9.5.14

Los tres mosqueteros (2011) y cómo esto a este paso no tiene remedio

Me vais a decir: lo que pasa es que eres un inmovilistas que sólo te gustan las formas clásicas y tal. Bueno, pues ni de broma. A la pruebas me remito: cuando el señor Alan Moore decide hacer La Liga de los Hombres Extraordinarios, parte de un concepto muy sencillo, que es poner juntos, como si de Los Vengadores o La Liga de la Justicia se tratara, a muchos de los héroes de las novelas clásicas del siglo XIX, que además cuentan con la ventaja de estar en el dominio público. De ahí que mezcle, sin problemas, a personajes de H G Wells, de Verne, de Stoker, de Stevenson, y de otros más. Alan Moore sabe lo que se hace y a lo que juega. Resultado: ole las barbas del señor Moore. Unos desubstanciaos deciden hacer lo mismo y "adaptan" el cómic de Moore, aunque poco más que hacen que coger la idea inicial de base, y de paso meten a un crecido Tom Sawyer, a Dorian Gray y otras cosas. La misma idea, cagada total en muchos frentes, con ese glorioso submarino tamaño clase Typhoon que se mete por Venecia, con dos cojones. Que habremos visto muchas pelis porno donde entran cosas enormes en sitios donde es inconcebible que quepan, pero todo tiene un límite en nuestra imaginación, así como que un hombre invisible, que para serlo tiene que ir en pelotillas, sobreviva en el frío ártico más de un minuto. Que exista un submarino que parece el Octubre Rojo a finales del XIX lo puedo aceptar, pero que se meta por Venecia no, igual que puedo entender que exista un hombre invisible, pero no que no se le hiele el culo en Siberia. Recordad: una cosa es la suspensión por un ratito de la credibilidad y otra ahorcarla, eviscerarla y descuartizarla mientras aplaude el populacho.

Es decir: las ideas no sólo son buenas o malas, sino que demuestran su validez cuando se ponen en movimiento y las vemos andando. Por eso si me dicen, eh, Los tres mosqueteros con barcos voladores y todo generado por ordenador, así en plan chulo, pues yo digo: bueno, fale, a ver lo que sale. A priori no me opongo, pero a ver lo que me quieres vender, y si lo compro.


Por otro lado, estamos hablando de Los tres mosqueteros, novelaco superlativo que es una de las biblias de toda novela de aventuras que se precie, y que forma un canon o núcleo duro con otras joyas como La isla del tesoro. El arco narrativo de cómo se conocen los personajes, las peripecias de la búsqueda de los diamantes, la guerra y demás, son sencillamente canónicos. Vamos, incluso en una adaptación al ralentí y sin poner demasiado cuidado debería salir como mínimo algo decente.


Sin ser exhaustivo, citaré sólo algunas de las adaptaciones que más me han gustado o recuerde:



Sin desmerecer a otras adaptaciones hollywoodienses, algunas en blanco y negro, que también son buenas, ésta puede que sea la adaptación definitiva de esta novela en el Jólibud clásico. Tampoco nos engañemos: van vestidos de colorines, como era habitual en las películas de la época en este tipo de producciones (herencia del teatro, donde sólo desde hace cuatro días se utilizan tonos neutros), y más que resaltan en el technicolor de la época. Es, también, una adaptación realmente festiva, de cierto cachondeo, y vitalista. Ver a Gene Kelly pegando esos botes a sus treinta y seis años e interpretando a un chaval es como las películas de Burt Lancaster, donde con sus piruetas y acrobacias lo hacían parecer todo real. Coño, es que era real, sin trampa ni cartón: esa gente eran verdaderos acróbatas y bailarines, y las peleas a espada son "de verdad" en el sentido en que duran lo que tienen que durar, no vemos sólo estocadas separadas que no dan ninguna sensación de conjunto. Y Lana Turner haciendo de mala. Y ya sabéis: Lana Turner era de las que cuando era buena, era buena, pero cuando era mala... era mejor. Y Richelieu es Vincent Price. Mejor no sigo, ¿verdad?




Probablemente la adaptación más larga, ya que se dividió la extensa novela de Dumas en dos películas, aunque según parece a los actores la intención desde el principio era pagarles sólo por una. Los productores, los famosos Salkind, intentaron repetir la jugada con Superman I y II, y provocaron el consiguiente cabreo de Gene Hackman y otros actores. Por eso desde entonces se incluye la "Cláusula Salkind" en los contratos de las producciones para dejar claro que se está trabajando para una única película, no para varias. Menudos vivos, los Salkind. De todos modos, como veréis, la recreación de época es, dentro de lo que cabe, bastante fiel, sin dejar de ser un visión amable: tabernas atestadas donde juegan a juegos antiguos de azar, gallinas por la calle, y grandes palacios donde la gente no se bañaba después de hacer deporte, sino que se echaban colonias. Los bailes de Luis XIII y Luis XIV debían oler a chotuno mezclado con ambientador de coche.


Como otra curiosidad, y como supongo que ya es bien conocido, hubo intenciones más allá de la pura especulación de hacer una adaptación de El Señor de los Anillos con Los Beatles. Pues este proyecto es lo que surgió de reciclar la idea inicial de Richard Lester, director de estas películas, de hacer lo mismo con los chicos de Liverpool interpretando a los mosqueteros. Afortunadamente la terminaron realizando con esos actores, que en la época eran mucho más conocidos. La película se centra sobre todo en el aspecto más burlesco de la historia, e introduce mucho humor en las escenas de acción, que no es que lleguen a ser una de Terence Hill y Bud Spencer pero en ocasiones casi se acercan. Richelieu es Charlton Heston, y pone unas miradas aviesas de lo más convincente, y Christopher Lee hace de un malvadísimo Rochefort.


Como otro dato curioso, esta película se rodó en parte en Cornejo, Ejpa!ña, y si atendemos a los títulos de crédito del final de la segunda película veremos que es una coproducción... ¿panameño-española? Los setenta fueron por excelencia los años de las famosas coproducciones europeas y ayudan a comprender un poco el concepto de "bandera de conveniencia" en las películas, aunque en muchos casos intentar poner una nacionalidad clara a un título es como intentar dilucidar de qué raza es Rashida Jones, algo en ambos casos completamente irrelevante. De hecho, el cine es casi el primer arte completamente globalizado, algo que empezó desde el primer momento cuando en Hollywood, el verdadero, confluyeron directores, iluminadores y actores de todas las nacionalidades. Esto es tanto así que a día de hoy esa tendencia ha avanzado hasta el punto de que rara es la producción del mundo anglófono donde cada uno no sea de su padre y de su madre, aunque podamos seguir hablando, por el tono, por la distribución global y otros conceptos, de esa vaga categoría que llamamos "de Jolibú", aunque nos refiramos a algo cada vez más difuso que se termina rodando o montando en casa dios, y a saber con qué financiación.


Citaré, por supuesto, una adaptación en dibujos animados bien conocida en España, y que pese a todas sus licencias y tener a animales por protagonistas era respetuosa con la obra de Dumas, y sobre todo con el público infantil al que iba dirigida, al que no se tomaba por idiota. Eso: D'Artacán y los Tres Mosqueperros.

 
Años después, en 1993, y aunque uno entienda que es lógico que cada diez años o así las productoras quieran volver a hacer una adaptación de una novela tan conocida, Disney se cubrió de gloria en su famosa e infame adaptación. De cosas como ésta y muchas otras anteriores Disney obtuvo su mala fama de meapilas en las películas de imagen real. Sin encomendarse ni a dios ni al diablo cambiaron cosas como el adulterio, así como otras tonterías que no venían a cuento, además de poner a estrellas jóvenes del momento que sencillamente no daban demasiado la talla como los tres aguerridos mosqueteros, y por supuesto adaptándose a los tiempos introdujeron escenas de acción propias del cine de la época, que ya se pegaban de bofetadas con la letra y el espíritu de la obra original. Yo no la vi en cine, sino años después en la tele, pero recuerdo de unos amigos que la fueron a ver y volvieron despollándose, y riéndose de que, por ejemplo, la reina sólo tiene ojos para su legítimo esposo el rey de Francia. Adulterio no, gracias.






¿Tiene algo bueno? Sí, los planos en los que salen Rebecca De Mornay como Milady de Winter y Tim Curry de Richelieu. Lo bien que habrían quedado los dos en una producción competente, ¿verdad? Para terminar de ser feliz en esta vida sólo necesito ver a Tim Curry interpretando a Dios, y ya sabré que me puedo morir en paz. De todos modos es que ya vemos que en esta película que las adaptaciones apuntan maneras: una genial y perfecta secuencia de acontecimientos aventurescos ya les viene grande o se meten a tocar lo que no necesita enmienda sin saber muy bien por qué, sólo por cambiarlo y porque quizá ya saben que no pueden estar a la altura de las adaptaciones anteriores y hay que justificar de alguna manera una nueva versión. Manolete, si no sabes, ¿para qué te metes?




Otra adaptación que tiene cierto mérito es La máscara de hierro, aunque la crueldad de poner al entonces aniñado DiCaprio al lado de John Malkovich, Gerard Depardieu, Gabriel Byrne y Jeremy Irons es algo que no deseo ni a mi peor enemigo. DiCaprio ganó un anti Oscar a la peor pareja de ese año, y su pareja era él mismo en el papel de los gemelos, así que imaginaos lo buena que era su interpretación. Aunque la película es flojilla y la historia de la máscara de hierro se adaptó mejor en otras ocasiones, al menos podemos ver a unos mosqueteros ya crepusculares y vencidos por la edad, pues recordemos que en el canon de las tres novelas de D'Artagnan los personajes envejecen, se rompen y crean nuevas amistades y ocurren un montón de cosas, incluida la separación de los inseparables mosqueteros. De todos modos ya empiezan a pasar cosas muy raras en esta película: putas que se suicidan porque el rey no las quiere, o conatos de derrocamiento que tampoco se sostienen ni siquiera aceptando la descabellada ideología que muestran los personajes como una elemento puramente interno de la película. Hasta cierto punto la medio salva la calidad y peso de los actores y alguna escena suelta, pero eso siendo magnánimo. "El hombre de la máscara de hierro" tampoco es un invento de Dumas, y era una especie de leyenda urbana de la época, de la que dio noticia por primera vez nada menos que Voltaire.


Por último, para ir acercándonos ya a la tragedia actual, habrá que citar la famosa película El mosquetero, que nos la vendían como "La historia de los mosqueteros como nunca antes te la contaron", a lo que muchos respondimos: "Y como jamás quisimos que lo hicieran ni puta falta que nos hacía". Que conste que no me quejo: la vi con unos amigos, y lo que nos pudimos reír no era normal. En fin: disfrutadlo, sufridlo o lo que os parezca mejor:







En estos casos ya uno se pregunta: chacho, si no quieres contar la historia de Dumas, y se ve que lo intentas con todas tus fuerzas, ¿por qué no haces otra cosa? Por ejemplo los franceses se dedicaron a ello, y produjeron otro churro que es El pacto de los lobos, que aunque es un siglo posterior tiene una estética parecida. También en El Mosquetero vemos algo ya preocupante, que es que Jólibud en los últimos años ha decidido que el mínimo común mental del espectador medio es el nivel de la más absoluta oligofrenia. Para dar una "motivación" al personaje principal, Rochefort mata al padre de D'Artagnan, algo que, como casi nunca se usa como excusa argumental en una película, cada vez que un autor lo redescubre reaparece como una idea fresca y original que nos deja completamente maravillados. Esto empieza a ser, además de preocupante, insultante. Porque es que ya es demasiado: ¿de verdad es necesario que todas las películas tengan que ser de una venganza venganzosa?


Esto sólo por hacer un pequeño repaso. Las adaptaciones son muchísimas más, pero sólo he puesto las que más me suenan y creo que son un poco representativas, y que seguro que nos resultan familiares a casi todos.


Respecto al original literario... pues os diré que me lo leí de forma muy tardía, ya con veinticuatro o veinticinco años, un día que lo vi en la biblioteca y me dije que qué puñetas, y me lo leí además de su continuación, Veinte años después. (Que me leí la continuación a continuación, no veinte años después.) Desde luego es una muy grata lectura, y aunque no tengo la chochera por la trilogía de D'Artagnan que pueda tener Pérez Reverte seguro que un día me dará por ahí y volveré a leérmelas del tirón. Aunque los acontecimientos de la novela son obviamente los que todos sabemos de las adaptaciones fieles, desde luego los personajes están más trabajados y son más complejos: desde el principio son muy amiguitos, pero ya se hacen sus perraditas y lo de todos para uno y uno para todos será cuando hay que dar espadazos, pero luego en lo privado cada uno va por libre y en más de una ocasión son de la Virgen del Puño Prieto a la hora de invitarse o echarse una mano económicamente, además de ser unas personalidades bastante distintas que entran en conflicto: el aristócrata de incógnito con tendencias autodestructivas, el religioso mujeriego y el fortachón cuya mayor aspiración en la vida es matrimoniar con una viuda rica, además del joven gascón que quiere comerse el mundo antes de hora. El tiempo los separará física e incluso ideológicamente, como se ve en las continuaciones, aunque no dejarán de ser amigos en el fondo. Lectura recomendabilísima, por supuesto. También vemos aquí el poder del mito creado por la literatura y el cine: gracias a, y por culpa de, Dumas padre (y sus negros), la figura popularizada de Richelieu es la de estas novelas, básicamente porque Dumas como buen republicano le tenía algo de gato al príncipe de la Iglesia según fuese el día, o escribiese él o un negro, cuando en realidad desde luego que Richelieu era un cabrón con pintas, pero un verdadero súbdito preocupado por la grandeza de Francia por medio de estrategias brillantes de largo alcance, y no un intrigante que se dedicaba a hacer el tonto con espionaje detrás de los tapices.



Maquet, el pagafantas literario.

No nos engañemos: aunque siempre se habla de la de Dumas como de una "novela histórica", a él y y a sus negros les importaba la Historia lo mismo que una mierda de cánido en medio del camino. Los personajes históricos en los que se basan, de hecho, eran mucho más sórdidos y sus motivaciones muy otras: Luis XIII era un misógino apartado del gobierno durante mucho tiempo por su madre (menuda pieza, la señora), lo que probablemente le originó más de un trastorno, la reina Ana era una intrigante miembro de una potencia extranjera y Richelieu tenía toda la razón del mundo para atarla en corto por el bien del país al que él sí sirvió lealmente, mientras que el elegante y caballeresco duquito de Buckinham era un indeseable, un trepa capaz de cualquier cosa y que consiguió mucho de lo que obtuvo metiéndose en la cama del mismo Jacobo I de Inglaterra, o de quien hiciese falta, y que lo raro es que no muriese asesinado antes, muerte que fue todo un alivio para su país ya que era un líder militar no demasiado brillante. Tal es el poder de permanencia de algunas versiones que nos llegan a través de la literatura y el cine (Salieri condujo a Mozart a la muerte), que raro es el que no tenga más o menos claro que Richelieu era un conspirador contra su soberano y Buckinham un perfecto y romántico caballero inglés, tal como aparece también cuando se encuentra en un tebeo español con El Corsario de Hierro. La historiografía, por su parte, juzga a Richelieu como uno de los mayores arquitectos de la preeminencia de la corona francesa en Europa que duró hasta la Revolución, mientras que considera que el daño que hizo Buckinham a los intereses de la corona de Inglaterra fueron más que considerables, y que cual moderno dirigente del PPSOE le importaba un carajo su país y sólo le interesaba medrar personalmente. La verdad es que siendo tan chauvinistas los franceses, Dumas y sus negros, como tales, no hacen en cierto modo sino darle la razón, al menos un poco, a los enemigos de su país en esos tiempos.


Es decir: como novela histórica, Los tres mosqueteros es un despropósito, pero como novela de aventuras es una de las obras maestras del género, sin duda. Nuevamente, podríamos discutir cuáles son las licencias posibles al tratar la Historia. Pues bien: Dumas se folla a la Historia, pero podríamos decir que con cariño, y más o menos después la deja como está. Los conflictos son los mismos, los resultados finales son los mismos, y todo sucede como debe suceder; sólo que, guiándose por sus filias y fobias personales y por su sentido de contar una historia con celos, intrigas y lo que haga falta para que la gente siga leyendo, recurre a la muy noble idea de mentir como un bellaco y que la narración fluya y sea apasionante. Por cierto, existió un tal señor militar llamado Charles de Batz-Castelmore, conde de Artagnan, cuya vida contó noveladamente en un libro un autor también mosquetero, Gatien de Courtilz de Sandras, en el mismo siglo XVII, y tanto el personaje real como el inventado por Dumas murieron el 25 de junio de junio de 1673. Según cuenta la leyenda, Dumas sacó ese libro de una biblioteca para "documentarse", y a día de hoy todavía están esperando a que lo devuelva. Según parece Dumas era un tipo estupendo con el que salir de copas, pero lo más seguro es que durante la noche te levantase la novia, te sablease todo tu dinero para irse a putas y después de meterte en una pelea a muerte te dejase totalmente tirado y que te las apañases solo.
Estatua de D'Artagnan en Mastrique, donde murieron tanto el personaje histórico como el de Dumas

Sobre la serie de este año de la BBC, las imágenes no dicen nada bueno. En la primera escena del primer capítulo matan delante de D'Artagnan a su padre, ¡vendetta!, y aparecen unos enmascarados robando que dicen ser mosqueteros del rey, y a la gente le parece normal. Imaginaos: estáis en un centro comercial, entran unos enmascarados que dicen sin venir a cuento que son policías nacionales o de la bripac, y no tenéis mejor cosa que creer lo que dicen. Yo ya sé que todo esto está en dominio público y cada uno puede hacer y deshacer como le dé la gana, pero si hay leyes que protegen el patrimonio cultural y se encargan de evitar su degradación, si no a nivel estatal al menos a nivel de público deberíamos saber defender estas otras obras que no gozan de la misma protección, al menos cerrando la muralla.


Mosqueteros multiculturales que siguen la moda darkmetal de Vikingos.


Y ahora llegamos a la adaptación de nuestro amigo Paul W S Anderson, conocido como uno de los padres de las adaptaciones de los videojuegos, y que hizo "delicias" como Soldier (no la salva ni que esté Kurt Russell), y Alien vs Predator, esa película donde todo es de noche y no se ve casi nada, pero visto lo visto de lo que pasa en ella casi mejor que no, porque tiene el dudoso honor de que el ripofeo tanto de ella como de su continuación, Alien vs Hunter, lo tuviese muy difícil para ser peor incluso, además de tener a su favor que saliese Ralph Hinkley, que siempre aumenta su encanto. Aparte de esto y las pelis de Resident Evil, poco más que poner en tan impresionante currículum.

Al lío:




A ver: si a mí no me importa que haya barcos voladores, ni que me cambien cosas, ni que se lo tomen de coña. Lo que me da yeyo es que todo, absolutamente todo, no tenga ni pies ni cabeza ni haya por dónde cogerlo, y que como es habitual primero pensemos en las escenas molonas que vamos a poner, y luego si eso ya pergeñaremos un guión o algo que se le parezca que las una, o algo parecido, cuando no se limitan simplemente a ponerlas unas detrás de otras hasta que llega el ansiado FIN. El sistema bottom up para hacer guiones como que me parece que no termina de cuajar. Tampoco me entendáis: no estoy en contra de la molonidad, de hecho las versiones de 1948 y de 1973 de las que hemos hablado antes no ocultan su intención de ser molonas como películas y de que haya escenas molonas y espectaculares, sin más objetivo que entretener, maravillar o hacer pasar un buen rato. El problema con el que nos encontramos ahora es la posmolonidad, en la que parece que todo puede valer como molón porque sí, porque sale en pantalla y porque pasan cosas que, aunque no tienen ni pies ni cabeza ni se articulen entre ella, son molonas. Volviendo al asunto de la "deshumanización del arte", este fenómeno nos conduce de nuevo a un simple "molón y épico porque sí", un simple juego del más difícil todavía y de una pura retórica formal y de repetición de motivos autorreferenciales que en realidad enmascaran una completa falta de originalidad, una molonidad ensimismada y para-sí que pretende huir de la realidad pero se topa con otra todavía peor, y que sólo conduce al hastío, al aburrimiento y a una completa enajenación del arte, en este caso cinematográfico, de su componente humano y de la realidad en la que éste vive y le da sentido. Una realidad que se puede manipular, con la que se puede jugar y hacer mil cosas, pero nunca negarla en su esencia o dejarla completamente de lado, porque entonces cuando te topes con ella será mucho peor.


Tampoco confundamos esto con cierto virtuosismo o ganas de demostrar un legítimo dominio de las técnicas de creación artística. Como se ha dicho desde hace tiempo, uno de los pocos reductos que quedan ya en lo que respecta a hacer una historia más o menos clásica, con humor equilibrado y contención, son los dibujos animados, películas que, parece mentira, cuidan en muchos casos el guión mucho más que otras producciones. Pues bien: raro es que falte el momento en esas películas, realizadas a día de hoy con las más modernas técnicas de modelado 3d y motores gráficos, en el que los realizadores hagan un "esto va a quedar chulo que lo flipas", y se marcan la escena de "¿somos buenos o qué?", escena en la que los personajes hacen todo tipo de piruetas mientras el escenario gira virtuosamente en ángulos imposibles, suena música, y todo lo que os podáis imaginar. Esas escenas molan porque están integradas en lo que nos están contando, es un ejercicio de virtuosismo técnico justificado tanto por la misma naturaleza de la animación como porque se les suele dar un contenido dramático adecuado, y sobre todo porque por su carácter único en la película permiten que uno la aprecie en su contexto; es la diferencia entre disfrutar un trozo de pan con mantequilla, que te sabe a gloria, que zamparte a palo seco medio kilo, que acabas odiando a la cabaña bovina mundial. Por ejemplo en una película de imagen real, Spider-man (2001), la escena de cierre y despedida era un "solo de guitarra" con el personaje columpiándose de forma frenética por Nueva York en unos planos espectaculares acompañados por música rimbombante, escena que es coherente con las habilidades del superhéroe y permitían que la película acabase literalmente "en todo lo alto" después de la escena del entierro. Este estrambote no es necesario en realidad, es más que nada un ejercicio de virtuosismo a modo de epílogo, pero termina estableciendo al personaje tal como lo conocemos, triunfante, poderoso, confiado y dispuesto a todo tipo de aventuras. También es un canto a la castidad de los geeknesitos, claro: "No me pincho a la Mari Juana, pero me molo yo solo balanceándome entre los edificios, que es más mejor", como el chiste de la rana que habla. Pues eso, nos dice Peter: ¿quién necesita novia si puede ir por ahí tirando telarañas? Si os recuerda a la escena final de Superman (1978) volando por el espacio con las fanfarrias mientras el sol aparece por el horizonte, estáis en lo cierto. En este bloj familiar no estamos en contra de la molonidad bien entendida.


Mari Juana, pagafantas.

De verdad que tampoco es necesario que haya verdadera verosimilitud histórica, pero tampoco hay que ser un dejado en los detalles. Hay departamentos de arte y gente que debe revisar un poco las cosas. Del mismo modo, que algo se pueda hacer con CGI desafiando todas las leyes de la lógica y de la física, no quiere decir que se deba hacer. A ver si explicándolo así se me entiende: ahora mismo puedes ir a la cocina, agarrar el cuchillo jamonero y degollar a tu familia, pero que puedas hacerlo no quiere decir que tengas que hacerlo, o que tener ahí el cuchillo jamonero sin hacer nada signifique que estás perdiendo dinero con él por no darle uso, y si tu coche alcanza los 220 km/h no quiere decir que puedas ponerlo a esa velocidad en una carretera comarcal con curvas. También hay cosas que se deben cuidar un poco. A esto añadimos que esta película es en 3D y casi todo está hecho por ordenador y rodado con las potentes cámaras digitales actuales, con un postproceso con el que básicamente se puede lograr cualquier efecto. Lo que nos encontramos es una película con colores chillones y que cantan a photoshop a la legua, con calles a las que se les nota un renderizado de efecto impoluto y personas, naves y aeronaves hechas con cortapega sin complejos. Vamos, que todo lo que vemos parece sacado de una versión mejorada del Doom o del Quake. No tengo nada en contra de que se generen los escenarios por CGI, pero si se quiere no tienen por qué atufar a píxel que tira de espaldas, sino que se puede conseguir un efecto mucho más suave y natural. Del  mismo modo la alta resolución juega malas pasadas, como se quejaron en su momento los primeros espectadores de los primeros minutos de la primera parte de El Hobbit: todo parece demasiado nítido, demasiado exagerado, las texturas de la piel demasiado tersas y parecidas a las de las paredes pixeladas, y por ejemplo el pelo del rey parece tan irreal que no puede uno dejar de pensar que es una peluca.

Las cagadas de guión son la pera. Ya desde la voz en off, que nos avisa que "sólo un puñado de hombres puede evitar el Apocalipsis que se avecina". Primero: tío, relaja paquete. Ya desde la primera escena ponerse a hablar de Apocalipsis me parece excesivo. En segundo lugar: no sé si esto es una realidad alternativa o qué, pero si es 1625 como en la novela, la Guerra de Los Treinta Años ya lleva en marcha ocho. De hecho, sin esa guerra en curso, la historia de los tres mosqueteros no tiene ninguna lógica ni razón de ser. Y, en efecto, esa tremenda guerra tuvo unos efectos devastadores para Europa, y dejó despobladas varias regiones enteras, pero vamos, tampoco fue el Apocalipsis. De exagerados está el mundo lleno.


La cuestión es que los mosqueteros no son exactamente mosqueteros, sino una especie de navy seals a los que conocemos en una primera escena en... Venecia. Y vemos a Athos saliendo del agua con un primitivo traje de inmersión. A ver, que tampoco me parece mal estos elementos anacrónicos a los que con demasiada frecuencia se les termina asociando el excesivamente genérico término de steampunk, que a este paso va a no significar nada, pero es empezar a tomar el rábano por las hojas desde el primer momento. Podría llegar a aceptarlo, pero tío, no sé, cúrratelo un poquito más. Es decir: ponle un tubo para respirar, una bombona de un inverosímil aire comprimido cuatro siglos antes de tiempo, algo. Pero no: el menda lleva un traje impermeable, sin aire, y respira su propio dióxido de carbono. Los mosqueteros son la leche: los dejas en pelotas en medio del Polo Norte y un par de días después te los encuentras en el salón de tu casa con medio millón de dólares y una enorme sonrisa, como Steven Seagal. Bueno, en realidad sí hay una explicación, ahora que lo pienso: sólo necesita unos segundos de aire para respirar... ¡porque acaba de salir de una escotilla del Nautilius, que está justo abajo, ya sabéis, a unos pocos metros del fondo cenagoso de Venecia donde cabe un submarino nuclear! Es la primera escena de la película y ya marca el estilo, porque se ha puesto a un equipo de departamento de arte y vestuario al servicio de esa escena... pero la escena no se sostiene, no tiene ninguna lógica. ¿Por qué Athos va con ese incomodísimo equipo de inmersión? No parece coger a los guardias más de sorpresa, ni consigue nada que no hubiese logrado de ir simplemente nadando por el canal. Es decir: la escena no tiene integración con nada, ni ningún sentido interno o en relación con el resto de lo que va a pasar. Simplemente a un descerebrado se le ha ocurrido que un buzo vestido de cuero mola, de forma totalmente exenta, y con eso ya llega: si mola por el simple hecho de molar, se justifica. Por supuesto, en Venecia es Carnaval y hay fuegos artificiales. Ya es casualidad: siempre que la gente va a Venecia es Carnaval. Para mí que lo celebran ya todas las semanas, por el turismo. Otra explicación no le veo. Es como Nueva York, que raro es el día que no es San Patricio. Tampoco es que tenga ninguna importancia en la película, ni se ve nada de él, pero es Carnaval.


Después seguimos con más cosas: van a buscar los planos de los inventos desconocidos de un tal Da Vinci, al que siguen llamando así todos los paletos del mundo gracias a Dan Brown, que es como llamar de Mileto a Tales o de la Mirandola a Pico. Del mismo modo la manía de no tener la más mínima imaginación: oye, invéntate cosas nuevas para una película ambientada en el siglo XVII, escurre las meninges un poco y crea escenas de acción originales; pero no, ponemos las escenas típicas de Resident Evil, como a Milla corriendo, con faldas y a lo loco, por el típico pasadizo por el que salen dardos por todas partes, trampa idiota donde las haya porque se elimina con un par de perros a los que no tengas demasiado cariño, tirando piedras al suelo o, tal como vemos en este caso, corriendo rápido como Usain Bolt. ¡Vaya mierda de trampa mortal! Después de poner unos cartuchos de dinamita (va, venga, qué más da), vemos otro ejemplo de guión ad hoc. Las escenas de agua saliento a borbotones como cuando se inunda un túnel molan mucho, sólo que eso implica semejante presión de agua que ni se explica entrando de una mierda de canal poco profundo veneciano a un nivel inferior sino que hace poco menos que imposible que alguien pueda haber salido de allí nadando, cosa que tampoco vemos, elipsis narrativa y lo hizo un mago. Oye, que los problemas de vasos comunicantes y presión del agua, gatos hidráulicos y demás los hemos hecho todos en secundaria, ¿eh?, así que no hay excusa Pero da igual: la escena la ponemos porque mola por sí misma y había una parecida en una película de Die Hard, posmolonidad en estado puro.


Poco después aparece Buckinham con la traición de Milady (que sólo es el rollete de Athos; adulterio no, gracias), interpretado por Orlando Bloom en su registro habitual: cara de nada, que para hacer de elfo puede pasar, pero en todo lo demás para matarlo. Buckinham, en vez de ser un refinado noble inglés, es el típico shuloputas con una actitud y diálogos que podrían cuadrar sin problemas en el típico capo del narcotráfico. Sí, después de regodearse en la contemplación de los planos lanza un siniestro BUAJAJAJAJA echando la cabeza hacia atrás. Si no me creéis no tenéis más que ver la película. A no ser que te llames Doctor Maligno, por el amor de Peich, no sueltes la carcajada maléfica.



 
Bueno, al agente Smith se lo perdonamos porque sólo sigue un algoritmo algo mal hecho.

La primera escena de D'Artagnan también es buenísima: no sólo se va con su caballo nada más acabar de entrenar con su padre, así todo sudado, sino que se marcha sin una muda limpia ni un bocata de queso brie con nueces y una botella de vino que le ha preparado su madre para el camino, ¿qué mierda de franceses son éstos?, y cuando llega a la venta donde se encuentra con Rochefort éste no manda a sus criados darle una paliza, sino que directamente le pega un tiro a sangre fría, para que veamos lo malo que es, y Milady no lo salva porque están haciéndole perder el tiempo, sino porque "es muy guapo". Si al menos sólo fuera ése el diálogo más ridículo de la película...


Después de esta peripecia D'Artagnan llega a un París hecho por CGI, donde todos los adoquines son del mismo tamaño, color y textura, y donde todos están tan impolutos que parece que se podrían comer sopas en ellos. Y al fondo vemos, por supuesto, a Nuestra Señora de París, pero la vemos a través de una deformación del espacio tiempo porque está como llegará a ser a mediados del siglo XIX tras la imaginativa "restauración" yeyé de Viollet le Duc, con ese tejado a dos aguas de hierro, la tremenda aguja de diseño tecnoorgánico que no desentonaría en un dibujo de Giger y esas preciosas gárgolas que luego saldrán también en la película de Disney. No sé, pero hay departamentos de arte para esas cosas, ¿no? Me diréis lo de siempre: es que es una película. Coño, pues entonces que me pongan también la Ópera de París, el Barrio Latino, las avenidas diseñadas por Haussman, y por supuesto el Arco del Triunfo por el que los que han hecho esta película se están pasando el más elemental respeto por el cada vez menos respetable. Eso sin contar que parece que en ese París tan impoluto todo el mundo por la calle viste sus mejores galas, cuando alguien ataviado de ese modo, y por lo tanto de una elevada clase social, nunca se mancharía el calzado ni tan costosos vestidos con la inmundicia de las calles. Ah, no, que las calles están más limpias que ahora, así se explica.

París de la France. Capital de la moda desde el s XVII.
El primer encontronazo con los mosqueteros no es ni mucho menos en el cuartel donde debería ir a personarse ante el famoso jefe de la guardia del rey, sino que todo eso se olvida desde el primer momento, así que D'Artagnan podría haber ido a hacerse mosquetero como a estudiar derecho en París 8. Primero tropieza con Athos, que por alguna ignota razón se dedica a retirar a borrachos de la calle y beberse su vino babado, algo muy propio de un oficial y caballero como él, lo de noble vamos a dejarlo porque no se dice en ningún momento. Después del correspondiente reto, se topa con Porthos, y ya vemos que en ocasiones hay algo de porquería en el suelo, mientas que en otras el suelo parece de cemento, lo que se dice la superficie de cualquier estudio de cine o la jeta de algunos guionistas y directores.

Pero esto no es nada, porque cuando uno realmente se agarra a la butaca es con el encuentro entre él y Aramís. Veamos: D'Artagnan ha bajado de su caballo, lo ha dejado tan tranquilo allí atado y se ha puesto a perseguir a Rochefot porque cree haberlo visto, y en ésas está cuando tropieza con los dos mosqueteros con los que se reta a duelo. Cuando ve que lo ha perdido vuelve a por su caballo, que en aquella época dejarlo así en París sin atención alguna sería como dejar tu coche aparcado al lado de las Tres Mil Viviendas con las llaves puestas y la puerta abierta. Pero esto no sería del todo absurdo si no fuera porque cuando vuelve al caballo, que nadie se le ha ocurrido llevarse, se encuentra que está Aramís...

...poniéndole una multa. ¿Por qué? No sé, a mí no me preguntéis. Aramís de guarda urbano poniendo un trozo de papel en un caballo. Yo igual es que soy un tiquismiquis, pero si llega D'Artagnan, la tira al suelo y pasa de todo, ¿cómo se la reclaman luego? ¿Los caballos tienen matrícula? ¿Le va a llegar la multa a sus padres en Gascuña? No sólo eso, sino que además escribe la multa con una pluma llena de tinta, sin tintero ni nada, y luego se mete el talonario y la pluma en el cinturón. Las manchas de tinta no importan, claro. Pero lo mejor es cuando D'Artagnan se le pone chulo y le dice que a santo de qué esa multa. El inverosímil policía municipal vestido de paisano que es Aramís, y que firma las multas así, con su monónimo de pila o artístico, como Prince, no le dice algo mínimamente lógico, como que estaba interrumpiendo el paso de otros vehículos, sino que es porque el caballo se ha cagado en la vía pública, código 13814, atención, un caballo se ha cagado en la calle, llamen a las fuerzas especiales, repito, un caballo se ha cagado en la calle. A ver, que igual no me habéis entendido bien: Aramís le pone una multa a D'Artagnan, en el siglo XVII, porque su caballo se ha cagado en la calle y no ha retirado la caquita del animal. Me imagino que al final saldrá una versión extendida, o aparecerá una escena eliminada, en la que Aramís le dará la siguiente explicación: "Tu caballo se ha cagado en este precioso París generado por CGI donde todas las casas parecen nuevas y recién hechas y se pueden comer sopas en la misma calle de lo limpias que están. Aquí todos los dueños de caballos, mulas, asnos y bueyes van con su bolsita de plástico y recogen la caquita de sus animales". De vaciar el orinal por la ventana tras un escueto "¡Agua va!" me imagino que ya ni hablamos. Que tampoco es que quiera ver a gente con los dientes podridos y el pelo churretoso, y caminando entre la mierda, pero todo tiene un punto medio, creo yo. Como me dijeron unos amigos míos andaluces, en la Feria de Abril los caballos se van cagando por donde quieren y no pasa nada, luego se limpia y listo.

Es en esos momentos en los que uno dice que ha debido ser un error, que sin saber cómo está en medio de una película de Shrek sin darse cuenta. Porque el asunto es que la película no asume estos absurdos, ni se toma todo a cachondeo desde el primer momento, lo que podría haber sido hasta gracioso, y por mí como si además rompen la cuarta pared y queda bien. Quiere ser ÉPICA, como todas las pelis de este señor y según los cánones de lo ÉPICO de la posmolonidad, de modo que estas cosas son en serio. Pero esto no es ni frikismo moderno, ni gusto por la aventura ni leches. Vamos a ver, ni siglo XVII ni ahora: aunque seas un malo, no andas por ahí matando a gente a pistola por un quítame allá esas pajas, más cuando eres un malo que tiene que ir por ahí de incógnito y sin llamar la atención, lo lógico es pedir a tus criados que tundan al chico a palos, y un pringado venido de Gascuña, ¡¿qué sentido tiene que rete a duelo a alguien que viene a ser un funcionario del gobierno en el ejercicio de su función?! ¿No sería como mínimo un delito o una falta muy grave? Te vienen a cobrar lo impuestos y retas a duelo al recaudador, seguro. Esto es sencillamente no saber nada del mundo, ni de cómo hacer un personaje ni de cómo conseguir que esos personajes se conozcan entre ellos. Y más grave: es que Dumas ya te lo daba bien hecho y en bandeja, pedazo de mónguer.


A continuación se nos presenta a otro importante personaje, Richelieu, al que visita Madame de Winter. El despacho de Richelieu, eso hay que reconocerlo, mola mucho, porque en el suelo tiene una proyección de Mercator de parte de Europa, con enormes figuritas de plomo para echarse unas partidas que no veas a algún juego de guerra con sus coleguis, supongo que el padre franciscano que por alguna extraña razón está haciendo guardia al lado de su mesa sin decir ni pío. Cuando Milady ve que hay un tablero de ajedrez pregunta al bueno de Hans Landa cuál es su rival, y en la décima de segundo que tarda éste en responder tuve una intuición y me dije: "Nonoporfavornoquenolodigaporfavorquenolodigaquememueroaquímismodiosnopuedesertancruel". Pero va y lo dice: "Yo mismo. Nadie más me plantea un mínimo desafío". De verdad que esas cosas hacen llorar al Niño Jesús y a Bobby Fisher. Por cierto que en la película Richelieu por estar está, pero como si no estuviera, aunque se supone que su objetivo último es nada menos que derrocar a la monarquía y ponerse él como gobernante. Macho, ¿te has dado cuenta de que eres un cardenal? No sé, igual la nobleza y el Papa tienen algo que decir al respecto, no sé. Mira, me da igual. Siguiente escena.


La siguiente escena es la de D'Artagnan que, igual que en la novela, se va a batir con los otros tres personajes. Como los guionistas no tienen vergüenza ni muestran atisbo de haberla conocido nunca, no se van a batir en el patio de una abadía o en un cementerio, sino en una plaza por la que pasa la gente haciendo su vida normal, y al que no le guste que la gente se mate a la puerta de su casa o cuando va a comprar verduras, que se vaya del pueblo. Al saber sus nombres dice: "Los Tres Mosqueteros. Os conozco". Cuidado, paren la proyección. ¿Los conoces? ¿Con el internet que tenías en Gascuña? ¿Por la tele o los periódicos de París que llegaban como mucho con un día de retraso? ¿Llaman así a estos señores por la calle, "cuidado que vienen los tres mosqueteros"? Toma ya. Como Los Tres Amigos de Disney, oyes. Esto está empezando a ser demasiado autorreferencial. Eso sin contar que en toda la película en ningún momento irán vestidos de mosqueteros, porque no los vamos a hacer renunciar a su forma de vestir con la que expresan por medio de la moda su personalidad. Además es bueno que los distingamos por cómo visten, ya que la película está tan ocupada en otras cosas que en desarrollar un poco sus personalidades que por su forma de actuar y hablar los tres son prácticamente idénticos, sólo destaca un poco Porthos por ser el más corpulento y porque suelta mamporros como Taurus. No, que dice el mozo que los conoce por su padre, aunque ni cuadra la edad del señor ni mucho menos se andan poniendo por ahí esos apodos colectivos porque sí. A ver: ése es el título de la obra, no el nombre de una banda como los T-Birds. A todo esto, aunque el personaje de D'Artagnan es considerablemente chulo, destemido y perdonavidas en la novela (son los noblotes de pueblo de Francia, como nuestros queridos aragoneses y su nobleza baturra), en la película el mozo es un chuloputas con tendencias suicidas al que no sé qué modales le enseñaron allá en su casa del pueblo. Se entera también que lo de entrar en los mosqueteros es cosa difícil y los otros tres están en lo que viene a ser el paro (de ahí lo de Aramís de guardia urbano), sobre todo "por los recortes" y "alguna misión fallida". Dolor de cabeza.


Como todos supondréis, entonces llega la guardia del cardenal, y quieren detenerlos porque están prohibidos los duelos, y luchando los cuatro juntos se hacen amics per sempre na no naino na na nai. Y yo lo entiendo: batirse ahí en medio de todo el mundo en una plaza es ir provocando. Y aquí es cuando tenemos que hacer una disquisición: probablemente hayáis oído hablar de conceptos como "la deshumanización del arte", pero es necesario ampliarlo y profundizar en él, y pasar a hablar de "la monguerización de las artes", que es solidario con nuestra ya conocida Teoría de la Molonidad. Arte hecho por y para monguers, y sobre todo molón hasta el delirio épico. Como ya he comentado en otras ocasiones, el arte no se desarrolla de forma lineal, a veces retrocede en sus expresiones y formas, y ejemplos hay muchos. Como sabrá cualquiera que haya tenido un profesor de arte medio decente, hay un ejemplo muy claro en el Imperio Romano: a medida que éste cae en el hastío y la mediocridad su arte, víctima de la pobre inversión en i+d, empieza a producir unas obras que se perciben como mucho más mediocres que las de su época de esplendor político y económico, y esto se ve reflejado en la simplificación de los motivos y en una cierta infantilización de los temas y en  su tratamiento. Mientras que en el pasado el artista era capaz de que se distinguiese al emperador por el tratamiento de la figura frente al resto, se pasa sencillamente a hacerla... más grande, algo que se heredará en la Edad Media: todos los personajes son iguales, pero el rey es la figura más grandota. Más grande es más molón, más siempre es más y mejor, el mantra de la molonidad. En el cine lo vemos: los metrajes monstruosos sin ninguna justificación, y que no implican más profundidad o el desarrollo de una historia realmente compleja, sino la simple acumulación de escenas superfluas, y sobre todo el gigantismo, la estridencia y la hipérbole propias de una mentalidad infantiloide, que ni siquiera podríamos equiparar a las hipérboles y exageraciones de la épica oriental como en el Ramayana, por ejemplo, pues tienen un significado y dimensión distintos. En la novela, y en las versiones más comedidas en cine, los tres mosqueteros y amiguete luchan contra cinco o seis guardas del cardenal, que se supone son también espadachines consumados. Como los cuatro ganan, se considera que ésa es una hazaña de gran mérito, lo que hace muy feliz al rey al ver a sus hombres, en tan escandalosa inferioridad numérica, vencer a los guardias de su rival Richelieu. En la versión de Richard Lester, de hecho, Aramís advierte a sus amigos de la dificultad de ganar en un combate tan desequilibrado como es cuatro contra seis, y que la cosa se les puede poner muy difícil. Estos combates en desventaja se nos habían mostrado en cine reflejados con gran pericia técnica, espectaculares piruetas y fintas, y todo lo que uno quiera. Uve doble ó doble ve, qué portento, cuatro contra seis y vencen. ¡Error! ¡Molonidad negativa! ¿Qué mierda es esto, cagontó? En la versión de 1993 ya vemos una escena en la que los tres se ponen delante, a lo chulo, de un mogollonazo de guardias del cardenal. La cuenta es clara: si cuatro contra seis mola, cuatro contra doce... ¡tiene que molar el doble, o más, molonidad exponencial! La Molonidad no entiende de lógica, y es contraria a la razón y cualquier forma de comedimiento. La razón nos dice que llegado un cierto número, por muy bueno que seas, te verás desbordado por completo, pero la Molonidad ha entrado en modo ÉPICO, no entiende a razones y empieza a multiplicar en un bucle infinito: dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y seis son doce y cuatro dieciséis, y ocho veinticuatro y ocho treinta y dos, ánimas benditas, me cago en to.

Primer Mandamiento de la Santa Madre ÉPICA.

Los noventa fueron molones, eso no lo niega nadie, pero en estos veinte años la progresión de la monguerización de lo épico molón ha sido imparable, y esta película tiene que ir más allá que la anterior, así que los tres más uno no lucharán contra seis, ni contra diez, ni contra quince. ¿Oigo al fondo de la sala alguien que puja por cincuenta? ¿Están seguros? ¿Nadie da más? Allí el caballero al fondo levanta la mano, ¿cuál es su oferta? ¿He oído bien? ¿Está seguro? ¡Adjudicado al caballero del fondo que ha apostado por El Número de Avogrado de guardias del cardenal, 6,022 141 29(27)×10^23! Si el número de los enemigos no se expresa necesariamente en notación exponencial, lo que cuentas no es realmente ÉPICO. Naturalmente, para que sepamos que los guardias son los malos, no van vestidos del color cardenalicio, sino de negro, con ribetes, plumas y escudo en carmín, con lo que parecen más bien la Cofradía del Santo Cristo del Desenclavo de León. ¿Cómo luchan nuestros intrépidos héroes contra ese conjunto de malvados sin poseer armas de destrucción masiva o al menos los poderes acrobáticos y la velocidad del Capitán América? Pues en efecto: los malos chocan unos con otros, se queda mirando azorados cuando los buenos les dan la espalda, y en otras escenas los vemos deambular como pollos sin cabeza, corriendo de un lado a otro como si eso fuera el Desembarco de Normandía. Las escenas de hostia a mano abierta de las pelis de Terence Hill y Bud Spencer luchando solos contra veinte están de lejos mucho mejor resueltas, y al menos tenían la excusa de ser comedias alocadas. La gente, desde las corralas, jalea a los tipos que se enfrentan con arrojo contra las fuerzas represoras del Estado y gritan en plan 15M: "Mucha policía, poca diversión".


Como no hay mejor momento para ello, se introduce en ese momento al personaje de Constance. Veréis: en la novela, y en la película de los setenta, es Madame Bonacieux, una jamona esposa del casero de D'Artagnan, a la que el lúbrico gascón seduce. Este personaje femenino obedece al tópico de la joven esposa casada con un señor mayor y valetudinario que no cumple como debe en sus obligaciones de apagar los naturales fuegos juveniles de su cónyuge, con lo que es inevitable que caiga en brazos de un mozo pintón. En versiones más para todos los públicos se convierte en Mademoiselle Bonacieux, hija del mismo casero, y en tanto que moza soltera interés legítimo del joven mosquetero. Adulterio no, gracias. Aquí... es una rubia que pasaba por allí, la típica rubia que ve que se monta la mundial entre unos tipos y varios millones de guardias y en vez de largarse de allí a toda prisa o mirar lo que pasa a una distancia segura, se mete tan tranquila en medio del zafarrancho de combate a ver lo que pasa. Como D'Artagnan se aburre con el poco ejercicio que le proporcionan los guardias del cardenal, se pone a pelar la pava con la moza en un diálogo salido de High School Musical o Grease.


-¿Siempre eres así de chulito?

-Sólo los martes. ¿Cómo te llamas?
-Constance.
-Yo Justin... digo... D'Artagnan.
-Debéis ser de un pueblo muy pequeño. Esas frases os darán resultado allí. Esto es Los Angeles París.
-Fale. Pues entonces ya nos veremos por ahí en la bolera, o en el insti.

Ya colegas hasta la muerte, a D'Artagnan lo aceptan los otros en su piso de estudiantes y allí comen jamón serrano. En realidad, en aquella época, y Dumas lo retrata bastante bien, los soldados eran profesionales que se pagaban sus ropas y equipo, e igual que en los tercios españoles los mosqueteros del rey (que para la época fueron verdaderas tropas de élite del ejército francés, y orgullo del monarca), raramente vivían acuertelados como en los ejércitos más modernos sino en "régimen de camareta", de donde procede la palabra camaradería, establecidos por grupos de compañeros que compartían gastos y se auxiliaban en momentos de necesidad, tanto en tiempos de descanso como en las campañas militares. Así pues, los cuatro comparten un criado, Planchet, al que humillan, insultan y le encargan todo tipo de trabajos rastreros, porque abusar de un gordo siempre es cosa de mucha risa, y además es medio tonto, como era de suponer.


Luis XIII, que no es un adulto sino un jovenzuelo del que Richelieu hace y deshace como quiere, recibe a los mosqueteros y al gascón para echarles la bronca. Aparece entonces la reina, que podría ser la madre del rey por la cara reviejía que tiene, y una de sus damas es Constance, que va justo detrás de ella. ¿Qué hace una dama de la reina comprando flores en un mercadillo a la vez que muestra un temerario desprecio por su propia seguridad? Yo... qué... sé... El rey rehabilita a los mosqueteros porque sí y a Richelieu se le pone cara de Iznogud. Se encabrona y le pide a Milady que además de conseguir las cartas de amor de Buckinham que le robe a la reina una joya. Buckinham, al que ya hemos visto hacer el capullo un rato, llega mientras los franceses lo esperan en el Palacio del Louvre, en el que han formado cientos de miles de millones de guardias del cardenal generados por cgi, no ponen más porque no caben, más siempre es más y mejor. Yo no sé para qué tiene Richelieu que conspirar nada, si ya debe contar con más ejército que el rey. Buckinham, como es supermónguer, llega en un barco volador, porque lo más normal cuando tienes una ventaja estratégica y de armamento es exhibirla ante una potencia enemiga, y tira una ancla que revienta el suelo. Soy yo el rey y lo ejecuto allí mismo por joderme el pavimento, que una cosa es recibir a la gente en tu casa y otra consentir que se caguen en el pasillo y se limpien con las cortinas. Al nivel de "¿Te has cortado el pelo?" de una de las películas de Crepúsculo, el duque y el rey no hacen apenas comentarios sobre un aparato volador en el que uno acaba de aparecer, sino que se ponen a hablar de moda, como si Londres fuese en aquel tiempo el árbitro del buen vestir, cuando en aquella época qué os diría yo, París era la mayor ciudad europea... y Londres.... no, ni de lejos, en muchas cosas eran pero que bastante paletos según los avances de la época. Pero bueno, ya sabéis, estamos al nivel de "llevas el modelo de zapatillas de hace un año, negro". Aparece un barco volador, pero nadie le da demasiada importancia. Imaginaos que llega vuestro primo en un platillo volante al balcón de vuestra casa y lo primero que se os ocurre preguntarle (después de qué tal están sus padres, que la familia es lo primero), es que dónde ha comprado esa cazadora tan chula que lleva, y si es de marca o de marcadillo, no por la nave espacial. Por cierto: Buckinham le besa la mano al cardenal, cosa que como sabemos hacen todos los protestantes con un príncipe de la Iglesia Católica.


Escena espectacular la que se avecina o abalanza sobre nosotros. A ver: no soy objetivo. Soy capaz de ver cualquier cosa en la que salga Milla Jovovich, así de claro, igual que vi una película de Jessica Alba sobre coreografías... por la simple razón de que salía Jessica Alba. Y por eso veré cuanta putrícula haga falta en la que salga Milla Jovovich pasándose pantallas de videojuego como Ultraviolet, o las de Resident Evil en la que haga cabriolas cargándose a zombis, ¿está claro? Porque esta escena es muy buena y con muchos significados. Milady contempla desde la azotea del pabellón de la reina a los cgis de unos soldados que están desfilando en el patio, porque para qué vamos a dar voces de mando a voz en cuello en un descampado cuando podemos hacerlo al lado de un palacio y no dejar a nadie echar la siesta, y el día que hagan prácticas de artillería no me lo quiero imaginar. Unos mosqueteros le dan la voz de alto a la señora, porque como es bien sabido los mosqueteros hacen la ronda por las azoteas, no tienen otra cosa mejor en la que ocupar el tiempo ni en dónde mirar. Milady, como si fuera Elektra, da buena cuenta de ellos. Acto seguido se medio despelota, nos ponemos todos en pie y hacemos la ola. Milla podría decir, como las actrices del destape español de los setenta, que lo exige el guión, y nosotros recordaríamos que claro, el guión casualmente siempre lo exige.


D'Artagnan, como cualquier persona en el siglo XVII, le entra a Constance igual que haría Danny con Sandy en el diner de la plaza del pueblo después del partido de baseball contra el equipo rival. Constance le vuelve a recordar que eso no vale en Los Angeles París. Milady, en la azotea y medio despelotá, situada sobre una estatua, se incorpora en un sensual alzado de pompis que ni en Showgirls, movimiento que tiene un doble objetivo: primero, ya que es el único que está en disposición de verlo en ese momento, se la pone dura a Dios, efecto que sólo consiguen, aunque por otras razones, los marines, y en segundo lugar el director nos dice a todos: "Sí, joputas, ese culito es el de mi mujer, y yo soy el que se encarga de que no pase hambre". La escena a continuación, sacada de una película de James Bond.



Si Milla Jovovich fuese un marine, Dios sangraría por la nariz.

El rey le pide consejo amoroso a D'Artagnan, plebeyo al que acaba de conocer, y éste le responde "que sea él mismo", como en cualquier película de Michael J Fox haciendo de tinéiyer en los ochenta. El rey, como es bobo, no cae en que eso, ser él mismo, es ser el rey, y que para empezar no debería preguntar esas cosas, aparte de que no estaría de más que recordase que "Es bueno ser el rey".



Milady mete en el cajón de la reina las cartas de Buckinham y entra en la sala secreta en la que la reina guarda las joyas a buen recaudo, aunque sin embargo están exhibidas como en una joyería, contradictio in terminis que se conoce a la tontería. Ya sabéis, el típico sitio ultrasecreto que hay en cualquier palacio porque si no llega Arsenio Lupin y te roba las joyas. Naturalmente, no hay una red de láseres que protegen el acceso, no sé ni cómo pensáis eso, qué imperdonable anacronismo sería, pero lo que sí que hay es una red de nanohilos de adamántium que te cortarían el cuerpo al más mínimo contacto. ¿Recordáis el chiste de la hormiga, en el que, sin importar lo que le preguntasen al alumno, éste empezaba a divagar hasta que llegaba al tema de la hormiga, porque ése era el único que se sabía? Pues esto es algo parecido: una vez se han hecho varias películas con mallas de láseres que cortan, trampas secretas y cosas así, de ahí no sales, da igual que sea el siglo XVII ó el XXIII, que salgan zombis o mosqueteros. Tú a lo tuyo, a hablar de la hormiga. Milady esquiva los hilos de adamántium con habilidad ninja y roba las joyas. Cuando se empieza a montar el pitote clásico del baile y el collar, la reina pide a Constance que se lo busque, la muchacha entra en el compartimento secreto y ve, desde lejos, que el collar no está en su expositor, hábil recurso para que no nos tengan que explicar CÓMO COÑO se desactiva la red de nanohilos de adamántium.


Constance les encarga a los chicos lo de siempre, que recuperen el collar, y los malos cercan la casa de los mosqueteros, que salen en estampida con los caballos. Los alabarderos se hacen a un lado, que es lo típico que hace un alabardero cuando se le echa encima un caballo, porque lleva la alabarda de adorno, ya que no se les ocurre apoyarla en el suelo y hacer que no pase ni cristo. Saber apoyar la alabarda no saben, su apoyo es moral por lo que parece. Mira, si la gente no sabe hacer su trabajo que se dedique a otra cosa. En Dover, donde los están esperando, Constance se pone la capa y el sombrero de D'Artagnan, prendas tan distintivas y únicas (oscuras) que hacen que inmediatamente los guardias la confundan con él a lo lejos y se larguen todos a la vez a perseguirla sin quedarse nadie a guardar los barcos, de modo que dejan el paso expedito para que los cuatro crucen el canal tan tranquilos. Mira, si la gente no sabe hacer su trabajo que se dedique a otra cosa. Así ni a Fernando VII, amiguete.


La Torre de Londres, que es un cgi muy majo, es más o menos como una fortaleza de SHIELD. En el interior, aunque es de día, tienen un montón de velas. Cuando Buckinham partió de París, había pebeteros ardiendo. Esta gente tiene globos aerostáticos, dinamita y lo que sea, pero dejemos claro que como es una época antigua andan con pebeteros y velas, aunque aparece por ahí una navaja de mariposa sin que a nadie le parezca raro. Velas de día, porque sí. Los héroes planean un plan muy apañao, que viene a ser básicamente lo típico de lo molón: entrar a saco y que explote todo. Ya sabéis: a los malos no se les ocurre tener bajo control un arma devastadora que hace que todas tus otras medidas de protección sean papel mojado. Mira, si la gente no sabe hacer su trabajo que se dedique a otra cosa. Por si fuera poco, la escena está calcada casi plano por plano de una de Matrix, sin cortarse. El director en particular tiene fama de eso, de estar traumatizado porque Matrix no la hizo él. Y después nos reíamos de Brian de Palma y su obsesión por Hitchcock, pero en comparación eso no era nada. La cuestión es que se marchan con el barco volador, que tiene unas velas a los costados, unas delante de otras, con lo que las de atrás difícilmente recibirán viento, aunque quién soy yo para cuestionar los diseños de ese señor tan competente, un tal Da Vinci, y sobre la gobernabilidad del engendro con viento de costado ya no digo nada. A pesar de mis sospechas iniciales de que los globos estén llenos de helio, o de pedos de ángeles, yo qué sé, lo que más rabia os dé, al final se ve que son de aire caliente, con lo que nuevamente entiende uno que estamos en otra realidad o universo, ya que el empuje de aire caliente es básicamente una mierda, y para levantar la masa de un barco el globo tendría que ser del tamaño de Sebastopol. En estos casos, como siempre, aunque parezca mentira, lo mejor es tirar por la vía del medio y no explicar nada: un globo, punto. Si no me pones que es de aire caliente, a lo mejor ni pregunto cómo funciona eso, pero si lo pones igual me doy cuenta de que eso no es así.


Rochefort (que luego se haría inmensamente rico con los quesos) espera a Richelieu en el salón mientras practica con la espada, lo típico que se hace en el despacho del jefe mientras lo esperas. Yo cuando estoy en el despacho de un jefe me pongo a tocar la guitarra o a hacer cabriolas mientra lo espero, no me digáis que vosotros no hacéis lo mismo. Richelieu le echa en cara el fiasco de su task force porque le muestra a Constance dramáticamente vestida todavía con las ropas de D'Artagnan, y falta poco para que le diga: "Mira, si la gente no sabe hacer su trabajo que se dedique a otra cosa". A todo esto, lo de la expedición a Londres y la Torre, con explosiones y demás, no ha valido para nada, porque como dice Athos después, en realidad lo único posible es que Milady lleve encima el collar. Es decir: han ido pa na. E ir pa na es tontería. No ha valido pa na, pero oye, lo bien que nos lo hemos pasado, el aire de mar que hemos respirado, las cosas que hemos hecho explotar, el globo más majo que hemos robado y lo que nos hemos reído. En el globo alcanzan el carruaje en el que va Milady, al que han localizado por GPS, porque además como es lógico los mosqueteros ellos solos controlan la nave y dominan por ciencia infusa el arte de la aeronavegación. De hecho la nave debe ir sola, porque están todos en el mismo camarote, a la vez, así que supongo que dejarían el piloto automático puesto. Que exista un globo así en el siglo XVII en un día tonto me lo puedo llegar a creer, pero que tenga conciencia propia y sepa él solito adónde tiene que ir en cada momento se me hace un poco difícil de aceptar. Eh, es una película, no pasa nada, si en una peli de espías o de gangsters vemos que dos personas están en el asiento de atrás y el coche parece conducirse solo, seguro que ni nos damos cuenta. En vez de cortarle la cabeza, hacen que Milady camine por la tabla y se lance al vacío, y la señora muere como una verdadera pastafari.


Un barco volador francés, dirigido por Rochefort, intercepta al barco inglés incautado por los mosqueteros, seguramente tras haberlo localizado por radar o imágenes de satélite. Lo habrán construido, suponemos, en la órbita de Remo, junto a la Cimitar que salía en Star Trek X Némesis, ya que Milady sabemos que es agente doble e hizo una fotocopia que entregar al cardenal, aunque me parece a mí que los ingleses a partir de entonces se van a enterar de su doble juego, un pálpito que tengo así de repente. Vuelvo a preguntar: con todos esos recursos, ¿a qué espera Richelieu para instaurar su propia dinastía de los patos? Los barcos disparan cañones, como en el mar, pero en este universo no existe ni el momento angular, ni los pares de fuerza, ni mucho menos la ley de acción-reacción. Para que sepamos que son los malos, o muy ventiladores de Piratas del Caribe, han tenido el detalle de poner un esqueleto maléfico como mascarón de proa, al que han atado a la pobrecita Constance. Después de un intercambio de prisioneros se enzarzan en una batalla a cañonazos en la que nos tenemos que creer que hay alguna lógica, y por si fuera poco los cañonazos del navío inglés rebotan, literalmente, en el casco del francés, mientras que al contrario la pupita es más que evidente, lo que no nos sorprende lo más mínimo porque desde que sabemos que existe el adamántium en esa época cualquier otra aleación es perfectamente creíble, así como los campos de fuerza o que ande por ahí Magneto. Se les ocurre la maravillosa idea de meterse en una tormenta eléctrica. Vale, bien.


Por fin, a alguien, se le ilumina un poco el cerebro. Es decir: si en el mar lo más efectivo para hundir un barco no es sino, lógicamente, apuntar a la línea de flotación, entonces en el aire lo que hay que hacer es apuntar al elemento de sustentación, que es el globo, en vez de la tontá de disparar al casco. Y uno piensa: mira tú, quizá por eso los dirigibles y globos nunca fueron utilizados propiamente como armas ofensivas, dada su vulnerabilidad extrema. Qué cosas. Al final la nave francesa se empotra, no había otra opción, en Notre Dame, en la aguja de hierro del siglo XIX, y nuevamente podemos decir, actualizada, aquella frase de "El papel lo aguanta todo"; pues eso: "El cgi lo aguanta todo". En el mundo de las idea puras no hay ninguna limitación. Si esto se tuviese que hacer con maquetas, igual alguien se daría cuenta de que lo más seguro es que el barco así ensartado, dado su peso, se cargaría no ya probablemente la catedral entera, sino que como mínimo arrancaría la aguja y a continuación todo el tejado, o el barco se rajaría por completo. Pero oye, si el cgi te lo deja hacer, no permitas que el más mínimo sentido de la realidad te impida pensar si lo que se puede hacer está bien o mal o tiene algún sentido. La potencia de renderizado, sin control, no sirve de nada.



Tenía que hacerlo.


D'Artagnan y Rochefort tienen un último duelo en el tejado de hierro de Viollet le Duc. Una cosa así como el final de El cuervo, pero mucho más ridícula, con manos que agarran dobles filos de espadas roperas bien afiladas y aguantan el peso del cuerpo sin cortarse apenas, y otras moloneces que hacen que el mundo sea brillante y molón. Si en un momento dado te parece bien que un tipo pueda agarrar el filo de una espada sin que se le corten los dedos como salchichas, ¿por qué te va a detener la lógica, la vergüenza o un mínimo sentido de la decencia intelectual? Lo pones y listo, y el público a tragar lo que le eches. A mí esto me tocó bastante las narices, lo de los filos de espada que apenas cortan en un universo donde existe el adamántium no lo termino de comprender.


El final también mola mucho, porque los mosqueteros consiguen volver a dominar la nave que empotraron en la otra más grande, no ha quedado demasiado dañada y así consiguen llegar al palacio para la última tontuna. Constance se ha teletransportado y ya le ha devuelto a la reina el collar, o en el tiempo que a los otros cuatro les ha llevado aprender ingeniería aeronaval avanzada para reparar el dirigible le ha dado a ella para llegar a tiempo dándose un paseo, hacerse las ingles, lavarse y secarse el pelo, y lo que haga falta. El rey le da la mano a D'Artagnan, le agradece sus consejos existenciales, le guiña un ojo y sólo le falta decir: "Tú eres mi kolega, tronco". Como con esto se viene arriba, el chico le come el morro a su jeba delante de todo el mundo, aunque como acompañante de la reina tendría que ser noble como mínimo. No, no hemos visto ningún conato de seducción por parte de Milady ni ninguna tensión sexual no resuelta. El molonismo no quiere ninguna competencia, y si se apaga el cerebro, que es el principal órgano sexual, literalmente: apaga y vámonos.


En la última escena, para terminar de rizar el rizo, vemos que Milady también ella misma debe estar hecha de adamántium, pues no se mató de la torta que se metió contra el mar, sino que la rescató el duque de Buckinham, que dirige una flota de barcos y barcos voladores más numerosa que los granos de arena de las playas o las estrellas del firmamento, y que suponemos que va a invadir Francia, así sin declaración de guerra ni nada, como si fuera japonés, porque Inglaterra y Francia todavía no están en guerra, y por eso Buckinham no se tenía que colar de rondón en el país, porque aquí parece que la Guerra de los Treinta Años ni está ni se la espera. Supongo que a ayudar a los protestantes en el sitio de Saint-Martin-de-Ré no irá, porque en este tipo de películas toda referencia histórica real o conflicto religioso debe evitarse para que el público no se altere, y todo queda limitado a "te mato porque me has mirado mal" o "voy a vengarme de que matases a mi primo segundo favorito". Suponemos que Francia debe tener una flota semejante, con lo que la misión tipo metal gear solid de los mosqueteros del principio parece que fue otro ir pa na, porque tampoco valió realmente para solucionar algo sino todo lo contrario, y va a montarse una guerra con bombardeos de cartuchos de dinamita desde el cielo, destrucción masiva de la propiedad, miles de muertos, etc etc. Es decir: tanto que nos amenazaron con el Apocalipsis y que sólo unos pocos hombres pueden impedirlo, pero no han impedido una mierda. Yupi. La película debería terminar con Athos, narrador de lo del Apocalipsis al principio, haciendo el siguiente comentario.


-Bueno, al final no conseguimos nada y el Apocalipsis llegó a Europa, pero oye, las cosas que hicimos explotar, montamos en un globo, encabronamos al cardenal, el chico se echó novia, las risas que nos echamos, no veas...


Ante esto podríamos preguntarnos si esto es directamente una caca de lujo como The Spirit, o sencillamente una caca, como la anteriormente comentada peli de Jérculis. Pues digamos que es caca de lujo, pero por la mínima. La película tuvo cierto éxito de cartelera, pero parece que no hay amenaza inminente de que se desate el Apocalipsis y hagan una segunda parte. Es decir: el dinero se ve más o menos bien utilizado, los cgis cantan, porque parece que quieren que canten, pero son correctitos, y pare usted de contar. Es mucha caca y poco lujo, eso también hay que recalcarlo.


Siempre habrá quien defienda este tipo de engendros, pero es intentar defender lo indefendible. De hecho, la anterior y posterior películas de este mismo director nos muestran la diferencia. La anterior es la, hasta ahora, última entrega de las pelis de Resident Evil, y la posterior Pompeya. Aunque en muchos aspectos la anterior es, podríamos decir, peor, se dignifica en tanto que, al igual que el porno es su momento, es un tipo de cine que ya no pretende ni serlo, y que como a los productos del porno se les llama películas porque lo son en su aspecto formal, pero al menos tienen la decencia de no soñar ni pretender que en algún aspecto son un producto que tiene que ver con alguna forma de arte. Las películas de Resident Evil, igual que la ya mencionada Ultravioleta con Milla pasándose pantallas de videojuego en modo berserker-épico-divino, casi ni se pueden considerar películas, son la yuxtaposición de escenas molonas donde lo que pasa pasa sencillamente porque pasa, como el porno lo es un encadenamiento de escenas porno, y eso es lo que es una película porno, a la que nadie en su sano juicio le busca lógica, desarrollo de personajes, diálogos con interés ni nada parecido, y habría que ser muy gilipollas o un verdadero degenerado mental para pedir algo así. Como decía Saramago en una novela al hablar de la actividad de un burdel: "Aquí todo el mundo sabe a lo que viene y es gente seria". Hasta cierto punto intentar buscarle lógica o explicación a las escenas de estas películas posmolonas es ya casi como intentar dárselo a que un tipo cualquiera se equivoque al llamar a una puerta, aparezca una loba en ropa interior y a los cinco minutos le esté afilando el lápiz al muchacho como si su vida dependiese de ello. Lo de entender estas cosas como "pornificación" de la realidad, algún día tendré que formalizarlo de forma más sistemática.


Pues eso: mientras que Resident Evil es tan... no sé si decir realmente mala, porque sería tan absurdo como decir que una película porno es cinematográficamente mala por su pobre desarrollo de personajes o repetición de motivos, Pompeya, igual que ésta de los barcos voladores, cae en lo mismo: es una sucesión de escenas en la que los esclavos llaman a sus amos "cerdo insensible" sin que pase nada, el gladiador que mata a gente sin pestañear luego se conmueve ante un caballo al que practica la eutanasia no os voy a decir ni cómo, y hay una escena 
en la que sale sin venir mucho a cuento Londinium (Londres), supongo que sin más sentido que explicar el marcado acento inglés del actor protagonista. Como ya os he dicho, además creo que todas las películas comparten una cierta realidad común, de modo que vemos al prota, Milo, en una versión posterior al Circuito Mediterráneo de Artes Marciales Mixtas que ya conocimos en la peli de Jérculis, y donde, como era de esperar, hay un malo de los buenos, de los de verdad, un malo que es malo por el puro gusto de ser malo y con plena dedicación a la maldad: Jack Bauer. Todo esto, ojito, mientras el director chulea en entrevistas de lo bien reconstruida por cgi que está Pompeya, mientras nos mete, sin vaselina ni nada, que los legionarios romanos van vestidos de negro malvado y que los pompeyanos miran con asquete a los romanos como los iraquíes a las tropas estadounidenses de ocupación, y la prota, que se comporta nuevamente como la tinéiyer de una peli a la que su papi no deja salir con Erik a ver una peli en el autocine, le dice orgullosamente a su interés romántico esclavo y gladiador que ella no es romana, sino ciudadana de Pompeya. Algo así como si dentro de cien años alguien escribe a un personaje actual geeklipollas que dice tan tranquilo que a él le da igual ver un capítulo de su serie favorita un día o una semana después de su emisión. Pues sí: aunque parezca mentira en aquella época ser ciudadano romano, de los de verdad, era tan importante para cualquiera que no lo fuera como ahora verse pocas horas después un capítulo de una serie de la HBO. De hecho, fijaos, yo creo que era incluso más importante.

Para ir acabando, el problema no son los barcos voladores o no. Eso es lo de menos: lo importante es por qué y para qué están, y si están sólo por estar y además creen que con eso basta. En Stardust sale un barco volador de unos marineros que cazan rayos, y te lo crees desde el primer al último momento, porque el tono de la película hace que te lo creas y no te pongas a pensar en lo que no debes. No es que tu cerebro haya dejado de pensar, sino que está pensando en lo que debe, y sabe por qué y para qué tiene que olvidar que los putos barcos no vuelan y que los rayos no se pescan como sardinas. Estas putrículas, sin embargo, en ningún momento sabes por dónde van, te descolocan a cada momento y no hay tono, y por eso las escenas y los diálogos están todos fuera de tono unas y otros respecto al resto, porque para saber por adónde vas y por qué, incluso equivocándote, hay que tener una idea de qué se está haciendo y por qué. Sin embargo, sólo vemos una serie de clichés, de personajes que se comportan de forma idiota según unos estándares que son incluso idiotas para personajes de nuestro tiempo, y que sacados de él son si cabe todavía más idiotas. Por si fuera esto poco, y ya hasta Cracked ha declado la guerra, cualquier supuesta originalidad friki es puramente aparente, y se creen que eso, cualquier cosa con ser supuestamente friki debe llegar. Ya basta de mashups o mezcladijos sin sentido, y pensar que por poner juntos a los Pitufos y Drácula, o zombis en una película de Disney, eso es genial, maravilloso y a todos los frikis se les hace el culo gaseosa sólo de pensarlo. Nada de lo que nos muestran este tipo de películas es original, pese al mezcladijo, porque todo está reciclado de otras películas, y ni siquiera es difícil darse cuenta. No son realmente homenajes, ni referencias, ni nada parecido, porque hasta para copiar descaradamente y que quede bien hay que saber. Así tenemos las escenas tópicas y requemadas de cualquier peli de aventuras formularia, una escena calcada de Matrix, y en la de Pompeya un recital de "principio calcado de Conan, primera y segunda versión", "escena calcada de Máximo de sobrao en Gladiéitor", "escena calcada de Gradiéitor de van a dar candela a los gladiadores en plan masacre", y así una detrás de otra, con muchas otras fusiladas de Espartaco la película e incluso Spartacus la serie, y hasta hay un momento en el que Milo parece que le va a hacer un "final Mad Max" al malo, amaga también un "final Titanic", y lo peor es que está uno ya con tanto callo viendo ese cortapega de ideas que cuando estas escenas copiadas no se realizan te quedas como medio decepcionado cuando no terminan de llegar; todo para que al final, mecagüentó, el volcán se cargue incluso a los buenos, a los protagonistas, con lo que de nuevo, otra vez, to pa na, ni siquiera saben hacer un final de película de aventuras decente y hala, la tragedia sin venir a cuento. Si la palman, todo lo que han hecho hasta entonces, cargarse al malo y lo demás, no ha servido para nada, al final los torra el volcán y listo, suma negativa para todos y a llorar, termina siendo una película que va de gente corriendo mientras los mata el volcán. Por otro lado, tampoco es que uno quiera glosar las virtudes de Los últimos días de Pompeya (1834), y sus muchas adaptaciones con tipos musculosos y erotismo medio sublimado, pero al menos vemos a gente comportándose como alguien que no sea un macarra de la actualidad salido de la MTV, y hay un mínimo de interés por los personajes, aparece el tema central del cristianismo, y coño, tampoco os voy a decir que sea la mejor historia del mundo pero si ha sobrevivido tanto tiempo por algo será. Aquí, de nuevo, todo queda anulado, porque lo humano no interesa, en ningún aspecto, toda dimensión ha sido anulada por una única realidad abstracta que desprecia todo lo humano y que sólo busca deshumanizar, la molonidad en el puro vacío contemplándose absorta a sí misma.

El público acojonado ante el estreno de una de estas películas.

Esta películas, se supone, juegan como tantas otras en la misma liga que, por ejemplo, las actuales adaptaciones de Marvel, tienen un presupuesto elevado y se dirigen a un mismo sector del público al que se le suponen unos gustos parecidos. Es decir: si se quiere, se puede hacer bien, con gracia y sin mear fuera del tiesto de forma lastimosa, y eso sin olvidar que para todo hay clases, pues la segunda de Thor es bastante flojilla. Nadie está diciendo que todo tenga que ser una película de Dreyer o un drama histórico del copón. Incluso hacer una película de aventuras digna con personajes a los que al final todo les sale bien tiene sus reglas propias con las que saber jugar, y no es un simple todo vale, y que el público se trague todo lo que le echen sin rechistar.

Como siempre, no nos equivoquemos: siempre ha habido basura, a montones. En los tiempos de Dumas, otros muchos eran los que se disputaban el favor del público, y por algo el término "folletinesco" tiene las connotaciones negativas que tiene, pues siguiendo la Ley de Sturgeon en la mayor parte de los casos lo único que había en ellos eran torpes caracterizaciones, peripecias que se resolvían con situaciones acadabrantes, y una repetición de escenas y motivos que acababan en un final ridículo. En el cine, tres cuartos de lo mismo, la producción anual es tan ingente que no llegamos a ver ni una ínfima parte de la mierda que se produce, y entre la que, con suerte, destaca por su calidad un nimio 10%. Eso siempre ha sido así.


Episodio de South Park sobre "el nivel" al que ha llegado la televisión, y cómo subirlo.

Quizá lo que sí caracterice a las últimas décadas haya sido un descaro absoluto en la presentación de la vulgaridad, un "todo vale" supuestamente popular por parte de algunos que, aprendidas las lecciones más básicas pero fundamentales del posmodenirmo popularizado (al que yo suelo llamar posmopop), han decidido que los convencidos degustadores de mierda tienen todo el derecho a hacerlo, que no digo yo que no, y que los que los proveen de su basura favorita por su parte tienen todo el derecho del mundo a enriquecerse a costa de los que nunca se cansan de consumir  bazofia, que tampoco tengo nada en contra. Lo malo es que los segundos, temerosos de su cuota de mercado, terminan imponiendo su producto como el único posible, y no se conforman con enriquecerse haciendo mierda sino que además exigen ser considerados como verdaderos creadores de algo bueno, desean además del dinero la fama y el reconocimiento de su mérito artístico, simplemente porque sí y haciendo uso de esa ideología que lo iguala todo, pues todo queda confundido en ese marasmo en el que tanto da ser un conocedor de algo como un ignorante, todo se resume a una cuestión relativa en la que ser un burro o un gran profesor es una cuestión de elección personal que no sólo debe ser aceptada y respetada por todos los demás, sino además admirada. ¿Por qué ha pasado esto? Quizá un fracaso de las élites en general, que han ido poco a poco cediendo terreno no ante un supuesto igualitarismo en el que el nivel medio ha ascendido, sino ante una elitización puramente formal de los que por saber no saben nada, pero echando mano de esa ideología perversa saben reproducir los tics y los discursos de las élites, aunque estén completamente vacíos en su fondo. También, por supuesto, porque una vez sustraído el lenguaje eilitista, o de la excelencia, se puede pervertir y hacerle decir lo que se quiera, y simular una calidad inexistente por medio de la suplantación de sus manierismos. De ahí que nos encontremos glosas a la mierda de Michael Bay o Brukheimer en un tono que no difiere en nada a los plúmbeos artículos de Dirigido Por, aunque no es difícil darse cuenta de que la admiración por esos señores, como la de otros por Dan Brown en lo literario, poco tienen que ver con la percepción artística sino con el éxito social y económico: el friki descastado defiende esos casos u otros peores porque sabe que él mismo no tiene más posibilidad de triunfo que desenvolverse en el reinado de la vulgaridad y de la mediocridad sobre la que se conoce en el fondo incapaz de sobresalir, y que tampoco le da lo que tiene en la cabeza para analizar o comprender algo más complicado, del mismo modo que la choni de barrio tiene a ese respecto como heroína existencial a Belén Esteban, pues sabe que es más fácil en su caso que suene la flauta por casualidad y que las mismas que son como ella la conviertan en una celebridad por salir en un reality o montarla parda en un plató de televisión que esforzarse y trabajar duro y ser alguien por sus propios medios.

Esto lo vemos en muchos casos. Hace pocas décadas los editores, los jerifaltes de los estudios cinematográficos de prestigio y los directores de algunas cadenas públicas como la BBC, tenían claro que además de servir a un mercado, que los validaba con el consumo de sus productos, no debían claudicar ante los recursos fáciles y un "es bueno si la gente lo consume", sino que había "que hacerlo bien, y por eso la gente sabrá apreciarlo y lo consumirá". Del mismo modo había un cierto pudor, sin confundirlo con la censura, para presentar de forma frívola y morbosa hechos descarnados, violencia sin sentido o puro sensacionalismo, pues una cosa es saber que hay mucha gente ignorante, inmoral, insensible y bestia, y otra saberse cómplice de promover esas tendencias en la sociedad. El posmopop nos libra de esas ataduras: ser una mala persona, o disfrutar con el sufrimiento y fracaso de los demás en un delirio narcisista, sólo es una opción vital, y si ganamos dinero diciéndole a los hijoputas lo correcto de ésa su elección, nadie debe tener nada que reprocharnos, sino que debe alabar lo bien que nos hemos adaptado "a los tiempos", frase comodín tan falta de verdadero contenido como útil para justificar cualquier cosa. Sólo hay que ver el ínfimo valor medio de los programas de televisión, y cómo ha descendido en los últimos años por una competencia feroz que dejó de lado esa especie de pacto de caballeros y que conduce a una espiral cada vez más profunda en el pozo de la mierda. Es fácil ser un pseudoelitista que reniega de los programas del corazón más rastreros que llegan a extremos de verdadera indignidad humana, hasta el punto de que suena de buen tono pedir que los prohíban por vía administrativa, pero luego a la vez ser un consumidor de molonidad con argumentos y personajes que se mueven en el vacío humano, moral y lógico de la más absoluta molonidad, como si no fueran más que dos síntomas de una misma circunstancia histórica que vivimos. Y en la que en cierto modo lo de que una película o un libro sean malos y triunfen es lo de menos, porque cualquiera tiene derecho a gastar su tiempo libre en lo que quiere, pero lo malo es que además esa misma frivolidad, ese mismo ombliguismo e incapacidad para razonar y comprender lo que sucede delante de uno, se ve reflejado en lo que mucha gente dice al intentar comprender algo mucho más complejo, lo que realmente pasa delante de sus narices. Quizá me equivoque, pero si mucha gente no ve los saltos lógicos en el argumento de una película, que aparecen personajes o desaparecen como por arte de magia, o que las propuestas morales que presentan son completamente aberrantes, difícilmente se van a bandear medio bien en un mundo donde entre la esfera política y la publicidad, que nos prometen cualquier cosa para que probemos sus productos, nos atacan de continuo por todos lados. De hecho es algo que se ve todos los días, cómo alguna gente se traga bulos de internet sin darse ni cuenta y cómo, curiosamente, muchos de lo que van más de listos y enterados luego son a los que con más facilidad se la cuelan por mucho que crean estar en guardia, o no se dan cuenta de que declararse irracionalmente friki de algo es más o menos lo mismo, si no peor, que seguir con cierto fanatismo a un equipo de fútbol, o justificar hasta extremos ridículos las componendas de un partido político. Efectivamente, es la época del "todo vale" y de la confusión absoluta en la que a río revuelto todos somos pescadores y todos somos piezas que colgar en la pared, y se puede llegar a cualquier sevicia por llamar la atención, crear cualquier montaje o psicodrama falso en el plató de un reality, o que unas Spice Girls holandesas se filmen cantando mientras se hacen un dedo, y todo el mundo aplaude sin importar más que la consecución del objetivo marcado, que te hagan caso a ti y no al otro, sin que cuente la importancia, pertinencia, dimensión ética o calidad de los hechos en sí, que sólo se deben juzgar por sí mismos de forma autónoma, porque hay que vivir en el más absoluto vacío ético, estético o humano. Bueno, eso mientras lo que ocurra no lo toque a uno en persona, pues entonces hay que elevar el grito al cielo, nuestros derechos autoconcedidos se han visto violados y todo, absolutamente todo, hay que tomárselo como un atentado a nuestra felicidad y como algo personal, como si fuese uno un niño de cinco años. Para ilustrar esto recordemos que en estos últimos días hemos asistido al cierre de varias cadenas de televisión, algunas de ellas de programación de dudosa calidad, por problemas puramente administrativos; independientemente de la justicia del fallo, muchos se han sentido directamente agraviados y heridos en su dignidad por el cierre de esas cadenas, que repito que desaparecen de forma totalmente independiente de su contenido o calidad, pero para algunos ha sido como si alguien hubiese planeado jorobarlos a ellos en persona. Sin embargo si hubiesen cerrado canales de contenidos para ellos aborrecibles, o indiferentes, les habría importado un pimiento. Todo lo que ocurre a cinco centímetros de su ombligo está más allá del Horizonte de Sucesos. En serio: si crees que Sálvame es una bazofia pero que lo de jackass o ver a un tipo poniéndose malo mientras se empuja hacia dentro una cantidad inhumana de comida es algo tremendamente simpático y gracioso, tenemos un problema pero que muy grave.

No hay duda de que la irrupción de medios como internet, con su inmediatez y su capacidad para que cualquier soplagaitas como el que suscribe pueda abrirse un blog y decir lo que le da la gana, es algo positivo, pero también ha abierto la puerta de un mundo mucho más agresivo en algunos aspectos, y en los que quizá algunas protecciones o diques del pasado que nos protegían de la inundación de la mierda han volado por los aires por completo, lo más seguro para siempre. Cada uno está más o menos solo frente a la inundación de la mierda, no sólo en el aspecto estético, eso sería lo de menos, sino en tantos otros más, y cada uno tiene que apañárselas más o menos solo para distinguir muchas cosas que, presentadas bajo muy bonitas apariencias o arropadas por discursos que antaño identificaban unívocamente a algunas realidades bien conocidas, ahora hay que mirarlas con lupa no vaya a ser que vengan con una bandera de conveniencia y cuando uno se descuide te encuentres con un barco pirata.

En el mundo de la apariencia, de la falsedad que no se reconoce como tal sino que busca verse reconocida como lo auténtico, cada uno tiene que tener más claro que nunca cuáles son sus valores frente a aquéllos que te digan que si no te gustan los suyos que no hay problema, que tienen otros. Eso si uno se ve capacitado o con fuerzas. Si no, siempre puede apuntarse al "todo vale" del posmopop, y confiar en que al final nos tocará la lotería y seremos nosotros quienes conseguiremos colársela a los demás.


-SuperSantiEgo.