29.9.07

Cogitatio Caeca I: ad Tiagum.

Nota preliminar: sería bueno describir un poco a Golias. Físicamente, es como casi todos los goliardos: de muy elevada estatura y complexión atlética. Suele vestirse con camisetas militares y pantalones resistentes, ya que toda su larga vida la ha pasado en una u otra forma de milicia, y ésa es su forma de ser. Como todo goliardo de larga vida su espíritu ha ocupado varios cuerpos. Su apariencia en los tiempos narrados entre Carmiña Burana y Kaänder Fåder es la de un hombre moreno de rostro afilado de marcados pómulos a los que casi llega una recia barba. El pelo no muy corto y profundos ojos negros en un rostro que independientemente de la raza o sus rasgos recuerda necesariamente a las estatuas de los patricios romanos.
Las cogitatios irán numeradas, obviamente, por números romanos, aunque eso no presupone ningún orden cronológico, como se explicará en esta misma primera ocasión, sino el orden en el que se publicarán aquí. Como Golias ha vivido desde antes de la Segunda Guerra Púnica (nació Sixtus Iulius Caesar) y no morirá definitivamente (si es que eso realmente ocurre), con el Apocalipsis, el margen temporal es enorme. De todos modos se considera que las primeras Cogitatio Caeca como tales son de la época medieval, así que si Golias habla de tiempos anteriores seguramente serán recuerdos. Algunas de las Cogitatio se podrá deducir de qué tiempo son por las referencias, y otras serán completamente intemporales.
Para empezar he sido un poco conservador y he elegido empezar por el principio de alguna manera, en donde Golias expone el origen de las meditaciones que escucharemos, y aclara un poco cuál es su relación con Tiago, el primero de los goliardos.
Cogitatio Caeca I: Ad Tiagum
Muchos acuden a él, Golias, que yo soy, y le preguntan. Le preguntan cuando son jóvenes, cachorros de goliardos que acuden al viejo Golias, y en un susurro hacen siempre la misma que no es ni interrogación, ni pregunta, ni nada que se atrevan a decir, y frente a frente con Golias me preguntan qué opino sobre el manus Tiago. Él es el protoalbéitar, les dice siempre Golias. Él es el más anciano entre todos nosotros. Él es conmigo y con aquél que es huérfano de sí mismo el amanuense del Libro que habla dentro de nosotros. Él es. Él lo es.
Da igual cuantas veces lo haga. Siempre terminan regresando. Manus Tiago lo sabe, y no le importa. Manus Tiago sabe. Sabe. ¿Cuándo conociste a Manus Tiago? Todos lo saben pero me lo preguntan. ¿Dónde mejor sino en un genocidio, aniquilando una a una las almas de Cartago? Allí lo conocí, porque él me buscaba, y desde entonces sé que vaya a donde vaya él podrá encontrarme. No querrá nunca Golias huir de él, pero sé que sería inútil como para los humanos escapar del día de su muerte. Lo es.
Tiago dijo a Golias: Deberías escribir más, manus Golias. Así estarías más acostumbrado cuando tengamos que escribir de nuevo el Hoc Lieber que habla por todos nosotros, del interior de todos nosotros que es. Mas no es cierto, no le respondí, porque aunque no sé por qué, sí lo se, nunca he dejado que él lea lo que yo escribo, cuando dejo que el pensamiento yo Golias siento se funda en el papel, él que aprendió a escribir en latín y griego antes de que la mitad de los pueblos que ahora moran la tierra supieran que iban a existir, sólo para después morir. Morir
Escribo lo que dicta mi mente, que Golias es. A veces. Donde puedo. Da igual dónde y como sea, la trinchera, el catre o un vagón de tren, pues el Pensamiento Ciego que da impulso a mi reflexión no puede tener otro destino sino el inmediato que es el fuego que consume papel, pergamino o papiro, y que no deja más que cenizas en el suelo como frías favilas sólo quedan en mi memoria de lo que pensé, ciego el pensamiento que es como fluye así cuando se abren los ojos del hálito de vida que anima la carne que Golias, yo, somos.
Siempre preguntan lo mismo, cada vez. Siempre les respondo que no lo sé. Nadie lo sabe, sólo él. Si tanta curiosidad tienen, les digo a los cachorros, que se lo pregunten directamente. ¿Qué edad tienes, consocie? Dime cuántos años tienes, manus Tiago, y te haremos una fiesta de cumpleaños. No lo sé. Más que yo, que cuento muchos. No sé cuántos más. Quizá no quiera saberlo. Pero de algún modo lo sé. Lo supe sin saberlo cuando vi algo que no tuvo sentido hasta siglos después de verlo, poco después de conocernos, y poco antes de separarnos por primera vez. Maté a los integrante de una pequeña caravana y tomamos sus posesiones, y dentro de una caverna para protegernos del frío maté a una oveja para que fuera de él y mío y el sustento. A la luz del fuego se iluminaron las paredes del lugar, y a ella vi los colores y las figuras que apenas si llamaron mi atención mientras se asaba la carne, mientras mi casi desconocido nuevo amigo no dejaba de observarlas. Se levantó, mojó la mano en la sangre del animal, y dejó la huella de su palma en la pared. Cuando le pregunté si había visto alguna vez algo parecido no me contestó, pero de algún modo intuí que sí. Muchos siglos después comprendí lo que manus Tiago había hecho en ese momento, y la magnitud de lo que me mostró su comprensión sigue estremeciendo la carne que da cobijo a mi espíritu que es Golias. Deberías escribir más, Golias, muchacho. Casi todos lo hacemos, ¿por qué tú no? A veces creo que sabe que lo hago, y que purifico con el espíritu del fuego los desatinos que mi espíritu ciego hace que Golias escriba en papel, pergamino o papiro. Él, y muchos otros, hacen que sea el espíritu del polvo el que con su pátina dé sentido a lo que crean con el ingenio de las potencias de sus almas.
A veces me lo preguntan, en un susurro, como si temiesen que los fuese a oír. ¿No te da miedo a veces, Golias? Si a veces es siempre, sí. Yo, Golias, el que no teme a nada, ni a la muerte, ni al dolor, siento pánico cada vez que estoy junto al que es mi mejor amigo, el más antiguo, el que sé que sabe algo que no puedo comprender y que no sabré hasta que sean finalizados los tiempos y todo, cada conocimiento incluido, quedará completo y en su lugar. Siento ante él que hay algo que está más allá de lo que yo puedo comprender, y de lo que puedo saber. Sé que nunca volverá su sabiduría contra mí y contra los demás, que somos los suyos, y que los enemigos que son de todos podrán intentarlo, pero nunca conseguirlo. Siento el terror de lo insondable, el horror de lo que no tiene nombre ni forma y acecha siempre en el lugar al que no miramos porque ello ahí se encuentra. El miedo nos mantiene alerta, y por tanto vivos. Bendigo al miedo que hace que la bomba de mi sangre impulse con renovados fuerza y brío el más preciado fluido vital por las intrincadas cañerías de la casa carnal de mi espíritu, donde él encontró abrigo.
Antes de acostarme recorro las estancias de la Centuria, reviso que todo esté en orden y que no falta de nada a mis muchachos que me miran como un padre que los ama y protege, y que orgulloso los llevará de victoria en victoria hasta la victoria final que a todos por derecho de nacimiento y bastardía nos pertenece. Sea como sea, siempre departo unos minutos antes con Tiago, y sosteniendo su mirada mientras compartimos una botella de vino recuerdo su mano ensangrentada imprimiendo la forma de su mano en la piedra, en mí oigo el rodar de la rueda y comprendo que soy de ella en el barro su profunda huella. Veo de nuevo su mano ensangrentada imprimiendo el dibujo de su contorno en la piedra, y me pregunto de quién fue la sangre con la que por vez primera hizo el gesto de afirmar que hubo alguien en el mundo que dejó constancia de que existió y estuvo allí. Yo fui, y tú que ahora eres y algún día como yo ya no serás, dejarás de ser sabiendo que, como tú, yo fui y estuve aquí. Pero no quiero pensar cuándo lo hizo. No quiero.
Todos me lo preguntan, y como realmente no sé cuándo fue, no respondo, y doy por válida cualquiera de sus especulaciones. Eso me importa tan poco como al mismo Tiago.
Lo que nadie pregunta, no sé por qué, no quiero saber si no se atreven o, peor, nunca se han dado cuenta, es por qué está en todas partes, a todas horas. Él vela cuando el último se va a dormir, y allí sigue él cuando se despierta el primero.
Dejo ya de hablar. Que hable el fuego.
Bueno, como primer intento no ha estado del todo mal, pero aún quedan muchas cosas por pulir. Como habréis visto, se utiliza fundamentalmente la sintaxis para provocar el efecto de extrañamiento, e incluso se producen anacolutos, que podrían ser resultado de una traducción directa de una lengua en el que esas construcciones estarían permitidas.

-SuperSantiEgo

6 comentarios:

Necio Hutopo dijo...

A veces el Necio Hutopo, animalito fantástico, no sabe por qué el Necio Hutopo hace lo que hace el Necio Hutopo. A veces se pone a leer lo que leer se deja y trata de leer lo que leer es complicado... A veces leer lo que leer es complicado es mejor que leer lo que leer se deja porque para leer lo que leer es complicado se necesita ser un poco Necio Hutopo, animalito fantástico... Sobre todo, porque detrás de lo que leer es complicado, está quien escribe lo que leer es complicado, y escribir lo que leer es complicado es aún complicado si se puede...

Y creo yo que de goliardo no la armo

Anónimo dijo...

Al final salió la Cogitatio Caeca. Muy interesante, pero es una pena que mi naturaleza mortal me impida entender todo lo que se pierde con la traducción.

Santiago Bergantinhos dijo...

Ya veo que esto no levanta pasiones, que digamos

jose.etxeberria dijo...

Le voy a ser sincero: Le admiro y le envidio; yo ya no tengo fuerza, ni tiempo, ni valor par enfrentarme a tareas creativas tan intensas.
Cuando recupere el ánimo prometo leer alguno de sus libros. Incluso criticarlo.

Santiago Bergantinhos dijo...

Pues tan fácil como pedírmelo

jose.etxeberria dijo...

Oh! Gracias. Me refería a los de descarga gratuita. Si se me hace duro el formato, le mando un mail y le pido uno convenientemente editado.
Un saludo.