Probablemente el género tiene una de sus mayores obsesiones, por lo menos en el mundo anglosajón, con las ucronías en las que los nazis vencen en la Segunda Guerra Mundial o en las que ésta no acaba como conocemos. Conocidísima es El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, con los Estados Unidos ocupados por alemanes y japoneses, e incluso un autor que suena casi todos los años para el Nobel, Philip Roth, tiene una ucronía, La conjura contra América, en la que Charles Lindberg, un reconocido filonazi, hace caso a los que lo animan a meterse en política hasta que consigue la presidencia. Michael Chabon escribió también El sindicato de policía yiddish, en la que los judíos consiguen una especie de estado semiautónomo en Alaska, del mismo modo que en la URSS existió el Oblast Autónomo Hebreo. Es muy probable que de todos los subgéneros de fantasía o ciencia ficción las ucronías sean de los más visibles en la corriente general de la literatura.
En el caso español, no es de extrañar, el equivalente es el de "¿Qué hubiese pasado si la República hubiese vencido al Alzamiento de Franco?" Pues hay varias novelas, y aquí analizaré brevemente una de ellas, la de Fernando Vizcaíno Casas. Curiosamente, por lo que he visto, casi todas están escritas desde el lado vencedor; es decir: es gente de derechas que escriben una ficción para poner de manifiesto que el resultado habría sido igual o peor para el país de un modo u otro. Esto puede tener varias lecturas, pero desde luego eso no quiere decir que no haya habido, y mucho, especulación por parte de los partidarios de la República, que en vez de expresar sus anhelos en libros de ficción lo hicieron, y siguen haciendo, a través de sus ensayos, donde además de plantear la historia con su sesgo ideológico correspondiente en no pocas ocasiones deslizan sus proyecciones de qué habría pasado si fracasase el golpe de estado franquista, con un abanico de posibilidades que van desde que nos habría ido bastante mejor en general a atar los perros con longanizas.
Más que analizar la propia obra lo que me ha llamado la atención al releer esta novela que busqué varias veces por casa sin encontrarla, es la figura del autor, Fernando Vizcaíno Casas, uno de los escritores más populares y vendidos en España en los treinta años anteriores a su muerte, lo que lo convirtió en un verdadero escritor de bestsellers en un país que entonces como ahora se decía que no leía ni el tato. Ideológicamente era "un señor de derechas de los de toda la vida", habitual contertulio de programas de radio y de tertulias políticas donde se reunía a decir chascarrillos políticos con otros señores de derecha de toda la vida. La tesis de Vizcaíno Casas, más o menos, se reduce en lo que dijo Mayor Oreja sobre que muchos españoles vivieron el franquismo con extraordinaria placidez, y que fue un tiempo de paz, tranquilidad y buenas costumbres españolas y castizas en las que la gente de bien no tenía nada de lo que preocuparse siempre que, como también solía decirse, "no se metiese uno en política". A su manera, no le faltaba razón: los adeptos al régimen como él no tenían mayor problema para vivir y prosperar. Sería como preguntar a un blanco, anglosajón y protestante en los estados del Sur si alguna vez había sufrido algún tipo de exclusión por razón de raza, color o religión, que se habría quedado perplejo sin saber de lo que le hablabas.
Lo curioso es que aunque un personaje muy conocido, y que incluso llevó a causar la curiosidad de otros escritores como Francisco Umbral, que trató la obra de este autor en su diccionario de literatura, a casi diez años de su muerte no encuentro ediciones vivas de sus libros, aunque desde luego por supuesto encontraremos algunos ejemplares en librerías y en las de segunda mano. Mientras se mantuvo en activo y como un conocido personaje público, dando a la imprenta casi un libro por año, vendió libros por cientos de miles, pero a sólo una década de su muerte parece haber caído por completo en el olvido, o eso parece por lo que he visto. En mi casa había bastantes novelas de este señor, porque obviamente le gustaban a mi padre, y la verdad es que se leen sin sentir, no están mal escritas y en un tarde tonta te ventilas una. Eso sí, no engaña a nadie: su visión de España, hable de la de Franco, de la Transición o la Democracia, es la de un señor de derechas de toda la vida. A pesar de sus sesgos ideológicos tiene su gracia lo que cuenta y cómo lo cuenta, y desde luego es imposible no encontrarle cierta comicidad a lo que expone en Las autonosuyas o De camisa vieja a chaqueta nueva, donde se pitorrea, y mucho, de tantos y tantos que empezaron su carrera política con el brazo en alto y como si se tratase de un degradado de color perfecto hecho con photoshop terminaron de puño en alto en los mítines del PSOE después del Congresos de Suresnes, y sin que, como quien dice, nadie se diese cuenta de la transformación, o no se la quisiese dar demasiada. Según él, y razón no le faltaba en parte, seguir siendo un señor de derechas de toda la vida era mucho más coherente.
Recordar a Vizcaíno-Casas, sus libros y sus muchas intervenciones en la radio y la televisión recuerda también que hay una continuidad entre esa época de hace más de veinte años y lo de ahora, con la TDTParty y las distintas televisiones de la derechona interpretando la realidad como si la viesen desde los ojos de David Lynch. Ya en aquella época, y como se puede ver por la contracubierta del libro, este escritor y algunos de sus correligionarios que siguen en activo o fueron mentores de las actuales estrellas del agitprop "liberal de toda la vida", se presentaban a sí mismos como rebeldes, casi como contraculturales o incluso como luchadores contra lo políticamente correcto, que se suponía era toda la etapa del felipismo (1982-1996), y de ahí vienen los mitos de la Memoria Histórica como némesis a la que combatir cuando las personas de bien a las que ellos representan quieren dejar a los muertos en paz, o el de que en España se hacen única y exclusivamente películas, malísimas, de la Guerra Civil, cuando cualquier análisis estadístico nos demostrará que no, y ya nos gustaría que saliese por año una película como La vaquilla. Sí, eso que la gente ahora repite hasta el hartazgo proviene de esa época, en la que efectivamente se hicieron varias películas sobre la Guerra Civil, porque antes no se hacían, y las que se hicieron como comprenderéis eran Raza y otras donde unos aseados y bien hablados mozos falagistas daban chicharrón a la hez roja borracha y mal encarada acompañada por el resto de la canalla mundial marxista. Pero bueno, ya sabéis: por un perro que maté, mataperros me llamaron, y como hubo unas cuantas películas de ese estilo en una década ahora los indignados del 15M y cualquier intelectual de todo a cien repiten eso como crítica al régimen cultural español, y no hacen sino seguir la moda de estos simpáticos señores con los que seguro que creen que no tienen nada que ver. Felicidades.
La Inflexión Jonbar de esta ucronía, no demasiado explicada, es la ruptura del Frente de la Batalla del Ebro, gracias a un apoyo más claro de las potencias que apoyaban a la República. Tras esto, se gana la Guerra Civil. Vizcaíno Casas, por supuesto, no escribe nada que no se le hubiese oído antes en otras novelas o en sus intervenciones en los medios de comunicación. Aunque tiene razón en que al final de la guerra el Partido Comunista ya era lo único que quedaba con un mínimo de organización y el gobierno republicano daba igual lo que dijese porque ya todo era un sindiós, pasa a deducir de ello que en una victoria republicana inmediatamente España se sovietizaría de modo que pasaría a ser poco más que un gobierno títere de la URSS, con un embajador estalinista que tendría como quien dice casi la última palabra en todo, con Negrín, Dolores Ibárruri y Carrillo riéndole todas las gracias. Azaña, esperándose ya lo peor, terminaría por dimitir de su cargo, con lo que quedaría de presidenta La Pasionaria y de jefe del gobierno Negrín. Ni que decir tiene que para entender mínimamente bien la novela hay que estar familiarizado como poco con los nombres y cargos de los principales protagonistas de la época, aunque a día de hoy si hay algún problema no hace falta más que orar un poco a Santa Wikipedia.
La novela, aunque ágil y con sus puntos de humor, no deja de ser un muestrario ideológico del autor, que cuela sin ningún repato algunos de los tropos más habituales sobre la Guerra Civil y la hidra roja de los de su cuerda, que como ya digo siguen vigentes pero pasados por el tamiz de Internet y el "sin complejos" de esta nueva hornada de hermeneutas históricos y blogueros salvapatrias que todos conocemos, que no tienen las cortapisas de la buena crianza de Vizcaíno Casas, que desde luego tampoco se amparaba en el cobarde anonimato para soltar sus chanzas, en el caso de los actuales pura hiel y odio reconcentrado. Por eso salen cosas como que El Guernica fue pintado antes del bombardeo, tesis siempre apoyada por Federico Jiménez Losantos, y por supuesto se dedica a cachondearse un poco de Picasso y Heminway (no mucho, porque es consciente de que son figuras de mucho peso), y se centra sobre todo en Carrillo y en La Pasionaria, que falleció en el mismo año de publicación de esta novela, 1989. Más grave es sin duda, y donde el autor la caga y mucho, es al ridiculizar la importancia de García Lorca, proponiendo que su fama es, contrafácticamente, un camelo, ya que en su fábula en la que es la República el bando ganador los perdedores elevan a los altares del martirio literario al abuelo de su amigo Alfonso Ussía, el dramaturgo Pedro Muñoz Seca, cuya obra se traduce y se convierte en objeto de estudio en todo el mundo gracias a su fusilamiento en Paracuellos. No sólo don Fernando cae así, sin saberlo, en la pura defensa de la crítica literaria como constructivismo, sino que además está insinuando que el abuelo de su amigo sencillamente no se merecería esa fama como tampoco se la merece García Lorca, que efectivamente es un mártir del bando perdedor de la guerra. Vamos, una burrada de espanto. Sobre el caso de García Lorca se puede admitir que, después de cierto oscurecimiento oficial por parte del franquismo, que no prohibió su lectura aunque lo ninguneó por completo, de modo que en España circulaban las ediciones argentinas de Editorial Losada, quizá hubo durante unos años un hastaenlasopismo de Federico García Lorca, con homenajes continuos y actores e intelectuales hablando extasiados de "Federico" como si hubiesen compartido con él pupitre, pero a pesar de exageraciones o martirios nadie duda que ese señor fue uno de los poetas y dramaturgos más importantes en español del siglo XX, y su fama internacional es más que merecida, mientras que nadie discute el talento de las astracanadas de Muñoz Seca pero están muy lejos de ser una obra tan transcendente como la del granaíno. Pero a Vizcaíno Casas le puede hacer la broma y le sale por la culata a poco que uno lo piense.
Mucho más grave es cuando se mete en política internacional. En otro requiebro muy propio de su camarilla, y que sigue teniendo sus representantes en "historiadores" como Pío Moa o César Vidal, al llegar la Segunda Guerra Mundial, sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, y desde luego a Clío ni de coña, se inventa que los nazis y la URRS de Stalin se alían, pero de verdad, cuando hasta un estudiante de bachillerato debería saber que es inconcebible tal pacto antinatura e incluso a nivel personal cualquiera entiende que jamás podrían ir en el mismo cartel dos prima donnas como Hitler y Stalin, además de que el pacto Ribbentrop-Mólotov es más que sabido que se firmó para romperlo a la primera oportunidad. Así que imaginaos la que le cae al Reino Unido con los nazis y los soviéticos juntos. Eso: las del pulpo. Y os estaréis preguntando: ¿y qué pasa con Japón? Porque los japoneses también existen, ¿verdad? Pues eso debió preguntarse el autor y no supo qué respuesta darse, así que... Japón no existe. La Segunda Guerra Mundial sin Japón, pienso lo mismo que vosotros, es como un jardín sin flores. ¿Habla de algo de la persecución a los judíos, y cómo se habría apañado la Alemania nazi para su Solución Final con los rusos y los españoles de su bando? Pues tampoco, ni palabra, para qué meternos en líos. Con lo cual, los nazis no parecen ya tan malos, sino sólo unos invasores más del montón sin ese hecho diferencial que los hace tan interesantes como villanos despreciables; eso sí, con los trajes más bonitos. Para colmo, la república sovietizada que sale de la imaginación desbocada de Vicaíno Casas hace cosas rarísimas, y como no podía faltar, los nacionalismos empiezan a hacer lo que les da la gana, a la vez que por supuesto poco se hace por los derechos de la mujer y no digamos ya por otros colectivos como los homosexuales. Bueno, aquí es selectivo en sus odios y manipulaciones: la URSS, efectivamente, se significó por pasarse por ahí mismo los derechos de las nacionalidades que quedaron en sus fronteras, de modo que "Habla ruso o que te den" y paneslavismo con los rusos como nación elegida por la Historia, todo quedó supeditado al centralismo de Moscú y desde luego por muchas Teleshkovas y otros elementos propagandísticos la mujer tenía que pintar entre poco y nada en una sociedad que era de un tradicionalista y gerontocráticomachista que tiraba de espaldas, y nuevamente hasta hace cuatro días de los derechos de los homosexuales más de lo mismo. La integración de la mujer al trabajo en la mayor parte de los sectores y centros de poder y los derechos de los homosexuales son fenómenos que se han dado exclusivamente en sociedades democráticas y abiertas, y sólo desde hace unas pocas décadas. Mira, lo de las feminazis y los lobbys gays que quieren mariconear al planeta no se lo podrán achacar al bloque soviético, también es lástima.
En fin, una chapuza de cuidado esta novela. En los dos últimos capítulos ofrece dos posibles salidas a la situación planteada, en dos líneas temporales divergentes. En una los Estados Unidos se mantienen neutrales, con lo que Alemania, la URSS e Italia invaden el Reino Unido de forma análoga a como hicieron las cuatro potencias con Alemania, y España se convierte en un país completamente sovietizado con una economía planificada de mierda, a lo que podría uno responder al ingenioso autor que mira, lo mismo que hizo Franco en el período de autarquía, que nos comíamos los mocos, y eso los domingos, y menos mal que empezó a emigrar la gente y a enviar divisas un tiempo después, y no quiero empezar a comparar esa época con lo que puede que pase ahora porque me deprimo. En cierto modo, con lo que ha escrito anteriormente, ésa sería la única conclusión lógica. Pero no, decide dar otra salida alternativa, todavía más descabellada: los Estados Unidos entran en guerra, y lo primero que uno se pregunta es si John Bellusi en Desmadre a la americana no tuvo un destello de ese mundo alternativo cuando dice que los alemanes bombardean Pearl Harbor, aunque ni siquiera hay esa excusa imposible, simplemente entran en guerra porque sí y porque Churchil se tira con una pataleta por el suelo y amenaza a Roosevelt con dejar de respirar y ponerse morado si no ayudan a su antigua metrópoli, y ellos solitos y con el Imperio Británico ya hecho unos zorros ganan. Como ni siquiera la capacidad bélica de los salvadores americanos, y eso sin tener que preocuparse de Japón, podría medirse con la burrada que sería un ejército alemán casi intacto y el soviético nuevo casi a estrenar, el autor se inventa que, precisamente en el momento en el que los dos dictadores necesitan estar más unidos, cada uno se va por su lado, fíjense ustedes en la gilipolluá, con lo cual McArthur, Ike, Patton, y ya puestos hasta el Capitán América y Bucky ganan la guerra mundial, invaden España y en 1947 se celebran las primeras elecciones libres bajo la férula de los Aliados como reflejo del referéndum que hizo Franco en ese mismo año, y como uno es un hijoputa sin remedio se imagina que, igual que las que hubo en Italia en 1948, para enseñarnos a todos lo que es la democracia, se influyó todo lo que se pudo en el resultado de modo que no ganasen los que no convenían. Ah, y no me olvido del último detalle: los Estados Unidos casi al final de la guerra, y para dar un aviso a los soviéticos de que empezará en esa línea alternativa también la Guerra Fría, lanzan una bomba de hidrógeno sobre Dresde. No, no me he equivocado: de hidrógeno, pasando de A a C sin pararse antes por B, con un par. ¿Que no lo entendéis? Yo tampoco, ni siquiera considerando que es una realidad alternativa.
En definitiva, literariamente hablando, el señor escribía más o menos siempre igual, y era un escritor prolífico que no se complicaba demasiado para sacar puntualmente un libro cada año, por lo que la lectura de sus libros era tan fácil de realizar como de olvidar, de modo que apenas si dejan poso y explican, en parte, la nula vigencia de su obra, por lo menos en lo que yo he visto respecto a ediciones vivas de sus obras. En este caso, al alejarse de su registro más logrado, satírico y de chufla de los advenedizos políticos de los que tanto se reía, y al meterse en un tipo de historia que no sabe llevar a cabo ni tratar con un mínimo de rigor, naufraga completamente para cualquiera que tenga incluso un somero conocimiento de la historia universal, y confirma a mayores las sospechas de que sus correligionarios de entonces y sus seguidores de ahora en esa empresa revisionista o antirrevisionista de la realidad histórica española no tienen en el fondo más que la misma ligereza y frivolidad, aunque disfracen de gravedad y rigor lo que no es sino puro esperpento.
Eso no quiere decir, desde luego, que no haya excesos interpretativos por el otro lado. Como ya he expuesto, es innegable que quizá hubo una excesiva relevancia de películas sobre la Guerra Civil desde el bando del perdedor durante el felipismo, hasta cierto punto algo comprensible porque antes no se pudo, o que la garcíalorcamanía no llegase a ser a veces un poco agobiante, del mismo modo que muchos historiadores y opinólogos en general han especulado a tontas y a locas sobre la potencia mundial en lo cultural y en lo económico que se habría convertido España de no haberse producido el Alzamiento o si de producirse la guerra civil la vencedora hubiese sido una más que debilitada República. Es indudable que los cuarenta años de paz por las malas que trajo Franco después de la guerra civil que ganó sumieron al país en un atraso increíble cuando en el resto del mundo con el que deberíamos habernos relacionado se desarroban movimientos culturales, científicos y filosóficos en los que no pudimos participar más que con los exiliados, y que es una rémora que no hemos sabido superar más que parcialmente, igual que nos quedamos mirando papando moscas la mayor parte del siglo XIX cuando se movían las cosas en Europa y aquí como mucho se terminó haciendo la versión castiza, en el mejor de los casos aprisa, mal y corriendo. Sin Franco habríamos sido otra cosa interactuando económica y culturalmente en el entorno europeo y mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial, pero no está nada claro cómo podríamos haber llegado a esa situación con la que teníamos montada, que era un polvorín, ya que bastante antes de empezar la guerra no sólo había dos bandos que ya estaban en pie de guerra latente y con disparos antes del 18 de julio de 1936, sino que dentro de ellos también se produjeron todo tipo de choques y el quítate tú para ponerme yo, y si no te quitas te quito.
Por otro lado, aunque sea muy atractivo el "qué hubiera pasado si", la realidad es que pasó lo que pasó y porque pasó, no hay vuelta de hoja y si mi abuela tuviera lo que tiene mi abuelo sería mi abuelo, no mi abuela. La República cometió innumerables errores del mismo modo que los cometió la dictadura de Primo de Ribera que la precedió, y nació, por así decirlo, ya herida de muerte y con graves problemas cuya propuesta de hipotética y genial solución es puro afán especulativo después de tantas décadas, y puro ejercicio de fantasía, no de discusión histórica seria. Por si fuera poco en muchas de sus decisiones estratégicas la misma República puso todo a punto, desde luego sin quererlo ni verlo venir, para que un generalote de los que tanto han abundado en nuestra historia diese el consabido golpe de estado, y en este caso el que quedó al final en pie fue Franco, y el resto es historia. De hecho el consenso es que, una vez empezada la guerra civil, y con Europa aterrada ante la idea de otra guerra mundial que al final terminó llegando de todos modos, la República estaba militarmente vencida desde primera hora, aunque como siempre no es difícil llegar a esa conclusión porque eso fue lo que pasó al final.
En definitiva, que la ucronía o historia alternativa sobre la Guerra Civil tiene bastante predicamento en este país, y ya sea por el ensayo o la ficción el pensar qué hubiese pasado si ganan lo rojos tiene cierta solera, como vemos en este artículo que repasa las distintas versiones que varios autores han dado al fenómeno, y que me iré leyendo y comentando aquí si le veo interés.
Por último, hace un par de años, La Sexta, que viene a ser la cadena más progre e izquierdosa de España, hizo un falso reportaje sobre el asunto, donde aparecía esa línea temporal republicana y la bandera era tricolor y no rojigualda. Como curiosidad no está mal, pero también da cierta vergüencita ajena, sobre todo cuando, en una convergencia histórica muy difícil de creer, y en un alarde de nadar y guardar la ropa de aplauso por parte de la cadena tan progre, nos muestra una República Española donde los Borbones son la mar de queridos y el príncipe Felipe fue igualmente abanderado en la Olimpiada del 92. Vamos, que hasta para eso somos unos impresentables los españoles: en Francia, en Italia o en Alemania a los pretendientes al trono los tratan poco menos que como a frikis, de Grecia ya no digo nada, y aquí siguen siendo las estrella del Hola hasta cuando ya no están en el poder, como si los españoles no fuésemos como el resto de la humanidad y como a todos no se nos hiciese el culo gaseosa ante el glamour que conllevan el poder, el dinero y el relumbrón de lo que no es sino oropel. Joder, ni reinventando el país con la fantasía, que no hay límite alguno, sabemos hacerlo bien.
Mamen Mendizábal me sulibeya.
-SuperSantiEgo