14.9.15

Libro: El alma del robot, de Barrington J Bayley

Creo que ya referí por estos lares más o menos cómo se producía el rito semanal, quincenal o mensual, dependiendo de mis fondos de aquella época, a la hora de ir a comprar un libro a la librería de siempre durante mis años de instituto: me acercaba a los estantes donde se agrupaban las colecciones de ciencia ficción, y elegía un libro guiado por un refinado criterio, que más o menos era el color de la portada, lo bonito del título o si la escueta sinopsis de la contraportada me hacía tilín. Es lo que había entonces.

Este libro en concreto creo casi seguro que es el segundo que compré, después del Yo, robot, de Asimov. Así que cuando volví a la librería vi que era de la misma colección, que también iba de robots y claro, ¿qué otra opción había? Pues eso, que me lo compré. La verdad es que la ilustración de la cubierta también llamó mi atención, aunque en el momento no llegué a la conclusión lógica de que eso parecía la carátula de un disco de Kraftwerk.

El autor de esta novela, que siguiendo la tónica de la época no es un mamotreto de no se sabe cuántos cientos de páginas, sino que son unas manejables doscientas sin relleno, trata de las andanzas de un robot muy poco asimoviano, y que de hecho tiene unas preocupaciones muy distintas de las de un robot de Asimov. Mientras que Asimov casi siempre cuenta lo que pasa con los robots desde un punto de vista humano, incluso en El hombre del bicentenario pues nos encontramos ante un robot que desea ser humano hasta las últimas consecuencias, en este caso tenemos el punto de vista de un robot. Un robot que es desde el principio muy humano, sí, pero que se plantea desde el primer momento los dilemas existenciales típicos: qué y quién soy, si tengo conciencia o sólo soy una máquina, etc.

Por otro lado, nuevamente, esto es ciencia ficción porque está editado en una colección de ciencia ficción, salen robots y si consultamos en la Wikipedia nos dirá que el escritor británico es un autor de ciencia ficción de la época de la new wave. Sin embargo, la ambientación de la novela utiliza un truco ingenioso que permite que el mundo donde se desarrolla la acción envejezca bastante bien, pues crea una mezcla entre futurismo y decadentismo medieval. Aunque no se nos dice el año, y se agradece, han pasado más de mil años desde nuestro presente, 1974 cuando se escribió esta novela, y se habla de un pasado casi mítico donde existió un poderoso imperio mundial, lleno de maravillas tecnológicas y colonias en otros planetas, que se derrumbó hace cientos de años. A partir de ahí, conviven reinos, sistemas neofeudales, y tecnologías futuras, algunas que todavía no se han recuperado del todo y otras como la robótica que se han mantenido a través del tiempo. Es un truco que funciona, y que vemos también por ejemplo en Dune y en muchos de los comics de los Humanoides y otros mundos futuros o supuestamente futuros donde se mezcla la tecnología de naves espaciales con sistemas económicos y sociales arcaicos, a veces favorecidos por el aislamiento de grupos de población.

Jasperodus nace a la conciencia directamente con una personalidad de adulto, varón, y podríamos añadir que blanco y protestante si no fuera porque es un humanoide de metal con finos grabados por todo su cuerpo. Delante de él cuando abre por primera vez los ojos y se le termina de compilar el kernel de Linux, está su padre, que lo ha construido, y su madre, una pareja de ancianos que le dicen que es su hijo y que lo han construido para que se comporte como tal con ellos. Sin embargo, como lo han dotado de completa autonomía, Jasperodus se larga sin más y sin decir una palabra, y sus padres aceptan que era posible que eso ocurriera.

A partir de ese momento Jasperodus explora ese mundo en el que él no tiene derechos sino que siempre lo considerarán todos una propiedad de alguien o un robot vagabundo al que esclavizar o robar sus piezas. Claro que el buen robot se las trae: su sentido de la moralidad parece casi inexistente y cual lector adolescente de Nietzsche cree que sólo existe la voluntad de poder, así que se nos presentará la típica historia, dos veces, de ascenso al poder.

Por otra parte, el meollo de la historia es la conciencia de Jasperodus de poseer conciencia, en lo que cree diferenciarse del resto de su especie mecánica. Él, aunque metálico, se ve a sí mismo como una persona, no como una compleja simulación, un ser completamente autoconsciente. En sus periplos por ese mundo, y en todas sus peripecias, a través de la ambición, del estudio de las ciencias, en especial la robótica, y el cultivo de las artes, quiere demostrarse a sí mismo y a los demás que es eso, un auténtico ser humano.

Por otro lado, y ahí le doy algo la razón a una crítica que he encontrado por ahí, la novela adolece de poca o nula capacidad de empatía, tan poca como el propio personaje. Si se ha acusado a veces al género, con razón, de ser un chiringuito cerrado donde hasta hace poco sólo había un campo de nabos, por algo será. Como ya he dicho, aunque en principio asexuado, Jasperodus tiene una clara apariencia varonil que incluso atrae las miradas de las féminas, que como suele ser habitual en este tipo de ambientaciones pseudofuturistas quedan relegadas a un estadio social propio no ya del siglo XIX, ya nos daríamos con ello con un canto en los dientes, sino a una supuesta era antigua de las de cachiporrazo en la cabeza y llevárselas a la cueva. Por eso ya en su primer contacto con humanos, cuando unos ladrones se ponen a violar a las ocupantes de un tren, el robot permanece impasible viendo lo que pasa delante de él y no le provoca ningún comentario el abuso del poder o de la fuerza, sino que dará siempre por buena la ley del más fuerte como único principio moral, y posteriormente cuando ha alcanzado la riqueza y el poder se fabrica, para decirlo claramente y sin eufemismos, un pedazo de troncho que avergonzaría al de Nacho Vidal, con el que le da canela en rama a todas las concubinas y mozas que hay en el castillo de un importante monarca, y que suponemos que están allí precisamente para eso. Curiosamente, en ningún momento Jasperodus asocia el ejercicio de la humanidad con el amor, la intimidad o la conmiseración con otros seres humanos que viven en circunstancias lamentables, o incluso con los robots desheredados del mundo, sino que simplemente los ve como puros fines para conseguir sus objetivos, y está siempre dispuesto a sacrificarlos sin pestañear, si es que pestañas tuviera. Sea realmente un ser sintiente o no, Jasperodus es un poquito bastante psicópata, la verdad, y aunque gana en cierta sabiduría con los años y se va desencantando del mundo, su desarrollo moral de la primera a la última página es nulo. Y es que a veces este tipo de historias, ambientaciones y personajes a lo tonto dejan vislumbrar lo que satisface a cierto tipo de lector bajo la excusa de la especulación fantástica: visiones bastante arcaicas y reaccionarias del mundo recubiertas de un futurismo y supuesto positivismo científico. Cierto es que el género sirve para especular sobre la sociedad actual, como se suele repetir, pero a veces la retrata perfectamente de forma metaliteraria a través de él mismo.

Por último Jasperodus, cansado de tantas luchas por el poder, venganzas y rebeliones, y como ya digo sin que le importe nunca dejar todo atrás y olvidarse de sus supuestos amigos, decide hacer lo que siempre eludió, que es preguntarle a su creador a santo de qué él se siente tan diferente a los demás, y por qué pese a que todas las ecuaciones de la robótica demuestran que es imposible, él se cree con alma, ya que incluso en el título original no se utiliza ghost, sino soul. Cuando encuentra a su moribundo padre, y ahí reconozcamos que hay que admitir que aquí como siempre es necesario que el encuentro se dé en las postrimerías y último aliento del anciano para darle mayor dramatismo a la escena, nos enteramos de dónde proviene esa sensación de conciencia.

Y es que lo hizo un mago. Hala, ya lo he dicho. Un mago, que viene a ser su padre. Desde luego al leer la novela está claro que el autor no está utilizando los conocimientos y especulaciones sobre la inteligencia artificial que había en la época, sino que se guía por los tropos literarios del propio género y las discusiones filosóficas básicas sobre lo que es la identidad y la conciencia, pero al final nos sale, como tantísimas veces la ciencia ficción demostrando que lo de ciencia lo lleva de adorno, con una explicación puramente animista, al estilo del Mundo del Río; ya sabéis, esa saga donde al final existen máquinas hacedoras de almas y otras mamarrachadas. Pues aquí algo parecido, que no voy a explicar en detalle. Que sí, que tienes alma. Un poco podrida, diría yo dado su comportamiento desde el primer momento que abre los ojos, pero tenerla, la tiene.

Unos diez años después el autor escribió una continuación en la que Jasperodus se enfrenta a otro robot que también quiere construirse un espíritu, pero no tengo ganas de leerla.

Otra cosa que llama la atención en la novela es que recuerda un poco a la sociedad robotizada de Futurama, aunque claro, en el caso de la serie animada todo se trata con humor muchas veces salvaje, con la Corporación Mamá y el fundamentalismo robot, la robotsexualidad y lo demás. En la novela aparecen desde luego los ghettos robot, una cierta organización social paralela y algo que ocurre exactamente igual que en Futurama, cuando los robots consiguen un estado parecido a la embriaguez por medio de descargas eléctricas en el cerebro robot.



-SuperSantiEgo

7.9.15

Miniserie John Strange y Mister Norrell y Sumisión, de Michel Houellebecq

Que conste que es pura casualidad, no es que esté haciendo críticas y comentarios por pares por iniciar una tradición, sino porque últimamente está ocurriendo así. Además, ya sabéis, es mi blog, y como en mi fiesta, si quiero, lloro, o comento las cosas a pares.

Así pues tocan dos obras muy distintas, y que además en un caso es la adaptación en serie de televisión de una novela de fantasía ucrónica, y en otro caso la última novela de un conocido escritor francés. Sin embargo, hay cosas que hermanan e incluso igualan a ambas obras.

Aunque la novela que da origen a esta miniserie, John Strange y Mister Norrell, tiene cierta fama, he encontrado opiniones entre conocidos míos que la definen desde muy buena a un soberano coñazo con buenas ideas pero desarrollo lento como el caballo del malo. En eso no me meto porque de lo que hablaré es de la serie, que es lo que yo he visto.

La historia que se nos va a contar en este caso es una ucronía, historia alternativa con tintes fantásticos, etc. Nos encontramos por tanto al principio del s XIX en una Europa exactamente igual a la que conocemos, con su Napoleón despertando a la Historia a golpe de cañonazos, y a Inglaterra en guerra con Francia, como debe ser. Guillermo
 Jorge III está ciego y como una chota, y Wellington desde Portugal participa en la Guerra Peninsular, que es como llaman los perfidoalbionenses a nuestra Guerra de Independencia para recuperar el derecho inalienable de volver a instaurar una monarquía absolutista que recupere la Inquisición. Pareciera que todo es igual, pero no. La historia de Inglaterra, no me preguntéis cómo, es muy diferente en el pasado, con un rey mítico que gobernó trescientos años, el Rey Cuervo, que poseía grandes poderes mágicos, y que tras desaparecer misteriosamente parece que se llevó toda la magia con él. En ese momento de la historia que, repito, en su momento inicial poco o nada se diferencia del mundo que nosotros conocemos. En él la magia es poco más que un conocimiento teórico de clubes de gente extravagante, hasta que un mago después de dejarse la vista varias décadas en los libros que quedan del tema consigue convertirse en un mago auténtico y practicante, el señor Norrell, al que luego se unirá otro algo más joven y con un talento innato y algo salvaje, Jonathan Strange.
¿Son familia? No lo sé.


La ambientación es muy buena, como suele ser lo habitual en las series inglesas, en especial las de la BBC, los actores lo hacen muy bien y la historia tiene su interés al principio, hasta que, como se suele decir, aparece el efecto mariposa y todo empieza a tambalearse, hasta el punto de que nada tiene el más mínimo sentido. No tengo nada en contra de los cruces de géneros, pero en estos casos, así como la hipertrofiada moda del pongaaquícuaquiercosa-punk, lo que se suele conseguir es la acumulación de errores, tics y abusos de cada uno de los géneros que se cruzan. Si la narrativa histórica suele caer en proyectar la psicología y las ambiciones de los personajes modernos en eras pasadas, a eso se le unen los principios irracionales que suelen echar a perder a los distintos géneros fantásticos. Me explico: que algo sea fantástico, maravilloso o extraordinario, no quiere decir que sea arbitrario o irracional, o una excusa para justificar cualquier sinsentido. En este caso la autora ha querido cuadrar el círculo, como casi toda historia ucrónica o loquesea-punk, y largarnos un ceteris paribus completamente imposible. No ya solo la historia de ese mundo confluye con la nuestra después de un pasado tan diferente, donde supongo que ni siquiera habría existido Enrique VIII (que convendréis conmigo que configuró bastante la historia de Inglaterra), sino que la irrupción de la magia de nuevo en Inglaterra se da a entender que debería haber tenido una influencia decisiva en la derrota napoleónica, aunque apenas si se nota. Porque en esa época tener un espejo o palangana de agua desde la que ver los movimientos del enemigo, así como la capacidad de crear ilusiones u otras estratagemas con las que vencer al enemigo habrían sido más que decisivas. Más equilibrada sin embargo era la propuesta de
Arrowsmith, un cósmic en el que en un mundo alternativo se libraba el equivalente de la Primera Guerra Mundial en la que todas las potencias beligerantes utilizaban la magia y los seres fantásticos.

Pero eso no es nada en comparación con otras cosas que suceden. Como muchas veces he repetido, una de las características que más me repelen es la moda actual de hacer gala de una frivolidad intelectual y cinismo a toda prueba, que además se amparan en la Revelación Posmoderna. En este caso, no sólo se pregunta uno a qué viene citar de vez en cuando a “la cristiandad” en un mundo donde existe la magia como algo real. ¿Qué influencia habría tenido en el desarrollo científico y filosófico del mundo la existencia palpable de la magia? ¿Habría existido la Ilustración como la conocemos? Lo dudo. Pero lo que es peor: la religión habría evolucionado de manera completamente distinta. Más aún: a pesar de que los personajes como en nuestro s XIX son cristianos y creyentes, ¿cómo pueden apoyar la práctica de la magia, que es por definición satánica? Sobre todo porque vemos que, dentro de la misma narración, eso es lo que sucede en el fondo, la verdadera magia, la poderosa, son favores de un ominoso rey de las hadas con muy mala uva, y que puede uno adivinar como el origen de leyendas como las de Rumpelstiltskin. Nada más volver la magia al mundo el señor Norrell hace una nadería, resucitar a una joven. Resurrección, aquello alrededor de lo que gira el dogma de la religión occidental por antonomasia, y parece que nadie se lo toma a mal, ni le parece raro. Inmediatamente poco después vemos que Jonathan Strange crea a unos zombis para interrogarlos, y Wellington ni levanta una ceja, le parece todo dabuti. Mucha ambientación y mucho escribir con arcaísmos, como hizo la autora en la novela, pero me parece que hemos entendido más bien poco de lo que es una sociedad antigua y tradicional, donde los sentimientos religiosos, la blasfemia y las acusaciones de oscurantismo y práctica de la magia eran muy reales, incluso en la Inglaterra abierta e ilustrada de esa época.

Todo esto, intentar nadar y guardar la ropa, no sería tan grave si no fuera porque luego el mismo desarrollo de la trama no es que sea muy emocionante, y sinceramente siete episodios se hacen un poco largos. El antagonista, el rey duende que por momentos nos hace recordar a David Bowie en Laberinto, es el verdadero malo de la película, y la relación entre los personajes principales es el verdadero motor de ese argumento que abandona el planteamiento inicial, por pasado de vueltas que sea, para luego ir hacia otro lado, con varios deus ex machina por medio y, nunca mejor dicho, situaciones que se resuelven porque “lo hizo un mago”.

En definitiva que la parte de ucronía no tiene ni pies ni cabeza porque se mete en un lío que no sólo no sabe solucionar sino que ni siquiera lo intenta, y al final todo termina girando sobre la relación de amistad y rivalidad entre los dos magos, y la figura externa del rey duende.

Lo dicho: como casi todas esta propuestas mixtas, o bien no soluciona los interrogantes que plantea, o sencillamente llega un momento en que, por imposibles, los abandonan, cuando se supone que todo el chiste del asunto es ese planteamiento, y si se queda sólo en eso poco ganamos con ello, nos quedamos en el cosplayamiento y en las imágenes romanticonas y listo. No me entendáis mal, no tengo nada en contra de las ucronías, siempre que estén bien hechas y sean consecuentes, y no busquen únicamente un simple postureo de tipos con sobrero de copa y señoras con faldas largas pero abiertas por delante para que se les vea la ropa interior. Es la diferencia entre Tiempos de arroz y sal, donde el autor acepta las consecuencias últimas de su divergencia histórica, la desaparición de la civilización medieval por la Peste Negra, y la chapuza simpática de Los rojos ganaron la guerra, donde al final el autor abandona cualquier coherencia respecto a su propuesta inicial para soltar de tapadillo un par de ideas más que conocidas entre él y sus pares intelectuales sobre la Guerra Civil.

Lo que nos lleva a hablar de Sumisión, la última novela de Michel Houellebecq en la que en un futuro a la vuelta de la esquina una coalición de partidos entre los que se encuentra un partido islámico llega a la presidencia de la República Francesa. La verdad es que soy muy poco houellebecquiano, y sinceramente me parece igual de preocupante que los lectores de Canción de Fuego y Hielo no sepan qué es el estilo indirecto libre como que tanta gente que se va de leída luego crea que Palahniuk y Houellebecq inventaron el nihilismo. Obviamente las novelas de Michel Houellebecq no son novelas de argumento, ni en ellas “pasa” realmente nada, sino que son novelas de reflexión y de personajes que se enfrentan al tedio de un mundo en descomposición donde todas las relaciones sociales se están, por así decirlo, licuando para desconcierto de la generación anterior que vivió un mundo ordenado y, ellos creen, mucho más sólido y coherente. No sé si por vía de la reflexión propia, o por lecturas de antropología y sociología, Michel Houellebecq llega a la conclusión de que ciertas formas de la así llamada revolución sexual no hacen sino devolver al ser humano a un supuesto estadio anterior de la humanidad, donde los machos alfa básicamente se jincaban a todas y eran los que tenían una mayor descendencia. (Nota bene que la antropología deja bien claro que la poliginia en origen también favorece a las mujeres: es mejor compartir un marido rico o poderoso que ser la esposa única de uno pobre.) Obviamente Houellebecq lo presenta de forma literaria, su intención no es exhaustiva, y esas investigaciones antropológicas y sexuales son bastante más complejas, pero lo expone de forma bastante acertada y con mucha mala uva, sobre todo cuando muestra la hipocresía de unas décadas de supuesta “liberación” y cuáles fueron sus consecuencias no previstas por nadie, como se puede ver en este magnífico artículo, La maldición del amor libreDe hecho, en cierto modo, y sin entrar en polémicas, básicamente el moderno (ja, moderno dicen) concepto de poliamoría viene a ser algo parecido: sólo se pueden aprovechar de él los que sin la misma poliamoría ya se podían antes hinchar a follar. De todo eso va la primera novela de Houllebecq, Ampliación del campo de batalla, donde ya nos encontraremos la tónica del resto de sus novelas: personajes desencantados, en la madurez o entrando en ella, y que en una sociedad hostil se sienten sin fuerzas para luchar o directamente vencidos, con relaciones sexuales, matrimoniales y familiares alienantes y castradoras. Lo que estáis pensando: Houllebecq no es la alegría de la huerta.

Pese a todo, ¿por qué suele ser interesante de leer? Pues porque escribe bastante bien, y el jodío tiene cierta gracia para pontificar. Porque pontificar, pontifica, vaya si pontifica. Dentro de la tradición de los grandes moralistas o denunciadores de los vicios e hipocresías de la sociedad, Houllebecq empieza a repartir para todos los lados y no queda títere con cabeza. Afortunadamente, tampoco da ninguna solución a los problemas del hombre posmoderno sumido en ese marasmo existencial, perplejo por haber roto con las seguridades de una sociedad tradicional y sin saber qué le depara el futuro, a no ser unas vagas nociones transhumanistas que aparecen en algunas de sus novelas, y que desde luego no son propuestas serias del autor como solución a esos problemas. Para abundar más en lo absurdo de algunas divisiones de géneros, algunas de las novelas del francés tienen un vago trasfondo o subtrama que podría hacer que por los pelos se catalogasen como de ciencia ficción, supongo que con más escándalo y llorera por parte de los frikis del género que por los partidarios de la literatura en general.

Por supuesto, para entender a Houllebecq hay que entender también que es francés, y qué ha sido y es Francia. Ya, ya sé que eso no le importa ya a nadie y que después de la Revelación Posmoderna se considera perfectamente aceptable estar más preocupado por qué hacen las Kardashian que por saber algo de la Revolución Francesa, pero presupongo que mis lectores todavía van por el plan antiguo. Pues bien, como Francia no lleva por el camino de la irrelevancia histórica y de todo tipo el siglo largo que llevamos nosotros (chupaos ésa, gabachos, que en eso os ganamos), todavía están intentando asimilar su paulatino declive como potencia desde finales de la Segunda Guerra Mundial, la pérdida de su imperio colonial y que a nadie fuera de sus fronteras les importe ya ni lo más mínimo la Grandeur, concepto que traducido al español es “Los franceses siempre han tenido muy subido el papo”. A eso le añadimos que el proceso de descolonización ha tenido como consecuencia un reflujo inmigratorio de los países de las antiguas colonias, fundamentalmente de ciudadanos de religión musulmana, y la sociedad orgullosamente laica que ha sido Francia durante mucho tiempo se siente legítimamente amenazada, de modo que algunos agoreros, no sabemos si con razón o sin ella, dicen que Eurabia empezará necesariamente por Francia cuando la presión demográfica de los musulmanes europeos empiece a inclinar la balanza a su favor. La crítica sobre la incapacidad de Francia para asimilar a estas oleadas de inmigrantes, y la pasividad de sus instituciones para resistir las demandas religiosas de estos nuevos ciudadanos y defender los valores republicanos y laicos de la sociedad es también una preocupación constante de Houllebecq, lo que ha hecho que este autor haya sido calificado más de una vez como islamófobo.

Otra peculiaridad francesa, que a nosotros nos suena más extraña que las costumbres de los hotentotes, se resume en una frase que le gustaba repetir a Camilo José Cela: “En Francia el animal sagrado es el escritor, en Inglaterra el perro y en España el cura”. Hace dos o tres décadas, cuando todavía se podía ver más o menos la tele, era habitual en España que apareciese en pantalla algún escritor, incluso de los famosos y reconocidos, y se les podía considerar una presencia más o menos constante, de modo que eran conocidos más incluso que por su actividad literaria por su desparpajo ante las cámaras: Cela, Umbral, Terenci Moix, y otros que solían aparecer en tertulias y otros programas. Hoy es mucho menos frecuente, por no decir casi anecdótico. Sin embargo, en Francia el escritor sigue manteniendo un aura especial, recibe una consideración y un respeto mayúsculos, y el otro país vecino es, ciertamente, una de las últimas reservas naturales de la biosfera donde los intelectuales al estilo antiguo y  los escritores pueden vivir en libertad sin sentirse amenazados. De hecho, la figura del intelectual como tal nació en Francia, como es bien sabido, y se puede decir que allí es especie endémica. Y es que en la cultura francesa la literatura es una gloria nacional de la que sentirse orgulloso, al mismo nivel que la gastronomía o el vino, y es parte fundamental de la Grandeur, como Napoleón, tanto el emperador como la coñá. Lo dicho: para nosotros, como los que en África comen gusanos, son sus costumbres y hay que respetarlas, pero que nadie nos diga que tenemos que hacer lo mismo. Por eso aquí algunos que escribimos preferimos no decirlo a nadie y seguir dentro del armario, no vayan a apedrearnos o a tirarnos al río, que la gente es mu bruta, y en los correos electrónicos luego repasamos para quitar comas y acentos, disimular así un poco y no llamar mucho la atención.

Y es que hay otra particularidad de la literatura francesa que recuerdo que nos comentó un profesor, y es que virtud de esa Grandeur y de la gloria nacional literaria, no es infrecuente que cualquier francés, si sabe que eres aficionado a leer, se te ponga a hablar de cualquier ignoto escritor que nadie duda de su calidad, pero que no es un Camus ni mucho menos, y tu interlocutor dice tan tranquilo: “Sin duda lo habrá leído usted”. Sí, claro, majo, y también vemos películas francesas como en el tiempo en el que aquí todo el mundo sabía quiénes eran Delon y Belmondo, tú sigue soñando. A un español nunca se le ocurriría preguntar fuera del país si alguien conoce a un escritor que tuvo cierta fama hace un tiempo, y que quizá se mantiene sólo localmente, pero los franceses son así, angelicos míos… Ni siquiera tendría mucha lógica citarle al alguien demasiado a Vicente Blasco Ibáñez, un Dan Brown de su época que en sus tiempos fue uno de los escritores más leídos del mundo, y que en comparación con el autor de El código da Vinci era poco menos que Cervantes.

Terminando la contextualización, tenemos que Houllebecq es un escritor conocido y respetado en Francia, y conocido también en el resto del mundo. A mí sinceramente no me interesa demasiado, porque lo que me cuenta ya me lo sé, pero me pasa como con Zizek: el personaje me hace gracia y lo que me cuentan, aunque interesante, creo que está un pelín anticuado, o pasado de rosca, y como todo lo exagerado o hipostasiado, es entre irrelevante y algo ridículo. Por si fuera poco, y nuevamente aquí se demuestra lo desfasados que están los gustos y conocimientos literarios de algunos, las “novelas de tesis” son más antiguas de lo que parecen, y cuando los ves venir con su rollo desde antes de que hayan salido de casa el efecto que provocan es que sólo pueden estar buscando a los lectores más influenciables del espectro. ¿Es Houllebeqc, como cita un artículo que luego enlazo, “el Harry Potter francés para adultos”? Pues quizá algo de eso hay, allá cada uno. Hay mucho extremista que una vez al año pasa de las multisagas charcuteras de fantasía a leerse el último de Houllebecq como expiación, sobredosis compensatoria de literatura realista o inmersión directa en la literatura mazo seria, y claro, le pasa como al que después de estar un año entero practicando sólo sillónball se quiere meter un partido entero de squash, que le da un jamacuco de los gordos.

Sumisión falla precisamente en que es una novela muy poco houllebecquiana. Espera uno unas buenas peroratas y pontificaciones… y no llegan, y cuando parece que por fin va a pasar algo interesante o alguien va a decir algo con chicha… se acaba. Houllebecq nos ha hecho un Frank Miller, que nos calzó un Holy Terror convencido de que como su mensaje de advertencia era tan importante y trascendente ya no había ninguna necesidad de dibujar bien, ni de hacer nada interesante, predicando al coro ya ni nos esforzamos. Por si fuera poco, incluso se parecen los dos un poco físicamente. Si ya los pones con Sabina, darían miedo.

Por otro lado, igual que en la obra reseñada anteriormente en este mismo artículo, Houllebecq plantea una situación inicial francamente interesante con la que después no sabe lo que hacer, ni consigue hacerla evolucionar. Ya he dicho que es un escritor intelectual al que le importa bien poco desarrollar un argumento al uso, pero por eso mismo se nota mucho cuando abandona el conflicto político sin más. En las elecciones al principio de la novela el país está poco menos que al borde de la guerra civil, con un partido islamista con el que quiere pactar la izquierda y un Frente Nacional xenófobo, en vez de las dos Españas las dos Francias; en los días anteriores a las elecciones hay todo tipo de altercados y cuando el protagonista huye hacia el sur “porsiaca” se encuentra algunas imágenes dantescas y sitios abandonados que eso parece un episodio de The Walking Dead. Pues bien: gana la coalición islámica, y todo es poco menos que una balsa de aceite, oyes. De repente no volvemos a saber nada más de esa Francia del futuro cercano, y todo se vuelve a centrar en el personaje principal, que nos conocemos de sobra de otras novelas del mismo autor: personaje gris de mediana edad, mediocre y desencantado, que se ha enajenado de su familia y que es profundamente desgraciado y un triste.

Sobre el personaje principal, otra salvedad: es especialista en Huysmans, un autor francés que tuvo gran fama a principios del siglo XX y que influyó en otros autores europeos, pero que a día de hoy seguro que lo conocen muchísimo en Francia algunos, igual que en España nos acordamos de algunos autores que fuera de nuestras fronteras nadie conoce. No es que no fuera o sea un autor importante, pero ya digo, a día de hoy fuera de Francia, pues que como que no demasiado. De todos modos la elección de Houllebecq no es accidental: Huysmans estaba desencantado con la civilización de su época, a la que consideraba decadente y sin remedio, y terminó siendo un ultraconservador que acabó por volver al catolicismo y añorar los buenos viejos tiempos de la familia tradicional, cristiana y burguesa, aunque él nunca se casó y era sobre todo un putero. Terminó siendo oblato benedictino. Por otra parte, curiosamente, todos los gallegos conocemos a Huysmans. Como lo oís. Y lo conocemos porque Huysmans era uno de los autores leídos por los autores de la Xeración Nós, y como una de las lecturas ineludibles en los institutos era Arredor de si, de Otero Pedrayo, siempre se citaba a Huysmans y su conocida obra A rebours, traducida en Sumisión como Al revés, y no A contrapelo, que es lo habitual en español. Esa obra en particular, ya desde su título, sitúa a Huysmans como un ejemplo para los incomprendidos, para los inconformistas, los que van contra corriente. Lo que se cree que es Houllebecq, con sus sesiones de fotos en blanco y negro y sus poses de tipo interesante echándose un piti mientras hipnotiza a la cámara con su mirada acero azul y piensa que con cada libro su cuenta corriente empieza a sumar dígitos como loca, porque rebelarse, si se sabe vender bien, vaya si vende. Lo de la pinta de hobo o homeless como se dice ahora, clochard como se decía antes, también da puntos. Vamos, un incomprendido inadaptado que se hace fotos con antiguas glorias del rock tan incomprendidas e inadaptadas que hacen publicidad de limón Schweppes.
Como para darle un sustito al miedo

Este profesor, aburrido ante una jubilación de oro anticipada que le conceden por el deseo no oculto del nuevo gobierno de quitar a todo el mundo del medio vía talonario y así poder recrear la universidad y todo el sistema educativo según sus planes, empieza a verse seducido por el Lado Oscuro, impulsado además por el nuevo rector de La Sorbona, que tiene el cuajo de darle un librito de introducción al Islam que sólo le falta haber titulado El Islam para tontos. La visión idílica de ese Islam “moderado” y alejado de los excesos talibanes y terroristas, que es el que se quiere imponer por medio de la presión demográfica y del aprovechamiento de las fisuras de los sistemas democráticos occidentales para desmontarlos desde dentro, termina por seducir a este personaje débil de carácter que ve así una oportunidad de volver a la docencia y, por qué no, acceder a un mercado de mocitas sumisas y educadas en la complacencia, pues después de que su follamiga judía huyese a Israel ha tenido que buscar la compañía de meretrices, le parecen muy caras y además, claro, fingen el cariño y eso se nota. Al final el señor se convierte, y la novela acaba.

Y por lo menos yo, me quedé con la impresión de que una vez leídas algunas entrevistas que Houllebecq había dado antes de la publicación del mismo libro, leerlo poco más aportaba, la verdad. La novela es tan corta, y lo que cuenta tan anecdótico, que es imposible no destripar el argumento en cualquier entrevista a poco que se hable de ella, y aunque eso no debería importar demasiado el libro no ofrece mucho más cuando se lee. Sin pontificaciones esto se queda en nada. Houllebecq se ha olvidado de que escribe novelas, no panfletos, y que incluso un panfleto bien novelado es aceptable. Aquí estamos a lo que estamos y venimos a lo que venimos, no a leer algo que en un ensayo de periódico o en un libelo va que chuta.

Houllebecq en sus críticas a la sociedad, y en particular al Islam, no es que aporte ninguna solución al problema. Quizá es que sencillamente no la hay, o el apocalipsis cultural, social y demográfico al que se enfrenta Europa no es tal como nos lo quieren vender. Cierto es que si una sociedad no se renueva, o renuncia a reproducirse y a mantener sus valores, es lógico que otra más pujante entre en conflicto con ella, sobre todo cuando en su base fundacional tiene alcanzar a la totalidad del mundo, y si no es por las malas por las casi buenas y a la chita callando. Por otro lado, el paralelismo entre el profesor y el autor del que es especialista es claro: Huysmans termina refugiándose en el cristianismo y en los valores burgueses que dan tranquilidad a la vida del hombre europeo y tradicional, y el profesor en el Islam encontrará, se supone, una comodidad personal, profesional y sexual en la Umma, la comunidad de los creyentes en la que además él formará parte de la élite.

Yo, sinceramente, creo que en todo esto Houllebecq tiene una empanada mental importante. De hecho, intuye uno una cierta paradoja en todo el razonamiento. Si la sociedad posmoderna disuelve a la tradicional y crea individuos frágiles, desnortados y solitarios en los que los más débiles quedan fuera del reparto de la riqueza y de los goces familiares y sexuales, ¿cuál es la solución para el macho humano del común, desechable tanto social como genéticamente? Si se supone que debemos sentir vergüenza al leer la novela ante la sumisa disolución de la sociedad liberal moderna frente al Islam, ¿acaso esa misma sociedad no ha fracasado al ofrecer al ser humano la seguridad y el orden de esa sociedad anterior a la que substituyó? En cierto modo la propuesta islamista, nos está reconociendo el autor, no deja de ser atractiva por eso mismo, porque todo se reduce a follar y a controlar al sexo femenino y los derechos o privilegios reproductivos, y eso es lo que garantizaría el Islam, por lo menos a algunos. El resultado de la novela al final resulta por eso un poco ambiguo, pero no termina de quedar claro si ésa era la intención del autor o es que le queda así porque se pierde por los mismos vericuetos en los que se ha metido y no sabe cómo salir. No olvidemos tampoco que los personajes de Houllebecq son invariablemente varones franceses blancos y solitarios de mediana edad preocupados fundamentalmente por follar en tiempos revueltos, no precisamente sólo por culpa de la sociedad sino por deméritos propios, y que los personajes femeninos no es que salgan tampoco muy bien parados precisamente, ya que como diría un personaje de Torrente Ballester la que no es una bruja es puta, y el mismo autor en algunas declaraciones no ha negado ser un poquito, una mijita, bueno, quizá a veces bastante, misógino. De todos modos no sufráis por lo que puedan decir de él, porque está claro que le va la marcha por encima de todas las cosas, más publicidad gratuita y como decían los de WASP sobre las feministas que iban a armar gresca en sus conciertos, les daba igual mientras pagasen la entrada. Por eso digo lo de la empanada mental que tiene Houllebecq, aunque no creáis que lo digo en la peor de las acepciones posibles, porque no es sino el reflejo de la empanada mental que tenemos todos en estos tiempos de cambio donde nadie sabe a qué carta quedarse, y entre tanta sociedad y pensamiento líquidos parece que vivimos todos en una continua disentería mental.

Quizá la mayor tragedia de Houllebecq y de su obra es que él como personaje vale mucho más que cualquiera de los que ha construido, y el espectáculo literario que se crea alrededor de su persona en esta sociedad donde ya todo es espectáculo es bastante más interesante que la simple lectura de sus libros, de modo que la experiencia houllebecquiana es como Star Wars, un fenómeno interactivo y multimedia cargado de jaip que no es de extrañar que a algunos nos dé mucha pereza experimentar en su agotador conjunto; ya sabéis: cuánta puta y yo qué viejo. A mí él me parece un jetas muy inteligente que se lo ha montado muy bien y que a su manera disfruta como un enano con lo que hace, y que quizá se ha terminado creyendo su propio personaje porque además todos le han seguido la corriente, pero tampoco me parece mal nada de ello. Si yo estuviese en su lugar y me diesen tanta coba sería mucho peor, eso seguro.

En serio, lo ves por la calle con las pintas de esta película y le das para un bocadillo y una cerveza.

No tenemos ni puñetera idea de cómo se puede arreglar todo esto, o incluso si hay alguna solución, o si la hubo si ya ha pasado el tiempo de aplicarla, pero ya os digo yo que Houllebecq tampoco la tiene. Citando a Kavafis, al menos los bárbaros son una solución. Mala, sin duda, pero una solución.

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-SuperSantiEgo

2.9.15

Libro: Erasure, de Percival Everett

Uno de los asuntos más peliagudos con los que podemos tratar, por si fuera poco incluso en varias disciplinas, es el de la identidad. Aunque una primera falsa etimología nos haría pensar que estamos ante la unión de “id”, ello, y entidad, lo que es, con lo que tendríamos “lo que ello es”, en realidad es la unión en latín de la misma palabra, ídem et ídem, lo mismo y lo mismo. Qué es algo realmente en tanto que idéntico a sí mismo, y lo que es más importante: qué constituye lo que una persona es, su verdadera identidad. En cierto modo, es una chorrada considerable: “encontrarse a sí mismo” o “descubrir quién soy realmente” no dejan de ser tópicos existenciales modernos que forman parte de los Problemas del Primer Mundo.

De hecho, la identidad es uno de los temas centrales de nuestro tiempo, como no había sido hasta hace relativamente poco. El mismo concepto de “crisis de identidad” respecto a un individuo sólo se empieza a utilizar desde los años 1950, y también aparece como crisis de identidad de una empresa cuando pierde su rumbo, de un equipo cuando juega mal, etc. También se habla incluso del “estajanovismo de la identidad”, la necesidad de ser único y original en un mundo donde cada vez más hay más y mejores formas de expresarse “como uno es”, pero la competencia de todos los que nos rodean es tan fuerte que se producen fenómenos sociales como la compartimentación de modas a la japonesa, o en nichos culturales cada vez más específicos y por lo tanto reducidos. Y al final tan uniformado vas con un traje de tres piezas en el que elijes color de la tela y la corbata como vestido de gótico. Todo el mundo se pregunta quién es realmente y qué lo distingue de forma única y especial del resto de los seres humanos que tienen la osadía de compartir el planeta con ellos, sin sospechar que todos son realmente originales y únicos, exactamente igual que los demás. Todo esto, por supuesto, es parte de la sociedad posmoderna. Aunque siempre ha habido gente haciéndose esa misma pregunta, lo que ha llovido desde el Romanticismo y hasta ya los egipcios trataron el temita, y hay ejemplos de sobra de gente desubicada en el mundo y preguntándose “quién soy yo”, nunca como ahora ese problema se considera como propio de hasta el último mono, no privilegio de cuatro intelectuales.

Estos temas se tratan muy bien en la novela de Percival Everett, Erasure, y lo que diga aquí será complementario con la crítica que haga de La fabulosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Diaz. Aunque el mismo Everett niega que haya mucho de autobiográfico en ella, es innegable que algo hay. Reconozco también que no soy un experto en literatura ni historia afroamericana, quizá por ver el fenómeno desde afuera y con cierta ironía y escepticismo, cualidades que tiene tanto el autor de la novela como su personaje principal, un escritor y académico afroamericano de clase media que nunca ha sufrido estrecheces y que ha tenido acceso a una esmerada educación universitaria. El protagonista es, además, autor de varios worstsellers sobre temas grecolatinos, y está bastante quemado precisamente porque se espera de él que ejerza de negro… y a él no le da la gana, ni tiene experiencia de la marginalidad y del ghetto como para poder escribir sobre él. No hay nada malo en que, si has vivido en esas circunstancias, la marginación y la pobreza, que las expreses de forma literaria, pero por el simple hecho de ser negro no tienes un conocimiento inmediato de la dura vida en los suburbios. Del mismo modo ser español no te capacita automáticamente para escribir una magnífica novela sobre la Guerra Civil.

Cansado de que la gente cuestione por qué siendo negro no habla de temas negros, y que se espere de él lo que no quiere ni sabe hacer, y bastante agobiado por sus circunstancias familiares y personales, el protagonista se pone a escribir a mala leche una novela de forma paródica, una especie de historia plagada de tópicos sobre un joven negro que se expresa de forma macarra y que sólo habla de lo mal que lo trata la sociedad, lo mucho que le gustan los culos grandes y lo zorras que son las chicas a las que les ha hecho ya un hijo, todo con diecinueve años. Esta novela corta está incluida dentro del libro, de modo que tenemos un caso claro de literatura dentro de la literatura. Como es de esperar, viene a ser una historia trágica de ganstarap con diálogos chulescos, tragedia impostada y muchas faltas de ortografía.
La novela, como nos esperábamos, a pesar de ser un bodriete, cosecha un éxito considerable cuando la publica bajo pseudónimo, y la comunidad literaria se rinde a su sinceridad y a sus valores de denuncia de las duras circunstancias de la comunidad negra. Su título es My Pafology, Mi problemática en español. Como es de suponer, eso le sienta pero que muy mal a su autor, a pesar del buen dinero que gana, y se ve obligado a adoptar la identidad de un escritor con pasado chungo y carcelario que, para más inri, fascina a sus interlocutores, que ante él sienten una mezcla de miedo y atracción al oírlo hablar como un negro de la calle y cuando los mira con cara de “te rajo aquí mismo y ni parpadeo” los transporta al séptimo cielo. Lo peor es cuando a su verdadero yo lo eligen para ser jurado de un premio a la mejor novela del año, y se encuentra entre unos compañeros que no dejan de alabar ese libro, incluso cuando él mismo ha forzado al editor a cambiar el título a un sencillo, Fuck, Porculo en español.

K'estás mirando, payaso?!

La novela es irónica y muy divertida, aunque en ningún momento pretende ser una novela de humor al uso. Thelonius, el protagonista, empieza con un problema de identidad al principio de la novela, uno externo a sí mismo porque tiene muy claro quién es aunque los demás esperen otra cosa de él, pero acaba con un verdadero conflicto interno por el lío en el que se ha metido. Cómo se soluciona ese conflicto, si es que se soluciona, y cómo acaba el libro, no os lo cuento. Desde luego, muy recomendable.


Aquí tenéis a Percival Everett con su hijo. Demasiado negro para ser blanco y poco negro para ser negro de verdad. Siendo como soy ciudadano de un país que hasta hace relativamente poco fue racialmente bastante homogéneo, que expulsó a los judíos (no fuimos los primeros ni los últimos, ¿verdad, Eduardo I?, ¿no es así, Maria Teresa I?, aunque nunca los hicimos volver), luego a los moris y que para echarle la culpa de todo sólo tenía a los gitanos, la verdad es que los problemas raciales nunca los he vivido de primera mano, ni como sujeto agente ni como paciente, aunque de vez en cuando por ser gallego algún mesetario te dice alguna gracia pero con mandalo ir tomar polo cu asunto arreglado. De hecho, como es bien sabido, el concepto de raza pura no sólo es una chorrada, sino una imposibilidad biológica. Los españoles tienen en general un sustrato similar al bereber con los íberos, al que se superpone una corriente de indoeuropeización temprana con los celtas, que por lo visto ya eran fusión de otros pueblos, luego tenemos aportes semitas de los pueblos fenicios, y ya sabemos que por aquí hubo griegos, romanos, y que parte de la toponimia de Galicia es etrusca, sin olvidar la germanización de suevos, vándalos y alanos, no demasiado numerosos pero que no son desdeñables, así como cierta influencia vikinga, por no hablar de la conquista árabe y luego la de los pueblos del norte de África, almorávides y almohades. Por otra parte, aunque muchos judíos se fueron, otros se quedaron, todos los que se apellidan ahora santa algo, de Dios, de la Cruz, Dopico y otros muchos apellidos, son descendientes de judíos, y raro debe ser el ciudadano español que no tenga sangre hebrea, no digamos ya mora. Vamos, que cuando en el franquismo se celebraba el Día de la Raza (la española, claro) era como celebrar lo excepcional que es que el agua moje. Lo único que puede dar cierta unidad es que se puede considerar que el resultado es de raza blanca, aunque meridional, de ahí el tópico de que el español es bajito, moreno y cabreao, falso en dos de los casos ya que tenemos una media de altura superior a la de otros países supuestamente más molones y hay bastante gente con el pelo claro sin necesidad de que nos invadan las suecas. De hecho en el XVIII intentamos repoblar la zona de Sierra Morena con, agarraos, alemanes, famencosy suizos, (hace falta tener mala follá, Carlos III), y los que no murieron achicharrados contribuyeron a la piscina genética… no, es coña, al acervo genético nacional con sus genes centroeuropeos, igual que lo hicieron los miles de esclavos negros que había en tiempos de los Reyes Católicos y los japoneses sevillanos. Del mismo modo si conocéis a algún Maldonado recordadle que pueden pedir su admisión en el clan de los McDonald, y pocas tonterías con decir que aquí deformamos los nombres o apellidos porque en inglés los Sinclair son los Saint Claire, hasta hace relativamente poco la gente escribía su apellido como le daba la gana y la mayor parte de los apellidos nobles ingleses son malas pronunciaciones o escritura de apellidos franceses desde que Guillermo el Bastardo decidió que no le gustaba su apodo y que quería que lo llamasen Guillermo el Conquistador.

Como ya me conocéis, no os costará comprender que yo racista no puedo ser mucho, porque para eso hay que creer en la superioridad de unas personas sobre otras, o de una raza o pueblo en particular, y soy de la democrática idea de que el ser humano no tiene enmienda y su grado de hijoputez alcanza cotas que son difíciles de comprender, y que está estadísticamente muy bien repartida. Sólo dos ejemplos: Israel no termina de reconocer la existencia del Genocidio Armenio y en Liberia, nación creada por exesclavos, se dedicó a ejercer el comercio de esclavos… hasta 1927. Hijoputas todos. Misántropo, puede, pero racista y xenófobo no, que hay aquí hay para todos.

Por último, para demostrar que pese a todo el ser humano es extraordinario, recordemos al Integralismo Brasileño de los camisas verdes, movimiento análogo en Brasil al fascismo y al nacionalsocialismo que era radicalmente antirracista. Los SHARP tampoco inventaron nada. 

-SuperSantiEgo