21.2.13

El arte: ampliando nuestro foco de percepción


Tal como se lee en esta noticia del El País, se ha vendido esa obra de arte, cuyo nombre desconocía, y a la que por falta de un nombre mejor llamaré "Bujero"; y además el nombre auténtico, "Esperando a Tom", no me convence, pues ese señor de espaldas que se da un aire con Rajoy parece que está diciendo claramente "Mardito roedore". El Bujero se ha vendido por 100.000 euros, pero no tal el bujero en sí, sino que el que ha aflojado el parné lo que se ha llevado a casa es unas instrucciones sobre cómo practicar el Bujero en la pared de su elección, además de un certificado del artista que, valga la redundancia, certifica que eso es una obra de arte. Pero el Bujero es arte porque representa no sólo lo que es, sino la ausencia de ser. No es lo que es, sino que se define por aquello y a través de aquello que él no es en sí mismo, pero que lo delimita y le da consistencia. El Bujero no es propiamente arte, sino el concepto de Bujero que cristaliza para todos nosotros en una ampliación de nuestro foco de percepción de lo que la belleza y el arte son. En el fondo, el Bujero es una hermosa metáfora. Y en eso consiste el arte.

Más de uno, me duele pensarlo porque tengo que admitir que algunos de mis lectores no sois más que unas bestias pardas sin gusto, sin temperamento y sin verdadera apreciación de lo que es el arte, pensaréis que eso, el Bujero, no es auténtico arte.

¡Pues lo es! Pero no es escultura, ni pintura, ni ninguna de esas disciplinas caducas que palidecen ante el tronío de un arte total, tan antiguo como la humanidad: el arte de apartar a los idiotas de su dinero, lo que cumple una gran labor social porque los idiotas, precisamente por ser idiotas, terminan gastándoselo en donde no deben, y quién sabe sino hasta en droga. El Bujero es además, suprema ironía del artista que ha vendido su arte (apartar a los idiotas de su dinero), el lugar simbólico por el que se han ido esos cien mil billetes.

-¿Qué has hecho con esos cien mil euros, Charles?
-Los metí en un Bujero y desaparecieron, Nigel.
-Jaja, qué curioso.
-Sí, deliciosamente emocionante.

Lo que quiero ver es cómo el que ha comprado eso va a intentar vender luego el Bujero. Mejor que guarde el certificado a buen recaudo, no se lo vayamos a copiar, lo colguemos en internet y todos podamos hacer un bujero en la pared por valor de cien mil euros, y el propietario original tenga que entonar un sentido "Mardito roedore".

-SuperSantiEgo

15.2.13

La jungla. Un buen día para morir. La Ira de Dios desencadenada.


Como ya expliqué cuando hablé en esta docta casa de la cuarta parte de la saga, estas películas sólo pueden ser aprehendidas en su realidad esencial desde un punto de vista mitopoético.

El esquema viene a ser más o menos siempre el mismo:

a) El Universo, Dios, o la Balanza que mantiene el Orden en el Cosmos, detecta una perturbación en la armonía de la Realidad. Y decide que el equilibrio debe restablecerse. A esta imperfección podemos llamarla, convencionalmente, el Mal.

2) El Universo activa a John McClane, el Ángel Exterminador, la Ira de Dios, Su Santa Cólera, el Azote de Aquello que No Debería Existir.

3) El Universo provoca que los malvados se crucen en el camino de John McClane, se hace unas palomitas en el microondas y disfruta del inevitable espectáculo, que consiste en ver cómo los malvados mueren entre horribles sufrimientos.

4) Fin.

McClane pelea contra un helicóptero de combate. Y gana. Para que no pensemos que ha sido de carambola, media hora de metraje después se pelea contra un helicóptero más grande, y también gana, mientras pone cara de "Los inútiles al saber lo llaman suerte". La muerte persigue incansablemente a McClane, pero McClane siempre, siempre, corre más. Tocarle los cojones a McClane es sinónimo de muerte en esa misma escena, porque McClane utiliza el aikido con la Parca: la tienta como a los astados, le hace un recorte y se la echa encima a su oponente. McClane puede luchar mientras caen a su alrededor cajas de Uranio 235, y además hacerlo a pecho descubierto en Chernóbil. Y en esta película probablemente aparece la más espectacular hostia a lo McClane que se haya podido ver, aparte de algunas escenas de persecución de vehículos motorizados que ríase usted de Carmaggedon.

Luego hay... bueno, pequeños detallitos. Bruce y su hijo van por las eficientísimas carreteras rusas desde Moscú a Chernóbil, unos mil kilómetros de nada, doce horas como mínimo según Google Maps, y según parece tardan sólo un poquito más que los malos, que se desplazan en helicóptero. Los malos podrían haber hecho sus maldades, tomarse tranquilamente un carajillo e irse antes de que llegase McClane, pero está claro que algo los retrasó, hay que saber llenar con imaginación estos supuestos fallos argumentales. Detalles. O el gas mágico que elimina la radiación, que lo mismo. O sobrevivir a una deflagración que elimina hasta a las bacterias protegiéndose con un archivador. Por supuesto en una democracia autoritaria, que es como se llama al régimen de Putin, en ningún momento aparecen las autoridades locales, ni el ejército, ni se enteran de nada, ni intervienen, allí a nadie le importa que haya más tiros que en la guerra de Chechenia o que material militar incontrolado suficiente para invadir y conquistar un país pequeño se interne en zonas restringidas. Tampoco ciertos detalles un poco extraños de los personajes, como que McClane crea que su hijo es un delincuente juvenil y un bala perdida metido en la droga cuando en realidad es un agente de la CIA, que no digo yo que le cuente con todo detalle lo que hace a su padre pero no creo que a éste, policía y un buen patriota, le vaya a parecer mal que su hijo esté por ahí defendiendo al Mundo Libre. Ya os digo: detalles nimios que no es necesario tener demasiado en cuenta.

Al final la Ira de Dios, cumplida su misión, se retira a descansar hasta que su intervención vuelva a ser necesaria, cuando el Acaso haga cruzar de nuevo a los impuros en su camino y vuelvan a sentir su justa cólera.

Sigo echando mucho de menos que tampoco saliese Carl Winslow.




-SuperSantiEgo