Hace años, cuando estaba de estudiante en Santiago DC, existió una asociación de juegos de estrategia y rol llamada Graal, en la que además, como ya he contado, hicimos un fanzine llamado
Edda. En ella nos reunimos muchos aficionados a lo que, entonces, todavía no se llamaba frikismo. En cierto modo viendo a mucha de la gente que había por allí no sólo supe el friki que quería llegar a ser, sino también el friki que, sin duda, no quería llegar a ser. Lo mío, me dije entonces, era ser un friki cartesiano. Básicamente, mi frikismo es profundamente herético respecto a lo que uno se suele encontrar por ahí.
Entre las discusiones más habituales una de ellas era la pureza del juego del rol, y una de las prácticas piadosas que considerábamos imprescindible es que el personaje tuviese un trasfondo, una historia previa o
background. Los masters, habitualmente, se lo pedían a los jugadores, y por regla general casi nunca se los daban. De entre los distintas historias que la gente confeccionaba para sus personajes hubo una que se hizo legendaria, y no me extrañaría que entre algunos de mis papeles viejos hubiese una copia de él, ya que todos lo terminamos leyendo de lo... ¿malo que era? Bueno, no exactamente malo. Era tan malo que quizá ya era bueno. Era de un personaje de
Vampiro. La mascarada, entonces un juego novedoso que no sabíamos que era el comienzo de los vampiros existencialistas que llevan emponzoñando la cultura occidental desde hace dos décadas. La narración en cuestión, básicamente, conseguía en algo que es casi anatómicamente imposible, una autolamida de glande en toda regla, en la que el personaje se inventaba un pasado en el que, por decirlo de forma modesta, era alguien que podía decir aquello de "Dios no está por encima de mí y yo no estoy por debajo de Él". Sencillamente acojonante. Al tipo le pasaba de todo, y siempre conseguía ser más poderoso, tener más prestigio y admiradores en todo el submundo del juego, objetos mágicos, y toda cuanta exageración se pueda imaginar.
La obra de Patrick Rothfuss es básicamente eso pero en una novela de unas tres mil páginas, tirando por lo bajo. En realidad, se podría decir de esta segunda parte que es más, mucho más de lo mismo, q
ue lo que ya dije en la primera. Quizá peor porque se diluye el efecto de novedad y además los hallazgos de la primera parte aquí están menos presentes, y más lo que menos me gustó. Por un lado sorprende la audacia de escribir una primera novela de más de tres mil páginas, pero por lo mismo no sorprende nada que le costase encontrar un editor, ya que ni siquiera es una trilogía como tal, ni cada una de las partes está presentada con su presentación, nudo y desenlace, sino que básicamente se mete la tijera y se da por terminada la narración donde cae. Y cuando digo que encontró un editor, es sólo que encontró alguien dispuesto a imprimírsela, distribuirla y promocionarla, porque la figura del editor, lo que era realmente un editor en origen, parece que ya se ha perdido: alguien que ejercía como crítico implacable de la obra por publicar y que encabronaba al autor hasta que éste reconocía que cierto capítulo era flojo, sobraba, o que tal cosa u otra eran inadmisibles. Según parece, la novela de
Doctor Jeckyl y Mr Hyde es la segunda escritura de la misma historia. De eso ya casi no queda. Esta obra tan extensa, sin duda, habría mejorado mucho si alguien le hubiese dicho que llega un momento en que lo que nos cuenta es poco más o menos igual de risible que la presentación de personaje que cité antes, que había que cambiar algunas cosas y sobre todo que hay que meter la tijera.
Por otro lado esto lleva a pensar también en otras cosas. Como he hablado alguna vez, parece que se está aposentando, irresistiblemente, toda una cultura adultescente, no ya sólo en los patrones de consumo de entretenimiento sino también, y esto es más grave, en la forma de ver la realidad como un videojuego en la que los malos están ahí para ser vencidos, o como en un tercer acto de película en el que los que siguen el camino recto terminan ineludiblemente venciendo al mal, que se desmorona como en Star Wars, ESDLA, Tron o V de Vendetta en una maravillosa resolución del conflicto, el EPIC WIN. En resumidas cuentas, la visión pop de la realidad.
Hace poco decía un escritor
que se estaba borrando en literatura la línea entre literatura juvenil y adulta. Esto es más grave todavía si lo miramos en el mundo de habla inglesa donde hay un género, tipo de literatura o como queramos llamarlo, que más o menos se corresponde con lo que aquí llamamos literatura juvenil, y que se denomina
young adult, literatura para jóvenes adultos, que se supone dirigidas a un público entre catorce y veintinún años, y que quizá por tener el término "adulto" incluido sea incluso más equívoco. Sinceramente no me termina de caber en la cabeza como la saga de Crepúsculo, paradigma de este tipo de literatura, puede interesarle a alguien que sea mínimamente adulto, aunque quizá sí adultescente. Es decir, libros escritos por adolescentes emocionales e intelectuales para lectores emocional e intelectualmente inmaduros, tengan éstos quince o cicuenta años. Fantasías románticas o en este caso de poder protagonizadas por héroes que, como en un videojuego, van encontrando tesoros, objetos mágicos y otros personajes que los ayudan en su misión, sin que haya nunca la más mínima duda de que terminará consiguiendo su objetivo, sencillamente, porque él lo vale. No hay nada malo en la adolescencia, todos tenemos que pasar por ella, pero parece que mientras que para algunos es despabilarse y empezar a ver el mundo un poco como es, con todas sus ventajas y problemas, para otros es enquistarse en un mundo egomaníaco y narcisista en el que todo el mundo está contra uno y sólo conspira para evitar que uno, el protagonista del mundo que todo lo merece, sea legítimamente feliz sin preocupaciones ni problemas. Mucha gente, en sus protestas existenciales que tanto abundan en la red, no hacen sino preguntarse esto: ¿dónde está mi papel protagónico que me merezco por derecho, y que a todo el mundo en la tele le toca?, ¿dónde mi EPIC WIN donde todo estalla y llega la catarsis?
Es la ética y la estética del videojuego. Mientras que en todos los juegos hasta hace unas décadas casi siempre había un contrincante de verdad que no se dejaba ganar por las buenas, ahora todo está pensado para la satisfacción del consumidor, que es ganar, aunque en el fondo la victoria esté amañada. Tanto es así que ya hay mucha gente que se queja de que los juegos, muchas veces no particularmente baratos, no sólo se juegan en muy pocas horas, sino que además llegan a ser insultantemente fáciles de pasar, porque todo está planeado para evitar el esfuerzo y la frustración. Las mentes inmaduras, por cierto, tienen una baja tolerancia a la frustración. Con esto desde luego no estoy diciendo que todos los videojuegos sean así, pero basta ver algunos de los superventas, su estética y su forma de juego, y algunas de las críticas que reciben, para ver que muchas veces son paseos triunfales matando a todo lo que se mueve, y que hay jugadores que ante la más mínima dificultad dicen que el juego es, así de simple, una mierda. Así se las ponían a Fernando VII, y eso. Lo que pasa es que, igual que el rey según parece no se daba cuenta de que le dejaban ganar, algunos jugadores tampoco son conscientes de que su catárquico EPIC WIN está amañado desde el principio. En el caso de una novela, el protagonista estupefantástico, con el que se idetifica ese autor y lector adultescente, obtendrá todo lo que se proponga por el mismo método de ser, sencillamente, el protagonista principal que satisface esa forma de ver la realidad.
En la crítica al primer libro hablé del fan fiction y del concepto de Mary Sue, dejando claro que el gran protagonista de este libro, Kvothe, es uno de este tipo de personajes: marisabidilla, perfecto, todo le sale bien, falsamente inmodesto, y sobre todo profundamente irreflexivo, aunque presuma de lo contrario. Es un arquetipo del fan fiction, pero desde luego es aplicable a personajes originales, un Canon Sue. De hecho hay que recordar que fan fiction es un término que ha cambiado de significado con el tiempo, ya que ahora hace referencia, sobre todo, a la literatura de fans en la que se aprovechan como escenario los principales universos de fantasía o ciencia ficción, pero en origen era literatura de los fans, pero referida también a lo que ellos mismos escribían como aficionados al crear sus propias historias. El término aficionado no es malo en sí mismo, ya que todo el mundo, de un modo u otro, empieza de aficionado en algunas labores artísticas, e incluso Vargas Llosa, cuando ganó un premio con La ciudad y los perros, era en ese momento un aficionado y esa obra la de un aficionado, aunque ahora se considere una obra clásica y él haya ganado el Premio Nobel. Es una distinción, sin embargo, que a veces es clara cuando uno se enfrenta a ciertas obras que se cuelgan en la red, que son, independientemente de la edad del que las escribe o del tiempo que lleve haciéndolo, obras de aficionado: excesivo entusiasmo y precipitación, servilismo ante los clichés más obvios de un género, descarado fanservice, personajes inverosímiles o ridículos y otros indicios de una gran impericia y falta de asimilación de los más elementales rudimentos de contar una historia coherente de forma legible. Hay incluso escritores de una gran notoriedad que, por muchos millones que hayan ganado o se dediquen profesionalmente a ello, en el fondo nunca han dejado de ser eso, unos aficionados, aquí ya con cierto tono peyorativo. Stephen King, aunque su obra no me hace mucho ¡tilín! no es ni de lejos un escritor aficionado porque sabe lo que hace, pero no puedo decir lo mismo de Dan Brown, Stephanie Meyer o Cory Doctorow, el único escritor vivo que si divides la calidad de sus libros por su precio obtienes indeterminación.
Algunas de estas impresiones, que empezaron al leer la primera parte, se agudizan al leer la segunda. Tengamos en cuenta que en primer lugar no es una trilogía, sino una novela muy larga editada en tres partes, así que la segunda parte acaba como la primera: como el culo. De hecho, se puede decir que no ha pasado nada. Nada en absoluto, porque no se ha resuelto nada. ¿Nada en 1200 páginas? Nada de lo importante. Pasan muchas cosas, pero nada en realidad, sólo un continuo suceder de anécdotas, viajes y experiencias en las que el personaje va demostrando que Dios no está por encima de él y él no está por debajo de Dios. Patrick Rothfuss se ha diseñado una videoaventura en la que él, y nosotros como lectores hacemos el papel de los que ven cómo juega, mueve a su muñeco, que se podría decir que está haciendo una "partida perfecta", encuentra todos los tesoros, descubre todos los escondrijos secretos y siempre tiene la réplica perfecta en cada situación.
La segunda parte empieza obviamente donde "terminó" la primera: Kvothe está en la Universidad aprendiendo para llevar a cabo su venganza contra los seres malvados que mataron a su familia. Obviamente, como es la leche, lo hace casi todo bien. Sigue en relaciones con un personaje que, básicamente, es como él pero en chica, una enigmática moza que no se sabe bien lo que es, pero se dedica a flirtear con muchos señores de posibles a los que siempre les da calabazas. Nunca me ha quedado claro si es una puta o no, pero si no lo es no entiendo cómo alguien se puede creer que pueda tener tan engatusados a los hombres sin darles a probar cacho. No sé si los rendidos admiradores de Rothfuss tienen una explicación para este personaje, pero de tan enigmático, y superbello y superperfecto y supertodo yo sólo puedo darle al final la etiqueta de "zorra calientapollas", y más cuando el que se supone que el casto amor que siente Kvothe por ella, que lo trata como a su puta emocial, yo sólo podría definirlo como "pagafantismo bochornoso". Yo tengo mis sospechas de quién es en realidad, porque de hecho en su presentación general el mismo Kvothe dice algo que lo hace pensar. Tengo yo demasiada mili en la vida para creerme a estos dos personajes y el tonteo que se traen entre ellos, o que me importe lo más mínimo.
Kvothe se las ingenia para meterse en un par de problemas gordos, que siempre los soluciona porque tiene grandes amigos, y cual Steve Jobs crea un gadget de gran impacto tecnológico. Después, los personajes hada madrina que no falten, un noble, admirador suyo por sus artes musicales, lo envía a una misteriosa misión a un lejano país para ponerse al servicio de un importante aristócrata que está forrado, y al que, siendo tan listo el protagonista, le presta importantes servicios por los que, se supone, él le estará eternamente agradecido. De paso, lo envía como jefe a una misión comando para destruir a un grupo de forajidos que roban los impuestos. Brillante, señor aristócrata: poner a un adolescente, sin ningún tipo de preparación militar y del que sólo conoces sus disposiciones intelectuales, al frente de una expedición de alto riesgo. Obviamente, el protagonista, que para eso lo es, lo borda, e incluso cuando el experimentado grupo de exploradores la caga él es el que soluciona todo porque le sale un crítico en la tabla de hechicería y claro, pasa lo que se espera. De vuelta, se encuentran a una legendaria princesa de las hadas, y pasa una temporada en su compañía, aunque nadie "normal" ha vivido para contarlo. Pero claro, si eres el superprota... no sólo te quedas allí y luego te deja marchar, sino que además de no morir te da superregalos y, de paso, el mozo por fin cata hembra con lo que sería el equivalente de una supermodelo, que lo convierte en un amante excepcional, pero ya sabemos que el muchacho es que cosa que emprende, cosa que domina, y a partir de ahí tendremos que soportar que nos explique de vez en cuando lo bien que se le da darle a la mandanga. Aquí volví a tener otra impresión de que esto ya me sonaba. Efectivamente: Kvothe es Fernando Sánchez Dragó, porque todo lo hace bien, todo tiene un significado maravilloso cuando él está por medio, cual en novela de Paulo Coelho el universo se pone de parte de los guapos para que éstos consigan sus objetivos, y por supuesto en cuanto se despierta su virilidad no hay fembra que consiga resistirse a su magnetismo.
De vuelta al mundo real, en el que sólo ha pasado un día, se reúne con sus perdidos expedicionarios, y uno de ellos empieza a enseñarle ninjutsu. Bueno, es otra cosa porque lo llaman de otro modo, pero básicamente el mercenario pertenece a una especie de finougrios por su aspecto de tipos nórdicos, el raro idioma que se gastan y por su sistema de vida socialdemócrata basado en el estado del bienestar, aunque su idea de la concepción igual a la de los trobriandeses de Mallinowski descoloca un poco. Termina yéndose con él a su país para aprender ese ninjutsu, que obviamente no enseñan a nadie, pero a él sí, faltaría más. Después de muchas páginas donde vemos lo listo, lo espabilado y lo hábil que es, aprende bastante, suponemos, no para ser un verdadero ninja, pero sí para estar muy por encima de cualquier guerrero ordinario. Naturalmente, le dan la espada más chula que tienen, la de más solera y renombre. Podéis creérmelo: exactamente igual que en esa presentación de personaje, que también le daban la superespada.
De regreso, se encuentra con una troupe de Edena Ruh, que son sencillamente los cíngaros de este mundo de fantasía, y que se dedican a la música y el teatro. El personaje principal es un Ruh, y perteneció a una de estas comitivas de artistas donde aprendió todas sus artes, hasta que llegaron los malvados demonios conocidos como Chandrian y se cargaron a todos menos a él, que tenía entonces once años. Pues bien: imaginaos que en todos y cada uno de los relatos de Conan cuando está a punto de morir, de desfallecer o lo que fuera, el buen bárbaro se dice :"¡Soy un cimmerio! ¡A un cimmerio no se le hace esto!", y que por puro orgullo, mala uva, voluntad y pundonor nacionalista, le diese la vuelta a la tortilla. Pues eso es lo que hace continuamente el personaje: todo lo explica porque es un Ruh, por su orgullo, por su herencia, por lo mucho que aprendió de sus padres y patatín patatín. Algo así. Al poco se da cuenta de que en realidad son renegados de su propio pueblo o impostores, que además han secuestrado a dos muchachas, y cual si fuera un Steven Seagal o Chuck Norris, de noche se los carga sin piedad arrogándose las funciones de juez, jurado y verdugo, aprovechando las nuevas habilidades de combate que ha adquirido recientemente. Aquí Rothfus se se mete en un cenagal ético gratuitamente, porque cual partidario de rama dura de la pena capital texana, o discípulo aventajado de Frank Miller, no sólo exculpa por completo a su personaje de semejante carnicería, sino que además luego otros personajes le van dando la razón y palmaditas en la espalda. Entre la escabechina que hizo anteriormente con los bandidos y los tirititeros renegados, su cuenta de bajas empieza a parecerse ya a la de Terminator.
Luego, Kvothe vuelve a la Universidad, e igual que en los otros lares donde ha ido después de ser desflorado por el hada, allá donde va triunfa como la cocacola, e incluso una amiga le dice lo fascinante que lo encuentra a él, a Fernando Sánchez Dragó Kvothe, delante incluso de su novio. Mientras todo esto pasa, por supuesto, el yo maduro del personaje ha hecho unas cuantas interrupciones para que se vaya enredando más la subtrama del tiempo presente de la narración, y de paso nos recuerda siempre que no está contando más que la puritita verdad verdadera, y que en realidad se siente muy incómodo por su gran fama, y que sinceramente me da mala espina como genuina falsa modestia que el autor proyecta en el personaje.
Mil doscientas páginas, y no pasa nada. Sí, pasan un montón de cosas, pero en realidad nada. Nada de substancia. Las situaciones se van sucediendo y el personaje, por sus santos cojones (soy un Ruh), o por una potra de camello (la suerte de los elegidos por el destino), va superando pantallas y pantallas de la videoaventura mientras recoge conocimientos y objetos que, suponemos, conseguirá que cumpla su ansiada venganza, a la vez que descubre, por si faltaba algo, una especie de conspiración templaria que a saber en qué acaba.
¿Que por qué esto le gusta a la gente o por qué me lo he leído yo? Bueno, es que malo no es. Si uno rebaja un poco las expectativas de leer algo realmente con enjundia es una novela entretenida, el personaje va sorteando obstáculos, ocurren cosas, y a pesar de lo prolijo de todo lo que se cuenta, pues es divertido de leer a pesar de lo inverosímil del personaje y de sus peripecias. De pequeños nos quedábamos mirando a veces cómo un amigo se pasaba un buen rato jugando a una maquinita, ¿no? Funcionó en las novelas de caballerías, funcionó con la literatura
pulp, funcionó con Rocambole y Arsenio Lupín y sigue funcionando con las interminables telenovelas de amores desgraciados y personajes estereotipados, con los combates repetitivos de decenas de capítulos del anime que utilizan continuamente los mismos planos y con tantas otras formas de narrativa. Yo lo leo por pura curiosidad y porque además de que hay que leer de todo tengo cierto interés por saber si al final el narrador se revelará como un verdadero mentiroso, es decir, un narrador no confiable, cosa que dudo, o si habrá un mínimo de coherencia en el desenlace de la historia o todo será un inmenso chof. Como novela extensa, está claro que con semejante volumen una articulación mínimante literaria es imposible, y recordemos que en dos mil páginas ha pasado muy poco tiempo y siguen contándonos la primera juventud del personaje, y que todavía no ha sido ni expulsado de la Universidad. Como obra conjunta, o como novela río, no le veo equilibrio ni orden de ningún tipo. Es decir: ni la más mínima capacidad de síntesis. Lo mismo se podría haber contado, con mucha más agilidad, en quinientas páginas, y sinceramente hay algunas de las peripecias y lugares que visita que se podrían eliminar por completo. Ahora bien: tiene un montón de páginas, y son fáciles de leer. Por eso me río tanto cuando algunos auguran que el futuro de la literatura es el microrrelato o al novela de cien páginas. ¿En el mundo de los culebrones, las series en las que todos los capítulos son iguales o en las que no pasa nada de nada a la vez que se enrolla un argumento que al final no va ninguna parte, como en
Perdidos, y la gente se lo traga todo tan contenta? Lo dudo. Lo raro es que no volvamos al folletín decimonónico.
Ya sé que las comparaciones son odiosas, pero Margaret Mitchel, en su nada despreciable
Lo que el viento se llevó, en mil páginas nos contaba una guerra entera, la posguerra y la evolución completa de varios personajes, sin echar mano de ningún
deus ex machina. Aunque quizá esta obra aquí analizada recuerde a otra,
Scaramouche, de Sabatini, un clásico de las novelas de aventuras y modélica de ese género que demuestra en unas 300 páginas que no hay por qué echar mano de interminables peripecias una detrás de otra ni a extrañas capacidades del protagonista, del mismo modo que Mark Twain es la prueba de que la literatura con protagonistas niños o adolescentes no tiene ni mucho menos que no ser del interés de los adultos y puede tratar con amenidad y altas dosis de buena literatura temas como la amistad, el deber y la libertad. Aunque probablemente os sonará la versión cinematográfica protagonizada por Stewart Granger, absolutamente maravillosa, ésta no es fiel en nada a la novela. Algún día querría hablar de la novela, su adaptación, bastante fiel, en el cine mudo, y la posterior en tecnicolor, pero para resumir se podría decir que es uno de los prototipos de historia de "La Venganza", en el que un personaje principal decide perfeccionarse y someterse a cualquier sacrificio para conseguir ver retribuida la deuda moral que otra persona ha adquirido con él, por regla general cobrándosela en sangre. Os sonará porque es el argumento de infinidad de películas, e incluso en ocasiones, sin venir a cuento, se fuerza esa narrativa en adaptaciones de otro tipo de obras, como en el caso de las dos versiones cinematográficas de Conan o en esa surrealista película que se llamaba
El mosquetero, donde lo primero que hace el malo vestido de negro es matar al padre de D'Artagnan para que éste empiece a buscar su venganza. Me costó oír bien la película porque el continuo sonido de los huesos de Dumas en la tumba no me dejaba concentrarme.
Pues bien: la historia original de
Scaramouche es la de un joven que emprende el camino de la venganza, y para ello se convierte en bufón no con unos cíngaros, sino con una compañía de la Comedia del Arte, en espadachín, e incluso en revolucionario durante la Revolución Francesa para conseguir esa venganza, anteponiendo su objetivo a cualquier relación o interés político, y actuando siempre como un taimado actor. Por eso una cosa os digo: simpático, lo que se dice simpático, no lo es mucho, y en ocasiones es un personaje un tanto siniestro. Es un ser sumido en su sed de venganza, y trágico, porque sabe cuál es el precio a pagar por su obsesión. El final no os lo voy a contar, pero es realmente muy superior a lo que se suele ver, que es a Jean Claude, Steve o Chuck metiéndole un misil por el culo al malvado en la resolución del tercer acto que conduce a la catarsis del EPIC WIN. Aunque ya casi se ha olvidado, los héroes tienen principalmente un significado sacrificial y trágico.
Espero que esto no acabe del mismo modo.
-SuperSantiEgo