11.8.15

Perdita Durango, de Barry Gifford, y Aelita, de Aleksei Tolstoi

El tópico es decir, lo hemos oído mil veces, que el libro era mejor que la peli en la que ésta se basa. De hecho, aunque se producen toneladas de ficción original que no tienen ningún referente literario directo, todavía hoy en día el medio audiovisual se nutre en buena medida en materiales previos, que suelen ser libros, y en fechas más recientes, comics. Las razones son numerosas, pero las básicas son fáciles de entender. Por un lado, tenemos historias clásicas que sabemos que funcionan, y que en no pocas ocasiones están ya libre de derechos de autor, de modo que nada nos cuesta echar mano siempre que queramos de La isla del tesoro, y por otro podemos aprovecharnos del tirón del momento de algunos productos creados por la maquinaria de propaganda editorial, de modo que tiene sentido hacer la película de una saga de novelas incluso cuando no ha terminado, y no veinte años después cuando, quizá, ya nadie se acuerde de ella. Y como ya expliqué en su momento, la vigencia de la obra de Howard y su creación más conocida, Conan, no se apoya ni de lejos en la calidad o permanencia de sus escritos, sino en sus adaptaciones en cómic y películas, mientras que es innegable que el personaje de Sherlock Holmes ha mantenido su popularidad aupado por las distintas versiones en series o películas, pero su estima literaria es mucho mayor en lo que respecta a las historias originales.

Que en muchas ocasiones el libro supera a la obra derivada, es obvio, ya sea por impericia en la adaptación a otro medio o sencillamente porque el contenido específicamente literario es imposible de trasladar. Por ejemplo, Dune, donde parte del atractivo de la trama no se basa en los gusanos y otras escenas espectaculares, sino en especulaciones místicas, religiosas y psicológicas que se pegan de bofetadas con la intención de hacer una película espectacular de ciencia ficción. Pero en otras ocasiones, no nos deben doler prendas admitirlo, de un producto no particularmente brillante o incluso mediocre, puede salir una obra derivada que la supera, que toma lo importante de una historia, lo acrecienta añadiéndole de paso elementos nuevos, y se convierte en algo mejor. Por poner un ejemplo cruel nadie niega que El padrino no sea una novela de mérito, pero su adaptación en cine se considera una obra maestra, y mientras que 2001 la novela nunca pasará a los anales de la literatura, la película marca en algunos aspectos un antes y un después cinematográfico Dicho de otra manera: 2001 la película tiene mayor relevancia y sus logros son más evidentes en el cine que la novela del mismo título en la literatura. Y si uno se molesta en mirar los créditos de algunas de las más icónicas películas del oeste, el género por excelencia en el cine durante décadas, comprobará que el argumento se extrae de alguna novela extraordinariamente popular hace setenta años de la que ya nadie se acuerda y que nadie se molesta en reeditar.

En este caso voy a hablar de dos novelas que, sin ser malas ni poseer en absoluto algunos valores literarios, se ven claramente superadas por sus adaptaciones en cine.
En el caso de Perdita Durango, escrita por Barry Gifford, nos encontramos que la historia cambia, fundamentalmente, en el tono. Todo lo que se cuenta es más o menos lo mismo, pero hay una diferencia fundamental en un par de detalles que lo cambian todo. La novela está escrita en un registro no particularmente interesante, y la verdad es que siendo la misma historia que en la película no despierta el mismo interés, o por lo menos a mí ni mijita. A todo esto se le opone en la película una carismática interpretación de Javier Bardem, que borda su personaje, y que Rosie Perez lo hace también muy bien, aunque desde luego no es una chica de apenas veinte años. La novela participa en cierta manera de una atmósfera fatalista y un tanto existencial sobre la inevitabilidad del mal y la crueldad, para mi gusto no especialmente bien llevada, mientras que la película, cuando salimos del cine de verla mis amigos y yo, sólo pudimos decir “Menuda cafrada más guapa acabamos de ver”. Donde la novela se desvía un poco hacia no se sabe bien dónde, la película mantiene un tono cafre y un sentido del humor bastante pasado de vueltas que redime a los personajes a pesar de su violencia y de sus actividades criminales. De hecho el momento de mayor divergencia entre la película y la novela es uno en el que, en la novela, Romeo mata a un niño y con su sangre y órganos lleva a cabo un repugnante ritual de santería, mientras que en la película no matan para ello a nadie sino que han desenterrado a un cadáver, y  aunque se supone que van a matar a los güeritos el ritual se ve interrumpido por la llegada de Santiago Segura, una subtrama ausente en la novela. Álex de la Iglesia quiere contarnos una historia cafre y pasada de vueltas, y no puede permitir que, aunque de forma un poco culpable, no sintamos simpatía por la pareja de criminales. Éstos pueden llevarse por delante si es necesario a todos los criminales que sea necesario, o incluso eliminar a policías que vemos que son venales y corruptos, pero matar a un niño es saltarse todos los límites. Por eso, aunque la historia es fundamentalmente la misma y muchos diálogos se sacan directamente del libro, el tono es completamente distinto, de humor salvaje en la película en todo momento, con ese momento magistral en el que Bardem, cubierto de sangre, manda callar a todo el mundo y dice: “Buen rollito, ¿eh? Sobre todo buen rollito”, o lo de “¿Energías? ¿Pero de qué coño me estás hablando? ¡Los dioses, joder, los putos dioses!” Del mismo modo, aunque presente en la novela, las referencias a Veracruz, la película con la que el protagonista está obsesionado así como con Burt Lancaster y su blanca piñata, son incluso más obvias, mejor llevadas y claro, al insertarse las mismas imágenes de esa película en otra, el efecto es mucho mayor, así como el glorioso final donde el protagonista consigue la más bella, épica y cinematográfica muerte posible. Por si fuera poco Veracruz es también una de mis películas favoritas, y cuenta la leyenda que cuando Sarita, que no sabía entonces ni papa de inglés, repitió delante de las cámaras una burrada que el pícaro director le había mandado decir, Gary Cooper sin que le extrañase lo más mínimo lo que acababa de oír le respondió: “Claro que sí, cuando tú quieras”, y desde luego la Montiel no le había pedido que la invitase a cenar, aunque sí que le acababan de decir que se iba a poner fino de jamón y pechuga, vosotros ya me entendéis.

También hay otra cuestión, que es que la novela está escrita por un gringo, y aunque no soy mexicano no hay que ser ningún lince para saber que los USA tienen en México una especie de coartada intelectual y estética similar en algunos aspectos a lo que tenía media Europa con España hace un par de siglos, cuando los románticos visitaban nuestro país pensando que aquí todo era todavía agreste, violento, apasionado, lleno de gitanas que contaban la buena fortuna y en cualquier camino te salía Luis Candelas y terminabas viviendo una azarosa aventura de capa y espada. Pues del mismo modo, aunque nadie niega que no sea un lugar peligroso donde obviamente se concentra el tráfico de personas y drogas, la frontera con México parece para los usacos una puerta a un mundo sin ley, romántico y primario, donde sólo imperan la corrupción y la fuerza bruta, y donde están peor incluso que cuando Orson Wells rodó Sed de mal. Vamos, el Salvaje Oeste, ése que realmente tampoco existió nunca, redivivo, opinión extendida  a la totalidad de su famoso patio trasero donde poco menos que parece que no hay ni una sola zona civilizada. Fijaos si no en las explicaciones que dan de sus países de origen los personajes latinos de Modern Family y de Me llamo Earl, donde de forma jocosa nos dicen que poco más o menos ves un tiroteo en cada esquina y nadie llega a viejo. Si estas exageraciones apareciesen de forma anecdótica, no tendrían mayor importancia, pero es una tendencia clara que no se molestan en ocultar: fuera de nuestras fronteras, sólo existe el caos, y los canadienses son como un primo tonto y aburrido que vive cerca. Por si os sirve de indicación, otra novela de Barry Gifford se convirtió en Corazón Salvaje, película en la que sale haciendo un cameo la misma Perdita Durango interpretada por Isabella Rosellini, en un minipapel que sólo puede describirse con la expresión “Le va tan bien como a un Cristo dos pistolas”, y que por supuesto sólo se explica por el matrimonio en aquella época de la modelo y actriz con el director. Así que al menos podemos felicitarnos de que esta coproducción tuviese al frente a un equipo español y mexicano, que aunque no oculta lo violento de la historia y de los personajes, al menos está hecha con cariño y saludable mala leche. Hay una gran diferencia entre que te retrate un vecino que siente por ti en muchas ocasiones poca simpatía a hacerlo uno mismo o un familiar cercano. La película fue un completo fracaso de taquilla en España, por supuesto. Porque ya sabéis, la gente iría a ver cine español si fuese bueno. Al final tendremos lo que merecemos: Jurasic World.
A veces es que no pensamos las cosas.
También hay una versión en comic.

Como casi siempre en esta vida, la realidad suele superar a la ficción. En realidad, la novela esta basada, aunque muy libremente, en los crímenes de la secta creada por los Hermanos Henandez y Magdalena Solis, que en 1963 hicieron una verdadera carnicería en el norte de México al convertir una pequeña comunidad en el centro de una secta que merecía el nombre de destructiva. Imaginaos la peli más gore y bestia que hayáis visto jamás; pues mucho peor.


La otra novela que no es muy allá pero dio lugar a una película realmente meritoria es Aelita, considerada como la primera novela de ciencia ficción rusa o soviética, y escrita por Aleksei Tolstoi. León no, Alexander. Ya, es una putada tener ese apellido y querer ser escritor, pero ciertamente Aleksei , que terminó heredando el título de conde de su padre, era familia lejana del autor de Guerra y paz, y también de Turgenev por parte de madre. La novela está claramente influida por algunos de sus precedentes, como las novelas de John Carter, o la de Wells sobre dos caballeros que van a la luna. En este caso los protagonistas son dos arquetipos que veremos repetidos hasta la saciedad en la novela de aventuras espaciales: el científico abnegado y humanista que vive un poco en su mundo etéreo y sólo piensa en grandes ideales y en la superación de todos los problemas de la humanidad por el intelecto, y el hombre de acción, en este caso un militar que se enrola por puro interés crematístico y por afán de aventura en la expedición montada por el primero. La novela es de 1923, apenas un año después de acabar la Guerra Civil Rusa que se puede considerar que es el fin del proceso conocido como la Revolución Rusa. Curiosamente, no es una novela descaradamente prosoviética, ya que el autor era un ruso blanco que en esa guerra civil luchó contra Lenin y Trotsky, a los que odiaba considerablemente. Aleksei Tolstoi sufrió el exilio, aunque gozó de reconocimiento literario en su país, y su obra recibió halagos de Máximo Gorki. Sin embargo, terminaría por volver a Rusia y convertirse en un verdadero intelectual orgánico del régimen, donde era conocido como el Camarada Conde, algo no tan raro porque en España tuvimos a nuestra Duquesa Roja. Aleksei Tolstoi estuvo presente en Madrid en un congreso de escritores antifascistas, en 1936, y fue uno de los encargados por el gobierno soviético en la investigación de los crímenes de guerra y el genocidio cometidos por los nazis en su ofensiva hacia el este. Sus investigaciones sobre el exterminio en Polonia de población con cámaras de gas de monóxido de carbono instaladas en camiones se citó en el Juicio de Nuremberg. Murió poco antes de acabar la guerra, pero al menos con la seguridad de que su Rodina llevaba camino de vencer definitivamente a los alemanes.

La novela es legible, nadie lo duda, y tiene su interés, aunque no deja de ser una alegoría un poco blanda sobre la típica irrupción en una sociedad cerrada y dictatorial de unos extranjeros con ideas nuevas. Inevitablemente, la princesa que da título a la novela se queda prendada por la nobleza e inteligencia del terrestre, mientras que el militar veterano de la revolución se conforma con la criada de ésta, a la vez que es el instigador de la resistencia cuando el intelectual representado por el científico ha expuesto la parte teórica de lo que viene a ser un movimiento revolucionario. La sociedad marciana está bien representada y es hasta cierto punto creíble, aunque no deja de ser una versión más de tribu o civilización perdida que habremos visto en otras muchas novela de la época. De hecho, ni siquiera son del todo marcianos, sino el resultado de la mezcla de la original raza marciana y los atlantes que huyeron cuando la famosa isla decidió hacer inmersión con apnea de forma indefinida. La ambientación no es mala, Marte parece un verdadero planeta alienígena que nos recuerda la sensación de extrañeza y alienación que luego leeríamos en la obra de Bradbury, y el final, con la revolución y la vuelta de los rusos a su casa, además de un epílogo bastante ñoño, convierten al conjunto en una obra interesante, pero no muy bien rematada.

Y entonces llegamos a la película de 1924, por supuesto muda y en blanco y negro, dirigida por Yakov Protazanov, uno de los padres del cine ruso. Como es tan antigua, y como en la época soviética no se solían respetar los derechos de copia entre ese país y los occidentales, lo mismo que ocurría al contrario, está más que disponible para ver entera en Youtube o en Archive.org. Otra ventaja es que está en un estado perfecto de conservación, con lo que podríamos explicar lo siguiente, y es que en el caso de lo soviético no tendremos nunca desastres como las obras perdidas de Méliès o todas esas primeras películas de John Ford que será un milagro si algún día aparecen. En Rusia había desde el primer momento institutos oficiales para conservarlo todo, todo y todo, y además en excelente estado, hasta el último fotograma. El lado oscuro de esto es que si caías en desgracia con el régimen con la misma efectividad una obra podía desaparecer sin dejar el más mínimo rastro, y en el caso de las distintas purgas, eliminaciones de los libros de historia y demás que tan bien supo retratar Orwell, si en tu película aparecía quien no debía o se daba una interpretación de los hechos que dejaba de considerarse válida, quedaba sepultada para siempre. El mismo hecho de que la película se hiciera en 1924, el tumultuoso período del final de la Guerra Civil y poco después de la toma del poder por parte de Stalin, hizo que la película luego viviese varias décadas de olvido, ya que en esos años iniciales antes de la instauración definitiva del aparato represor soviético hubo mayor libertad creativa y como se suele decir “algunas cosas todavía colaban”. Recordemos si no todos los mamoneos que tuvo que sufrir el señor Eisenstein, y que su película Alexander Nevsky (los alemanes son malos) fue retirada de las carteleras con el Pacto de No Agresión Ribbentrop-Mólotov, y que volvió a ellas con todos los honores cuando por fin empezó la guerra contra los alemanes, que ya volvían a ser oficialmente, nunca mejor dicho, los malos de la película.

Al ver Aelita, realmente interesante y que suple el color azul de los marcianos de la novela con extraños ropajes y tocados, se percibe que en efecto se la considera con razón una precursora tanto de Metrópolis, la película de Friz Lang, como de Flash Gordon. La película, en sus decorados y escenografía, es un exponente del constructivismo en el cine. Para esto tendríamos que aclarar que hasta la llegada del sonoro el cine fue el primer arte genuinamente globalizado, y que con la simple traducción de los intertítulos una película se podía estrenar en cualquier parte del mundo, y cualquier espectador entendía sin problemas el lenguaje universal de la música que acompañaba a unas imágenes que se expresaban por sí mismas, además de las muecas de los personajes que revivían en cierto modo el espíritu del mimo original. De hecho, hasta la llegada del sonoro y el infame Código Hays, incluso en Estados Unidos era habitual ver películas extranjeras, y recordemos cómo Edison estrenó por su cuenta Viaje a la luna de Méliès para hacerle todo el daño posible al francés, y que fue un gran éxito en esos pases no autorizados en los EEUU. En realidad, a la gente le importaba poco en ese momento de dónde venía la película, y el tráfico de películas y copias no autorizadas era un verdadero pitorreo. Por eso no es descabellado pensar que la película Aelita llegase rápidamente a Alemania o incluso que la viese Alex Raymond en los Estados Unidos para influir en esas dos obras por otro lado tan dispares. En 1951 la película Flight to Mars, serie B total, copia muchos elementos de la novela o la película, y la líder de los científicos marcianos se llama Aelita.


La película de Protazanov sigue un poco el esquema de la novela, pero en este caso debemos recordar también que el cine en la Unión Soviética, incluso en esos primeros tiempos, se vio siempre como un modo de adoctrinamiento de masas. Arte, por supuesto, pero con un objetivo concreto: mostrar las bondades de la Revolución e infundir fervor patriótico. Así pues no es de extrañar que por donde la novela muestra el proceso revolucionario con cierto donaire y disimulo, en la película de repente aquello nos recuerde a las imágenes de las películas que representan el Asalto al Palacio de Invierno, y que de forma no muy sutil veamos cómo un herrero convierte antiguas estatuillas de oro en una hoz, filmado todo cámara atrás sin ninguna vergüenza, y que el al contemplar su obra la cruce con el martillo y… qué os voy a contar. También lo que en la novela apenas recibe demasiada atención, la vida del barrio donde el científico monta la nave, en la película se amplía para que se vea la noble y hermosa vida que llevan los proletarios en el paraíso comunista. (Nota mental: hacer artículo sobre The North Star, la película del Jólibud clásico donde los comunistas son los superbuenos.)

Según parece, la novela sigue siendo bastante popular en Rusia, y he encontrado al menos dos ediciones ilustradas cuyos dibujos merece la pena verse.


-SuperSantiEgo