19.5.15

Mad Max: Furia en la carretera. ¿El retorno de la molonidad clásica?

En este blog llevamos un tiempo hablando de la molonidad, y cómo sus efectos deletéreos pueden terminar destruyendo el entretenimiento o cultura de masas tal como lo conocemos. Eso quizá pueda hacer creer que somos detractores de lo realmente molón, o de la buena molonidad. Por eso no olvidemos que aunque una buena película de vaqueros no deja de tener sus giros argumentales y sus elementos dramáticos luego lo que realmente molaba era ver a los vaqueros peleándose contra los indios, al séptimo de caballería con más indios, o a vaqueros contra otros vaqueros en la calle del pueblo cosiéndose a balazos al amanecer. Ya sabéis: esas escenas en las que John Wayne tiraba cartuchos de dinamita y luego los hacía estallar de un balazo, y tantas otras más. Eso por no hablar de las pelis de piratas, de Burt Lancaster haciendo acrobacias porque él lo valía, u otras películas de aventuras del Jólibud clásico. La molonidad es indistinguible de cierta forma de hacer cine, y es tan antigua como él.

Pongamos dos ejemplos para apoyar nuestra postura. Si no lo queréis ver entero podéis pasar directamente al minuto 17:



Buena parte del cine mudo que se ha conservado es, además de algunos psicodramas tremebundos, salvajadas como Häxan y otras delicias, un montón de películas cómicas que además de otros elementos geniales abusaban de las caídas de culo, de los tortazos y las tartas en la cara, el slapstick. Como dice Homer, un golpe en la entrepierna siempre hace gracia. En este corto de Larry Semon vemos que además en los últimos cinco minutos hay lo que podríamos llamar un claro desprecio por la vida humana, en concreto de las personas que participan en la película y que seguro que tomaron todas las medidas de seguridad posibles en la época, pero eso de ponerse delante de un tren que está claramente en marcha y ponerse a corretear encima de él cuando no existían ni los cgis ni nada parecido tiene muchísimo mérito. No nos engañemos: la gente iba al cine a ver de todo, y una de las cosas con las que más disfrutaba era ver cómo se le caía encima a Buster Keaton una casa o a Harol Lloyd colgando de un reloj. La molonidad es como el colesterol: hay de la buena y de la mala.





Naturalmente, la cosa no acabó ahí. La molonidad siempre ha tenido un papel esencial en cierto tipo de cine, y podríamos decir que sólo desde hace un par de décadas se ha convertido en un verdadero problema con su hipertrofia y su falta de comedimiento, de modo que el más es más de la molonidad desatada nos lleva a la paradoja de que con las más potentes herramientas de todo tipo para hacer películas como te dé la gana, incluso metiendo dinero a porrillo, al final el resultado es básicamente un churro, tal como explican en ese artículo de Cracked. Sobre la buena molonidad, ahí la tenéis al alcance de todos: los buenos e idealizadísimos duelos a espada de las pelis de piratas o de mosqueteros, y sobre todo las persecuciones trepidantes en la carretera que llegan a ser un subgénero en sí mismo y que es lógico que naciese en la cinematografía de un país que desde que se inventó el automóvil ha evolucionado a la par que éste. Tanto es así que hay listas enteras de las mejores persecuciones en las películas, y entre ellas nunca puede faltar la de Bullit, un prodigio de planificación y montaje donde Steve McQueen, un fanático de los coches y de las motos, se mola mil conduciendo por las calles de San Francisco.





Clint molándose él solo una porta de la Heavy Metal.
¿Puede haber algo más molón que algunas historias de carretera, persecuciones y topetazos espectaculares entre vehículos, con títulos como Smokey and the Bandit, La carrera de la bola de chicle, o Ruta suicida (The Gaunlet), en la que Clint Eastwood bastantes años antes que el Equipo A comprendía las capacidades de ariete que se le podían sacar a un autobús tuneado? Incluso tenemos ya mitificaciones de la ciencia ficción y el coche en Carrera de la muerte 2000, con un futuro distópico y decadente.

Todos éstos son los antecedentes con los que cuenta Mad Max, que une la tradición de todo ese tipo de persecuciones y rallies de destrucción de vehículos a motor con otra tradición muy presente en la época, los futuros postapocalípticos y la destrucción de la civilización tal como la conocemos con una vuelta a un estado de barbarie en la que el ser humano, reducido a tribus violentas, intenta sobrevivir buitreando en los restos de una civilización desahuciada, cosa que por ejemplo ya se había visto en Un muchacho y su perro, relato de Harlan Ellison llevado al cine en 1975 y que es tal cual Mad Max, pero sin coches. Relatos de futuros devastados con gente tribal en un estado de guerra constante, los que queráis.

Lo cual nos lleva a decir que en muchos aspectos Mad Max no inventó nada, porque como casi siempre todo está ya inventado, pero consiguió una mezcla de elementos ya existentes que marcó una época y definió una estética, el del futuro postapocalíptico punk, que luego ha sido imitado y plagiado mil veces hasta convertise ya en una forma canónica, o incluso un cliché. Mucha gente que no sea aficionada a la fantasía o a la ciencia ficción probablemente sea ésta la única versión que conozcan de este subgénero, de la que por otro lado es ejemplo destacado y paradigmático.


Molonidad saliéndose de toda escala conocida.

Mad Max, aparte de sus virtudes, que las tiene, se aprovechó de cierta polémica. Pese a ser poco más que una película de aficionados rodada en la por entonces ignota y desconocida Australia, llegó a todo el mundo, y su presupuesto fue tan bajo que dado su éxito fue durante muchos años la película más rentable de la historia hasta el Proyecto de la bruja de Blair. Debemos recordar que estamos en la época en la que La vida de Brian no se pudo exhibir en Suecia, y en la que los británicos vieron cómo se retiraba de los cines La naranja mecánica para no poder volver a verla durante más de veinticinco años. Así pues Mad Max se vendió, y se aprovechó de ello, como una película extremadamente violenta. Tanto es así que en España se clasificó como S, lo que era el equivalente de la actual X, y también en otros países tuvo problemas similares. En Estados Unidos, y esto debería servir para hacer reflexionar a más de uno, la película fue doblada porque, producto genuinamente australiano, era el equivalente de que nosotros viésemos una peli en la que la gente se llama "mi pana", les importa todo una reverendísima poronga o las cosas son sabrosonas, y tontos hay en todas partes. Una vez alcanzado el éxito, aunque los volantes siguen estando a la derecha, en las siguientes entregas se difumina el lugar donde sucede la acción de modo que el producto se ha estandarizado; es decir: americanizado, en un proceso similar al de algunas series canadienses que eliminan referencias directas a su localización porque si no a los vecinos del sur ni se les ocurre ver algo que ocurra más allá de sus fronteras.
Molonidad en vena.

La primera parte de Mad Max, pese a marcar el tono, se diferencia tanto de sus secuelas que en cierto modo incluso se pueden considerar que pertenecen a dos géneros diferentes. La estética apocalípticopunk sólo aparece a partir de dos años después en Mad Max II, aunque eso sí, lo hace de forma desbordante y con elementos clásicos de la literatura postapocalíptica, como la narración desde un futuro lejano de esos hechos por parte de alguien que en ese momento sólo era un niño. Aunque en Mad Max se intuye que la civilización ya se ha colapsado, que está a punto de hacerlo o que los efectos de una guerra han convertido ya a lo que queda del estado en inoperante, todavía no estamos en una vuelta total a la barbarie, y de hecho el personaje principal todavía es un policía en activo. Aun más: la película podría funcionar incluso sin ese entorno apocalíptico, pues películas donde idealizadas bandas de motoristas o bandas sin ley se dedican a recorrer vastas llanuras haciendo el cafre ya habían salido en varias películas sin necesidad de ningún entorno que indique que ha habido una guerra nuclear, que es más o menos lo que todo el mundo sospecha cuando ve la película y que además es lo que se da a entender a través de claras referencias y por la presencia de la radiactividad. De todos modos pones esas mismas cafradas de la primera parte en la América profunda en la que estamos más que acostumbrados a ver cosas igual de bestias, y no hace falta ninguna excusa de que la civilización haya desaparecido.

Por tanto aunque el personaje ya aparece obviamente en la primera película, sólo el universo Mad Max se nos presentará en la segunda, y el tono es tan distinto que no sólo estamos hablando casi de dos géneros, sino de que prácticamente hay un reinicio de los presupuestos que conforman la saga. Aquí sí tenemos ya la estética que luego será copiada mil y una veces: las armaduras improvisadas, los coches tuneados por gente puesta de speed y la vuelta al tribalismo, la lucha por los recursos menguantes, etc. Tanto es así este cambio de género que, en cierto modo, se nos hace una pequeña trampa, ya que no sabemos cuánto tiempo ha pasado desde esa guerra que acabó con todo, de manera que hay incluso adolescentes y gente joven que parece no guardar muchos recuerdos del mundo anterior. Bueno, no importa, y como siempre no hay que darle demasiadas vueltas a lo que son los clásicos trucos o escamoteamientos de guión para llegar a donde se pretende. Esto se verá incluso más claramente en esta última entrega, donde esas cosas ya no importan ni lo más mínimo y se tira por la calle del medio. Si Tom Hardy tiene ahora más de quince años de los que tenía Mel Gibson cuando hizo la primera película, y Charlize Theron con cuarenta años es mayor que su coprotagonista, y la raptaron de pequeña de manera que sólo se acuerda vagamente de su infancia, incluso considerando que no tienen por qué interpretar a personajes que tengan su misma edad... ¿entonces qué edad tiene Max el Loco y cuántos años lleva vagando por el desierto desde que dejó de ser policía? Tampoco importa demasiado. Es una realidad alternativa, un mundo parecido pero distinto del nuestro que divergió a saber cuándo a saber cómo, y tirando millas. La realidad, incluso la estupefaciente, es continua; la fantasía no.



Y así llegamos a esta cuarta parte en esta era de secuelas y más secuelas, y en las que franquicias que deberían haber desaparecido por agotamiento siguen llenando las carteleras mundiales hasta el hartazgo. Lo único que salvaba a esta secuela, o rebú, es que la llevaba a cabo el mismo director de las otras tres, así que no se esperaba ninguna dulcificación de la trama o reblandecimiento de la acción. En cierto modo es lo que deberían haber hecho con Robocop e incluso con Superman, estando todavía en activo los directores originales: darles la oportunidad de hacerlo incluso mejor. Sé que es difícil y las cosas no funcionan así, pero soñar es gratis. El resultado de Miller retomando su creación más de veinte años después de La Cúpula del Trueno (que a mí es la que más me gusta) es... francamente sobresaliente, pero la sensación que me ha dejado es un poco agridulce. Por un lado, claro está, es un sopapo en toda la boca a una generación de cineastas que son los sucesores del mismo Miller y otros como Richard Fleisher o Corman, que con muchos menos medios conseguían hacer mucho más. Cuando uno recuerda los borrones que Peter Jackson cree que son una lucha a espadazos, o borrones de cosas grises que chocan con borrones de otras cosas grises en la última de Die Hard, se oye por detrás a Miller filmando su última historia de Mad Max y diciendo: "Chupaos ésa". La molonidad no es, como nos han querido hacer creer, confusión y no saber lo que está pasando en la pantalla, que es de lo que se acusa, y con razón, a Michael Bay y a Nolan, que no tiene ni la más remota idea de cómo filmar una pelea o cómo chocan dos camiones. Un director de una escena de acción, me da igual que sea de una peli de Mad Max como en una carrera de cuádrigas de Ben Hur, tiene que tener claro en todo momento qué está filmando, dónde está cada elemento y qué se va a ver en pantalla. Y eso se sabe hacer... o no se sabe, y si no se sabe se intenta disimular con primerísimos planos, con borrones de cosas que pasan por delante de la cámara, con cámaras lentas sin venir a cuento y con otros oropeles que llevan asegurándonos desde hace más de veinte años que son lo güeno de verdad, que ningún otro mundo es ya posible y eso es así y no lo cambia nadie.

Pues mira, resulta que no es verdad, que se puede hacer una película de más de dos horas de gente persiguiendo a gente y cosas chocando con cosas y se puede entender todo, saber en todo momento dónde está el punto de vista del narrador y no perderse en ningún momento. Transformers y 300 no son malas películas por ser películas de acción sin demasiado contenido, sino porque Michael Bay y Snyder no tienen ni idea de hacer su trabajo, y no se sabe muy bien cómo han convencido a todo el mundo de que el emperador no está en pelota viva. Miller dice "Apartaos, niñatos", y se calza Furia en la carretera con una edad que según algunos a los directores de cine hay que llevarlos a la parte de atrás y hacerlos dormir.

Eso desde el punto de vista positivo, que hace que la película merezca, y mucho, verse, ya que va a pasar uno un muy buen rato viendo espectáculo cinematográfico en estado puro, molonidad sin límites de la que no empalaga ni lo deja a uno pensando que qué coño ha visto uno pasar a toda velocidad delante de sus ojos. Desde el punto de vista negativo... pues casi podríamos decir que lo mismo. Miller deja a la altura del betún a Bay, a Snyder y a Abrahams jugando a su juego, pero tiene que rebajarse a jugar a ese mismo juego. Eso significa que la película tiene la misma simplicidad que el mecanismo de un botijo, aunque sabemos a lo que vamos al pagar la entrada. En ese sentido la propuesta es completamente honrada porque basándose en lo limitado de su ambición se ciñe a ella y no la abandona hasta el final, no como experimentos narrativos aberrantes como Transformers la Era de la Extinción, cuando después del tercer acto aparecen más personajes y cosas de las que vender merchandising y todavía queda otra hora de coñazo que ver sin entender nada, y ya tiene mérito que no se entienda una historia de robots gigantes zurrándose contra otros robots gigantes. En cierto modo Mad Max 4 se convierte, más que en una película con carácter propio, en un estrambote de las otras tres, y sobre todo de la tercera, que tiene una persecución bastante parecida con un camión que huye a toda velocidad perseguido por un montón de punkies locos vestidos como los gaboni en las películas antiguas de Tarzán. Lo mismo, sólo que lo que una película era el tercer acto como final de una historia, aquí ocupa todo el metraje, aunque las persecuciones se van sucediendo las unas a las otras de forma amena y con nuevos elementos, cada vez más pasados de vueltas. Al final no sólo no importa que hayan cambiado al actor principal, sino que resulta indiferente ya que es completamente intercambiable con cualquier otro: podría ser el hijo de Mad Max, su primo, o llamarse Pepe Pérez, simplemente se ve metido en un lío de la órdiga y reacciona en consecuencia, nada más. Sí, es una película de Mad Max, pero que esté o no no importa demasiado. Todo lo demás, subordinado a la acción casi ininterrumpida, procede de las películas anteriores y de nuestras propias experiencias como consumidores de este tipo de productos: los malos lo son por sus acciones y porque son mutantes, feos y desalmados, y los buenos son los que huyen y van delante. En cierto modo esto explica por qué todo el mundo coincide en que el personaje de Imperator Furiosa eclipsa al de Tom Hardy, ya que como digo en cierto modo Mad Max está de comparsa, igual que no hay ningún desarrollo nuevo de ese universo de ficción, ni ningún elemento que enriquezca su mitología. Es un prodigio manierista, pero de poca o nula substancia.

¿Es eso lo que queremos? Pues quizá sí, pero la película no tendría ningún sentido si no supiésemos ya de qué va todo, sería imposible que se sostuviera y de ahí que parezca un estrambote a las otras tres. Apenas sabremos nada de los personajes porque el universo postapocalíptico nos viene ya dado y las relaciones son tan claras que apenas hay que exponerlas. Hay amos, y hay esclavos, y los esclavos intentan conseguir su libertad. No hay ninguna negociación posible, así que sólo se puede resolver el conflicto por la pura violencia. No hay mucho más que explicar ni que entender. Los malos son totalitarios y deformes, como ya hemos visto en otra muestra del mismo género, como el cómic Judge Dredd (1977), así que el escenario es previo para que pueda existir esta película con albinos que tocan la guitarra rodeados de amplis y guerreros tribales fanatizados. Sólo hay que comparar cómo se toma el personaje del enano deforme Maestro Golpeador en Mad Max 3 y cómo el que aparece en ésta apenas si sabemos lo que hace ni para qué está. No hay ningún desarrollo nuevo, no aparece nada novedoso de ese mundo desolado, sino que todo está ya repetido. Todo se concentra en la persecución, el último acto trepidante empieza nada más se apagan las luces del cine.

Todo eso nos lleva a una pregunta: ¿se podría hacer un producto nuevo, realmente nuevo, con esa estructura, y que se sostuviese por sí mismo? Sinceramente lo dudo.


Mad Max y sus muchos hijos e hijas.
Por último, un par de días antes de ir a ver la película me enteré de una polémica bastante curiosa respecto a la película. Como ya os he dicho, hay gente que proyecta algunas de sus frustraciones o delirios sobre las cosas que leen o en la películas donde ven lo que quieren ver. Esto no sólo se aplica a las películas frikis, claro, sino que puede suceder con cualquiera. De este modo si uno es un cabrón redomado, o sencillamente un poco hijoputa, no es de extrañar que proyecte la prodredumbre de su cerebro sobre su comprensión de una novela o de un comic. Como los frikis son especialmente fantasiosos y dados a eso, los resultados son muchas veces inquietantes. Y ya que ahora con internet todo el mundo puede leer los desvaríos de todo el mundo, a veces uno se encuentra con cosas realmente alarmantes. Hace unos años topé con el blog de uno de estos psicópatas de vía estrecha que tenía una interpretación realmente curiosa de Mensajero del futuro, una película que pertenece a ese género postapcalíptico aunque de forma más realista consideraba que las tribus del futuro irían a caballo más que en moto. Aparte del hecho de que Kevin Costner tuviese la idea de que de un interesante relato de David Brin se podía sacar una película de tres horas, este personaje con blog entendió que el personaje del general Bethelem, seguidor de una especie de ideólogo fascista y misógino llamado Nathan Holn, era el bueno. No sólo eso, sino que criticaba que los guionistas lo habían hecho demasiado malo, violador y otras cosas, como si él mismo supiera cómo debería haber sido ese personaje de verdad. El hecho de que lo pusieran como a un pintor sin talento como a Hitler tampoco le dio ninguna pista, parece. Me ha recordado la polémica de Joss Wheddon con sus críticos a raíz de Los Vengadores, y cómo otro guionista de comics, cuando Wheddon empezó a colaborar en ese medio, le advirtió de que iba a encontrarse con un tipo de idiota especialmente feroz propio de ese mundillo, que es el que cree que tiene la última palabra sobre la exégesis de cualquier personaje, una comunión profunda que le permite saber en cada momento lo que puede o no puede hacer un personaje como si hubiese una esencia íntima de éste que sólo él comprende. Ya sabéis, como toda esa gente que se creyó que los personajes de Cómo conocí a vuestra madre eran realmente sus amigos y que los conocían de verdad, o todos los lumbreras que aseguraron sin lugar a dudas que un Papa no podía dimitir y que el rey de España jamás de los jamases abdicaría, olvidándose de que una de las máximas de la historia es que nunca pasa nada... hasta que pasa.

Por eso tampoco me ha extrañado tanto que en este mundo donde antes un tonto si había suerte lo era sólo en su casa, mientras que ahora poco o nada le cuesta encontrar a otro con el que entrar en resonancia, haya una especie de ideología machista que se basa en poco más que jugar a juegos hiperhormonados tipo Duke Nukem sin ningún otro contrapeso, y que se hacen llamar Return of the Kings, aderezados sus verborreas con sus buenas dosis de randismo y otras hierbas libertarianas. Vamos, una especie de misoginia y de exaltación de la virilidad en plan rancio, con fantasías paramilitares o cercanas al mundo de Gor. A estas alturas se han dado cuenta de que Mad Max 4 es una película antimasculina ya que por lo visto hay que joderse que en un mundo postapocalíptico los supervivientes más adaptados no puedan tener su harén de mujeres jóvenes y placenteras con las que folgar a gusto y que te den robusta descendencia. Habrase visto, paisano, vaya mierda de mundo postapocalíptico en el que uno no puede montar su sociedad esclavista en la que se subyuguen a los más débiles y sobre todo a las mujeres, y se cree un ejército privado de la élite de tus niños esclavos. En este mundo tiene que haber de to, eso es así. Obviamente no han entendido que en ese subgénero los personajes de "mujer más dura que cualquier tío" es un tópico bien conocido, y Tía Ama es un ejemplo claro, ya que ha conseguido, aunque sea en un pequeño lugar, crear un enclave de civilización que domina con mano de hierro.

No deja de ser curioso que en muchos casos los mundos postapocalípticos parezcan una fantasía friki llena de posibilidades de aventura y romance, cuando el friki medio, recordémoslo, no será nunca el que viva las aventuras protagonistas en ese tipo de historias, sino que en Mad Max 3 estaría apaleando mierda de cerdo y en un Apocalipsis Z sería de los primeros en recibir un tiro en la cabeza, igual que en la Era Hibórea como mucho podría aspirar a esclavo, a eunuco o más probablemente a cadáver. Pero bueno, soñar es gratis.

Aunque Mad Max 4 se sostenga como espectáculo por sí mismo sin embargo sí está un poco huérfana de la década en la que tiene pleno sentido, justo antes de la distensión URSS-USA y en una sociedad en la que al menos una generación estuvo convencida de que llegaría a ver una guerra nuclear, y cada pocos meses en alguna revista científica o periódico se publicaban reportajes sobre el Invierno Nuclear y las pocas y nulas posibilidades de sobrevivir cerca de ese tipo de explosiones, de modo que casi mejor morir primero que sobrevivir y envidiar la suerte de los muertos, dado el panorama que luego se presentaría. Los más optimistas pensaban que el mundo se convertiría en un regreso a la Edad Hibórea pero con coches, lleno de tipos en taparrabos y aventuras sin fin, mientras que otros productos ofrecían una visión que sí era realmente apocalíptica. De hecho, el mismo término, postapocalíptico, es contradictorio, ya que por definición después del apocalipsis no hay nada, es la consunción de los tiempos. Es lo que mostraban películas como The Day After, la estremecedora Cuando el viento sopla y la todavía más salvaje y deprimente Threads, que debe ostentar el título de la película que te deja peor cuerpo después de verla. De hecho yo estoy convencido de que si Cormac McCarthy incluyó un final que remotamente se puede considerar esperanzador en La carretera fue sencillamente porque no quería terminar el libro y tener ganas de pegarse un tiro.
Sin glamur.


-SuperSantiEgo

12.5.15

Del Anacronópete al Ministerio del Tiempo y el Fin de la Eternidad

Como sabréis los más asiduos del lugar, y llevamos ya dando la matraca nueve largos años, en esta santa casa y blog familiar que es el mío, no el vuestro, nos gustan los viajes en el tiempo. Sin abusar, pero sí en su justa medida.

Hace unos meses me enteré de la existencia de esta novelita, El Anacronópete, que trata de viajes en el tiempo y que escribió un español antes incluso que H G Wells. Como la novela está libre de derechos de autor desde hace mucho tiempo se puede encontrar en pdf y epub sin problemas en lugares como archive.org y así es como la puede leer más o menos por las pasadas fechas navideñas. Me quedó pendiente hacerle una crítica, y aprovechando el merecido éxito que ha tenido la serie patria El Ministerio del Tiempo hago una combinada y todos contentos.

Para empezar por el final, no recomendaría a nadie leer El Anacronópete (1887), de Enrique Gaspar y Rimbau,  a no ser que tenga mucha curiosidad o quiera leer la típica rara avis del género, con el interés añadido de que es española y anterior a Wells. No es que sea mala, pero es una novelita intrascendente escrita no muy en serio por un autor de zarzuelas, y aunque no molesta ni hace daño leerla no vamos a encontrar ni buena literatura ni una historia de aventuras excelente. Si además conocéis un poco de la zarzuela o del género chico quizá empiecen a sonaros las alarmas con razón, pues en efecto encontraremos entre los personajes a los típicos arquetipos de la zarzuela: la maritornes o criada castiza y descarada, el andalú que habla azí mu graziozo como ze supone que hablan lo’ andaluze, miarma, y el típico militar noblote, hombre de acción y caballero ¡español!, ejemplo de bizarra hidalguía. Por otro lado, aparece el arquetipo de científico un tanto extravagante y loco, creador del artefacto, y su abnegado ayudante y comparsa, con quien constituye una pareja que nos recordará probablemente al modelo de erudito y ayudante que aparece en alguna novela de Verne como 20000 leguas de viaje submarino. Por supuesto también está la moza joven, sobrinastra del científico y… ahí sí que hay novedad, un cargamento de prespitutas que llevan en la bodega de la nave. (No explico más del asunto ni aclaro si están allí para dar o no placer de prespitación, ahí lo dejo y el que quiera saber más que lo lea.)

A favor de la novela, pues que no participa de la hipertrofia de páginas y vericuetos sin fin copiados de las malas series de televisión, así que si se quiere leer no os ocupará demasiado de vuestra vida. Plantea la aventura y el viaje en el tiempo, la resuelve, y tan amigos. Aunque está pensada como un puro divertimento o fantasía, y el género ni existía como tal ni tenía nombre todavía, se ve cómo se articulan algunos de los mecanismos propios que conoceremos luego en historias ya más asentadas: la novela empieza con una conferencia del erudito en la Exposición Universal de París, en la que explica una teoría rocambolesca y chipirifláutica sobre la naturaleza del tiempo y de cómo es posible, si se saben manipular las partículas que lo constituyen, viajar atrás y adelante con una nave de su invención que llama el Anacronópete, nombre que adopto desde ya como sinónimo de máquina del tiempo, y que como se comprende al momento proviene del griego. Por otro lado, los viajeros de tan singular máquina se llamarán anacróbatas, que también suena de maravilla. Como ya indiqué antes, los personajes son descaradamente arquetípicos, y van viajando por el tiempo a la Batalla de Tetuán, a la antigua China, donde hay un momento de multiculturalismo al reconocer los avances de esa cultura muy anteriores a sus equivalentes occidentales, y por último a los tiempos bíblicos y a Pompeya, donde todo friki babeará ante la idea de unos aguerridos húsares españoles enfrentándose a los romanos justo antes de que el Vesubio entrase en erupción. No se encontraron allí con el Doctor Who de casualidad.

Mirada de “Éste me quiere quitar el puesto”.

El final demuestra que, pese a tomar como modelo a Verne, la novela no se toma muy en serio a sí misma ni quiere sacar partido de la idea, y digamos que termina un poco a la pata la llana. Y es una pena, porque a pesar del convencionalismo de los personajes, y de que la acción está bastante forzada, el autor intuye los problemas y dilemas del viaje en el tiempo, y aparecen ya las paradojas, la posibilidad de cambiar el pasado o no y otras cuestiones como el rejuvenecimiento de los anacróbatas al retroceder en el tiempo. Así pues, aunque anterior a la obra de Wells, que sí supo ver las posibilidades dramáticas y éticas del viaje en el tiempo, y cómo convertir esa narración en un alegato sobre el posible destino y alienación de la humanidad, el inglés sigue ostentando con derecho el título de inventor de ese tipo de historias. Lo importante no es llegar primero, sino saber llegar, como dice la canción mexicana.

En definitiva, una lectura curiosa como poco. Se puede encontrar gratis en formato electrónico y hay edición moderna impresa. Otro atractivo del libro son sus ilustraciones, en las que podemos ver tanto el diseño de cafetera cósmica del aparato como algunos momentos de las aventuras de los personajes.
Y hace algo más de dos meses se estrenó, sin demasiado boato, una serie que empecé a ver porque de casualidad vi el anuncio que de ella hacían en TVE, y la verdad es que me engancharon las imágenes que ponían como avance, así como su título: El Ministerio del Tiempo.

La premisa es sencilla, aunque muy potente: desde el reinado de los Reyes Católicos ha existido una institución oficial, un ministerio, que dispone de unas puertas de origen místico que dan al pasado, y desde entonces ha habido unos funcionarios, un cuerpo entrenado especialmente, que vela para que la historia de España no se vea afectada por la existencia del viaje en el tiempo.

Antes de empezar a hablar de la serie y sus aciertos recordemos que estamos en la era del superspoiler y de la crítica inmediata. También, que se ha discutido si la serie es de ciencia ficción o de fantasía, lo que me ha dejado turulato, porque da la impresión de que si es de ciencia ficción se le puede pedir un tipo de coherencia que no es necesaria si es de fantasía. Como creo que igual no he dejado clara mi opinión sobre los géneros, repetiré que me importan un higo, y que paso de ellos cada vez más. No sólo eso, sino que, repito, las tecnologías de viaje en el tiempo son poco menos que imposibles científicos y tecnológicos, y sólo pueden ser, de momento, objeto de estudio de la crítica literaria y de las formas narrativas. Por si fuera poco, si nos ponemos a escarbar de esa manera, nos terminamos cargando todo. Puede parecer raro viniendo de mí, pero nunca podréis encontrar en este blog una crítica negativa a algo que sea una verdadera chorrada incoherente sin pies ni cabeza siempre y cuando sea divertida, bien hecha con desparpajo y sin intentar colártela, o haciéndose pasar por lo que no es.

Desde luego El Ministerio del Tiempo patina en algunos momentos, pero recordemos que incluso en una película tan adorable como Regreso al Futuro (yo me veo esta trilogía todos los años, y no lo hago ni con Star Wars), la primera parte, y luego la tercera vuelve a desembocar en el mismo momento, acaba con un personaje que ha cambiado su línea temporal, ha usurpado el puesto de un Marty más feliz y lleva camino de vivir la pesadilla de una vida falsa con unos recuerdos de un mundo que ya no existe, y será a partir de ahora una nopersona que finge que ha vivido una vida que no recuerda, mientras su familia y sus amigos no se acordarán de él sino de la otra versión,  y se supone que eso es un final feliz. Igualmente esta serie se mete en algunos berenjenales importantes y no termina de salir de ellos, pero ya sabemos los frikis en el fondo en su mayoría son seres despreciables que aunque dicen moverse sólo por amor a aquello que es el objeto de su frikez, en realidad en muchas ocasiones sólo son tiquismiquis que desde hace veinte años armados con internet intercambian sus mezquindades con otros de la misma laya, de ahí que no debamos olvidar nunca en este caso que lav is ívil, el hamor es malvao. De hecho todas las paradojas temporales adolecen de lo mismo: dado lo irracional de la propuesta, la resolución sólo puede ser, si la llevamos a su consecuencia lógica, un desastre. Sólo se salvan las paradojas causales cerradas fuertes de Loscronocrimenes o el relato Todos ustedes, zombis, pero a cambio de no poder explicar el origen de la paradoja.

Lo importante es que, a pesar de esos fallos los capítulos de la serie son muy divertidos, funcionan dramática y argumentalmente, y dan ganas de que hagan más episodios, y como siempre si uno quiere se acoge al principio de suspensión de la incredulidad, y si no pues no, y tan amigos. Los aciertos son muchos, y superan ampliamente a otros defectos y carencias. Los personajes principales sólo son tres, aunque los secundarios tienen mucho peso, pero están muy bien elegidos: un madrileño contemporáneo nuestro, que trabajaba en el servicio de emergencias médicas, una señorita catalana de buena familia que fue de las primeras mujeres en ir a la universidad, y un soldado sevillano de los Tercios que cada vez que aparece en pantalla se come con patatas a todos los capítulos de la serie de Alatriste que Tele5 estrenó hace pocos meses con grandes alharacas y que luego tuvo que retirar de programación porque aquello no había por dónde meterle mano. Estos tres personajes, acompañados por otros tres que forman el alto mando del ministerio, recorren la historia de España de forma respetuosa pero desenfadada, mientras intentan que la historia canónica de España no cambie. ¿Lectura ideológica de esto? Pues si uno la quiere buscar, sí. Yo no, en principio. Como diría don Segismundo, a veces en un sueño un puro es simplemente un puro (y, de paso, sin darse cuenta, él mismo descalificaba su propio psicoanálisis), así que quizá esto sólo es la premisa de cómo funciona el Ministerio, no una oda al inmovilismo histórico y a ser un reaccionario. El Ministerio es neutral: no hace nada para ayudar a la victoria en Lepanto ni intenta impedir el desastre de Trafalgar. Por otro lado, la serie adolece de algo muy típico de este tipo de fantasías, igual que la de superhéroes: tienen que guardar al mundo de un peligro que son ellos mismos. Los funcionarios del ministerio tienen que vigilar una línea del tiempo cuyo principal peligro es ellos mismos o la misma existencia del viaje en el tiempo, de modo que lo que podrían hacer es matar al judío (qué mal suena eso, que lo maten pero sin componente racial, nada personal), antes de que invente las puertas del tiempo, y asunto solucionado, ya no hay problema que resolver. Ya, ya sé que no funcionaría, y sobre todo porque así nos cargamos la serie.

¿Qué si la serie mola? Pues un cacho. Algunos capítulos son un poco de cajón, como lo de un gabacho y un afrancesado que intentan que España no pueda expulsar a los franceses por medio del asesinato del Empecinado, y otros son más originales aunque también algo previsibles en una serie friki, como el capítulo de El Ministerio del Tiempo contra los Nazis o la típica historia del agente que es un traidor. Lo importante es que las situaciones están bien resueltas, los personajes enganchan y, ahí todo el mundo ha sido unánime, se muestra un extraordinario sentido del humor, y las divertidas referencias a algunos hechos históricos y el carácter de que sea un verdadero ministerio con sus funcionarios a los que se les achacan algunos de los tópicos más amables de los servidores públicos, hacen que la serie se vea con mucho agrado.



También, nuevamente, el éxito de esta serie ha sacado a relucir muchas cosas del carácter español, y cómo alguna gente sólo sabe hablar por tópicos y repitiendo un par de lugares comunes que se confunden con la más profunda sabiduría. Muchos han comentado que “No es la HBO, pero está bien”. Claro, como si la HBO no fuera perfectamente capaz de hacer churros de alto presupuesto. Por otro lado mucho teleadicto (ahora dicen que hacen binguochin, y darse un atracón de televisión no es desaprovechar el fin de semana, sino que mola) no hace sino demostrar que es, también, un ignorante respecto a la historia de la televisión, pues más de uno se ha hecho el sorprendido de que en España se haga bien una serie, cuando no sólo hay un ilustre rosario de series de excelente factura, sino que casi todas están disponibles para ver gratuitamente en la web de RTVE, de los tiempos en las que ésta era además del mecanismo de propaganda de los distintos regímenes, (franquista, felipista o aznarato), un verdadero medio de promoción y difusión de cultura, de ahí que existiesen maravillas como Estudio 1, en la que te puedes ver Esperando a Godot, y que yo haya visto zarzuelas y sepa lo que son. Pues eso, ahora algunos se hacen los cándidos y los guiris en su propia casa, y se sorprenden porque aquí también sepamos freír tocino, igual que se sorprenden al enterarse de que la innovadora técnica literaria que atribuyen a George Martin tenga más de ciento cincuenta años, el estilo indirecto libre. Parte de la Revelación Posmoderna es eso: “Antes de mí sólo hay obsolescencia”. La ardilla del patio de su casa es tan particular que se olvidan que al otro lado de la calle tienen el Museo del Prado.

Como la serie me ha gustado como desde hace mucho tiempo pocas, aquí voy a poner algunas objeciones que, repito, no invalidan el resultado final, pero que me parece que poca gente se ha dado cuenta de los problemas que suponen, aparte de los tiquismiquismos frikis. Además como la serie es Española, hay que despellejarla gratuitamente. No como a las series de Iuesei, donde todo es coherente, perfectamente planeado, todo casa a la perfección y se nota que no se ha improvisado ni se han metido cosas a calzador a última hora. Fringe, por ejemplo.

Por un lado, y esto podría ser polémico pero el nivel es el que hay y la gente no da más de sí, la premisa se enfrenta con un problema fundamental: qué es España. De hecho, se nos dice, el ministerio sólo tiene autoridad y competencia en territorio español. Eso, argumentalmente, facilita también ajustar el presupuesto, desde luego, y el puro sólo es nuevamente un puro. Pues primer problema: en uno de los episodios se trasladan a Lisboa, cuando era un reyno unificado con la actual España. Así pues, piensa uno, podrían ir lo mismo a Flandes, a las posesiones italianas o de Grecia, o a las Américas. ¿Sí? Pues no lo veo claro. De hecho el Ministerio está en Madrid, (que a santo de qué los Reyes Católicos, Isabel en particular, lo fundan en lo que entonces era poco más que un poblacho, para empezar*), así que dudo mucho incluso que tuviese competencias en la Corona de Aragón hasta la abolición definitiva de los fueros con Felipe V y los Decretos de Nueva Planta. A ver si recordamos que Flandes no “era” española, sino que tenía como soberano a Felipe II. Felipe II era el rey de A, B, C y D, lo cual no convertía en compatriotas, en sentido moderno, a los habitantes de esas regiones, ni ello otorgaba jurisdicción a las instituciones de un territorio sobre otro. Del mismo modo se supone que el “Guantánamo español” está en un siglo anterior en plena Edad Media, en uno de aquellos reinos cuando con cada sucesión se dividía el territorio a los hijos. ¿Allí sí tienen competencias? ¿Y en tiempo de romanos y en Atapuerca también? ¿Ya estamos otra vez con la chorrada de que Séneca era español?

Lo que nos lleva a cómo un personaje como Alonso de Entrerríos habla continuamente de la patria. No es que el concepto no existiese en su época, de ahí el verso de Quevedo de "miré los muros de la patria mía", pero un soldado de un Tercio era un profesional que hacía “la guerra del Rey” a cambio de una soldada y el botín, lo que conllevaba también la defensa de la religión en algunos casos. De todos modos hasta la llegada de los ejércitos populares en el XIX casi todo el mundo que iba a la guerra era básicamente un mercenario, y buena parte de los soldados que arrasaron Flandes a las órdenes del duque de Alba no habían nacido muy lejos de allí. Nuestro buen soldado parece del mismo modo demasiado imbuido en una noción de patria y de unidad temporal de lo que es una nación, con ideas que no se popularizaron, y eso entre los intelectuales de la época, sino a partir del siglo XVIII y en adelante. Eso por no hablar de otras cuestiones morales, pues es bien curioso que el simpático habitante del Siglo de Oro parezca tan molesto con el hecho de que una mujer sea su jefa pero le parezca lo más natural del mundo que otra jefa por encima de él sea abiertamente lesbiana, y que esté defendiendo una versión futura de su patria donde existe el matrimonio homosexual, hay una dinastía francesa que no gobierna por la Gracia de Dios (bueno, la suya era austriaca y combatían bajo la Cruz de Borgoña), no existe la Santa Inquisición, el laicismo campa a sus anchas y a nadie le importa si su vecino es protestante. Dudo mucho que pudiese reconocer en la España del siglo XXI a “su patria” o que le importase que se hundiese en el océano. Del mismo modo en un capítulo admite que “no es que me caigan muy bien los judíos”, y me queda la duda de qué pensará al pasar por Lavapiés al ir a su casa y verlo invadido por la morisma. Bueno, pues ahí está el personaje. Del mismo modo, se nos muestran ciertos maniqueísmos históricos: ¿el Empecinado es un ejemplo de cómo España maltrata a sus héroes… y sin embargo Spinola no, cuando también fue apartado del poder y olvidado por él cuando ya no era útil? Ah, que Spinola ni siquiera era español.

Se nos dice que cada uno, después de su jornada laboral, debe volver a su propio tiempo. Sin embargo, Irene y Ernesto parece que no cumplen esa norma. ¿Acaso existe el concepto de exiliado temporal, en circunstancias excepcionales? Si te casas con alguien de otra época, y a santo de qué te dejan casarte, ¿te dan la residencia en ella? Todo son preguntas.

Respecto al aspecto lingüístico, está claro que el español no ha cambiado ni lo más mínimo en mil años. No sólo no existen los acentos regionales, sino que aparte de algún “vos” que aparece de vez en cuando, todo el mundo habla apañó del XXI, desde el s VIII al XX pasando por el XVI. Y eso no me parece mal del todo. Suponemos y aceptamos que los funcionarios tendrán que hablar los diferentes estratos diacrónicos del idioma, y que oímos una versión con traducción simultánea, como en tantas películas. Tampoco me parece mal: en Los Vengadores. La Era de Ultrón, en una región del este de Europa, Sokovia, parece que todo el mundo habla inglés con acento macarrónico, y no pasa nada. Por otro lado, algunas referencias literarias no están bien logradas. Es lógico que Alonso no sepa quién fue Lope de Vega, al fin y al cabo es posterior a su época, pero desconoce la existencia del Lazarillo de Tormes, que fue un éxito literario enorme en su misma época a nivel europeo, y que sería como si cualquiera de nuestro tiempo que no haya vivido en una cueva los últimos veinte años no le sonara de nada Harry Potter. Y lo que es peor: Alonso le pregunta a Amelia: “¿En vuestra época todavía se lee el Cantar de Mío Cid?” A lo que ella en vez de “sí” debería haberle respondido: “En la mía sí porque se empezó a reeditar en el s XVIII, pero en tu siglo apenas si había un par de copias manuscritas, así que no sé cómo lo conoces tú. Y ya que estamos: ¿por qué un simple soldado del Tercio sabe leer?” De todos modos el error no es tan grave: probablemente Alonso conociera la figura de Rodrigo Díaz de Vivar y los distintos lances de su vida a través del Romancero del Cid, que sí es de su época.

Por lo demás, en efecto, lo más endeble de todo es el concepto que nos traen de flecha del tiempo. Debemos aceptar que en cierto modo el tiempo es un tren que va avanzando, y que la locomotora es esa punta de flecha que actualmente está en nuestro presente.  Es decir: el tiempo no existe en su totalidad, sino que muy hegelianamente se está desplegando o desarrollando de forma continua, de ahí la expresión “el tiempo es el que es” y que no se pueda viajar al futuro en tanto que éste todavía no existe dependiendo de nuestra posición en esa punta de flecha. Naturalmente, eso abre una nueva brecha para crear nuevas paradojas e inconsistencias que o bien no entendemos porque nos faltan datos… o lo hizo un mago. Que el ministerio llame a sí mismo al 2005, y que haya cenas de Navidad en las que distintos subsecretarios se conocen es un buen chiste, pero las implicaciones que tiene son tremebundas, así que mejor no meneallo demasiado, como el final de Regreso al Futuro, porque nos acercaríamos demasiado al concepto de Parlamento de Kangs del Universo Marvel, luego “homenajeado” en la serie Rick and Morty. Eso sin contar con los problemas de competencia: ¿no se pisan las atribuciones de un tiempo con otro? ¿Se reescribe continuamente la historia del propio ministerio, de modo que hay portátiles y esmarfones en el s XVI? El Ministerio de 1960, ¿les daba Olivettis y estaciones de onda corta a los siglos pasados? ¿El Ministerio del Tiempo en el s XXI es antinazi, pero quizá el de 1936 no lo sería, o sencillamente siguen manteniendo la historia sin importar lo que pase? ¿Qué bando en la Guerra Civil controlaba el Ministerio, ya que parece que Franco en ese capítulo no sabe de su existencia? ¿El Ministerio tiene autonomía y se involucra sólo en sus propios asuntos temporales sin meterse en política? ¿Por qué da la impresión de que el Ministerio de nuestro presente es el que le paga la nómina a todos los siglos anteriores, igual que es el que les presta tecnología? Si fuese así, y el Ministerio que está en la punta de flecha paga a todos los anteriores, ¿no explicaría eso la asfixia económica creciente que ha tenido España a lo largo de los siglos?

Probablemente, si nos ponemos un poco puntillosos, quizá lo que enfade un poco es que la idea es tan, tan buena, y en el fondo el frikerío nacional tiene tantas ganas de agarrarse a un referente propio sin tener que andar siendo whovian de segunda o algo peor, que las posibilidades son infinitas, y la idea de que la caguen y se carguen su propia mitología nos pone de los nervios. Probablemente le estamos pidiendo peras al olmo, y lo único que querían hacer los guionistas era una serie de historias fantasiosas bien contadas con sentido del humor cachondeándose sanamente de uno mismo, no crear la experiencia frikosa definitiva que no tuviese ni la más mínima fisura por la que pueda meter la cuña la inquisición friki. Y es que la mente del friki funciona con la Navaja Roma de Occam: “Puestos a elegir la explicación más probable de un hecho, se busca siempre la más complicada y que crea más preguntas imposibles de responder”. ¿Por qué el Capitán América no puede levantar el martillo de Thor en la película? Pues básicamente porque el guionista lo decide así y en ese momento es lo que hace gracia, la Navaja de Roger Rabbit. Pues eso, tan simple, no lo entiende a veces un friki.

Por último, se ha hablado bastante de las referencias de la serie, y en qué se ha inspirado. Está claro que las influencias son muchas, y se ha hablado de Las puertas de Anubis de tim Powers. En realidad, las puertas del tiempo de la serie son de carácter mágico, o cabalístico ya que quien las descubre o inventa es un judío, así que algo de eso hay. Lo que está claro es que muy tecnológicas no parecen, ni van a estar alimentadas por generadores nucleares en el s XV.

Sin embargo a mí me ha hecho recordar El fin de la Eternidad, de Asimov, fundamentalmente por el carácter de funcionarios de ambas instituciones, aunque en realidad sean polos opuestos de la misma idea. En el caso de la novela de Asimov los eternos, los miembros de la Eternidad, se dedican justo a los contrario que lo que hacen en El Ministerio del Tiempo: su misión es la de alterar continuamente la historia de la humanidad con un criterio puramente utilitarista, de modo que si al menos no se maximiza la felicidad, se consigue lo equivalente minimizando su sufrimiento, ya que se evitan guerras, desastres y otros acontecimientos que llevan a la humanidad a la ruina o la hacen malgastar sus recursos, de manera que también se eliminan tecnologías que produzcan conflictos irremediables, y en especial se provoca el fracaso de la exploración espacial. La Eternidad se extiende desde el siglo 27 hasta el 70.000, en el que existe una barrera temporal que impide a los eternos salir al tiempo normal hasta el siglo 100.000, y a partir de allí la humanidad desaparece. Uno de los que se encarga de provocar esos cambios mínimos que se convierten en cambios mayores que destruyen realidades enteras para que se vean substituidas por otras más pacíficas y provechosas, es el protagonista de la novela, y el que puede llegar a ser el artífice del mismo fin de la Eternidad, que a ojos del resto de los siglos es una especie de agencia de importación de materias primas y productos manufacturados a través del tiempo.  La barrera temporal que impide visitar las realidades del lejano futuro se desconoce quién la emplazó allí.

Como ya hemos hablado aquí del efecto vintage de la ciencia ficción, y la novela es de 1953, algunos detalles están un poco desfasados, a pesar de las tecnologías fantasiosas de viaje en el tiempo, e incluso hay un detalle científico equivocado al creerse en aquel entonces que nuestra estrella local terminaría convirtiéndose en una nova. Por un lado, los libros se leen de microfilms con unos lectores, así que Asimov en ese momento no vislumbró ni lo que iba a ser una unidad usb ni un Tablet o libro electrónico. Llama también la atención que los siglos apenas parezcan evolucionar en su desarrollo tecnológico, aunque poco es lo que veamos de ellos al desarrollarse todo fundamentalmente en el mismo limbo que es la Eternidad, donde sólo existe el fisiotiempo, de modo que los eternos terminan por envejecer y morir, aunque ese contenido desarrollo de la ciencia y de la tecnología es parte del argumento.
¡Rebú! ¡Los eternos van a hacer rebú de nuestra realidad, y desapareceremos, Jezú! ¡Rebú!

Por otro lado la novela es interesante porque contrapone dos visiones enfrentadas de la sociología y en general de las ciencias sociales: el determinismo sociológico y el determinismo tecnológico. Los eternos son deterministas sociológicos de rama muy dura, y están convencidos de que un consejo de sabios paternalista debe ser el que controle la realidad y sus avances de modo que la humanidad no salga del planeta, no se arriesgue, y no siga lo que sería la realidad 0 o inicial que deberían haber tomado la humanidad, llena de guerras y desastres. Al final, se establecerá una nueva línea temporal canónica, que ríase usted de los rebús de los universos Marvel y DC, de modo que no se producirá el retorno a esa línea temporal 0, que no llegamos a saber cómo habría sido, sino a una que nos suena más y en la que se producirá la primera explosión nuclear en 1945, y posteriormente guerras atómicas que obligarán al ser humano a huir al espacio, fundar las primeras colonias que luego se verán en Bóvedas de acero  y otras novelas y por último la creación del Imperio Galáctico de Fundación. De hecho las ecuaciones que utilizan los eternos y alguna de la terminología que emplean para hablar de la evolución de las sociedades que estudian y modifican recuerdan en buena medida a la psicohistoria. Los personajes por tanto al final no sólo rechazan el determinismo sociológico, sino que abrazan el determinismo tecnológico, que tiene muchas variantes e intensidades, pero que básicamente consiste en la idea de que las sociedades se transforman al ritmo de las condiciones materiales de existencia determinadas fundamentalmente por su capacidad tecnológica, y el corolario implícito desarrollado por algunos de sus seguidores actuales de rama dura es que ese desarrollo tecnológico debe ser totalmente libre sean cuales sean las consecuencias, y que las instituciones, la enconomía o las relaciones humanas se adapten como buenamente puedan, a veces cayendo duramente en el fetichismo de la tecnología; sin entrar en otros detalles, vemos que ninguna sociedad a partir de un cierto grado tecnológico puede llevar a sus últimas consecuencias esa idea, pues a ningún particular se le permite tener tanques perfectamente armados ni armas de destrucción masiva, aunque tenga dinero para comprarlas, de modo que el determinismo sociológico y el tecnológico siempre se verán obligados a coexistir de alguna manera: ni es posible detener un avance tecnológico completamente una vez conseguido, ni se debe dejar de regularlo de alguna manera cuando lleva aparejados ciertos riesgos o externalidades, de ahí que nunca le pidiesen a nadie un carné para montar a caballo o llevar un carro de mulas, pero sí para conducir un coche o pilotar un avión. Y aunque las modernas tecnologías de la comunicación han radicalizado el debate en una dirección, no todo tiene que ver con internet: la capacidad de tener armas letales de largo alcance, o el uso indiscriminado de antibióticos sin control médico de modo que pierden rápidamente su eficacia son ejemplos igualmente válidos, y la creación de la multicopista, como antes la imprenta u hoy tener un blog no han derogado por completo las leyes antilibelo o la difamación.

También, como hemos hecho notar en alguna ocasión, pocas cosas son ideológicamente neutras, y la ciencia ficción siempre ha sido un buen ejemplo. En este caso Asimov toma una postura positivista y de determinismo tecnológico basándose en su creencia, y en su decisión libre como escritor, de que los sufrimientos por los que va a pasar la humanidad, desde las guerras nucleares hasta todos los conflictos por la existencia de los robots positrónicos llevarán a la creación de un glorioso Imperio Galáctico y posteriormente a la Fundación, y más tarde incluso a las chorradas que puso en Fundación y Tierra entroncando con ideas parecidas a las tonterías de Hiperión, con lo que al final como ya lleva alguna gente sospechando la ciencia ficción allá en el fondo en no pocos casos es teología o teleología ficción (el final de Babylon 5, no me jodas), de modo que estamos directamente ante el poder soteriológico de la ciencia o directamente la pseudociencia-ficción como en Interstellar, donde toda la pátina científica no consigue ocultar el verdadero núcleo que es un libro de Osho. Al final, como sabremos si hemos leído Fundación y Tierra, casi toda la historia humana ha sido guiada de nuevo y encauzada por unos poderes benévolos en la sombra, buscando la culminación de la evolución humana y la llegada de la noosfera, la comunión mental de todo lo dotado de consciencia, nuevamente la misma parida de Hiperión. Si uno analiza la mayor parte de los desvaríos y derivas tendentes al puro fascismo de mucho geek y de la ideología difusa que defienden, por supuesto llevando a sus últimas consecuencias el determinismo tecnológico que aceptan acríticamente, y ve cuáles han sido sus únicas lecturas e influencias sin ninguna otra forma de contrarrestrar semejantes frangollos mentales, pues empieza a atar bastantes cabos. Al final el ateo y racionalista Asimov nos sale por peteneras y llega a la misma conclusión que el jesuita místico de la evolución que es Teilhard de Chardin (sí, el de la parida de Hiperión), a su vez influido por una mezcla de misticismo y cientifismo ruso, el cosmismo, que es una formulación primitiva del transhumanismo. Y luego uno es un gafapasta por leer a Turgenev,  hay que joderse. En serio: si nos cachondeamos de Osho, de Paulo Coelho y de El Secreto no podemos pasar por alto lo desvaríos misticoides, aunque vengan recubiertos por una nave espacial molona.

En cierto modo, Asimov termina llegando a una conclusión parecida a la del mismo Herbert en la saga de Dune, en la que el Dios-Emperador constriñe a la humanidad durante 3.500 años para que después se expanda y recorra la Senda de Oro, en la que ni siquiera él con la presciencia de su familia puede contemplar el fin de la humanidad, pues ésta recorrerá esa senda que garantiza la permanencia de la humanidad hasta el fin de los tiempos. Es curioso cómo alguna gente nunca leería a Dostoyevski o a Agota Kristof porque te cuentan su rollo pero luego metes registros akáshicos, misticismo de todo a cien (¡ejem! ¡Star Wars! ¡ejem!) o cualquier otra cosa que dejaría con el bull torcío a un asistente puesto de ácido en Woodstock, pero como hay naves espaciales y rayos láser, o dragones, o rayos láser y dragones, pues no pasa nada, es que soy friki. Con un poco de azúcar esa píldora que os dan pasará mejor. Si hay un poco de azúcar, esa píldora que os dan satisfechos tomaréis. Mucho frikerío, mucho geekerío y mucho ateísmo de chichinabo y pose, pero luego os la meten doblá y ni os dais cuenta, julais.

Como siempre, leer a Asimov es agradable aunque igual que siempre se detectan en su escritura las mismas carencias de las que él era muy consciente, y que nunca negó no saber remediar. Los personajes son un poco encorsetados, y para dotarlos de emociones y humanidad recurre más que a la sutilidad a reacciones un poco violentas y sentimientos viscerales, mientras que el personaje femenino, clave en toda la trama, aparece como una linda damisela de los años cincuenta, poco más; el Buen Doctor hasta que se casó con su segunda esposa, una psiquiatra, no hizo ningún esfuerzo mínimamente en serio de crear un personaje femenino creíble. A pesar de ello, la novela se lee con fluidez y aunque uno espera que como es lógico no todo puede casar y la causalidad se va a tomar por saco pero bien, se deja leer sin problemas. La traducción, aunque mejorable, no ralla demasiado los tímpanos.



*Aunque, como buenos frikis, podríamos pensar que se construyó en Madrid como una instalación secreta o por algún motivo místico especial, y que la necesidad de tenerlo controlado provocó que Madrid se convirtiese en la capital. La retrocontinuidad bien llevada puede ser muy poderosa.


-SuperSantiEgo