Algo parecido le pasaba al lector que quisiera leer ciencia ficción en España, más o menos igual que ahora: había lo que había, las editoriales que se dedicaban a ello eran escasas y la distribución a lo que no fueran grandes ciudades podía ser errática, como por ejemplo era también la de la editorial Vértice que en esos momentos publicaba Marvel en España, que los números llegaban con una secuencia poco menos que aleatoria. Así pues, después de que a los trece años comprase la edición de Yo, robot, de Edhasa, el ritual durante por lo menos otros cinco años era más o menos el mismo: iba a la librería de siempre, me acercaba a las estanterías donde ponían ordenadamente el vicio y había para elegir... pues lo que había, que sin ánimo de quejarnos ahora innecesaria y retrospectivamente, pues tampoco estaba nada mal, aunque uno dependía, más o menos como ahora, tanto de la selección que hubiesen hecho las editoriales como de que un título en cuestión llegase a tu librería habitual. Así que uno fundamentalmente tenía a su disposición la colección de Edhasa, la de Acervo, la de Martínez Roca, luego Bruguera también sacó cosas, y bueno, lo que hubiese o lo que fuera cayendo. Por aquel entonces los libros creo recordar que andaban entre 350 y 400 pelas, que la verdad es que era un dinero, todo hay que decirlo. Dune, que era un tochaco en tapa dura, me costó 1000 pelas, y eso era una fortuna, el típico regalo de un tío Paco en Navidad.
Por supuesto, oh jovenzuelos que os creéis dueños de la sabiduría universal porque lleváis un listófono en el bolsillo, uno compraba los libros, excepto en algunas contadas ocasiones, poco menos que tocando de oído. La revista Nueva Dimensión, que hacía críticas de los libros que iban saliendo, había cerrado en 1983, y aunque había fanzines que cumplían una función semejante ya sabéis que su destino era la tirada ridícula y la distribución raquítica. Por tanto, para decirlo claramente, lo que hacía yo, y como yo tanta gente, era guiarse por la cubierta del libro, por la minúscula sinopsis de la contraportada y por la gracia que te pudiese hacer el título, el nombre del fulano o lo que fuera. ¿Cuánta gente no se compró en los tiempos heroicos de la música un disco porque la cubierta grandota de un LP de vinilo era especialmente atractiva? Pues eso.
Así pues un día fui a la librería con mis quinientas cucas más o menos "a ver lo que encontraba", que es como llamaba yo al proceso de ir a comprar un libro de esas estanterías, y esa portada roja y más rara que un perro verde me encantó. De hecho, y eso no se percibe en esa reproducción digital, las letras en azul producían un cierto efecto hipnótico al mirarlas, e incluso parecían poseer una cualidad autoesteroscópica, como si fuera un relieve en 3D que además se acentuaba si movías el libro ligeramente, de modo que el título parecía flotar.
Así que me lo compré, me lo llevé a casa y lo leí. Y me gustó mucho. Ahora lo he releído en inglés, y me ha vuelto a gustar, aunque obviamente la sorpresa de la primera vez no es la misma, y aunque recordaba algunos de los lances por los que tiene que pasar el pobre protagonista, Tom Carmody, otros los había medio olvidado. Por supuesto, es una novela de ciencia ficción sólo si consideramos, como yo tengo costumbre, que ésa sólo es una etiqueta que puede servir hasta cierto punto de guía, o que en plan cínico igual que se puede considerar cualquier cosa arte porque se exponga en un museo, todo lo que se publique en una colección que se proclame en la portada como de ciencia ficción es ciencia ficción. De hecho Dimensión de milagros estaría mucho más cerca de las novelas de viajes extraordinarios como Los viajes de Gulliver, o de las fábulas satíricas, que cualquier definición más o menos canónica de lo que es una novela de ciencia ficción.
La novela, escrita en un tono bastante jocoso y alocado, y sin abusar del número de páginas como ahora es tan común, trata de las peripecias de un gris personaje, Tom Carmody, al que le dan por error el primer premio de la Lotería Galáctica en la que todo el mundo participa sólo por ser residente de la galaxia. Después de que acceda a que lo lleven al Centro de la Galaxia y que le den su premio, que consiste en un ser polimórfico bastante impertinente y que nunca llegaremos a saber a santo de qué se puede considerar un premio, y bajo qué concepto es valioso, empieza el calvario de Carmody al relacionarse con todo tipo de seres a cada cuál más estrambótico e inverosímil, como si se tratase de un verdadero viaje de ácido, y en el que conoce desde a seres de increíble inteligencia que no son capaces de resolver una ecuación cuadrada al contratista que hizo la Tierra para Dios, que según cuenta es un tipo bastante tímido obsesionado con las cuestiones morales. Carmody, perdido en la inmensidad del Cosmos, tiene que volver a su hogar probando distintas Tierras alternativas, en las que se encuentra con seres extraordinarios e inverosímiles con los que mantiene unos debates a mitad de camino entre la filosofía y la parodia de ésta, y donde se dirime qué es la realidad, qué es para cada uno la realidad, o si la realidad es en el fondo poco más que un cachondeo que no hay que tomarse demasiado en serio, sobre todo porque el mismo Universo, al detectar el desequilibrio de que Carmody haya salido de su planeta, inmediatamente crea para remediarlo un "cazador de Carmodys" especializado cuyo único propósito y sentido es comer Carmodys.
Una novela realmente notable, que se lee rápido y que, fiel a sí misma, termina de una forma más rocambolesca si cabe cuando Carmody alcanza o cree haber alcanzado su objetivo de volver a casa, a su Tierra particular.
Como curiosidad, y quizá a alguno ya le ha sonado así, es un argumento que se parece notablemente a La guía del autoestopista galáctico, a la que antecede en más de una década en fecha de publicación. Sin embargo, Adams siempre dijo que no la había leído. Posiblemente fuera verdad, no hay ninguna ley en el mundo que diga que a dos personas se les puede ocurrir una idea parecida sin influencias mutuas, y Orwell se inspiró en Nosotros de Zamiatin para escribir 1984 y tampoco pasa nada.
La novela no se ha reeditado en español, que yo haya podido ver, desde 1979, aunque se siguen encontrando ejemplares de segunda mano. Como sé que hay mucho acelerado suelto, y he visto casos de empanadismo mental que van en esa dirección, no valdría de nada pinchar a Edhasa para que vuelva a reeditarla. A pesar de lo que alguna gente cree, los derechos para publicar un libro caducan cada ciertos años, de modo que a pesar de lo que alguna gente cree aparte de los derechos de la traducción ahora mismo esa editorial no tiene más relación con el libro que el hecho de que su nombre aparezca en los ejemplares de un título descatalogado, palabra que explica muy bien cuál es su situación: fuera de catálogo, no tenemos ya nada que ver con él. De ahí lo ridículo de alguna gente dirigiéndose a una editorial que ha publicado un libro hace más de treinta años, pedirle que te ponga en contacto con el autor, su agente o interrogarlos sobre cuestiones de derechos. La respuesta será un "¿Lo qué?" Para que os hagáis una idea es como si ahora uno se dirige a una empresa en la que trabajó hace diez años y le pides que te localicen al que fue tu compañero por entonces, Pepe, del que no te acuerdas de su apellido, y que si sigue trabajando allí que te pongan en contacto con él y si no que te digan que qué ha sido de él si lo saben. La respuesta obvia que te darán es que ellos no son una agencia de detectives, y que es de muy dudosa legalidad hacer lo que alegremente les pides. No sé si se animarán a hacer una nueva edición o no, pero al menos si lo hacen deberían revisar la traducción. Por curiosidad he mirado algunos párrafos a ver cómo los resolvían y encontré algunos fallos u omisiones, como traducir ichor como licor, que no, no es lo mismo.
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Edición italiana de la famosa colección Urania de ese país. En la portada Carmody con su Premio transformado en flauta. |
Hala, venga, que sí, que lo he encontrado. Como se puede ver más que un plagio es tomar un poco la anécdota principal de cómo empieza la novela.
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Publicado en Don Miki nº 16. |
Por otra parte el mismo Sheckley, de haberlo sabido, supongo que no le habría dado ninguna importancia, o incluso que le habría hecho gracia y se habría sentido muy honrado al ver nada menos a que una versión italiana del Pato Donad discutiendo con su impertinente Premio como hacía Carmody. La obra de Sheckley está llena de humor y de desafíos al concepto de realidad, y su obra más conocida, La séptima víctima, se convirtió posteriormente en una chanante película italiana que ya reseñamos, y que luego él mismo adaptó en novela, La décima víctima.
-SuperSantiEgo