Pongamos dos ejemplos para apoyar nuestra postura. Si no lo queréis ver entero podéis pasar directamente al minuto 17:
Buena parte del cine mudo que se ha conservado es, además de algunos psicodramas tremebundos, salvajadas como Häxan y otras delicias, un montón de películas cómicas que además de otros elementos geniales abusaban de las caídas de culo, de los tortazos y las tartas en la cara, el slapstick. Como dice Homer, un golpe en la entrepierna siempre hace gracia. En este corto de Larry Semon vemos que además en los últimos cinco minutos hay lo que podríamos llamar un claro desprecio por la vida humana, en concreto de las personas que participan en la película y que seguro que tomaron todas las medidas de seguridad posibles en la época, pero eso de ponerse delante de un tren que está claramente en marcha y ponerse a corretear encima de él cuando no existían ni los cgis ni nada parecido tiene muchísimo mérito. No nos engañemos: la gente iba al cine a ver de todo, y una de las cosas con las que más disfrutaba era ver cómo se le caía encima a Buster Keaton una casa o a Harol Lloyd colgando de un reloj. La molonidad es como el colesterol: hay de la buena y de la mala.
Naturalmente, la cosa no acabó ahí. La molonidad siempre ha tenido un papel esencial en cierto tipo de cine, y podríamos decir que sólo desde hace un par de décadas se ha convertido en un verdadero problema con su hipertrofia y su falta de comedimiento, de modo que el más es más de la molonidad desatada nos lleva a la paradoja de que con las más potentes herramientas de todo tipo para hacer películas como te dé la gana, incluso metiendo dinero a porrillo, al final el resultado es básicamente un churro, tal como explican en ese artículo de Cracked. Sobre la buena molonidad, ahí la tenéis al alcance de todos: los buenos e idealizadísimos duelos a espada de las pelis de piratas o de mosqueteros, y sobre todo las persecuciones trepidantes en la carretera que llegan a ser un subgénero en sí mismo y que es lógico que naciese en la cinematografía de un país que desde que se inventó el automóvil ha evolucionado a la par que éste. Tanto es así que hay listas enteras de las mejores persecuciones en las películas, y entre ellas nunca puede faltar la de Bullit, un prodigio de planificación y montaje donde Steve McQueen, un fanático de los coches y de las motos, se mola mil conduciendo por las calles de San Francisco.
![]() |
Clint molándose él solo una porta de la Heavy Metal. |
Todos éstos son los antecedentes con los que cuenta Mad Max, que une la tradición de todo ese tipo de persecuciones y rallies de destrucción de vehículos a motor con otra tradición muy presente en la época, los futuros postapocalípticos y la destrucción de la civilización tal como la conocemos con una vuelta a un estado de barbarie en la que el ser humano, reducido a tribus violentas, intenta sobrevivir buitreando en los restos de una civilización desahuciada, cosa que por ejemplo ya se había visto en Un muchacho y su perro, relato de Harlan Ellison llevado al cine en 1975 y que es tal cual Mad Max, pero sin coches. Relatos de futuros devastados con gente tribal en un estado de guerra constante, los que queráis.
Lo cual nos lleva a decir que en muchos aspectos Mad Max no inventó nada, porque como casi siempre todo está ya inventado, pero consiguió una mezcla de elementos ya existentes que marcó una época y definió una estética, el del futuro postapocalíptico punk, que luego ha sido imitado y plagiado mil veces hasta convertise ya en una forma canónica, o incluso un cliché. Mucha gente que no sea aficionada a la fantasía o a la ciencia ficción probablemente sea ésta la única versión que conozcan de este subgénero, de la que por otro lado es ejemplo destacado y paradigmático.
Molonidad saliéndose de toda escala conocida.
Mad Max, aparte de sus virtudes, que las tiene, se aprovechó de cierta polémica. Pese a ser poco más que una película de aficionados rodada en la por entonces ignota y desconocida Australia, llegó a todo el mundo, y su presupuesto fue tan bajo que dado su éxito fue durante muchos años la película más rentable de la historia hasta el Proyecto de la bruja de Blair. Debemos recordar que estamos en la época en la que La vida de Brian no se pudo exhibir en Suecia, y en la que los británicos vieron cómo se retiraba de los cines La naranja mecánica para no poder volver a verla durante más de veinticinco años. Así pues Mad Max se vendió, y se aprovechó de ello, como una película extremadamente violenta. Tanto es así que en España se clasificó como S, lo que era el equivalente de la actual X, y también en otros países tuvo problemas similares. En Estados Unidos, y esto debería servir para hacer reflexionar a más de uno, la película fue doblada porque, producto genuinamente australiano, era el equivalente de que nosotros viésemos una peli en la que la gente se llama "mi pana", les importa todo una reverendísima poronga o las cosas son sabrosonas, y tontos hay en todas partes. Una vez alcanzado el éxito, aunque los volantes siguen estando a la derecha, en las siguientes entregas se difumina el lugar donde sucede la acción de modo que el producto se ha estandarizado; es decir: americanizado, en un proceso similar al de algunas series canadienses que eliminan referencias directas a su localización porque si no a los vecinos del sur ni se les ocurre ver algo que ocurra más allá de sus fronteras.
![]() |
Molonidad en vena. |
La primera parte de Mad Max, pese a marcar el tono, se diferencia tanto de sus secuelas que en cierto modo incluso se pueden considerar que pertenecen a dos géneros diferentes. La estética apocalípticopunk sólo aparece a partir de dos años después en Mad Max II, aunque eso sí, lo hace de forma desbordante y con elementos clásicos de la literatura postapocalíptica, como la narración desde un futuro lejano de esos hechos por parte de alguien que en ese momento sólo era un niño. Aunque en Mad Max se intuye que la civilización ya se ha colapsado, que está a punto de hacerlo o que los efectos de una guerra han convertido ya a lo que queda del estado en inoperante, todavía no estamos en una vuelta total a la barbarie, y de hecho el personaje principal todavía es un policía en activo. Aun más: la película podría funcionar incluso sin ese entorno apocalíptico, pues películas donde idealizadas bandas de motoristas o bandas sin ley se dedican a recorrer vastas llanuras haciendo el cafre ya habían salido en varias películas sin necesidad de ningún entorno que indique que ha habido una guerra nuclear, que es más o menos lo que todo el mundo sospecha cuando ve la película y que además es lo que se da a entender a través de claras referencias y por la presencia de la radiactividad. De todos modos pones esas mismas cafradas de la primera parte en la América profunda en la que estamos más que acostumbrados a ver cosas igual de bestias, y no hace falta ninguna excusa de que la civilización haya desaparecido.
Por tanto aunque el personaje ya aparece obviamente en la primera película, sólo el universo Mad Max se nos presentará en la segunda, y el tono es tan distinto que no sólo estamos hablando casi de dos géneros, sino de que prácticamente hay un reinicio de los presupuestos que conforman la saga. Aquí sí tenemos ya la estética que luego será copiada mil y una veces: las armaduras improvisadas, los coches tuneados por gente puesta de speed y la vuelta al tribalismo, la lucha por los recursos menguantes, etc. Tanto es así este cambio de género que, en cierto modo, se nos hace una pequeña trampa, ya que no sabemos cuánto tiempo ha pasado desde esa guerra que acabó con todo, de manera que hay incluso adolescentes y gente joven que parece no guardar muchos recuerdos del mundo anterior. Bueno, no importa, y como siempre no hay que darle demasiadas vueltas a lo que son los clásicos trucos o escamoteamientos de guión para llegar a donde se pretende. Esto se verá incluso más claramente en esta última entrega, donde esas cosas ya no importan ni lo más mínimo y se tira por la calle del medio. Si Tom Hardy tiene ahora más de quince años de los que tenía Mel Gibson cuando hizo la primera película, y Charlize Theron con cuarenta años es mayor que su coprotagonista, y la raptaron de pequeña de manera que sólo se acuerda vagamente de su infancia, incluso considerando que no tienen por qué interpretar a personajes que tengan su misma edad... ¿entonces qué edad tiene Max el Loco y cuántos años lleva vagando por el desierto desde que dejó de ser policía? Tampoco importa demasiado. Es una realidad alternativa, un mundo parecido pero distinto del nuestro que divergió a saber cuándo a saber cómo, y tirando millas. La realidad, incluso la estupefaciente, es continua; la fantasía no.
Y así llegamos a esta cuarta parte en esta era de secuelas y más secuelas, y en las que franquicias que deberían haber desaparecido por agotamiento siguen llenando las carteleras mundiales hasta el hartazgo. Lo único que salvaba a esta secuela, o rebú, es que la llevaba a cabo el mismo director de las otras tres, así que no se esperaba ninguna dulcificación de la trama o reblandecimiento de la acción. En cierto modo es lo que deberían haber hecho con Robocop e incluso con Superman, estando todavía en activo los directores originales: darles la oportunidad de hacerlo incluso mejor. Sé que es difícil y las cosas no funcionan así, pero soñar es gratis. El resultado de Miller retomando su creación más de veinte años después de La Cúpula del Trueno (que a mí es la que más me gusta) es... francamente sobresaliente, pero la sensación que me ha dejado es un poco agridulce. Por un lado, claro está, es un sopapo en toda la boca a una generación de cineastas que son los sucesores del mismo Miller y otros como Richard Fleisher o Corman, que con muchos menos medios conseguían hacer mucho más. Cuando uno recuerda los borrones que Peter Jackson cree que son una lucha a espadazos, o borrones de cosas grises que chocan con borrones de otras cosas grises en la última de Die Hard, se oye por detrás a Miller filmando su última historia de Mad Max y diciendo: "Chupaos ésa". La molonidad no es, como nos han querido hacer creer, confusión y no saber lo que está pasando en la pantalla, que es de lo que se acusa, y con razón, a Michael Bay y a Nolan, que no tiene ni la más remota idea de cómo filmar una pelea o cómo chocan dos camiones. Un director de una escena de acción, me da igual que sea de una peli de Mad Max como en una carrera de cuádrigas de Ben Hur, tiene que tener claro en todo momento qué está filmando, dónde está cada elemento y qué se va a ver en pantalla. Y eso se sabe hacer... o no se sabe, y si no se sabe se intenta disimular con primerísimos planos, con borrones de cosas que pasan por delante de la cámara, con cámaras lentas sin venir a cuento y con otros oropeles que llevan asegurándonos desde hace más de veinte años que son lo güeno de verdad, que ningún otro mundo es ya posible y eso es así y no lo cambia nadie.
Pues mira, resulta que no es verdad, que se puede hacer una película de más de dos horas de gente persiguiendo a gente y cosas chocando con cosas y se puede entender todo, saber en todo momento dónde está el punto de vista del narrador y no perderse en ningún momento. Transformers y 300 no son malas películas por ser películas de acción sin demasiado contenido, sino porque Michael Bay y Snyder no tienen ni idea de hacer su trabajo, y no se sabe muy bien cómo han convencido a todo el mundo de que el emperador no está en pelota viva. Miller dice "Apartaos, niñatos", y se calza Furia en la carretera con una edad que según algunos a los directores de cine hay que llevarlos a la parte de atrás y hacerlos dormir.
Eso desde el punto de vista positivo, que hace que la película merezca, y mucho, verse, ya que va a pasar uno un muy buen rato viendo espectáculo cinematográfico en estado puro, molonidad sin límites de la que no empalaga ni lo deja a uno pensando que qué coño ha visto uno pasar a toda velocidad delante de sus ojos. Desde el punto de vista negativo... pues casi podríamos decir que lo mismo. Miller deja a la altura del betún a Bay, a Snyder y a Abrahams jugando a su juego, pero tiene que rebajarse a jugar a ese mismo juego. Eso significa que la película tiene la misma simplicidad que el mecanismo de un botijo, aunque sabemos a lo que vamos al pagar la entrada. En ese sentido la propuesta es completamente honrada porque basándose en lo limitado de su ambición se ciñe a ella y no la abandona hasta el final, no como experimentos narrativos aberrantes como Transformers la Era de la Extinción, cuando después del tercer acto aparecen más personajes y cosas de las que vender merchandising y todavía queda otra hora de coñazo que ver sin entender nada, y ya tiene mérito que no se entienda una historia de robots gigantes zurrándose contra otros robots gigantes. En cierto modo Mad Max 4 se convierte, más que en una película con carácter propio, en un estrambote de las otras tres, y sobre todo de la tercera, que tiene una persecución bastante parecida con un camión que huye a toda velocidad perseguido por un montón de punkies locos vestidos como los gaboni en las películas antiguas de Tarzán. Lo mismo, sólo que lo que una película era el tercer acto como final de una historia, aquí ocupa todo el metraje, aunque las persecuciones se van sucediendo las unas a las otras de forma amena y con nuevos elementos, cada vez más pasados de vueltas. Al final no sólo no importa que hayan cambiado al actor principal, sino que resulta indiferente ya que es completamente intercambiable con cualquier otro: podría ser el hijo de Mad Max, su primo, o llamarse Pepe Pérez, simplemente se ve metido en un lío de la órdiga y reacciona en consecuencia, nada más. Sí, es una película de Mad Max, pero que esté o no no importa demasiado. Todo lo demás, subordinado a la acción casi ininterrumpida, procede de las películas anteriores y de nuestras propias experiencias como consumidores de este tipo de productos: los malos lo son por sus acciones y porque son mutantes, feos y desalmados, y los buenos son los que huyen y van delante. En cierto modo esto explica por qué todo el mundo coincide en que el personaje de Imperator Furiosa eclipsa al de Tom Hardy, ya que como digo en cierto modo Mad Max está de comparsa, igual que no hay ningún desarrollo nuevo de ese universo de ficción, ni ningún elemento que enriquezca su mitología. Es un prodigio manierista, pero de poca o nula substancia.
¿Es eso lo que queremos? Pues quizá sí, pero la película no tendría ningún sentido si no supiésemos ya de qué va todo, sería imposible que se sostuviera y de ahí que parezca un estrambote a las otras tres. Apenas sabremos nada de los personajes porque el universo postapocalíptico nos viene ya dado y las relaciones son tan claras que apenas hay que exponerlas. Hay amos, y hay esclavos, y los esclavos intentan conseguir su libertad. No hay ninguna negociación posible, así que sólo se puede resolver el conflicto por la pura violencia. No hay mucho más que explicar ni que entender. Los malos son totalitarios y deformes, como ya hemos visto en otra muestra del mismo género, como el cómic Judge Dredd (1977), así que el escenario es previo para que pueda existir esta película con albinos que tocan la guitarra rodeados de amplis y guerreros tribales fanatizados. Sólo hay que comparar cómo se toma el personaje del enano deforme Maestro Golpeador en Mad Max 3 y cómo el que aparece en ésta apenas si sabemos lo que hace ni para qué está. No hay ningún desarrollo nuevo, no aparece nada novedoso de ese mundo desolado, sino que todo está ya repetido. Todo se concentra en la persecución, el último acto trepidante empieza nada más se apagan las luces del cine.
Todo eso nos lleva a una pregunta: ¿se podría hacer un producto nuevo, realmente nuevo, con esa estructura, y que se sostuviese por sí mismo? Sinceramente lo dudo.
![]() |
Mad Max y sus muchos hijos e hijas. |
Por eso tampoco me ha extrañado tanto que en este mundo donde antes un tonto si había suerte lo era sólo en su casa, mientras que ahora poco o nada le cuesta encontrar a otro con el que entrar en resonancia, haya una especie de ideología machista que se basa en poco más que jugar a juegos hiperhormonados tipo Duke Nukem sin ningún otro contrapeso, y que se hacen llamar Return of the Kings, aderezados sus verborreas con sus buenas dosis de randismo y otras hierbas libertarianas. Vamos, una especie de misoginia y de exaltación de la virilidad en plan rancio, con fantasías paramilitares o cercanas al mundo de Gor. A estas alturas se han dado cuenta de que Mad Max 4 es una película antimasculina ya que por lo visto hay que joderse que en un mundo postapocalíptico los supervivientes más adaptados no puedan tener su harén de mujeres jóvenes y placenteras con las que folgar a gusto y que te den robusta descendencia. Habrase visto, paisano, vaya mierda de mundo postapocalíptico en el que uno no puede montar su sociedad esclavista en la que se subyuguen a los más débiles y sobre todo a las mujeres, y se cree un ejército privado de la élite de tus niños esclavos. En este mundo tiene que haber de to, eso es así. Obviamente no han entendido que en ese subgénero los personajes de "mujer más dura que cualquier tío" es un tópico bien conocido, y Tía Ama es un ejemplo claro, ya que ha conseguido, aunque sea en un pequeño lugar, crear un enclave de civilización que domina con mano de hierro.
No deja de ser curioso que en muchos casos los mundos postapocalípticos parezcan una fantasía friki llena de posibilidades de aventura y romance, cuando el friki medio, recordémoslo, no será nunca el que viva las aventuras protagonistas en ese tipo de historias, sino que en Mad Max 3 estaría apaleando mierda de cerdo y en un Apocalipsis Z sería de los primeros en recibir un tiro en la cabeza, igual que en la Era Hibórea como mucho podría aspirar a esclavo, a eunuco o más probablemente a cadáver. Pero bueno, soñar es gratis.
Aunque Mad Max 4 se sostenga como espectáculo por sí mismo sin embargo sí está un poco huérfana de la década en la que tiene pleno sentido, justo antes de la distensión URSS-USA y en una sociedad en la que al menos una generación estuvo convencida de que llegaría a ver una guerra nuclear, y cada pocos meses en alguna revista científica o periódico se publicaban reportajes sobre el Invierno Nuclear y las pocas y nulas posibilidades de sobrevivir cerca de ese tipo de explosiones, de modo que casi mejor morir primero que sobrevivir y envidiar la suerte de los muertos, dado el panorama que luego se presentaría. Los más optimistas pensaban que el mundo se convertiría en un regreso a la Edad Hibórea pero con coches, lleno de tipos en taparrabos y aventuras sin fin, mientras que otros productos ofrecían una visión que sí era realmente apocalíptica. De hecho, el mismo término, postapocalíptico, es contradictorio, ya que por definición después del apocalipsis no hay nada, es la consunción de los tiempos. Es lo que mostraban películas como The Day After, la estremecedora Cuando el viento sopla y la todavía más salvaje y deprimente Threads, que debe ostentar el título de la película que te deja peor cuerpo después de verla. De hecho yo estoy convencido de que si Cormac McCarthy incluyó un final que remotamente se puede considerar esperanzador en La carretera fue sencillamente porque no quería terminar el libro y tener ganas de pegarse un tiro.
![]() |
Sin glamur. |
-SuperSantiEgo