Éstos obviamente los he hecho yo.
Bitácora personal para la investigación exhaustiva de los aspectos estupefacientes de la Realidad. Observatorio político para el seguimiento de la evolución de la guerra eterna entre el Bien y el Mal. Foro unipersonal que aboga por la consecución de un frikismo cartesiano, racional e ilustrado
21.3.12
14.3.12
1Q84, de Haruki Murakami. El Gran Coñazo te vigila. De japonismos, otakus y la madre del cordero
Santo Dios... No se me ocurre mejor forma de empezar a hablar de este libro sino invocando la protección del Padre Celestial, personaje de ficción favorito de muchos de nosotros, aunque luego no seamos demasiado fans de sus fans.
Volvamos un poco atrás para ponernos en perspectiva. En primer lugar recordaréis que, leyendo desprovisto de todo hype, no me gustó demasiado Invisible, de Paul Auster. La verdad es que mis acercamientos a la así denominada "literatura posmoderna" no habían sido muy frecuentes, pero a este paso sólo puedo decir que estoy por pedir pero ya una orden de alejamiento. He oído rumores de que hay cosas buenas, y Pynchon me ha gustado, pero a partir de ahora voy a ir no con cien sino con mil ojos, que ya está uno muy mayor para perder el tiempo con según qué cosas.
Me ha recordado, y mucho, a Perdidos, una serie también muy "posmoderna", aunque en realidad no es sino puro humo, puro hype. Lo que importa no es lo que hay, sino lo que se supone que dicen algunos que hay o que puede haber. Como discutimos ya en esa serie, puede ser que el huevo esté completamente vacío, y donde terminábamos con aquella frase de "Todo se puede fingir". El hype es así: prometer hasta vender, y una vez vendido, olvidar lo prometido. Es, como siempre la famosa historia de El conde Lucanor que luego popularizó Andersen con el cuento del emperador desnudo: nadie quiere reconocer que es tonto, o como se contaba en la historia original más para adultos, reconocer "que no se conoce de él quién es el padre", y decir que el emperador está desnudo. Otra de las profecías que solté por aquel entonces, y que se ha cumplido, es que tarde o temprano los guionistas de Perdidos empezarían a rajar de lo lindo, y que terminarían reconociendo que aquello nunca tuvo pies ni cabeza, ni supo nadie jamás de qué iba todo , y que todo consistió en una continua huida hacia delante prometiendo que todo tenía sentido y que todo estaba atado y bien atado. Pues bien, confirmado: tal como veis en este artículo, ellos mismos nunca supieron lo que era el humo negro, los números estaban puestos al azar y no tenían ningún significado, nada de nada, todo era hype y humo, alimentar la fe de los espectadores-creyentes con más y más elementos molones y maravillosos que en realidad nunca tuvieron relación entre sí más que accidental, y en todo caso en las especulaciones de los foros. Tenían tanta idea de lo que ahí pasaba los guionistas como los líderes de las sectas religiosas de hablar con Dios, pero en ambos casos el timo funcionaba porque los feligreses confiaban en sus líderes. Afortunadamente, el ser humano de vez en cuando aprende de sus errores, y por eso mismo cuando con Flashforward nos intentaron colar exactamente la misma jugada, aquello no pasó de la primera temporada. Posteriormente, me he enterado de que Murakami es admirador de la serie. Pues no me sorprende.
Después, obviamente, hubo quien dijo que lo importante no era lo de los misterios, sino las relaciones de los personajes y sus historias personales. Claro, claro: en los foros la gente no se hacía cábalas sobre los números, qué significaba la isla, los rollos espaciotemporales y todo lo demás. Seguro que la gente hablaba sobre todo del drama de la coreana con su hijo ilegítimo, los conflictos paternofiliales y el pobre muchacho que había sido torturador pero no le gustaba mucho su profesión y estaba quemado, que no le veía futuro. Vamos, que ahora resulta que somos frikis porque nos da vergüenza ver los culebrones venezolanos con nuestra madre o nuestra abuela y metemos todos esos aderezos fantásticos para disimular, lo que nos importa es el melodrama de lagrimón. Dramas humanos que en esa serie, dicho sea de paso, tampoco es que fueran originales, no estaban nada bien llevados y no eran gran cosa ni de lejos, la verdad.
Habiendo presentado un poco el caso, podríamos decir que 1Q84 es a la novela lo que Perdidos fue a las series de televisión: puro humo, puro hype, la nada, la promesa de que nos van a contar algo y que va a tener sentido, y al final todo chof.
Voy a empezar contando lo que más me ha gustado del libro: que al final se acaba y uno deja de sufrir. Ya he acabado. Es como el chiste del tipo que se está dando golpes en la polla con un martillo y al verlo un amigo le pregunta que si está loco, que qué hace. "Pues ya ves, haciéndome un pajote". "Ah, ¿pero así da gusto?" "Sí, cada vez que paro". Igualito con esto.
Ahora os cuento lo que no me ha gustado. Efectivamente: todo lo demás.
Para empezar, el libro entero es una biblia del guanabismo. Esto es más complejo de lo que parece. Un guanabí (del inglés wanna be, quiero ser), es lo que en español solemos decir que es un "quiero y no puedo", más exacto y bastante más cruel. También es una persona que se obsesiona con ser algo o imitar a alguien, sin saber que en principio eso es radicalmente imposible por muchas razones que desembocan todas en paradojas y aporías. Como mucho, se llega a ser una copia o reflejo distorsionado de aquello que se imita lamentablemente. Un caso de guanabismo bastante patético es el de los otakus. Otaku en principio en japonés sería algo más o menos parecido al español friki, un entusiasta de algún tipo de manifestación cultural popular. En España un otaku es un friki de lo japonés, y en el combo suelen entrar los mangas, la "cultura" japonesa, aunque eso muchas veces significa un conocimiento somero de la versión popi de su cultura ancestral y unas tragaderas absolutas de toda cuanta chuminada pueda salir de Japón en su inagotable capacidad de producir chuminadas. El guanabí tiene una visión distorsionada e idealizada de su objeto de admiración, por regla general totalmente infantil y entusiasta hasta el delirio, e imita y copia con la misma fidelidad que un practicante de un culto de cargamento esperando a que esos rituales e imitaciones lo acerquen al ideal soñado. Habitualmente los otakus, como todos los guanabís en general, niegan la mayor de esto, bien porque no entienden lo ridículo de su admiración, bien porque son incapaces de reconocer que su servilismo es una pura muestra de tener la cabeza no muy bien amueblada y una completa falta de personalidad que se tiene que llenar de alguna manera. No confundamos tampoco una sana "filia" con el guanabismo puro y duro. Obviamente hay gente aficionada al anime o el manga y que come de vez en cuando en un restaurante japonés que no por eso es un guanabí, pero estar obsesionado con ello, llegar a hacer el giliburro o meter incluso palabras en japonés en su idiolecto particular sin importarle que lo entiendan o no es ya para hacérselo mirar, así como tomar como ideal de vida a los hikikomori o a los mismos otakus autóctonos, que tampoco son ni mucho menos un ejemplo vital. En una reseña futura hablaré de lo que vi una vez en la estación de Atocha que os dejará picuetos, pero me la reservo para entonces.
Por si fuera poco, la moda por lo japonés no es ni siquiera nueva, y basta tener un mínimo de idea de la historia del arte para saber que hubo una cosa llamada "japonismos" y nada menos que el Credo Legionario tiene cierta inspiración en el bushido. La nueva moda otaku y sus variantes más irreflexivas provienen de rebote de los EEUU, empezó hará unos veinticinco años como mucho en España con el manga y alcanzó a una población europea que ya había decidido que estudiar el bachillerato como una forma de obtener una sólida cultura de base era una pérdida de tiempo y que lo que había que hacer era entregarse al consumismo compulsivo de productos culturales extranjeros y a la pura copia de modelos foráneos a la vez que, curiosamente, quedaba estupendamente proclamarse anticapitalistas antiglobalización y lamentar que los chinos abandonasen su modo de vida tradicional todos los días con el corvejón metido en el arrozal. Cuando uno ve ahora a los dospuntocero abominar de una industria cultural, sobre todo estadounidense o japonesa, a la vez que reclama el acceso ilimitado a los contenidos que ellas fabrican en troquel, sólo se puede uno acordar de aquella frase de Woody Allen: "En este restaurante la comida es muy mala, y además las raciones muy pequeñas". Pues algo así han conseguido estos muchachos: pensar una cosa y la contraria sin la más mínima sensación de contradicción.
Esta novela es, curiosamente, un extraño agente doble, un guanabismo dentro de otro. Con este ejemplo se entenderá muy bien lo que quiero decir: los frikis de casi todo el mundo han adoptado el japonesismo "cosplay", que viene a ser lo de disfrazarse de toda la vida. Algunos otakus llegan a defender que el "cosplay" no es disfrazarse sino "algo distinto", pero por mí como si los convierten en comida para perros. Es disfrazarse, de toda la vida, sólo que los niños hace veinte o treinta años decían "Me voy a disfrazar de Supermán", no "Voy a hacer cosplay de Supermán". Tanto es así que cosplay no es más que la contracción de "costume play", jugar a disfrazarse. Porque esta palabra es un guanabismo dentro de otro: los japoneses, a su vez, son unos guanabís de cuidado, y por eso, igual que en algunos de nuestros estúpidos grupos musicales, al oír una canción de J-pop, veremos siempre que hay un estribillo pegadizo en inglés que a veces incluso entendemos, mientras que obviamente el resto de la canción ni papa. Y así más o menos con todo, le tienen que poner una palabra en inglés para hacerlo todo molón o kawaii (qué guay). Es una forma de agradecerles su admiración porque les lanzaran dos cabezas nucleares, supongo. Es decir: cosplay es un japonesismo (préstamo del japonés, como pueda ser "biombo"), que a su vez es un anglicismo en japonés. En España hace cierta gracia, pero que en los países de habla inglesa se haya adoptado por parte de los otakus locales es sencillamente escacharrante, sobre todo cuando a su vez es una copia de la costumbre en los EEUU que ya existía desde hacía mucho tiempo en las convenciones de cómic y ciencia ficción, la de ir disfrazado e incluso votar a los atuendos más conseguidos.
Pues bien: Murakami es un perfecto guanabí. Me parece muy bien que haya estudiado la cultura occidental, me alegro mucho por él que sepa inglés y hasta creo que ha vivido en el extranjero, y me parece todo estupendo, pero una cosa es eso, y otra que todos los personajes de esta novela no parezcan ni por asomo japoneses. Sus gustos, sus referencias culturales, son prácticamente todas occidentales, con alguna excepción, y que lo que comen, menos mal, no son hamburguesas. Cuando uno lee la biografía de Murakami, y algunas entrevistas, y luego este libro, lo primero que se pregunta uno es si se proyecta él, su pedantería y su propio guanabismo, en todos los personajes de sus libros, muchos sospechosamente con título en inglés, mira por dónde, costumbre que por supuesto están adquiriendo también los escritores guanabís españoles: Fresy Cool(o), La noche sucks, y demás basuras de autores que como todo nuevos ricos están mucho más ocupados en demostrar que son unos guanabís, que utilizan las última palabras de moda como si siguiesen en la secundaria y que sus padres se gastaron los cuartos en las clases de Opening o en un colegio bilingüe, que en escribir en español algo que no haga llorar a Cervantes o Valle Inclán en sus tumbas. Es decir: los personajes son casi todos aficionados a la música clásica, leen sesudas novelas europeas y además hacen alarde de erudición en los momentos más insospechados, además de utilizar los términos clave de la novela, obviamente, en inglés, qué mazo cool(o) es todo. Cuando el personaje principal está en la cama con su amante madura, de repente ésta se pone a hacer disquisiciones eruditas sobre jazz como si fuera una entendida, que aquello de repente parece un relato de Cortázar, y cuando un sicario está torturando a su víctima, pues qué menos que ponerse a departir un poco con ella sobre, no sé... Carl Gustav Jung, por ejemplo. Obviamente también hay "cultura japonesa", pero los personajes están tan occidentalizados en su gusto según el gusto de Murakami que si se hiciese una adaptación cinematográfica (¡Dios no lo permita!), podría ser trasladada la acción a Nueva York o Los Angeles sin ningún problema, porque la verdad es que cuesta imaginarse a toda esa gente con los ojos rasgados.
Eso es lo gracioso: Murakami es un guanabí, pone sus títulos en inglés, sólo hace alarde de influencias occidentales y son las referencias a nuestra cultura las que pone en sus libros, lo que entre otras cosas provoca el rechazo de gran parte de la crítica de su país que lo considera eso, un guanabí en un país donde el guanabismo es la tónica habitual, y en occidente es leído en buena medida... porque es japonés, y lo japonés está de moda desde hace bastantes años, él incluido. Es decir: la gente se lanza en parte a leer a autores japoneses por puro otakismo guanabí (si es japonés es bueno, mágico, profundo y maravilloso), y lo que quiere el japonés es parecerse lo menos posible a lo japonés, como por cierto hacen tantos compatriotas suyos. Es el drama de todo guanabismo y sus paradojas. "Quiero ser yanki, ser como ellos y pensar como ellos". Pues los yankis, en general, son unos tipos patrioteros que aman y respetan su país, su idioma y su cultura, así que puedes beber Budweisser, decir "fuck yeah" y lo que quieras, pero estás imitando lo accidental y no la substancia, que por supuesto es lo fácil; vamos, no eres más que otro españolito acomplejado por no haber nacido primogénito de Eru y que sigue pensando que "genetic make-up" es "maquillaje genético", como tantos otros, y que cree que adoptando los rituales, los ademanes y las frases mágicas de los seres superiores por magia simpática todo eso te imbuirá de carismática coolonidad y el maná te caerá del cielo.
Ya he perdido la cuenta de los sitios en los que he leído que las obras de Murakami son "muy japonesas", referidas a su estilo o sus temas, que sin embargo la crítica identifica con Fitzgerald, Kafka y Orwell. Vamos, de Osaka todos ellos de siempre de toda la vida de Dios. Además, ¿qué quiere decir "muy japonés", aparte de "todo lo japonés me mola", mantra del otaku? ¿Eso qué quiere decir? ¿Es Musil "muy austríaco"? ¿Steinbeck "muy estadounidense"? ¿Waltari "muy finlandés"? ¿Una sensibilidad especial, una forma de contar las cosas? Nos están vendiendo lo japonés no japonés, me parece a mí. El guanabismo tiene estas paradojas, el quiero y no puedo y el ridículo de no ser capaz de ser algo que no se puede ser.
Ahora bien: ¿qué nos cuenta Murakami en esta obra de la que dice estar tan orgulloso? ¿Hay algo ahí o es todo hype, puro humo, puro pasar cosas una detrás de otra que contadas en una solapa o en una crítica rendida tienen un indudable atractivo, pero que no son más que pegotes superpuestos unos encima de otros sin verdadera relación, pero que todos ellos parecen tremendamente molones? Ande o no ande, profusión de ideas, relacionadas o no, pero muchas, y todas que parezcan que son algo grande, aunque no sean nada ni eso sea capaz de dar un paso.
El argumento principal de la novela, de la que arranca la acción, es la redacción de una novela por parte de una adolescente de buen ver, que sin embargo está escrita como el culo a pesar de tener un argumento en principio atractivo, una fantasía juvenil con toques de cuento de hadas. El editor de la editorial a cuyo premio se ha presentado esa novela se le ocurre contratar a un joven aspirante a escritor que él conoce para que, con el consentimiento de la chica, le dé un mayor contenido literario y la redondee lo más posible. El escritor es Tengo, un profesor de matemáticas de treinta años, que accede a ello. A medida que va uno leyendo la novela le asaltan las dudas y las paradojas internas de toda la posmodernidad, porque lo que uno tiene entre las manos también es una fantasía juvenil con toques de cuento de hadas, sólo que, por desgracia, al señor Murakami y a su editor no se les ocurrió la misma idea, que alguien pusiese algo de lógica en todo ese desastre, y sobre todo que eliminase todo lo superfluo, que son muchas, muchísimas páginas, unas 1000. Ya sabéis que no hay en realidad ideas buenas o malas, pero 1000 páginas para esto, contando lo que cuenta, de la manera que lo cuenta y sin llegar a ninguna parte, es una verdadera locura.
Hay momentos en que uno no sabe si eso es vacile o no. Quizá a alguna gente le haga gracia algunos momentos que parece sacados de un espectáculo de Martes y 13, pero a mí ciertas cosas fuera de una novela de Terry Pratchett me parece que es tomar el pelo a la gente.
"—¿De dónde le vino el argumento de La crisálida de aire?
Hay momentos en que uno no sabe si eso es vacile o no. Quizá a alguna gente le haga gracia algunos momentos que parece sacados de un espectáculo de Martes y 13, pero a mí ciertas cosas fuera de una novela de Terry Pratchett me parece que es tomar el pelo a la gente.
"—¿De dónde le vino el argumento de La crisálida de aire?
—De una cabra ciega.
—No digas «ciega» —comentó Tengo—. Mejor di «una cabra invidente».
—Por qué.
—Ciega es un término discriminatorio. Si escucharan esa palabra,
seguramente habría entre los periodistas alguno al que le daría un
infarto.
— Término-discriminatorio.
—Sería largo de explicar. De todos modos, es mejor que cambies lo de cabra ciega por cabra invidente.
Fukaeri hizo una breve pausa y después habló.
—Me vino de una cabra invidente."
Así me quedé:
¿En 1984 ya existía la manía de ahora por lo políticamente correcto? ¿Referido a una cabra? ¿Puede ser un problema de la traducción? No debe serlo, ya que el traductor no nos dice nada y bien que se molesta en aclararnos luego algunas palabras y términos japoneses. Pero es que luego hay un momento parecido, cuando un tipo está hablando por teléfono mientras fuma y el el que está al otro lado lo detecta y le dice que por favor que apague el cigarrillo, que le molesta el humo, y el primero lo hace y abre la ventana. ¿Es eso lo mágico y lo extraño, lo maravilloso? Porque está puesto como un verdadero pegote, una idea feliz del momento que no tiene ni pies ni cabeza.
El otro personaje es Aomame, una mujer de la misma edad de Tengo, y que fue compañera suya de clase durante dos años en el colegio. Los dos son más raros que un perro verde. Él no ha conocido a su madre, casi no sabe nada de ella y es hijo de un cobrador de la televisión pública que va de puerta en puerta pidiendo la cuota, y ella pertenece a los testigos de Jehová. La novela en parte es el amor infinito, inmortal y predestinado que hay entre los dos. Otra cosa que me dejó con la cara un poco rara es que tanto uno como otro prácticamente rompen con sus familias en la adolescencia, y viven casi de forma autónoma desde entonces. La verdad es que desconozco cómo es la política en Japón a ese respecto, pero como mínimo me extrañó. Los dos estudiaron becados, vivieron en residencias universitarias y uno se licenció en matemáticas y la otra en ciencias del deporte, lo que en España llamaríamos el INEF. Y nueva bofetada, porque la señorita Aomame parece que no aprovechó demasiado las clases de biología y anatomía básica que se dan en cualquier país industrializado, ya que desconoce lo básico de cómo funcionan los ovarios y los óvulos, y se lo tiene que explicar la señora que ejerce con ella de ángel protector y figura materna, sin contar que en ciencias del deporte como mínimo se estudiarán en profundidad esas cosas.
Aomame ha terminado siendo instructora en un gimnasio de lujo, y allí conoció a esa señora, que así a lo tonto la convierte en ejecutora de una organización que se ha montado, ya que por una tragedia familiar se ha volcado en ayudar a mujeres maltratadas. Cuando ve que la justicia no va a dar el justo escarmiento a uno de los maltratadores, envía a Aomame, que los despacha tan tranquila. Aquí podríamos ponernos también a discutir de algo que ya es habitual en la literatura popular y en las películas: una completa falta de dimensión ética o moral de lo que se escribe, siempre que sea molón. Esto se trata, lo de tomarse la justicia por la propia mano siendo jurado, juez y verdugo, con la típica frivolidad que nos podremos encontrar en tantas obras más. Ni se discute, ni se plantea apenas, es un mundo en el que la policía y lo de plantearse el problema moral de matar así a la gente por las buenas no existe. Como si esto fuera Chacal, la anciana le va a encargar un último trabajo, porque se tiene que cargar a alguien muy importante. La anciana, afortunadamente con recursos tipo Bruce Wayne, tiene por guardaespaldas a un exfuerzas especiales enorme y homosexual (detalle que no importa nada, pero en una novela tan larga en algún sitio hay que poner a un gay), que como podéis imaginar también se despacha con Aomame varias discusiones literarias sobre Chejov y Proust, y como ya mencioné antes ameniza la tortura de un tipo explicándole su opinión sobre la obra de Jung y un par de peregrinas ideas sobre Dios. El único personaje que no es así de culto e intelectual, y que por si fuera poco es feo, obviamente es el que acaba torturado y muerto.
La misión que va a ser el punto final de la carrera de asesina de Aomame es la ejecución sumaria del líder de una secta llamada Vanguardia, de la que nunca llegaremos a saber demasiado, del mismo modo que tampoco se nos dice mucho de casi nada, que la mayor parte de las páginas las emplea el autor en prolijas descripciones que no conducen a nada y en interminables diálogos mareando la perdiz. La hija del líder, que también se escapó de casa a temprana edad para ir a parar al proverbial antiguo amigo del padre que la acoge, es la autora de La crisálida de aire. El crimen del líder de esa secta es que, por lo que parece, viola a las niñas de unos diez años, tal como ha sabido la anciana por otra niña escapada, y en vez de poner todo en manos de las autoridades, se lo monta todo por su cuenta, algo que cuando uno tiene mucho dinero ni se discute. Batmaaaaaaannnn... La niña, al igual que la escritora, Fukaeri, tiene una especie de defecto en el habla o forma de hablar impersonal y casi autista, que a veces parece que se pega a todos los que hablan con ella. Lo más gracioso de todo, como se verá, es que aunque el tipo en efecto se trajina a niñas y adolescentes, éstas en realidad son una especie de clones místicos y él lo hace en una especie de estado de trance en el que no es consciente de lo que ocurre, así que mucha responsabilidad al final no tiene. El crimen sexual, en tan estrafalarias circunstancias, es poco menos que discutible.
Los capítulos, como es la moda últimamente, nos aclaran amablemente en quién se va a centrar con una indicación que es el nombre del personaje. No sé, debe ser no nos vayamos a equivocar o a no dar cuenta. Es la misma tontería que en Canción de Hielo y Fuego, que también nos indican el nombre del protagonista del capítulo. La literatura moderna no confía mucho en la perspicacia de sus lectores, parece, como el cine tampoco confía en que nos vamos a dar cuenta de lo que sucede en pantalla. Lo grave no es eso, lo que espeluzna es que cosas más viejas que andar a pie sean percibidas por parte de los lectores como innovaciones estilísticas. Sí, amigos míos: hay gente que se encuentra con el estilo indirecto libre y se cree que le están inventado algo nuevo delante de sus narices.
Los tomos uno y dos, publicados en un único volumen, terminan con la ejecución de este líder religioso. Mientras, hemos visto de todo un poco. Aomame se hace amiga de una policía, con la que tiene por ahí tórridas aventuras sexuales buscando amantes que le calmen sus periódicos furores uterinos. La amistad con esa policía ocupa bastantes páginas, y no se sabe muy bien para qué, pero tiene carnaza, que es lo que importa. Cada vez que alguno de los personajes come algo, o se prepara algo para comer, se describe con todo detalle, interesantísimo todo. Cada vez que se visten, lo mismo, y ahí ya es cuando uno se da de cabezazos contra la pared: "Aomame se puso unos zapatos de Charlie Brown, una falda de Calamity Jane y una chaqueta de Óscar de la Hoya". Me quiero morir, de verdad. No sólo no tengo por qué saber cómo puñetas son esas prendas, sino que todavía menos me voy a poder imaginar como eran hace un montón de años. ¿Esto es escribir bien? ¿Esto es lo que nos depara el futuro? Luego no me extraña que en algunos fanfictions y derivados de gente que van por ahí copiando a Crepúsculo las características morales se definan por cómo van vestidos los personajes, que casi les falta dar la referencia de producto del CyA o del HyM, y arreando. Con estos ejemplos, no podía ser de otra manera.
La cuestión del título, y la supuesta relación con Orwell, se explica pronto. Aparte del juego de palabras entre 1984 y 1Q84, no hay nada de Orwell aquí. La secta poderosa aparece un poco en la sombra, y nada más, que por si fuera poco recuerda más a los davidianos de David Koresh que a nada que sepamos de Japón, más con las supuestos abusos a menores que luego veremos que no son tales. No he visto nada orwelliano ni por el forro. Eso sí: si lo pone en la solapa, nos lo venden así y todos los críticos lo repiten y la gente se deja convencer sin planteárselo siquiera, pues será que es verdad. 1984 es una distopía política que aparte de su supuesto político o futurísta transcurre dentro del más absoluto realismo, así que no hay ninguna relación con esta obra. Otra cosa es las influencias o comparaciones odiosas que podamos hacer. Porque se supone que todo lo que ocurre en la novela es una especie de realidad paralela o mundo alternativo, que es ese 1Q84. Cuando uno se encuentra con algo así sólo puede venirle a la memoria nuestro viejo, querido y admirado Philip K. Dick, un señor que sabía tanto de eso que incluso estaba seguro de ver él mismo realidades y dimensiones alternativas. La diferencia es que Dick era un escritor como la copa de un pino y te hacía creer en la realidad de esas dimensiones alternativas, pero Murakami lo que hace es que se lo saca de la chistera, como casi todo lo demás. Dick no te lo dice, ha pasado y esto es lo que hay, sino que te lo hace vivir de verdad. Aomame tiene la intuición de que los uniformes de policía han cambiado, descubre una cosa que no tiene por qué saber pero a ella le parece que es muy rara, y por arte de birlibirloque llega a la peregrina conclusión de que se ha desviado o desplazado a una nueva dimensión a la que bautiza como 1Q84. Así, por las buenas. Y toda la novela es así, las cosas pasan porque pasan, una detrás de otra. Sí, ya lo sé: hay gente pa to y a alguna le encantan ese tipo de historias. Es la única explicación de que Zafón y Coelho vendan millones de ejemplares.
La influencia de Kafka tampoco la veo por ningún lado, la verdad. De hecho estoy por llegar a la conclusión de que la influencia de Kafka en la literatura es en realidad cero. He visto copias malas y malos plagios de Kafka, eso sí, pero Kafka es un escritor tan único, y las circunstancias de su vida y de por qué escribió lo que escribió tan irrepetibles, que intentar emular cualquiera de sus hallazgos es o bien misión imposible o puras ganas de hacer el más espantoso de los ridículos. En este libro tampoco he visto nada de Kafka, de verdad. El absurdo kafkiano no tiene nada que ver con la acumulación de una serie arbitraria de acontecimientos que no llevan a ninguna parte y que no tienen ninguna relación entre sí más que se amontonen dentro de las páginas de un libro que tiene muchísimas. Por favor, si al final es todo una pastelada completamente kitsch, la lágrima, la emoción no de ver a unos niños jugando felices en el parque, sino de sentirse emocionado ante la propia sensibilidad y emoción. ¿Qué puñetas tiene que ver ese con la desolación de los personajes kafkianos y su aceptación nihilista de un mundo que los supera y no consiguen comprender?
Otra sospecha que tengo de por qué la novela se ambienta en ese cercano pasado es la misma naturaleza del relato ñoño que subyace a toda la trama, el reencuentro de dos amantes predestinados a encontrarse. Veréis: hace pocos meses se estrenó en España una "adaptación" de Marco, la historia de Edmundo de Amicis en la que un pobre niño italiano iba a buscar a través de medio mundo a su madre en Argentina. Por aquello del presupuesto aquí el niño en vez de mono como en la serie anime tiene un hermano pequeño, en vez de italiano es español y la madre en vez de irse a medio mundo de distancia se va de Málaga a Benidorm, lo que como comprenderéis supone toda una tragedia a finales del siglo XX. Como hoy día los niños hablarían desde la casa de sus abuelos con la madre por medio de Skype y por supuesto por teléfono móvil, lo que hacen es situar la acción, precisamente, a principios de los años ochenta, y hala, asunto solucionado. Si además elegimos como fecha simbólica 1984, o dejamos caer que tiene algo que ver con Orwell y a la crítica ya le da lo mismo ocho que ochenta y cuatro, otra cosa que llevamos adelantada. Del mismo modo si Tengo y Aomame hubiesen querido reencontrarse hoy, pues por feisbu, o en la página de antiguos alumnos del colegio. Ya lo veis: la tecnología de comunicaciones jodiéndolo todo de unos veinte años a esta parte. Tanto es así que hasta el teléfono parece que le molesta un poco a Murakami, y en los últimos capítulos cuando ya están uno tras la pista del otro y saben de sus existencias a través del guardaespaldas tan requeteculto, no se les ocurre a ninguno pedirle el teléfono del otro, e incluso si existiese la excusa de que la conexión podría estar pinchada, y sólo se puede hacer a través de la conexión segura del guardaespaldas, éste podría hacer una doble llamada y acoplar los auriculares de los dos teléfonos, algo que se puede hacer en 1984 porque ya lo utilizaba la mafia de Al Capone. Nos pone al guardaespaldas como un tipo peligrosísimo y profesional que se las sabe todas, pero no sabe un truco que se utilizaba ya en los años 1930. Por una razón muy sencilla: porque entonces se pierde el final pastelero del encuentro entre los dos, al lado del columpio, el puro kitsch del reencuentro con violines sonando de fondo. Creyeron tanto el uno en el otro, y en su amor, que al final el universo conspiró para que, a pesar de todo, se reencontrasen. Pero tampoco penséis que el autor se priva de contar otras intimidades, como que los dos de adolescentes se masturbaban pensando en la versión infantil del otro, y por supuesto describe el primer polvo entre los dos con todo detalle. Romanticismo cutre, pero hay que poner sexo y guarradas, faltaría más.
En el primer tomo, la parte uno y dos, aparte de sus setecientes páginas no creáis que pasan demasiadas cosas. Hay un montón de diálogos, eso sí. ¿Sabéis eso diálogos intensos, emocionantes y profundos que hacía por ejemplo Dostoyevsky? Pues no son así. Eso sí: ocupan un montón de espacio. Tanto es así que sólo nos ha contando muy poquitas cosas. Tengo arregla la novela de Fukaeri, que gana el premio de la editorial y se convierte en un bestseller, folla con una amante mayor que ella que entre polvo y polvo escucha discos de jazz que comenta como si fuera comisaria del Festival de Jazz de San Sebastián y Aomame mata a algún mal marido, folla por ahí acompañada por su amiguita y termina cargándose al gurú de la secta con el que mantiene un larguísimo diálogo. Resulta que Fukaeri, la escritora afásica, cuenta en su novela no un argumento de fantasía, sino lo que le ocurrió de verdad y cuál es el núcleo de esa secta. Resulta que el mundo está influido o gobernado, o algo así, por unos seres pequeñitos llamados la Little People, que deben ser muy poderosos y dominan algo porque nos lo dicen, pero jamás vemos su verdadero poder, influencia ni nada de nada, y de hecho cuando aparecen son unos enanitos que dicen idioteces y se ríen con unos "jo-jo" que se supone que nos deben dar mucho miedo o darnos la medida de su poder, pero que a mí y al crítico del New York Times nos parecen una tomadura de pelo. Se supone que esos ocultos dictadores de esa dimensión supuestamente paralela sería lo que acercaría a esta novela a 1984. Vamos, hombre, no me hagas reir. Ni sincronicidad jungniana ni leches: el tocino es una cosa y la velocidad otra. Nos dicen que son así y tendremos que creérnoslo, supongo. Las cosas pasan porque pasan. Estos duendecillos son capaces de hacer una especie de crisálidas de aire con las que crean, como en La invasión de los ultracuerpos, una especie de clones de mujeres, siendo el original la mother, y la copia la doughter. Estas doughter son una especie de sacerdotisas del líder, el único capaz de comunicarse con esa Little People, y copulan con él mientras se queda en un estado en el que no es capaz de moverse.
Y ahora fijaos: Little People, mother y doughter, perceiver y receiver. Lo bonito del guanabismo, y lo que lo hace tan triste, es las paradojas en las que cae repetidamente. Murakami es un japonés desjaponizado en su literatura que es admirado en Occidente por ser japonés, pero a la mínima le sale el japonés que lleva dentro y no puede evitar ser como el resto de la cultura a la que pertenece y meter anglicismos sin venir a cuento, porque sí, porque molan. Me alegro mucho de que sepas inglés, Murakami, pero me importa un pito, y si eso fuera un mérito en sí mismo, como por cierto cree tanto angloguanabí, todos los angloparlantes sería premios Nobel, y no es el caso. Imaginaos que en el original hubiese puesto en japonés Gente Pequeña, madre, hija, perceptor y receptor. Sería algo tan vulgar y falto de chaaaaarme como llamar artículo a un paper, por ejemplo. Como los guanabís españoles, con sus citas de filósofos griegos en inglés (verídico), sus frases lapidarias en inglés que adornan sus blogs que no pueden sino escribir en español, y las biografías en inglés en Twitter, para que el indio o el chino que sabe inglés descubra un poco sobre la persona cuyos tuits no va a entender porque están es español más allá de los "oh, wait", "fuck yeah" y demás que son el equivalente del estribillo machacón de las canciones del J-Pop o del Europe is living a celebration. El quiero y no puedo. Todo se puede fingir. Del mismo modo, justicia divina, en la traducción al inglés, esa lengua con la que Murakami es tan guanabí, el efecto se diluirá por completo: no hay ninguna coolonidad en que los duendecillos se llamen Little People, haya mothers y doughters, perceivers y receivers. Todo se arreglará con una nota que ponga "En inglés en el original". Jódete, por guanabí y por coolón.
Al final del la segunda parte, que coincide con el final del primer tomo de la edición española, Aomame tiene el larguísimo diálogo con el líder de la secta, que no se opone a su ejecución sino que la consiente porque está ya hasta las narices de todo y tiene graves problemas físicos, y uno sólo puede pensar mientras sigue leyendo aquello: "Y a mí después, por favor. También quiero acabar con este sufrimiento". Hay una tremenda y melodramática tormenta porque esa Little People está enfadada ante esa muerte, así como por el hecho de que se hayan desvelado sus secretos con la novela publicada por Fukaeri y porque en las coyundas del líder con sus sacerdotisas no se consigue tener un descendiente que con el tiempo substituya a ese líder. El líder, por cierto, y nuevamente sin ninguna explicación ni saber cómo ni por qué, tiene como poderes mentales, mueve las cosas con la mente y sabe que Aomame ha llamado a esa realidada 1Q84, además de otras intimidades sexuales. En ese mismo momento Tengo, que lleva una temporada dando cobijo a Fukaeri, se queda inmovilizado en la cama del mismo modo que ha descrito el líder de la secta y padre de Fukaeri, que como poseída por un trance se trajina al inmovilizado escritor mientras Aomame da matarile al líder.
A partir de aquí, en el tercer volumen, queda confirmada la impresión inicial: nada tiene verdadera hilazón con todo lo demás, sólo son ideas molonas apuntadas y puestas unas al lado de la otra de modo que parece que tienen algún sentido, pero no, es una pura impresión. En primer lugar, Fukaeri, con sus aires de medio zombi y con lo que le dice a Tengo, que no se preocupe que no se puede quedar embarazada porque nunca ha tenido la regla (como la otra niña acogida por la anciana millonaria), queda más o menos claro que no es la mother, sino que debe ser la doughter, de la verdadera Fuakeri, una especie de clon místico hecho de aire. ¿Por qué entonces ha escrito esa novela, que se supone tanto ha molestado a esa Little People? Ni flagüers. Aomame, en su piso franco donde se esconderá un tiempo para que no la encuentren, se da cuenta de que se ha quedado embarazada sin saber cómo ni por qué, pero por alguna intuición para la que no se puede dar explicación alguna llega a la conclusión de que el padre tiene que ser su amor infantil Tengo, del que ya sabe de su participación en la escritura de esa novela, y lee además En busca del tiempo perdido, que le ha facilitado el guardaespaldas gay tras recordarle que sólo en circunstancias como una larga enfermedad o encierro se puede leer tranquilo semejante tocho, opinión que también he oído de Álvaro Mutis, que dice que uno de los períodos más felices de su vida fue la temporada que estuvo en la cárcel, pues tuvo oportunidad de releerse de un tirón la magna obra de Proust. Naturalmente, es cierto: Tengo es el padre y Fukaeri, o su clon que surgió de una crisálida de aire, ha servido de conducto místico para esa concepción a distancia. Porque sí. O es una vergencia en la Fuerza, que todo podría ser.
Como os digo, todo es amagar, todo es apuntar, pero nada queda claro. Podríamos pensar que es sutileza, pero ni por asomo. Este tipo de literatura posmoderna quiere jugar a todos los palos y a la vez no da en el blanco con ninguno. Quiere ser una novela de aventuras, romántica, intelectual, con tics de bestseller, y además una novela fantástica, de sentimientos y casi experimental. Pero sólo finge ser todas esas cosas, acumula anécdotas pero sin hilarlas ni darles forma y consistencia. Las cosas pasan porque pasan, sin ninguna coherencia, los personajes tienen intuiciones y epifanías totalmente gratuitas y no se busca la complicidad del lector ni que sea partícipe de la experiencia, sino que la adopte acríticamente incluso con mayor fervor que la criticada fórmula decimonónica del narrador omnisciente. Aquí quizá tengamos algo mucho peor.
Del mismo modo que ya tuvimos que hablar una vez, y con gran pesar, del narrador inconsciente, aquí tenemos al narrador más despistado que un pulpo en un garaje, y nosotros con él. Ni se entera él, ni nos enteramos nosotros. Y esto no es que lo diga yo: es que el mismo Murakami dice que las cosas que él escribe no tienen por qué tener sentido, y que efectivamente no tiene una gran idea de qué es lo que va escribiendo, como si lo guiasen varias ideas felices que le van surgiendo, añadiría yo. Igual que Fukaeri habla como una afásica y su defecto parece contagiarse a Tengo y a otros personajes, parece como si el mismo narrador no fuese consciente de lo que va pasando página tras página, ni fuese capaz de dar razón de lo que ocurre: el narrador afásico. Pero lo importante no es eso, sino que la impresión sea la contraria, que todo parezca sutil, mágico, maravilloso y con un significado profundo e inasible que se nos escapa aunque esté ahí, y sobre todo, igual que en Perdidos, la huida hacia delante, seguir acumulando misterios y actos maravillosos sin explicación, todo junto como si tuviesen algún sentido por el simple hecho de que está todo junto, aunque no peguen entre ellos ni con cola ni haya ninguna pista interna para poder darle sentido a todo el maremágnum de ideas que se nos presentan. ¿Será Tengo, un tipo corpulento y con cierto parecido físico con el líder de la secta, el nuevo líder, ya que parece que ha empezado a sufrir esos extraños ataques de inmovilización que describió el líder, antes de morir, a Aomane? ¿Lo será el hijo que va a tener ella? Chi lo sa? Por otra parte Ushikawa el feo (es que se repite muchas veces lo feo que es, no voy a ser yo menos), que se incorpora como tercer personaje a tener en cuenta en el tercer volumen, tiene unos momentos de iluminación intelectual cuando investiga el paradero de Aomame que sólo se puede decir que dejaría con la boca abierta al mismísimo Shelock Holmes, y él solito deduce, casi sin ayuda, con pocos datos y como la cosa más natural del mundo, todo el tinglado editorial de La crisálidad de aire, así como tantas cosas más. Lo que tiene en la cabeza ese buen señor no es la navaja de Occam, porque milagrosamente va desechando posibilidades quedándose siempre con la única que le parece lógica, y que resulta ser siempre la correcta, sino que lo suyo como mínimo debe ser la katana mística de Occam que da un +10 a todas las tiradas de inteligencia. Qué fiera, ni Poirot y la señorita Marple juntos.
Pero las cosas no acaban ahí: el padre de Tengo, un pobre diablo que trabajó toda su vida como cobrador de la televisión pública japonesa, se encuentra en una residencia de ancianos, y entra en un extraño coma que terminará llevándolo lentamente a la muerte. Tengo recuerda con amargura cómo de pequeño a veces lo seguía en su trabajo las mañanas de domingo, y lo insistente que era el padre aporreando las puertas de los que no querían pagar. Desde que entra en ese coma, los personajes por alguna circunstancia encerrados en una casa empiezan a recibir la visita de un cobrador de la televisión que aporrea la puerta insistentemente y les grita desde el otro lado: Aomame en un piso franco, Fukaeri que se ha quedado sola en el piso de Tengo y el investigador Ushikawa (el tipo que acabará torturado y muerto por feo), que ha alquilado un piso en el mismo bloque de apartamento de Tengo para descubrir dónde se encuentra Fukaeri. ¿A santo de qué? ¿Qué tienen que ver esas proyecciones astrales? No, es que ocurren cosas raras, sencillamente. Por otra parte, Tengo en el pueblo en el que está el asilo de su padre conoce a varias enfermeras, y hace buenas migas con una muy joven que tiene mucho cariño por su padre y por él, y que tiene la sensación de que vivió una vida pasada y que murió ahogada. Por la investigación de Ushikawa, sabremos por qué nunca Tengo supo nada de su madre: ella escapó con su hijo de pocos meses y un amante, que terminó por ahogarla, y el padre siempre ha guardado silencio sobre ello. ¿Es esa enfermera la reencarnación de la madre de Tengo? Puede ser, ¿por qué no? Son cosas que se van dejando caer, como las referencias eruditas a la música o a la alta literatura, y que hacen que todo parezca enigmático, sutil y profundo, pero que quizá sólo sean los ecos de un huevo que está completamente vacío. Es lo que Stephen Vizcensty llama una basura culta, la misma mierda que en cualquier bestseller al uso, pero con una capa de respetabilidad citando a algún autor importante, metiendo también un poco a Dios, enfermos en coma cuyo espíritu se manifiesta, reencarnaciones y lo que quepa en la olla podrida. Todo se puede fingir. De hecho, prefiero mil veces, un libro como la segunda parte de El nombre del viento, pues es mucho más honrado a pesar de sus defectos, te lees las aventuritas inverosímiles del personaje sin compromiso y aquí paz y después gloria.
Otra cuestión aparte de las discutibles influencias literarias, que como digo no me creo, es la de otros géneros que sin embargo no se mencionan. El mismo Murakami se declara un tipo normal que se dedica a disfrutar de la cultura popular sin complejos, lo que no termina de cuadrarme con sus referencias a la alta literatura que se gasta, Jung y otras cosas igual de trascendentales, o la erudición sobre el jazz que a estas alturas no tiene ya nada de popular, que esto no es una novela de Patricia Highsmith de hace cincuenta años. Quizá no tengamos que irnos muy lejos para encontrar otras cosas que se parezcan a esta forma de escribir:
Por ejemplo. ¿Por qué esto va a ser kafkiano, cuando podemos relacionarlo mucho mejor con lo lynchiano? En Murakami hay elementos parecidos, aunque en la obra del cineasta están más pronunciados: gente siniestra y sórdida, extraños tipos que se mueven en las sombras, la realidad fragmentada y dudosa, personajes estrambóticos en situaciones grotescas, feísmo, oscuridad, sensación onírica, y mucho jugar al despiste . Precisamente, si nos ponemos a mala uva, Mulholand Drive sería un caso parecido: acumulación de situaciones extrañas sin orden aparente, confusión deliberada, o simple confusión. El mismo David Lynch reconoce que él mismo no puede dar una explicación a lo que pasa ahí, o que las explicaciones que se han ido dando a su obra o a Twin Peaks son válidas. Hasta en esta película, mirad por dónde, salen una especie de enanitos de una bolsa de basura, una gente pequeñita. En estos casos sólo es necesario hacer un poco de arqueología del conocimiento: entonces, ¿cuando escribió el guión no sabía lo que estaba haciendo? ¿No sabía ni él mismo lo que iba a pasar ahí, ni lo que significaba lo que iba rodando? ¿No me lo puede explicar? ¿Es la misma desfachatez que en ese final del remake de El planeta de los simios en el que tampoco nadie sabía qué significaba ese final ni qué explicación podía haber a semejante despropósito, pero se confiaba en dejar alucinada a la peña por lo coolón que iba a ser a pesar de no tener sentido? El propio Murakami nos dice que escribe sin un plan determinado, y que no todas las cosas que escribe tienen que tener sentido. Y la gente le compra los libros, tú. Es como Jodorowsky: se llama a sí mismo farsante y se ríe él mismo de sus teorías pseudopsicoanalíticas, y ahí está.
[Buscando mientras corrregía la primera versión de este artículo, me encuentro con que, en efecto, el señor Murakami se basa bastante más en la "baja" que en la "alta" cultura, y que efectivamente Lynch es una influencia en él. Si es que antes se coge a un fingidor que a un cojo. Pero claro, queda más bonito y literario citar a Orwell y Kafka, aunque esas influencias sean indefendibles después del primer análisis.]
Entendedme: no estoy ni mucho menos en contra de la experimentación, de la no linealidad y de tantas innovaciones más, siempre que se sepa lo que se está haciendo. Creo que lo he demostrado sobradamente. Pero también creo en la honradez intelectual y artística, y no creo en la charlatanería. Desde luego en filosofía, o lo que quede de ella, y en ciencia, las cosas claras desde el principio y las mismas reglas para todos. En el arte, bueno, está para divertirnos, para hacernos soñar o para aprender sobre nosotros mismos y los demás. Se puede entender como un juego entre el artista, sea cual sea su disciplina, y los que participan de su arte como espectadores, lectores o lo que sea, que entran libre y voluntariamente en el juego del artista. Pero no deja de haber reglas, y éstas deben estar claras desde el principio, o puede ser parte del juego descubrirlas, pero nunca se puede admitir la arbitrariedad. De hecho, es posible que la propuesta artística sea tan arriesgada, o complicada, que haya una parte del público que no sea capaz de entenderla, o que termine aburrido por lo complejo de ese arte, pero de un modo u otro debe ser comprensible y expresable. Desde luego tampoco podemos pedir a un poema simbolista o a la música que podamos explicarlas como una novela de Salgari, pero los aspectos formales deben ser también comprensibles. Toda apelación a lo inasible, a lo inefable o neblinoso con tono de iluminado sólo se merece un contundente golpe de remo. El trile en el arte es igual de ilegítimo que en la calle, y eso de que las cosas son de una manera y de repente cambian para hacer pasar por genial lo que no es sino pura chapuza no es admisible. Como el famoso mito de la novela que, no sabiendo cómo terminarla el autor, elimina al personaje principal diciendo que en ese momento tropieza en la calle y cae en un charco de vitriolo. Prestidigitación bien hecha sí, trucos malos no. Eso sí que no, no es honrado. Al final, si hay algo en el huevo, se tiene que demostrar. Hay obras tremendamente complejas en la literatura, puede que incluso algunas se nos atraganten por lo arriesgadas o exigentes que son, pero que yo sepa ni Ulises, ni El cuarteto de Alejandría, ni Cien años de soledad, ni El hombre sin cualidades se basan en que "esto es así porque sí", "hago chas y aparezco a tu lado" o demás artificios que sólo serían admisibles en un grupo de niños que juegan a contarse historias y que salen de cualquier manera y con cualquier deus ex machina del lío argumental al que los lleva su entusiasmo.
Siempre me gustó la frase de Ursula K Le Guin de que "La fantasía debe tener la coherencia interna de la realidad". En realidad, de un modo u otro, todas las novelas son fantasías de la mente de un autor, no tiene que haber necesariamente elementos fantásticos para que esa frase se cumpla. Pero incluso en las buenas obras fantásticas lo hace: la Tierra Media no existe, pero lo que ocurre en ella es coherente, en las novelas de Kafka lo absurso es coherente con el comportamiento de esos personajes que se enfrentan a lo absurdo, e incluso las novelas de Mundodisco tienen sus propia lógica disparatada, que no deja de cumplirse. Lo fantástico, lo maravilloso, no tiene nada que ver con lo arbitrario, con ocultar intenciones que no existen en mil y una artimañas y marrullerías que ofenden al más pintado. También en literatura hay mucha gente que quiere pasar a la posmodernidad sin haber asimilado la modernidad ni conocerla del todo, saltarse un curso por la cara bonita, y sin haber entendido y comprendido la literatura del siglo XX, sus innovaciones y complejidades, se lanzan a reinventar la cocacola y redescubrir el Mediterráneo proclamándose los nuevos autores del siglo XXI, y proponiendo por pura temeridad fruto de la ignorancia vanguardias de vanguardias que ya estaban superadas cuando nacieron sus abuelos.
¿Y si el huevo está vacío? Reconozco que por mi formación intelectual y científica puedo soportar ciertas cosas muy limitadamente. Reconocer la misma confusión y doblez, los mismos juegos del lenguaje y de la ocultación de la nada absoluta que hay debajo en libros o películas me subleva bastante. Porque es lo mismo: la creación de una corte, de una recua de seguidores que no cuestionan lo que ven u oyen y que se acercan, en este caso al hecho estético, con la misma mansedumbre que los creyentes en las abstrusas escuelas filosóficas basadas en las palabras sagradas del sublime maestro, palabras éstas que en el fondo no son sino galimatías. La creencia y la experiencia mística ansiadas son previas al conocimiento. Del mismo modo, se establecen textos sagrados cuya inefabilidad se da por hecha. Ya a estas alturas me da igual Heidegger, que Lacan que Murakami. O me habla usted claro y me muestra sus cartas, o aquí va a haber más que palabras y empezamos a pensar en romper la baraja. Yo no soy ningún novicio que se acerca humillado a comprender lo inefable, lo inenarrable, lo incognoscible. La gnosis tuvo su momento y su lugar, pero ahora jugamos a otro juego. Si os fijáis, es renovar una vez tras otra esa vieja creencia o forma de embaucar: lo que debe ser comunicado o transmitido no es verbalizable, ni explicable, sino que debe ser aprehendido por medio del mismo acto de aprender. No es uno aprendiz, sino acólito. Y por supuesto, la verdad a descubrir, por oscura, debe ser accesible por medios oscuros, mágicos, tenebrosos. Es la misma mierda una vez tras otra, la misma confusión, el mismo remover las aguas de un charco sucio para que parezca profundo. Mirad si no a los profetas de las narrativas mutantes y nocilleras, que se expresan en los mismos términos que los que venden pulseras mágicas y similares: narrativa cuántica, holismo, la realidad moderna es compleja y debe ser percibida por métodos fragmentarios de procesos de información discontinuos, supuesta ruptura con un continuísmo científico o artístico que se vende gratuitamente como desfasado y superado, y demás tonterías que son fáciles de descubrir en cuanto uno está un poco avezado en el tema. Nos venden como nuevo y moderno la superchería de siempre, sea científica o artística. En definitiva, pensamiento mágico e irracionalismo de la peor especie. Lo fantástico, el sentido de la maravilla, tampoco tienen por qué estar reñidos con la inteligencia y la razón, ni son excluyentes con ellas.
Si no lo entiendes, es por falta de fe, o porque no eres lo bastante moderno, o porque lo divertido es que no se entiende, gracias por participar y por haber pagado. Tampoco ellos te lo pueden explicar de manera que lo entiendas, pero es que lo maravilloso, lo mágico, no se puede explicar, sino sentirse en los huesos, no se puede compartir, unos perciben y otros reciben, unos dan, y otros toman. Lo vuelvo a repetir: en ese estado de cosas, el lector moderno está todavía más vendido e indefenso con estos nuevos narradores inconscientes y afásicos que con el denostado narrador omnisciente y supuestamente superado de la novelística tradicional. Y el supuesto conocimiento para la comprensión de esa realidad inefable que se te escapa sólo puede ser conseguido por la aceptación de esos presupuestos gnósticos que te ofrecen, nunca de forma racional. Es puro pensamiento mágico: las cosas son porque son, revelaciones, sincronicidad, pensamiento intuitivo. La referencia a Jung en ese absurdo diálogo del guardaespaldas con su torturado no es casual, porque efectivamente todo viene a ser una ida de olla muy en la línea del Círculo de Eranos y su cábala, "la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal". La poco inmaculada concepción acausal de Aomame es un ejemplo: no tiene ni pies ni cabeza, pero sí "sentido", si uno está la bastante enfermo para que le gusten esas cosas o tiene tragaderas para aceptarlo. Con la herménutica del sentido hemos topado. Y tan tranquilo que se quedaba Jung después de decir esas cosas, como ahora los críticos nocilleros o mutantes defendiendo lo indefendible. La escena de Un método peligroso en la que Jung predice que va a crujir la madera de un mueble "porque lo siente en el diafragma" delante del materialista Freud, que lo mira con cara de no creer lo que está oyendo, es realmente divertidísima. Es la misma cara que se le queda a cualquier persona con un mínimo de respeto por la propia inteligencia al leer esta novela o empezar a barruntarse que en Perdidos nada va a tener sentido ni va a haber explicación posible por mucho que nos prometieran que iba a haber una. Además en esa escena de la tortura, igual que con pinceladas a través de toda la novela, se va citando de vez en cuando a Dios, así por las buenas, como con todo, e incluso hay un momento en que Aomame, también por las buenas, se dice a sí misma que ha recuperado la fe que rechazó en su infancia, que vuelve a creer en Dios y que se siente muy feliz y reconfortada con ello. Sin venir a cuento, sin explicaciones, sin conflictos, sólo porque es otro elemento que, añadido frívolamente al desván donde hemos ido acumulando hechos sin orden ni concierto, constituye otra forma de dar más empaque al conjunto, en este caso añadiendo una dimensión religiosa, que siempre hace que las cosas parezcan mucho más importantes y profundas. Da igual que uno sea creyente o no para disfrutar de las desgarradoras dudas religiosas y existenciales de los personajes de Dostoyevski y Tolstoi, porque eran dos genios de la literatura, pero es que esto es la antítesis, verdadera antiliteratura. Con la misma frivolidad que, sin ningún tipo de tapujo moral, la señorita es asesina despiadada, de repente siente que va a ser mamá por inseminación a distancia que no alcanza a comprender, lo acepta con candidez y recupera la fe sin plantearse seriamente nada de lo que le ha pasado ni su anterior forma de dar matarile a tipos que no caían bien a la anciana potentada. Y yo pensé: ¡Y ojalá ardas en el infierno por toda la Eternidad, por hipócrita y asesina! Del mismo modo, cuando Fukaeri, que también da muestras de algún tipo de percepción extransensiorial, taladra a Ushikawa con la mirada a través del visor de la cámara de fotos desde la que él la está fotografiando a escondidas, él siente que está mirando al fondo de su alma, se estremece y comprende lo falsa y triste que ha sido toda su vida. Así, como lo cuento.
Todo se puede fingir. Que me lo digan a mí, que lo he presenciado en directo. El mayor problema con Murakami, igual que con Jodorowsky, es que muy probablemente ellos mismos se lo creen, y además es contagioso. Todo se puede fingir, pero la genuina convicción de la propia creencia es mucho más poderosa.
Pero tampoco le echemos toda la culpa a Murakami. Aunque rechazo de plano la tontería de que estas concepciones posmo de la literatura son más adecuadas para comprender los aspectos cuánticos de la realidad incognoscible, es innegable que en la parábola del emperador desnudo no siempre hay un personaje inicial que es el que dice vender la tela. El engaño puede ser doble sin demasiado problema, e incluso haber un autoengaño. Si uno empieza a escribir semejantes despropósitos, poner cosas que no cuadran, revelaciones y pensamiento mágico puro y duro, y la gente está dispuesta a entrar al trapo y a quedar obnubilada ante tan patética prestidigitación literaria a la que cualquier ojo mínimamente entrenado enseguida le ve las burdas costuras y el truco, no es de extrañar que el pobre mago se empodere, se termine creyendo que tiene poderes de verdad y siga haciendo sus pobres trucos una vez tras otra, cada vez de forma más exagerada para un público dispuesto a tragarse cualquier simonía literaria. El emperador tampoco sabía que estaba desnudo. Al fin y al cabo, es un juego de suma positiva en el que todos ganan: el escritor se embolsa su dinero y recibe la admiración de un público al que le da igual una cosa que otra, y aplaude ante el más burdo engaño. Es la apoteosis de los kitsch literario: la emoción no por lo que se ha leído, sino la emoción que provoca la emoción de haber participado en algo que es maravilloso, mágico y que nos transciende, aunque no sepamos si es bueno o malo o si lo hemos entendido.
Murakami tiene su parte de culpa, pero no hace sino escribir libros para un público que es capaz de tragarse cualquier cosa sin darse cuenta de la enormidad de lo que está leyendo, o que no hay por dónde agarrarlo. Cuando uno lee las críticas en algunos blogs, efectivamente, nadie dice que haya entendido la novela, o que haya comprendido lo que pasa ahí y pueda darle un verdadero sentido, sino que "es muy asiática", "es muy japonesa", "la historia de los dos personajes que se vuelven a encontrar después de tantos años es muy bonita", "tiene ambiente". Se acepta, con la misma candidez que la protagonista el hecho de quedarse embarazada místicamente de alguien a quien no ha visto en veinte años, que las cosas son así, que Murakami nos muestra algo muy bonito y profundo aunque no sabemos qué, y que las cosas son como son, qué bonita es la "literatura", la basura seria que nos hace sentir tan bien con nosotros mismos. Que los trate como a tontos y les ponga un guiaburros que les diga sobre quién va a tratar cada capítulo, como si no se fueran a dar cuenta, parece no importarles. Tampoco las descripciones de la ropa que parecen sacadas de un catálogo, o las interminables descripciones sobre la comida que comen los japoneses, típico detalle chorras con el que a mí me da el sueño, pero que al otaku de turno lo pone poco menos que en séptimo cielo. ¡Guau, Tengo se está haciendo una sopa de miso y va a comer pepino, qué emocionante! He leído en un blog que un tipo, al que le había gustado todo mucho aunque no daba muestras de haber entendido nada (ni él ni nadie), que decía: "Me gustaría comer como Aomame, así tan sano, tan ligero, tan oriental". Las chorradas metidas a calzador, la sincronicidad jungiana como excusa para acumular cosas sin ninguna relación entre ellas y fingir que todo tiene un significado mágico especial que no se puede llegar a conocer porque está más allá de nuestra vil experiencia sensible y no somos un refinado escritor japonés que sale en las fotos con cara muy seria de estar contemplando cara a cara al Ser, la frivolidad de las cuestiones morales y la nula capacidad de crear unos personajes que no actúen por el más puro acaso, no importa. Con una de las cosas que se ha quedado, es que la chica deportista come sano. Tampoco sé por qué me extraño. Los millones de ejemplares que venden Paulo Coelho y Dan Brown los tienen que comprar gente así, es la única explicación posible.
Para terminar sólo os puedo decir una última cosa: que miréis el huevo.
Aomame ha terminado siendo instructora en un gimnasio de lujo, y allí conoció a esa señora, que así a lo tonto la convierte en ejecutora de una organización que se ha montado, ya que por una tragedia familiar se ha volcado en ayudar a mujeres maltratadas. Cuando ve que la justicia no va a dar el justo escarmiento a uno de los maltratadores, envía a Aomame, que los despacha tan tranquila. Aquí podríamos ponernos también a discutir de algo que ya es habitual en la literatura popular y en las películas: una completa falta de dimensión ética o moral de lo que se escribe, siempre que sea molón. Esto se trata, lo de tomarse la justicia por la propia mano siendo jurado, juez y verdugo, con la típica frivolidad que nos podremos encontrar en tantas obras más. Ni se discute, ni se plantea apenas, es un mundo en el que la policía y lo de plantearse el problema moral de matar así a la gente por las buenas no existe. Como si esto fuera Chacal, la anciana le va a encargar un último trabajo, porque se tiene que cargar a alguien muy importante. La anciana, afortunadamente con recursos tipo Bruce Wayne, tiene por guardaespaldas a un exfuerzas especiales enorme y homosexual (detalle que no importa nada, pero en una novela tan larga en algún sitio hay que poner a un gay), que como podéis imaginar también se despacha con Aomame varias discusiones literarias sobre Chejov y Proust, y como ya mencioné antes ameniza la tortura de un tipo explicándole su opinión sobre la obra de Jung y un par de peregrinas ideas sobre Dios. El único personaje que no es así de culto e intelectual, y que por si fuera poco es feo, obviamente es el que acaba torturado y muerto.
La misión que va a ser el punto final de la carrera de asesina de Aomame es la ejecución sumaria del líder de una secta llamada Vanguardia, de la que nunca llegaremos a saber demasiado, del mismo modo que tampoco se nos dice mucho de casi nada, que la mayor parte de las páginas las emplea el autor en prolijas descripciones que no conducen a nada y en interminables diálogos mareando la perdiz. La hija del líder, que también se escapó de casa a temprana edad para ir a parar al proverbial antiguo amigo del padre que la acoge, es la autora de La crisálida de aire. El crimen del líder de esa secta es que, por lo que parece, viola a las niñas de unos diez años, tal como ha sabido la anciana por otra niña escapada, y en vez de poner todo en manos de las autoridades, se lo monta todo por su cuenta, algo que cuando uno tiene mucho dinero ni se discute. Batmaaaaaaannnn... La niña, al igual que la escritora, Fukaeri, tiene una especie de defecto en el habla o forma de hablar impersonal y casi autista, que a veces parece que se pega a todos los que hablan con ella. Lo más gracioso de todo, como se verá, es que aunque el tipo en efecto se trajina a niñas y adolescentes, éstas en realidad son una especie de clones místicos y él lo hace en una especie de estado de trance en el que no es consciente de lo que ocurre, así que mucha responsabilidad al final no tiene. El crimen sexual, en tan estrafalarias circunstancias, es poco menos que discutible.
Los capítulos, como es la moda últimamente, nos aclaran amablemente en quién se va a centrar con una indicación que es el nombre del personaje. No sé, debe ser no nos vayamos a equivocar o a no dar cuenta. Es la misma tontería que en Canción de Hielo y Fuego, que también nos indican el nombre del protagonista del capítulo. La literatura moderna no confía mucho en la perspicacia de sus lectores, parece, como el cine tampoco confía en que nos vamos a dar cuenta de lo que sucede en pantalla. Lo grave no es eso, lo que espeluzna es que cosas más viejas que andar a pie sean percibidas por parte de los lectores como innovaciones estilísticas. Sí, amigos míos: hay gente que se encuentra con el estilo indirecto libre y se cree que le están inventado algo nuevo delante de sus narices.
Los tomos uno y dos, publicados en un único volumen, terminan con la ejecución de este líder religioso. Mientras, hemos visto de todo un poco. Aomame se hace amiga de una policía, con la que tiene por ahí tórridas aventuras sexuales buscando amantes que le calmen sus periódicos furores uterinos. La amistad con esa policía ocupa bastantes páginas, y no se sabe muy bien para qué, pero tiene carnaza, que es lo que importa. Cada vez que alguno de los personajes come algo, o se prepara algo para comer, se describe con todo detalle, interesantísimo todo. Cada vez que se visten, lo mismo, y ahí ya es cuando uno se da de cabezazos contra la pared: "Aomame se puso unos zapatos de Charlie Brown, una falda de Calamity Jane y una chaqueta de Óscar de la Hoya". Me quiero morir, de verdad. No sólo no tengo por qué saber cómo puñetas son esas prendas, sino que todavía menos me voy a poder imaginar como eran hace un montón de años. ¿Esto es escribir bien? ¿Esto es lo que nos depara el futuro? Luego no me extraña que en algunos fanfictions y derivados de gente que van por ahí copiando a Crepúsculo las características morales se definan por cómo van vestidos los personajes, que casi les falta dar la referencia de producto del CyA o del HyM, y arreando. Con estos ejemplos, no podía ser de otra manera.
La cuestión del título, y la supuesta relación con Orwell, se explica pronto. Aparte del juego de palabras entre 1984 y 1Q84, no hay nada de Orwell aquí. La secta poderosa aparece un poco en la sombra, y nada más, que por si fuera poco recuerda más a los davidianos de David Koresh que a nada que sepamos de Japón, más con las supuestos abusos a menores que luego veremos que no son tales. No he visto nada orwelliano ni por el forro. Eso sí: si lo pone en la solapa, nos lo venden así y todos los críticos lo repiten y la gente se deja convencer sin planteárselo siquiera, pues será que es verdad. 1984 es una distopía política que aparte de su supuesto político o futurísta transcurre dentro del más absoluto realismo, así que no hay ninguna relación con esta obra. Otra cosa es las influencias o comparaciones odiosas que podamos hacer. Porque se supone que todo lo que ocurre en la novela es una especie de realidad paralela o mundo alternativo, que es ese 1Q84. Cuando uno se encuentra con algo así sólo puede venirle a la memoria nuestro viejo, querido y admirado Philip K. Dick, un señor que sabía tanto de eso que incluso estaba seguro de ver él mismo realidades y dimensiones alternativas. La diferencia es que Dick era un escritor como la copa de un pino y te hacía creer en la realidad de esas dimensiones alternativas, pero Murakami lo que hace es que se lo saca de la chistera, como casi todo lo demás. Dick no te lo dice, ha pasado y esto es lo que hay, sino que te lo hace vivir de verdad. Aomame tiene la intuición de que los uniformes de policía han cambiado, descubre una cosa que no tiene por qué saber pero a ella le parece que es muy rara, y por arte de birlibirloque llega a la peregrina conclusión de que se ha desviado o desplazado a una nueva dimensión a la que bautiza como 1Q84. Así, por las buenas. Y toda la novela es así, las cosas pasan porque pasan, una detrás de otra. Sí, ya lo sé: hay gente pa to y a alguna le encantan ese tipo de historias. Es la única explicación de que Zafón y Coelho vendan millones de ejemplares.
La influencia de Kafka tampoco la veo por ningún lado, la verdad. De hecho estoy por llegar a la conclusión de que la influencia de Kafka en la literatura es en realidad cero. He visto copias malas y malos plagios de Kafka, eso sí, pero Kafka es un escritor tan único, y las circunstancias de su vida y de por qué escribió lo que escribió tan irrepetibles, que intentar emular cualquiera de sus hallazgos es o bien misión imposible o puras ganas de hacer el más espantoso de los ridículos. En este libro tampoco he visto nada de Kafka, de verdad. El absurdo kafkiano no tiene nada que ver con la acumulación de una serie arbitraria de acontecimientos que no llevan a ninguna parte y que no tienen ninguna relación entre sí más que se amontonen dentro de las páginas de un libro que tiene muchísimas. Por favor, si al final es todo una pastelada completamente kitsch, la lágrima, la emoción no de ver a unos niños jugando felices en el parque, sino de sentirse emocionado ante la propia sensibilidad y emoción. ¿Qué puñetas tiene que ver ese con la desolación de los personajes kafkianos y su aceptación nihilista de un mundo que los supera y no consiguen comprender?
Otra sospecha que tengo de por qué la novela se ambienta en ese cercano pasado es la misma naturaleza del relato ñoño que subyace a toda la trama, el reencuentro de dos amantes predestinados a encontrarse. Veréis: hace pocos meses se estrenó en España una "adaptación" de Marco, la historia de Edmundo de Amicis en la que un pobre niño italiano iba a buscar a través de medio mundo a su madre en Argentina. Por aquello del presupuesto aquí el niño en vez de mono como en la serie anime tiene un hermano pequeño, en vez de italiano es español y la madre en vez de irse a medio mundo de distancia se va de Málaga a Benidorm, lo que como comprenderéis supone toda una tragedia a finales del siglo XX. Como hoy día los niños hablarían desde la casa de sus abuelos con la madre por medio de Skype y por supuesto por teléfono móvil, lo que hacen es situar la acción, precisamente, a principios de los años ochenta, y hala, asunto solucionado. Si además elegimos como fecha simbólica 1984, o dejamos caer que tiene algo que ver con Orwell y a la crítica ya le da lo mismo ocho que ochenta y cuatro, otra cosa que llevamos adelantada. Del mismo modo si Tengo y Aomame hubiesen querido reencontrarse hoy, pues por feisbu, o en la página de antiguos alumnos del colegio. Ya lo veis: la tecnología de comunicaciones jodiéndolo todo de unos veinte años a esta parte. Tanto es así que hasta el teléfono parece que le molesta un poco a Murakami, y en los últimos capítulos cuando ya están uno tras la pista del otro y saben de sus existencias a través del guardaespaldas tan requeteculto, no se les ocurre a ninguno pedirle el teléfono del otro, e incluso si existiese la excusa de que la conexión podría estar pinchada, y sólo se puede hacer a través de la conexión segura del guardaespaldas, éste podría hacer una doble llamada y acoplar los auriculares de los dos teléfonos, algo que se puede hacer en 1984 porque ya lo utilizaba la mafia de Al Capone. Nos pone al guardaespaldas como un tipo peligrosísimo y profesional que se las sabe todas, pero no sabe un truco que se utilizaba ya en los años 1930. Por una razón muy sencilla: porque entonces se pierde el final pastelero del encuentro entre los dos, al lado del columpio, el puro kitsch del reencuentro con violines sonando de fondo. Creyeron tanto el uno en el otro, y en su amor, que al final el universo conspiró para que, a pesar de todo, se reencontrasen. Pero tampoco penséis que el autor se priva de contar otras intimidades, como que los dos de adolescentes se masturbaban pensando en la versión infantil del otro, y por supuesto describe el primer polvo entre los dos con todo detalle. Romanticismo cutre, pero hay que poner sexo y guarradas, faltaría más.
En el primer tomo, la parte uno y dos, aparte de sus setecientes páginas no creáis que pasan demasiadas cosas. Hay un montón de diálogos, eso sí. ¿Sabéis eso diálogos intensos, emocionantes y profundos que hacía por ejemplo Dostoyevsky? Pues no son así. Eso sí: ocupan un montón de espacio. Tanto es así que sólo nos ha contando muy poquitas cosas. Tengo arregla la novela de Fukaeri, que gana el premio de la editorial y se convierte en un bestseller, folla con una amante mayor que ella que entre polvo y polvo escucha discos de jazz que comenta como si fuera comisaria del Festival de Jazz de San Sebastián y Aomame mata a algún mal marido, folla por ahí acompañada por su amiguita y termina cargándose al gurú de la secta con el que mantiene un larguísimo diálogo. Resulta que Fukaeri, la escritora afásica, cuenta en su novela no un argumento de fantasía, sino lo que le ocurrió de verdad y cuál es el núcleo de esa secta. Resulta que el mundo está influido o gobernado, o algo así, por unos seres pequeñitos llamados la Little People, que deben ser muy poderosos y dominan algo porque nos lo dicen, pero jamás vemos su verdadero poder, influencia ni nada de nada, y de hecho cuando aparecen son unos enanitos que dicen idioteces y se ríen con unos "jo-jo" que se supone que nos deben dar mucho miedo o darnos la medida de su poder, pero que a mí y al crítico del New York Times nos parecen una tomadura de pelo. Se supone que esos ocultos dictadores de esa dimensión supuestamente paralela sería lo que acercaría a esta novela a 1984. Vamos, hombre, no me hagas reir. Ni sincronicidad jungniana ni leches: el tocino es una cosa y la velocidad otra. Nos dicen que son así y tendremos que creérnoslo, supongo. Las cosas pasan porque pasan. Estos duendecillos son capaces de hacer una especie de crisálidas de aire con las que crean, como en La invasión de los ultracuerpos, una especie de clones de mujeres, siendo el original la mother, y la copia la doughter. Estas doughter son una especie de sacerdotisas del líder, el único capaz de comunicarse con esa Little People, y copulan con él mientras se queda en un estado en el que no es capaz de moverse.
Y ahora fijaos: Little People, mother y doughter, perceiver y receiver. Lo bonito del guanabismo, y lo que lo hace tan triste, es las paradojas en las que cae repetidamente. Murakami es un japonés desjaponizado en su literatura que es admirado en Occidente por ser japonés, pero a la mínima le sale el japonés que lleva dentro y no puede evitar ser como el resto de la cultura a la que pertenece y meter anglicismos sin venir a cuento, porque sí, porque molan. Me alegro mucho de que sepas inglés, Murakami, pero me importa un pito, y si eso fuera un mérito en sí mismo, como por cierto cree tanto angloguanabí, todos los angloparlantes sería premios Nobel, y no es el caso. Imaginaos que en el original hubiese puesto en japonés Gente Pequeña, madre, hija, perceptor y receptor. Sería algo tan vulgar y falto de chaaaaarme como llamar artículo a un paper, por ejemplo. Como los guanabís españoles, con sus citas de filósofos griegos en inglés (verídico), sus frases lapidarias en inglés que adornan sus blogs que no pueden sino escribir en español, y las biografías en inglés en Twitter, para que el indio o el chino que sabe inglés descubra un poco sobre la persona cuyos tuits no va a entender porque están es español más allá de los "oh, wait", "fuck yeah" y demás que son el equivalente del estribillo machacón de las canciones del J-Pop o del Europe is living a celebration. El quiero y no puedo. Todo se puede fingir. Del mismo modo, justicia divina, en la traducción al inglés, esa lengua con la que Murakami es tan guanabí, el efecto se diluirá por completo: no hay ninguna coolonidad en que los duendecillos se llamen Little People, haya mothers y doughters, perceivers y receivers. Todo se arreglará con una nota que ponga "En inglés en el original". Jódete, por guanabí y por coolón.
Al final del la segunda parte, que coincide con el final del primer tomo de la edición española, Aomame tiene el larguísimo diálogo con el líder de la secta, que no se opone a su ejecución sino que la consiente porque está ya hasta las narices de todo y tiene graves problemas físicos, y uno sólo puede pensar mientras sigue leyendo aquello: "Y a mí después, por favor. También quiero acabar con este sufrimiento". Hay una tremenda y melodramática tormenta porque esa Little People está enfadada ante esa muerte, así como por el hecho de que se hayan desvelado sus secretos con la novela publicada por Fukaeri y porque en las coyundas del líder con sus sacerdotisas no se consigue tener un descendiente que con el tiempo substituya a ese líder. El líder, por cierto, y nuevamente sin ninguna explicación ni saber cómo ni por qué, tiene como poderes mentales, mueve las cosas con la mente y sabe que Aomame ha llamado a esa realidada 1Q84, además de otras intimidades sexuales. En ese mismo momento Tengo, que lleva una temporada dando cobijo a Fukaeri, se queda inmovilizado en la cama del mismo modo que ha descrito el líder de la secta y padre de Fukaeri, que como poseída por un trance se trajina al inmovilizado escritor mientras Aomame da matarile al líder.
A partir de aquí, en el tercer volumen, queda confirmada la impresión inicial: nada tiene verdadera hilazón con todo lo demás, sólo son ideas molonas apuntadas y puestas unas al lado de la otra de modo que parece que tienen algún sentido, pero no, es una pura impresión. En primer lugar, Fukaeri, con sus aires de medio zombi y con lo que le dice a Tengo, que no se preocupe que no se puede quedar embarazada porque nunca ha tenido la regla (como la otra niña acogida por la anciana millonaria), queda más o menos claro que no es la mother, sino que debe ser la doughter, de la verdadera Fuakeri, una especie de clon místico hecho de aire. ¿Por qué entonces ha escrito esa novela, que se supone tanto ha molestado a esa Little People? Ni flagüers. Aomame, en su piso franco donde se esconderá un tiempo para que no la encuentren, se da cuenta de que se ha quedado embarazada sin saber cómo ni por qué, pero por alguna intuición para la que no se puede dar explicación alguna llega a la conclusión de que el padre tiene que ser su amor infantil Tengo, del que ya sabe de su participación en la escritura de esa novela, y lee además En busca del tiempo perdido, que le ha facilitado el guardaespaldas gay tras recordarle que sólo en circunstancias como una larga enfermedad o encierro se puede leer tranquilo semejante tocho, opinión que también he oído de Álvaro Mutis, que dice que uno de los períodos más felices de su vida fue la temporada que estuvo en la cárcel, pues tuvo oportunidad de releerse de un tirón la magna obra de Proust. Naturalmente, es cierto: Tengo es el padre y Fukaeri, o su clon que surgió de una crisálida de aire, ha servido de conducto místico para esa concepción a distancia. Porque sí. O es una vergencia en la Fuerza, que todo podría ser.
Como os digo, todo es amagar, todo es apuntar, pero nada queda claro. Podríamos pensar que es sutileza, pero ni por asomo. Este tipo de literatura posmoderna quiere jugar a todos los palos y a la vez no da en el blanco con ninguno. Quiere ser una novela de aventuras, romántica, intelectual, con tics de bestseller, y además una novela fantástica, de sentimientos y casi experimental. Pero sólo finge ser todas esas cosas, acumula anécdotas pero sin hilarlas ni darles forma y consistencia. Las cosas pasan porque pasan, sin ninguna coherencia, los personajes tienen intuiciones y epifanías totalmente gratuitas y no se busca la complicidad del lector ni que sea partícipe de la experiencia, sino que la adopte acríticamente incluso con mayor fervor que la criticada fórmula decimonónica del narrador omnisciente. Aquí quizá tengamos algo mucho peor.
Del mismo modo que ya tuvimos que hablar una vez, y con gran pesar, del narrador inconsciente, aquí tenemos al narrador más despistado que un pulpo en un garaje, y nosotros con él. Ni se entera él, ni nos enteramos nosotros. Y esto no es que lo diga yo: es que el mismo Murakami dice que las cosas que él escribe no tienen por qué tener sentido, y que efectivamente no tiene una gran idea de qué es lo que va escribiendo, como si lo guiasen varias ideas felices que le van surgiendo, añadiría yo. Igual que Fukaeri habla como una afásica y su defecto parece contagiarse a Tengo y a otros personajes, parece como si el mismo narrador no fuese consciente de lo que va pasando página tras página, ni fuese capaz de dar razón de lo que ocurre: el narrador afásico. Pero lo importante no es eso, sino que la impresión sea la contraria, que todo parezca sutil, mágico, maravilloso y con un significado profundo e inasible que se nos escapa aunque esté ahí, y sobre todo, igual que en Perdidos, la huida hacia delante, seguir acumulando misterios y actos maravillosos sin explicación, todo junto como si tuviesen algún sentido por el simple hecho de que está todo junto, aunque no peguen entre ellos ni con cola ni haya ninguna pista interna para poder darle sentido a todo el maremágnum de ideas que se nos presentan. ¿Será Tengo, un tipo corpulento y con cierto parecido físico con el líder de la secta, el nuevo líder, ya que parece que ha empezado a sufrir esos extraños ataques de inmovilización que describió el líder, antes de morir, a Aomane? ¿Lo será el hijo que va a tener ella? Chi lo sa? Por otra parte Ushikawa el feo (es que se repite muchas veces lo feo que es, no voy a ser yo menos), que se incorpora como tercer personaje a tener en cuenta en el tercer volumen, tiene unos momentos de iluminación intelectual cuando investiga el paradero de Aomame que sólo se puede decir que dejaría con la boca abierta al mismísimo Shelock Holmes, y él solito deduce, casi sin ayuda, con pocos datos y como la cosa más natural del mundo, todo el tinglado editorial de La crisálidad de aire, así como tantas cosas más. Lo que tiene en la cabeza ese buen señor no es la navaja de Occam, porque milagrosamente va desechando posibilidades quedándose siempre con la única que le parece lógica, y que resulta ser siempre la correcta, sino que lo suyo como mínimo debe ser la katana mística de Occam que da un +10 a todas las tiradas de inteligencia. Qué fiera, ni Poirot y la señorita Marple juntos.
Pero las cosas no acaban ahí: el padre de Tengo, un pobre diablo que trabajó toda su vida como cobrador de la televisión pública japonesa, se encuentra en una residencia de ancianos, y entra en un extraño coma que terminará llevándolo lentamente a la muerte. Tengo recuerda con amargura cómo de pequeño a veces lo seguía en su trabajo las mañanas de domingo, y lo insistente que era el padre aporreando las puertas de los que no querían pagar. Desde que entra en ese coma, los personajes por alguna circunstancia encerrados en una casa empiezan a recibir la visita de un cobrador de la televisión que aporrea la puerta insistentemente y les grita desde el otro lado: Aomame en un piso franco, Fukaeri que se ha quedado sola en el piso de Tengo y el investigador Ushikawa (el tipo que acabará torturado y muerto por feo), que ha alquilado un piso en el mismo bloque de apartamento de Tengo para descubrir dónde se encuentra Fukaeri. ¿A santo de qué? ¿Qué tienen que ver esas proyecciones astrales? No, es que ocurren cosas raras, sencillamente. Por otra parte, Tengo en el pueblo en el que está el asilo de su padre conoce a varias enfermeras, y hace buenas migas con una muy joven que tiene mucho cariño por su padre y por él, y que tiene la sensación de que vivió una vida pasada y que murió ahogada. Por la investigación de Ushikawa, sabremos por qué nunca Tengo supo nada de su madre: ella escapó con su hijo de pocos meses y un amante, que terminó por ahogarla, y el padre siempre ha guardado silencio sobre ello. ¿Es esa enfermera la reencarnación de la madre de Tengo? Puede ser, ¿por qué no? Son cosas que se van dejando caer, como las referencias eruditas a la música o a la alta literatura, y que hacen que todo parezca enigmático, sutil y profundo, pero que quizá sólo sean los ecos de un huevo que está completamente vacío. Es lo que Stephen Vizcensty llama una basura culta, la misma mierda que en cualquier bestseller al uso, pero con una capa de respetabilidad citando a algún autor importante, metiendo también un poco a Dios, enfermos en coma cuyo espíritu se manifiesta, reencarnaciones y lo que quepa en la olla podrida. Todo se puede fingir. De hecho, prefiero mil veces, un libro como la segunda parte de El nombre del viento, pues es mucho más honrado a pesar de sus defectos, te lees las aventuritas inverosímiles del personaje sin compromiso y aquí paz y después gloria.
Otra cuestión aparte de las discutibles influencias literarias, que como digo no me creo, es la de otros géneros que sin embargo no se mencionan. El mismo Murakami se declara un tipo normal que se dedica a disfrutar de la cultura popular sin complejos, lo que no termina de cuadrarme con sus referencias a la alta literatura que se gasta, Jung y otras cosas igual de trascendentales, o la erudición sobre el jazz que a estas alturas no tiene ya nada de popular, que esto no es una novela de Patricia Highsmith de hace cincuenta años. Quizá no tengamos que irnos muy lejos para encontrar otras cosas que se parezcan a esta forma de escribir:
Por ejemplo. ¿Por qué esto va a ser kafkiano, cuando podemos relacionarlo mucho mejor con lo lynchiano? En Murakami hay elementos parecidos, aunque en la obra del cineasta están más pronunciados: gente siniestra y sórdida, extraños tipos que se mueven en las sombras, la realidad fragmentada y dudosa, personajes estrambóticos en situaciones grotescas, feísmo, oscuridad, sensación onírica, y mucho jugar al despiste . Precisamente, si nos ponemos a mala uva, Mulholand Drive sería un caso parecido: acumulación de situaciones extrañas sin orden aparente, confusión deliberada, o simple confusión. El mismo David Lynch reconoce que él mismo no puede dar una explicación a lo que pasa ahí, o que las explicaciones que se han ido dando a su obra o a Twin Peaks son válidas. Hasta en esta película, mirad por dónde, salen una especie de enanitos de una bolsa de basura, una gente pequeñita. En estos casos sólo es necesario hacer un poco de arqueología del conocimiento: entonces, ¿cuando escribió el guión no sabía lo que estaba haciendo? ¿No sabía ni él mismo lo que iba a pasar ahí, ni lo que significaba lo que iba rodando? ¿No me lo puede explicar? ¿Es la misma desfachatez que en ese final del remake de El planeta de los simios en el que tampoco nadie sabía qué significaba ese final ni qué explicación podía haber a semejante despropósito, pero se confiaba en dejar alucinada a la peña por lo coolón que iba a ser a pesar de no tener sentido? El propio Murakami nos dice que escribe sin un plan determinado, y que no todas las cosas que escribe tienen que tener sentido. Y la gente le compra los libros, tú. Es como Jodorowsky: se llama a sí mismo farsante y se ríe él mismo de sus teorías pseudopsicoanalíticas, y ahí está.
[Buscando mientras corrregía la primera versión de este artículo, me encuentro con que, en efecto, el señor Murakami se basa bastante más en la "baja" que en la "alta" cultura, y que efectivamente Lynch es una influencia en él. Si es que antes se coge a un fingidor que a un cojo. Pero claro, queda más bonito y literario citar a Orwell y Kafka, aunque esas influencias sean indefendibles después del primer análisis.]
Entendedme: no estoy ni mucho menos en contra de la experimentación, de la no linealidad y de tantas innovaciones más, siempre que se sepa lo que se está haciendo. Creo que lo he demostrado sobradamente. Pero también creo en la honradez intelectual y artística, y no creo en la charlatanería. Desde luego en filosofía, o lo que quede de ella, y en ciencia, las cosas claras desde el principio y las mismas reglas para todos. En el arte, bueno, está para divertirnos, para hacernos soñar o para aprender sobre nosotros mismos y los demás. Se puede entender como un juego entre el artista, sea cual sea su disciplina, y los que participan de su arte como espectadores, lectores o lo que sea, que entran libre y voluntariamente en el juego del artista. Pero no deja de haber reglas, y éstas deben estar claras desde el principio, o puede ser parte del juego descubrirlas, pero nunca se puede admitir la arbitrariedad. De hecho, es posible que la propuesta artística sea tan arriesgada, o complicada, que haya una parte del público que no sea capaz de entenderla, o que termine aburrido por lo complejo de ese arte, pero de un modo u otro debe ser comprensible y expresable. Desde luego tampoco podemos pedir a un poema simbolista o a la música que podamos explicarlas como una novela de Salgari, pero los aspectos formales deben ser también comprensibles. Toda apelación a lo inasible, a lo inefable o neblinoso con tono de iluminado sólo se merece un contundente golpe de remo. El trile en el arte es igual de ilegítimo que en la calle, y eso de que las cosas son de una manera y de repente cambian para hacer pasar por genial lo que no es sino pura chapuza no es admisible. Como el famoso mito de la novela que, no sabiendo cómo terminarla el autor, elimina al personaje principal diciendo que en ese momento tropieza en la calle y cae en un charco de vitriolo. Prestidigitación bien hecha sí, trucos malos no. Eso sí que no, no es honrado. Al final, si hay algo en el huevo, se tiene que demostrar. Hay obras tremendamente complejas en la literatura, puede que incluso algunas se nos atraganten por lo arriesgadas o exigentes que son, pero que yo sepa ni Ulises, ni El cuarteto de Alejandría, ni Cien años de soledad, ni El hombre sin cualidades se basan en que "esto es así porque sí", "hago chas y aparezco a tu lado" o demás artificios que sólo serían admisibles en un grupo de niños que juegan a contarse historias y que salen de cualquier manera y con cualquier deus ex machina del lío argumental al que los lleva su entusiasmo.
Siempre me gustó la frase de Ursula K Le Guin de que "La fantasía debe tener la coherencia interna de la realidad". En realidad, de un modo u otro, todas las novelas son fantasías de la mente de un autor, no tiene que haber necesariamente elementos fantásticos para que esa frase se cumpla. Pero incluso en las buenas obras fantásticas lo hace: la Tierra Media no existe, pero lo que ocurre en ella es coherente, en las novelas de Kafka lo absurso es coherente con el comportamiento de esos personajes que se enfrentan a lo absurdo, e incluso las novelas de Mundodisco tienen sus propia lógica disparatada, que no deja de cumplirse. Lo fantástico, lo maravilloso, no tiene nada que ver con lo arbitrario, con ocultar intenciones que no existen en mil y una artimañas y marrullerías que ofenden al más pintado. También en literatura hay mucha gente que quiere pasar a la posmodernidad sin haber asimilado la modernidad ni conocerla del todo, saltarse un curso por la cara bonita, y sin haber entendido y comprendido la literatura del siglo XX, sus innovaciones y complejidades, se lanzan a reinventar la cocacola y redescubrir el Mediterráneo proclamándose los nuevos autores del siglo XXI, y proponiendo por pura temeridad fruto de la ignorancia vanguardias de vanguardias que ya estaban superadas cuando nacieron sus abuelos.
¿Y si el huevo está vacío? Reconozco que por mi formación intelectual y científica puedo soportar ciertas cosas muy limitadamente. Reconocer la misma confusión y doblez, los mismos juegos del lenguaje y de la ocultación de la nada absoluta que hay debajo en libros o películas me subleva bastante. Porque es lo mismo: la creación de una corte, de una recua de seguidores que no cuestionan lo que ven u oyen y que se acercan, en este caso al hecho estético, con la misma mansedumbre que los creyentes en las abstrusas escuelas filosóficas basadas en las palabras sagradas del sublime maestro, palabras éstas que en el fondo no son sino galimatías. La creencia y la experiencia mística ansiadas son previas al conocimiento. Del mismo modo, se establecen textos sagrados cuya inefabilidad se da por hecha. Ya a estas alturas me da igual Heidegger, que Lacan que Murakami. O me habla usted claro y me muestra sus cartas, o aquí va a haber más que palabras y empezamos a pensar en romper la baraja. Yo no soy ningún novicio que se acerca humillado a comprender lo inefable, lo inenarrable, lo incognoscible. La gnosis tuvo su momento y su lugar, pero ahora jugamos a otro juego. Si os fijáis, es renovar una vez tras otra esa vieja creencia o forma de embaucar: lo que debe ser comunicado o transmitido no es verbalizable, ni explicable, sino que debe ser aprehendido por medio del mismo acto de aprender. No es uno aprendiz, sino acólito. Y por supuesto, la verdad a descubrir, por oscura, debe ser accesible por medios oscuros, mágicos, tenebrosos. Es la misma mierda una vez tras otra, la misma confusión, el mismo remover las aguas de un charco sucio para que parezca profundo. Mirad si no a los profetas de las narrativas mutantes y nocilleras, que se expresan en los mismos términos que los que venden pulseras mágicas y similares: narrativa cuántica, holismo, la realidad moderna es compleja y debe ser percibida por métodos fragmentarios de procesos de información discontinuos, supuesta ruptura con un continuísmo científico o artístico que se vende gratuitamente como desfasado y superado, y demás tonterías que son fáciles de descubrir en cuanto uno está un poco avezado en el tema. Nos venden como nuevo y moderno la superchería de siempre, sea científica o artística. En definitiva, pensamiento mágico e irracionalismo de la peor especie. Lo fantástico, el sentido de la maravilla, tampoco tienen por qué estar reñidos con la inteligencia y la razón, ni son excluyentes con ellas.
Si no lo entiendes, es por falta de fe, o porque no eres lo bastante moderno, o porque lo divertido es que no se entiende, gracias por participar y por haber pagado. Tampoco ellos te lo pueden explicar de manera que lo entiendas, pero es que lo maravilloso, lo mágico, no se puede explicar, sino sentirse en los huesos, no se puede compartir, unos perciben y otros reciben, unos dan, y otros toman. Lo vuelvo a repetir: en ese estado de cosas, el lector moderno está todavía más vendido e indefenso con estos nuevos narradores inconscientes y afásicos que con el denostado narrador omnisciente y supuestamente superado de la novelística tradicional. Y el supuesto conocimiento para la comprensión de esa realidad inefable que se te escapa sólo puede ser conseguido por la aceptación de esos presupuestos gnósticos que te ofrecen, nunca de forma racional. Es puro pensamiento mágico: las cosas son porque son, revelaciones, sincronicidad, pensamiento intuitivo. La referencia a Jung en ese absurdo diálogo del guardaespaldas con su torturado no es casual, porque efectivamente todo viene a ser una ida de olla muy en la línea del Círculo de Eranos y su cábala, "la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal". La poco inmaculada concepción acausal de Aomame es un ejemplo: no tiene ni pies ni cabeza, pero sí "sentido", si uno está la bastante enfermo para que le gusten esas cosas o tiene tragaderas para aceptarlo. Con la herménutica del sentido hemos topado. Y tan tranquilo que se quedaba Jung después de decir esas cosas, como ahora los críticos nocilleros o mutantes defendiendo lo indefendible. La escena de Un método peligroso en la que Jung predice que va a crujir la madera de un mueble "porque lo siente en el diafragma" delante del materialista Freud, que lo mira con cara de no creer lo que está oyendo, es realmente divertidísima. Es la misma cara que se le queda a cualquier persona con un mínimo de respeto por la propia inteligencia al leer esta novela o empezar a barruntarse que en Perdidos nada va a tener sentido ni va a haber explicación posible por mucho que nos prometieran que iba a haber una. Además en esa escena de la tortura, igual que con pinceladas a través de toda la novela, se va citando de vez en cuando a Dios, así por las buenas, como con todo, e incluso hay un momento en que Aomame, también por las buenas, se dice a sí misma que ha recuperado la fe que rechazó en su infancia, que vuelve a creer en Dios y que se siente muy feliz y reconfortada con ello. Sin venir a cuento, sin explicaciones, sin conflictos, sólo porque es otro elemento que, añadido frívolamente al desván donde hemos ido acumulando hechos sin orden ni concierto, constituye otra forma de dar más empaque al conjunto, en este caso añadiendo una dimensión religiosa, que siempre hace que las cosas parezcan mucho más importantes y profundas. Da igual que uno sea creyente o no para disfrutar de las desgarradoras dudas religiosas y existenciales de los personajes de Dostoyevski y Tolstoi, porque eran dos genios de la literatura, pero es que esto es la antítesis, verdadera antiliteratura. Con la misma frivolidad que, sin ningún tipo de tapujo moral, la señorita es asesina despiadada, de repente siente que va a ser mamá por inseminación a distancia que no alcanza a comprender, lo acepta con candidez y recupera la fe sin plantearse seriamente nada de lo que le ha pasado ni su anterior forma de dar matarile a tipos que no caían bien a la anciana potentada. Y yo pensé: ¡Y ojalá ardas en el infierno por toda la Eternidad, por hipócrita y asesina! Del mismo modo, cuando Fukaeri, que también da muestras de algún tipo de percepción extransensiorial, taladra a Ushikawa con la mirada a través del visor de la cámara de fotos desde la que él la está fotografiando a escondidas, él siente que está mirando al fondo de su alma, se estremece y comprende lo falsa y triste que ha sido toda su vida. Así, como lo cuento.
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A esto podemos jugar todos: ¡Contempla la mirada penitente del Motorista Fantasma! |
Todo se puede fingir. Que me lo digan a mí, que lo he presenciado en directo. El mayor problema con Murakami, igual que con Jodorowsky, es que muy probablemente ellos mismos se lo creen, y además es contagioso. Todo se puede fingir, pero la genuina convicción de la propia creencia es mucho más poderosa.
Pero tampoco le echemos toda la culpa a Murakami. Aunque rechazo de plano la tontería de que estas concepciones posmo de la literatura son más adecuadas para comprender los aspectos cuánticos de la realidad incognoscible, es innegable que en la parábola del emperador desnudo no siempre hay un personaje inicial que es el que dice vender la tela. El engaño puede ser doble sin demasiado problema, e incluso haber un autoengaño. Si uno empieza a escribir semejantes despropósitos, poner cosas que no cuadran, revelaciones y pensamiento mágico puro y duro, y la gente está dispuesta a entrar al trapo y a quedar obnubilada ante tan patética prestidigitación literaria a la que cualquier ojo mínimamente entrenado enseguida le ve las burdas costuras y el truco, no es de extrañar que el pobre mago se empodere, se termine creyendo que tiene poderes de verdad y siga haciendo sus pobres trucos una vez tras otra, cada vez de forma más exagerada para un público dispuesto a tragarse cualquier simonía literaria. El emperador tampoco sabía que estaba desnudo. Al fin y al cabo, es un juego de suma positiva en el que todos ganan: el escritor se embolsa su dinero y recibe la admiración de un público al que le da igual una cosa que otra, y aplaude ante el más burdo engaño. Es la apoteosis de los kitsch literario: la emoción no por lo que se ha leído, sino la emoción que provoca la emoción de haber participado en algo que es maravilloso, mágico y que nos transciende, aunque no sepamos si es bueno o malo o si lo hemos entendido.
Murakami tiene su parte de culpa, pero no hace sino escribir libros para un público que es capaz de tragarse cualquier cosa sin darse cuenta de la enormidad de lo que está leyendo, o que no hay por dónde agarrarlo. Cuando uno lee las críticas en algunos blogs, efectivamente, nadie dice que haya entendido la novela, o que haya comprendido lo que pasa ahí y pueda darle un verdadero sentido, sino que "es muy asiática", "es muy japonesa", "la historia de los dos personajes que se vuelven a encontrar después de tantos años es muy bonita", "tiene ambiente". Se acepta, con la misma candidez que la protagonista el hecho de quedarse embarazada místicamente de alguien a quien no ha visto en veinte años, que las cosas son así, que Murakami nos muestra algo muy bonito y profundo aunque no sabemos qué, y que las cosas son como son, qué bonita es la "literatura", la basura seria que nos hace sentir tan bien con nosotros mismos. Que los trate como a tontos y les ponga un guiaburros que les diga sobre quién va a tratar cada capítulo, como si no se fueran a dar cuenta, parece no importarles. Tampoco las descripciones de la ropa que parecen sacadas de un catálogo, o las interminables descripciones sobre la comida que comen los japoneses, típico detalle chorras con el que a mí me da el sueño, pero que al otaku de turno lo pone poco menos que en séptimo cielo. ¡Guau, Tengo se está haciendo una sopa de miso y va a comer pepino, qué emocionante! He leído en un blog que un tipo, al que le había gustado todo mucho aunque no daba muestras de haber entendido nada (ni él ni nadie), que decía: "Me gustaría comer como Aomame, así tan sano, tan ligero, tan oriental". Las chorradas metidas a calzador, la sincronicidad jungiana como excusa para acumular cosas sin ninguna relación entre ellas y fingir que todo tiene un significado mágico especial que no se puede llegar a conocer porque está más allá de nuestra vil experiencia sensible y no somos un refinado escritor japonés que sale en las fotos con cara muy seria de estar contemplando cara a cara al Ser, la frivolidad de las cuestiones morales y la nula capacidad de crear unos personajes que no actúen por el más puro acaso, no importa. Con una de las cosas que se ha quedado, es que la chica deportista come sano. Tampoco sé por qué me extraño. Los millones de ejemplares que venden Paulo Coelho y Dan Brown los tienen que comprar gente así, es la única explicación posible.
Para terminar sólo os puedo decir una última cosa: que miréis el huevo.
-SuperSantiEgo
9.3.12
Película: Nicolás y Alejandra, 1971
Por azares del destino se pone a ver uno una película con un familiar cuando apenas si está saliendo el "dirigido por", y casualmente te encuentras viendo una película de la que no tenías ni idea que existiera, pero que es realmente buena. Y eso que es del director Franklin James Schaffner, conocidísimo por El planeta de los simios, Patton y Los niños del Brasil. Además, ganó varios óscar.
Si os soy sincero, menos mal que la vi por casualidad, porque doy con ese cartel y me temo lo peor. Aunque toda la trama se basa en la pareja de los últimos zares de Rusia, y su drama familiar, no deja de ser una película histórica de primer orden, hecha con todos los medios del mundo, el dinero luce y, aunque obviamente hay alguna licencia con la Historia, se podría utilizar perfectamente como material didáctico para los alumnos de bachillerato. Podría uno esperar que fuera también una pastelada infame y que nos diese un ataque de diabetes, pero no, hay cierto hincapié en la relación entre los dos, pero sin caer en excesos. La película es por tanto una narración, con bastante detalle, de la caída de una dinastía que no es capaz de ver la que se le está a punto de caer encima, y a la vez muestra al zar como un monarca y una persona débil que se debate entre las tendencias totalitarias de sus antepasados y las exigencias de cambio de un siglo que acaba de empezar y que literalmente le va a pasar por encima como un rodillo. Todos los personajes están caracterizados perfectamente, sobre todo los masculinos, aunque en los femeninos si comparamos con las fotos de la época veremos que los peinados no se corresponden demasiado.
No he encontrado ningún tráiler oficial, pero alguna gente se ha molestado en trabajarse algunos.
Todos ellos actores muy conocidos, y como veis hay muchos ingleses, que siempre es bueno. La obra, como digo, refleja en líneas generales los acontecimientos desde 1904 hasta la matanza de Ekaterimburgo, y si uno conoce mínimamente lo que ocurrió comprueba que nada chirría históricamente, además de ser una superproducción con guión de un historiador especializado en la casa de los Romanov. Vamos, como se suele decir, películas de las que ya no se hacen. Se puede hacer una película histórica y entretenida sin cometer burradas ni saltarse a la torera los acontecimientos tal como sucedieron, sólo que hay que saber hacerlo. Y hay que reconocer que esta película es en cierto modo bastante exigente con el espectador, al que se le presupone un mínimo conocimiento de la historia; de repente aparece una escena en la que un tipo mata a un señor al que pasean en automóvil, y ya puedes saber que eso es Sarajevo y que a quien matan es al archiduque de Austria, porque nadie te lo dice. También llama la atención, por la fecha en la que fue producida, porque por su metraje de tres horas y su carácter de gran formato y lujo, parece más una supercolosal de una o dos décadas antes, como Lawrence de Arabia, Espartaco o tantas otras que apelaban a la espectacularidad de la gran pantalla y metrajes enormes con historias de largo desarrollo para competir con la televisión.
Todos los elementos clave están ahí: un zar incapaz de comprender los cambios que se están produciendo en su país, y que aunque dice que ama a su pueblo lo reprime con fiereza, una guerra contra los japoneses insensata en la que su tío le explica que literalmente las balas tienen que recorrer medio mundo en trineo, una corte fastuosa como no quedaba casi ninguna en Europa, una zarina a la que sus enemigos la llaman "frau" por su origen alemán... También están bastante bien retratados, y sin maniqueísmos, los revolucionarios; Lenin y Trostsky, además de perfectamente caracterizados, parecen realmente determinados a conseguir el poder a cualquier precio, y Lenin tiene oportunidad de dejar claro en un par de frases que su único objetivo es lograr el poder, sea de la manera que sea y pasando por encima de quien haga falta. Incluso se ve a Stalin ya en segundo plano. Otras escenas muy bien llevadas son el comienzo de la Primera Guerra Mundial, un sarao en el que además de meterse algunos sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, refleja cierta concepción arcaica que esos monarcas todavía tenían de la guerra: Nicolás II habla del Káiser como "el primo Guillermo", mientras el Conde Witte, uno de los mayores impulsores de la industralización de Rusia, intenta razonar desesperadamente con su soberano y explicarle que por cada fábrica suya, los alemanes tienen diez. También está soberbiamente tratada la abdicación en el vagón del tren en el frente, cuando el poco espabilado soberano decidió dirigir la guerra en persona cerca del frente mientras en casa los bolcheviques le comían la merienda. Igualmente es impresionante la entrevista entre Lenin y un funcionario del káiser, cuando en un ejemplo de verdadera realpolitik un estado monárquico y totalitario que tenía sus propios problemas con los movimientos marxistas se alía con el enemigo de su enemigo, y favorece que el que iba a ser primer dirigente de la Unión Soviética vuelva a Rusia con la promesa de parar la guerra si es que conseguía dar un golpe de estado, mientras Kerensky estaba dispuesto a continuarla. Nada que luego no se repitiera: Jomeini estuvo muchos años muy tranquilo en París como exiliado, igual que otros muchos terroristas que vivían allí tranquilamente, cuando la misma Francia había tenido sus propios problemas de terrorismo con la OAS. Francia durante mucho tiempo fue el asilo dorado de los terroristas de ETA, y cuando la OAS fue vencida algunos de sus dirigentes escaparon a España, o la utilizaron como puente para poder huir a Argentina u otros países, donde se integraron en movimientos de corte fascista. El mundo es gris.
La segunda parte de la película, con los Romanov ya desposeídos de sus títulos, se hace en algún momento quizá un poco larga, pero intenta mostrar la decadencia de unas personas que intentan adaptarse a su nueva condición. Aunque obviamente la responsabilidad última de su ejecución corresponde al gobierno soviético, temeroso de que la antigua familia reinante cayese en manos de los rusos blancos, no se puede negar que tampoco desde fuera les pusieron fácil escapar del país. Kerensky hubiese estado más que feliz de haberlos visto marcharse, pero por ejemplo Inglaterra les dio a entender que allí no serían bienvenidos. Porque si para el zar el káiser era "el primo Guillermo", el Rey de Inglaterra y Emperador de la India era... "el primo Jorge". Tanto es así, que Nicolás II y Jorge V se parecían extraordinariamente, posaron muchas veces los dos juntos como buenos amigos para demostrarlo e incluso se ha llegado a decir que en sus visitas a Londres Nicolás substituyó a su primo en algún acto protocolario a ver si nadie se daba cuenta. Aquí tenéis a los dos posando... cada uno con el uniforme del otro.
Y aquí con el primo Guillermo, también con los uniformes cambiados
para que se vea que hay buen rollito. Amics per sempre.
En fin, ya sabéis cómo va esto: mucho casas reinante, nobleza, honor y tal, pero luego a la hora de la verdad cada uno miró por lo suyo y si te he visto no me acuerdo. Que se lo digan al último rey de Rumanía y a tantos otros, que terminaron de contables en Nueva York o cosas así. Eso sin contar con esta impresionante foto:
Vamos, es que no falta nadie. Y todos, todos, eran familia cercana. Y ya lo sabéis por las novelas de Camilo José Cela y Gabriel García Márquez: tanto casarse entre primos, y pasa lo que pasa. Precisamente en La vívora negra hay un momento en el que Rowan Atkinson cree haber capturado a un espía alemán, y cuando éste le replica que es tan inglés como la Reina Victoria le replica: "Ajá. Entonces su madre es alemana, su marido es alemán y su nieto es el káiser Guillermo". Menudos primos, los tres, vaya tres patas para un banco. El káiser, por cierto, ya desde su abdicación achacó en buena medida la derrota en la guerra a los judíos, se proclamaba admirador de las matanzas que ocurrían en los progromos de la Rusia de su primo (de allí parten los Protocolos de los Sabios de Sión en 1903), y en varias ocasiones intentó que Hitler lo reconociese de nuevo como emperador, aunque fuese sólo como figura simbólica. Supongo que no ayudó en nada que su segunda esposa fuese una conocida filonazi. Del mismo modo, tampoco creáis que la película trata demasiado bien a sus protagonistas o que se dedica a la descarada hagiografía: varios personajes hacen responsable directo a Nicolás II de los millones de muertos de la guerra, de la represión de unos movimientos sociales que alentaron el radicalismo bolchevique frente a las opciones moderadas, y en general se lo presenta como una persona incapaz de estar a la altura de una misión histórica que en ocasiones el mismo zar delega irresponsablemente en la providencia igual que Alejandra, desesperada, confía la salud de su hijo al charlatán de Rasputín.
Personaje éste, Rasputín, que no debería faltar en esta película. Aunque no tiene la presencia enloquecida de Christopher Lee en Rasputín, el monje maldito, de sólo cinco años antes y rodada por la Hammer, Tom Baker hace muy bien el papel y es completamente convincente. La escena de la muerte del protegido de la zarina a manos del príncipe Yusupov y el primo del zar, el duque Dimitri, se narra con intensidad en un ambiente decadente y enfermizo, mientras se ponen ciegos a fumar opio o hachís, y el buen y humilde santón se come uno a uno los bombones envenenados. Aunque hay distintas versiones sobre cómo fue el asesinato de Rasputín, lo que se tiene por bastante seguro es que Yusupov, la única fuente para reconstruirlo, le echó bastante cuento a su testimonio, pero se lo perdonamos porque parece sacado de una película de terror. Yusupov, ya en el exilio, por cierto, pasó también a la historia por un hecho curioso: en 1932 demandó a la productora de Rasputín y la Emperatriz por libelo, y consiguió de ellos una bonita suma, lo que provocó que a partir de entonces en los trabajos de ficción aparezca el famoso aviso de "Lo que van a ver es una obra de ficción y toda coincidencia con hechos reales o personas vivas o muertas es fruto de la coincidencia". La próxima vez que lo veáis, ya sabéis que es por culpa del señor que mató a Rasputín, y que luego en 1965 repitió la misma jugada a ver si volvía a caerle algo, aunque sin éxito. La de cosas que aprendéis en este blog, ¿eh? No digo que nada bueno o de provecho, pero algo aprendéis.
Para terminar de hablar de la película, la escena final, la de la ejecución de la familia real, es un ejemplo de hacer buen cine y de cómo llevar una escena dramática aumentando la tensión hasta el último momento. Todos sabemos qué es lo que va a pasar, pero la escena impresiona. También, a efectos dramáticos, se elimina la lectura de la sentencia de muerte que oyeron los prisioneros, a los que apenas les duró un momento la sorpresa porque en el sótano de Ekaterimburgo los empezaron a coser a balazos.
Aunque a toro pasado es muy fácil opinar y la historia fue la que fue y no otra, está claro que por un lado nadie quiso acogerlos en medio de una guerra que nadie esperaba que fuera tan cruel, y que trastocó completamente la sociedad y el equilibrio de poderes tal como los conocía Europa; la profecía del Conde Witte, interpretado magistralmente por sir Lawrence Olivier, se hace realidad, pues el mundo como ellos lo conocían antes de empezar la guerra quedaría completamente destruido. El imperio astrohúngaro y el otomano desaparecieron dejando unos vacíos de poder que provocaron unas inestabilidades cuyos efectos todavía son rastreables en nuestros días, Rusia se convirtió en el primer estado inspirado en las ideas de Marx, con vocación de exportarlas a todo el mundo, y Europa y el mundo entraron en una etapa de conmociones económicas y políticas durante veinte años que se tuvieron que resolver en una guerra posterior que dejó muy pequeña a la que había sido llamada la Gran Guerra, la guerra que se profetizó que iba a acabar con todas las guerras.
Los últimos años de los Romanov, y su ejecución en Ekaterimburgo, han sido fuente de inspiración para películas y libros desde entonces, así como la misteriosa figura de Rasputín. A esto se añade las leyendas de la posible supervivencia de alguno de los miembros de la familia imperial, en especial Anastasia.
Por si no os habíais dado cuenta, la segunda es anterior a la primera. También, por cierto, ha habido incursiones en la novela, como esta joyita reciente. Aunque a mí la Anastacia que más me gusta es ésta, la que está más prieta que los tornillos de un submarino:
Por cierto que cómo son las cosas: no creo que nadie pusiese ahora a un hijo "Anastasio", porque seguro que les sonaría a nombre de tipo de pueblo con boina y chaqueta de pana, pero mira, Anastasia todo el mundo sabe que es nombre de princesa.
Los actuales pretendientes al trono imperial ruso son Nicolás Romanov, con sus espléndidos y muy bien llevados noventa añazos, y María Vladimirovna, que es mi favorita porque además nació en Madrid. El otro día hablé precisamente del asunto con Putin y dice que sí, que no piensa en otra cosa y que no se separen del teléfono, que cualquier día los llama.
Además, según la iglesia ortodoxa rusa, la familia Romanov está considerada como strastoterpets, mártires de la fe, y no es raro ver algunos de sus iconos en manos de los ultranacionalistas rusos.

No he encontrado ningún tráiler oficial, pero alguna gente se ha molestado en trabajarse algunos.
Todos ellos actores muy conocidos, y como veis hay muchos ingleses, que siempre es bueno. La obra, como digo, refleja en líneas generales los acontecimientos desde 1904 hasta la matanza de Ekaterimburgo, y si uno conoce mínimamente lo que ocurrió comprueba que nada chirría históricamente, además de ser una superproducción con guión de un historiador especializado en la casa de los Romanov. Vamos, como se suele decir, películas de las que ya no se hacen. Se puede hacer una película histórica y entretenida sin cometer burradas ni saltarse a la torera los acontecimientos tal como sucedieron, sólo que hay que saber hacerlo. Y hay que reconocer que esta película es en cierto modo bastante exigente con el espectador, al que se le presupone un mínimo conocimiento de la historia; de repente aparece una escena en la que un tipo mata a un señor al que pasean en automóvil, y ya puedes saber que eso es Sarajevo y que a quien matan es al archiduque de Austria, porque nadie te lo dice. También llama la atención, por la fecha en la que fue producida, porque por su metraje de tres horas y su carácter de gran formato y lujo, parece más una supercolosal de una o dos décadas antes, como Lawrence de Arabia, Espartaco o tantas otras que apelaban a la espectacularidad de la gran pantalla y metrajes enormes con historias de largo desarrollo para competir con la televisión.
Otra cuestión más: esta película fue censurada en su estreno en España,
que en 1971 todavía estábamos en el tardofranquismo. Cortaron pues una escena
en la que una de las princesas parece que quiere ligar con un soldado
más allá de las sonrisitas, suavizaron el intento de suicidio del
zarevitch y redujeron a lo mínimo imprescindible las escenas de Lenin y
los demás revolucionarios. En la versión de televisión que se emite por
las cadenas se aprecian estos cambios, así que si podéis, mejor ved la
versión en DVD.
Naturalmente, dada la fecha, no se pudo rodar en los palacios y localizaciones reales, pero siempre se encuentra algún lugar que dé el pego, como se puede ver:
Todos los elementos clave están ahí: un zar incapaz de comprender los cambios que se están produciendo en su país, y que aunque dice que ama a su pueblo lo reprime con fiereza, una guerra contra los japoneses insensata en la que su tío le explica que literalmente las balas tienen que recorrer medio mundo en trineo, una corte fastuosa como no quedaba casi ninguna en Europa, una zarina a la que sus enemigos la llaman "frau" por su origen alemán... También están bastante bien retratados, y sin maniqueísmos, los revolucionarios; Lenin y Trostsky, además de perfectamente caracterizados, parecen realmente determinados a conseguir el poder a cualquier precio, y Lenin tiene oportunidad de dejar claro en un par de frases que su único objetivo es lograr el poder, sea de la manera que sea y pasando por encima de quien haga falta. Incluso se ve a Stalin ya en segundo plano. Otras escenas muy bien llevadas son el comienzo de la Primera Guerra Mundial, un sarao en el que además de meterse algunos sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, refleja cierta concepción arcaica que esos monarcas todavía tenían de la guerra: Nicolás II habla del Káiser como "el primo Guillermo", mientras el Conde Witte, uno de los mayores impulsores de la industralización de Rusia, intenta razonar desesperadamente con su soberano y explicarle que por cada fábrica suya, los alemanes tienen diez. También está soberbiamente tratada la abdicación en el vagón del tren en el frente, cuando el poco espabilado soberano decidió dirigir la guerra en persona cerca del frente mientras en casa los bolcheviques le comían la merienda. Igualmente es impresionante la entrevista entre Lenin y un funcionario del káiser, cuando en un ejemplo de verdadera realpolitik un estado monárquico y totalitario que tenía sus propios problemas con los movimientos marxistas se alía con el enemigo de su enemigo, y favorece que el que iba a ser primer dirigente de la Unión Soviética vuelva a Rusia con la promesa de parar la guerra si es que conseguía dar un golpe de estado, mientras Kerensky estaba dispuesto a continuarla. Nada que luego no se repitiera: Jomeini estuvo muchos años muy tranquilo en París como exiliado, igual que otros muchos terroristas que vivían allí tranquilamente, cuando la misma Francia había tenido sus propios problemas de terrorismo con la OAS. Francia durante mucho tiempo fue el asilo dorado de los terroristas de ETA, y cuando la OAS fue vencida algunos de sus dirigentes escaparon a España, o la utilizaron como puente para poder huir a Argentina u otros países, donde se integraron en movimientos de corte fascista. El mundo es gris.
La segunda parte de la película, con los Romanov ya desposeídos de sus títulos, se hace en algún momento quizá un poco larga, pero intenta mostrar la decadencia de unas personas que intentan adaptarse a su nueva condición. Aunque obviamente la responsabilidad última de su ejecución corresponde al gobierno soviético, temeroso de que la antigua familia reinante cayese en manos de los rusos blancos, no se puede negar que tampoco desde fuera les pusieron fácil escapar del país. Kerensky hubiese estado más que feliz de haberlos visto marcharse, pero por ejemplo Inglaterra les dio a entender que allí no serían bienvenidos. Porque si para el zar el káiser era "el primo Guillermo", el Rey de Inglaterra y Emperador de la India era... "el primo Jorge". Tanto es así, que Nicolás II y Jorge V se parecían extraordinariamente, posaron muchas veces los dos juntos como buenos amigos para demostrarlo e incluso se ha llegado a decir que en sus visitas a Londres Nicolás substituyó a su primo en algún acto protocolario a ver si nadie se daba cuenta. Aquí tenéis a los dos posando... cada uno con el uniforme del otro.

para que se vea que hay buen rollito. Amics per sempre.
En fin, ya sabéis cómo va esto: mucho casas reinante, nobleza, honor y tal, pero luego a la hora de la verdad cada uno miró por lo suyo y si te he visto no me acuerdo. Que se lo digan al último rey de Rumanía y a tantos otros, que terminaron de contables en Nueva York o cosas así. Eso sin contar con esta impresionante foto:

Personaje éste, Rasputín, que no debería faltar en esta película. Aunque no tiene la presencia enloquecida de Christopher Lee en Rasputín, el monje maldito, de sólo cinco años antes y rodada por la Hammer, Tom Baker hace muy bien el papel y es completamente convincente. La escena de la muerte del protegido de la zarina a manos del príncipe Yusupov y el primo del zar, el duque Dimitri, se narra con intensidad en un ambiente decadente y enfermizo, mientras se ponen ciegos a fumar opio o hachís, y el buen y humilde santón se come uno a uno los bombones envenenados. Aunque hay distintas versiones sobre cómo fue el asesinato de Rasputín, lo que se tiene por bastante seguro es que Yusupov, la única fuente para reconstruirlo, le echó bastante cuento a su testimonio, pero se lo perdonamos porque parece sacado de una película de terror. Yusupov, ya en el exilio, por cierto, pasó también a la historia por un hecho curioso: en 1932 demandó a la productora de Rasputín y la Emperatriz por libelo, y consiguió de ellos una bonita suma, lo que provocó que a partir de entonces en los trabajos de ficción aparezca el famoso aviso de "Lo que van a ver es una obra de ficción y toda coincidencia con hechos reales o personas vivas o muertas es fruto de la coincidencia". La próxima vez que lo veáis, ya sabéis que es por culpa del señor que mató a Rasputín, y que luego en 1965 repitió la misma jugada a ver si volvía a caerle algo, aunque sin éxito. La de cosas que aprendéis en este blog, ¿eh? No digo que nada bueno o de provecho, pero algo aprendéis.
Para terminar de hablar de la película, la escena final, la de la ejecución de la familia real, es un ejemplo de hacer buen cine y de cómo llevar una escena dramática aumentando la tensión hasta el último momento. Todos sabemos qué es lo que va a pasar, pero la escena impresiona. También, a efectos dramáticos, se elimina la lectura de la sentencia de muerte que oyeron los prisioneros, a los que apenas les duró un momento la sorpresa porque en el sótano de Ekaterimburgo los empezaron a coser a balazos.
Aunque a toro pasado es muy fácil opinar y la historia fue la que fue y no otra, está claro que por un lado nadie quiso acogerlos en medio de una guerra que nadie esperaba que fuera tan cruel, y que trastocó completamente la sociedad y el equilibrio de poderes tal como los conocía Europa; la profecía del Conde Witte, interpretado magistralmente por sir Lawrence Olivier, se hace realidad, pues el mundo como ellos lo conocían antes de empezar la guerra quedaría completamente destruido. El imperio astrohúngaro y el otomano desaparecieron dejando unos vacíos de poder que provocaron unas inestabilidades cuyos efectos todavía son rastreables en nuestros días, Rusia se convirtió en el primer estado inspirado en las ideas de Marx, con vocación de exportarlas a todo el mundo, y Europa y el mundo entraron en una etapa de conmociones económicas y políticas durante veinte años que se tuvieron que resolver en una guerra posterior que dejó muy pequeña a la que había sido llamada la Gran Guerra, la guerra que se profetizó que iba a acabar con todas las guerras.
Los últimos años de los Romanov, y su ejecución en Ekaterimburgo, han sido fuente de inspiración para películas y libros desde entonces, así como la misteriosa figura de Rasputín. A esto se añade las leyendas de la posible supervivencia de alguno de los miembros de la familia imperial, en especial Anastasia.
Por si no os habíais dado cuenta, la segunda es anterior a la primera. También, por cierto, ha habido incursiones en la novela, como esta joyita reciente. Aunque a mí la Anastacia que más me gusta es ésta, la que está más prieta que los tornillos de un submarino:
Por cierto que cómo son las cosas: no creo que nadie pusiese ahora a un hijo "Anastasio", porque seguro que les sonaría a nombre de tipo de pueblo con boina y chaqueta de pana, pero mira, Anastasia todo el mundo sabe que es nombre de princesa.
Los actuales pretendientes al trono imperial ruso son Nicolás Romanov, con sus espléndidos y muy bien llevados noventa añazos, y María Vladimirovna, que es mi favorita porque además nació en Madrid. El otro día hablé precisamente del asunto con Putin y dice que sí, que no piensa en otra cosa y que no se separen del teléfono, que cualquier día los llama.
Además, según la iglesia ortodoxa rusa, la familia Romanov está considerada como strastoterpets, mártires de la fe, y no es raro ver algunos de sus iconos en manos de los ultranacionalistas rusos.
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