28.1.13

Libro: Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, de Vladímir Voinóvich

Ya sabéis cómo funciona esto: lees un libro, o a un autor, y te enteras de que existen otros libros u otros autores de los que apenas tenías referencias, cuando no ninguna.

Así pues leyendo Las aventuras del buen soldado Svejk, y algo sobre el tipo de literatura en el que se enmarca, descubrí que existía el "Svejk soviético", que es esta novela, y donde el soldado patán, simplón pero en el fondo con una sabiduría elemental a toda prueba, se llama Iván Chonkin.

Aunque el personaje nos recordará inevitablemente a Svejk, es una obra bastante diferente, y mejor acabada que su predecesora, que como ya se discutió quedó inacabada con la muerte de su autor. Sobre el autor de ésta, Vladímir Voinóvich, nos habla el recientemente fallecido Horacio Vázquez-Rial en el prólogo de esta edición, adaptación de la que hizo la editorial Noger en 1976. Además de una vida bastante variopinta, gracias a Voinóvich se pudo rescatar, también con la ayuda del físico Sajarov, el manuscrito de unos de los éxitos editoriales más grandes de los últimos años, Vida y destino de Vassili Grossman. También compuso el himno de los astronautas soviéticos.

En 1974 Voinóvich editó en París esta novela, después de que el manuscrito de las aventuras del soldado Chonkin se paseasen por la antigua URSS clandestinamente en forma de hojas de multicopista, el samizdat, todo un género en ese país. A nuestro buen amigo de las cejas (para cejas las de Brézhnev  ríase usted de las de Zapatero) le sentó tan mal que, igual que a otros artistas e intelectuales, a Voinóvich se le negó la nacionalidad soviética, y éste, ya instalado en Berlín y donde ha seguido viviendo hasta ahora, le dijo que se la metiesen donde tuviesen a bien metérsela.

La novela, satírica y que no deja títere con cabeza, se centra en esas aventuras de Iván Chonkin, un muchacho sin verdadera familia que ha hecho del Ejército Rojo su hogar, y que poco antes de la invasión de los alemanes y la entrada de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundia es elegido por sus superiores, que lo tienen en poca o nula estima, para realizar una misión absolutamente idiota: le dan una hogaza de pan y un trozo de salchichón y lo dejan en medio de un campo al lado de una aldea para que guarde un avión que se vio obligado a hacer un aterrizaje de emergencia, y que tampoco nadie se va a llevar ni tocar por la cuenta que les trae, aunque a alguien se le ocurre que poner a un simple a su lado es una gran idea. Entre lo tonta que es la misión, que nadie se acuerda de Chonkin y luego con el comienzo de la guerra, el soldado termina por buscarse la vida e integrándose en el pueblecito, se amanceba con una chica que le pone ojitos y empieza a comportarse como un campesino más, aunque nunca sin quitarle un ojo al avión, que traslada cerca de la casa de su amada. Los campesinos, una comunidad rural, se muestran como lo que son: un grupo de gente sin demasiada formación, bastante envidiosos de lo poco más que ellos que pueda tener el vecino, y sobre todo con un espíritu capitalista a toda prueba, ya que cuando uno de ellos recibe información privilegiada del estallido de la guerra corre al economato del pueblo para hacerse con todas las pastillas de jabón y cajas de cerillas, para luego, suponemos, revendérselo todo a los demás vecinos a alto precio cuando empiece el inevitable racionamiento.




Además de la vida en el pueblo agrícola, en el que vemos que el comunismo llegó a Rusia pero nunca caló en las clases humildes que seguían con sus esquemas de pensamiento tradicionales (por eso Lenin casi los liquida), nos enteraremos de cómo funcionan algunas de las clásicas instituciones soviéticas, como el ejército y la KGB, a la que nunca se cita por ese nombre, sino con eufemismos o perífrasis. Aunque las situaciones a veces son hilarantes, no deja uno de pensar en que lo que se transmite a pesar del tono jocoso es verdadera inseguridad y miedo: nadie, por mucho poder que tenga, se sabe a salvo, y todos están a la que saltan y temerosos de que cualquier indiscreción pueda delatarlos como los traidores que en realidad no son, o que cualquier palabra pueda ser interpretada como sediciosa o antirrevolucionaria. De hecho el mismo Stalin, hasta el fin de su vida, sintió la misma inseguridad según sus biógrafos, y sólo por medio del terror absoluto que infundía en sus más directos colaboradores y que sobrevivieron a las temibles purgas se ganó una adhesión completa. También esos funcionarios y espías internos quedan retratados como personajes abyectos, pero no tanto por la aplicación del mal puro o de los excesos de celo al aplicar y defender una ideología, sino por un mal sordo y cutre, mezquino y patéticamente arribista, lo que se llama la banalidad del mal, un servil deseo de agradar a los que están un peldaño por encima del propio escalafón, una necesidad de medrar a toda costa y con cualquier pequeña traición aunque el beneficio real sea casi inapreciable. Tanto es así que en una de las escenas más ridículas y absurdas del libro, en el que el mismo ejército ha detenido por error a un teniente de la KGB creyendo que es un miembro de la Gestapo, e interrogado en alemán macarrónico por un miembro del ejército que el tipo de la KGB confunde con un alemán, el nivel de bochorno es absolutamente dantesco.

Aquí esta escena en la película checa que se hizo sobre la novela en 1994. Hasta sin entender un carajo tiene gracia:



La novela se va así enredando entre la vida rural del soldado Chonkin, que aunque protagonista no deja de ser sólo uno de los muchos personajes y el punto focal de todo lo que va sucediendo y complicándose, y los primeros momentos de la guerra, la confusión de su misión con una de espionaje, y una intervención en el propio pueblo que acaba en desastre. La novela termina de forma un tanto abrupta con la detención del soldado Chonkin, aunque hay dos continuaciones no publicadas en español y que me tendré que leer en inglés, así como Moscú 2042, una distopía también satírica escrita en 1986 en la que el alter ego del autor viaja en el tiempo y se encuentra con un estado soviético evolucionado y que naturalmente es un absurdo detrás de otro.

Sobre la edición de Libros del Asteroide, nada que reseñar, a no ser que la traducción, adaptada de la de Noger, es muy buena, por lo menos en lo que es el nivel de español, porque desde luego si de adecua o no al texto original no tengo forma de saberlo; al leerlo no hay nada raro, todo suena bien y hay un léxico cuidado sin caer en ningún anacronismo lingüístico. Naturalmente, tendremos siempre el problema de que los giros más coloquiales en ruso tienen que ser traducidos a giros equivalentes en español, y en este caso como la edición es española, al español de España, ya que en ese nivel lingüístico no hay español neutro ni académico que valga, de modo que a algún lector de fuera de la Península le tendrá que sonar algo localista "Y tú cierra el pico, ¿entendido? Y no lo despegues sin que yo no te haya dado permiso, no sea que te parta los morros". Sin duda hubiese quedado más neutro "Y tú mantén cerrada la boca, ¿entendido? Y no la abras sin que yo te haya dado permiso, so pena de que te agreda físicamente", pero dudo que en el original ruso no utilizasen un registro chusquero que no hay forma de reflejar más que en una variedad concreta de español, porque un registro coloquial por definición no sólo no puede ser neutro, sino que no sólo varía de país en país, sino incluso dentro de cada región de un país. Lo contrario es llegar a ridículos como aquel mexicano que se quejaba de la traducción de esa novela de Murakami que tanto me gustó, pues decía que en vez de "follar" se podría utilizar "hacer el amor" o "tener sexo", curiosas elecciones pues aunque todo se refiere al coito o cópula seguramente la primera sea la traducción más precisa (aunque sirva fundamentalmente para España), de algún término un tanto soez similar en japonés que signifique chingar, joder, garchar, culiar, etc, y que desde luego no puede reflejar la primera opción planteada, que es un calco eufemístico y hortera del francés que es una innovación de poco más de medio siglo, ya que originalmente en español hacer el amor significaba "hacer la corte", y desde luego tampoco la deliverante grosería de traducir "have sex" con el Google translator. También no sé por qué cuando los hablantes americanos de español se quejan de esto dicen que "parece que los personajes son de Madrid", cuando nada más lejos de la realidad. Si ese oficial ruso hubiese sido de Madrid y castizo habría dicho "Y tú a achantar la mui, ¿estamos? Y como te me soliviantes te arreo con toa la mano abierta que te desgracio". Pero bueno, es como la manía de asociar la palabra "coño" con España, como si en la República Dominicana, Cuba y Venezuela no se oyese continuamente. Es un problema que no tiene solución: si un personaje habla de forma demasiado coloquial o barriobajera en una lengua al traducir su discurso a otra jamás podremos hacerlo de forma neutra o académica porque para empezar el original no tiene ninguna neutralidad que conservar, y si malo puede ser poner a un negro del Bronx hablando como si fueran gitanos de Las 3000 Viviendas de Sevilla (cosa que tampoco recomendaría nunca) peor sería reflejar que habla ebonics por medio de un español gramaticalmente perfecto y de vocabulario intachable. Lo dicho: es un problema insoluble, y menos cuando se entienden las cosas mal desde el principio. De hecho del foro en donde leí esa queja alguien ponía como ejemplo esa frase y comparaba el español del prologuista, el argentino Vazquez-Rial, como mucho más universal. Mal empezamos si no entendemos lo principal. Bueno, es normal que en el prólogo de un libro se utilice un registro culto y mucho más estándar, pero el traductor se enfrenta a reflejar en un idioma las maldiciones, palabras groseras o coloquialismos tabernarios de una lengua en otra, y eso, repito, no cambia siquiera de un país a otro, sino de una región a otra dentro de un mismo país.

A mí, por ejemplo, me suena mucho más ridículo cuando en las series estadounidenses que no son para cable y que tienen que mantener cierto decoro hablan de "penis and vagina" y el eufemismo-tontada de "have sex", y más todavía cuando lo veo en español doblado o subtitulado, porque parecen entre ñoños y tarados. ¡¿Pero quién habla así en el mundo real, a no ser que vaya al médico?! Como decía el sargento Arensivia de Historias de la Puta Mili cuando un soldado le dijo que "Es que me escuece el pito": "Soldado, si algo os enseñamos en el ejército es a hablar en correcto castellano, ¡y a eso se le llama polla! ¡¿Entendido?! ¡POLLA!" En Pesadilla en la cocina para los Estados Unidos los tacos de Gordon Ramsey se cambian por un pitido, pero en España Chicote dice "a tomar por culo" y no pasa nada. Es decir: cuando vemos a los personajes de Cómo conocí a vuestra madre hablar como internistas de "pene" y "vagina" no sólo estamos traduciendo de un idioma a otro, sino que en este caso estamos trasladando la autocensura lingüística del país de origen, y que por lo menos en España no sería necesaria. ¿Es eso traducir bien? Porque habría que pensarlo. Tampoco digo de cambiarlo y hacerlos hablar como habla la gente normalmente en inglés en un bar tomándose unas copas, con los equivalentes de follar, polla y coño, pero es otro ejemplo de cómo nada es tan inocente, simple e inocuo como parece en un principio. Además yo es que para estas cosas soy muy raro. Me vi la versión argentina de 1953 de El Conde de Montecristo, y si para empezar puedo aceptar que toda esa gente no hable francés, sino que todos milagrosamente se expresen en español y además no haya colores, lo que menos me extraña es el ocasional yeísmo con rehilamiento, que hablen con un acento que no suelo escuchar por la calle o que no digan "vosotros" para la segunda forma del plural. Todos lo demás son tonterías y tener la sensibilidad hermenéutica de una ameba.

Claro que no todo iba a ser perfecto en esta edición, e inexplicablemente se cae en un par de guanabismos ridículos que seguro que al que los cometió le parecerán la cosa más natural del mundo, pero que no dejan de ser sino eso, guanabismos de la peor especie. Ya en la página en la que se nos informa del nombre del traductor, el ISBN y lo demás se nos informa del título original de la obra, escrito en cirílico, que me parece muy bien, y a continuación la traducción en inglés. Me recordó un concurso de televisión que vi hace poco en el que el presentador decía a una de las concursantes: "Ladies first", y a continuación añadía "Las damas primero", a lo que la concursante respondía, no sin cierto tonillo, "Gracias por la traducción", en donde se adivinaba un elidido "idiota" que venía a continuación, y que a pesar de ser mudo todo el mundo percibió. Primero idiota por tirarse el moco guanabí de decirlo en inglés sin venir a cuento, y después doble idiotez por ofrecer la innecesaria traducción. Pues aquí lo mismo. Vale, ¿me pueden explicar los de la editorial qué sentido o necesidad hay en poner un título en inglés de una novela escrita en ruso en su traducción al español? La misma, supongo, que luego hay en la solapa de poner el resto de los títulos de las novelas inéditas en español, también en inglés. Vamos, de lucirse. Ya sabéis, como ésos que ponen un cuadro en sus blogs y al pie de éste muy ufanos el título: "Liberty leading the People". Claro, claro. Y se creen listos y todo, y cuidado con decirles nada que todavía quieren tener razón.

Por último dejo para el final la que creo que es la más hilarante de todas las escenas, aunque no destriparé nada. Por un lado Chonkin conocerá en el koljós a un investigador aficionado, que siguiendo las doctrinas de Lysenko y otras de su invención desea crear la superplanta alimenticia de aprovechamiento completo, y al que algunas de las simplezas de Chonkin sumen en unos complejos dilemas morales e ideológicos. Al final será este personaje, el biólogo aficionado, el que leerá una perdida misiva, que aunque nosotros sabemos quién la escribió realmente, él confundirá con otro origen, lo que lo dejará absolutamente preocupado y confuso, y que es ésta: "En el caso de mi muerte, sólo deseo que se me considere miembro del Partido".


-SuperSantiEgo

21.1.13

Año nuevo, vida nueva, y programa de investigación literaria nuevo

Aun a riesgo de cometer una sokalada, y precisamente para evitarlo, empiezo este párrafo autorreferencial admitiendo mi culpa, si la hubiere, al tomar inapropiadamente de la filosofía de la ciencia y bajo mi propia y única responsabilidad el término "programa de investigación científica", que el que sepa lo que es mejor para él y el que no que lo aprenda en otro sitio porque yo no me voy a parar a explicarlo. En esencia, y sin meternos en profundidades, un programa de investigación científica es un rumbo o línea de investigación determinado en una ciencia que da durante un tiempo resultados siguiendo una serie de presupuestos y metodologías, y que llegado ciertos casos entra en recesión, se vuelve por así decirlo reaccionario y en vez de crear nuevo conocimiento se dedica, como un viejo cascarrabias, a seguir en sus trece, a no evolucionar y a intentar comprender nuevos fenómenos y datos con unos presupuestos que ya no son válidos. El programa se vuelve, por así decirlo, regresivo, senil, se dedica poco más que a hablar de sus antiguas glorias y a criticar todo lo que no alcanza ya a explicar, y termina extinguiéndose en favor de nuevos programas.

La analogía con ciertas formas de entender el arte es válida siempre que, como personas sensatas, no queramos hacer de la analogía una identidad. Del mismo modo, pues, que lo que fue ciencia o metodología a la última en cierto momento cae en desuso y está completamente sobrepasada, más de una vanguardia artística ha pasado, casi sin darse cuenta, de ser polémica y rompedora, a ahogadora ortodoxia y academicismo. Si uno lo piensa, si los dadaístas, y su digievolución los surrealistas, hubiesen sabido que años después se explicarían sus movimientos en las universidades y colegios, y que los académicos harían tesis sobre ellos, probablemente se habrían echado a llorar, para inmediatamente echarse a reír porque, en el fondo, era gente lista que sabía que ésa era la ironía última de todo lo que hacían. Lo que en su momento fue vanguardia, arte rompedor, puede convertirse en encorsetamiento y en un verdadero coñazo. Ejemplos hay a montones, y en el caso de la literatura lo que fue algo en su momento novedoso, como el flujo de consciencia o monólogo interior puede convertirse en un infierno cuando alguien que no termina de comprender esa técnica ni para qué sirve la aplica en narraciones en las que no le hace falta.

Yo en ese sentido soy muy anárquico. Desde luego en la ciencia no soy partidario del anarquismo metodológico, pero en cuestiones artísticas, aunque tampoco soy partidario del "vale tudo", ni los excesos de la posmodernidad pop o posmopop, sí creo que no vale la pena aburrirse ni ponerse fronteras. Total, si alguien tiene que aburrirse, que no sea uno mismo, lo importante es que te guste a ti, etc.

Por tanto creo que es hora de que me embarque en un nuevo programa de investigación literaria. No es que el programa anterior que he mantenido hasta ahora no funcione, ni creo que empiece a ser regresivo, pero sí creo que tengo un problema de metodología. Como he explicado en entradas anteriores sobre cómo creo yo que va esto de la literatura, y de cómo trabajo yo, en principio soy de los de "cargarlo todo en memoria y luego darle a la impresora, que es volcar lo que uno tiene en mente ya acabado en el teclado", imagen gráfica y elegante que por supuesto nunca se comparece con la realidad, porque desde luego las cosas nunca son así de simples. También, del mismo modo que mucha gente ignora cómo se suelen hacer las películas, donde rara vez tiene nada que ver el orden en el que se ruedan las escenas con cómo se montan luego, no es necesario, ni mucho menos, escribir una novela o un relato de un tirón, ni los capítulos en el orden en el que luego aparecen, y de hecho pueden desaparecer o aparecer algunos nuevos, cambiar el principio una vez se ha establecido el final, si lo hubiere, y así tantas metodologías como uno quiera imaginarse, lo que hace bueno aquello de "cada maestrillo tiene su librillo". También, por supuesto, se pueden seguir las recomendaciones de talleres literarios y libros que se supone que te enseñan cómo escribir, aunque en realidad sólo podrían ser válidos para cierto tipo de libros y cierto tipo de historias del tipo sota-caballo-rey, lo que viene a ser una especie de plantilla de un cierto tipo de historias que más o menos funcionan, pero de las que nunca saldrás si te atienes a un esquema tan estrecho. En muchos aspectos, esa metodología, y las obras derivadas de ella, son por definición "arte regresivo".

La idea me ha venido, hasta cierto punto, reflexionando sobre algunos proyectos que tengo en mente y que han ido madurando ahí, de modo que cuando me preguntan cuándo escribo, siempre digo lo mismo: más o menos siempre. Cuando voy en el metro, cuando voy por la calle o incluso cuando me quedo mirando a la pared, pienso en lo que voy a escribir, gracias al poder mental y capacidad de proceso que me permite andar y masticar chicle al mismo tiempo, cosa que más de uno no puede decir ni demostrar empíricamente tampoco.

Una de las ideas que tuve desde hace algún tiempo era traducir Carmiña Burana, novela escrita en gallego y que tuvo, probablemente, el mayor éxito de todo lo que he escrito, que tampoco es que sea mucho. Sin embargo, la verdad es que la forma en la que está escrito, y los berenjenales léxicos en los que me metí para darle saborcillo y textura, no es que ahora no sean de mi agrado, pero las personas y los autores cambian con el tiempo, y lo que uno escribió en su momento de una manera no quiere decir que unos años después lo escribiría de la misma. De todos modos, sería una traducción, pero los distintos intentos que había hecho no me dejaban satisfecho, y eso que me podía tomar todas las libertades que quisiera con mi propio texto, ya que traicionarse a uno mismo es un poco difícil cuando uno está de acuerdo con lo que está haciendo. Así que se me ocurrió una idea mucho más sencilla: ¿y si en vez de traducirlo, lo reescribía? Así de simple: de memoria, sabiendo lo que había escrito, y por supuesto sin utilizar de chuleta ni plantilla el original, volver a escribirlo, más o menos escena por escena, quizá quitando alguna o poniendo alguna nueva. La idea me hizo gracia, la verdad, pero como ya he dicho después de varios años, y de haber meditado por un lado lo que la novela fue y por qué fue como fue, y de discutir su estructura y significado con varias personas, no puede uno escribir la misma novela del mismo modo que no puedes tomar dos veces la misma ducha (Heráclito modernizado), así que pensé que podía contar la misma historia, la historia de Carmiña Burana, pero que no podría ser ni de lejos la misma novela, sino otra cosa muy diferente.

Como ya expliqué, la idea de Carmiña Burana nació a través de la idea de un relato, del mismo nombre, que hubiese sido poco más que una chica universitaria que, de salida nocturna con su novio el último día antes de vacaciones de Navidad, con todos los bares llenos, se separaba de él y emprendía una pequeña búsqueda que la llevaba a unas pocas situaciones insólitas y un poco surrealistas hasta que se reunía de nuevo con él. El argumento se complicó, se enredó, se mezcló con otras ideas y con otras cosas que en ese momento estudiaba y terminó siendo esa novela ya publicada, la historia de María do Carme Burana y su encontronazo con los goliardos. Después, como también he comentado alguna vez, hay otro proyecto de gran complejidad con los goliardos, donde ellos son protagonistas absolutos, llamado Kaänder Fåder.

¿Cómo contar la misma historia pero de distinta manera? Pues acudí a una de las partes que siempre pensé que habían quedado más flojas o menos explicadas, tanto que cuando llegó el momento de publicar la novela la eliminé y la substituí por una nueva escena que era menos confusa, o eso me parece. Esa parte eliminada es la Epiphania Sanguinis, la ordalía a la que se ve sometida Carmiña, y en la que tiene varias alucinaciones de las que sólo tendrá recuerdos vagos al despertar. Por eso, si llego a escribir esto, será la misma historia, pero a través de esas alucinaciones que tiene la protagonista, aunque en realidad no son tales ya que lo que hace es acceder al Libro de los goliardos, al Hoc Lieber del que machaconamente se hace referencia en la obra original, y que contiene toda su salvaje filosofía de vida, su conciencia colectiva donde comparten recuerdos y vagan por la dimensión espiritual donde se confunde el pasado, el presente y el futuro, una dimensión simbólica donde no se ven las cosas como fueron, sino como debieron ser o podrían haber sido. Es decir: puedo recrear los distintos episodios de la obra original pero en un orden distinto, ofrecer distintas versiones de un mismo hecho y hacer intervenir a distintos actores de estos hechos según las necesidades de interpretación de cada uno de esos episodios que conformaron la obra original. Las condiciones que me he impuesto, sin embargo, son éstas: las dos obras deben ser compatibles; no puedo, por así decirlo, desautorizar lo ya escrito, aunque sí reinterpretar, por supuesto siempre de modo que la obra resulte una obra independiente cuya comprensión no dependa de la versión anterior (esto es imprescindible, si no menuda chapuza), y por otro lado, y esto es también muy importante, una renuncia expresa a utilizar algunos de los artificios técnicos de la obra original, que eran los hierofantismos del latín, de la lengua goliárdica y otros recursos léxicos. Es decir: tienen que ser lo mismo, pero de forma totalmente diferente, y ambas pueden servir como base de la hipotética Kaänder Fåder.

¿Me saldrá bien? No tengo ni puñetera idea. Igual a las dos páginas me digo que en menudo sarao me he metido y que nunca debí salir de Valladolid. Para esto, por supuesto, tengo que cambiar completamente la forma de escribir, nada de "mandar a imprimir", sino que voy a dejarlo un poco a la improvisación del momento, aunque no del todo porque como digo la urdimbre que hay por debajo es la misma de la obra original. Es decir: tiraré por donde creo que tengo que tirar, y cual pintor de tinta china dejaré un poco que sea el propio trazo o la historia la que me diga por dónde he de seguir, buscando la estructura cíclica de la narración y, lo que es más difícil, respetar la forma en la que se dosificó originalmente la información de la obra original, así como su interpretación simbólica.

Alguno pensará: hay que estar muy aburrido para terminar haciendo algo así, a lo que yo siempre tengo preparada una respuesta de destrucción masiva: "Filatelia".

El siguiente proyecto importante, porque hay otros menores en los que no voy a entrar, es ponerme de una maldita vez con El mundo es irrisorio, aquella novela que en origen iba a ser consultiva y de la que todo el mundo o pasó como de comer mierda o sencillamente no entendió de qué iba el proyecto. En todo este tiempo de maduración en barrica la historia ha ido tomando cuerpo, y sólo puedo decir que me da miedo el conjunto de idioteces, juegos de palabras malos y situaciones estrambóticas que ha terminado siendo eso. Para que os hagáis una idea, como en cierto modo es un poco parodia de los berceles de "himbestigación y misterios ancestrales", he seguido, hasta sus últimas consecuencias, algunos de los recursos que éstos utilizan, de modo que cualquier teoría abstrusa se engancha de forma natural, por mor de la casualidad o de la simple anécdota, con cualquier otra teoría o hecho histórico, o simplemente se juega, con total desvergüenza, con algunos dei ex machina de los de "colguemos al que ha escrito esto", y el más descarado despiste argumental. Imaginaos que tengo incluso pensado un "capítulo opcional", pongamos que sea el quinto, donde se desvelan algunas cosas que afectan a la forma en la que se entiende luego la novela, y es decisión de cada lector leerlo en su orden natural, o esperar al final para leerlo. Tampoco tengo ni idea de si me va a salir bien todo ese desmadre salido de madre, pero nuevamente me resulta difícil la idea de escribirlo de forma secuencial tal como quedará cuando lo acabe, si se termina, sino que buscando también el mismo sentido caótico de la obra quiero ver un poco por dónde avanza aunque tenga bastante perfilado más o menos todo. Sobre el resultado no me puedo arriesgar a decir nada, porque lo que he terminado pensando para esta obra sólo me recuerda a lo que dijo Camilo José Cela sobre La familia de Pascual Duarte: "Empecé a sumar acción sobre acción y sangre sobre sangre, y aquello me quedó como un petardo". Pues creo que yo he hecho lo mismo, sólo que con el desmadre y la desvergüenza absoluta de unos personajes que se desenvuelven en una situación que empieza con la excusa argumental de nada menos que del libro de chistes que escribió Schopenhauer, y eso es lo menos absurdo porque luego se pone peor.

En resumen y de forma sencilla, y para que lo terminéis de entender, voy a adoptar un enfoque profundamente cuántico en la forma de narrar de modo que pueda aprehender de forma más eficiente la substancia de contenido narrativo que flota en el éter de la creatividad.

Y básicamente así es, con perdón y mejorando lo presente, como se empieza un programa de investigación literaria nuevo.

-SuperSantiEgo