En aquellos tiempos, cual en poblado del fargüés, todo el mundo se conocía, sólo había un local social que era el salón y puticlús, y todos coincidíamos en la misma barbería. Vamos, que más o menos, de vista, todos sabíamos quiénes éramos. Los tiempos han cambiado, no habían llegado del todo las redes sociales y esas cosas. Ya, estoy hablando de hace bien pocos años, el último lustro de la década pasada, pero eso en Internet son mil millones de generaciones de la mosca del vinagre.
Yo puedo decir que fui uno de los primeros lectores de Vicisitud y Sordidez, antes de que se volviese más mainstream que estar en el paro. Lo sé porque los pillé cuando apenas si llevaban unas pocas entradas en el blog, porque eran entonces más de dos, como al principio Martes y Trece, y porque, literalmente, poníamos comentarios cuatro gatos. Cómo llegué al bloj en cuestión, no lo puedo asegurar, pero estaría dispuesto a jurar que a través de algún comentario cruzado en algunos de los blogs de contenido político de un primo del autor de este libro del que ahora hablo.
Desde entonces, igual que se hermanan o se hacen amigas ciudades del mundo, con resultados tan sórdidos y dicharacheros como que una pedanía española esté hermanada con un pueblo perdido en la selva de Sumatra, La Realidad Estupefaciente y Vicisitud y Sordidez hemos mantenido una cordial relación basada en la afinidad de espíritus y la visión alucinada de la realidad, cada uno dentro de su campo de estudio pero siempre abiertos a la interdisciplinariedad y a la puesta en común de nuestros avances científicos. Por supuesto, soy también fiel colaborador del grupo Satán es mi Señor, en Facebook,
Cuando hace unos meses el Joserra me preguntó sobre formas de publicar y además me pasó el borrador en Word del libro, le dije lo que buenamente sé del asunto, poco o mucho. Al final no tuvo necesidad de autopublicarse y encontró esta editorial que se ha decidido a apostar por él.
Los que conozcan la Ligá Fantástica del mismo blog, y los comentarios de los últimos años sobre automovilismo ya saben de qué va: la Fórmula 1 no es, pese a lo que pueda parecer a simple vista, una competición deportiva, ni siquiera una carrera en el sentido estricto de la palabra en la que sólo los espíritus vulgares pueden creer que gana, o es el mejor, el que llega primero. La Fórmula 1 es una competición, fundamentalmente, de onvría, donde lo que imperan son los verdaderos valors: la chulería, el desprecio por la propia vida llegado el momento y, como decía Tom Wolfe de los primeros astronautas, tener lo que hay que tener, ser de una pasta especial.
En resumidas cuentas, y citando a esos onvres que son los mexicanos, en la Fórmula 1 lo importante no es llegar primero, sino saber llegar.
Por supuesto, cómo no, el repaso a la historia, o mejor dicho intrahistoria de la prueba reina del motor de cuatro ruedas, nos muestra la importancia de lo que verdaderamente es esta afición: sí, vale, son coches y compiten dando vueltas cansinamente en un mismo recorrido, pero eso no es lo importante, sino lo que pasa detrás, las puñaladas para conseguir una plaza en un equipo importante, las reuniones en yates de viejos barrigudos rodeados de velinas, las denuncias a la organización, amenazas, psicodrama, etc. Dallas, Dinastía y Falcon Crest: sexo, dinero, ambición, traiciones y más sexo.
También, no podemos negarlo, gran parte de la pasión que ha despertado la Fórmula 1 en los últimos años se debe a que un español, nuestro asturianín Fernando Alonso, primero como aspirante y después como ganador de campeón del mundo, iniciase la pasión por este deporte en España. Muchos, que desprecian todo por sistema, dirán que qué bajeza y tontería, de repente la gente se entusiasma por un deporte hasta ahora casi siempre minoritario e ignorado, sólo porque ahora hay un español, pero como muy bien nos recuerda Jose Ramón los ingleses en los setenta ni se acordaban de que habían tenido campeones de F1, desde entonces les dio el arrobo nacionalista y con Lewis Hamilton (que, por cierto, prologa el libro) no han ocultado nunca que son más parciales con él que César Vidal con la Guerra Civil, así que al que le moleste el alonsismo que se vaya al carallo con viento fresco.
Bueno, si conocen al personaje que ha escrito el libro, así como el blog, poco más tengo que decirles, y a los que no, que lo visiten y que se hagan una idea de lo que se va a encontrar en esta edición impresa, donde lo importante son los verdaderos valors de los onvres como Dios manda.
-SuperSantiEgo