1.6.15

Criptozoico, de Brian W Aldiss, y Claus y Lucas, de Ágota Kristóf

Cuando uno lee libros no es sólo importa muchas veces cuándo y cómo los lee, sino en ocasiones cómo entran en resonancia unos con otros, por así decirlo el orden en el que se leen. Como ya expliqué, de pura casualidad me leí dos libros de Frederick Forsyth seguidos, que sin embargo había escrito con una diferencia de casi veinte años, y fue una suerte porque detecté desde el primer momento que estaba leyendo exactamente la misma novela por segunda vez, eran los mismos mimbres en los que una historia sólo en apariencia diferente se articula y desarrolla exactamente del mismo modo siguiendo formulariamente los mismos pasos. También tuve suerte al leer, casi seguidas, Un árbol crece en Brooklyn de Betty Smith y El primer hombre, de Albert Camus, que son exactamente la misma novela a pesar de pertenecer a dos tradiciones literarias diferentes, estar escritas en dos idiomas distintos y en principio no tener nada que ver una con la otra. En este caso la experiencia fue buena, porque ambas novelas son excelentes, y no hay ningún plagio, simplemente es que la existencia humana es mucho más parecida a veces de lo que parece, de modo que se puede contar lo mismo de distintas maneras y la experiencia vital de una niña inmigrante en Nueva York puede parecerse extraordinariamente a la de un pied noir francés en Argelia.

Todo esto viene a cuento de que me he leído Criptozoico y a continuación la trilogía de Claus y Lucas, y por alguna extraña razón quiero comentarlas juntas. He de reconocer también que he sentido la tentación de seguir mi primer impulso y hablar de Andy y Lucas en todo momento, pero he sido fuerte y no lo he hecho, así que no ha sido superior a mis fuerzas. Igual estoy madurando, me hago viejo o me ha sentado mal hoy la comida, no sé.

Criptozoico, que hereda en español el título con el que la novela An Age se publicó en EEUU, es a todas luces una novela inserta en la tradición de la New Wave inglesa de los años 60, que intentaba convertir el entonces denostado género de la ciencia ficción en algo serio, más literario, y que también tuvo su equivalente en EEUU. Los resultados fueron realmente dispares, y su influencia muy discutible, tanto así que en cierto modo el moderno friki, en un ejercicio de doblepensar de manual, suele arremeter contra ese tipo de literatura para abrazar el infantilismo gratuito y la pura arbitrariedad del molonismo, siempre que su autor-camello le provea de sus dosis ingentes de naves espaciales o dragones, y a la vez anda lloriqueando por las esquinas quejándose de que a su drogaína favorita no se le conceda el crédito que él cree que merece la mierda infame que consume. Así nos va.

Por tanto, aunque ésta sea en definitiva una historia de viajes en el tiempo, la gente viaja como podíamos esperar en una época en la que fue escrita, 1967, tomando una droga que les permite un viaje mental. Sabemos, escuetamente, que antes de enloncharse y quedar dentro de una especie de burbuja a donde regresarán cuando su viaje acabe, que se les toma una muestra de sangre y de tejido, pero no qué objeto tienen esas muestras. El protagonista, un artista llamado Bush, es un estimado viajero temporal de un instituto que ha creado ese viaje temporal-mental, viaja a millones de años en el pasado, y es de los pocos que se supone que pueden acercarse a épocas cercanas en las que incluso hay ya seres humanos, pues la entropía temporal paradójicamente permite los viajes al remoto pasado con mucha más facilidad que a épocas cercanas a la nuestra. Bush viaja desde su presente, la década de 2090, buscando inspiración y conocimientos. De todos modos el viaje no es muy divertido: como mucho el mundo del pasado, en el que no se puede interaccionar en absoluto con nada, se ve difuminado como en tonos sepia, y no llega el sonido, ni se puede oler la podredumbre de los grandes bosques del período carbonífero. Al volver a 2093, Bush se encuentra con que en el Reino Unido se ha producido un golpe de estado que intenta instaurar un régimen totalitario, y que la institución en la que él trabaja se ha visto militarizada para recuperar a algunos disidentes que se refugian en el tiempo remoto. Aquí es donde la novela empieza a naufragar y las incoherencias se multiplican. En primer lugar, de repente no sólo Bush consigue como si nada aparecer en el Palacio de Buckingham en los tiempos de la reina Victoria, sino que además aparece mucha más gente, que sin saber muy bien por qué va disfrazada de época, como si hiciera alguna falta. La trama de espionaje, con agentes dobles y otros requiebros, sinceramente es confusa, y poco convincente. Más cuando la resolución del argumento es totalmente de risa, con unas sombras omnipresentes durante todo el relato que todo el mundo cree que pertenecen al futuro pero que en realidad son del pasado, ya que al final se nos cuenta que la gran revelación que la humanidad no debe llegar a comprender nunca es que el tiempo fluye al revés, con unas explicaciones totalmente absurdas que no tienen ni pies ni cabeza, y que no se justifican ni de lejos ni perdonándoselo como producto de una época. Lo peor es que, para arreglar lo que ya no puede tener ningún arreglo, el último capítulo se convierte en una espantá propia de autor quinceañero que huye hacia delante. El último capítulo nos muestra al padre del protagonista, al que ya conocíamos, de visita en una institución mental en la que le explican que en uno de sus viajes mentales a su hijo se le ha ido la flapa como mínimo a Sebastopol, de modo que todo lo que hemos leído, incluido el pajote mental del tiempo que fluye al revés, es parte de ese delirio. Bueno, o no, quizá sí es verdad que todo es así, y que lo han recluido como medida para contener esa gran revelación, vaya usted a saber. En ese momento ya no me importaba demasiado lo que estaba leyendo, la verdad. Además Aldiss se deja atrapar por la trampa literaria del psicologicismo gratuito que tanto daño hizo a la literatura desde la popularización y vulgarización del psicoanálisis, de modo que en vez de exponer y hacer ver lo que los personajes sienten unos por otros por sus palabras y acciones, como habían hecho de toda la vida las novelas tradicionales, al final todo se reduce a un breve diagnóstico en el que aparezca la palabra incesto, complejo de Edipo o similares. El "tiene complejo de" o "está neurótico" fue durante un tiempo a la literatura normal más o menos lo que en el mundo friki se corresponde con "lo hizo un mago", y asunto resuelto. En la prodigiosa década de los 60, donde un jetas como Castaneda consiguió doctorarse inventándose todo lo que ponía en su tesis, para luego seguir engañando durante el resto de su vida a todo el mundo sin aportar una prueba, y en la que todo era espiritualismo y palabrería, eso podía colar más o menos, pero llevamos ya un tiempo en el que el psicoanálisis ha caído en el más absoluto descrédito y el falsacionismo de Popper es casi de conocimiento común, así que en ese aspecto la novela ha envejecido de manera abominable. Esta novela sigue considerándose de ciencia ficción, pero nuevamente vemos lo cajón de sastre que es ese término, porque aquí no hay ciencia de ningún tipo, sólo vagas nociones que sirven para que todo vaya adelante y mejor no hacerse muchas preguntas, porque no sabemos si lo que viaja es sólo la mente o el cuerpo, si el cuerpo se queda detrás, ni demasiado en general. Lo supuestamente científico son esos conceptos psicológicos como la sobremente y otras justificaciones de psicología recreativa sin demasiado fundamento, como el tiempo que se queda Bush observando a una familia obrera del pasado que termina en una tragedia tremenda, y que lo deja profundamente alterado, lo que puede explicar que quizá se le vaya realmente la olla. Entonces uno recuerda que algunos autores de la misma New Wave no querían que los identificasen como autores de ciencia ficción ni a sus obras como respresentativas de ese género, y claro... todavía te da más igual que menos. Una crítica que se hizo de este libro nada más salir, por parte de Algys Budriss, afirmaba que "este libro intenta convencernos de que su autor piensa que es muy inteligente".

Claro, ante estas cosas a uno se le queda… cara de póker.

Amo a vé: me he leído una novela, no particularmente bien escrita, con pasajes bastante extraños que no conducen a nada (bueno, sí, al pajote mental), sólo para que luego me digan que no, que puede que juego revuelto, cruci cruci, todo fue un sueño, lo hizo un mago, es un flipe y nada más, como la chuminá de Sucker Punch. Vamos, que todo es mentira, porque el médico se lo cuenta al padre. O no, no sé. Quizá. Me da igual. Si te quieres marcar un eXistenZ nadie te lo impide, pero que quede bien.

Es entonces cuando uno tiene que echar mano de lo que yo llamo la Doctrina Moore. Moore en su célebre final del Superman de Tierra 1, o Pre-Crisis, empieza explicándonos que “Ésta es una historia imaginaria”, algo que se utiliza también mucho en los What If the Marvel y en los Elseworlds de DC, y en general en toda historia alternativa o como queramos llamarla. Como muy bien dice a continuación de forma lapidaria el mismo Moore: “¿Acaso no lo son todas?” Es decir: como si importara qué historia es canon o no, cuando la canonicidad sólo es una convención puramente arbitraria que a muchos puede que obsesione, pero que simplemente hay que desechar o tomarla como lo que es, un convencionalismo, una forma narrativa más, como el mismo Moore se tomaría a broma con sus múltiples versiones de Supreme. Es como discutir sobre qué es más real: una novela histórica o una ucronía. La segunda tiene un contenido más fantasioso o una premisa más que la primera, al tratarse de un mundo divergente del muestro, pero las dos son historias inventadas e irreales, aunque salgan en las dos los mismos personajes históricos. Y lo que es peor: la ucronía puede ser una historia emocionante y bien contada, con valores artísticos sólidos, y la historia respetuosa con los hechos conocidos ser un aburrimiento mal contado, que es a la postre lo que cuenta de verdad.

Vale, al final quizá todo no es un flipe pero la historia es una flipada. Pero la flipada es una chorrada, y no lo justifica, igual que en Sucker Punch todo era una mala excusa para hacer un babexplotation que sólo demostraba que Snyder tiene un montón de gruyere donde otros tienen el cerebro. En el último capítulo eso se nos revela como una historia de Philip K Dick, pero sin la gracia, el saber hacer y la naturalidad con la que Dick te dejaba con la última frase con los ojos muy abiertos y el culo torcido. Al final de Ubik descubrimos qué ha pasado y dónde, y aparece una moneda con la cara de un personaje que hace que cerremos el bucle y nos cuestionemos todo lo que hemos leído, pero Dick sabía cómo hacerlo. Como siempre, hacer tirabuzones en el aire es perfectamente legítimo siempre que aterricemos con elegancia y no con los dientes por delante, lo cual desluce mucho la acrobacia.

Por tanto el resultado de leer Criptozoico es la sensación de leer una novela que ha envejecido muy mal, y que más que de ciencia ficción parece de pseudociencia ficción asumiendo despropósitos mucho más cercanos al misticismo yeyé de la época que a cualquier especulación social o científica, y que además resulta tramposa en su resolución y te deja con la sospecha de que el frangollo termina abruptamente de ese modo a ver si sale del lío que él mismo ha montado. El contenido distópico tampoco se desarrolla mínimamente, y no resulta demasiado atractivo, del mismo modo que en un futuro tan distante como 2090, más para cuando la novela fue escrita, apenas si se notan cambios respecto a la sociedad actual, y respecto a los personajes femeninos... digamos que Aldiss en esta novela entra en la nómina de autores que no saben construirlos demasiado bien.

Por si fuera poco, la traducción es abominable. Había oído pestes de algunas de las traducciones de Domingo Santos, uno de los próceres de la ciencia ficción española durante muchas décadas, pero sólo en esta ocasión me he dado cuenta. Ya el primer párrafo es un despropósito gramatical, y por medio del libro nos encontramos con construcciones marcianas que no sé muy bien en qué idioma están, pero yo juraría que en español no. Cuando uno empieza a leer una novela y se encuentra “Yacían amontonadas sin sentido alguno, y sin embargo con una terrible significación que evidenciaba la fuerza que las había arrojado allí” uno sólo puede esperarse lo peor, y vaya si lo encuentra: voces pasivas forzadísimas, directamente cosas que se ven mal traducidas, y otros horrores. "¡Pobre viejo Ted!", exclama su padre cuando le cuentan de la locura de su hijo, que es una expresión muy habitual en español, y no suena nada extraña.

Y después de leer eso no se me ocurre otra cosa que leer la trilogía de Claus-Lucas, compuesta por tres novelas de corta extensión que tienen por protagonistas a dos gemelos: El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira. Y ésta es la cara que se me ha quedado.

Las objeciones que tengo sobre esta historia son diferentes a la anterior, pero en el fondo un poco las mismas. La primera de las novelas, que pasa por ser la mejor y con la que la gente dice que “te tienes que quedar” es la historia de dos gemelos húngaros que van a vivir con su abuela a una ciudad fronteriza, adonde los lleva su madre para que estén seguros durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque son dos, hablan como una sola unidad, sus diálogos son indistinguibles y nunca dejan de estar el uno con el otro. La abuela es una vieja bruja que los maltrata, si bien con el roce, aunque sea a hostias, termina naciendo el cariño. Los niños son redichos y no hablan como si tuviesen nueve años, y además de dedicarse a técnicas de disciplina ninja, como infligirse dolor el uno al otro para acostumbrarse a él, o ayunar, escriben objetivamente en un cuaderno lo que viene a ser su vida con la abuela: trabajar en el huerto en una economía de subsistencia y su relación con los vecinos del pueblo, en el que hay personajes de lo más singular. Mi primera impresión al leer la primera novela fue que no me pareció demasiado interesante. Aparte de que el estilo es simple y descarnado, con total predominancia del diálogo, ninguno de los personajes llegó a interesarme lo más mínimo, sobre todo los dos protagonistas de la historia, que son unos niños, repito, redichos y amorales que se dedican a hacer el bestia, pero ni eso, son crueles pero como simples pastiches. Todo me recordó al tremendismo de Cela, pero con la diferencia de que Cela escribe mucho mejor y de vez en cuando mete unas buenas dosis de humor negro, por no hablar de herencias más lejanas como el naturalismo. Así pues aquí tenemos seres raros y marginales, una niña medio retrasada que tiene arrebatos zoofílicos, y otras burradas sin venir a cuento, simplemente por acumulación. Podría decir que los personajes principales son unos psicópatas, pero ni eso, sinceramente creo que no están demasiado bien construidos como para llamarles eso.

Lo cual nos lleva a hablar de nuevo de la realidad, y de su plasmación artística. Esta plasmación puede tener muchas formas y hacerse de muchas maneras. En este caso se supone que se muestra la violencia y la brutalidad en tiempos de guerra, aunque sólo sea una crueldad que aflora con más fuerza por las circunstancias, pero que siempre está ahí. Sólo hay un problema: que llega un momento que no sólo no me creo lo que leo, sino que incluso me da la risa. Sé que suena un poco raro, pero el límite de lo absurdo que quiere uno soportar lo pone cada uno donde mejor le conviene, y de hecho creo que he dejado claro en más de una ocasión que mi umbral de tolerancia respecto a lo absurdo es bastante alto. En este caso, llega un momento en que me parece estar leyendo una película de dibujos animados, porque el tono sencillamente no es el adecuado. Hay una razón por la que en una película cuando vemos que alguien le descerraja un tiro a quemarropa a otra persona nos estremecemos, y sin embargo cuando Elmer le pega un tiro en la cara al Pato Lucas y le deja el pico en la nuca, nos hace gracia. Ambas historias sabemos que son imaginarias, en el primer caso sabemos que el actor al que han disparado hará otro papel en una próxima película, pero algo tiene que haber que nos diga que en un caso es un acto de violencia reprobable y en otro es legítimo e incluso deseable que los personajes se desmiembren sin problemas. Recordemos la definición de Cela de cómo escribió La familia de Pascual Duarte: «Empecé a sumar acción sobre acción y sangre sobre sangre y aquello me quedó como un petardo». Al menos Cela escribe bien, y queda claro que el personaje es un perturbado de algún tipo, sin entrar en querer hacer diagnósticos clínicos de un personaje de ficción. Yo a partir de ciertas salvajadas que van ocurriendo en esta primera parte de la trilogía desconecté y empecé a leerlo más como un tebeo de Mortadelo y Filemón en el que es normal que en una viñeta le corten a alguien la nariz, o que lo laminen con una apisonadora. De veras, no pude tomármelo en serio: llega la madre y le cae una bomba, la niña retrasada invita a los soldados rusos a que la violen, luego los niños le cortan el cuello a la madre de esa niña como quien toma un vaso de agua y todo así, hasta llegar al final que es más de lo mismo. Es eso: acumular una salvajada sobre otra, y sangre sobre sangre, con los niños registrándolo todo sin ninguna empatía ni emoción, tanto lo que sucede a su alrededor como lo que ellos mismos provocan.

Y dice uno: pues vale. También podemos recordar, con Talleyrand, que todo lo exagerado es insignificante, carece de sentido.

La segunda novela, La prueba, empieza donde termina la primera, con uno de los gemelos que escapa al país vecino, fuertemente vigilada la frontera desde que acaba la Segunda Guerra Mundial. En ningún momento se nos dice el nombre del pueblo, y se utilizan circunloquios que tampoco veo muy necesarios, sobre todo porque hay que ser tonto para no saber que la frontera es con Austria, que los primeros extranjeros a los que se refieren los niños son los alemanes y que los extranjeros que aparecen luego y ocupan el país son los rusos, así que hablar en clave de esa manera como que no pinta demasiado. El gemelo que escapa es Claus, y el que se queda en Hungría, Lucas, que sigue con su monótona vida de campesino porque la abuela ya ha muerto. La narración pasa de primera persona en plural a tercera persona, y sabemos de su vida en común con una joven que ha tenido un niño tullido, Mathias, fruto del incesto voluntario de ella con su padre. Lucas adopta a Mathias como a su propio hijo y lo sigue cuidando incluso cuando su madre los abandona. Mathias es, desde muy pequeño, un niño redicho y reviejío que habla con frases lapidarias. La separación de los dos hermanos es la prueba a la que hace referencia el título de esta segunda parte, aunque mucha gente parece obviar, ignorar o recordar que Claus ha existido, como si siempre hubiese habido un único niño del que se ocupó la abuela. También aparece Clara, una bibliotecaria viuda que perdió a su marido durante la represión soviética, y Peter, un miembro del partido comunista, además de otros personajes. Como era de esperar, Mathias, acomplejado por su fealdad, abandonado por su madre y convencido de que su padre adoptivo tampoco lo quiere, se ahorca, y Lucas a partir de entonces se convierte en un alma en pena. La novela termina con Claus que regresa del extranjero para buscar a su hermano, bastantes años después, cuando ya nadie lo recuerda a él e incluso muchos sólo tienen un vago recuerdo de Lucas, del que no se sabe qué fue realmente después del abatimiento que lo embargó después de la muerte de su hijo adoptivo.

Y aquí es cuando llega el último capítulo de la novela, en el que vemos que sí, Claus ha estado varios meses viviendo en la ciudad fronteriza, y su visado ha caducado, por lo que lo detiene la policía, pero no existe Peter, que cuidaba del supuesto negocio abandonado de Lucas, y los cuadernos de niñez que custodiaba ese supuesto Peter, y que constituyen la primera novela, no parecen antiguos, sino que son unos cuadernos nuevos escritos en los últimos meses, igual que la segunda vuelta de tuerca que acabamos de leer y que termina siendo la obra de ese Claus nuevo, Claus prima, Claus subíndice 1 o como queramos llamarlo.
Por último llega la tercera novela, que es la que gusta a menos gente, pero que en mi caso, sin gustarme demasiado las otras dos, me parece que termina de redondear la broma que constituye todo el ciclo, aunque el chiste no me parece demasiado bueno ni me ha hecho demasiada gracia. La tercera novela nos cuenta la verdadera historia detrás de todo esto, o quizá si queremos verlo así la tercera mentira del título, aunque según la Doctrina Moore, ¿acaso no lo son todas? La tercera versión, o mejor dicho segunda ya que la primera y segunda novelas son coherentes entre sí, nos cuenta una historia diferente, en la que los dos hermanos se ven separados a edad temprana, cuando la madre mató al padre e hirió gravemente a Lucas, que tuvo que pasar un largo proceso de recuperación separado de su familia, mientras que Klaus (sí, con K) vive con la amante de su padre ya que a su madre la internan en un psiquiátrico. Es Lucas el que acabará viviendo con una anciana en un pueblo de la frontera, y el que la cruzará para escapar a Austria y vivir allí varias décadas bajo el nombre de Claus, mientras su madre y su hermano Klaus lo creen muerto. Klaus vive una vida bastante miserable mientras escribe poesías que terminan dándole una cierta notoriedad, y será él quien cuide de su madre perturbada, que sigue esperando el regreso de Lucas y lo convierte en su memoria en una idealizada versión de Klaus, a quien desprecia continuamente al compararlo negativamente con su desaparecido hermano, del que en realidad no saben nada los dos. Es por eso que, cuando van a deportar a Claus, las autoridades consiguen que los dos hermanos se encuentren por última vez, el verdadero Klaus y Lucas que adoptó el nombre de Claus; Klaus le miente, no lo reconoce ni admite que sea su hermano aunque sabe perfectamente que es él, y evita también que su madre lo vuelva a ver. Para terminar de forma festiva la trilogía Lucas se suicida, y Klaus toma la determinación de hacer lo mismo cuando su madre fallezca.

Es decir, si lo entendemos así, en forma de capas, la realidad sería la historia de Klaus y Lucas, en la que Lucas es el que ha escrito los dos primeros libros tomando elementos distorsionados o idealizados de su vida. Aquí es nuevamente donde uno se pregunta qué puede ser declarado como verdad o mentira en un sistema donde por definición todo es irreal e inventado, todas las historias son imaginarias. así que todas son verdad o todas mentira, al gusto de cada uno, y establecer jerarquías de verdad entre unas y otras es realmente arriesgado, cuestiones aparte del efecto rashomon. De hecho aún os digo más: al contrario de la opinión generalizada, la única novela que me interesa un poco es la tercera, porque es la única en la que aparecen personajes más o menos normales con reacciones reconocibles como humanas, mientras que el tremenbundismo excesivo de las dos primeras, que sí son coherentes con los delirios enfermizos y obsesivos de alguien con una personalidad alterada, y justifican por ejemplo el hablar redicho de los personajes infantiles, me provoca un distanciamiento total en el que las muertes y tragedias las veo con la misma cara que veo a la gente que muere de forma absurda en un episodio de Family Guy sólo por hacer la broma. Lo demás me parece insignificante, carente de significado. Desconozco por completo si la autora tenía plan desde el primer momento de hacer esas dos piruetas argumentales (aunque casi pirueta y media) o fue una decisión a posteriori, pero como las he leído de un tirón ésa y no otra es la impresión que me llevo. Igual lo he entendido yo al revés, pero quizá los que lo han entendido de esa manera, en la que los niños redichos cuentan sus chantajes y actos terroristas es una gran novela, no han visto la pintura completa. Quizá la broma estaba en otro sitio, o no había broma en absoluto, o la broma estaba en nosotros al leerlo, no sé. A estas alturas ni me importa.

De todos modos aquí tenéis la opinión de Slavoj Zizek sobre la primera novela, que en cierto modo me reafirma en la mía, además de pensar como siempre que el buen hombre está como un cencerro. Por otro lado reconozco que la misma Ágota no me cae muy allá después de haber leído esta entrevista en la que dice alegremente que como la emigración no le sentó nada bien y se vio obligada a vivir en un país que no le gustaba, Suiza, y a aprender una lengua nueva, el francés, que su marido debería quizá haber pasado un par de años en la cárcel para que ella no hubiese estado cinco años trabajando en una fábrica en la que se aburría mucho. En fin…


Por ejemplo, éste es el verdadero Zizek, y el otro que va dando conferencias por ahí su parodia.

En resumen, aunque se deja leer, no me ha dicho nada. De hecho, y especulando un poco, me parece un ejemplo más de un tipo de literatura que, aunque en el extremo contrario, no me interesa nada por lo que tiene de manierista. No tengo nada en contra de la literatura donde la gente sufre mucho o todo es crueldad y dolor, pero los ejemplos positivos de esa literatura que tengo claros al menos no se limitan a decir que el mundo es una mierda y al final te mueres. Sí, vale, eso ya lo sé. ¿Pero qué tienes que decir al respecto, y cómo? El nihilismo, el existencialismo, al menos tienen una base especulativa y una sólida referencia intelectual que apoya sus postulados, aunque se muestren en forma novelada. Camus nos dice que la vida no tiene sentido, que todo es sufrimiento y dolor, pero que podemos buscar sentido por nosotros mismos y que al fin y al cabo echarse un partido de fútbol con los amigos está bien. El mundo cruel y salvaje de Cela al menos plantea una cierta conmiseración por lo humano, y además de otros elementos de alto valor literario en Mazurca para dos muertos aparte de gente sin piernas y retrasados que se prenden fuego porque sí aparecen Las Diez Señales del Hijoputa, que te ríes un montón. A mí que me digan lo que ya sé y que no me aporten nada más, pues tampoco le veo demasiado sentido.

Ejerciendo ya de malo, y viendo cómo se ha tratado a la autora y a su obra, también me sospecho que puede que haya algo en la manía que tienen los franceses de enaltecer a todo aquel que, por una razón u otra, ha terminado escribiendo en su idioma, como si eso los hiciera dignos de una estima muy superior, mezclando una cosa con otra y sobre todo también por la condición de refugiada de la señora, que por otro lado parece que tampoco le habría parecido tan mal haberse quedado en su país en el régimen comunista, ya que Suiza le resultó tan aburrida. También, lo reconozco, me da un poco de repelús al sonarme al nuevo-viejo nihilismo de vía estrecha que, más que basarse en un profunda reflexión literaria e intelectual, como los existencialistas de hace casi un siglo u otros autores desesperanzados del período de entreguerras, se centra más en la capacidad de epatar y de escandalizar diciendo caca culo pedo pis en un mundo en el que la corrección política, el meapilismo de izquierdas y otras formas de renuncia de la inteligencia han permitido que muchos piensen que Chuck Palahniuk y Houellebecq han inventado el nihilismo, igual que cada quinceañero cree que el grupo de moda de su época ha inventado el punteo de guitarra y lo mismo que algunos creen que Sasha Grey ha aportado algo al mundo de la literatura erótica. A veces me quejo de que los lectores de fantasía no sepan lo que es el estilo indirecto libre, pero igual es más grave esto entre lo que se supone que son lectores expertos.

Eso me lleva a pensar que, aunque totalmente contrario en principio a la opinión de Patrick Rothfuss sobre los géneros, y su presunción de que la “ficción literaria” es un género, lo que puntúa muy alto en la categoría de soplapollez, quizá dentro de su equívoco tiene algo de razón en tanto que en ese tipo de ficción las grandes nadas, o basuras serias como las llamaría Vizinczey, están llenas de tics que supuestamente contiene la gran literatura, y sí pueden degenerar de manera que la literatura de la corriente general se convierta en un género pervertido en el que la grandilocuencia, el tremendismo porque sí y la pose atormentada de autores y personajes se convierta en una complacencia morbosa en lo mismo de siempre de la misma manera que algunos se conforman con cualquier cosa que lleve naves espaciales o dragones, y en este caso todo lo que sea feísmo, desesperación y locura en vena tiene que ser necesariamente bueno o literariamente relevante. Del mismo modo que el gore me parece que en general es una excusa para hacer malas películas técnicamente lamentables y argumentalmente inanes, y no soporto como muchos la absurda arbitrariedad del torture porn, no veo razón para no sentir la misma cautela cuando me quieren comprar a tan bajo precio con pr0n intelectual y crueldad vacía de toda reflexión o verdadero contenido, aunque sea del lado de la "curtura". Ante eso sólo tengo una respuesta:

Como dato curioso, si ponéis "Claus y Lucas" para buscar en Google lo más seguro no es que os encontréis con la obra de esta autora húngara, sino con esto otro:


Claus y Lucas son dos gemelos que salen en el videojuego Mother 3, que como data de 2006 es bastante posterior a la publicación de las novelas. Si hay alguna conexión, homenaje o lo que sea, o es una coincidencia porque los nombres suenan bien y uno es el anagrama del otro, me da igual.

En España, por supuesto, si hablamos de gemelos traviesos siempre nos acordaremos de éstos:
La primera novela, la que se supone que es la buena y nos tiene que gustar más que las demás, fue adaptada en el país de origen de la autora en 2013:

No está mal. Rebaja un poco el festival de violencia y los personajes resultan así un poco más creíbles. También, hay escenas que no se pueden llevar a cabo porque los actores infantiles también tienen derechos. Por eso cuando la moza se baña con ellos si está desnuda nunca comparte plano con lo gemelos, y la escena sadomaso y de lluvia dorada no aparecen tampoco. Del mismo modo el personaje de Caraliebre se ve que está interpretado por una chica ya mayor, lo que diluye bastante la escena de su muerte. También, como los niños no crecen, no se entiende demasiado cómo de la noche a la mañana la frontera con Austria, el único país no comunista con el que Hungría tenía frontera durante la Guerra Fría, se convierte en una de las más vigiladas del mundo, llena de minas. En la película se ve también cómo los niños ven un campo de tránsito nazi abandonado lleno de cadáveres, algo que también ocurre en la novela y que los deja muy impresionados, aunque por alguna extraña razón cuando ellos mismos hacen eso, matar a la gente y luego quemarla para no dejar pruebas, no les afecta. No hubo campos de exterminio nazis cerca de la frontera húngara ni en su territorio, y de hecho el gobierno húngaro fue reacio hasta casi el final a colaborar con el exterminio de los judíos, aunque se produjeron varias matanzas. Es decir: si aceptamos que lo que hemos leído es la invención y desvarío de un perturbado ya enfermo que recrea a posteriori sus recuerdos, entonces es excusable, pero si no, la autora se ha marcado la típica chorrada por falta de documentación típica de una novela de Dan Brown. Y si aceptamos lo primero, igualmente mal, porque una convención que no se puede romper es la suspensión de la credulidad: si el autor nos está recordando continuamente que los personajes de los que estamos leyendo no son reales, sino sólo palabras en un papel, luego no nos quejemos de que, como ha ocurrido en mi caso, no llegue a importarme demasiado lo que estoy leyendo, si sufren o no o si a su madre inventada le cae encima un obús y la revienta. Si rompemos la primera ley sagrada de toda narración, que es que lo que te cuento es verdad en el ratito que te lo cuento, mal empezamos.

En cuanto al asunto de los gemelos, así en general, siempre han dado mal yuyu por... cosas. Son los clones de la naturaleza, una persona repetida aunque sepamos que hay cierto mito en que tengan una comunión sobrenatural. Pese a todo, hay paralelismos más que notables en sus aptitudes, y una de las fuentes sobre el estudio de la importancia de la genética sobre la personalidad se ha realizado por medio de gemelos idénticos que fueron por un motivo u otro separados a temprana edad y que han tenido estímulos muy distintos, para llevar luego vidas extraordinariamente similares. También son un tema favorito de algunas películas de terror psicológico de lo más inquietante.



Dos hermanos gemelos, los dos ginecólogos, que trabajan juntos y lo comparten todo. Realmente muy chunga de ver. Claro que casi no es nada comparada con esta otra:



Si queréis traumatizar a un niño de por vida, hacedle ver esta película. Conmigo funcionó.

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-SuperSantiEgo