Bitácora personal para la investigación exhaustiva de los aspectos estupefacientes de la Realidad.
Observatorio político para el seguimiento de la evolución de la guerra eterna entre el Bien y el Mal.
Foro unipersonal que aboga por la consecución de un frikismo cartesiano, racional e ilustrado
Creo que ya referí por estos lares más o menos cómo se producía el rito semanal, quincenal o mensual, dependiendo de mis fondos de aquella época, a la hora de ir a comprar un libro a la librería de siempre durante mis años de instituto: me acercaba a los estantes donde se agrupaban las colecciones de ciencia ficción, y elegía un libro guiado por un refinado criterio, que más o menos era el color de la portada, lo bonito del título o si la escueta sinopsis de la contraportada me hacía tilín. Es lo que había entonces. Este libro en concreto creo casi seguro que es el segundo que compré, después del Yo, robot, de Asimov. Así que cuando volví a la librería vi que era de la misma colección, que también iba de robots y claro, ¿qué otra opción había? Pues eso, que me lo compré. La verdad es que la ilustración de la cubierta también llamó mi atención, aunque en el momento no llegué a la conclusión lógica de que eso parecía la carátula de un disco de Kraftwerk. El autor de esta novela, que siguiendo la tónica de la época no es un mamotreto de no se sabe cuántos cientos de páginas, sino que son unas manejables doscientas sin relleno, trata de las andanzas de un robot muy poco asimoviano, y que de hecho tiene unas preocupaciones muy distintas de las de un robot de Asimov. Mientras que Asimov casi siempre cuenta lo que pasa con los robots desde un punto de vista humano, incluso en El hombre del bicentenario pues nos encontramos ante un robot que desea ser humano hasta las últimas consecuencias, en este caso tenemos el punto de vista de un robot. Un robot que es desde el principio muy humano, sí, pero que se plantea desde el primer momento los dilemas existenciales típicos: qué y quién soy, si tengo conciencia o sólo soy una máquina, etc. Por otro lado, nuevamente, esto es ciencia ficción porque está editado en una colección de ciencia ficción, salen robots y si consultamos en la Wikipedia nos dirá que el escritor británico es un autor de ciencia ficción de la época de la new wave. Sin embargo, la ambientación de la novela utiliza un truco ingenioso que permite que el mundo donde se desarrolla la acción envejezca bastante bien, pues crea una mezcla entre futurismo y decadentismo medieval. Aunque no se nos dice el año, y se agradece, han pasado más de mil años desde nuestro presente, 1974 cuando se escribió esta novela, y se habla de un pasado casi mítico donde existió un poderoso imperio mundial, lleno de maravillas tecnológicas y colonias en otros planetas, que se derrumbó hace cientos de años. A partir de ahí, conviven reinos, sistemas neofeudales, y tecnologías futuras, algunas que todavía no se han recuperado del todo y otras como la robótica que se han mantenido a través del tiempo. Es un truco que funciona, y que vemos también por ejemplo en Dune y en muchos de los comics de los Humanoides y otros mundos futuros o supuestamente futuros donde se mezcla la tecnología de naves espaciales con sistemas económicos y sociales arcaicos, a veces favorecidos por el aislamiento de grupos de población.
Jasperodus nace a la conciencia directamente con una personalidad de adulto, varón, y podríamos añadir que blanco y protestante si no fuera porque es un humanoide de metal con finos grabados por todo su cuerpo. Delante de él cuando abre por primera vez los ojos y se le termina de compilar el kernel de Linux, está su padre, que lo ha construido, y su madre, una pareja de ancianos que le dicen que es su hijo y que lo han construido para que se comporte como tal con ellos. Sin embargo, como lo han dotado de completa autonomía, Jasperodus se larga sin más y sin decir una palabra, y sus padres aceptan que era posible que eso ocurriera. A partir de ese momento Jasperodus explora ese mundo en el que él no tiene derechos sino que siempre lo considerarán todos una propiedad de alguien o un robot vagabundo al que esclavizar o robar sus piezas. Claro que el buen robot se las trae: su sentido de la moralidad parece casi inexistente y cual lector adolescente de Nietzsche cree que sólo existe la voluntad de poder, así que se nos presentará la típica historia, dos veces, de ascenso al poder. Por otra parte, el meollo de la historia es la conciencia de Jasperodus de poseer conciencia, en lo que cree diferenciarse del resto de su especie mecánica. Él, aunque metálico, se ve a sí mismo como una persona, no como una compleja simulación, un ser completamente autoconsciente. En sus periplos por ese mundo, y en todas sus peripecias, a través de la ambición, del estudio de las ciencias, en especial la robótica, y el cultivo de las artes, quiere demostrarse a sí mismo y a los demás que es eso, un auténtico ser humano. Por otro lado, y ahí le doy algo la razón a una crítica que he encontrado por ahí, la novela adolece de poca o nula capacidad de empatía, tan poca como el propio personaje. Si se ha acusado a veces al género, con razón, de ser un chiringuito cerrado donde hasta hace poco sólo había un campo de nabos, por algo será. Como ya he dicho, aunque en principio asexuado, Jasperodus tiene una clara apariencia varonil que incluso atrae las miradas de las féminas, que como suele ser habitual en este tipo de ambientaciones pseudofuturistas quedan relegadas a un estadio social propio no ya del siglo XIX, ya nos daríamos con ello con un canto en los dientes, sino a una supuesta era antigua de las de cachiporrazo en la cabeza y llevárselas a la cueva. Por eso ya en su primer contacto con humanos, cuando unos ladrones se ponen a violar a las ocupantes de un tren, el robot permanece impasible viendo lo que pasa delante de él y no le provoca ningún comentario el abuso del poder o de la fuerza, sino que dará siempre por buena la ley del más fuerte como único principio moral, y posteriormente cuando ha alcanzado la riqueza y el poder se fabrica, para decirlo claramente y sin eufemismos, un pedazo de troncho que avergonzaría al de Nacho Vidal, con el que le da canela en rama a todas las concubinas y mozas que hay en el castillo de un importante monarca, y que suponemos que están allí precisamente para eso. Curiosamente, en ningún momento Jasperodus asocia el ejercicio de la humanidad con el amor, la intimidad o la conmiseración con otros seres humanos que viven en circunstancias lamentables, o incluso con los robots desheredados del mundo, sino que simplemente los ve como puros fines para conseguir sus objetivos, y está siempre dispuesto a sacrificarlos sin pestañear, si es que pestañas tuviera. Sea realmente un ser sintiente o no, Jasperodus es un poquito bastante psicópata, la verdad, y aunque gana en cierta sabiduría con los años y se va desencantando del mundo, su desarrollo moral de la primera a la última página es nulo. Y es que a veces este tipo de historias, ambientaciones y personajes a lo tonto dejan vislumbrar lo que satisface a cierto tipo de lector bajo la excusa de la especulación fantástica: visiones bastante arcaicas y reaccionarias del mundo recubiertas de un futurismo y supuesto positivismo científico. Cierto es que el género sirve para especular sobre la sociedad actual, como se suele repetir, pero a veces la retrata perfectamente de forma metaliteraria a través de él mismo. Por último Jasperodus, cansado de tantas luchas por el poder, venganzas y rebeliones, y como ya digo sin que le importe nunca dejar todo atrás y olvidarse de sus supuestos amigos, decide hacer lo que siempre eludió, que es preguntarle a su creador a santo de qué él se siente tan diferente a los demás, y por qué pese a que todas las ecuaciones de la robótica demuestran que es imposible, él se cree con alma, ya que incluso en el título original no se utiliza ghost, sino soul. Cuando encuentra a su moribundo padre, y ahí reconozcamos que hay que admitir que aquí como siempre es necesario que el encuentro se dé en las postrimerías y último aliento del anciano para darle mayor dramatismo a la escena, nos enteramos de dónde proviene esa sensación de conciencia.
Y es que lo hizo un mago. Hala, ya lo he dicho. Un mago, que viene a ser su padre. Desde luego al leer la novela está claro que el autor no está utilizando los conocimientos y especulaciones sobre la inteligencia artificial que había en la época, sino que se guía por los tropos literarios del propio género y las discusiones filosóficas básicas sobre lo que es la identidad y la conciencia, pero al final nos sale, como tantísimas veces la ciencia ficción demostrando que lo de ciencia lo lleva de adorno, con una explicación puramente animista, al estilo del Mundo del Río; ya sabéis, esa saga donde al final existen máquinas hacedoras de almas y otras mamarrachadas. Pues aquí algo parecido, que no voy a explicar en detalle. Que sí, que tienes alma. Un poco podrida, diría yo dado su comportamiento desde el primer momento que abre los ojos, pero tenerla, la tiene. Unos diez años después el autor escribió una continuación en la que Jasperodus se enfrenta a otro robot que también quiere construirse un espíritu, pero no tengo ganas de leerla. Otra cosa que llama la atención en la novela es que recuerda un poco a la sociedad robotizada de Futurama, aunque claro, en el caso de la serie animada todo se trata con humor muchas veces salvaje, con la Corporación Mamá y el fundamentalismo robot, la robotsexualidad y lo demás. En la novela aparecen desde luego los ghettos robot, una cierta organización social paralela y algo que ocurre exactamente igual que en Futurama, cuando los robots consiguen un estado parecido a la embriaguez por medio de descargas eléctricas en el cerebro robot.
Que conste que es pura casualidad, no es que esté haciendo críticas y comentarios por pares por iniciar una tradición, sino porque últimamente está ocurriendo así. Además, ya sabéis, es mi blog, y como en mi fiesta, si quiero, lloro, o comento las cosas a pares.
Así pues tocan dos obras muy distintas, y que además en un caso es la adaptación en serie de televisión de una novela de fantasía ucrónica, y en otro caso la última novela de un conocido escritor francés. Sin embargo, hay cosas que hermanan e incluso igualan a ambas obras.
Aunque la novela que da origen a esta miniserie, John Strange y Mister Norrell, tiene cierta fama, he encontrado opiniones entre conocidos míos que la definen desde muy buena a un soberano coñazo con buenas ideas pero desarrollo lento como el caballo del malo. En eso no me meto porque de lo que hablaré es de la serie, que es lo que yo he visto.
La historia que se nos va a contar en este caso es una ucronía, historia alternativa con tintes fantásticos, etc. Nos encontramos por tanto al principio del s XIX en una Europa exactamente igual a la que conocemos, con su Napoleón despertando a la Historia a golpe de cañonazos, y a Inglaterra en guerra con Francia, como debe ser. Guillermo
Jorge III está ciego y como una chota, y Wellington desde Portugal participa en la Guerra Peninsular, que es como llaman los perfidoalbionenses a nuestra Guerra de Independencia para recuperar el derecho inalienable de volver a instaurar una monarquía absolutista que recupere la Inquisición. Pareciera que todo es igual, pero no. La historia de Inglaterra, no me preguntéis cómo, es muy diferente en el pasado, con un rey mítico que gobernó trescientos años, el Rey Cuervo, que poseía grandes poderes mágicos, y que tras desaparecer misteriosamente parece que se llevó toda la magia con él. En ese momento de la historia que, repito, en su momento inicial poco o nada se diferencia del mundo que nosotros conocemos. En él la magia es poco más que un conocimiento teórico de clubes de gente extravagante, hasta que un mago después de dejarse la vista varias décadas en los libros que quedan del tema consigue convertirse en un mago auténtico y practicante, el señor Norrell, al que luego se unirá otro algo más joven y con un talento innato y algo salvaje, Jonathan Strange.
¿Son familia? No lo sé.
La ambientación es muy buena, como suele ser lo habitual en las series inglesas, en especial las de la BBC, los actores lo hacen muy bien y la historia tiene su interés al principio, hasta que, como se suele decir, aparece el efecto mariposa y todo empieza a tambalearse, hasta el punto de que nada tiene el más mínimo sentido. No tengo nada en contra de los cruces de géneros, pero en estos casos, así como la hipertrofiada moda del pongaaquícuaquiercosa-punk, lo que se suele conseguir es la acumulación de errores, tics y abusos de cada uno de los géneros que se cruzan. Si la narrativa histórica suele caer en proyectar la psicología y las ambiciones de los personajes modernos en eras pasadas, a eso se le unen los principios irracionales que suelen echar a perder a los distintos géneros fantásticos. Me explico: que algo sea fantástico, maravilloso o extraordinario, no quiere decir que sea arbitrario o irracional, o una excusa para justificar cualquier sinsentido. En este caso la autora ha querido cuadrar el círculo, como casi toda historia ucrónica o loquesea-punk, y largarnos un ceteris paribus completamente imposible. No ya solo la historia de ese mundo confluye con la nuestra después de un pasado tan diferente, donde supongo que ni siquiera habría existido Enrique VIII (que convendréis conmigo que configuró bastante la historia de Inglaterra), sino que la irrupción de la magia de nuevo en Inglaterra se da a entender que debería haber tenido una influencia decisiva en la derrota napoleónica, aunque apenas si se nota. Porque en esa época tener un espejo o palangana de agua desde la que ver los movimientos del enemigo, así como la capacidad de crear ilusiones u otras estratagemas con las que vencer al enemigo habrían sido más que decisivas. Más equilibrada sin embargo era la propuesta de
Arrowsmith, un cósmic en el que en un mundo alternativo se libraba el equivalente de la Primera Guerra Mundial en la que todas las potencias beligerantes utilizaban la magia y los seres fantásticos.
Pero eso no es nada en comparación con otras cosas que suceden. Como muchas veces he repetido, una de las características que más me repelen es la moda actual de hacer gala de una frivolidad intelectual y cinismo a toda prueba, que además se amparan en la Revelación Posmoderna. En este caso, no sólo se pregunta uno a qué viene citar de vez en cuando a “la cristiandad” en un mundo donde existe la magia como algo real. ¿Qué influencia habría tenido en el desarrollo científico y filosófico del mundo la existencia palpable de la magia? ¿Habría existido la Ilustración como la conocemos? Lo dudo. Pero lo que es peor: la religión habría evolucionado de manera completamente distinta. Más aún: a pesar de que los personajes como en nuestro s XIX son cristianos y creyentes, ¿cómo pueden apoyar la práctica de la magia, que es por definición satánica? Sobre todo porque vemos que, dentro de la misma narración, eso es lo que sucede en el fondo, la verdadera magia, la poderosa, son favores de un ominoso rey de las hadas con muy mala uva, y que puede uno adivinar como el origen de leyendas como las de Rumpelstiltskin. Nada más volver la magia al mundo el señor Norrell hace una nadería, resucitar a una joven. Resurrección, aquello alrededor de lo que gira el dogma de la religión occidental por antonomasia, y parece que nadie se lo toma a mal, ni le parece raro. Inmediatamente poco después vemos que Jonathan Strange crea a unos zombis para interrogarlos, y Wellington ni levanta una ceja, le parece todo dabuti. Mucha ambientación y mucho escribir con arcaísmos, como hizo la autora en la novela, pero me parece que hemos entendido más bien poco de lo que es una sociedad antigua y tradicional, donde los sentimientos religiosos, la blasfemia y las acusaciones de oscurantismo y práctica de la magia eran muy reales, incluso en la Inglaterra abierta e ilustrada de esa época.
Todo esto, intentar nadar y guardar la ropa, no sería tan grave si no fuera porque luego el mismo desarrollo de la trama no es que sea muy emocionante, y sinceramente siete episodios se hacen un poco largos. El antagonista, el rey duende que por momentos nos hace recordar a David Bowie en Laberinto, es el verdadero malo de la película, y la relación entre los personajes principales es el verdadero motor de ese argumento que abandona el planteamiento inicial, por pasado de vueltas que sea, para luego ir hacia otro lado, con varios deus ex machina por medio y, nunca mejor dicho, situaciones que se resuelven porque “lo hizo un mago”.
En definitiva que la parte de ucronía no tiene ni pies ni cabeza porque se mete en un lío que no sólo no sabe solucionar sino que ni siquiera lo intenta, y al final todo termina girando sobre la relación de amistad y rivalidad entre los dos magos, y la figura externa del rey duende.
Lo dicho: como casi todas esta propuestas mixtas, o bien no soluciona los interrogantes que plantea, o sencillamente llega un momento en que, por imposibles, los abandonan, cuando se supone que todo el chiste del asunto es ese planteamiento, y si se queda sólo en eso poco ganamos con ello, nos quedamos en el cosplayamiento y en las imágenes romanticonas y listo. No me entendáis mal, no tengo nada en contra de las ucronías, siempre que estén bien hechas y sean consecuentes, y no busquen únicamente un simple postureo de tipos con sobrero de copa y señoras con faldas largas pero abiertas por delante para que se les vea la ropa interior. Es la diferencia entre Tiempos de arroz y sal, donde el autor acepta las consecuencias últimas de su divergencia histórica, la desaparición de la civilización medieval por la Peste Negra, y la chapuza simpática de Los rojos ganaron la guerra, donde al final el autor abandona cualquier coherencia respecto a su propuesta inicial para soltar de tapadillo un par de ideas más que conocidas entre él y sus pares intelectuales sobre la Guerra Civil.
Lo que nos lleva a hablar de Sumisión, la última novela de Michel Houellebecq en la que en un futuro a la vuelta de la esquina una coalición de partidos entre los que se encuentra un partido islámico llega a la presidencia de la República Francesa. La verdad es que soy muy poco houellebecquiano, y sinceramente me parece igual de preocupante que los lectores de Canción de Fuego y Hielo no sepan qué es el estilo indirecto libre como que tanta gente que se va de leída luego crea que Palahniuk y Houellebecq inventaron el nihilismo. Obviamente las novelas de Michel Houellebecq no son novelas de argumento, ni en ellas “pasa” realmente nada, sino que son novelas de reflexión y de personajes que se enfrentan al tedio de un mundo en descomposición donde todas las relaciones sociales se están, por así decirlo, licuando para desconcierto de la generación anterior que vivió un mundo ordenado y, ellos creen, mucho más sólido y coherente. No sé si por vía de la reflexión propia, o por lecturas de antropología y sociología, Michel Houellebecq llega a la conclusión de que ciertas formas de la así llamada revolución sexual no hacen sino devolver al ser humano a un supuesto estadio anterior de la humanidad, donde los machos alfa básicamente se jincaban a todas y eran los que tenían una mayor descendencia. (Nota bene que la antropología deja bien claro que la poliginia en origen también favorece a las mujeres: es mejor compartir un marido rico o poderoso que ser la esposa única de uno pobre.) Obviamente Houellebecq lo presenta de forma literaria, su intención no es exhaustiva, y esas investigaciones antropológicas y sexuales son bastante más complejas, pero lo expone de forma bastante acertada y con mucha mala uva, sobre todo cuando muestra la hipocresía de unas décadas de supuesta “liberación” y cuáles fueron sus consecuencias no previstas por nadie, como se puede ver en este magnífico artículo, La maldición del amor libre. De hecho, en cierto modo, y sin entrar en polémicas, básicamente el moderno (ja, moderno dicen) concepto de poliamoría viene a ser algo parecido: sólo se pueden aprovechar de él los que sin la misma poliamoría ya se podían antes hinchar a follar. De todo eso va la primera novela de Houllebecq, Ampliación del campo de batalla, donde ya nos encontraremos la tónica del resto de sus novelas: personajes desencantados, en la madurez o entrando en ella, y que en una sociedad hostil se sienten sin fuerzas para luchar o directamente vencidos, con relaciones sexuales, matrimoniales y familiares alienantes y castradoras. Lo que estáis pensando: Houllebecq no es la alegría de la huerta.
Pese a todo, ¿por qué suele ser interesante de leer? Pues porque escribe bastante bien, y el jodío tiene cierta gracia para pontificar. Porque pontificar, pontifica, vaya si pontifica. Dentro de la tradición de los grandes moralistas o denunciadores de los vicios e hipocresías de la sociedad, Houllebecq empieza a repartir para todos los lados y no queda títere con cabeza. Afortunadamente, tampoco da ninguna solución a los problemas del hombre posmoderno sumido en ese marasmo existencial, perplejo por haber roto con las seguridades de una sociedad tradicional y sin saber qué le depara el futuro, a no ser unas vagas nociones transhumanistas que aparecen en algunas de sus novelas, y que desde luego no son propuestas serias del autor como solución a esos problemas. Para abundar más en lo absurdo de algunas divisiones de géneros, algunas de las novelas del francés tienen un vago trasfondo o subtrama que podría hacer que por los pelos se catalogasen como de ciencia ficción, supongo que con más escándalo y llorera por parte de los frikis del género que por los partidarios de la literatura en general.
Por supuesto, para entender a Houllebecq hay que entender también que es francés, y qué ha sido y es Francia. Ya, ya sé que eso no le importa ya a nadie y que después de la Revelación Posmoderna se considera perfectamente aceptable estar más preocupado por qué hacen las Kardashian que por saber algo de la Revolución Francesa, pero presupongo que mis lectores todavía van por el plan antiguo. Pues bien, como Francia no lleva por el camino de la irrelevancia histórica y de todo tipo el siglo largo que llevamos nosotros (chupaos ésa, gabachos, que en eso os ganamos), todavía están intentando asimilar su paulatino declive como potencia desde finales de la Segunda Guerra Mundial, la pérdida de su imperio colonial y que a nadie fuera de sus fronteras les importe ya ni lo más mínimo la Grandeur, concepto que traducido al español es “Los franceses siempre han tenido muy subido el papo”. A eso le añadimos que el proceso de descolonización ha tenido como consecuencia un reflujo inmigratorio de los países de las antiguas colonias, fundamentalmente de ciudadanos de religión musulmana, y la sociedad orgullosamente laica que ha sido Francia durante mucho tiempo se siente legítimamente amenazada, de modo que algunos agoreros, no sabemos si con razón o sin ella, dicen que Eurabia empezará necesariamente por Francia cuando la presión demográfica de los musulmanes europeos empiece a inclinar la balanza a su favor. La crítica sobre la incapacidad de Francia para asimilar a estas oleadas de inmigrantes, y la pasividad de sus instituciones para resistir las demandas religiosas de estos nuevos ciudadanos y defender los valores republicanos y laicos de la sociedad es también una preocupación constante de Houllebecq, lo que ha hecho que este autor haya sido calificado más de una vez como islamófobo.
Otra peculiaridad francesa, que a nosotros nos suena más extraña que las costumbres de los hotentotes, se resume en una frase que le gustaba repetir a Camilo José Cela: “En Francia el animal sagrado es el escritor, en Inglaterra el perro y en España el cura”. Hace dos o tres décadas, cuando todavía se podía ver más o menos la tele, era habitual en España que apareciese en pantalla algún escritor, incluso de los famosos y reconocidos, y se les podía considerar una presencia más o menos constante, de modo que eran conocidos más incluso que por su actividad literaria por su desparpajo ante las cámaras: Cela, Umbral, Terenci Moix, y otros que solían aparecer en tertulias y otros programas. Hoy es mucho menos frecuente, por no decir casi anecdótico. Sin embargo, en Francia el escritor sigue manteniendo un aura especial, recibe una consideración y un respeto mayúsculos, y el otro país vecino es, ciertamente, una de las últimas reservas naturales de la biosfera donde los intelectuales al estilo antiguo y los escritores pueden vivir en libertad sin sentirse amenazados. De hecho, la figura del intelectual como tal nació en Francia, como es bien sabido, y se puede decir que allí es especie endémica. Y es que en la cultura francesa la literatura es una gloria nacional de la que sentirse orgulloso, al mismo nivel que la gastronomía o el vino, y es parte fundamental de la Grandeur, como Napoleón, tanto el emperador como la coñá. Lo dicho: para nosotros, como los que en África comen gusanos, son sus costumbres y hay que respetarlas, pero que nadie nos diga que tenemos que hacer lo mismo. Por eso aquí algunos que escribimos preferimos no decirlo a nadie y seguir dentro del armario, no vayan a apedrearnos o a tirarnos al río, que la gente es mu bruta, y en los correos electrónicos luego repasamos para quitar comas y acentos, disimular así un poco y no llamar mucho la atención.
Y es que hay otra particularidad de la literatura francesa que recuerdo que nos comentó un profesor, y es que virtud de esa Grandeur y de la gloria nacional literaria, no es infrecuente que cualquier francés, si sabe que eres aficionado a leer, se te ponga a hablar de cualquier ignoto escritor que nadie duda de su calidad, pero que no es un Camus ni mucho menos, y tu interlocutor dice tan tranquilo: “Sin duda lo habrá leído usted”. Sí, claro, majo, y también vemos películas francesas como en el tiempo en el que aquí todo el mundo sabía quiénes eran Delon y Belmondo, tú sigue soñando. A un español nunca se le ocurriría preguntar fuera del país si alguien conoce a un escritor que tuvo cierta fama hace un tiempo, y que quizá se mantiene sólo localmente, pero los franceses son así, angelicos míos… Ni siquiera tendría mucha lógica citarle al alguien demasiado a Vicente Blasco Ibáñez, un Dan Brown de su época que en sus tiempos fue uno de los escritores más leídos del mundo, y que en comparación con el autor de El código da Vinci era poco menos que Cervantes.
Terminando la contextualización, tenemos que Houllebecq es un escritor conocido y respetado en Francia, y conocido también en el resto del mundo. A mí sinceramente no me interesa demasiado, porque lo que me cuenta ya me lo sé, pero me pasa como con Zizek: el personaje me hace gracia y lo que me cuentan, aunque interesante, creo que está un pelín anticuado, o pasado de rosca, y como todo lo exagerado o hipostasiado, es entre irrelevante y algo ridículo. Por si fuera poco, y nuevamente aquí se demuestra lo desfasados que están los gustos y conocimientos literarios de algunos, las “novelas de tesis” son más antiguas de lo que parecen, y cuando los ves venir con su rollo desde antes de que hayan salido de casa el efecto que provocan es que sólo pueden estar buscando a los lectores más influenciables del espectro. ¿Es Houllebeqc, como cita un artículo que luego enlazo, “el Harry Potter francés para adultos”? Pues quizá algo de eso hay, allá cada uno. Hay mucho extremista que una vez al año pasa de las multisagas charcuteras de fantasía a leerse el último de Houllebecq como expiación, sobredosis compensatoria de literatura realista o inmersión directa en la literatura mazo seria, y claro, le pasa como al que después de estar un año entero practicando sólo sillónball se quiere meter un partido entero de squash, que le da un jamacuco de los gordos.
Sumisión falla precisamente en que es una novela muy poco houllebecquiana. Espera uno unas buenas peroratas y pontificaciones… y no llegan, y cuando parece que por fin va a pasar algo interesante o alguien va a decir algo con chicha… se acaba. Houllebecq nos ha hecho un Frank Miller, que nos calzó un Holy Terror convencido de que como su mensaje de advertencia era tan importante y trascendente ya no había ninguna necesidad de dibujar bien, ni de hacer nada interesante, predicando al coro ya ni nos esforzamos. Por si fuera poco, incluso se parecen los dos un poco físicamente. Si ya los pones con Sabina, darían miedo.
Por otro lado, igual que en la obra reseñada anteriormente en este mismo artículo, Houllebecq plantea una situación inicial francamente interesante con la que después no sabe lo que hacer, ni consigue hacerla evolucionar. Ya he dicho que es un escritor intelectual al que le importa bien poco desarrollar un argumento al uso, pero por eso mismo se nota mucho cuando abandona el conflicto político sin más. En las elecciones al principio de la novela el país está poco menos que al borde de la guerra civil, con un partido islamista con el que quiere pactar la izquierda y un Frente Nacional xenófobo, en vez de las dos Españas las dos Francias; en los días anteriores a las elecciones hay todo tipo de altercados y cuando el protagonista huye hacia el sur “porsiaca” se encuentra algunas imágenes dantescas y sitios abandonados que eso parece un episodio de The Walking Dead. Pues bien: gana la coalición islámica, y todo es poco menos que una balsa de aceite, oyes. De repente no volvemos a saber nada más de esa Francia del futuro cercano, y todo se vuelve a centrar en el personaje principal, que nos conocemos de sobra de otras novelas del mismo autor: personaje gris de mediana edad, mediocre y desencantado, que se ha enajenado de su familia y que es profundamente desgraciado y un triste.
Sobre el personaje principal, otra salvedad: es especialista en Huysmans, un autor francés que tuvo gran fama a principios del siglo XX y que influyó en otros autores europeos, pero que a día de hoy seguro que lo conocen muchísimo en Francia algunos, igual que en España nos acordamos de algunos autores que fuera de nuestras fronteras nadie conoce. No es que no fuera o sea un autor importante, pero ya digo, a día de hoy fuera de Francia, pues que como que no demasiado. De todos modos la elección de Houllebecq no es accidental: Huysmans estaba desencantado con la civilización de su época, a la que consideraba decadente y sin remedio, y terminó siendo un ultraconservador que acabó por volver al catolicismo y añorar los buenos viejos tiempos de la familia tradicional, cristiana y burguesa, aunque él nunca se casó y era sobre todo un putero. Terminó siendo oblato benedictino. Por otra parte, curiosamente, todos los gallegos conocemos a Huysmans. Como lo oís. Y lo conocemos porque Huysmans era uno de los autores leídos por los autores de la Xeración Nós, y como una de las lecturas ineludibles en los institutos era Arredor de si, de Otero Pedrayo, siempre se citaba a Huysmans y su conocida obra A rebours, traducida en Sumisión como Al revés, y no A contrapelo, que es lo habitual en español. Esa obra en particular, ya desde su título, sitúa a Huysmans como un ejemplo para los incomprendidos, para los inconformistas, los que van contra corriente. Lo que se cree que es Houllebecq, con sus sesiones de fotos en blanco y negro y sus poses de tipo interesante echándose un piti mientras hipnotiza a la cámara con su mirada acero azul y piensa que con cada libro su cuenta corriente empieza a sumar dígitos como loca, porque rebelarse, si se sabe vender bien, vaya si vende. Lo de la pinta de hobo o homeless como se dice ahora, clochard como se decía antes, también da puntos. Vamos, un incomprendido inadaptado que se hace fotos con antiguas glorias del rock tan incomprendidas e inadaptadas que hacen publicidad de limón Schweppes.
Como para darle un sustito al miedo
Este profesor, aburrido ante una jubilación de oro anticipada que le conceden por el deseo no oculto del nuevo gobierno de quitar a todo el mundo del medio vía talonario y así poder recrear la universidad y todo el sistema educativo según sus planes, empieza a verse seducido por el Lado Oscuro, impulsado además por el nuevo rector de La Sorbona, que tiene el cuajo de darle un librito de introducción al Islam que sólo le falta haber titulado El Islam para tontos. La visión idílica de ese Islam “moderado” y alejado de los excesos talibanes y terroristas, que es el que se quiere imponer por medio de la presión demográfica y del aprovechamiento de las fisuras de los sistemas democráticos occidentales para desmontarlos desde dentro, termina por seducir a este personaje débil de carácter que ve así una oportunidad de volver a la docencia y, por qué no, acceder a un mercado de mocitas sumisas y educadas en la complacencia, pues después de que su follamiga judía huyese a Israel ha tenido que buscar la compañía de meretrices, le parecen muy caras y además, claro, fingen el cariño y eso se nota. Al final el señor se convierte, y la novela acaba.
Y por lo menos yo, me quedé con la impresión de que una vez leídas algunas entrevistas que Houllebecq había dado antes de la publicación del mismo libro, leerlo poco más aportaba, la verdad. La novela es tan corta, y lo que cuenta tan anecdótico, que es imposible no destripar el argumento en cualquier entrevista a poco que se hable de ella, y aunque eso no debería importar demasiado el libro no ofrece mucho más cuando se lee. Sin pontificaciones esto se queda en nada. Houllebecq se ha olvidado de que escribe novelas, no panfletos, y que incluso un panfleto bien novelado es aceptable. Aquí estamos a lo que estamos y venimos a lo que venimos, no a leer algo que en un ensayo de periódico o en un libelo va que chuta.
Houllebecq en sus críticas a la sociedad, y en particular al Islam, no es que aporte ninguna solución al problema. Quizá es que sencillamente no la hay, o el apocalipsis cultural, social y demográfico al que se enfrenta Europa no es tal como nos lo quieren vender. Cierto es que si una sociedad no se renueva, o renuncia a reproducirse y a mantener sus valores, es lógico que otra más pujante entre en conflicto con ella, sobre todo cuando en su base fundacional tiene alcanzar a la totalidad del mundo, y si no es por las malas por las casi buenas y a la chita callando. Por otro lado, el paralelismo entre el profesor y el autor del que es especialista es claro: Huysmans termina refugiándose en el cristianismo y en los valores burgueses que dan tranquilidad a la vida del hombre europeo y tradicional, y el profesor en el Islam encontrará, se supone, una comodidad personal, profesional y sexual en la Umma, la comunidad de los creyentes en la que además él formará parte de la élite.
Yo, sinceramente, creo que en todo esto Houllebecq tiene una empanada mental importante. De hecho, intuye uno una cierta paradoja en todo el razonamiento. Si la sociedad posmoderna disuelve a la tradicional y crea individuos frágiles, desnortados y solitarios en los que los más débiles quedan fuera del reparto de la riqueza y de los goces familiares y sexuales, ¿cuál es la solución para el macho humano del común, desechable tanto social como genéticamente? Si se supone que debemos sentir vergüenza al leer la novela ante la sumisa disolución de la sociedad liberal moderna frente al Islam, ¿acaso esa misma sociedad no ha fracasado al ofrecer al ser humano la seguridad y el orden de esa sociedad anterior a la que substituyó? En cierto modo la propuesta islamista, nos está reconociendo el autor, no deja de ser atractiva por eso mismo, porque todo se reduce a follar y a controlar al sexo femenino y los derechos o privilegios reproductivos, y eso es lo que garantizaría el Islam, por lo menos a algunos. El resultado de la novela al final resulta por eso un poco ambiguo, pero no termina de quedar claro si ésa era la intención del autor o es que le queda así porque se pierde por los mismos vericuetos en los que se ha metido y no sabe cómo salir. No olvidemos tampoco que los personajes de Houllebecq son invariablemente varones franceses blancos y solitarios de mediana edad preocupados fundamentalmente por follar en tiempos revueltos, no precisamente sólo por culpa de la sociedad sino por deméritos propios, y que los personajes femeninos no es que salgan tampoco muy bien parados precisamente, ya que como diría un personaje de Torrente Ballester la que no es una bruja es puta, y el mismo autor en algunas declaraciones no ha negado ser un poquito, una mijita, bueno, quizá a veces bastante, misógino. De todos modos no sufráis por lo que puedan decir de él, porque está claro que le va la marcha por encima de todas las cosas, más publicidad gratuita y como decían los de WASP sobre las feministas que iban a armar gresca en sus conciertos, les daba igual mientras pagasen la entrada. Por eso digo lo de la empanada mental que tiene Houllebecq, aunque no creáis que lo digo en la peor de las acepciones posibles, porque no es sino el reflejo de la empanada mental que tenemos todos en estos tiempos de cambio donde nadie sabe a qué carta quedarse, y entre tanta sociedad y pensamiento líquidos parece que vivimos todos en una continua disentería mental. Quizá la mayor tragedia de Houllebecq y de su obra es que él como personaje vale mucho más que cualquiera de los que ha construido, y el espectáculo literario que se crea alrededor de su persona en esta sociedad donde ya todo es espectáculo es bastante más interesante que la simple lectura de sus libros, de modo que la experiencia houllebecquiana es como Star Wars, un fenómeno interactivo y multimedia cargado de jaip que no es de extrañar que a algunos nos dé mucha pereza experimentar en su agotador conjunto; ya sabéis: cuánta puta y yo qué viejo. A mí él me parece un jetas muy inteligente que se lo ha montado muy bien y que a su manera disfruta como un enano con lo que hace, y que quizá se ha terminado creyendo su propio personaje porque además todos le han seguido la corriente, pero tampoco me parece mal nada de ello. Si yo estuviese en su lugar y me diesen tanta coba sería mucho peor, eso seguro.
En serio, lo ves por la calle con las pintas de esta película y le das para un bocadillo y una cerveza.
No tenemos ni puñetera idea de cómo se puede arreglar todo esto, o incluso si hay alguna solución, o si la hubo si ya ha pasado el tiempo de aplicarla, pero ya os digo yo que Houllebecq tampoco la tiene. Citando a Kavafis, al menos los bárbaros son una solución. Mala, sin duda, pero una solución.
Uno de los asuntos más peliagudos con los que podemos tratar, por si fuera poco incluso en varias disciplinas, es el de la identidad. Aunque una primera falsa etimología nos haría pensar que estamos ante la unión de “id”, ello, y entidad, lo que es, con lo que tendríamos “lo que ello es”, en realidad es la unión en latín de la misma palabra, ídem et ídem, lo mismo y lo mismo. Qué es algo realmente en tanto que idéntico a sí mismo, y lo que es más importante: qué constituye lo que una persona es, su verdadera identidad. En cierto modo, es una chorrada considerable: “encontrarse a sí mismo” o “descubrir quién soy realmente” no dejan de ser tópicos existenciales modernos que forman parte de los Problemas del Primer Mundo.
De hecho, la identidad es uno de los temas centrales de nuestro tiempo, como no había sido hasta hace relativamente poco. El mismo concepto de “crisis de identidad” respecto a un individuo sólo se empieza a utilizar desde los años 1950, y también aparece como crisis de identidad de una empresa cuando pierde su rumbo, de un equipo cuando juega mal, etc. También se habla incluso del “estajanovismo de la identidad”, la necesidad de ser único y original en un mundo donde cada vez más hay más y mejores formas de expresarse “como uno es”, pero la competencia de todos los que nos rodean es tan fuerte que se producen fenómenos sociales como la compartimentación de modas a la japonesa, o en nichos culturales cada vez más específicos y por lo tanto reducidos. Y al final tan uniformado vas con un traje de tres piezas en el que elijes color de la tela y la corbata como vestido de gótico. Todo el mundo se pregunta quién es realmente y qué lo distingue de forma única y especial del resto de los seres humanos que tienen la osadía de compartir el planeta con ellos, sin sospechar que todos son realmente originales y únicos, exactamente igual que los demás. Todo esto, por supuesto, es parte de la sociedad posmoderna. Aunque siempre ha habido gente haciéndose esa misma pregunta, lo que ha llovido desde el Romanticismo y hasta ya los egipcios trataron el temita, y hay ejemplos de sobra de gente desubicada en el mundo y preguntándose “quién soy yo”, nunca como ahora ese problema se considera como propio de hasta el último mono, no privilegio de cuatro intelectuales.
Estos temas se tratan muy bien en la novela de Percival Everett, Erasure, y lo que diga aquí será complementario con la crítica que haga de La fabulosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Diaz. Aunque el mismo Everett niega que haya mucho de autobiográfico en ella, es innegable que algo hay. Reconozco también que no soy un experto en literatura ni historia afroamericana, quizá por ver el fenómeno desde afuera y con cierta ironía y escepticismo, cualidades que tiene tanto el autor de la novela como su personaje principal, un escritor y académico afroamericano de clase media que nunca ha sufrido estrecheces y que ha tenido acceso a una esmerada educación universitaria. El protagonista es, además, autor de varios worstsellers sobre temas grecolatinos, y está bastante quemado precisamente porque se espera de él que ejerza de negro… y a él no le da la gana, ni tiene experiencia de la marginalidad y del ghetto como para poder escribir sobre él. No hay nada malo en que, si has vivido en esas circunstancias, la marginación y la pobreza, que las expreses de forma literaria, pero por el simple hecho de ser negro no tienes un conocimiento inmediato de la dura vida en los suburbios. Del mismo modo ser español no te capacita automáticamente para escribir una magnífica novela sobre la Guerra Civil.
Cansado de que la gente cuestione por qué siendo negro no habla de temas negros, y que se espere de él lo que no quiere ni sabe hacer, y bastante agobiado por sus circunstancias familiares y personales, el protagonista se pone a escribir a mala leche una novela de forma paródica, una especie de historia plagada de tópicos sobre un joven negro que se expresa de forma macarra y que sólo habla de lo mal que lo trata la sociedad, lo mucho que le gustan los culos grandes y lo zorras que son las chicas a las que les ha hecho ya un hijo, todo con diecinueve años. Esta novela corta está incluida dentro del libro, de modo que tenemos un caso claro de literatura dentro de la literatura. Como es de esperar, viene a ser una historia trágica de ganstarap con diálogos chulescos, tragedia impostada y muchas faltas de ortografía.
La novela, como nos esperábamos, a pesar de ser un bodriete, cosecha un éxito considerable cuando la publica bajo pseudónimo, y la comunidad literaria se rinde a su sinceridad y a sus valores de denuncia de las duras circunstancias de la comunidad negra. Su título es My Pafology, Mi problemática en español. Como es de suponer, eso le sienta pero que muy mal a su autor, a pesar del buen dinero que gana, y se ve obligado a adoptar la identidad de un escritor con pasado chungo y carcelario que, para más inri, fascina a sus interlocutores, que ante él sienten una mezcla de miedo y atracción al oírlo hablar como un negro de la calle y cuando los mira con cara de “te rajo aquí mismo y ni parpadeo” los transporta al séptimo cielo. Lo peor es cuando a su verdadero yo lo eligen para ser jurado de un premio a la mejor novela del año, y se encuentra entre unos compañeros que no dejan de alabar ese libro, incluso cuando él mismo ha forzado al editor a cambiar el título a un sencillo, Fuck, Porculo en español.
K'estás mirando, payaso?!
La novela es irónica y muy divertida, aunque en ningún momento pretende ser una novela de humor al uso. Thelonius, el protagonista, empieza con un problema de identidad al principio de la novela, uno externo a sí mismo porque tiene muy claro quién es aunque los demás esperen otra cosa de él, pero acaba con un verdadero conflicto interno por el lío en el que se ha metido. Cómo se soluciona ese conflicto, si es que se soluciona, y cómo acaba el libro, no os lo cuento. Desde luego, muy recomendable.
Aquí tenéis a Percival Everett con su hijo. Demasiado negro para ser blanco y poco negro para ser negro de verdad. Siendo como soy ciudadano de un país que hasta hace relativamente poco fue racialmente bastante homogéneo, que expulsó a los judíos (no fuimos los primeros ni los últimos, ¿verdad, Eduardo I?, ¿no es así, Maria Teresa I?, aunque nunca los hicimos volver), luego a los moris y que para echarle la culpa de todo sólo tenía a los gitanos, la verdad es que los problemas raciales nunca los he vivido de primera mano, ni como sujeto agente ni como paciente, aunque de vez en cuando por ser gallego algún mesetario te dice alguna gracia pero con mandalo ir tomar polo cu asunto arreglado. De hecho, como es bien sabido, el concepto de raza pura no sólo es una chorrada, sino una imposibilidad biológica. Los españoles tienen en general un sustrato similar al bereber con los íberos, al que se superpone una corriente de indoeuropeización temprana con los celtas, que por lo visto ya eran fusión de otros pueblos, luego tenemos aportes semitas de los pueblos fenicios, y ya sabemos que por aquí hubo griegos, romanos, y que parte de la toponimia de Galicia es etrusca, sin olvidar la germanización de suevos, vándalos y alanos, no demasiado numerosos pero que no son desdeñables, así como cierta influencia vikinga, por no hablar de la conquista árabe y luego la de los pueblos del norte de África, almorávides y almohades. Por otra parte, aunque muchos judíos se fueron, otros se quedaron, todos los que se apellidan ahora santa algo, de Dios, de la Cruz, Dopico y otros muchos apellidos, son descendientes de judíos, y raro debe ser el ciudadano español que no tenga sangre hebrea, no digamos ya mora. Vamos, que cuando en el franquismo se celebraba el Día de la Raza (la española, claro) era como celebrar lo excepcional que es que el agua moje. Lo único que puede dar cierta unidad es que se puede considerar que el resultado es de raza blanca, aunque meridional, de ahí el tópico de que el español es bajito, moreno y cabreao, falso en dos de los casos ya que tenemos una media de altura superior a la de otros países supuestamente más molones y hay bastante gente con el pelo claro sin necesidad de que nos invadan las suecas. De hecho en el XVIII intentamos repoblar la zona de Sierra Morena con, agarraos, alemanes, famencosy suizos, (hace falta tener mala follá, Carlos III), y los que no murieron achicharrados contribuyeron a la piscina genética… no, es coña, al acervo genético nacional con sus genes centroeuropeos, igual que lo hicieron los miles de esclavos negros que había en tiempos de los Reyes Católicos y los japoneses sevillanos. Del mismo modo si conocéis a algún Maldonado recordadle que pueden pedir su admisión en el clan de los McDonald, y pocas tonterías con decir que aquí deformamos los nombres o apellidos porque en inglés los Sinclair son los Saint Claire, hasta hace relativamente poco la gente escribía su apellido como le daba la gana y la mayor parte de los apellidos nobles ingleses son malas pronunciaciones o escritura de apellidos franceses desde que Guillermo el Bastardo decidió que no le gustaba su apodo y que quería que lo llamasen Guillermo el Conquistador.
Como ya me conocéis, no os costará comprender que yo racista no puedo ser mucho, porque para eso hay que creer en la superioridad de unas personas sobre otras, o de una raza o pueblo en particular, y soy de la democrática idea de que el ser humano no tiene enmienda y su grado de hijoputez alcanza cotas que son difíciles de comprender, y que está estadísticamente muy bien repartida. Sólo dos ejemplos: Israel no termina de reconocer la existencia del Genocidio Armenio y en Liberia, nación creada por exesclavos, se dedicó a ejercer el comercio de esclavos… hasta 1927. Hijoputas todos. Misántropo, puede, pero racista y xenófobo no, que hay aquí hay para todos. Por último, para demostrar que pese a todo el ser humano es extraordinario, recordemos al Integralismo Brasileño de los camisas verdes, movimiento análogo en Brasil al fascismo y al nacionalsocialismo que era radicalmente antirracista. Los SHARP tampoco inventaron nada.
El tópico es decir, lo hemos oído mil veces, que el libro era mejor que la peli en la que ésta se basa. De hecho, aunque se producen toneladas de ficción original que no tienen ningún referente literario directo, todavía hoy en día el medio audiovisual se nutre en buena medida en materiales previos, que suelen ser libros, y en fechas más recientes, comics. Las razones son numerosas, pero las básicas son fáciles de entender. Por un lado, tenemos historias clásicas que sabemos que funcionan, y que en no pocas ocasiones están ya libre de derechos de autor, de modo que nada nos cuesta echar mano siempre que queramos de La isla del tesoro, y por otro podemos aprovecharnos del tirón del momento de algunos productos creados por la maquinaria de propaganda editorial, de modo que tiene sentido hacer la película de una saga de novelas incluso cuando no ha terminado, y no veinte años después cuando, quizá, ya nadie se acuerde de ella. Y como ya expliqué en su momento, la vigencia de la obra de Howard y su creación más conocida, Conan, no se apoya ni de lejos en la calidad o permanencia de sus escritos, sino en sus adaptaciones en cómic y películas, mientras que es innegable que el personaje de Sherlock Holmes ha mantenido su popularidad aupado por las distintas versiones en series o películas, pero su estima literaria es mucho mayor en lo que respecta a las historias originales.
Que en muchas ocasiones el libro supera a la obra derivada, es obvio, ya sea por impericia en la adaptación a otro medio o sencillamente porque el contenido específicamente literario es imposible de trasladar. Por ejemplo, Dune, donde parte del atractivo de la trama no se basa en los gusanos y otras escenas espectaculares, sino en especulaciones místicas, religiosas y psicológicas que se pegan de bofetadas con la intención de hacer una película espectacular de ciencia ficción. Pero en otras ocasiones, no nos deben doler prendas admitirlo, de un producto no particularmente brillante o incluso mediocre, puede salir una obra derivada que la supera, que toma lo importante de una historia, lo acrecienta añadiéndole de paso elementos nuevos, y se convierte en algo mejor. Por poner un ejemplo cruel nadie niega que El padrino no sea una novela de mérito, pero su adaptación en cine se considera una obra maestra, y mientras que 2001 la novela nunca pasará a los anales de la literatura, la película marca en algunos aspectos un antes y un después cinematográfico Dicho de otra manera: 2001 la película tiene mayor relevancia y sus logros son más evidentes en el cine que la novela del mismo título en la literatura. Y si uno se molesta en mirar los créditos de algunas de las más icónicas películas del oeste, el género por excelencia en el cine durante décadas, comprobará que el argumento se extrae de alguna novela extraordinariamente popular hace setenta años de la que ya nadie se acuerda y que nadie se molesta en reeditar.
En este caso voy a hablar de dos novelas que, sin ser malas ni poseer en absoluto algunos valores literarios, se ven claramente superadas por sus adaptaciones en cine.
En el caso de Perdita Durango, escrita por Barry Gifford, nos encontramos que la historia cambia, fundamentalmente, en el tono. Todo lo que se cuenta es más o menos lo mismo, pero hay una diferencia fundamental en un par de detalles que lo cambian todo. La novela está escrita en un registro no particularmente interesante, y la verdad es que siendo la misma historia que en la película no despierta el mismo interés, o por lo menos a mí ni mijita. A todo esto se le opone en la película una carismática interpretación de Javier Bardem, que borda su personaje, y que Rosie Perez lo hace también muy bien, aunque desde luego no es una chica de apenas veinte años. La novela participa en cierta manera de una atmósfera fatalista y un tanto existencial sobre la inevitabilidad del mal y la crueldad, para mi gusto no especialmente bien llevada, mientras que la película, cuando salimos del cine de verla mis amigos y yo, sólo pudimos decir “Menuda cafrada más guapa acabamos de ver”. Donde la novela se desvía un poco hacia no se sabe bien dónde, la película mantiene un tono cafre y un sentido del humor bastante pasado de vueltas que redime a los personajes a pesar de su violencia y de sus actividades criminales. De hecho el momento de mayor divergencia entre la película y la novela es uno en el que, en la novela, Romeo mata a un niño y con su sangre y órganos lleva a cabo un repugnante ritual de santería, mientras que en la película no matan para ello a nadie sino que han desenterrado a un cadáver, y aunque se supone que van a matar a los güeritos el ritual se ve interrumpido por la llegada de Santiago Segura, una subtrama ausente en la novela. Álex de la Iglesia quiere contarnos una historia cafre y pasada de vueltas, y no puede permitir que, aunque de forma un poco culpable, no sintamos simpatía por la pareja de criminales. Éstos pueden llevarse por delante si es necesario a todos los criminales que sea necesario, o incluso eliminar a policías que vemos que son venales y corruptos, pero matar a un niño es saltarse todos los límites. Por eso, aunque la historia es fundamentalmente la misma y muchos diálogos se sacan directamente del libro, el tono es completamente distinto, de humor salvaje en la película en todo momento, con ese momento magistral en el que Bardem, cubierto de sangre, manda callar a todo el mundo y dice: “Buen rollito, ¿eh? Sobre todo buen rollito”, o lo de “¿Energías? ¿Pero de qué coño me estás hablando? ¡Los dioses, joder, los putos dioses!” Del mismo modo, aunque presente en la novela, las referencias a Veracruz, la película con la que el protagonista está obsesionado así como con Burt Lancaster y su blanca piñata, son incluso más obvias, mejor llevadas y claro, al insertarse las mismas imágenes de esa película en otra, el efecto es mucho mayor, así como el glorioso final donde el protagonista consigue la más bella, épica y cinematográfica muerte posible. Por si fuera poco Veracruz es también una de mis películas favoritas, y cuenta la leyenda que cuando Sarita, que no sabía entonces ni papa de inglés, repitió delante de las cámaras una burrada que el pícaro director le había mandado decir, Gary Cooper sin que le extrañase lo más mínimo lo que acababa de oír le respondió: “Claro que sí, cuando tú quieras”, y desde luego la Montiel no le había pedido que la invitase a cenar, aunque sí que le acababan de decir que se iba a poner fino de jamón y pechuga, vosotros ya me entendéis.
También hay otra cuestión, que es que la novela está escrita por un gringo, y aunque no soy mexicano no hay que ser ningún lince para saber que los USA tienen en México una especie de coartada intelectual y estética similar en algunos aspectos a lo que tenía media Europa con España hace un par de siglos, cuando los románticos visitaban nuestro país pensando que aquí todo era todavía agreste, violento, apasionado, lleno de gitanas que contaban la buena fortuna y en cualquier camino te salía Luis Candelas y terminabas viviendo una azarosa aventura de capa y espada. Pues del mismo modo, aunque nadie niega que no sea un lugar peligroso donde obviamente se concentra el tráfico de personas y drogas, la frontera con México parece para los usacos una puerta a un mundo sin ley, romántico y primario, donde sólo imperan la corrupción y la fuerza bruta, y donde están peor incluso que cuando Orson Wells rodó Sed de mal. Vamos, el Salvaje Oeste, ése que realmente tampoco existió nunca, redivivo, opinión extendida a la totalidad de su famoso patio trasero donde poco menos que parece que no hay ni una sola zona civilizada. Fijaos si no en las explicaciones que dan de sus países de origen los personajes latinos de Modern Family y de Me llamo Earl, donde de forma jocosa nos dicen que poco más o menos ves un tiroteo en cada esquina y nadie llega a viejo. Si estas exageraciones apareciesen de forma anecdótica, no tendrían mayor importancia, pero es una tendencia clara que no se molestan en ocultar: fuera de nuestras fronteras, sólo existe el caos, y los canadienses son como un primo tonto y aburrido que vive cerca. Por si os sirve de indicación, otra novela de Barry Gifford se convirtió en Corazón Salvaje, película en la que sale haciendo un cameo la misma Perdita Durango interpretada por Isabella Rosellini, en un minipapel que sólo puede describirse con la expresión “Le va tan bien como a un Cristo dos pistolas”, y que por supuesto sólo se explica por el matrimonio en aquella época de la modelo y actriz con el director. Así que al menos podemos felicitarnos de que esta coproducción tuviese al frente a un equipo español y mexicano, que aunque no oculta lo violento de la historia y de los personajes, al menos está hecha con cariño y saludable mala leche. Hay una gran diferencia entre que te retrate un vecino que siente por ti en muchas ocasiones poca simpatía a hacerlo uno mismo o un familiar cercano. La película fue un completo fracaso de taquilla en España, por supuesto. Porque ya sabéis, la gente iría a ver cine español si fuese bueno. Al final tendremos lo que merecemos: Jurasic World.
A veces es que no pensamos las cosas.
También hay una versión en comic.
Como casi siempre en esta vida, la realidad suele superar a la ficción. En realidad, la novela esta basada, aunque muy libremente, en los crímenes de la secta creada por los Hermanos Henandez y Magdalena Solis, que en 1963 hicieron una verdadera carnicería en el norte de México al convertir una pequeña comunidad en el centro de una secta que merecía el nombre de destructiva. Imaginaos la peli más gore y bestia que hayáis visto jamás; pues mucho peor.
La otra novela que no es muy allá pero dio lugar a una película realmente meritoria es Aelita, considerada como la primera novela de ciencia ficción rusa o soviética, y escrita por Aleksei Tolstoi. León no, Alexander. Ya, es una putada tener ese apellido y querer ser escritor, pero ciertamente Aleksei , que terminó heredando el título de conde de su padre, era familia lejana del autor de Guerra y paz, y también de Turgenev por parte de madre. La novela está claramente influida por algunos de sus precedentes, como las novelas de John Carter, o la de Wells sobre dos caballeros que van a la luna. En este caso los protagonistas son dos arquetipos que veremos repetidos hasta la saciedad en la novela de aventuras espaciales: el científico abnegado y humanista que vive un poco en su mundo etéreo y sólo piensa en grandes ideales y en la superación de todos los problemas de la humanidad por el intelecto, y el hombre de acción, en este caso un militar que se enrola por puro interés crematístico y por afán de aventura en la expedición montada por el primero. La novela es de 1923, apenas un año después de acabar la Guerra Civil Rusa que se puede considerar que es el fin del proceso conocido como la Revolución Rusa. Curiosamente, no es una novela descaradamente prosoviética, ya que el autor era un ruso blanco que en esa guerra civil luchó contra Lenin y Trotsky, a los que odiaba considerablemente. Aleksei Tolstoi sufrió el exilio, aunque gozó de reconocimiento literario en su país, y su obra recibió halagos de Máximo Gorki. Sin embargo, terminaría por volver a Rusia y convertirse en un verdadero intelectual orgánico del régimen, donde era conocido como el Camarada Conde, algo no tan raro porque en España tuvimos a nuestra Duquesa Roja. Aleksei Tolstoi estuvo presente en Madrid en un congreso de escritores antifascistas, en 1936, y fue uno de los encargados por el gobierno soviético en la investigación de los crímenes de guerra y el genocidio cometidos por los nazis en su ofensiva hacia el este. Sus investigaciones sobre el exterminio en Polonia de población con cámaras de gas de monóxido de carbono instaladas en camiones se citó en el Juicio de Nuremberg. Murió poco antes de acabar la guerra, pero al menos con la seguridad de que su Rodina llevaba camino de vencer definitivamente a los alemanes.
La novela es legible, nadie lo duda, y tiene su interés, aunque no deja de ser una alegoría un poco blanda sobre la típica irrupción en una sociedad cerrada y dictatorial de unos extranjeros con ideas nuevas. Inevitablemente, la princesa que da título a la novela se queda prendada por la nobleza e inteligencia del terrestre, mientras que el militar veterano de la revolución se conforma con la criada de ésta, a la vez que es el instigador de la resistencia cuando el intelectual representado por el científico ha expuesto la parte teórica de lo que viene a ser un movimiento revolucionario. La sociedad marciana está bien representada y es hasta cierto punto creíble, aunque no deja de ser una versión más de tribu o civilización perdida que habremos visto en otras muchas novela de la época. De hecho, ni siquiera son del todo marcianos, sino el resultado de la mezcla de la original raza marciana y los atlantes que huyeron cuando la famosa isla decidió hacer inmersión con apnea de forma indefinida. La ambientación no es mala, Marte parece un verdadero planeta alienígena que nos recuerda la sensación de extrañeza y alienación que luego leeríamos en la obra de Bradbury, y el final, con la revolución y la vuelta de los rusos a su casa, además de un epílogo bastante ñoño, convierten al conjunto en una obra interesante, pero no muy bien rematada.
Y entonces llegamos a la película de 1924, por supuesto muda y en blanco y negro, dirigida por Yakov Protazanov, uno de los padres del cine ruso. Como es tan antigua, y como en la época soviética no se solían respetar los derechos de copia entre ese país y los occidentales, lo mismo que ocurría al contrario, está más que disponible para ver entera en Youtube o en Archive.org. Otra ventaja es que está en un estado perfecto de conservación, con lo que podríamos explicar lo siguiente, y es que en el caso de lo soviético no tendremos nunca desastres como las obras perdidas de Méliès o todas esas primeras películas de John Ford que será un milagro si algún día aparecen. En Rusia había desde el primer momento institutos oficiales para conservarlo todo, todo y todo, y además en excelente estado, hasta el último fotograma. El lado oscuro de esto es que si caías en desgracia con el régimen con la misma efectividad una obra podía desaparecer sin dejar el más mínimo rastro, y en el caso de las distintas purgas, eliminaciones de los libros de historia y demás que tan bien supo retratar Orwell, si en tu película aparecía quien no debía o se daba una interpretación de los hechos que dejaba de considerarse válida, quedaba sepultada para siempre. El mismo hecho de que la película se hiciera en 1924, el tumultuoso período del final de la Guerra Civil y poco después de la toma del poder por parte de Stalin, hizo que la película luego viviese varias décadas de olvido, ya que en esos años iniciales antes de la instauración definitiva del aparato represor soviético hubo mayor libertad creativa y como se suele decir “algunas cosas todavía colaban”. Recordemos si no todos los mamoneos que tuvo que sufrir el señor Eisenstein, y que su película Alexander Nevsky (los alemanes son malos) fue retirada de las carteleras con el Pacto de No Agresión Ribbentrop-Mólotov, y que volvió a ellas con todos los honores cuando por fin empezó la guerra contra los alemanes, que ya volvían a ser oficialmente, nunca mejor dicho, los malos de la película.
Al ver Aelita, realmente interesante y que suple el color azul de los marcianos de la novela con extraños ropajes y tocados, se percibe que en efecto se la considera con razón una precursora tanto de Metrópolis, la película de Friz Lang, como de Flash Gordon. La película, en sus decorados y escenografía, es un exponente del constructivismo en el cine. Para esto tendríamos que aclarar que hasta la llegada del sonoro el cine fue el primer arte genuinamente globalizado, y que con la simple traducción de los intertítulos una película se podía estrenar en cualquier parte del mundo, y cualquier espectador entendía sin problemas el lenguaje universal de la música que acompañaba a unas imágenes que se expresaban por sí mismas, además de las muecas de los personajes que revivían en cierto modo el espíritu del mimo original. De hecho, hasta la llegada del sonoro y el infame Código Hays, incluso en Estados Unidos era habitual ver películas extranjeras, y recordemos cómo Edison estrenó por su cuenta Viaje a la luna de Méliès para hacerle todo el daño posible al francés, y que fue un gran éxito en esos pases no autorizados en los EEUU. En realidad, a la gente le importaba poco en ese momento de dónde venía la película, y el tráfico de películas y copias no autorizadas era un verdadero pitorreo. Por eso no es descabellado pensar que la película Aelita llegase rápidamente a Alemania o incluso que la viese Alex Raymond en los Estados Unidos para influir en esas dos obras por otro lado tan dispares. En 1951 la película Flight to Mars, serie B total, copia muchos elementos de la novela o la película, y la líder de los científicos marcianos se llama Aelita.
La película de Protazanov sigue un poco el esquema de la novela, pero en este caso debemos recordar también que el cine en la Unión Soviética, incluso en esos primeros tiempos, se vio siempre como un modo de adoctrinamiento de masas. Arte, por supuesto, pero con un objetivo concreto: mostrar las bondades de la Revolución e infundir fervor patriótico. Así pues no es de extrañar que por donde la novela muestra el proceso revolucionario con cierto donaire y disimulo, en la película de repente aquello nos recuerde a las imágenes de las películas que representan el Asalto al Palacio de Invierno, y que de forma no muy sutil veamos cómo un herrero convierte antiguas estatuillas de oro en una hoz, filmado todo cámara atrás sin ninguna vergüenza, y que el al contemplar su obra la cruce con el martillo y… qué os voy a contar. También lo que en la novela apenas recibe demasiada atención, la vida del barrio donde el científico monta la nave, en la película se amplía para que se vea la noble y hermosa vida que llevan los proletarios en el paraíso comunista. (Nota mental: hacer artículo sobre The North Star, la película del Jólibud clásico donde los comunistas son los superbuenos.) Según parece, la novela sigue siendo bastante popular en Rusia, y he encontrado al menos dos ediciones ilustradas cuyos dibujos merece la pena verse.
Cuando uno lee libros no es sólo importa muchas veces cuándo y cómo los lee, sino en ocasiones cómo entran en resonancia unos con otros, por así decirlo el orden en el que se leen. Como ya expliqué, de pura casualidad me leí dos libros de Frederick Forsyth seguidos, que sin embargo había escrito con una diferencia de casi veinte años, y fue una suerte porque detecté desde el primer momento que estaba leyendo exactamente la misma novela por segunda vez, eran los mismos mimbres en los que una historia sólo en apariencia diferente se articula y desarrolla exactamente del mismo modo siguiendo formulariamente los mismos pasos. También tuve suerte al leer, casi seguidas, Un árbol crece en Brooklyn de Betty Smith y El primer hombre, de Albert Camus, que son exactamente la misma novela a pesar de pertenecer a dos tradiciones literarias diferentes, estar escritas en dos idiomas distintos y en principio no tener nada que ver una con la otra. En este caso la experiencia fue buena, porque ambas novelas son excelentes, y no hay ningún plagio, simplemente es que la existencia humana es mucho más parecida a veces de lo que parece, de modo que se puede contar lo mismo de distintas maneras y la experiencia vital de una niña inmigrante en Nueva York puede parecerse extraordinariamente a la de un pied noir francés en Argelia. Todo esto viene a cuento de que me he leído Criptozoico y a continuación la trilogía de Claus y Lucas, y por alguna extraña razón quiero comentarlas juntas. He de reconocer también que he sentido la tentación de seguir mi primer impulso y hablar de Andy y Lucas en todo momento, pero he sido fuerte y no lo he hecho, así que no ha sido superior a mis fuerzas. Igual estoy madurando, me hago viejo o me ha sentado mal hoy la comida, no sé.
Criptozoico, que hereda en español el título con el que la novela An Age se publicó en EEUU, es a todas luces una novela inserta en la tradición de la New Wave inglesa de los años 60, que intentaba convertir el entonces denostado género de la ciencia ficción en algo serio, más literario, y que también tuvo su equivalente en EEUU. Los resultados fueron realmente dispares, y su influencia muy discutible, tanto así que en cierto modo el moderno friki, en un ejercicio de doblepensar de manual, suele arremeter contra ese tipo de literatura para abrazar el infantilismo gratuito y la pura arbitrariedad del molonismo, siempre que su autor-camello le provea de sus dosis ingentes de naves espaciales o dragones, y a la vez anda lloriqueando por las esquinas quejándose de que a su drogaína favorita no se le conceda el crédito que él cree que merece la mierda infame que consume. Así nos va. Por tanto, aunque ésta sea en definitiva una historia de viajes en el tiempo, la gente viaja como podíamos esperar en una época en la que fue escrita, 1967, tomando una droga que les permite un viaje mental. Sabemos, escuetamente, que antes de enloncharse y quedar dentro de una especie de burbuja a donde regresarán cuando su viaje acabe, que se les toma una muestra de sangre y de tejido, pero no qué objeto tienen esas muestras. El protagonista, un artista llamado Bush, es un estimado viajero temporal de un instituto que ha creado ese viaje temporal-mental, viaja a millones de años en el pasado, y es de los pocos que se supone que pueden acercarse a épocas cercanas en las que incluso hay ya seres humanos, pues la entropía temporal paradójicamente permite los viajes al remoto pasado con mucha más facilidad que a épocas cercanas a la nuestra. Bush viaja desde su presente, la década de 2090, buscando inspiración y conocimientos. De todos modos el viaje no es muy divertido: como mucho el mundo del pasado, en el que no se puede interaccionar en absoluto con nada, se ve difuminado como en tonos sepia, y no llega el sonido, ni se puede oler la podredumbre de los grandes bosques del período carbonífero. Al volver a 2093, Bush se encuentra con que en el Reino Unido se ha producido un golpe de estado que intenta instaurar un régimen totalitario, y que la institución en la que él trabaja se ha visto militarizada para recuperar a algunos disidentes que se refugian en el tiempo remoto. Aquí es donde la novela empieza a naufragar y las incoherencias se multiplican. En primer lugar, de repente no sólo Bush consigue como si nada aparecer en el Palacio de Buckingham en los tiempos de la reina Victoria, sino que además aparece mucha más gente, que sin saber muy bien por qué va disfrazada de época, como si hiciera alguna falta. La trama de espionaje, con agentes dobles y otros requiebros, sinceramente es confusa, y poco convincente. Más cuando la resolución del argumento es totalmente de risa, con unas sombras omnipresentes durante todo el relato que todo el mundo cree que pertenecen al futuro pero que en realidad son del pasado, ya que al final se nos cuenta que la gran revelación que la humanidad no debe llegar a comprender nunca es que el tiempo fluye al revés, con unas explicaciones totalmente absurdas que no tienen ni pies ni cabeza, y que no se justifican ni de lejos ni perdonándoselo como producto de una época. Lo peor es que, para arreglar lo que ya no puede tener ningún arreglo, el último capítulo se convierte en una espantá propia de autor quinceañero que huye hacia delante. El último capítulo nos muestra al padre del protagonista, al que ya conocíamos, de visita en una institución mental en la que le explican que en uno de sus viajes mentales a su hijo se le ha ido la flapa como mínimo a Sebastopol, de modo que todo lo que hemos leído, incluido el pajote mental del tiempo que fluye al revés, es parte de ese delirio. Bueno, o no, quizá sí es verdad que todo es así, y que lo han recluido como medida para contener esa gran revelación, vaya usted a saber. En ese momento ya no me importaba demasiado lo que estaba leyendo, la verdad. Además Aldiss se deja atrapar por la trampa literaria del psicologicismo gratuito que tanto daño hizo a la literatura desde la popularización y vulgarización del psicoanálisis, de modo que en vez de exponer y hacer ver lo que los personajes sienten unos por otros por sus palabras y acciones, como habían hecho de toda la vida las novelas tradicionales, al final todo se reduce a un breve diagnóstico en el que aparezca la palabra incesto, complejo de Edipo o similares. El "tiene complejo de" o "está neurótico" fue durante un tiempo a la literatura normal más o menos lo que en el mundo friki se corresponde con "lo hizo un mago", y asunto resuelto. En la prodigiosa década de los 60, donde un jetas como Castaneda consiguió doctorarse inventándose todo lo que ponía en su tesis, para luego seguir engañando durante el resto de su vida a todo el mundo sin aportar una prueba, y en la que todo era espiritualismo y palabrería, eso podía colar más o menos, pero llevamos ya un tiempo en el que el psicoanálisis ha caído en el más absoluto descrédito y el falsacionismo de Popper es casi de conocimiento común, así que en ese aspecto la novela ha envejecido de manera abominable. Esta novela sigue considerándose de ciencia ficción, pero nuevamente vemos lo cajón de sastre que es ese término, porque aquí no hay ciencia de ningún tipo, sólo vagas nociones que sirven para que todo vaya adelante y mejor no hacerse muchas preguntas, porque no sabemos si lo que viaja es sólo la mente o el cuerpo, si el cuerpo se queda detrás, ni demasiado en general. Lo supuestamente científico son esos conceptos psicológicos como la sobremente y otras justificaciones de psicología recreativa sin demasiado fundamento, como el tiempo que se queda Bush observando a una familia obrera del pasado que termina en una tragedia tremenda, y que lo deja profundamente alterado, lo que puede explicar que quizá se le vaya realmente la olla. Entonces uno recuerda que algunos autores de la misma New Wave no querían que los identificasen como autores de ciencia ficción ni a sus obras como respresentativas de ese género, y claro... todavía te da más igual que menos. Una crítica que se hizo de este libro nada más salir, por parte de Algys Budriss, afirmaba que "este libro intenta convencernos de que su autor piensa que es muy inteligente". Claro, ante estas cosas a uno se le queda… cara de póker.
Amo a vé: me he leído una novela, no particularmente bien escrita, con pasajes bastante extraños que no conducen a nada (bueno, sí, al pajote mental), sólo para que luego me digan que no, que puede que juego revuelto, cruci cruci, todo fue un sueño, lo hizo un mago, es un flipe y nada más, como la chuminá de Sucker Punch. Vamos, que todo es mentira, porque el médico se lo cuenta al padre. O no, no sé. Quizá. Me da igual. Si te quieres marcar un eXistenZ nadie te lo impide, pero que quede bien. Es entonces cuando uno tiene que echar mano de lo que yo llamo la Doctrina Moore. Moore en su célebre final del Superman de Tierra 1, o Pre-Crisis, empieza explicándonos que “Ésta es una historia imaginaria”, algo que se utiliza también mucho en los What If the Marvel y en los Elseworlds de DC, y en general en toda historia alternativa o como queramos llamarla. Como muy bien dice a continuación de forma lapidaria el mismo Moore: “¿Acaso no lo son todas?” Es decir: como si importara qué historia es canon o no, cuando la canonicidad sólo es una convención puramente arbitraria que a muchos puede que obsesione, pero que simplemente hay que desechar o tomarla como lo que es, un convencionalismo, una forma narrativa más, como el mismo Moore se tomaría a broma con sus múltiples versiones de Supreme. Es como discutir sobre qué es más real: una novela histórica o una ucronía. La segunda tiene un contenido más fantasioso o una premisa más que la primera, al tratarse de un mundo divergente del muestro, pero las dos son historias inventadas e irreales, aunque salgan en las dos los mismos personajes históricos. Y lo que es peor: la ucronía puede ser una historia emocionante y bien contada, con valores artísticos sólidos, y la historia respetuosa con los hechos conocidos ser un aburrimiento mal contado, que es a la postre lo que cuenta de verdad. Vale, al final quizá todo no es un flipe pero la historia es una flipada. Pero la flipada es una chorrada, y no lo justifica, igual que en Sucker Punch todo era una mala excusa para hacer un babexplotation que sólo demostraba que Snyder tiene un montón de gruyere donde otros tienen el cerebro. En el último capítulo eso se nos revela como una historia de Philip K Dick, pero sin la gracia, el saber hacer y la naturalidad con la que Dick te dejaba con la última frase con los ojos muy abiertos y el culo torcido. Al final de Ubik descubrimos qué ha pasado y dónde, y aparece una moneda con la cara de un personaje que hace que cerremos el bucle y nos cuestionemos todo lo que hemos leído, pero Dick sabía cómo hacerlo. Como siempre, hacer tirabuzones en el aire es perfectamente legítimo siempre que aterricemos con elegancia y no con los dientes por delante, lo cual desluce mucho la acrobacia.
Por tanto el resultado de leer Criptozoico es la sensación de leer una novela que ha envejecido muy mal, y que más que de ciencia ficción parece de pseudociencia ficción asumiendo despropósitos mucho más cercanos al misticismo yeyé de la época que a cualquier especulación social o científica, y que además resulta tramposa en su resolución y te deja con la sospecha de que el frangollo termina abruptamente de ese modo a ver si sale del lío que él mismo ha montado. El contenido distópico tampoco se desarrolla mínimamente, y no resulta demasiado atractivo, del mismo modo que en un futuro tan distante como 2090, más para cuando la novela fue escrita, apenas si se notan cambios respecto a la sociedad actual, y respecto a los personajes femeninos... digamos que Aldiss en esta novela entra en la nómina de autores que no saben construirlos demasiado bien. Por si fuera poco, la traducción es abominable. Había oído pestes de algunas de las traducciones de Domingo Santos, uno de los próceres de la ciencia ficción española durante muchas décadas, pero sólo en esta ocasión me he dado cuenta. Ya el primer párrafo es un despropósito gramatical, y por medio del libro nos encontramos con construcciones marcianas que no sé muy bien en qué idioma están, pero yo juraría que en español no. Cuando uno empieza a leer una novela y se encuentra “Yacían amontonadas sin sentido alguno, y sin embargo con una terrible significación que evidenciaba la fuerza que las había arrojado allí” uno sólo puede esperarse lo peor, y vaya si lo encuentra: voces pasivas forzadísimas, directamente cosas que se ven mal traducidas, y otros horrores. "¡Pobre viejo Ted!", exclama su padre cuando le cuentan de la locura de su hijo, que es una expresión muy habitual en español, y no suena nada extraña. Y después de leer eso no se me ocurre otra cosa que leer la trilogía de Claus-Lucas, compuesta por tres novelas de corta extensión que tienen por protagonistas a dos gemelos: El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira. Y ésta es la cara que se me ha quedado.
Las objeciones que tengo sobre esta historia son diferentes a la anterior, pero en el fondo un poco las mismas. La primera de las novelas, que pasa por ser la mejor y con la que la gente dice que “te tienes que quedar” es la historia de dos gemelos húngaros que van a vivir con su abuela a una ciudad fronteriza, adonde los lleva su madre para que estén seguros durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque son dos, hablan como una sola unidad, sus diálogos son indistinguibles y nunca dejan de estar el uno con el otro. La abuela es una vieja bruja que los maltrata, si bien con el roce, aunque sea a hostias, termina naciendo el cariño. Los niños son redichos y no hablan como si tuviesen nueve años, y además de dedicarse a técnicas de disciplina ninja, como infligirse dolor el uno al otro para acostumbrarse a él, o ayunar, escriben objetivamente en un cuaderno lo que viene a ser su vida con la abuela: trabajar en el huerto en una economía de subsistencia y su relación con los vecinos del pueblo, en el que hay personajes de lo más singular. Mi primera impresión al leer la primera novela fue que no me pareció demasiado interesante. Aparte de que el estilo es simple y descarnado, con total predominancia del diálogo, ninguno de los personajes llegó a interesarme lo más mínimo, sobre todo los dos protagonistas de la historia, que son unos niños, repito, redichos y amorales que se dedican a hacer el bestia, pero ni eso, son crueles pero como simples pastiches. Todo me recordó al tremendismo de Cela, pero con la diferencia de que Cela escribe mucho mejor y de vez en cuando mete unas buenas dosis de humor negro, por no hablar de herencias más lejanas como el naturalismo. Así pues aquí tenemos seres raros y marginales, una niña medio retrasada que tiene arrebatos zoofílicos, y otras burradas sin venir a cuento, simplemente por acumulación. Podría decir que los personajes principales son unos psicópatas, pero ni eso, sinceramente creo que no están demasiado bien construidos como para llamarles eso.
Lo cual nos lleva a hablar de nuevo de la realidad, y de su plasmación artística. Esta plasmación puede tener muchas formas y hacerse de muchas maneras. En este caso se supone que se muestra la violencia y la brutalidad en tiempos de guerra, aunque sólo sea una crueldad que aflora con más fuerza por las circunstancias, pero que siempre está ahí. Sólo hay un problema: que llega un momento que no sólo no me creo lo que leo, sino que incluso me da la risa. Sé que suena un poco raro, pero el límite de lo absurdo que quiere uno soportar lo pone cada uno donde mejor le conviene, y de hecho creo que he dejado claro en más de una ocasión que mi umbral de tolerancia respecto a lo absurdo es bastante alto. En este caso, llega un momento en que me parece estar leyendo una película de dibujos animados, porque el tono sencillamente no es el adecuado. Hay una razón por la que en una película cuando vemos que alguien le descerraja un tiro a quemarropa a otra persona nos estremecemos, y sin embargo cuando Elmer le pega un tiro en la cara al Pato Lucas y le deja el pico en la nuca, nos hace gracia. Ambas historias sabemos que son imaginarias, en el primer caso sabemos que el actor al que han disparado hará otro papel en una próxima película, pero algo tiene que haber que nos diga que en un caso es un acto de violencia reprobable y en otro es legítimo e incluso deseable que los personajes se desmiembren sin problemas. Recordemos la definición de Cela de cómo escribió La familia de Pascual Duarte: «Empecé a sumar acción sobre acción y sangre sobre sangre y aquello me quedó como un petardo». Al menos Cela escribe bien, y queda claro que el personaje es un perturbado de algún tipo, sin entrar en querer hacer diagnósticos clínicos de un personaje de ficción. Yo a partir de ciertas salvajadas que van ocurriendo en esta primera parte de la trilogía desconecté y empecé a leerlo más como un tebeo de Mortadelo y Filemón en el que es normal que en una viñeta le corten a alguien la nariz, o que lo laminen con una apisonadora. De veras, no pude tomármelo en serio: llega la madre y le cae una bomba, la niña retrasada invita a los soldados rusos a que la violen, luego los niños le cortan el cuello a la madre de esa niña como quien toma un vaso de agua y todo así, hasta llegar al final que es más de lo mismo. Es eso: acumular una salvajada sobre otra, y sangre sobre sangre, con los niños registrándolo todo sin ninguna empatía ni emoción, tanto lo que sucede a su alrededor como lo que ellos mismos provocan. Y dice uno: pues vale. También podemos recordar, con Talleyrand, que todo lo exagerado es insignificante, carece de sentido. La segunda novela, La prueba, empieza donde termina la primera, con uno de los gemelos que escapa al país vecino, fuertemente vigilada la frontera desde que acaba la Segunda Guerra Mundial. En ningún momento se nos dice el nombre del pueblo, y se utilizan circunloquios que tampoco veo muy necesarios, sobre todo porque hay que ser tonto para no saber que la frontera es con Austria, que los primeros extranjeros a los que se refieren los niños son los alemanes y que los extranjeros que aparecen luego y ocupan el país son los rusos, así que hablar en clave de esa manera como que no pinta demasiado. El gemelo que escapa es Claus, y el que se queda en Hungría, Lucas, que sigue con su monótona vida de campesino porque la abuela ya ha muerto. La narración pasa de primera persona en plural a tercera persona, y sabemos de su vida en común con una joven que ha tenido un niño tullido, Mathias, fruto del incesto voluntario de ella con su padre. Lucas adopta a Mathias como a su propio hijo y lo sigue cuidando incluso cuando su madre los abandona. Mathias es, desde muy pequeño, un niño redicho y reviejío que habla con frases lapidarias. La separación de los dos hermanos es la prueba a la que hace referencia el título de esta segunda parte, aunque mucha gente parece obviar, ignorar o recordar que Claus ha existido, como si siempre hubiese habido un único niño del que se ocupó la abuela. También aparece Clara, una bibliotecaria viuda que perdió a su marido durante la represión soviética, y Peter, un miembro del partido comunista, además de otros personajes. Como era de esperar, Mathias, acomplejado por su fealdad, abandonado por su madre y convencido de que su padre adoptivo tampoco lo quiere, se ahorca, y Lucas a partir de entonces se convierte en un alma en pena. La novela termina con Claus que regresa del extranjero para buscar a su hermano, bastantes años después, cuando ya nadie lo recuerda a él e incluso muchos sólo tienen un vago recuerdo de Lucas, del que no se sabe qué fue realmente después del abatimiento que lo embargó después de la muerte de su hijo adoptivo. Y aquí es cuando llega el último capítulo de la novela, en el que vemos que sí, Claus ha estado varios meses viviendo en la ciudad fronteriza, y su visado ha caducado, por lo que lo detiene la policía, pero no existe Peter, que cuidaba del supuesto negocio abandonado de Lucas, y los cuadernos de niñez que custodiaba ese supuesto Peter, y que constituyen la primera novela, no parecen antiguos, sino que son unos cuadernos nuevos escritos en los últimos meses, igual que la segunda vuelta de tuerca que acabamos de leer y que termina siendo la obra de ese Claus nuevo, Claus prima, Claus subíndice 1 o como queramos llamarlo.
Por último llega la tercera novela, que es la que gusta a menos gente, pero que en mi caso, sin gustarme demasiado las otras dos, me parece que termina de redondear la broma que constituye todo el ciclo, aunque el chiste no me parece demasiado bueno ni me ha hecho demasiada gracia. La tercera novela nos cuenta la verdadera historia detrás de todo esto, o quizá si queremos verlo así la tercera mentira del título, aunque según la Doctrina Moore, ¿acaso no lo son todas? La tercera versión, o mejor dicho segunda ya que la primera y segunda novelas son coherentes entre sí, nos cuenta una historia diferente, en la que los dos hermanos se ven separados a edad temprana, cuando la madre mató al padre e hirió gravemente a Lucas, que tuvo que pasar un largo proceso de recuperación separado de su familia, mientras que Klaus (sí, con K) vive con la amante de su padre ya que a su madre la internan en un psiquiátrico. Es Lucas el que acabará viviendo con una anciana en un pueblo de la frontera, y el que la cruzará para escapar a Austria y vivir allí varias décadas bajo el nombre de Claus, mientras su madre y su hermano Klaus lo creen muerto. Klaus vive una vida bastante miserable mientras escribe poesías que terminan dándole una cierta notoriedad, y será él quien cuide de su madre perturbada, que sigue esperando el regreso de Lucas y lo convierte en su memoria en una idealizada versión de Klaus, a quien desprecia continuamente al compararlo negativamente con su desaparecido hermano, del que en realidad no saben nada los dos. Es por eso que, cuando van a deportar a Claus, las autoridades consiguen que los dos hermanos se encuentren por última vez, el verdadero Klaus y Lucas que adoptó el nombre de Claus; Klaus le miente, no lo reconoce ni admite que sea su hermano aunque sabe perfectamente que es él, y evita también que su madre lo vuelva a ver. Para terminar de forma festiva la trilogía Lucas se suicida, y Klaus toma la determinación de hacer lo mismo cuando su madre fallezca. Es decir, si lo entendemos así, en forma de capas, la realidad sería la historia de Klaus y Lucas, en la que Lucas es el que ha escrito los dos primeros libros tomando elementos distorsionados o idealizados de su vida. Aquí es nuevamente donde uno se pregunta qué puede ser declarado como verdad o mentira en un sistema donde por definición todo es irreal e inventado, todas las historias son imaginarias. así que todas son verdad o todas mentira, al gusto de cada uno, y establecer jerarquías de verdad entre unas y otras es realmente arriesgado, cuestiones aparte del efecto rashomon. De hecho aún os digo más: al contrario de la opinión generalizada, la única novela que me interesa un poco es la tercera, porque es la única en la que aparecen personajes más o menos normales con reacciones reconocibles como humanas, mientras que el tremenbundismo excesivo de las dos primeras, que sí son coherentes con los delirios enfermizos y obsesivos de alguien con una personalidad alterada, y justifican por ejemplo el hablar redicho de los personajes infantiles, me provoca un distanciamiento total en el que las muertes y tragedias las veo con la misma cara que veo a la gente que muere de forma absurda en un episodio de Family Guy sólo por hacer la broma. Lo demás me parece insignificante, carente de significado. Desconozco por completo si la autora tenía plan desde el primer momento de hacer esas dos piruetas argumentales (aunque casi pirueta y media) o fue una decisión a posteriori, pero como las he leído de un tirón ésa y no otra es la impresión que me llevo. Igual lo he entendido yo al revés, pero quizá los que lo han entendido de esa manera, en la que los niños redichos cuentan sus chantajes y actos terroristas es una gran novela, no han visto la pintura completa. Quizá la broma estaba en otro sitio, o no había broma en absoluto, o la broma estaba en nosotros al leerlo, no sé. A estas alturas ni me importa. De todos modos aquí tenéis la opinión de Slavoj Zizek sobre la primera novela, que en cierto modo me reafirma en la mía, además de pensar como siempre que el buen hombre está como un cencerro. Por otro lado reconozco que la misma Ágota no me cae muy allá después de haber leído esta entrevista en la que dice alegremente que como la emigración no le sentó nada bien y se vio obligada a vivir en un país que no le gustaba, Suiza, y a aprender una lengua nueva, el francés, que su marido debería quizá haber pasado un par de años en la cárcel para que ella no hubiese estado cinco años trabajando en una fábrica en la que se aburría mucho. En fin…
Por ejemplo, éste es el verdadero Zizek, y el otro que va dando conferencias por ahí su parodia.
En resumen, aunque se deja leer, no me ha dicho nada. De hecho, y especulando un poco, me parece un ejemplo más de un tipo de literatura que, aunque en el extremo contrario, no me interesa nada por lo que tiene de manierista. No tengo nada en contra de la literatura donde la gente sufre mucho o todo es crueldad y dolor, pero los ejemplos positivos de esa literatura que tengo claros al menos no se limitan a decir que el mundo es una mierda y al final te mueres. Sí, vale, eso ya lo sé. ¿Pero qué tienes que decir al respecto, y cómo? El nihilismo, el existencialismo, al menos tienen una base especulativa y una sólida referencia intelectual que apoya sus postulados, aunque se muestren en forma novelada. Camus nos dice que la vida no tiene sentido, que todo es sufrimiento y dolor, pero que podemos buscar sentido por nosotros mismos y que al fin y al cabo echarse un partido de fútbol con los amigos está bien. El mundo cruel y salvaje de Cela al menos plantea una cierta conmiseración por lo humano, y además de otros elementos de alto valor literario en Mazurca para dos muertos aparte de gente sin piernas y retrasados que se prenden fuego porque sí aparecen Las Diez Señales del Hijoputa, que te ríes un montón. A mí que me digan lo que ya sé y que no me aporten nada más, pues tampoco le veo demasiado sentido. Ejerciendo ya de malo, y viendo cómo se ha tratado a la autora y a su obra, también me sospecho que puede que haya algo en la manía que tienen los franceses de enaltecer a todo aquel que, por una razón u otra, ha terminado escribiendo en su idioma, como si eso los hiciera dignos de una estima muy superior, mezclando una cosa con otra y sobre todo también por la condición de refugiada de la señora, que por otro lado parece que tampoco le habría parecido tan mal haberse quedado en su país en el régimen comunista, ya que Suiza le resultó tan aburrida. También, lo reconozco, me da un poco de repelús al sonarme al nuevo-viejo nihilismo de vía estrecha que, más que basarse en un profunda reflexión literaria e intelectual, como los existencialistas de hace casi un siglo u otros autores desesperanzados del período de entreguerras, se centra más en la capacidad de epatar y de escandalizar diciendo caca culo pedo pis en un mundo en el que la corrección política, el meapilismo de izquierdas y otras formas de renuncia de la inteligencia han permitido que muchos piensen que Chuck Palahniuk y Houellebecq han inventado el nihilismo, igual que cada quinceañero cree que el grupo de moda de su época ha inventado el punteo de guitarra y lo mismo que algunos creen que Sasha Grey ha aportado algo al mundo de la literatura erótica. A veces me quejo de que los lectores de fantasía no sepan lo que es el estilo indirecto libre, pero igual es más grave esto entre lo que se supone que son lectores expertos. Eso me lleva a pensar que, aunque totalmente contrario en principio a la opinión de Patrick Rothfuss sobre los géneros, y su presunción de que la “ficción literaria” es un género, lo que puntúa muy alto en la categoría de soplapollez, quizá dentro de su equívoco tiene algo de razón en tanto que en ese tipo de ficción las grandes nadas, o basuras serias como las llamaría Vizinczey, están llenas de tics que supuestamente contiene la gran literatura, y sí pueden degenerar de manera que la literatura de la corriente general se convierta en un género pervertido en el que la grandilocuencia, el tremendismo porque sí y la pose atormentada de autores y personajes se convierta en una complacencia morbosa en lo mismo de siempre de la misma manera que algunos se conforman con cualquier cosa que lleve naves espaciales o dragones, y en este caso todo lo que sea feísmo, desesperación y locura en vena tiene que ser necesariamente bueno o literariamente relevante. Del mismo modo que el gore me parece que en general es una excusa para hacer malas películas técnicamente lamentables y argumentalmente inanes, y no soporto como muchos la absurda arbitrariedad del torture porn, no veo razón para no sentir la misma cautela cuando me quieren comprar a tan bajo precio con pr0n intelectual y crueldad vacía de toda reflexión o verdadero contenido, aunque sea del lado de la "curtura". Ante eso sólo tengo una respuesta:
Como dato curioso, si ponéis "Claus y Lucas" para buscar en Google lo más seguro no es que os encontréis con la obra de esta autora húngara, sino con esto otro:
Claus y Lucas son dos gemelos que salen en el videojuego Mother 3, que como data de 2006 es bastante posterior a la publicación de las novelas. Si hay alguna conexión, homenaje o lo que sea, o es una coincidencia porque los nombres suenan bien y uno es el anagrama del otro, me da igual. En España, por supuesto, si hablamos de gemelos traviesos siempre nos acordaremos de éstos:
La primera novela, la que se supone que es la buena y nos tiene que gustar más que las demás, fue adaptada en el país de origen de la autora en 2013:
No está mal. Rebaja un poco el festival de violencia y los personajes resultan así un poco más creíbles. También, hay escenas que no se pueden llevar a cabo porque los actores infantiles también tienen derechos. Por eso cuando la moza se baña con ellos si está desnuda nunca comparte plano con lo gemelos, y la escena sadomaso y de lluvia dorada no aparecen tampoco. Del mismo modo el personaje de Caraliebre se ve que está interpretado por una chica ya mayor, lo que diluye bastante la escena de su muerte. También, como los niños no crecen, no se entiende demasiado cómo de la noche a la mañana la frontera con Austria, el único país no comunista con el que Hungría tenía frontera durante la Guerra Fría, se convierte en una de las más vigiladas del mundo, llena de minas. En la película se ve también cómo los niños ven un campo de tránsito nazi abandonado lleno de cadáveres, algo que también ocurre en la novela y que los deja muy impresionados, aunque por alguna extraña razón cuando ellos mismos hacen eso, matar a la gente y luego quemarla para no dejar pruebas, no les afecta. No hubo campos de exterminio nazis cerca de la frontera húngara ni en su territorio, y de hecho el gobierno húngaro fue reacio hasta casi el final a colaborar con el exterminio de los judíos, aunque se produjeron varias matanzas. Es decir: si aceptamos que lo que hemos leído es la invención y desvarío de un perturbado ya enfermo que recrea a posteriori sus recuerdos, entonces es excusable, pero si no, la autora se ha marcado la típica chorrada por falta de documentación típica de una novela de Dan Brown. Y si aceptamos lo primero, igualmente mal, porque una convención que no se puede romper es la suspensión de la credulidad: si el autor nos está recordando continuamente que los personajes de los que estamos leyendo no son reales, sino sólo palabras en un papel, luego no nos quejemos de que, como ha ocurrido en mi caso, no llegue a importarme demasiado lo que estoy leyendo, si sufren o no o si a su madre inventada le cae encima un obús y la revienta. Si rompemos la primera ley sagrada de toda narración, que es que lo que te cuento es verdad en el ratito que te lo cuento, mal empezamos. En cuanto al asunto de los gemelos, así en general, siempre han dado mal yuyu por... cosas. Son los clones de la naturaleza, una persona repetida aunque sepamos que hay cierto mito en que tengan una comunión sobrenatural. Pese a todo, hay paralelismos más que notables en sus aptitudes, y una de las fuentes sobre el estudio de la importancia de la genética sobre la personalidad se ha realizado por medio de gemelos idénticos que fueron por un motivo u otro separados a temprana edad y que han tenido estímulos muy distintos, para llevar luego vidas extraordinariamente similares. También son un tema favorito de algunas películas de terror psicológico de lo más inquietante. Dos hermanos gemelos, los dos ginecólogos, que trabajan juntos y lo comparten todo. Realmente muy chunga de ver. Claro que casi no es nada comparada con esta otra: Si queréis traumatizar a un niño de por vida, hacedle ver esta película. Conmigo funcionó.