5.12.16

Memorias de un merodeador estelar, de Carlos Sainz Cidoncha y El último trayecto de Horacio Dos, de Eduardo Mendoza

Igual es hora de empezar a repartir estopa y empezar a sacar la artillería pesada en algunas cosas, y poner a cierta parte del frikerío patrio frente a su propia miseria moral. En algunas de las últimas entradas he explicado en parte cuáles fueron algunas de mis lecturas de adolescente, y que consistieron en parte en las colecciones de ciencia ficción y fantasía que había en la época. Tal como se ha ido destapando, en algunos casos, eran novelas como mínimo cuestionables en cuanto a su calidad intrínseca, y lo que es más grave: a nosotros nos llegaron pésimamente editadas, y en ocasiones lamentablemente traducidas. Por si fuera poco alguna de la jiña que nos venía de fuera nos la hacían pasar como pura ambrosía, mientras se ninguneaba a los autores nacionales, que o bien tenían que ocultarse bajo pseudónimos extranjerizantes, que debían engañar más bien poco, o sencillamente sufrían la endofobia propia de este país, y que sigue cada vez imponiéndose más descaradamente en algunos aspectos.

Y entonces es cuando uno tiene que hacerse alguna pregunta al margen de todo lo que nos han contado: igual ese ninguneo y dejadez de por parte de la "literatura seria” a algunos géneros era en buena medida totalmente justificado, por lo menos en algunos casos. Obviamente si uno no conoce otra cosa es imposible que otras no le parezcan mal escritas o que tienen perdón de Dios. Si a esto añadimos que los guruses que han dominado la publicación del género son poco menos que muy discutibles cuando oyes sus declaraciones, que se nota a la legua que les viene un poco grande algunas de las discusiones en las que participan y que incluso han fanfarroneado alguna vez de no tener un conocimiento suficiente de literatura en general, ¿por qué nos tiene que sorprender que el ninguneo a ellos, sus editoriales, colecciones y lectores que éramos todos y seguíamos al líder haya sido la tónica general? Es una cuestión sociológica compleja, pero la pregunta está ahí: se quejan ustedes de estar en el ghetto, pero en cuanto quieren salir de él e integrarse se dan cuenta de que hay unas normas que no van a poder cumplir o cuyo cumplimiento destruye el statu quo en el que tan cómodos se sienten, así que volvamos al ghetto a protestar porque estamos en el ghetto. Repítase la fórmula hasta el infinito. A veces existe la exclusión y es una clara injusticia, pero es innegable que también existe la endogamia con fines de control social dentro de un grupo autoexcluido que crea un discurso artificial para mantener el control y el efecto el rey en la montaña, por pequeñita que ésta sea.

Es algo de lo que se discute desde hace décadas, no creáis. Aunque el tiempo ha venido a confundirlo y mezclarlo todo por medio de la pura lógica del mercado, y ahora los frikis se enorgullezcan unos, y se lamenten otros, de ser totalmente normalizados como una corriente más en la cultura, sigue habiendo un problema de base sin resolver. Lo he planteado más de una vez: una novela no puede ser mala a secas (mal planteada, mal escrita, ideológicamente putrefacta y con unos personajes y resolución de completa vergüenza), pero ser “buenas” respecto al género X. Incluso si aceptamos la separación entre novela literaria y novela-romance en la que predominan los lances aventurescos y la narración más o menos lineal con presentación, desarrollo, nudo y desenlace, en definitiva muchos de los ejemplos que nos encontramos en las librerías como “berceles de calidad” y cuyo único objetivo es el sano entretenimiento, veremos que están más construidos con más parches y goteras que una casa diseñada por Numerobis. Mucho autor consagrado de “historias con chicha y acción” debería ser consciente de que es un sucedáneo muy malo de Sabatini y Salgari, pero a lo mejor ni los conoce.

Ítem más: todos estamos acostumbrados a oír de vez en cuando a algún guardián de las esencias que desestima como “poco frikis”, o “poco de género” algunas obras escritas por gente que nunca se ha definido, ni es posible definir, como autores de género. De ahí las reticencias de alguno a considerar dentro del canon frikipali a obras que sin embargo definen verdaderos subgéneros, algunos tan en boga hoy día como la distopía romántica (sí, lechones, existe y lo llaman así), y definido claramente por la tríada 1984, Un mundo feliz y Farenheit 451. En el caso de Ray Bradbury, él mismo un firme defensor de la cultura popular, de los comics y de la literatura pulp, su misma obra se mira a veces con recelo por ser demasiado literaria, demasiado original y no transcurrir por las rodadas más que desgastadas y seguras de los géneros cuyos límites amplió poderosamente. No digamos ya a autores difícilmente encasillables como Borges, Calvino u otros autores que osaron escribir alguna obra de clara inspiración fantástica o de ciencia ficción, ese género que según como nos dé la gana definir puede hacer que ahí quepa hasta El Quijote, y en caso contrario que apenas queden dentro de su dominio una docena de relatos y novelas. Si Heliópolis de Ernst Jünger no es una novela de ciencia ficción, apaga y vámonos. Para mí es una discusión que no es que haya superado, sino que nunca me he metido en ella a título personal, sólo comento lo que dicen los demás porque a veces no doy crédito a lo que oigo o leo. Cuanto más investiga y aprende uno más cuenta se da de que ese ninguneo o ignorancia de la literatura fantástica poco tiene que ver con la realidad: la buena claro que ha estado y estuvo reconocida, y la mala, pues no. A veces nos olvidamos de que el 98% de lo que se escribe y no es ciencia ficción también es basura, y tampoco recibe reconocimiento alguno, y que muchas obras meritorias de cualquier género no reciben la atención que se merecen en detrimento de otras, y que por su riesgo o falta de convencionalismo son sistemáticamente ignoradas por el público.

Así pues, la opción es clara: o seguir lloriqueando porque los niños mayores no nos dejan jugar a la pelota, o aceptar que si uno entra en el juego de los mayores se cumple el reglamento, no hay premios para todos “sólo por participar” y se pitan todas las faltas. Para ilustrar esto sólo hay que recordar que el género, reconocido como tal, de “romántico” es o era tan pulp o de novela popular como cualquier otro, que Corín Tellado era tan novela de a duro como Marcial Lafuente Estefanía y que sin embargo hay poderosas razones para considerar que las historias de amoríos, infidelidades y matrimonios infelices de Ana Karenina, Señora Bovary y Jane Eyre son algo que, pese a la semejanza de base, no tienen demasiado que ver con la colección Harlequin. Como no me canso de explicar, La amenaza de Andrómeda y Ensayo sobre la ceguera son prácticamente el mismo libro, lo único que en el primero, sin ser una mala novela, se nos presenta de forma fría, casi rayando el porno cientificista, los intentos por solucionar la crisis, sin importar gran cosa nada más, mientras que el segundo se ve la visión a pie de calle, con gente que sufre y debe enfrentarse a un mundo desolado, y que se hace todo tipo de preguntas sobre por qué les ha tocado vivir ese horror; por si fuera poco, tanto en una como en otra la situación se resuelve por sí sola. De hecho el technocthriller al estilo Crichton, aunque reconocido por algunos como un subgénero de la ciencia ficción, y con una aceptación considerable tanto editorialmente como de lector no especializado, quizá por esa misma razón fue denostado en su momento por los seguidores de las versiones más hard donde se guarda el tarrito de las esencias y la reserva espiritual de la facción purísima de la ciencia facción auténtica, tradicionalista y de las JON’S. Mira, es un concepto interesante: la ciencia-facción, tan de moda últimamente con algunas movidas y polémicas que ha habido: si la ciencia ficción no es un conjunto de hombres blancos con nombre anglosajón que conquistan marcianos en naves espaciales de marca Mercedes-Yutani con una churri rubia al lado, ¿para qué murieron nuestros antepasados cuando rechazaron heroicamente la invasión de los danonianos?

Por todo esto expuesto con anterioridad no es de extrañar que, en tal marco ideológico, muchos lectores estén dispuestos a aceptar como bocatto di cardinale cualquier jiña publicada en la editorial correcta en la colección correcta, con el nombre de autor correcto en la portada, tenga aquello o no pies y cabeza, esté traducido como el cool’o o no, que algunas propuestas que adolecen de estas características. Por ejemplo, que el mismo autor sea español (esto afortunadamente está cambiando, la jiña nacional también tiene su público bien numeroso), que no se amolde a los rígidos cánones de una definición estrecha del género, o que tenga el descaro de ser un escritor sin etiquetas, de la corriente general de la literatura, y se ponga a picotear en un gallinero que se supone que es coto privado y donde él no pinta nada. Del mismo modo también habría que recordar que la tontería se da en sentido inverso, así que igual de absurdo es, como se da el caso también, tanto por frikis como por no frikis, negar que novelas como Ensayo sobre la ceguera, La carretera y Kalki no son propiamente novelas de ciencia ficción sino buenas novelas escritas por autores reconocidos y con una sólida carrera literaria. ¿El hombre en el castillo es ciencia ficción porque su autor es conocido como un autor de género y la encontraremos publicada en una colección de género, y La conjura contra América no lo es porque Philip Roth publica sin etiquetas y cualquier día le puede caer el Nobel? ¿Marciano vete a casa sí y Sin noticias de Gurb no? Andad a cagar por ahí, hombre.

Todo esto explica cómo los dos títulos que paso a reseñar no están más reconocidos en el solar patrio, o por qué no se consideran obras de culto.

Carlos Saiz Cidoncha es un autor español cuyas obras más conocidas son La caída del Imperio Galáctico y esta de Memorias de un merodeador estelar, que me ha hecho recordar la lectura reciente de las novelas de Marsuf. Para empezar, es una novela extraordinariamente bien escrita, que aúna parte del vocabulario y las expresiones propias del género con la tradición picaresca española y de las “narraciones disparatadas”. El protagonista, habitante de un planeta que otrora perteneció a una versión galáctica del Imperio Romano, y en la que se siguen adorando a los dioses del panteón olímpico, sufre las vicisitudes de cualquier héroe de este tipo de narraciones: es fraile antes que cocinero, sufre cautiverio y esclavitud, lo engañan como a un chino, conoce los goces amatorios legítimos e ilegítimos, se convierte en héroe y en potentado tras encontrar un enorme tesoro, y al final, como el Lazarillo, se contenta con su suerte y sienta un poco la cabeza. Es una novela bastante gamberra en el mejor sentido de la palabra, entroncada en el género con toda legitimidad como pueda ser la Fundación de Asimov, que también parte del calco histórico y tiene cosas tan “científicas” como la psicohistoria y los poderes mentales, y además sigue sin complejos la tradición literaria del idioma en el que se expresa, empleando un registro depurado que sin dejar de ser un reflejo de las expresiones del Siglo de Oro resulta completamente moderno y comprensible. Sin necesidad de cientos de páginas de relleno, dando pinceladas certeras con las que puedes imaginarte todo lo que ocurre, el autor compone una obra sin desperdicio que se puede leer casi de un tirón.

Por otro lado, tenemos El último trayecto de Horacio Dos, cuyo autor es el último Premio Cervantes, nada menos. Qué desfachatez, un Premio Cervantes escribiendo una novela de ciencia ficción. Mendoza, ya comentado brevemente en este blog, es uno de los pocos escritores españoles que cultivan la novela humorística, otro género bastante difuso y mal definido que no llega a ser del todo la típica comedia, más propia del teatro, tampoco es exactamente sátira y en muchos casos no deja de ser sino un compendio de chistes más o menos hilados, aunque en cierto modo escritores humorísticos fueron toda una generación entre los que se encontraban Jardiel Poncela, Tono, e incluso Ramón Gómez de la Serna, sin olvidar que el surrealismo, a su manera, tampoco dejaba de ser en su totalidad una broma que alguna gente sigue sin entender del todo. Esta novela es un cuaderno de bitácora de un capitán estelar en el crepúsculo de su carrera, Horacio Dos, que dirige, sin tener muy claro cuál es su objetivo, una nave llena de variopintos personajes entre los que hay criminales, mujeres descarriadas y miembros de la tercera edad, todos juntos en un periplo sin rumbo fijo en el que van recalando en distintas estaciones espaciales, a cada cual más estrafalaria y hecha polvo, recuerdos de un pasado de gloriosa exploración estelar que ya se ve muy lejano. Entre situaciones surrealistas, salidas de tono de los personajes, rijosidades varias del capitán y otros caballeros talluditos, y el misterio de por qué están en tan absurdo viaje, se va recomponiendo, a retazos, una historia futura de la humanidad a medio camino entre el disparate más absurdo y una de las peores distopías de se pueda imaginar uno, y que por lo menos a mí me ha parecido bastante original, y que explica ese viaje a ninguna parte. Igual es sólo impresión mía, pero la fallida serie Plutón Verbenero parace en parte inspirada en esta novela, por lo menos en el tono.

De esta novela existe, además, una versión en radioteatro realizada por RTVE, un género que tuvo una enorme difusión antes de la televisión y del que nacerían los culebrones antes de tener imagen, y que se basa en exclusiva en la voz de los actores y algunos efectos sonoros.
Luis Varela haciendo del capitán y diciendo como nadie "agua pútrida".

Ambas obras, cada una con sus particularidades, son totalmente aconsejables, aunque no faltan los puristas que dirán que eso no es verdadera ciencia ficción. Aun aceptando tal patraña, que no es el caso, la respuesta sería: ¿y qué? Tal como decía Cela, novela es todo aquello que en la cubierta del libro ponga “novela”, así que probablemente ciencia ficción sea cualquier cosa que en la contraportada ponga que es ciencia ficción, y si no lo pone ya somos mayorcitos para saber lo que estamos leyendo y no nos hace falta que lo diga nadie.

-SuperSantiEgo

1.11.16

Peli: Inferno. Qué poca vergüenza destrozar así un clásico.


Como todos sabéis ya en ente bló familiar somos muy, muy, lo que se dice muy ventiladores, de la obra bercelerística de Dan Brown, y sería yo muy ingrato si no reconociese públicamente que gracias a él, o a su costa, eso va en interpretaciones, he conseguido algunos de los mejores momentos de gloria de La Realidad Estupefaciente.

Por eso tengo que mostrar mi más enérgica repulsa por esta adaptación cinematográfica que priva a la historia original literaria de todo aquello que la hace grande, original y la diferencia de todas las demás. De una novela inmunda han sacado un pelicúla que psá, ni fu ni fa, totalmente del montón para lo que se hace ahora.

Por otro lado los guionistas, que se han granjeado desde ya mi odio eterno, ni siquiera se limitan a hacer lo típico de algunas adaptaciones de berceles, quitar la broza innecesaria, eliminar los capítulos superfluos y racionalizar un poco la trama, sino que hacen lo que básicamente no hizo el editor de Dan Brown cuando presentó el primer borrador de la novela: subrrayarle en rojo todo lo que no tenía ni pies ni cabeza y decirle que volviese a empezar. En cierto modo, es lo que han hecho: coger el material original y decirse qué podrían sacar de ahí sin caer en el ridículo o en el más absoluto espanto. El resultado no es satisfactorio tampoco, pero carece de la gloria del original que caminaba con la confianza de un sonámbulo rumbo al precipicio y se precipitaba por él con la misma serenidad que el Coyote.


De hecho, esto se ve desde la primera escena, que coincide con la de la novela. A veces se dice que este tipo de literatura es "muy cinematográfica", que está pensada para que te vayas imaginando tú mismo la película en la cabeza, y cosas así. Pues falso, error, no compila. De hecho a veces es todo lo contrario: como se te ocurra imaginarte lo que vas leyendo, se evidencian todavía más si cabe los fallos y que el escritor debe estar poco menos que fumado o en pleno trance de éxtasis mientras escribía aquello. En esa primera escena en el libro nos dicen que el malo, Zobrist, huye a través de los tejados de la ciudad, algo que a mí como mínimo me fuerza a imaginarme a una persecución típica de Spider-man por azoteas y depósitos de agua, así que la película pone los pies en la tierra y hace que el malote corra por la calle y suba a un elevado campanario desde el que poder arrojarse al vacío.

En la novela, igual que en la película, en todos los lugares turísticos llenos de miles de personas y donde se custodian objetos de arte de valor incalculable, todas las puertas están siempre abiertas para que cualquiera entre como le dé la gana. Es una de esas licencias que estamos dispuestos a aceptar, cuando estamos entretenidos y pasándonoslo bien, en pro del desarrollo de la trama por medio de la famosa suspensión de la incredulidad, pero que cuando todo es un frangollo, pues saltan a la vista.

Por tanto todo lo que es estridente y desmesurado en la novela, y que la hace tan única pero a la vez tan mala, queda completamente neutralizado en la película. Gatúbela deja de ser una motorista seductora que parece salida de un erótico anuncio de colonia, y pasa a ser una policía de uniforme con el pelo recogido en un moño, no llama en absoluto la atención y suponemos será una policía de verdad a las órdenes del Consorcio. La conversación de ese mismo director del Consorcio con la directora de la OMS, tan chanante en la novela y un verdadero diálogo de besugos, pasa a ser una conversación expositiva, nada más. Y así con todo: cuando Langdon se pone a veinte uñas en medio de Santa Sofía, el representante turco no pone el grito en el cielo, y la escena de Aladino también queda suprimida porque del personaje de Sienna, absolutamente absurdo, desmadrado y gilipollas en la novela en la película se nos obvia hablar de sus problemas existenciales, de que sea calva y de todo lo demás. De hecho hasta le dan cierta dignidad, y una vez muerto Zobrist se convierte en su sucesora y por tanto en la verdadera antagonista de la película, la mala, no en una tontalculo y pusilánime que cambia de idea de capítulo a capítulo. Coger a un personaje absolutamente anodino e idiota y convertirlo en una mala estándar, menuda desfachatez.

Desde luego el cambio más notable es que, eliminada la bajeza literaria para convertirla en insulsa mediocridad cinematográfica, queda la bajeza científica y la moral. Estas dos, que tan unidas estaban en el original, se neutralizan con la solución trivial: coger el mayor absurdo del libro y convertirlo en una amenaza mucho más lógica y sobre todo más satisfactoria para el espectador. Si en la novela todo era para absolutamente na, porque como se nos cuenta al final el agente infeccioso ya estaba liberado incluso antes de empezar el prime capítulo, en la película la agüita amarilla sigue en su bolsa, y no contiene un virus ninja y mutante que deja estéril a un tercio de la población sin causar más molestias, así utilizando unos pases mágicos, sino que es una verdadera arma biológica que si se libera exterminará aproximadamente a la mitad de la población humana, y toda la explicación "científica" está ausente, y muy bien, porque tampoco se necesita. Algo que en la película no se nos explica es para qué sirve eso, matar a la mitad de la población y ya, pues una vez superada esa crisis, por muy dura que fuera, la humanidad no tendrá por qué haber aprendido ni mucho menos la lección de la superpoblación, y en unas cuantas décadas estaríamos con el mismo problema, que se habría aplazado pero no solucionado. Obviamente, la película evita el berenjena ético en el que Dan Brown se mete gratuitamente para jugar al triaje de la humanidad, y queda claro desde el primer momento que lo que hace Zobrist es malo. Esto también convierte a la película desde el principio en un remedo de película Bond, aunque en este caso el agente especial está fondón, y como siempre no ve venir la traición de la chica guapa que lleva un doble juego. Por supuesto la película también nos priva de momentos sublimes, como que una señora de sesenta años piense que uno de unos cincuenta pueda ser su hijo, la actriz danesa que hace de directora de la OMS es más de diez años más joven que Tom Hanks, y se nos dice que hace un tiempo tuvieron un rollete.

Vamos, que se han dejado en el tintero lo mejor de lo peor. Los admiradores de Dan Brown, los genuinos y los otros que aparte otras consideraciones consideramos que nos hace pasar muy gratos momentos, no nos merecíamos algo así.

Y lo que es más grave: en ningún momento de la película puede uno pensar que ahora mismo va a aparecer Batman.


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-SuperSantiEgo

16.10.16

The Prize, 1963. Paul Newman gana el Nobel de Literatura



Como se ha puesto un poco de moda hablar del Nobel, me vino ayer a la imaginación la película en la que Paul Newman gana el Nobel de Literatura a la inverosímil edad de 38 años, después de seis novelas colosales que sin embargo lo han dejado totalmente agotado, así que sobrevive escribiendo novelas policíacas que, según sus palabras, le permiten comer bien y beber todavía mejor. Al principio confundí esta película con Cortina Rasgada, de Hitchcock, otro thriller sólo tres años posterior en el que el mismo actor, en el mismo contexto de la Guerra Fría, es en ese caso un físico nuclear que finge su huida al Bloque del Este, y algo parecido también aparece presente en El Premio.

Todo hay que decirlo: es una película entretenida y muy de la época, hecha con verdadera profesionalidad y artesanía. Incluso, acostumbrados como estamos a día de hoy a argumentos tan enrevesados y liosos que no hay forma que eso acabe de buena manera, en este caso es incluso perfectamente verosímil dentro de la obvia exageración que es todo. El personaje del escritor mantiene la entereza cuando se ve envuelto en el lío, pero no se convierte de repente en un superhombre que sabe kunfú por las buenas o por el hecho de ser el protagonista no le afectan las balas y es capaz de saltar desde un octavo piso sin que le pase nada.

También se pueden comentar algunas cosas más, a poco que se sepa de cómo se hacen las películas y lo mil trucos y mañas para engañarnos. Para empezar, está claro que los protagonistas nunca jamás pisaron Suecia. Las escenas de interiores se pueden hacer en cualquier sitio… y las de exteriores… todo tiene su explicación. En este caso pudo hacerse de dos maneras: comprar a una productora sueca un paquete de imágenes estándar de Estocolmo, o más probablemente enviar al país a una segunda unidad, que filma los típicos planos generales y alguna localización, como el palacio de la música donde se entrega el Nobel y alguna localización más. Además se lleva la misma ropa que van a utilizar los actores y con algunos dobles de cuerpo se filman las escenas en las que se les ve de espaldas entrando a un hotel o edificio. Canta sobre todo en una escena en la que Paul Newman parece contemplar una estatua mientras va andando y en el plano contraplano se ve totalmente que es un truco. Las escenas en las que aparece con Estocolmo al fondo son claramente transparencias, el equivalente antiguo de la actual pantalla verde. No estoy diciendo que la película sea mala por eso, ni mucho menos, sólo que es curioso fijarse en esos aspectos técnicos que hacían mucho más fácil y económico el rodaje. Además, se pregunta uno si ya que nos dicen que eso es el futuro, si no será cuando el cambio climático se ha desarrollado por completo, ya que para ser eso principios de diciembre, se ve el tiempo bastante fresco, pero ya primaveral.

Por último, es fácil darse cuenta de que la película ha elegido a dos bellas actrices para que sean los posibles intereses románticos del protagonista. En el caso de Elke Sommer, es una alemana haciendo de sueca, así que no tengo ni idea de si canta mucho que su acento al hablar inglés sea alemán y no sueco, o si cuando habla en sueco su acento es totalmente extraño. Por otro lado la peli parece que no termina de decidirse por una opción algo más realista en la que mucha gente no sabe inglés (1963, a los suecos todavía no les había dado tiempo a todos a aprender inglés), o forzar explicaciones de que incluso los camareros hablen entre ellos en inglés cuando están solos. Sobre todo porque la película empieza y acaba con un noble sueco, uno de los principales organizadores de la ceremonia, haciendo una reflexión para sus adentros sobre los problemas que suceden todos los años… y obviamente lo hace en inglés, en toda la película no hay un subtítulo. Mire, no cuadra. Si no se va a ser coherente por completo respecto a lo que habla cada uno, que todo el mundo hable lo mismo, que ya sabemos que es una película.

Respecto a Paul Newman, lo hace muy bien, y en algún momento, como el escritor parece pasar de todo y estar allí sólo por la pasta, se pregunta uno si la actitud chuleta y desaborida del personaje no será la misma que la del actor haciendo caja. Pero él está bien, como siempre. Del mismo modo que vemos a dos mujeres muy hermosas, aunque siempre vestidas de forma muy elegante y pudorosa, y no hay para ellas ninguna escena de nudismo gratuito, no es el caso para el personaje masculino, así que hay una escena, que no sé si estaría en el texto original o no, en el que vemos el torso perfectamente cincelado de Paul Newman, suponemos que para gran regocijo de sus muchas admiradoras en todo el mundo.

La película está basada en una novela de Irving Wallace, un escritor de berceles de la época del que parece ser que ahora nadie se acuerda. Irving Wallace es el padre de Amy Wallace, una de las “brujas” de Carlos Castaneda, con el que compartió parte de su vida, y del que escribió un libro sobre la secta y culto a la personalidad que fundó a su alrededor, y también es el padre de David Wallechinsky, uno de los fundadores de alllgov.com

-SuperSantiEgo

3.10.16

El verdadero novio de la muerte

[Nota bene que esta entrada se publica con dos años de retraso, así que debería haber salido en junio o julio de 2014. La razón por la que no la completé es que... ocho nabos, yo qué sé. No es la primera que abandono incluso cuando la tenía ya muy avanzada, e incluso hay por ahí borradores de varios miles de palabras. Así pues, la he completado y actualizado, sobre todo porque un amigo con el que incluso tengo otros proyectos me hizo un dibujo ex profeso para ella y merece que se vea. Quizá por un lado me sentí un poco incómodo con posibles interpretaciones ideológicas sobre el tema tratado, porque cada vez la gente está más pijotera con algunas cosas y los SJW (en español "aprendices de cura" o "tragavirotes") andan por ahí señalando con muy mala educación. Por tanto, ahí queda eso, o esto, lo que sea.]

Aunque ya sabéis que con la subcultura friki tengo mis más y mis menos, uno no puede ser friki, aunque sea como en mi caso partidario del frikismo cartesiano, racional e ilustrado, y no gozar como un cochino en el barro con algunas cosas que pasan en su país. Incluso lo malo, o lo que no nos termina de gustar, tenemos que interpretarlo de manera que sea más soportable.

Verbigracia: un político no precisamente poco importante se hace un chelfi en la coronación de Felipe Uve Palito. Que lo haga yo, que como mi madre dice soy un descastado que no respeta nada, vale, pero por favor...

Pero eso no es todo. En la recepción anterior, con el besamanos, lo de menos fue que Bisbal fuese sin corbata. Es que hubo gente que mientras se acercaba hacía una foto a los flamantes monarcas. Eso con Isabel II no pasa, me juego el cuello. Y con Felipe II no pasaba, menudo era él. Después nos enteramos que el inefable Pequeño Nicolás, actual colaborador de Sálvame, estuvo en tan magna ocasión, y todo encaja.

No sólo eso, sino que en un extraordinario giro de los acontecimientos, que probablemente haría sonrojar a Dan Brown, hasta el punto de que llegaría a pensar que eso no se lo creería ni la gente que disfrutó con Inferno, resulta que Ruiz Mateos está metido también en el caso Bárcenas. Eso no es saltar el tiburón, es el salto del Megashark. Son momentos en los que uno desearía que estuviese Galdós, porque saldría a Episodio Nacional por mes, y le quedarían muchas cosas que contar en el tintero.

En otras cuestiones, no nos quedamos atrás en sordidez. No es que nuestro país sea especialmente exagerado en ello, lo normal es carecer de perspectiva para apreciarlo, pero aunque sabemos de las sordideces del vecino es bueno saber también de las propias y apreciarlas en lo que valen.

Como introducción a lo que viene, es difícil explicarle a un extranjero por ejemplo algunas de las tradiciones de nuestro ejército, o las peculiaridades de algunos cuerpos. Obviamente, al ser una nación europea bien antigua, que se dio de hostia batida con todo lo que se encontraba a su paso, tenemos una compleja y larga historia bélica, por mar y por tierra, y por aire no porque ya nos pilló en el asilo. Desde nuestro Lepanto y nuestro Trafalgar (para el que no esté muy ducho en historia, la Copa del Mundo de 2010 y la eliminación del de 2014, para entendernos), a batallas de la leche como San Quintín, la Batalla de Nördlingen, el Milagro de Empel que creó antes de tiempo el realismo mágico y otras más, pero si os interesa eso seguís a Pérez Reverte que es el que se encarga de ponérsela dura a sí mismo y a sus lectores con los hechos de armas de nuestro cada vez más alejado esplendor imperial.

Nuestros cuerpos militares tienen por tanto una antigüedad más que evidente, y los famosos tercios españoles son el origen del concepto de infante de marina, así que todos los marines del mundo tienen inspiración más o menos española. Los tercios se suelen asociar en general a la Guerra de los Ochenta Años, que fue algo así como el Vietnam para España, porque ni de blas conseguimos someter a la provincia rebelde, gastándonos en ello lo que teníamos y de paso lo que no teníamos. Tanto es así que cuando alguien nos recuerda que el oro que se robaba en las Américas iba para España, es una forma de decirlo, porque en realidad adonde iba directamente era a las arcas de los banqueros alemanes mientras el país se empobrecía más y más, como en la época que le dimos en usufructo parte de lo que es ahora Venezuela a nuestros acreedores, y todo ello con efectos devastadores en el siglo siguiente, hasta que los Austrias degeneraron por completo, genética incluida. Esos dineros se invertían sobre todo el pagar a tropas profesionales, entre las que las españolas sólo eran unas, de modo que a día de hoy si un holandés te recuerda que qué guerras las de entonces y que en su país en vez de decir que viene el coco amenazan a los niños con que los visitará el duque de Alba si no se portan bien, se les puede redargüir que los que arrasaban el país alegremente también eran sus propios compatriotas de las provincias de Flandes, y otros mercenarios centroeuropeos, y por supuesto que Papá Noel viene de Madrid. De hecho echarse en cara entre los ciudadanos de las modernas naciones europeas algo de lo que ocurrió antes del siglo XIX y la creación de los ejércitos nacionales modernos es un poco absurdo, ya que antes fundamentalmente se combatía por quien te pagaba, en ocasiones incluso contra territorios cercanos a donde hubieses nacido, y las guerras más que entre naciones propiamente era entre grandes señores que buscaban ampliar su cortijo particular. Aparte de proclamas varias de "amor a mis territorios", los reyes eran un poco de donde les tocaba. Carlos V llegó a España sin saber una palabra de español, Felipe II se consideraba tan rey de España como de Portugal o de Holanda, a un tris estuvo de cambiar la capitalidad de España a Lisboa, y él probablemente se consideraba a sí mismo como un miembro de la Casa de Habsburgo que poco tenía que ver con sus distintos súbditos de un lado u otro de la mar océana, sin importarle demasiado qué lengua hablasen o de qué color fuesen mientras rezasen en latín y le pagasen los impuestos en buen oro, dándole igual cómo estuviese éste acuñado. Algo más tarde Carlos III terminó siendo rey de España porque le tocó de carambola, literalmente: ventajas de que tu hermano muera como una chota y sin herederos. A partir de ahí consideremos que la actual casa reinante en España fue durante un siglo una especie de franquicia o serie B de la que fuera casa real de Francia, durante ese tiempo la consigna fue repetir lo que dijera el primo francés, y a la caída de la dinastía en el país de origen debido a cese abrupto de la vida por guillotinamiento esto provocó que los borbones españoles terminases yendo por libre, de modo que el actual rey recién estrenado es un descendiente por vía paterna de Alfonso XIII, un señor con bigote que tenía por mayor afición en la vida jugar al tenis en Wimbledon con sus parientes ingleses y producir películas porno, y por vía materna es hijo de una princesa griega, país el heleno que nunca tuvo una dinastía propia sino la que le fueron imponiendo según los intereses de las distintas potencias europeas, de modo que la señora es más alemana y danesa que otra cosa, y la llamamos Sofía de Grecia porque de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg... me niego a aprenderme eso, todo tiene un límite en esta vida. Ahora entenderéis por qué los actuales retratos de la familia real española parezcan un anuncio a favor de la Hermandad Aria, y las dos niñas de Felizia sean justo la antítesis de lo que se supone que es el arquetipo de la mujer morena y española de Julio Romero de Torres. Eso sin olvidar que el actual rey de Suecia puede decir muy orgulloso que está donde está porque hace dos siglos un antepasado suyo, anterior revolucionario de los que pasaban a cuchillo reyes, fue un general que tuvo la buena idea de traicionar a Napoleón, el típico cambio de empresa en el momento adecuado, y ahí siguen hasta ahora, que el hecho de que Bernadotte no suene mucho a sueco ya da una pista. Consejo: no decir esto en voz muy alta si os van a entregar el Premio Nobel, por aquello de la buena crianza.

No penséis ni por un momento que me estoy quejando de todo esto. La de magníficas novelas que han salido de ahí, y lo divertido que es conocer todo eso. Luego veías las famosas series de ambiciones y putiferios varios, como Dallas o Dinastía, y te parecían de lo más soso. Si de veras creéis que Juego de Tronos es una salvaje lucha por el trono donde todo el mundo se apuñala por la espalda en una ambición sin límites recordad que nada será nunca tan sórdido como la historia del Imperio Bizantino, en la que, para muestra un botón, Irene mandó enuclear (forma fina de decir "arrancarle los ojos") a su propio hijo para que no pudiese hacerle sombra en el poder. A día de hoy es santa de la Iglesia Ortodoxa. En el Imperio Bizantino podían matarte, atacarte tus primos cristianos o zurrarte a base de bien los turcos, pero aburrirse, lo que se dice aburrirse, la gente no se aburría.

Es decir: uno puede querer que las instituciones se racionalicen, que seamos un país pacífico que no anda metiéndose en líos a donde no lo llaman y demás, pero una cosa no quita la otra y podemos disfrutar igualmente de algunos hechos que por ser reales dejan muy pequeños algunas cosas que nos encontraremos en universos como Warhammer.

Sin entrar en cuestiones sobre si necesitamos o no tener un Día de las Fuerzas Armadas (como el Desfile de la Plaza Roja y tantos otros mundo adelante, que tampoco somos los únicos), ya que existe hay que disfrutarlo. Y la verdad: es poco disfrutable, no nos engañemos. Como dijo acertadamente nuestro patriótico presidente Rajoy, "Es un coñazo"; los reyes antiguos e incluso los actuales tienen cierta base para mirar al resto de la humanidad por encima del hombro y considerar al trozo de tierra que les ha tocado en suerte en la lotería de la historia su cortijo particular, pero joder, Mariano, que tú eres de La Guardia, no me jodas, no digas eso a no ser que estés solo en casa y con los pies en lo alto mientras ves la tele. Pero bueno, básicamente siempre es lo mismo y acaba de la misma manera. Eso sí: mola bastante cómo acaba. Ver a los zapadores, a la Guardia Civil y todos los demás una vez, vistas todas, pero de lo que no nos cansaremos de ver nunca es el final del desfile, porque es cuando la cosa, y ahí llega adonde queríamos llegar, es bastante friki.

El final se anima por dos razones: aparecen los Regulares, y la Legión, ambos cuerpos relativamente recientes. Los regulares se crearon en 1911 y fueron en origen el equivalente a los cipayos, un cuerpo integrado por indígenas del norte de África, y como es comprensible a día de hoy ya hace tiempo que esto no es así. Actualmente son el cuerpo de infantería más condecorado de España, y molan por los dos siguientes detalles: primero, van vestidos a la mora, con capa, y eso chana lo que no está escrito, lo que vale para los superhéroes por qué no va a valer para cualquiera, y además utilizan un paso distinto que el del resto de los que desfilan, ya que, si el paso normal de desfile es de 124 pasos por minuto, los regulares van a 80, o 90 según otras fuentes. Es decir: con calma. Después de ver a todos los demás, de repente aparecen los regulares casi un 50% más lentos, como si fueran a su bola, recreándose, prácticamente dando un paseo, como si le perdonasen al enemigo la vida un ratito más. Los actuales cuerpos de regulares están en Ceuta y Melilla, y se distinguen porque unos llevan los correajes rojos y los otros, azules.


Chicas regulares de Ceuta. Lamentable elección de término.

Pero dentro de lo que cabe, los regulares son un cuerpo bastante normal. La indumentaria mora y otros detalles los hacen puntuar muy alto en el frikinómetro, pero eso no es nada si lo comparamos con los más mejores, las estrellas, los que han creado un halo de misticismo a su alrededor que ellos mismos han cultivado y que a todo el mundo le gusta creer.

Efectivamente: La Legión. Creada en 1920 por José Millán-Astray, tomando como base la Legión Extranjera francesa; ya sabéis, los de Beau Geste. Millán-Astray, todo un coruño, es por derecho propio uno de los personajes más frikis de la historia militar española, y por supuesto es a todas luces el Darth Vader nacional a la par que Blas de Lezo, el Medio Hombre, pues tal era el cúmulo de heridas y mutilaciones que acumulaba en su cuerpo este fundador de la Legión que lo raro es que no tuviese que caminar con un exoesqueleto y utilizar un respirador en plena Guerra Civil. Para escritores o comiqueros que quieran explotar tan inquietante posibilidad en alguna ucronía o fantasía steampunk, ahí les dejo la idea. Millán-Astray tampoco es que fuera ningún tonto, no creáis, por desgracia ser listo y mala persona no es incompatible, y aunque amigo personal de Franco y uno de los principales sostenes del régimen en sus inicios, tenía sus lecturas y su inteligencia, y fue el fundador de la actual Radio Nacional de España. Protagonizó, eso sí, un enfrentamiento histórico con Unamuno, que probablemente sea uno de los más tristes pero más profundos que uno pueda leer. Para redactar el Credo Legionario, término que de por sí ya acojona, se basó en una traducción al francés del Código del Bushido, ése que nunca existió tal como nos quisieron hacer creer. Como podéis ver, y lo siento por vosotros, otakus, siempre hubo pasados de vueltas con los japonismos, y si os queréis hacer los longuis con que los primeros otakus patrios fueron Millán-Astray y Sánchez Dragó no sufráis, que ya estoy yo aquí para recordároslo de vez en cuando. Como buen otaku, Millán-Astray leyó lo que quería leer y de lo leído entendió lo que quiso, de modo que el Credo Legionario quedó así:

El Espíritu del legionario: Es único y sin igual, de ciega y feroz acometividad, de buscar siempre acortar la distancia con el enemigo y llegar a la bayoneta.
El Espíritu de compañerismo: Con el sagrado juramento de no abandonar jamás a un hombre en el campo hasta perecer todos.
El Espíritu de amistad: De juramento entre cada dos hombres.
El Espíritu de unión y socorro: A la voz de ¡A mí La Legión!, sea donde sea, acudirán todos y, con razón o sin ella, defenderán al legionario que pida auxilio.
El Espíritu de marcha: Jamás un legionario dirá que está cansado, hasta caer reventado. Será el cuerpo más veloz y resistente.
El Espíritu de sufrimiento y dureza: No se quejará de fatiga, ni de dolor, ni de hambre, ni de sed, ni de sueño; hará todos los trabajos, cavará, arrastrará cañones, carros; estará destacado, hará convoyes, trabajará en lo que le manden.
El Espíritu de acudir al fuego: La Legión, desde el hombre solo hasta La Legión entera, acudirá siempre donde oiga fuego, de día, de noche, siempre, siempre, aunque no tenga orden para ello.
El Espíritu de disciplina: Cumplirá su deber, obedecerá hasta morir.
El Espíritu de combate: La Legión pedirá siempre, siempre, combatir, sin turno, sin contar los días, ni los meses, ni los años.
El Espíritu de la muerte: El morir en el combate es el mayor honor. No se muere más que una vez. La muerte llega sin dolor y el morir no es tan horrible como parece. Lo más horrible es vivir siendo un cobarde.
La Bandera de La Legión: Es la más gloriosa porque está teñida con la sangre de sus legionarios.
Todos los hombres legionarios son bravos: Cada Nación tiene fama de bravura; aquí es preciso demostrar qué pueblo es el más valiente.

A ver, uno no puede ciclarse al leer cosas como "¡Sangre y almas para mi Señor Arioch!" y manuales con enanos berserkers y al menos, al tener eso delante, no decirse: Jooooodeeeeer. Es como tener a los Klingon en casa, gratis y sin necesidad de subtítulos. El aura de la legión es la del flipado, el fanático, el monje guerrero, el tipo que está a un paso de ser un criminal pero es redimido por la camaradería y algo más grande que ellos mismos, a lo que se aferra con desesperación. Una figura exageradamente romántica, de tan romántica gilipollas, como todos los excesos del romanticismo, pero desde luego romántica. Igual que la Legión Extranjera de los franceses, hay toda una serie de leyendas de jóvenes que se presentaron como voluntarios por un amor desdichado o prácticamente por huir de la justicia, y en la Legión se convierten no ya en hombres, sino en superhombres. Otro caso de interés, en este caso sociológico, es que la Legión ha terminado asimilando su propia leyenda, y creyéndosela, con lo cual llegamos al efecto de la retroalimentación, de modo que parece como si los legionarios estuvieran obligados a cumplir las altas expectativas que ellos consideran que el país tiene de ellos, ya que, además de protagonizar incluso su propio género de chistes (el del tren y "por Dios y la Legión", por ejemplo), de vez en cuando dan algún titular que aumenta su leyenda: desde aquella ocasión en 1997 en la que en Zaragoza se plantaron en un puticlús en tanque, hasta el legionario que después de haber perdido su pasaporte en Marruecos (suponemos que también en un puticlús), entró en Ceuta a nado, algo que nos parece muy sencillo porque las películas de James Bond nos tienen mal acostumbrados, pero que tiene su mérito. Y como ésas hay cientos. Cada caballero legionario (y actualmente también damas), que es como se llaman, tiene un anecdotario infinito, ya sea de historias reales, oídas o inventadas. Son, sin duda, la fuerza militar más polémica, pero también la más carismática. Obviamente son denostados por algunos por ser un ejemplo de España cañí, por su participaron en la sofocación de la Revolución de Asturias de 1934, por ser su fundador quien fue, y por su estrecha ligazón con la ideología nacionalcatólica del franquismo, hasta el punto que se convirtieron en el paradigma de lo que se suponía para algunos que debía ser el ejército español: el macho superbravo que embiste sin pensar demasiado. Muera la inteligencia, viva la Muerte, vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver en el campo de batalla, donde a los legionarios españoles no les recoge el alma un ángel de Tiziano, sino la Valquiria de los comics Marvel. Ya que, tal como dijo Umbral, Franco convirtió al país durante cuarenta años en un cuartel, podríamos decir que el espíritu castrense y en especial los legionarios eran también ejemplo para todo ciudadano: obedecer ciegamente y sin cuestionar las órdenes de los mandos militares, del señor cura padre y del gobierno, aunados todos en el Movimiento, que ellos saben lo que es mejor para nosotros. Nada nuevo, por supuesto, el fascismo italiano lo tenía igual de claro: "Credere, Obbedire, Combattere". Alguna gente ha llegado a proponer incluso que se disuelva la Legión, suponemos que como una forma de castigo simbólico e histórico que seguro que reparará mágicamente todos los posibles agravios que haya podido cometer ese cuerpo del ejército. De todos modos de momento es tan poco probable que ocurra como que disuelvan a los marines useños, protagonistas de tantas épicas películas y que durante las Guerras Bananeras, por ejemplo, se convirtieron prácticamente en el ejército privado de varias compañías que querían mantener a raya a los gobiernos locales de países soberanos a los que se ninguneaba sin ningún pudor.


Sobre si la Legión en particular, y el ejército en general, son reductos ideológicos del franquismo, sencillamente hay que ser un poco idiota para no entender que simplemente no puede ser de otra manera. Aunque el país ha conseguido engañarse a sí mismo durante décadas, cuarenta años de, repito, convertir al país en una cuartel con mayor o menor intensidad, no se puede arreglar eso en dos días, ni aquí ni en nuestra vecina Portugal que tuvo el dudoso honor, que por regla general olvidamos que compartimos con ellos, de disfrutar durante tiempo del nacionalcatolicismo. De todos modos también sería injusto pensar que sólo quedan rescoldos en el ejército, ya que como muy bien dijo un mando de la Legión cuando le preguntaron sobre este tema, se defendió respondiendo precisamente si es que no había franquismo en toda la sociedad española. Pues sí: en la educación, en el tejido productivo, en el llamado capitalismo cañí de amiguetes, etc. Por eso mismo, la percepción que cada país tiene de su ejército suele ser completamente hollywoodiense: vales lo mismo que tu última película, y en el caso de tu ejército la gente recuerda qué es lo último que ha hecho por ellos. Por eso los franceses te dirán que su ejército los liberó de los nazis, los alemanes te dirán que constitucionalmente ahora su ejército no puede salir de sus fronteras y que han tenido que reconvertir todo el discurso nacional que se basaba en buena medida en valores marciales, pues los catedráticos en Alemania incluso tomaban posesión de su puesto de uniforme y con sable, y si preguntas a los españoles te dirán que lo último que hizo el ejército fue dividirse en dos y matarse entre ellos con la población civil de por medio, con un resultado de medio millón de muertos. En el franquismo a la gente le habían explicado que lo que había hecho era llevar a cabo la Santa Cruzada que capitaneada por el Generalísimo por Gracia de Dios Francisco Franco acabó con la Hidra Roja, pero una vez acabado ese discurso la percepción general del ejército digamos que retrocedió por así decirlo el paso anterior, así que, con justicia y quizá también sin ella, el ejército español se percibe como una continuación del franquismo, y los símbolos nacionales utilizados casi en exclusiva por el régimen se han terminado identificando con la ideología que dominó esos años: himno, bandera, etc. Por tanto desde hace mucho tiempo en España dentro del abc del progre, o simplemente de cualquier persona que quisiera pasar por moderna y renegar del pasado casposo de la nación que le había tocado en mala suerte, se incluía el desprecio a todo ese tipo de símbolos y terminología, lo que sin embargo era compatible, en un claro ejemplo de disonancia cognitiva, a admirar ese mismo comportamiento entusiasta y patriotero en otras naciones, un cacao mental importante que lleva a coincidir por ejemplo a una anarcocapitalista con un ciberanarquista de corte stallmaniano en su deseo de ver al país convertido en protectorado en el que sólo ondee la bandera de Google, que todo lo demás es un atraso. De ahí también que desde hace dos años Podemos haya cogido a más de uno con el paso cambiado con su particular ideología de izquierdas pero transversales, fuimos comunistas pero ahora socialdemócratas, que han resucitado palabras tabú como patriotismo, que vuelven a decir España en vez de "ette paí" y quieren reeducar símbolos nacionales y recuperarlos como seña de identidad nacional en una estrategia perfectamente coherente con lo que es su sustrato ideológico, la razón populista, y que aunque quizá tenga sentido en los países latinoamericanos, donde a pesar de todas sus tribulaciones ese sentimiento sigue vivo en todos los partidos e ideologías, probablemente en los votantes españoles, que se creen mucho más sofisticados y de vuelta de todo, te arriesgues a que sólo causen estupor. El mismo estupor que quizá más de uno experimente al saber que en realidad después de la Guerra Civil, y antes de las "misiones humanitarias" y otros saraos en los que hemos estado en la estela de los EEUU o de la ONU, el ejército español se alzó triunfante en una guerra de la que hoy nadie se acuerda, La Guerra de Ifni, en 1957, y en la que además a día de hoy sólo se interpretaría como que fuimos los malos, ya que se enmarca en los procesos de descolonización de la época. Bueno, como se decía en esa película con argumento del mismo Franco: "La perenne rebeldía de las gentes de color". En ese sentido, España nunca tendrá la percepción social del ejército que pueda tener un país que no recuerda cuándo fue la última vez que tuvieron una asonada militar que ocupó el poder, y que sólo puede citar las veces que hizo aquello para lo que está, que es defender a la población de enemigos externos, no de sí misma.

Se puede ver entera en RTVE.

Obviamente en la película por antonomasia del franquismo, Raza, no podía faltar la Legión. Uno de los momentos más importantes de la película en ése en el que se le pide a un gachó que está rasgando la guitarra que cante una canción por la Falange, a lo que el maño accede gustosamente. Esto provoca lo que es sin lugar a dudas uno de los momentos más gays de toda la cinematografía mundial (se encuentra en 1h13, por si queréis ir directamente), no superado siquiera por el momento en el que Peter Lorre en El halcón maltés interpreta a un personaje amanerado al que sólo le falta lamer con avidez el puño del bastón con el que juguetea a la altura de la boca. En este caso el soldado del bando nacional, cuando poco antes se ha aclarado que "se está haciendo un gran servicio a Europa acabando con toda esta chusma de rojos", interpreta una canción que es La quiero ver levantada, mientras intercambia miradas de complicidad con un correligionario que parece tenerlo en su regazo, y que lo mira con verdadero arrobamiento. Por si fuera poco al acabar esa canción se ponen a cantar todos el Carrascás y al terminar un verso en "veterano" todos responden a coro "¡ano!", y antes de eso "voluntario" los ha hecho exclamar "¡ario!" Son esas cosas que puede que sean casualidad, pero siempre le queda a uno la duda. Aunque la interpretación con vueltas es posible, y para eso estamos, para sacar punta incluso donde no la hay, es necesario reconocer que quizá todo sea mucho más inocente de lo que parece. En una trinchera el espacio personal difícilmente se puede respetar y es absurdo pensar que cualquier forma de cercanía, intimidad o contacto físico tenga connotaciones sexuales, y ya sea en la milicia o en los boys scouts lo normal es ver muchos genitales además de los propios, y actividades hoy día tan poco habituales como jiñar en grupo y en público recuperan en tiempos de guerra la misma actualidad que tenían en los tiempos de los romanos. Aunque los ambientes castrenses inducían a comportamientos homosexuales por la completa falta de presencia femenina, eso está bien documentado, poco aportamos al mundo diciendo que cualquier cosa que no sea darse la mano entre dos hombres es puro mariconeo. Por otra parte, de nuevo, la interpretación cultural nos da la clave: es bien conocido que en países como la India que dos amigos o compañeros de trabajo anden cogidos de la mano se considera un gesto de respeto y camaradería perfectamente normal, y precisamente lo que se ve como una guarrada es que un hombre y una mujer, incluso casados, hagan lo mismo, y hay visitantes en Corea del Sur que se maravillan de lo cariñosas que son en público las parejas de chicos gays, cuando en realidad en ese país que dos amigos estén abrazados o se toquen mientras se hablan es de lo más normal, y el machomance se expresa sin problemas y sin que haya connotaciones sexuales. Hasta no hace mucho, en España, los viejos amigos caminaban cogidos del brazo, de ganchete, como muestra de respeto y de afecto, y si repasáis las fotos de los escritores del XIX y parte del XX veréis que solían retratarse por parejas de este modo, para que se viese que eran amigos y que se apreciaban. Hace décadas había un test de láminas para detectar homosexualidad latente que presentaba unos dibujos de chicos y chicas en actividades lúdicas o deportivas que había que ser un degenerado de verdad para ver algo raro en ellas, o sospechar de quien las viese como algo normal. Respecto a la Legión, como todo cuerpo particularmente orgulloso de los más firmes valores masculinos y de la hermandad, siempre ha promovido la camaradería entre sus miembros expresada en términos que entran en ocasiones en el campo de la expresión del amor ardiente: hacia la Patria, hacia Dios, a la misma Legión, y por supuesto por los compañeros de armas. Igual que los espartanos, que los templarios, o algunos cuerpos de élite de la Alemania nazi que cultivaron estas expresiones de afecto viril, siempre ha habido cierto cachondeo de si los Legionarios siempre se han querido más de lo que manda su mismo Credo, y como siempre el sentido común nos dice que en todas parte se han tenido que cocer habas. Como dato adicional siempre ha existido el rumor y la leyenda de que el legionario que era homosexual lo es mucho, pero mucho, nivel Ernst Röhm, y que como una excepcionalidad más del cuerpo no sólo sus compañeros lo saben y no les importa, como por cierto ocurría con el mandatario de los primeros tiempos del nazismo, sino que además lo admiran porque parte de la leyenda es que el legionario maricón es el más valiente y el primero en saltar la trinchera para ir a hacer fosfatina al enemigo, mito éste que se repite en otros ejércitos y cuerpos de élite del mundo y que viene a querer decir que el superhombre es extremo y voraz en todo lo que hace: si lucha y muere a lo grande, en el caso de ser homosexual, también lo sería a lo grande. Como ya os digo, la Legión es una fuente inagotable de anécdotas y habladurías, cuya veracidad hay que tomar con mucha cautela. Otro día ya os cuento el chiste de cuando en la Guerra Fría se reúnen a hablar un ruso, un usaco y un legionario para chulear de ejército.

La cabra de la legión, la famosa mascota del cuerpo que todos los niños quieren ver.
Durante un tiempo encima de la cabra iba un monito vestido de legionario.

Las mascotas de la legión, por cierto, tienen el rango honorario de cabos.

Volviendo al asunto del desfile, la legión lo cierra, podríamos decir, por todo lo alto. Si los regulares van más lentos, la legión va más rápido, a 160 pasos por minuto y con una postura que recibe el nombre de pechopalomo, todo con un ambiente de disco puesto a demasiadas revoluciones. Suponemos que hacen esto siguiendo lo que pone en el Credo, para llegar antes al enemigo. Eso les da un toque de lo más marchoso, e incluso bakala, te imaginas esa música de noche y que hacen malabarismos con neones y parecería Ibiza.

Mucho antes de que existiese el Tecnovikingo, teníamos nosotros a la Legión desfilando a "paso legionario" con ritmo de tambor bakala. Este término de ir a marcha rápida se ha incorporado al idioma en España, y se utiliza por ejemplo cuando para protestar cuando alguien te obliga a andar a un ritmo excesivo porque quiere ponerse en primera línea en un concierto de Justin Bieber, o se dice de alguien cuando ha comido demasiado pisto el día anterior y busca con desesperación un excusado y camina a toda prisa con el culito apretado. Además, entre otras peculiaridades, mientras que en el ejército español durante muchos años estuvo prohibida la barba en la clase de tropa, era habitual en los legionarios, e incluso algunos lucían una bien poblada, que sólo les faltaba el hacha y el casco para ponerse a saquear Inglaterra montados en un drákar. También, por su localización en el norte de África y sus acuartelamientos en el sur de España, se supone que tanto este cuerpo como el resto del ejército fue uno de los vectores por el que se extendió la costumbre de fumar lo que entonces se conocía como grifa, y todavía más antiguamente kif, como en La pipa de kif, de Valle-Inclán. Mucho antes de que se considerase un problema de salud pública o un delito una de las formas más habituales de los jóvenes de probar por primera vez el hachís era hacer la mili en África o que un familiar o amigo que hubiese estado haciendo allí la mili trajese a la península un poco en su bolsa de viaje, que por aquel entonces no olisqueaba ningún perro. ¿Qué creíais? ¿Que los primeros porros progres del desarrolismo los traían cuatro intelectuales mataos que iban a Francia a comprar libros de Sartre y que los fumaban a escondidas en los lavabos de la Complutense para desafiar al sistema? Pues no: fue tu primo mayor el de Mérida, el que había hecho la mili en Ceuta.


De todos modos la película por antonomasia de la Legión es A mí la Legión, una película con un argumento tan delirante que... bueno, está al nivel de algunas de las superproducciones que se hacen a día de hoy, con esto os lo digo todo. Obviamente tuvo un gran éxito en su época, y eso que si uno lo analiza el resultado no puede ser más paradójico. El título hace referencia al espíritu de camaradería por el que un legionario, al oír ese grito, y sin cuestionarse si el que lo emite tiene razón o no, irá en auxilio de cualquier compañero legionario. Nuevamente, moviéndonos en el campo de la leyenda y de las anécdotas contadas en la barra del bar, se pueden oír historias sobre reyertas en las que un legionario, que estaba chupando las del pulpo (probablemente en el contexto de una buena borrachera en un puticlús), lanza el grito de guerra y dos o tres legionarios anónimos, de distintas edades y procedencias, se ponen a defenderlo y a arrear mamporros como en una peli de Terence Hill y Bud Spencer, y dan vuelta a las tornas; a continuación, y después de hechas las presentaciones, suponemos, se van juntos de copas y de putas, como buenos compañeros de armas. Pues bien: todo esto en la película se ve un poco oscurecido por el hecho de que uno de los protagonistas sea en realidad un desencantado príncipe de un país imaginario, Eslonia, suponemos que limítrofe con Latveria, mozo éste sumido en la zozobra existencial y que por supuesto comprenderá las grandes verdades de la vida de manos del cuerpo de voluntarios españoles. Es un elemento tipo El prisionero de Zenda que descoloca un poco, además de otras chananteces del guión. Y bueno, es 1942 y los guionistas y director posiblemente todavía pensaban que los simpáticos nazis iban a ganar la guerra, así que se habla con desprecio de "ese hebreo" y el malo es un judío con chillaba llamado Isaac Levy que debía ser el primo africano de El judío Suss, todo muy blanco y en botella. También habría que reconocer la importante labor divulgadora que las cadenas consideradas como de la caspa, asociadas a la derecha más carca, la TDT Party, están haciendo por el cine, ya sea español o extranjero: por un lado, al ser de presupuesto ajustado, sólo ponen clásicos baratitos en vez de la jiña de otras cadenas, sobre todo pelis del oeste (también es que conocen bien la banda de edad en la que se mueve su público, todo hay que decirlo, de ahí la proliferación de anuncios de sonotones y sillones que te ayudan a levantarte), y además emiten muchas películas españolas injustamente olvidadas o arrinconadas, y que se merecen volver a ocupar un lugar destacado en nuestros gustos aunque sea a pesar de la intención original con la que se filmaron, sin olvidar que algunas independientemente tienen valores cinematográficos: Balarrasa, 15 bajo la lona, Botón de ancla, La paz empieza nunca (Jesús Puente matando rojos a sangre fría que ríete del Punisher, y Adolfo Marsillach de agente doble mucho antes de ser del PSOE), Cateto a babor en ambas versiones, pues hubo un tiempo en el que incluso se hacían remakes en España, y tantas otras. Es muy friki ver Troll 2, y las pelis de Charles Bronson dando un recital de reaccionarismo, pero en el país tenemos droga dura sin cortar que tenemos que aprovechar y valorar como se merece. Hace ya unos cuantos años en un piso de estudiantes recuerdo el visionado de Raza con su correspondiente charla-debate-coloquio entre elementos todos nosotros que no podríamos catalogar precisamente como adictos al fascio, y aquello fue el despiporre, era como ver una de Chuck Norris. Uno de mis amigos durante varios años, espontáneamente, decía de vez en cuando con afectada sobreactuación, al punto del llanto, "Yo tuve un pasado rojo, del que ahora me arrepiento", se sabía el diálogo completo y lo terminaba de forma emocionada al decir: "Pero hay alguien que nunca podrá perdonarme mi pasado... ¡YO!"

No entiendo cómo se ha podido colar esta imagen aquí.



En la Legión, casi todo tiene un punto que puede ser ligado con el frikismo moderno. Su aura de cuerpo de élite fanatizado y su mística religiosa concuerdan perfectamente con los sardáukar de Dune o los marines espaciales de Warhammer. En realidad, a día de hoy, y sin menoscabo de lo que se ha dicho anteriormente, y de su leyenda en la que ellos mismos se han regodeado para diversión y admiración o rechazo de todo el país, son un cuerpo del ejército de los primeros que se envían en esas famosas "misiones de paz" y otros saraos en los que hemos participado, y aunque mucha gente no lo sepa en ellas van vestidos con uniformes modernos que en poco se diferencian a las tropas de otros países, ya que la indumentaria clásica que se asocia a los legionarios o "legías" es para los acuartelamientos y los desfiles ya mencionados, bastante adaptada a las regiones calurosas en las que se mueven.


Pero donde sin duda la mística legionaria alcanza su perfección, y a eso íbamos desde el principio mientras nos íbamos de excursión a los Cerros de Úbeda, es en el Himno Legionario, que básicamente es una canción con su letra narrativa en la que se intenta sintetizar el credo existencial legionario: el ser para la muerte. Cuando Heidegger se puso en harina con Ser y Tiempo en los años 20, en España ya estaban comiendo el pan chusquero en los acuartelamientos legionarios. Puede parecer una chorrada, pero si una pseudointelectual como Sasha Grey pudo ser definida como estrella porno existencialista con mucha más razón se puede hacer con los legionarios. Tanto El novio de la muerte como otras piezas tales como la Canción del Legionario, insisten en un tema por otra parte común a muchos ejércitos del mundo: no tener miedo a la muerte, llegado el momento aceptarla con el orgullo del deber cumplido y recuérdese el párrafo anterior en el que sus almas verán cómo van a recogerlas una valquiria. Lo curioso de El novio de la muerte es que es una canción típica de la época que nos puede recordar por su contenido narrativo y estructura a canciones como El relicario: narra líricamente una historia que sintetiza la mística legionaria con el amor desesperado, el héroe anónimo, la muerte trágica en la flor de la vida, etc. Bueno, es que en realidad El novio de la muerte no es la obra de un patriota poseído por el volkgeist del pueblo y que cual hagiógrafo plasma en unos versos el sentimiento trágico de la vida, sino que empezó siendo un cuplé, interpretado por Lola Montes, y Millán-Astray consideró que era tan bueno que terminó siendo uno de los himnos de la Legión. Posteriormente, se adaptó como paso procesional por ejemplo en Málaga, en donde uno de los momentos más importantes de la Semana Santa es la procesión del Cristo de la Buena Muerte, que llevan los legionarios en alto mientras cantan, con no demasiada buena afinación, lo que empezó siendo una canción de cabaretes, locales en general dedicados a actividades muy poco sacras. Y la verdad es que la letra se las trae: al final, el único amor verdadero es la muerte, la que nunca te fallará; algo parecido a lo que le ocurrió al futuro Tercer General de la Compañía de Jesús, Francisco de Borja, que al ver el cuerpo descompuesto de su amada Isabel de Portugal dijo "Juro también no más servir a señor que se me pueda morir". Al final, no hay más meta que la muerte, y toda la vida consiste en prepararse para ella, como nos contaba el señor Manrique. Otra cosa no, pero en España sabemos crear cuerpos religiosos o militares con carácter, que la Compañía de Jesús, organizada como un cuerpo militar y cuyo máximo dirigente se denomina General, también tenía por objetivo ser una fuerza de choque, en este caso teológica, compuesta no por monjes chusqueros sino por intelectuales ascetas vestidos de negro de los pies a la cabeza.

La Legión representa la épica de la muerte, el impulso tanático, sexo, drogas y rocanrós, el sentido trágico de la vida, el desprecio de la propia mortalidad. Quizá el problema es que Unamuno y Millán-Astray se parecían demasiado, no que estuviesen en polos opuestos: ambos parten de una reflexión cristiana extrema de la existencia, y seguramente los dos estaban lamentablemente equivocados, con el pequeño detalle que los distinguía completamente de que Unamuno era un profesor de griego cascarrabias y Millán-Astray, como otros compañeros suyos, andaba animando a sus tropas a operaciones de limpieza ideológica que se pueden calificar como de genocidio. Sea como fuere, el discurso es estética, si no del todo éticamente, atractivo, por lo menos para una parte de la población. Todo esto mismo os lo estáis tragando en la cultura de masas con los klingon, Manowar y otras idas de olla parecidas, que sólo son aceptables porque operan en el reino de la fantasía, pero que reflejan parte de nuestra naturaleza violenta y propensa al fanatismo, de la que hay que ser consciente para tenerla a raya. También el de la Legión es un comportamiento masculino extremo basado en un hecho biológico, la misma "desechabilidad masculina" que explica por qué casi la totalidad de los accidentes laborales los sufren los hombres, por qué por mucha educación igualitaria que haya los deportes de riesgo atraen más a los varones y por qué a día de hoy en Arabia Saudita la principal causa de muerte de los jóvenes son accidentes provocados por la temeridad al volante, algo que dudosamente cambiaría si dejasen conducir de una puñetera vez a las mujeres.

Así pues, y aquí quería yo llegar, los legionarios son los novios de la muerte. Y cuando algunos de nosotros, verdaderos creyente, escuchamos eso, ¿en qué pensamos de inmediato? Pues en este señor:

Thanos, el titán loco, quiere ser precisamente el novio de la muerte, igual que su primo Darkseid busca la ecuación de la anti-vida. Thanos, para impresionar a la Muerte, es capaz incluso de enviarle a la mitad de la población del Universo como regalo. Es, por decirlo de forma suave, una verdadera ida de olla que sólo se puede entender en una etapa en la que los comics de superhéroes estaban totalmente salidos de madre, para alegría de todos. Personajes enamorados de la Muerte, Madonnas Celestiales que se casaban con un arbusto, esas cosas...
Que el fanart una lo que los intereses editoriales han separado.

Guiño a la distinguida competencia.

Desde luego el tema no es nuevo. La idea de que la Muerte sea una joven muchacha que enamora al guerrero y que tarde o temprano lo llamará a descansar a su regazo es casi tan viejo como el mundo, y podremos encontrarlo cientos de veces en los más variados formatos.

Así pues, con el afán de descubrir los aspectos estupefacientes de la realidad, e incluso con el ánimo de aumentarlos si es posible, eché mano de uno de mis contactos de Internet, Necio Hutopo, ciudadano de un país, México, que si ha sido origen de una novela colosal como Pedro Páramo es imposible que no tenga toda una historia y un anecdotario de lo más estimulante, de ahí que podamos ver a un grupo de mexicanos tocando gaitas al más puro estilo irlandés y que pese a ser un país eminentemente católico mantuviese una especie de Guerra Fría (y a veces bastante caliente) con el Vaticano durante más de un siglo, y la increíble historia de un gobernador que ante una pertinaz sequía tomó como rehenes a monjas y curas y advirtió al obispo que ya podía convencer a Dios de que empezase a llover o empezaría a fusilarlos, cosa que en efecto sucedió; no que los fusilasen, sino que lloviese, interpretable esto como que Dios fue intimidado por un gobernador mexicano o que en su infinita misericordia accediese a hacer llover y no montar una de las suyas. Así pues le expliqué a Mario mi intuición de que quizá, en su juventud, Thanos visitase la Tierra hace décadas, y que en la Legión Española comprendiese cuál era su único amor verdadero.

Hala, ya habéis visto la imagen, todo el rollo anterior sólo era para presentarla. No nos juzguéis con demasiada dureza, que todos estamos mal de una cosa o de otra.

Y en fin, antes de despedirnos habrá que contar el chiste de marras, que si no sé que me lo vais a preguntar en los comentarios: érase un estadounidense, un soviético y un legionario que, por alguna extraña razón que no atañe al chiste, están reunidos hablando entre ellos. Interprétese el donaire, como es preceptivo, dando acento yanqui macarrónico al primero, marcado acento eslavo al segundo y el típico deje cuartelero chulesco al tercero. Pues en esto que estaban hablando y dice el usaco:

-Nosotros tenemos tantas, tantas avionas, que si pasasen todos juntas por encima de nosotros, ahora mismo se oscurecería el sol.

-Eso no es nada -replica el ruso-. Si nosotrrros pusiéssemos todos nuestros barcos juntos en el Mar Negro, no se verría el agua.

-Pues eso no es ná -dice el coronel de la Legión-. En mi tercio está el cabo Morales, que cuando se le pone el troncho bien erecto, en él se posan cuatro palomos.

Ante esto los otros dos tragan saliva y se incomodan, de modo que dice de nuevo el primero:

-Bueno, quizá yo no me he expresada bien. Obviamente tenemos muchas avionas, pero sería imposible oscurecer el sol, se verían muchos rayos escapando del cielo.

-Sí, claro -dice el ruso-. Además los barrrcoss no tienen formas realmente rrrregulares, sería imposible que encajassen bien para cubrir por completo el mar.

-Yo igual tampoco me he expresao todo lo bien que debiera, miren ustedes -admite el legionario-. Obviamente, entre palomo y palomo, al cabo Morales se le ve un buen pedazo de polla.

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-SuperSantiEgo