Las palabras pueden tener distintos significados, y polimórficamente pueden redefinirse y apuntar a realidades muy distintas. Por eso aunque al oír hablar a alguien en clave posmoderna en lo filosófico e intelectual la única respuesta debería ser rociarlos con aguar bendita o dispararles en cualquier lugar menos en la cabeza porque la zombicidad es una construcción social impuesta por el biopoder, si nos referimos a la posmodernidad literaria sólo estamos ante una forma de hacer literatura que debe ser juzgada por sus méritos. Lo posmoderno en literatura no es nuevo, de hecho la primera novela moderna, El Quijote, ya se podría definir como un juego posmoderno de autorías y narraciones dentro de la narración, pero aunque sus características son un tanto inasibles sí hay algunas que pueden delatar que estamos ante un claro artificio posmoderno: la ironía, la ruptura con ciertas formas narrativas clásicas, la literatura como construcción formal, la fragmentación, la disolución de los géneros del pasado y del presente, y en general cualquier cosa que quepa en el saco. Tampoco es nada exactamente nuevo: por un lado encontraremos precedentes tan antiguos como queramos, y tampoco dejan de ser los herederos de las vanguardias literarias que todos estudiamos en las clases de literatura. Podéis leeros la entrada de la Wikipedia sobre el tema, pero seguramente os quedaréis igual. Del mismo modo que el movimiento se demuestra andando, lo posmoderno en literatura se tiene que experimentar en cada obra que se lee o se escribe. Otra de las características de las obras posmodernas es cierta singularidad, cada una es de su padre y de su madre incluso en un mismo autor, y por eso mismo podríamos decir que la literatura posmoderna está en los antípodas de la concepción encosertada de la literatura de corte claramente comercial y de bestseller, que sigue a pies juntillas en lo formal los cánones impuestos desde el XIX, y no digamos en lo argumental en no pocos caso en la narrativa de género o narraciones neopulp, la mayor parte de las veces tan predecibles como la salida del sol. En la literatura posmoderna cada obra tiene sus propias claves, incluidas dentro de la misma novela, que hay que descifrar para entender lo que estamos leyendo. Si el autor lo consigue o no, si se hace los genitales un lío o si una vez entendida la clave lo que leemos vale la pena o es un churro, es harina de otro costal. Efectivamente: leerse toda La rueda del tiempo de un tirón no es ni de lejos tan friki como tragarse a DeLillo, y si creéis que los groupies de Martin son pesados imaginaos los de Pynchon. De todos modos, en mi descargo, afirmo que la novela decimonónica y su estructura es como la columna dórica, la jónica, y si me apuráis hasta la corintia que ya no me gusta tanto: aunque antigua, no quiere decir que esté anticuada, sino que es clásica, no implica esto ni mucho menos que no se pueda usar y que no tenga un mérito enorme saber utilizarla correctamente. A ver quién es el chulo que ahora se marca sin sentir un soneto con sus rimas, sus sílabas contadas y todo lo demás, como hacía don Lope.
Siguiendo esta misma tradición posmoderna la propia editorial que publica esta obra, Lengua de Trapo, la califica muy irónicamente como "Un atentado a la historia de la literatura", y muchas de las críticas coinciden en que es una obra irreverente y totalmente alocada por momentos. A este tipo de obras se le puede aplicar también él término "capricho", que define a ciertas obras, ya sea pictóricas, literarias o musicales en las que el autor sencillamente se deja llevar a ver lo que sale y se marca un "ahí queda eso". De todos modos recordemos que una cosa es el desfás, el cachondeo y la irreverencia, y otra muy distinta escribir lo primero que se le pase a uno por la cabeza sin ningún plan ni idea de lo que se está haciendo. Norl!, la literatura posmoderna no es eso, sino en muchos casos todo lo contrario: el desorden está plenamente pensado, la fragmentación tiene una unidad implícita que hay que comprender y dentro de la irreverencia a veces se oculta una profunda admiración. Orejudo, filólogo de profesión, nos presenta a todos los personajes relevantes de los años anteriores a la Guerra Civil, donde conviven los autores entonces consagrados de la Generación del 98 con los de la Generación del 27 y de la que no se acuerda nadie por su nombre porque quedó en medio, la Generación del 14. Entre todos estos personajes reales, y codeándose con el resto de alumnos de la Institución Libre de Enseñanza, se mueven los personajes inventados por Orejudo: Santos, que proviene de la España profunda y rural para descubrir en los Madriels un mundo nuevo en la pornografía, Martiniano, sobrino de Azorín al que el sieso de su tío trata con muy poco cariño, y Patricio, que espera convertirse en un gran escritor. Es, podríamos decir, una España un poco alternativa: existe una revista porno con relatos muy subidos de tono, las costumbres sexuales son un poco ligerillas y sentimos como propia la agresión que siente un personaje al enterarse de que Juan Ramón Jiménez va a residir una temporada en la Residencia de Estudiantes porque, dada la aversión del poeta al olor del cocido, nadie va a catarlo hasta que él se vaya. Intercalados entre los distintos capítulos tenemos una serie de cartas que una señora de avanzada edad escribe, ya en los años ochenta, a un investigador que está precisamente inquiriendo sobre algunos de los personajes cuyas peripecias vamos a conocer, y que dentro de la novela se han convertido en figuras igualmente conocidas en esa especie de futuro alternativo.
El argumento, en cierto modo, no puede ser más delirante: aunque sabemos que todo acabará con el estallido de la Guerra Civil, las fuerzas que se mueven por debajo y controlan los hilos de la política no pueden ser más distintas que las que realmente lo hicieron, y las tertulias y otras instituciones culturales de la época aparecen desde una òptica muy diferente. Todo, muy dentro del gusto posmoderno, parece una conspiración propia de un blog actual que denuncias conspiranoicas, y las escenas tipo Club Bilderberg en las que Ortega y Gasset aparece en unas reuniones que poco tienen que envidiar a las protagonizadas por Spectra o a las del Partido Republicano reunido en el castillo de Drácula en Los Simpson son una delicia. Es difícil dar más detalles del argumento, porque es una verdadera locura, los personajes inventados están a la altura y los personajes históricos... digamos que nunca los habíamos visto así. Son una versión reconocible, pero alternativa de ellos. Además, y es un logro magnífico, cada vez que uno de éstos aparece, e incluso con otros, se le asigna su correspondiente "epíteto homérico", así que indefectiblemente, hable el narrador o un personaje, cuando se cite a Ortega se dirá siempre de él que es "el incansable luchador por la europeización cultural de España;", y si alguien se refiere a Federico García Lorca es imposible que no se puntualice de él que es "el mejor intérprete del alma de Andalucía".
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| "Hail, Hidra". |
-SuperSantiEgo


1 comentario:
La de veces que habré declamado, con unas copas encima o si ellas, los inmortales versos que empiezan:
"Oh tú, que los trabajos abominas, vil chicharra..."
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