17.6.16

Libros: Marsuf y La nave, de Tomás Salvador

Algún día tendré que meterme a discutir en profundidad la cuestión de los géneros, y cómo no sólo no es que en realidad ni siquiera existen, sino que además de ser un espejismo estaríamos mucho mejor sin ellos o sin hacerles el más mínimo caso. Básicamente, pienso cada vez con más claridad, no son sino una excusa para mantener públicos cautivos y cómodos en su cautiverio, y sobre todo son la coartada para sobrellevar la paradoja de que una mala novela pueda ser una buena novela de género X, y que una buena novela sea sin embargo una mala novela de ese género, como intentaba explicarnos de forma chanante Asimov sobre 1984 de Orwell. Y no se puede estar lloriqueando sobre que la literatura de géneros no es reconocida por la literatura general cuando hay tantos y tantos casos que desmienten esto: Harold Bloom, que no duda en tildar a Harry Potter como basura, reconoce que una novela de fantasía como Grande, pequeño, es una de las obras más sobresalientes del siglo XX, Houllebecq publica ensayos sobre Lovecraft, príncipe de la literatura pulp que a la vez abominaba de ella, Ernst Jünger escribe en 1947 Heliópolis ambientada en un futuro postapocalíptico y poético donde de forma alucinante ve con toda claridad lo que van a ser los smartphones o las google glasses, Ramón Gómez de la Serna (sí, ése, el de las greguerías) escribió en 1928 El dueño del átomo, en la que anticipa la energía y la bomba atómicas, Don Delillo escribe Cero K, un novelaco sobre la criogenización y la inmortalidad, y el español Tomás Salvador, cuando le venía en gana, y sin complejos, se ponía a contar historias sobre aventureros espaciales y sobre naves generacionales perdidas en el espacio además de historias sobre pícaros modernos e historias sobre la guerra. Las únicas obras que merecen que les metan caña independientemente de su ambientación o elementos reconocibles convencionalmente como genéricos son las que presentan clichés archiconocidos y personajes acartonados que actúan como idiotas y escritas por autores que se guían por plantilla y que cuentan con que su público se conforme con el mismo rancho de siempre, con los cuatro elementos claves que constituyen las mismas historias y con una resolución que se sabe cuál será desde la primera página.

El caso que nos ocupa en esta entrada son dos conocidas obras dentro de la ciencia ficción de Tomás Salvador, un autor fallecido en 1984 que quizá deberíamos empezar a reivindicar. Y no es que sea fácil. España, como es bien sabido, suele juzgar muchas veces por la cubierta, de modo que un señor que estuvo en la División Azul y ejerció como inspector de policía no es a priori buen material para presentar como autor cuya obra debe ser objeto de estima. Máxime cuando, según parece, aun siendo el típico señor de derechas de toda la vida y vivir cómodamente en el régimen franquista, en el que otros autores las pasaron canutas, no fue ni mucho menos la típica caricatura de falangista de pelo engominado que en sus ratos libres se dedicaba a dar palizas a rojos y maricones, sino todo lo contrario, un tipo bastante amable que incluso ayudó a gente que tuvo problemas durante el régimen, y que contribuyó como autor y editor a mejorar la cultura del país. Quizá deberíamos ser un poco más como Camilo José Cela y Umbral, que pese a estar uno a las antípodas ideológicas del otro, hasta el punto que Umbral le gustaba que lo definiesen como mito erótico del PC, siempre se llevaron bien y se respetaron. (Yo, por alguna razón que seguro que tiene algo que ver con la maldad, siempre los identifiqué con Batman y Robin). Por otro lado, ahora que tan de moda está lo de reivindicar lo de "escribir sin tonterías", tipo Pérez-Reverte y otros, Tomás Salvador es un ejemplo de narrador nato, y sin ser su estilo bronco o desastrado no deja de tener un uso pulcro de la lengua que ya querrían muchos de los que ahora confunden escribir sin artificio con ser unos garrulos o expresarse a hachazos.

Marsuf es una obra que, aun pudiéndose enmarcar dentro de la narrativa juvenil, no deja de ser una lectura agradable para un adulto. El personaje principal, un tripulante de naves espaciales ya anciano, ciego como Homero y todo un personaje célebre en un escenario de ciencia ficción clásica en el que el ser humano está colonizando el espacio, se dedica a ser un vividor, a componer poemas que luego se repiten por toda la esfera humana y a conocer las últimas novedades del Cosmos. Borachín, amante de las mujeres y de la aventura, se enrola en distintas misiones que constituyen los distintos capítulos de los dos libros que componen sus aventuras, llenas de humor pero también de cierta poesía y de reflexiones casi lemnianas, como cuando se encuentra con un planeta enano cubierto de hierba que parece ser inteligente, o la forma en la que consigue entenderse con una especie cuyo aspecto recuerda al de las hormigas. Por otro lado, os lo juro, en uno de los episodios, escrito unos cinco años de que Star Trek existiera, Marsuf mete en una nave a unos pequeños bichejos la mar de simpáticos que sin embargo tienen el inconveniente de ser más prolíficos que los conejos y que amenazan con ser un grave peligro para la nave que los adopte como mascotas. El personaje y sus aventuras podríamos relacionarlos con obras posteriores como las divertidísimas de Clarke & Kubrick en cómic, pero también con clásicos como Sinbad, e incluso con otras como Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis, un marinero errante y solitario sin más hogar que la cubierta o el catre del último navío en el que lo han contratado, y cuya única patria es vagar de un lugar a otro sin ningún compromiso.

Por lo que he visto, la mayor parte de la obra de Tomás Salvador no tiene ediciones actuales, así que para leer a Marsuf hay que echar mano al mercado de segunda mano. No es difícil encontrar las versiones de Plaza y Janés en su colección Rotativa, unos libritos pequeños en tapa dura donde sin problemas convivían títulos de García Márquez y Blas de Otero con obras de ciencia ficción, nacionales y extranjeras, y también es recomendable la edición de Doncel en su colección La Ballena Alegre (sí, antes de Twitter), con unas ilustraciones realmente curiosas de Goñi. Efectivamente: la Editorial Doncel estaba controlada por el Frente de Juventudes.







La obra más conocida de Tomás Salvador, además de Cuerda de presos, y una de las mejor tratadas por la crítica, es La nave, una historia de ciencia ficción dura en la que conocemos lo que ocurre en una nave espacial generacional enviada por la Tierra hace setecientos años, y que no ha alcanzado su objetivo por algún fallo técnico, de modo que se ha perdido en el espacio y continúa navegando hacia ninguna parte. Publicada en 1959, anterior en varios años a La balada de Beta-2 de Delany, y a muy juicio muy superior porque la del useño termina flipándose de mala manera al final, nos encontramos con algunos de los tópicos de ese tipo de narraciones en entornos cerrados, angustiosos y endogámicos, como por ejemplo la reciente saga del Silo, aunque siempre haya espacio para el cachondeo como en Enano rojo. En la nave, el único universo que conocen los descendientes de los seres humanos que iniciaron el viaje, conviven dos razas de mutantes, una de piel oscura y gruesa que mantiene una posición privilegiada y de poder, y otra que tras ser vencida en un pasado ya olvidado vive en los niveles inferiores en total oscuridad y ha creado una sociedad compleja y de costumbres extrañas que haría las delicias de un antropólogo. Nadie sabe en ese limitado espacio de dónde provienen, existen todos en un tiempo ahistórico y sin referencias, e ignoran cuál es el origen de esa Nave que les provee de todo y a la que rinden culto. La población, menguante a medida que la nave va fallando y se reduce la zona habitable, desconoce incluso los rudimentos del paso del tiempo y de la tecnología básica, y apenas si logra llevar a cabo labores de mantenimiento de forma ritualizada. De entre la casta superior surgirá un nuevo escriba que narra la historia de la nave, y que romperá el statu quo al hacerse algunas preguntas claves. La novela, aunque por momentos desoladora y en la que se intuye que todo puede acabar peor que mal pues no hay solución a la soledad irremediable en la que se encuentran sin posibilidad de salvación o rescate, contiene sin embargo un cierto mensaje de esperanza sobre la capacidad del ser humano de recuperar la dignidad.


-SuperSantiEgo

2 comentarios:

Cidi Hamete dijo...

Amén hermano.

Conocí a Tomas Salvador por "La nave" y me quedé flipado allá por 1982. Y cuando unos años más tarde encontré a Marsuf ya me conquistó.
Creo recordar que tiene otra novela "Las siete preguntas" bastante filosófica a la que recuerdo con cariño pero me da miedo releerla (tengo la edición de Plaza y Janes del año catapún)

Atentamente

capolanda dijo...

Coincido plenamente con el primer párrafo. Los géneros se han constituido como una manera de no tener que ser imaginativo y poder tirar de plantillas. El propio Lovecraft que nombras hablaba de vampiros y otras criaturas reconocibles de los cuentos, pero los recreó en vistas a lo que se sabía en su época de cosmología y, oye, le salió bastante bien. Precisamente ando releyendo una de sus colecciones y aunque se repite un poco, es bastante más original que ciertas obras modernas.