunos estados alcanza un porcentaje del 80% o más.

En el libro se ve también que hay cosas que no cambian nunca: recordaréis que se propuso en Estados Unidos que, dado el escaqueo francés durante la guerra contra Irak, que las "french fries" pasasen a llamarse "freedom fries", pero no es nada nuevo. En Un árbol crece en Brooklyn nos contarán cómo en 1915 el hermano menor de la protagonista recibe una reprimenda del tendero al que ha osado pedir que le vendiera "chucrut", cuando su nuevo nombre era "repollo de la libertad". Sí, la tontería es una constante del universo. En el momento en el que transcurre la novela, por cierto, las patatas fritas no eran populares ni muy conocidas en Estados Unidos, y se popularizaron precisamente tras la Primera Guerra Mundial por medio de los soldados que las habían probado en Francia y Bélgica, donde ya sabéis que son verdaderos devotos de la pomme de terre frita.

Otra cosa llamativa que nos puede llamar en esta novela es una de las profesiones de Francie al final de la novela, pues trabaja en una "agencia de prensa", una versión algo prehistórica no de lo que hoy es una agencia de noticias como Reuters, sino de Google News: empresas que se dedicaban a recopilar recortes de prensa, literalmente los recortaban, y entregaban a sus clientes periódicamente dossieres del tema elegido, a la vez que mantenían una base de datos o archivo de las noticias y temas más interesantes para cuando un nuevo cliente se los solicitase. Estamos tan acostumbrados a pensar ya en acceso a bases de datos por ordenador que olvidamos que hubo un tiempo que para obtener la información se debían consultar enormes archivadores llenos de fichas con referencias cruzadas de todo tipo que garantizaban que se pudiese acceder al conocimiento y la información de forma eficazmente indexada. Es habitual ver en alguna película antigua que las bibliotecas mantenían por medio de personal especializado archivos de este tipo y que agencias de protección de la ley como el FBI poseían vastos archivos con referencias documentales de todo tipo, y que el cruce de información era vital para sus acciones de contraespionaje o de lucha contra el crimen organizado. Precisamente en Chacal creo que hay una escena al principio del libro en la que el inspector encargado de la investigación visita los archivos de la Sécurité para que a partir de algunos indicios pueda iniciar la búsqueda del terrorista. Fue éste el de los archivos y documentación un trabajo minucioso ya totalmente volcado en el mundo digital, y en el que sus trabajadores fueron fundamentalmente mujeres.

Un árbol crece en Brooklyn fue una novela extremadamente popular que vendió cientos de miles de ejemplares, y que se imprimió profusamente por el gobierno para enviar copias a los soldados en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. A día de hoy está considerada como una de las grandes novelas estadounidenses del siglo XX. Betty Smith siguió escribiendo, pero ninguna de sus obras alcanzó la misma repercusión que su primera novela. Colaboró en la adaptación de ésta a musical, y también tuvo bastante reconocimiento como dramaturga. La metáfora fundamental de la novela a la que se refiere el título es por supuesto ese árbol que crece en el patio de su casa, y que lucha por sobrevivir a pesar de todo. La novela termina con un recurso poético dando a entender que la infancia de Francie ha acabado y empieza su vida adulta, y en los últimos párrafos ve a otra niña del vecindario sentada en las escaleras observando todo lo que ocurre a su alrededor, como ella misma hacía unos años antes, dispuesta a aprender del mundo y a vivir en él. Es un recurso que nos puede recordar al final de la serie The Wire, en la que al final del último capítulo vemos cómo la historia se prepara para repetirse a sí misma, y los personajes más jóvenes van a desempeñar en el barrio la misma función que los que habíamos conocido.

Un árbol crece en Brooklyn se convirtió rápidamente en película en 1945, dirigida en su debut por Elia Kazan. La vi hace tiempo y está bastante bien.



La adaptación de la obra de Camus es de 2011, una coproducción francoitaliana.



A falta de una, hay además dos adaptaciones en cómic.



Ambas novelas son más que recomendables, y da igual que cuenten lo mismo porque hay historias que nunca cansan y si están contadas con tal honradez, a pesar del tiempo que nos alejen de ellas o de las circunstancias de los personajes en entornos tan distintos alos nuestros, siempre se entenderán y nos calarán muy hondo. En cierto modo, como Camino de Delibes, tratan de un aspecto de la Historia de Todos los Niños, y todo adulto al echar la vista atrás y recordarse se verá reflejado en la historia de cualquier otra persona que rememore su infancia, incluso aunque no haya sido así de trágica.

-SuperSantiEgo