Hace pocos días, hice una apasionada defensa, con coñas pero de veras, sobre el gran tocho literario, la titanovela. Eso no quiere decir, ni remotamente, que desprecie las novelas de una longitud más normalita, o los relatos cortos, y ha habido autores que han demostrado lo que valían en relatos, novelas extensas y otras que no lo son tanto. Pero obviamente si una novela nos hace pasarlo como enanos durante trescientas páginas, si son seiscientas el gozo no es linealmente el doble, sino que puede aumentar en varios órdenes de magnitud. Lo bueno, si titánico, exponencialmente bueno.
La inferencia puede llevarse también al otro extremo: si me vas a dar el coñazo, al menos acaba lo antes posible. Todos hemos leído relatos que son flojillos, pero como sólo hemos perdido un rato, pues no nos enfadamos demasiado. Si uno lee una novela mediocre de doscientas páginas… pues bueno, se olvida y se busca algo mejor, pero si te das cuenta de que no se está yendo a ninguna parte en la página cuatrocientas, el cabreo puede ser mayúsculo. Vale más un trocito de chocolate del bueno que toda una tableta del más perro.
En el caso de Todo un hombre, igual que en Yo soy Charlotte Simmons, da la impresión de que podríamos estar ante unas novelas más que interesantes si en vez de ser mamotretos reiterativos de mil páginas, fuesen, al igual que la estupenda La hoguera de las vanidades, algo más manejable de unas trescientas y pico, que dan más que de sobra para contar lo que Tom Wolfe quiere contar. Si hay que escribir una titanovela, se escribe, pero escribirla pa na es tontería. De hecho la titanovela no se define sólo por el número de sus páginas, sino también por el alcance de lo que cuenta, ya sea por el calado de su argumento o por la épica narrativa que contiene, como toda una saga familiar. No es lo mismo una novela muy larga que una titanovela.
El argumento tampoco está mal, aunque luego las buenas ideas hay que plasmarlas: Charlie Crooker, el típico sureño fanfarrón y echado para adelante en los negocios, enfrenta su decadencia física y vital, mientras sus últimos negocios amenazan con dejarlo en la ruina. El personaje es un poco plano: el típico chulo de los negocios, antiguo deportista, que especula más que habla, y en el fondo un patán sin cultura que sólo cree en el poder y el dinero, y que a la mínima empieza a farfullar en dialecto sureño. Ha abandonado a su primera mujer que lo ayudó a crear su fortuna, y se ha casado con una joven a la que le dobla la edad. El otro protagonista, que merece el título de la novela tanto como el gran empresario, es otro arquetipo: Conrad Hensley, un joven inteligente criado con pocos medios, y que a los veintipocos se ve ya con dos hijos, que tiene un trabajo miserable en una de las empresas de Crooker y que vive en los suburbios de San Francisco, sin demasiadas posibilidades de mejorar su vida. Para sanear sus cuentas Crooker empieza a hacer despidos masivos, el joven muchacho se queda sin medio de vida y así los dos irán dando tumbos hasta que sus destinos se encuentren: uno será acosado por sus acreedores cada vez de forma más implacable mientras otros intentan liarlo para que sirva de ejemplo en un lío político de la ciudad, y el otro acabará en la cárcel, de la que se escapa por un providencial terremoto.
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No tiene nada que ver, pero mola. |
Aparecen también otros temas recurrentes en los libros de Wolfe: el mundo de los negros, en este caso de Atlanta, con la desconfianza y la sospecha racial funcionando en ambas direcciones, y el mundo corrupto de la política municipal, además de otro disparador del argumento que es una posible violación de una hija de una de las más nobles familias de la ciudad por parte de un deportista universitario negro que ha coseguido salir del ghetto, y que se cree que en su posición privilegiada de estrella del deporte se le debe consentir todo. Ésta es una coincidencia con la novela posterior, Yo soy Charlotte Simmons, así como alguna referencia a las tarántulas de Nietzsche, o la música estridente y sin contenido que oyen las clases populares de los Estados Unidos, y que se ve que a Wolfe le debe sentar como patadas en los timpanillos.
Igual que en Yo soy Charlotte Simmons, muy poco pollo para tantísmo arroz. Vueltas y más vueltas, capítulos con reuniones y más reuniones, descripciones de muchas páginas explicando cómo se hace un desayuno, el plan de uno de los directivos del banco acreedor de Crooker para hacerse con un buen pedazo del pastel cuando le embarguen todo, y un final que sabe a poco o nada. El muchacho en la cárcel se convierte en un estoico por lo que lee en un libro, y cuando se termina encontrando con el empresario lo convierte en un santiamén, hasta el punto de que al final de la novela se sabe el destino final de Crooker por los comentarios de otros personajes, y se dice de él que ya arruinado se ha convertido en una especie de predicador del estoicismo. No sólo es inverosímil, por lo menos de la forma en que se nos expone, sino que además esa conversión se ve como extraordinariamente precipitada.
Para chulo chulo...
En algunas críticas que he leído por ahí se abunda en esta impresión: Tom Wolfe está ya afianzado en su posición de autor y sabe que aunque escriba novelas infladas y sin pulir se forra con ellas y hace ganar una barbaridad a sus editores. Éstos, mucho más preocupados por la cifra que ganan que por la calidad de lo que publican, le dejan hacer lo que quiera. Pues desde luego a mí no me va a volver a pillar. Me leeré en todo caso Quién teme a la Bauhaus feroz porque me aseguran que es muy divertida, pero desde luego me tendrán que convencer con muy buenos argumentos para que vuelva a leerle otra novela.
Como dije antes, se nota que quizá estas obras están por pulir. Aunque no es algo que me atraiga, y estoy muy lejos de sufrir sus efectos, la figura del editor está en algunos casos para algo. En Europa se sigue dando en general el modelo de autor que presenta una obra ya terminada al editor, que decide si publicarla o no, aunque también puede solicitarle cambios. Como gracias a Hollywood hemos visto y conocido mucho más del mundo editorial de Nueva York que el de Barcelona, mucha gente se cree que el mundo editorial funciona de forma análoga al musical, donde hay un productor que conoce los gustos y tendencias y crea productos de alto impacto en el mercado, fáciles de vender y rápidamente olvidables para dejar paso a otro nuevo con el que seguir haciendo caja. Así buena parte del público piensa que del mismo modo el autor va entregando capítulos a un editor que se los lee, le hace críticas, lo guía según unos criterios de comercialidad, etc. Eso ocurre muy a menudo en el mundo editorial anglosajón, y cada vez más en el nuestro, que también conoce la figura del agente literario, actualmente ya imprescindible para editar en el extranjero. Lo que está claro es que cuando el autor tiene poder, puede hacer lo que le dé la gana, y si un editor no está de acuerdo con lo que hace, siempre encontrará a otro que quiera publicarle su obra de mil amores. Es todo un mundo, el editorial, y la verdad es que yo pagaría, y mucho, por ver la cara de Nabokov cuando un reponsable de una editorial de mala reputación le dijo que por supuesto que le publicaría Lolita, pero a ver si era posible cambiar a la niña protagonista por un niño, y que hubiese una escena de violación en un pajar.
Lo que sí parece más que olvidada es la figura del editor legendario que además de detectar el posible valor comercial de una obra tenía visión y sensibilidad para reconocer el verdadero talento literario en un autor, se convertía en su primer crítico y lo encabronaba hasta obligarlo a pulir su obra, además de ayudarlo a ponerse en relación con otros autores y con el ambiente literario. Serían otros tiempos más inocentes, supongo.
-SuperSantiEgo