28.2.15

Más sobre los límites de la ciencia ficción, ciencia ficción retro y paradojas temporales

Continuando un poco con el anterior artículo, en el que además luego en los comentarios salió a reducir la anterior película de Nolan, Origen, y aunque vuelvo a insistir en que los límites de los géneros modernos no están nada claros ni son demasiado importantes, podría dar pie a una reflexión sobre éstos que quizá aporte algo.

Origen parte de un supuesto que tenemos que aceptar para que el argumento se desarrolle, y éste es que existe una tecnología que permite experimentar sueños lúcidos compartidos, y que además se desarrollan en una escala de tiempo diferente de la de referencia, la realidad 0 o vigilia. Obviamente, igual que a día de hoy no existe nada remotamente parecido a una nave con impulso hiperespacial o la máquina del tiempo, eso no sólo no existe sino que además esos sueños de la película no se parecen a lo que tenemos de una experiencia onírica, sino que además se parecen sospechosamente a una especie de realidad virtual, de las distintas versiones que han ido apareciendo en distintas épocas, ya que los universos mentales construidos y que funcionan por analogía son bien antiguos e incluso hay un ejemplo en Visiones peligrosas, el relato Los ángeles del carcinoma. Como se suele apuntar, la posibilidad científica de tal experiencia onírica y su posibilidad real tecnológica y científica no es tan importante como la historia que se nos cuenta y que toma como punto de referencia ese escenario propuesto. Aunque es una película entretenida a ratos, adolece de lo que muchas películas actuales, y en especial las de Nolan, que se ha convertido en un especialista de este tipo de argumentos excesivamente alambicados y enrevesados, con lo que al final la resolución suele ser o bien atropellada o sencillamente un poco inverosímil en función de la misma propuesta. De paso, se nos cuelan algunos personajes poco desarrollados e incluso en ocasiones innecesarios, y sobre todo a pesar de la perfección formal se producen dos pecados capitales considerables: uno, el más importante, es que estamos ante un caso claro de protagonitis subida, en la que el protagonista manipula, miente y abusa de la confianza del resto de los personajes, hasta el punto de que pone en peligro sus vidas para su propio beneficio, y éstos a pesar del cabreo lógico inicial en vez de darle para el pelo, terminan siguiendo ciegamente al protagonista por eso mismo, porque lo es, y en segundo lugar algo que ya me dio muy mala espina la primera vez que lo vi en el cine y que después cuando la volví a ver me aseguré de darme cuenta, y es que hay una típica “mentira visual”, algo bastante imperdonable en el cine; esto consiste en que en el tiempo subjetivo el matrimonio ha envejecido literalmente en esa realidad onírica compartida, mientras que no se nos muestra así sino los actores jóvenes, y en una escena posterior sí los vemos ya mayores aunque de espaldas. No es sino otra aparición de nuestro querido "narrador inconsciente". Puede interpretarse que los recuerdos del protagonista son confusos, pero eso siendo generoso.


Como ejemplos o contraejemplos, a mala idea, podríamos hablar de Recuerda, una cinta de Hitchcock en la que, si uno hace muy de tripas corazón y obvia todo el fárrago psicoanalítico en el que se basa todo… pues ni siquiera la película se salva. Quizá en la época, y cuando esa doctrina gozaba de mejor prensa que ahora, la película sería más aceptable, pero en cierto modo es la, o una de, las ur-películas de todas las que vinieron después en la que el personaje traumatizado-amnésico-[introduzca aquí otro tipo de catatonia o enfermedad mental de encerrarte] tiene una revelación, se le cura la neurosis como quien dice que se le pega un meneo al cerebro, se reconecta un cable y todo vuelve a funcionar de maravilla, y a pesar de haber estado veinte años babeando o acurrucado en una esquina… de repente vuelve a ser él mismo. Os suena de haberlo visto en más de una ocasión, ¿verdad? Pues le podéis echar en parte la culpa a Hitchcock, a Dalí y a esa película. Vale la pena verla por curiosidad, pero es droga dura. Tampoco es que todo lo que haya tocado el psicoanálisis sea malo. Psicosis, también de Hitchcock, no deja de tener un cierto tufillo a esa doctrina, pero el resultado es muy superior.


Como ejemplo de “trampa visual”, que no mentira, citaría a Charada, una divertida película en la que se juega también con la ambigüedad de un personaje, el de Gary Grant, que no sabemos si es el bueno o el malo… y al final de la película el director emplea un truco que sin dejar de ser legítimo es un poco suciete, y que consiste en que, persiguiendo a Audrey Hepburn por el metro de París, hay un momento en el que se miran a través del ventanuco de una de las puertas del tren y Gary Grant pone cara de “te voy a rebanar el pescuezo”, lo que nos da a entender que es el malo. El truco es legítimo porque no vemos que haga algo que lo defina como un personaje perverso que luego se contradirá con lo que realmente termina siendo el personaje, de modo que es un cebo para que piquemos y por medio de nuestros prejuicios nos engañemos a nosotros mismos, de la misma manera que en la justamente famosa El sexto sentido todas las asunciones iniciales con las que la película nos “engaña” parten de nosotros mismos, somos nosotros los que nos engañamos por medio de la dosificación justa de la información que nos da la película, que en cierto modo obra por omisión de manera que somos nosotros los que nos metemos en la trampa, lo que lo convierte en un truco perfectamente legítimo. Lo contrario de Cisne negro, en la que se juega a si la película va de terror psicológico o terror sobrenatural, y se nos engaña en un momento en el que ocurre algo que la protagonista no ve pero nosotros sí, un verdadero momento poltergeist que si seguimos las reglas nos hace entrar en el campo de la experiencia objetiva que convertiría aquello en terror sobrenatural, pero resulta que luego... es psicológico, o eso se supone, todo se arregla con prozac y frungir. Efectivamente: volvemos a encontrarnos con un narrador inconsciente que rectifica trapaceramente a medio camino.

Sobre la subversión de los géneros, en este blog hemos discutido hace poco sobre dos ejemplos que a pesar de estar bien alejados, sin embargo analizados desde el punto de vista ideológico o del modo de producción de la cultura de masas y de su forma de promocionarla, adquieren un cierto aire de familia. Como ya indiqué, me parece admirable que el director de Noé consiguiese colar su panfleto pro-PETA al nada desdeñable precio de más de cien millones de dólares, y que Nolan se diese el capricho de contar con una asesoría científica de lujo para contar algo que no hay la más mínima necesidad de contar con esos detalles porque valdría lo mismo lo que se hizo en Agujero negro de Disney o en Starfighter, pues también es como para morirse de la envidia. Cuando uno lee el libro de Kriple sobre la ciencia detrás de esa película, todo muy interesante, sin duda, no debe olvidarse que tanto una novela como una película de ciencia ficción en primer lugar son eso, obras de ficción sujetas a las leyes de la narrativa, y que el primer pecado es saltárselas porque sí. Que supuestamente uno pueda caer a un agujero negro sin sufrir el “efecto espagueti” es interesante, pero si lo que sucede a partir de cruzar el horizonte de sucesos es una chorrada… a mí qué más me da. Lo dicho: es admirable y da mucha envidia cochina que te hagan una simulación de cómo se vería un agujero de gusano de cerca y las deformaciones ópticas que provoca, pero si lo que pasa luego dentro es una chorrá, para eso pon el típico vórtice de colorinchis como en los dibujos animados de las Tortugas Ninja de la serie de dibujos de hace veinte años, porque para ese viaje, literalmente, no se necesitan esas alforjas de diseño. Aquí tenéis un artículo de Slate con una opinión parecida: el problema no es la buena o mala ciencia, es la tontería. Del mismo modo no hay de momento ninguna prueba de que exista algo parecido a un agujero de gusano... pero para el caso, como si nos importase, que es que no. Por ejemplo si la peli de Agujero Negro de Disney hubiese sido buena a nadie le importaría que el bujero en cuestión pareciese más o menos el sumidero de un lavabo, o que todos vayan vestidos como en una discoteca de 1979.

Lo cual me lleva a hablar de lo que quiero, y es que la ciencia ficción es en cierto modo un buen ejemplo de cómo hemos ido cambiando nuestra propia percepción de la ciencia y de la tecnología a lo largo del tiempo. Desde sus inicios, la misma ciencia ficción ha presentado a la ciencia y a la tecnología como un factor determinante para el ser humano de su propia destrucción o esclavización, pero a la vez ha sido vista como una especie de panacea que llevará de un modo u otro a una utopía, además de todos los posibles tonos de gris intermedios. Basculando entre estas dos ideas, y con ya muchas décadas del género sólidamente asentado, además la ciencia ficción ha alcanzado otro estatus: el de vintage, o retro. Es decir: novelas o películas que publicadas hace varias décadas o hace un siglo proponían futuros ya superados por nosotros que vistos con distancia son absolutamente desfasados, en muchos casos ingenuos y sobre todo en ocasiones… un poco ridículos, pero casi siempre interesantes en algún aspecto. No me entendáis mal: no es cuestión de hacer sangre innecesariamente, y de hecho se da la circunstancia de que algunas obras maestras del género sobreviven muy bien a pesar de este efecto vintage, que sólo algunos autores vieron venir y evitaron, ya fuera por reflexión consciente, de casualidad o como fuera. Sólo hay que comparar algunas cosas que vemos por ejemplo en la Saga de la Fundación, con ese personaje que dictaba su trabajo escolar… a una máquina de escribir eléctrica que se ponía a aporrear las teclas. Asimov intuyó a la perfección el reconocimiento de voz, pero siguió asociándolo a un aparato que a día de hoy es una antigualla, no digamos ya para una sociedad posterior a un Imperio Galáctico que duró miles de años. Sin embargo Dune, con su mundo medievalizante y sus tecnologías que tienen una explicación semimística, como los navegantes que son una especie de matemáticos que en pleno trance de especia “pliegan el espacio” ha sufrido mucho menos ese mismo efecto, quizá también porque dentro de la ciencia ficción se aleja más de especulaciones científicas concretas y se centra en aspectos sociales, retrohistoricismo, guerras religiosas y evolución social extrema. Efectivamente, meter jipismo, orientalismo y espiritualismo new age en la ciencia ficción no es es nuevo, aunque se quejen en Io9. Eso es inevitable y me puede gustar en el fondo más o menos, pero a mí me llega con que al menos lo hagan bien. Del mismo modo, independientemente de lo que se nos esté contando y lo que anime a cada uno a escribir, hay una gran diferencia entre San Juan de la Cruz y Paulo Coelho; efectivamente: saber escribir.

No sólo eso, sino que a raíz del  moderno análisis sobre la tecnología, y recogiendo el significado original de “singularidad tecnológica”, sabemos ahora que nuestra capacidad para predecir cómo evolucionará la tecnología, y el impacto social que tendrá, es bastante limitado precisamente porque no podemos tener en cuenta todos los factores desconocidos que precisaríamos para un análisis correcto. Cuanto más nos alejemos del año que viene, que sabemos que será más o menos parecido al actual, más probabilidades tendremos de equivocarnos o sencillamente de hacer lo mismo que les ha ocurrido a los escritores de ciencia ficción desde hace décadas: reproduciremos más o menos el mundo actual, pero con alguna tecnología fantástica, o extremando la actual. Por eso los futuros de la ciencia ficción de los años cincuenta se parece tanto a los años cincuenta, y en los sesenta y setenta en futuros alejados se planteaban los mismos problemas sociales de esas décadas, como los conflictos raciales o el feminismo, exactamente igual que como los estaban viviendo entonces. Y eso no es malo, claro, sino todo lo contrario; además, es inevitable, y para los lectores o espectadores del futuro leer o ver esas obras aporta, curiosamente, no un conocimiento del futuro imaginado por esas obras, sino de nuestro pasado. Por eso la ciencia ficción durante la época de asentamiento definitivo del automóvil como un elemento esencial de la sociedad moderna fantaseó habitualmente con coches voladores, y no vio muy claro lo que iba a ocurrir: que los coches no vuelan ni de lejos, pero los coches de gama baja de la actualidad tienen prestaciones muy superiores a algunos coches de lujo de hace cuatro o cinco décadas, pero que la conducción como tal, aparte de los modernos sistemas de navegación, vienen a ser lo mismo, a la espera todavía de la conducción automática que también anticipó tantas veces la ciencia ficción, y que sólo ahora vemos que puede llegar en un futuro cercano. También durante mucho tiempo se dio por supuesto que en pocas décadas en cada casa habría algún tipo de robot multiuso en cada casa que hiciera las tareas del hogar, y de momento sólo tenemos un cacharro redondo que va por el suelo barriendo, y a falta de algo que nos planche bien las camisas hemos preferido inventar tejidos que apenas necesiten esa engorrosa tarea del hogar. Por supuesto algunos autores vieron hasta cierto punto cómo iba a ser el mundo actual y las innovaciones que tanto lo han cambiado, pero cuando ya estaba más cercano y había indicios para poder especular con algo más de base.




Esto me lleva a hablar de una película reciente basada en un conocido relato de un autor, cuyo argumento se desarrolla de forma relativamente parecida en una novela de él mismo, y que esperemos que nunca jamás se convierta en película por lo que a continuación expondré. El relato es Todos ustedes zombis, de Robert A Heinlein, y la novela es Puerta al verano. El relato ha sido convertido en película con el título de Predestinación, que quizá cuenta más de lo debido. Aviso que parto del hecho de que todo el mundo conoce el relato, así que se sienten los destripes.

El relato, igual que la película, se basa en una paradoja temporal. Mejor dicho: este magistral relato plantea LA paradoja temporal. Es difícil imaginar algo más complicado y cerrado que este argumento, de modo que la paradoja causal y cerrada no es una excusa para explicar algo de otra historia, sino que muy apropiadamente Heinlein la convierte en la misma razón de ser del relato: la historia de un ser humano que es su propio padre y su propia madre, algo que probablemente nos dirá un biólogo que es más que difícil que suceda, pero que ante la burrada que es el relato sencillamente no creo que importe demasiado. El relato es bueno no sólo porque no le falte ni le sobre nada, sino porque se centra precisamente en lo absurdo de la misma paradoja, de modo que la verdadera paradoja es la existencial, de modo que es el mismo protagonista el que la plantea en una frase que luego da lugar al título: “Yo sé de dónde vengo. Pero todos ustedes, zombis, ¿de dónde vienen?” Hay que recalcar que por la fecha de escritura del relato la palabra zombi todavía no había adquirido su significado moderno post-Romero, así que en este caso se refiere a ser animado que se mueve sin ser consciente de ello ni por su propia voluntad, y que seguimos utilizando para referirnos a nosotros mismos los lunes por la mañana. Para el personaje padre-madre-él mismo, encerrado en su propia realidad solipsista en la que teme que todos desaparezcamos si deja de pensar en nosotros, lo único que es completamente real es su propia paradoja.

Qué grande eres, Heinlein.

Cuando me enteré de que iban a hacer una peli basada en el relato sólo pude decir: Hala, ya la hemos liado. Sin embargo, el resultado es sobresaliente. Desde luego se pierde la concisión y rapidez del relato, y aunque parecía en principio que iba a ser una tarea imposible lo que se hace es desarrollar algunos elementos ya presentes en el relato, y añadir una nueva iteración en el personaje, de modo que al final no sólo él es su propio padre, madre, y es hijo e hija de sí mismo, sino que también termina siendo su propio asesino, lo que quieras que no es todavía si cabe más retorcido. También al final en vez de echar de menos al resto de la raza humana que teme que desaparezca si cierra los ojos o duerme, se echa de menos a sí mismo, de modo que la interpretación de lo que dice al final es distinta. Por otro lado la ventaja que tiene el relato, donde cada uno se imagina como quiere lo que le están contando, está clara, mientras que la película tiene que hacer un par de piruetas visuales para explicarnos de forma más o menos creíble que de esto:



se puede pasar a esto otro:



También en la película, sobre todo, y se nota más que en el relato donde todo se cuenta más de pasada, vemos que hay elementos de ese efecto vintage de ciencia ficción, que podrían haber sido eliminados pero sin embargo aparecen. Tanto relato como película tienen como punto focal 1970, el futuro para Heinlein cuando lo escribió, y aparecen los típicos elementos de algunos de los más destacados autores de la época, que daban por supuesto, por lo menos en sus novelas y relatos, que en unas pocas décadas la exploración espacial de otros planetas sería una realidad, con vuelos tripulados. Pues llevamos ya década y media del para entonces fabuloso siglo XXI y seguimos sin tener claro si podemos llegar a Marte, o si vale la pena. Por eso vemos que a la protagonista la entrenan como una especie de chica de compañía para los largos viajes de esos varoniles astronautas de ese futuro que para nosotros es un pasado en el que se produjeron las últimas expediciones Apolo, desde entonces nadie ha vuelto a pisar la luna y en las estaciones espaciales hay tanto hombres como mujeres. Se intenta dar una excusa adicional, pero se da por supuesto que esos viajes larguísimos a lejanos planetas existen. La razón por la que se mantuvieron estos elementos en la película no tengo claro de a qué se deben, si a no cambiar todavía más cosas del relato inicial o porque el efecto deseado era ése, el de dar un cierto toque rancio en el buen sentido de la palabra. A mí por lo menos no me disgusta.

Ignoro si este relato es el primero que propone una paradoja causal completamente cerrada y autoconclusiva, el mismo Heinlein les tenía mucha querencia y ya había escrito sobre viajes en el tiempo, pero sin duda es uno de los ejemplos más citados de ese tipo de paradojas, que luego veremos repetidas en otros casos, como en Cronocrímenes de Nacho Vigalondo. No sólo eso, sino que el mismo Heinlein años después en una novela hará lo mismo, una paradoja completamente cerrada sobre sí misma: Puerta al verano. A pesar de que su estructura es similar, por lo menos en lo que respecta al núcleo central que es la paradoja causal cerrada, el resultado es… digamos que muy distinto, ya que estamos ante una novela bastante mala en más de un aspecto. Supongo que alguna gente querrá perdonarle todos sus fallos, que son bastantes y bastante gordos, pero hay algunas cosas que no son admisibles desde ningún punto de vista, y todavía menos en los tiempos actuales. Es una obra entretenida y que si uno es muy completista de la obra de Heinlein no está de más leerla, pero este autor tiene cosas bastante mejores.

La obra también tiene interés por ser otro ejemplo de ciencia ficción vintage, ya que nuevamente nos presenta un futuro en el que ha habido una guerra, la capital de los Estados Unidos es otra y además luego se llegará a un futuro todavía más lejos… que para nosotros ya ha pasado. El año de vértigo en el que empieza todo es nuevamente 1970, donde el protagonista, un ingeniero casado hace poco, está experimentando con una especie de robot casero, algo así como Robotina de los Supersónicos pero más feo y primtivo. En su empresa tiene a un socio que lleva la parte comercial, y éste a su vez tiene a su cargo a una encantadora hijastra, una niña pequeña a la que el protagonista adora. Curiosamente, es imposible que todo lo que pasa y nos cuenta no evoque a los años en los que fue escrita la novela, 1958, a doce años de 1970 y cuando ya había pasado lo más importante de algunos movimientos contraculturales que Heinlein ni se pudo imaginar en ese momento, aunque su influencia sí será patente en obras posteriores.



La cuestión es que se ha inventado la máquina del tiempo… relativamente. Digamos que se puede hacer una pequeña trampa, y en una dirección: se puede uno congelar como un gambón, ponerse en animación suspendida, y despertarse unas décadas después. Y esto es lo que hará el protagonista, digamos que en unas circunstancias un poco desventajosas. Se despierta en un futuro, treinta años después, en el fastuoso ¡año 2000!, que obviamente no se parece demasiado al que recordamos de hace quince años, y que sinceramente es bastante menos distinto del año 1970 de la novela que el verdadero año 1970 fue en muchos aspectos del verdadero 2000, porque, repitamos, a no ser por casualidad, en este tipo de predicciones casi nunca se acierta. La cuestión es que el protagonista, bastante confuso y desfasado en su profesión, no se termina de adaptar demasiado, hasta que descubre que hay por ahí una máquina del tiempo un tanto chapucera, consigue volver a 1970… y aquí es donde se empieza a liar la cosa y se produce la verdadera paradoja temporal, ya que en esta segunda oportunidad, y conocedor de lo que va a ser el futuro, se prepara para volver a repetir la jugada, congelarse, pero de manera que todo le salga a pedir de boca y poder vivir en ese mundo lleno de ventajas que es el año 2000, en el que por ejemplo todo el mundo tiene una dentadura perfecta con las nuevas técnicas odontológicas, lo que podríamos decir que en cierto modo es así… si tienes el dinero suficiente para pagarte los actuales tratamientos. Por ejemplo los primeros implantes de dientes tal como los conocemos se realizaron en 1965 en Suecia, y sólo se han generalizado realmente durante las dos últimas décadas. Por supuesto en Star Trek, aunque creo que nunca ha habido referencia a ello, todos sabemos que todo el mundo tiene una dentadura perfecta.

Estamos en esta novela ante un nuevo caso de paradoja determinista. Digamos que vemos la paradoja en dos pasadas: la primera en la que hay cosas que no casan y el protagonista se siente confundido por algunas circunstancias que no termina de comprender, como adónde se fue su coche antes de que lo forzasen la primera vez a entrar en animación suspendida, y una segunda en la que por medio de un verdadero salto atrás en el tiempo comprendemos que hay en realidad dos versiones del mismo personaje, en la que la más vieja provoca algunas de las cosas que le pasa a la más antigua, preparando su propia vida estupenda en el futuro. Como veremos luego, al congelarse por segunda vez, habrá dos copias del mismo ser humano conviviendo un tiempo, la primera que sabemos que vivirá ese extraño despertar en el año 2000, y la segunda que se despertará para gozar de los frutos que ha sembrado.


Sólo hay un pequeño problema: que la novela es mala. Mala de narices. Según parece la escribió, entera, en menos de dos semanas. Pues se nota, vaya si se nota. Ha habido grandes obras escritas en tiempos brevívisimos, pero está claro que la probabilidad de que salga un churro al escribir así es mucho mayor de que salga algo bueno. Entendámonos: está claro que lo que podríamos llamar algoritmo del viaje en el tiempo en la versión de paradoja cerrada y determinista está perfectamente ejecutada, pero todo lo demás, lo que viene a ser el entramado de novela y personajes, es lamentable, incluso leyéndolo desde una óptica amistosa y como aficionado al género. El personaje principal es el típico ingeniero racionalista y voluntarioso que hemos visto en la ciencia ficción muchas veces, y si sólo fuese ése el único problema podría ser incluso soportable, pero todo lo demás… Heinlein tiene toda una galería de personajes femeninos con un tratamiento misógino, aunque posteriormente también construyó otros personajes del mismo sexo mucho mejor, pero en este caso la mujer del protagonista, en general un pedazo de pan el buen hombre, es una jezabel, una mahla mujé de las de manual, de las de decir pero qué malas que son todas. El protagonista al volver a 1970 desde el futuro se encuentra casualmente con un matrimonio que lo protege y se encariñan con él que ríase usted de Ned Flanders, así por las buenas y sin ningún motivo, sólo para que alguien lo ayude incondicionalmente porque sí en plan hada madrina. Y sobre todo, lo que llega a la categoría del disparate, es primero lo de la máquina del tiempo auténtica aunque algo chapucera, que tienen por ahí en un sótano como si a nadie le importase demasiado, y todavía operativa sin ninguna razón aparente. Sobre todo es escandaloso cómo el protagonista consigue convencer al científico amargado para que lo mande al pasado: algo así como chincharlo, decirle que no hay huevos, venga, cobarde, que no te atreves, y claro, al final el científico medio chiflado le da al botón y lo envía al pasado. Como os lo cuento.


¿Eso es lo peor? Ni siquiera. Lo peor es cuando Heinlein, no se sabe poseído por qué espíritu maligno, decide meternos una historia de amor… entre el madurito protagonista y una niña de las que juegan con muñequitas, la hijastra de su traicionero socio. Después de esto y de las otras tonterías de Hiperión me pregunto si hay todo un subgénero dentro de la ciencia ficción que podríamos denominar “justificación de la pederastia a través de los viajes temporales”, porque con dos casos ya se empieza uno a preocupar. Que sí, que ya sabemos lo de Leonor Izquierdo y Antonio Machado y lo de Mandy Smith y Bill Wyman, pero no es lo mismo. En principio en la novela se supone que sólo hay una especie de tonteo inocente tipo “de mayor me casaré contigo” que puede decirle un tío o un padrino a una niña pequeña, que tampoco nos vamos a escandalizar por una broma familiar de ese tipo si se queda en eso, pero cuando la primera iteración del personaje despierta en el futuro decide buscar a esa niña que debe ser una cuarentona bien conservada descubre no sólo que ha estado también en animación suspendida desde hace un tiempo, sino que se acaba de despertar y está ilocalizable. Obviamente esto tiene sentido cuando vemos que después de volver a 1970 el personaje va a visitar a la niña al campamento de verano, básicamente le explica lo que ha pasado, y la convence de que en el futuro se casen y le dice cuándo y cómo se tiene que poner en animación suspendida, de modo que cuando el personaje se despierta por segunda vez en el futuro lo hace antes que la primera vez que ya vimos (o la segunda es la primera, según lo veamos), y así asiste al despertar de la niña que ya es una moza de veinte años perfectamente follable (después de que se casen, claro, la novela es de 1958 y sin casamiento no hay desvirgamiento, como en Crepúsculo), porque obviamente el protagonista lo ha dispuesto todo para vivir en el futuro una vida maravillosa además de haberles dado para el pelo a los que querían amargársela.


Heinlein, es que te daba así con toda la mano abierta.


Lo dicho: la lee uno en una especie de estado de estupor, sin terminar de creerse lo que va sucediendo. Tiene cierta gracia por el futuro retro, por cómo muestra que en treinta años parece que no ha avanzado realmente la tecnología, sino a trompicones, y por otros detalles, sobre todo por la ejecución del algoritmo de la paradoja cerrada y determinista que mantiene una causalidad circular, pero en todo lo demás la novela como tal novela no vale un chu, los personajes son lamentables y las relaciones entre ellos de vergüenza ajena, con premios especiales para el viaje con una máquina en el tiempo sacada de la manga con su científico que la acciona por rabieta, y sobre todo por el movimiento de superar la pederastia por medio de un salto temporal. Por supuesto la niña  está más que encantada con la idea de casarse con su “tío”, ejecuta sin discutir y sin cuestionarlo el plan perfectamente y una vez ha entrado en sazón se pone ella misma en animación suspendida para que él la alcance en el tiempo y la ponga mirando a Cuenca.
Ay, mamá pato.

La novela la leí hace tiempo, cuando tendría yo quince o dieciséis años a lo sumo, y de lo que más me acordaba era de la singular relación que tenía el protagonista con su gato, que es bastante simpática y sinceramente la más creíble y profunda que existe en el libro, porque las otras… Y también me acordaba de un detalle de comentario político y económico que Heinlein coló; como he dicho en muchas ocasiones, no hay nada ideológicamente neutro, y Heinlein en ese aspecto siempre fue un tipo un tanto peculiar, asociado a lo viene a llamarse los movimientos libertarianos, de modo que otra conocida novela suya, La luna es una cruel amante, se cita habitualmente por los miembros de ese movimiento, y si recordamos otras obras mayores suyas como Forastero en tierra extraña o las novelas de Lazarus Long, se percibe en seguida que hay temas comunes y que el señor no temía expresar sus ideas por medio de alegorías literarias. Después te viene alguna gente diciendo que sólo es un género para pasar el rato y pasarlo bien con historias de naves espaciales... pero no. En Puerta al verano en el futuro, el año 2000, el protagonista llega a trabajar en una fábrica de reciclaje de coches, que permanecen almacenados un tiempo y que luego se destruyen y desmantelan para construir más coches. Como le cuentan, ya que se sabe que ése es su destino final, ni siquiera los hacen demasiado bien. Cuando pregunta que por qué hacen tal tontería, le explican que es porque así la economía sigue activa. Por supuesto, es una parodia de una de las bestias negras de los movimientos libertarianos, que suelen renegar de una de las teorías económicas que en general han dominado el siglo XX, el keynesianismo, y una de las citas más conocidas, criticadas y comentadas de Keynes es que si era necesario para activar la economía que unas personas abriesen zanjas y luego otras las cerrasen, que se tenía que hacer. Obviamente, Heinlein se está pitorreando de ello.

Y no os lo perdáis: esta novela suele aparecer en muchas listas de las mejores novelas de ciencia ficción, lo que como siempre me suscita la misma pregunta, y es si una mala novela, así en general, puede ser una buena novela del género X. Para mí la respuesta es clara: no, sin excepciones. Es indudable que el algoritmo del viaje temporal está bien ejecutado, pero no llega cuando todo lo demás no sólo se cae por su propio peso, sino que además llega en algunos momentos al bochorno. Desde luego aunque ya era un autor conocido, a Heinlein le faltaba todavía mucho más bagaje para escribir sus obras más arriesgadas y conocidas. No digo que Heinlen sea un mal escritor o que no tenga obras mucho mejores, sólo que ésta es en general un churro a pesar de algunos momentos simpáticos si uno es aficionado al género y quiere hacer la vista gorda con todo lo demás. Aun así es una novela curiosa si uno quiere leerla pasando por alto las burradas más gordas, o si es un completista y quiere leerse todo lo que escribió este siempre controvertido autor, al que creo recordar que en un relato de ciencia ficción española lo definía como “aquél del que no hay que polemizar”, porque efectivamente tenía sus ideas, era muy suyo con ellas y no temía expresarlas y defenderlas. En esta novela, sencillamente, la caga literariamente pero con todo el equipo.

Obviamente cuando la leí siendo jovencito seguramente no me di cuenta de estas burradas, pero ahora calzo más de quince años por cada pata y se da uno cuenta de las cosas que lee. Ya, ya sé que alguna gente insiste en que con cuarenta años se puede o debe leer con el mismo descerebramiento de cuando uno tiene la edad del pavo, pero es por la misma razón que cuando uno tiene quince años se dice que por qué no va a poder votar y con treinta comprende que incluso gente de esa edad tiene tanto peligro con una papeleta como un mono con un fusil de asalto. Por eso mismo, y aunque entonces ya era también un lector bastante competente, o eso creía, no me di cuenta de la traducción no es que sea mala, sino abominable, realmente espantosa. Como ha habido bastantes ediciones de la novela en español y no sé si se ha vuelto a traducir, que quede claro que sólo me refiero a la editada por Martínez Roca, y que mejor es huir de ella como de la peste. De las otras, si son nuevas, no puedo opinar porque no las conozco.
Como muchos sospechábamos, el T1000 fue componente de Righeira.


La verdad es que cada vez que releo algún libro de mis lecturas de esa época, sobre todo si son de este género, me encuentro cada vez con más frecuencia con casos como éste que dan a entender el nulo cuidado que se tenía, y según parece en algunos casos se sigue teniendo, en la traducción de estos libros. Esto se explica por un lado porque se hace de forma barata, aprisa mal y corriendo, y quizá porque se sabe que el lector final, o bien no se da cuenta, o no le importa demasiado, y ya sea por por una razón u otra no protesta, así que para qué esforzarse en hacerlo bien. Lo malo es que ese tipo de errores, que se producen incluso en léxico no demasiado especializado y de dificultad nula, lo único que hace pensar es que el resultado general debe ser malo de narices, y consultando con el original se da uno cuenta que incluso frases que no tienen mucho misterio ni dan demasiado problema se malinterpretan continuamente. Para que os hagáis una idea cuando el protagonista dice que el Roomba que está diseñando es una especie de robot tonto o estúpido, en español nos dicen que es un morón, y además luego incide en que es totalmente morónico. Así que ya sabéis: la traducción de borderline podría ser sin problemas morón de la frontera, ya puestos. Luego aparecen cosas como sadístico, y entonces ya te echas a llorar, dejas de lado la edición que tienes en papel y no te sientes mal por bajarte una edición pirata del mismo libro en versión original y evitar más sufrimientos. Lo que se dice una desgracia, así de simple. Luego uno ve cómo la gente se descarga los subtítulos mal traducidos y peor sincronizados de algunas comedias de situación y que dicen “gracias por el aporte”, y lo termina de entender todo, que una vez decidida a tragar a la gente le da igual una cosa que la otra y que la fe cultural mueve lo que sea.

Y ésta no es una situación aislada, llevamos sufriéndola décadas, y por eso en la traducción y doblaje de La guerra de las galaxias seguimos escuchando lindezas como “nave comandante”, “Lord Vader”, “parasegundos” (en inglés parsecs tampoco tenía mucho sentido, la verdad), y un error que disparó la imaginación de más de uno, al confundir “the remote” con “los lejanos”. En Star Trek curiosamente los alféreces se llamen insignas, hay "frecuencias de jeilin" y el timonel casualmente se apellida casi siempre siempre Helmsman, que también es coincidencia. Está claro que en aquella época no ponían a los más preparados a traducir algunas cosas, y que la situación no sólo no ha cambiado, sino que además ahora es todavía menos excusable porque los traductores tienen muchos más medios para realizar correctamente su trabajo, aunque como siempre si después el que va a consumir el producto ni lo aprecia, sino que incluso prefiere la chapuza o "traducciones con tropezones", pues entonces todo tiene todavía más explicación. Luego ves lo que sale de las mentes perturbadas de individuos que han pasado toda una vida expuestos a este tipo de productos sin ningún otro contrapeso o influencia y comprendes la profunda sabiduría del dicho que afirma que de lo que se come se cría.

Así pues, ¿cómo es posible que el mismo Heinlein escribiese un relato tan redondo y una novela pésima, además los dos en tan breve intervalo de tiempo, y por si fuera poco ambas obras presentan tantos puntos en común? Pues porque todavía no había llegado a su época de madurez como escritor aunque ya le salían algunas cosas muy buenas, y porque no hubo un editor que lo mirase a la cara, le subrayase con rojo todas las tonterías y le dijese que o lo cambiaba o eso no entraba en imprenta. Son cosas que pasan, como los desastres naturales o Forever free, no queda otra que sobreponerse al horror y seguir adelante intentando vivir con ello.

Volviendo de nuevo al tema central, esa especie de retrofuturismo o futurismo vintage, tan de moda últimamente aunque muchas veces vacío de todo contenido y simplemente reducido a una estética, no hace sino confirmarnos lo que en el fondo ya sabíamos de estos géneros: lo importante es la coherencia de la historia y lo carismático de unos personajes bien diseñados en un entorno creíble en el que no reine la arbitrariedad. Los viajes en el tiempo, aunque considerados parte de la ciencia ficción, son en el fondo algo que desafía a la mente científica, y aparecen habitualmente en muchas obras que se supone entran directamente en otros géneros como el de fantasía, pues en cierto modo son variaciones de los "relatos de profecía" como el del criado que huye de la muerte en Las mil y una noches, donde aparece la coherencia e imperturbabilidad del destino, y también Qué bello es vivir, si nos ponemos así, es una película de ciencia ficción de realidades alternativas. Ah, ¿que salen los ángeles y santos? ¿Y en cuántos relatos de ciencia ficción también, criaturas? En definitiva, aunque el género tiene el nombre que tiene, la ciencia no es relevante de por sí en él y muchas veces ni siquiera aparece, sino que sirve como punto de referencia para crear novelas o películas, y dado que la ciencia está avanzando continuamente es imposible que no se produzcan esos efectos de arrastre como los ya mencionados, y que no sólo no importan sino que aportan algo más al estudio de un género desde sus inicios como género literario y como reflejo de la sociedad en la que se desarrolla, y que incluso aparece en Star Trek Voyager, la ciencia ficción dentro de la ciencia ficción con un personaje del futuro que estudia cómo en el pasado pensaban cómo iba a ser el futuro. Las máquinas de Verne o Wells es irrelevante que sean realmente posibles a día de hoy como no lo eran entonces, del mismo modo que poco tiempo después de escribir sus novelas sobre Lucky Starr el mismo Asimov tuviese que incluir una pequeña introducción en la que explicaba que los nuevos conocimientos sobre algunos planetas hacían que algunas escenas que se desarrollaban en ellos quedasen desfasadas, pero que ya no había forma de arreglarlo. Bueno, pues no pasa nada si la novela sigue siendo divertida o adquiere un invitable aspecto añejo. Es como las novelas de John Carter o las de la Saga de los Aznar, que ahí pusieron lo que les dio Dios a entender y tampoco nos vamos a poner tontos con eso. Por eso ser excesivamente puntilloso en un argumento de ciencia ficción sin duda tiene su mérito, pero es inevitable que tarde o temprano, a no ser que hablemos de ciencia muy básica, el mismo avance de la ciencia te pase por encima. En Un mundo feliz, escrita en 1931, ya se sabía lo que era el ADN, pero las investigaciones más importantes son posteriores a esa fecha, así que Huxley hablaba de retrasar el desarrollo intelectual de los fetos con alcohol, algo que a día de hoy nos puede sonar a una técnica extremadamente expeditiva para ello dado nuestros conceptos de ingeniería genética y otros conceptos que ya se nos antojan incluso de conocimiento general, y que sin duda se utilizarían en una adaptación cinematográfica que se hiciese hoy para darle un cariz más actual. ¿Cambia eso la calidad real de la novela y su carácter innovador y rompedor como literatura? Ni lo más mínimo. Lo he dicho alguna vez anteriormente y lo repito: si nos circunscribimos a una definición estricta y rigurosa de lo que puede ser taxativamente ciencia ficción igual nos quedamos con unas pocas obras, y quizá ni siquiera las mejores.

Imaginaos por ejemplo que descubren dentro de poco a Tique, un gigante gaseoso más grande que Júpiter que supuestamente orbita alrededor del sol a una distancia tan enorme que es muy difícil de detectar con la tecnología actual, y que se ha propuesto teóricamente para explicar la órbita de algunos cometas y otras anomalías. Pues ya es casualidad que no haya aparecido en ninguna novela del género cuando se habla de tiempos futuros, ni en la cuenta de los planetas del Sistema Solar, que con tanto cambio, degradación y rehabilitación de Plutón ya no sabe uno ni cuántos son definitivamente. 


-SuperSantiEgo