18.3.14

Peli: El lobo de Wall Street. Otro de los nuestros.



Nada más terminar de ver la película tuve una extraña sensación, hasta que me di cuenta de en qué consistía. Esta película, me dije, ya la he visto. De hecho, caí en la cuenta en seguida, me recordaba precisamente a una película del mismo Scorsese: Goodfellas. Uno de los nuestros.



Básicamente, es la misma película. Que conste que no lo digo como algo negativo, sino todo lo contrario, pues si las dos son buenas por separado juntas se apoyan y complementan perfectamente. Recapitulemos: Goodfellas trataba sobre la vida de un mafioso que en realidad existió, Henry Hill, y que además de servir de narrador expone su ideario vital muy claramente: vivir como un señor, como un mafioso admirado y temido, es vivir, y los demás, los que siguen las reglas, tienen salarios de miseria y no son como ellos, son unos mierdecillas, unos gilipollas. Su vida es un conjunto de emociones fuertes, de vivir a todo trapo y literalmente "coger todo aquello que me apetece", una continua juerga con amantes y a la vez intentar llevar una vida normal en una familia con esposa e hijos, a la vez que se sirven los intereses de la otra "familia", ya me entendéis a lo que me refiero. Como recordaremos, la película, de 1990, termina poco después de que Henry Hill entre en el programa de protección de testigos, y los últimos títulos de la película nos explican cómo Robert De Niro y Paul Sorvino terminan en la cárcel. Pues bien: lo que no nos explica la película, pues en ese momento el señor estaba ya escondido, es lo que pasó en los años siguientes. Henry Hill siguió trapicheando con drogas, y cometió tal cantidad de crímenes que literalmente el FBI lo expulsó de ese programa, lo que no me digáis que no deja de tener su mérito y añade un punto de sordidez extra al personaje, que como podemos comprobar se negaba a vivir como un gilipollas y un don nadie, algo de lo que se queja amargamente en la última escena de la película. Después de recuperar su identidad y ya seguro de que no le iba a pasar nada, y además con la popularidad conseguida por la película, se dedicó a hablar en shows de televisión y a vender salsa por internet, suponemos que la que hacía Poli en la cárcel para las albóndigas, amén de a otros trapicheos ilegales, hasta su muerte en 2012.

Si no habéis visto Goodfellas hace poco, o si lo vais a hacer, recordad que hay un momento en el que hay una redada en uno de los locales mafiosos, y cuando se llevan esposados a los criminales uno de ellos dice: "Deberías pasaros por Wall Street. Ahí sí que roban". Lo que nos lleva a la siguiente película.

Para Scorsese, da esa impresión, DiCaprio es su nuevo De Niro, y se está hinchando a hacer películas con él. De hecho, recordemos, los dos actores fueron padre e hijo en Vida de este chico. Si en Goodfellas se adaptaba la novela de no ficción Wiseguys para narrar la vida de Hill, en este caso se emplea la autobiografía de Jordan Belfort, que ya en el 2000 había inspirado la película Boiler Room, en la que podemos ver a Vin Diesel ya sin pelo e intentando ser un actor normal antes de darse cuenta de que le salía precisamente más a cuenta ser el puto Vin Diesel, el puto amo. Efectivamente, tal como decía el mafioso, "en Wall Street sí que se roba de verdad". Aunque Goodfellas tiene un tono sobrio mucha de la gente que la recuerda lo hace por algunas escenas de un retorcido sentido del humor, presente en la misma película o por la imaginación algo calenturienta de los espectadores. Y que Joe Pesci haciendo de psicópata da mucho miedo pero también risa, está claro. Esta nueva película tiene desde el principio un tono de humor negro de principio a fin, y la verdad casa bastante bien con la historia que nos cuentan. El tono de tragedia no habría quedado bien.

Durante tres horas Belfort, igual que Hill, nos explica su sentido de la vida: ésta debe consistir en ganar mucha pasta, meterse de todo en el cuerpo menos agua y jincar con fembras placenteras hasta que a uno se le caiga la pichula. Todo lo demás es ser un fracasado, un mierda, un don nadie. Entre delirios de coca, ludes y otra substancias que se consumen como caramelos, los protagonistas viven, como diría mi admirado Paulo Coelho, su propia "leyenda personal" en la que cada uno compone su propio himno a sí mismo dándose golpes en el pecho al creerse, (mamá, mírame) en la cima del mundo, y recorren un camino sagrado en el que están por encima del bien y del mal y se creen invencibles. La moral es sólo un estorbo para sus deseos, así que el daño que están haciendo a los demás sencillamente ni se lo plantean. En este caso, además, hay una doble lectura: estafan a gente por medio de su propia avaricia. Tienen listas de gente a la que estafar vendiéndoles acciones que en el fondo no valen nada, no es algo sólido, pero lo hacen mintiendo a alguien que oye lo que quiere oír: que es un tipo listo y seguro que no será tan tonto de perder esa oportunidad única, que ha sido elegido porque esa oferta no se la hacen a cualquiera, y que si pone en sus manos los miles de dólares que han ahorrado durante décadas, los fondos de estudios de los hijos y su patrimonio, en pocos meses se harán ricos y habrán conseguido una estabilidad económica de por vida. Por supuesto, lo que se deja bien claro en la película, y lo explica muy bien Matthew McConaughey ya en el avance, todo es humo, todo es pajaritos en el aire, pero lo que es de verdad son las comisiones que ellos, los corredores de bolsa, se embuchacan con cada transacción, ya que para ellos el riesgo es cero y el beneficio siempre neto; venden las promesas que para ellos no quieren.

La película me ha parecido muy buena, aunque es tan larga como Casino, tres horazas. En ellas veremos la vida desenfrenada del protagonista con sus amigos y empleados, que consiste en una orgía de ganar dinero, gastarlo y practicar sexo desenfrenado donde sea, desde aviones hasta donde les pille el subidón de coca. La película, además, ha superado a la propia Casino en cuántas veces se dice la palabra "fuck", y verse también se ve, porque no se priva de mostrar los encantos de muchas de las féminas que aparecen en pantalla. A reseñar a la australiana Margot Robbie, que está de toma pan y moja, pero que es una elección perfecta porque realmente Belfort se casó con una modelo despampanante. (Por cierto, y si la cuenta no me falla, DiCaprio ya va por la tercera novia supermodelo, lo que supongo que lo consolará bastante de no haber ganado el Oscar tampoco este año.)También hace un papel excelente Jonah Hill, conocido por Superbad pero que en este caso sí es creíble en su papel de tipo totalmente desfasado que sirve de comparsa en sus locuras y excesos al protagonista, con momentos escacharrantes desde el primer momento que sale en pantalla. En realidad ninguno de los personajes es realmente un genio, ni nadie con unas características especiales para triunfar, excepto que sencillamente no les importa nadie un carajo sino ellos mismos, y están dispuestos a todo para ganar dinero a paletadas y vivir la única vida que se merece vivir, la del lujo y los excesos, y sobre todo, como se decía en otra película, con el dinero de los demás.

Siguiendo el paralelismo con Goodfellas, al final todo el tinglado dedicado a la estafa empieza a resquebrajarse y las ratas son las primeras en abandonar el barco. Belfort canta como la Caballé, pero apenas si pasa unos pocos años en una cárcel de mínima seguridad, entre otras cosas jugando al tenis. Aun así, a día de hoy, tiene que seguir pagando a las personas a las que estafó, de modo que de la venta de sus dos libros y de los derechos por la película ha tenido que decir adiós a la mitad, y así hasta que pague todo. En lo demás, oh sorpresa, da charlas motivacionales, escribe artículos para Forbes y, cómo no, aprovecha la fama que le han dado sus actividades criminales. En este caso se podría decir lo de "Sólo en América, baby", pero aquí tenemos a nuestros Mario Conde o El Dioni para demostrar que haber sido un chori puede tener efectos de fama y notoriedad a largo plazo.

La película, como ya he explicado, tiene un tono de comedia ácida y negra: los protagonistas, en cierto modo, se presentan a sí mismos como héroes que viven una marcha triunfal. Al final, eso sí, los pillan. Pero quizá no esté de más otro nivel de análisis.

En primer lugar, las dos películas que como digo tienen planteamientos vitales y argumentales paralelos inciden en una misma cuestión: el poder, el dinero, el sexo, vienen a ser categorías indistinguibles e intercambiables. Tener poder y dinero, y no convertirse en una máquina de garchar, es inconcebible. Quizá nos atrapen mañana, o muramos, así que hay que meterse de todo para alcanzar estados alterados de conciencia que nos inciten a seguir adelante y a seguir jincando como monos como si no existiese el mañana en una especie de nihilismo de corte positivo, o propio de una bacante. En términos clásicos psicoanalíticos, subliman su libido en deseo de dominación y poder, y en más sexo, lo que no sería demasiado coherente, la verdad; cosas del psicoanálisis.

Tanto una película como otra representan claramente una fantasía de poder propiamente masculina, la del macho superalfa que impone su propia ley y alcanza una forma de heroísmo moderno mientras escribe con mano firme su leyenda personal, se convierte en héroe ante sus semejantes y alcanza cierta forma de transcendencia, y, por ende, accede a una cantidad impresionante de fembras placenteras, ya sea por el poder que emana su persona como por la capacidad que tiene de pagarse todos sus caprichos, sexuales incluidos. La futura mujer de Joe Hill reconoce que le excita haber visto a su novio pegarle una paliza a alguien y que después le ponga una pistola ensangrentada en la mano, y Belfort tampoco tiene demasiados problemas para ligar por méritos propios. Es el atractivo del riesgo y de la vida a tope sin conocer más ley que la que uno reconoce como propia, aprovechándose de los más débiles, de los tristes, de los gilipollas que sí saben vivir en sociedad o tienen trabajos productivos. En Boiler Room, la otra película basada en los recuerdos de Belfort, en ese caso en el principio de su carrera, encontramos una de la claves: mientras le enseñan los rudimentos de la estafa en la que consiste su trabajo, le dicen que no trate con mujeres, nunca. Así de simple. Y le hacen repetir un lema: "Si hay tetas, no te metas". La explicación es simple: las mujeres hacen preguntas, quieren conocer detalles de la inversión, consultan, y lo más seguro es que se lo piensen tanto... que terminen por no ver claro un asunto que, si lo meditas un poco y en frío, ves lo turbio que es. Así pues, sencillamente las mujeres, por simple cálculo estadístico, quedan fuera del juego. Hay que apelar al hombre que se cree más listo que los demás, que está seguro de que puede dar una jugada maestra y convertirse, repitámoslo, en un héroe, y que por tanto va a tomar las decisiones en caliente. Al fin y al cabo es lógico: por ejemplo los hombres conducen mejor que las mujeres, porque tienen mejores reflejos, pero las mujeres son mejores conductoras porque son más prudentes, y por eso tienen muchos menos accidentes, lo que se ve recompensado sin ir más lejos en las pólizas de seguros. Aunque en las dos películas salen muchas mujeres, su papel es poco relevante en la actividad principal de los protagonistas, por mucho que pueda serlo en sus vidas personales, o tengan importancia dramática en la narración. Porque es un mundo completamente masculino: el de la competición pura y dura, en la de ser el último que quede en pie cuando los demás caen. Vamos, lo que viene a ser medírsela entre ellos, para qué nos vamos a andar con tonterías.

El mensaje en ambas películas puede parecernos que tiene su dosis de moralina, aunque en cierto modo no hacen sino reproducir lo que ocurrió en la realidad con ánimo documental: al final, por muy listo y muy leyenda que te creas, hay otros héroes que te harán caer, y serás expuesto como lo que en realidad eres, un criminal que ha violado un buen número de leyes y que ha sembrado a su paso dolor y destrucción. De acuerdo, sí, pero hay otro detalle a tener en cuenta. Y ése es que hemos visto películas de estos tipos. El simple hecho de que la forma narrativa predominante de nuestro tiempo, la audiovisual, considere de un modo u otro, positivo o negativo, que sus vidas son ejemplares, y que las convierta en iconos modernos del cine con películas cuidadas y de alto presupuesto, supone una validación de los personajes a nivel social. Sí, te han pillado, pero coño, ¡han hecho de ti una película! ¡Te interpreta un actor famoso! De hecho, a partir de ahí tú mismo pasas a ser famoso, lo que no deja de ser una categoría superior a la de criminal en tanto que eres famoso por ser criminal y eso ya te justifica, y puedes aprovechar esa popularidad y gestionarla mejor o peor según tus capacidades, y retomar tu propia leyenda. Imaginaos que además de haberle hecho una canción Sabina, al Dioni le hubiese hecho una magnífica película Berlanga. Pues algo así. En cierto modo, y eso se ve en la trayectoria de los mafiosos clásicos y en el libro de la mafia italiana de Saviano, el mundo de la farándula siempre ha interesado a los mafiosos de todo pelaje, que querían gozar de la amistad de los famosos a la vez que promocionaban carreras de algunos artistas o gustaban de ser asociados a ellas, y en general llegaban a comportarse en algunos aspectos como verdaderas estrellas endiosadas, hasta que se daban la gran torta y nadie se acordaba de que los habían conocido.

En cierto modo, sobre todo en el cine, la distinción entre héroe y antihéroe es imposible, aparte de que por sí el antihéroe sea un héroe dialécticamente hablando: por el simple hecho de protagonizar una película ya eres un héroe, has triunfado porque tu vida merece ser contada a los demás, y además en ese formato. Es una impresión personal, pero creo que es un fenómeno propio del cine y la televisión, que sin embargo no se produce por ejemplo en literatura. Siempre me llamó la atención de que, aunque sea la misma historia y se cuente prácticamente lo mismo, en La Naranja Mecánica el personaje de Alex es repugnante en la novela, mientras que la película es el héroe de su propia historia, vive la vida en un deliro juvenil de violencia y narcisismo y aunque sufra la caída propia de todo héroe al final renace y vuelve a ser el mismo hijoputa de antes, pero más sabio. (Interpretación que prescinde del famoso "último capítulo", por supuesto, sin olvidar que desde luego Burgess no considera de ninguna manera a Alex como un héroe e incluso basa la novela en hechos traumáticos de su propia vida.)

Obviamente no soy tan ingenuo como para pensar que esto es algo nuevo: la imagen romántica del marginado, del fuera de la ley, del criminal, es tan antigua como ese romanticismo que la creó, e incluso anterior. También tenemos un ejemplo flagrante que antecede a esto que tratamos: la literatura de aventuras, y posteriormente sus adaptaciones cinematográficas, terminan creando una visión idealizada de la piratería o del fenómeno del corso como un grupo de tipos duros con una caballerosa visión del mundo, románticos y "novios de la muerte". En realidad, por decirlo de forma suave, eran lo peor de lo peor, y la narración de sus verdaderas fechorías parece un manual de psicópatía, donde la tortura y el a sangre y fuego era lo más común. Ahora en Carnaval nos disfrazamos de piratas, y para un habitante del s XVI o XVII eso sería como si para nosotros en el futuro los niños y los mayores por hacer la gracia se vistiesen de terroristas de ETA o de Al Qaeda. Tanto es así que en pleno delirio histórico los piratas han llegado a ser el ejemplo de algunos ancap para hablar de códigos caballerosos que funcionan estupendamente mientra no se apliquen de verdad, y volviendo a nuestro tema de hoy Rothbard tiene un estudio hilarante en la que compara El Padrino con Uno de los nuestros, y en el que parece no darse cuenta de que la primera es una versión idealizada y estilizada de la mafia mientras que la segunda es la que se basa en hechos reales, donde la gente está en el filo todos los días y tu mejor amigo puede ser el que mañana te ejecute. También hay un vídeo por internet de una señora privada del más elemental raciocinio que te explica por qué la mafia es mejor que el Estado, si es que uno en efecto compara el Estado con la versión de la Mafia de dibujos animados y no la que estudia la criminología, donde te explican lo endeble de su estructura, del poco valor de las alianzas que básicamente sólo se basan en el miedo y donde todo el mundo tiene alguna pendencia de sangre de por medio, además de incidir en el hecho fácil de comprender de que muchos de los que acaban en ese tipo de organizaciones tienen, por decirlo suavemente, un bagaje psicológico que no crea nada duradero, ni lealtades ni nada parecido, una base que como se demuestra continuamente, se desmorona a la mínima; y si lees Gomorra de Roberto Saviano ya te terminas de reír. El romanticismo y la caballerosidad sólo existieron en la piratería y en la mafia en los libros y en las películas.

Tampoco quiero dramatizar. Sobre el efecto de la ejemplaridad del protagonista, y de su estado casi de héroe divino en algunas obras habría que hablar más profundamente, y a la vez reconocer que tenemos igual número de contraejemplos. En literatura tenemos la versión de la abyección del protagonista de Una tragedia americana, de Theodor Dreiser, en su afán por conseguir el éxito, pero en el mismo cine tenemos ejemplos de verdaderas visiones negativas o extraordinariamente realistas de los peligros de la vida al límite. El mismo Scorsese al intentar repetir pocos años después el éxito de Uno de los nuestros en Casino, también basada en hechos y personajes reales, vuelve a contar con Pesci y De Niro: Pesci acaba pero que muy malamente, el personaje de Sharon Stone lo mismo, a pesar de tener belleza e inteligencia, y el único que sobrevive es el personaje gris intepretado por De Niro, que acepta al final adoptar un modo de vida que no vuelva a llamar la atención y fuera de los grandes peligros directos de los negocios ilegales. Algo parecido al personaje que interpretó en Érase una vez en América, que al final explica que vivió tantos años "levantándose temprano por las mañanas" después de haber tenido su etapa inmerso en un mundo en el que lo más seguro es que salgas de él con los pies por delante o encerrado muchos años en una cárcel; es decir: ser el gilipollas, el tipo normal de vida tranquila y ordenada que abominaba de ser Hill en Goodfellas, aunque ser lo contrario suele acabar bastante mal. El mismo Saviano se preguntaba en Gomorra cómo era posible que hubiese esa desaforada carrera por convertirse en el jefe, cuando a día de hoy en el tipo de mafia que él describe como mucho puedes aspirar a ostentar el puesto unos dos años antes de que el mismo sistema mafioso te busque un substituto más violento y decidido, o las autoridades te echen el guante por tus errores o por medio de la consabida traición de uno de tus colaboradores. Lo mismo ocurría en The Wire, donde algunos de los personajes hablaban de que lo único importante era conseguir "la corona", ser el príncipe al que todos temen y que puede reclamar por la violencia un territorio aunque sólo sea un barrio o unas pocas calles, y que todo lo demás es simplemente accesorio. También recuerdo como contraste un reportaje sobre las bandas mafiosas y violentas de Rio de Janeiro, en la que uno de los jefes reconocía desesperado que todo era una mierda, que no podía salir de las pocas calles en que consistía su limitado reino, y que tenía claro que no llegaría a viejo, pues cualquier día un rival, o con igual probabilidad la policía que allí no da ni el alto antes de disparar, acabarían con su vida en no mucho tiempo. Ése es el verdadero paraíso de la "libertad" y de la prestación de "servicios" en un entorno totalmente ideal en el que nadie interfiere.

Es decir: cada uno elige qué clase de gilipollas quiere ser, si el que se levanta todos los días temprano por las mañanas o el que se cree más listo que los demás y quiere vivir a costa del resto de los gilipollas hasta que las leyes y el orden social impuesto por esa mayoría de gilipollas te localiza y va a por ti. Del mismo modo en el mundo del arte cada uno elige según su personalidad o falta de ella cómo interpretar y juzgar a estos protagonistas de ficción o basados en personajes reales, y si hay que concederles algún tipo de admiración o considerarlos como un excremento y una advertencia tanto de lo que no se debe ser como del tipo de persona cuyo trato hay que evitar siempre que sea posible.

Menos mal que siempre tendremos otros buenos ejemplos que seguir:



-SuperSantiEgo