4.10.06

Moros y chinos. What If…?

La verdad es que no me gusta hacer críticas de libros apenas acabo de leerlos, y prefiero esperar un poco a ver de qué me acuerdo de ellos después de un tiempo. No es la primera vez que, pasado un mes o dos, la máquina Java que tengo integrada en el cerebrillo pasa el recolector de basura y acaba con todo lo que no haya establecido una referencia sólida. Por eso, como hará unos seis meses que leí Tiempos de Arroz y Sal, de Kim Stanley Robinson, paso a comentar algún aspecto de ella que más me llamó la atención.

El autor es sobre todo conocido por su trilogía de Marte: Marte Rojo, Marte Verde y Marte Azul, ciencia ficción de la durilla que obviamente nos evoca automáticamente a Bradbury y sus Crónicas Marcianas. Por eso cuando me encontré la edición de bolsillo de este libro y leí la contraportada me dije: Coñe, una ucronía. Las ucronías son novelas del género fantástico que corresponden al famoso “Que hubiese pasado si…”, y que en los comics por ejemplo crean casi todas las realidades paralelas y alternativas, y que sobre todo se hicieron famosas con el conocidísimo What If…? de Marvel. La primera que leí, cuando estaba en el instituto, fue Cuando el Dragón Despierte, de John M. Ford, que recuerdo que en su momento me costó una pasta. La premisa era sencilla: ¿qué hubiese pasado de salir bien la protección a las antiguas religiones de Juliano el Apóstata? Pues que nos encontrábamos en pleno Renacimiento entre Borgias y Sforza, pero en vez de culto a la Virgen pervivía el culto a Isis, cuya imagen servía para espantar a los vampiros, los militares eran mayoritariamente mitraicos y había por los montes bandas de monoteístas intransigentes llamados jeshitas, que eran más peligrosos que los thugs de la India. En el caso español me acuerdo sobre todo de la ucronía Los rojos ganaron la guerra, de Fernando Vizcaíno Casas, que obviamente especulaba con la idea de una España en la que hubiese vencido la Hidra Roja*, y en la que enlazaba con sana mala leche algunas escenas antológicas, como la de la Pasionaria visitando a Stalin o lo emocionado que se quedaba Carrillo cuando le comunicaban que a partir de entonces Gijón iba a llamarse Gijón del Carrillo.

En este caso nos encontramos con una ucronía que especula con la posibilidad de que la Peste Negra hubiese asolado Europa de tal manera que casi hubiese desaparecido la Civilización Occidental y el cristianismo, relegada a unos pocos grupos a los que nadie hace caso. Quedaban por tanto dos grandes civilizaciones, llamadas a entrar en contacto y al final a luchar por la supremacía: el Islam y el Imperio Chino, de ahí que jamás hubiesen existido las fiestas de Moros y Cristianos, a lo sumo las de Moros y Chinos. La verdad es que si tenemos en cuenta que la novela se publicó a apenas un año después del 11-S es toda una valentía, ya que aunque se le ve el plumero y se ve que sus preferencias son el budismo no deja de presentar a los musulmanes como una potente cultura y una religión elevada, si bien con sus contradicciones e incapaz, como todas, de evitar el verdadero sufrimiento del ser humano. Toda una hazaña, repito, siendo el autor norteamericano, y más en estos tiempos de maurofobia facilona en la que muchos pretendidos defensores de nuestra civilización ponen como ejemplo a seguir los exabruptos xenofóbicos de la malograda Oriana Falacci. En más de una ocasión en la novela se nos insistirá en que Mahoma creó su religión como un proyecto abierto, y que sus creencias deberían ser adaptables a los cambios del mundo.

De todos modos, aunque en el libro se intenta, y se logra, cierto equilibrio, está claro a mi entender que lo que realmente le gusta al autor es la visión budista de la vida, lo cual es muy respetable. En primer lugar, la novela copia un artificio que se utiliza en algunas parábolas y escritos budistas, en los que distintos personajes son diversas reencarnaciones de unas almas. Para que reconozcamos a estos personajes, sus nombres, se nos presenten como personas de distinta raza, nacionalidad o sexo, empezarán por B y K, y serán los personajes centrales de casi todos los capítulos. Además, uno de estos personajes, B, es el espíritu conciliador, reflexivo y constructivo, mientras que K es impulsivo, desafiante, rompedor e iconoclasta. Ni más ni menos que el yin y el yang. El personaje cuya letra empieza por I es el que representa el espíritu científico. Por si fuera poco cuando los personajes mueren a veces se vuelven a encontrar en el Bardo (no, el de Astérix no), un estado intermedio entre la muerte y la reencarnación, y en un caso incluso llegan a hacer un intento de revolución dentro de él. Así que los islamófobos no tienen demasiado por lo que preocuparse: no aparece como hecho objetivo el Paraíso con las huríes.

Lo cierto es que cuando compré la novela lo que me pedía el cuerpo literario era algo de chicha, algo de caña, y me imaginé que aquí la encontraría. Pues no, aunque hay guerras la novela se basa fundamentalmente en el desarrollo espiritual de esas almas que conforman un jati, según el budismo tibetano un grupo de espíritus condenado a volver a encontrarse a lo largo de sucesivas encarnaciones, a la vez que vemos el desarrollo de una Humanidad más que reconocible, pero que resulta también exótica, con una Europa colonizada por los musulmanes y una América y Australia descubiertas por los chinos. Robinson también se muestra poco eurocéntrico: al alcanzar nuestro año 2002, cuando acaba la novela, el desarrollo material y científico del mundo es semejante al nuestro, si bien todavía se está llegando a la fisión del átomo. Tampoco toma el otro camino fácil, el de ponernos un mundo que es mucho mejor que el nuestro pues no ha sido corrompido por los malvados europeos: el mundo que nos muestra en esa evolución paralela, bastante razonable, no es mejor ni peor que el nuestro en muchos aspectos, pero sí completamente diferente. El autor nos cuenta pasajes fundamentales de ese mundo y reconocemos el equivalente al Renacimiento, a una especie de Galileo o Newton, a Madame Curie, y una guerra genocida llamada Guerra Larga que dura sesenta años y que muestra aspectos tanto de la primera como de la segunda guerra mundial, y en la que antes de la derrota parcial de la alianza de naciones musulmanas murieron mil millones de personas.

Quizá lo único malo que se le pueda achacar al libro es que es imposible condensar en 700 páginas quinientos años de evolución humana, además de detenerse en todas las comeduras de tarro de los protagonistas. Hay partes del mundo del que apenas se nos dice nada, como África, y sobre la determinante civilización india que planta cara a las otras dos poco sabemos, lo mismo que de los hodenosauníes (los amerindios), que crean una confederación de tribus para protegerse de las invasiones que los amenazan por este y oeste y terminan creando una democracia. Poco se nos cuenta de ellos, y uno se queda con ganas de más, la verdad. El caso de los japoneses también es particular, pues son invadidos por los chinos y se convierten en un pueblo errante por toda Asia que sueña con volver a su hogar ancestral, como los judíos.

De todos modos se agradece que, en los tiempos tan revueltos que corren donde el que más grita parece llevar la razón, y está de moda la intransigencia cultural y religiosa contra otras intransigencias culturales o religiosas, aparezcan novelas como ésta que sin aspavientos ni salidas fáciles reflexionen de forma profunda sobre la condición humana y sobre sus sufrimientos a lo largo de la historia. En una de las páginas finales, alumbrado por un espíritu ilustrado que ahora tantos intentan sofocar, Robinson vuelve a sacar una de las más poderosas armas de la reflexión budista y uno de sus personajes se dice que la humanidad no se habrá ganado ese nombre y empezará la verdadera historia del auténtico ser humano hasta que el número de vidas vividas en paz y plenitud supere al de aquéllas que han vivido en el miedo y la frustración, y que mientras no desaparezcan las desigualdades y se reparta la riqueza del mundo equitativamente no seremos más que monos parloteando sin sentido, orgullosos de pertenecer a una pretendida humanidad que todavía no existe como tal. Obviamente esto demostraría a tantos “liberales” que andan por ahí a la caza del progre que este norteamericano traidor a su patria es un peligroso agente desestabilizador de la democracia y del libre mercado, y que su obsesión por el planeta Marte y su color ha nublado su juicio.

Y digo yo: y que le dure.
Kim Stanley Robinson

*Heil, Hydra! ¡Corta una cabeza y dos aparecerán en su lugar! (Joder, cada vez estoy peor de lo mío.)

-SuperSantiEgo

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