Anda que... ya os vale.Bitácora personal para la investigación exhaustiva de los aspectos estupefacientes de la Realidad. Observatorio político para el seguimiento de la evolución de la guerra eterna entre el Bien y el Mal. Foro unipersonal que aboga por la consecución de un frikismo cartesiano, racional e ilustrado
28.7.07
26.7.07
El comercio ético es sólo otra forma de mostrar lo rico que eres
George Monbiot
Tuesday July 24, 2007
The Guardian
No se suponía que iba a pasar de esta forma. Los científicos climáticos nos habían advertido de que nuestros inviernos se tornarían más humedos y nuestros veranos más secos. Por lo visto no puedo culpar de estas inundaciones al cambio climático o a razones que sean coherentes con los modelos disponibles. Pero, como el fantasma de las próxima Navidades, estas inundaciones nos ofrecen una pequeña muestra del mundo invernal que habitaremos si no solucionamos las cosas.
Con el nivel del mar en aumento y el incremento de lluvias invernales -y recuerden que cuando los árboles permanecen hibernados y los suelos saturados hay menos lugares hacia donde la lluvia pueda trasladarse - bastará con que coincida una inundación de agua fresca con una marea alta primaveral para obtener la fórmula de una hecatombe sin precedentes. Ahora hemos podido observar cómo inundaciones locales pueden borrar del mapa infraestructuras esenciales y saturar los servicios nacionales de emergencia. Pero los sucesos de este mes en Gran Bretaña tan sólo registran una mínima parte de las predicciones que circulan en la literatura especializada. Nuestra lucha política primaria debe ser dirigida a prevenir el deshielo de las masas polares de Greenland y el Antártico occidental. La única pregunta que actualmente merece la pena hacerse ahora sobre el cambio climático es cómo ocurrirá.
Docenas de nuevas publicaciones parecen proporcionar una respuesta: podemos salvar el mundo si adoptamos "estilos de vida mejores y más verdes". La pasada semana, por ejemplo, the Guardian publicó un extracto de 'A Slice of Organic Life', el libro escrito por Sheherazade Goldsmith -casada con el multimillonario activista medioambiental Zac - en el cual la autora nos enseña 'a vivir dentro de los límites de la naturaleza'. Es fácil. Uno tan sólo tiene que fabricarse su propio pan, mantequilla, queso, mermeladas, salsas y salazones, poseer una vaca lechera, unos cuantos cerdos, cabras, ocas, patos, pollos, panales de abejas, jardines y huertos. Bien, ¿a qué están esperando pues?.
Su libro contiene un montón de útiles consejos y la autora se nos presenta como un ser humano modesto, sincero y bien informado. Pero nada menciona acerca de forzar un cambio político en este tema, ni una sola palabra. Ustedes pueden salvar el planeta desde sus propias cocinas -si tienen, eso sí, todo el tiempo del mundo y muchísimas hectáreas de terreno en propiedad. Cuando estaba leyendo el libro en el tren, otro pasajero me pidió que le dejara echar un vistazo. Ojeó las páginas durante unos segundos y luego resumió el problema en siete palabras: "Esto es para gente que no trabaja".
La obsesión de los medios de comunicación con la belleza, la salud y la fama contagia cada uno de los temas que abordan, pero no menos que su obsesión por las políticas ecológicas. Existe un conflicto inherente entre el periodismo sobre estilos de vida ideales que hace sentir mejor a sus lectores mientras les vende cocinas rústicas y la exigencia central del activismo medioambiental: basado esencialmente en que debemos consumir menos. "Ninguno de estos cambios representa un sacrificio," afirma Goldsmith. "Estar más concienciado no significa renunciar a cosas". Pero esto sólo ocurre si, como ella, uno posee más de una casa cuando otros no poseen ninguna. A pesar de lo incómodo que resulta tanto para los medios de comunicación como para sus anunciantes, renunciar a cosas es un componente esencial para hacerse 'verde' (ecológico). Una sección sobre el comercio ético en el libro de Goldsmith nos aconseja comprar productos orgánicos, de temporada, sostenibles, reciclados. Pero nada dice acerca de comprar menos.
El consumismo 'verde' se está convirtiendo en el sarampión planetario. Si tan sólo se lograse reemplazar los productos dañinos por productos menos dañinos yo personalmente lideraría este movimiento. Pero actualmente se están desarrollando dos mercados paralelos -uno para los productos no-éticos y otro para los productos éticos, y la expansión del segundo hace bastante poco por reducir el crecimiento del primero. Ahora mismo estoy cubierto por una marea de ecobasurillas. En los últimos seis meses, nuestras perchas se han llenado de bolsitas de algodón orgánico, las cuales -rellenas de paquetitos de té de gingseng y sales de baño al aceite de jojoba - son ahora el regalo obligatorio en todos y cada uno de los eventos medioambientales. Poseo suministros suficientes para durarme varias vidas de bolígrafos fabricados con papel reciclado y alrededor de media docena de cargadores solares en miniatura para aparatitos que no poseo.
La pasada semana The Telegraph conminaba a sus lectores a que no abandonasen la lucha para salvar el planeta. "Aún existe esperanza y las clases medias, con sus recicladores y eco-aparatillos, liderarán el camino." Además ofrecía algunas útiles sugerencias, tales como un "coche de carreras de juguete propulsado mediante hidrógeno", el cual, por tan sólo 74.99 libras esterlinas, se vende con un panel solar y una célula de combustible. Sólo Dios sabe qué extraños metales y procesos altamente energéticos deben ser empleados para fabricar semejante cachivache. En nombre de la conciencia medioambiental, simplemente hemos creado nuevas oportunidades para obtener un capital extra del consumidor medio.
El comercio ético está en peligro de convertirse en otro símbolo de estatus social. He conocido a gente que se ha comprado paneles solares y turbinas eólicas antes de haber aislado sus lujosas viviendas, en parte porque adoran los aparatos pero también en parte, sospecho, porque así todo el mundo puede ver lo muy concienciados y ricos que son. Frecuentemente se nos dice que comprando estos productos estamos de esta forma potenciando el pensar más ampliamente acerca de los retos medioambientales, pero es igualmente probable que estemos fomentando así mismo la despolitización en este tema. El consumismo verde es otra forma de atomización (disgregación) - un sustituto de la acción colectiva. No se logra ningún reto político comprando.
Las clases medias cambian las marcas de sus vidas, se felicitan a sí mismas por hacerce 'verdes' y continuan comprando y volando tanto como antes. Es fácil visualizar una situación en la que todo el mundo compre religiosamente productos ecológicos y en el que las emisiones de carbono a la atmósfera continúen incrementándose.
Como argumentan muchos activistas medioambientales, es verdad que la mayoría de la gente encuenta bastante más atractivo un estilo de vida ideal ecológico que un puritanismo austero. Pero también puede resultar alienante. He conocido a muchos trabajadores agrícolas y arrendadores de granja que andan desesperados por iniciar su propia granja pero que han sido excluídos por lo que ellos denominan "horsicultura": pequeñas parcelas de tierra agrícola que están siendo compradas para utilizarlas como pasto para ponis o granjas recreacionales (hobby farms). En lugares como Surrey y New Forest, el terreno agrícola se vende a más de 30.000 libras esterlinas por acre debido debido a los urbanitas deseosos de comprarse estilos de vida orgánicos. Cuando los nuevos propietarios se disfrazan de lecheros y luego cuentan a los excluídos cómo hacen mantequilla, están corriendo el riesgo de convertir el activismo medioambiental en un capricho más de la élite.
Cuestiona el nuevo consumismo verde y entonces te transformas en un paleto y un aguafiestas, el cenizo de la diversión. Contra este nuevo mundo de aspiraciones orgánicas uno se ve forzado a proponer ásperas y aburridas propuestas: restricción del carbono en la industria, contracción y convergencia, regulaciones más estrictas en el sector de la construcción, carriles especiales para transportes colectivos en las autopistas. Ningún suplemento dominical a todo color incluye un artículo sobre estos temas. Ninguna estrella del rock podría vivir confortablemente ajustándose a su ración de carbono.
Pero estas medidas y la larga y dura batalla política necesaria para ponerlas en vigor, son desafortunadamente necesarias para prevenir la catástrofe que las recientes inundaciones presagian -más que meramente jugar a ser verde-. Sólo cuando estas medidas sean aplicadas podrá el consumismo verde llegar a ser un substituto del consumismo actual, más que un suplemento. Son más difíciles de vender, aunque sólo sea porque no pueden ser compradas por catálogo. Difíciles medidas políticas deberán ser elegidas y la élite económica y sus hábitos de consumo deberán ser cuestionados, en lugar de ser fomentados y alabados. Los multimillonarios que ahora han abrazado felizmente la agenda verde podrían de repente descubrir otro causa urgente a la que dedicarse.
[ARTÍCULO ORIGINAL EN INGLÉS AQUÍ : http://www.guardian.co.uk/commentisfree/story/0,,2133120,00.html
Más de series: Weeds y Jericho, y una pinícula: Pathfinder, El Guardián del Desfiladero
La verdad es que la serie está muy graciosa, es verdadero humor negro y adulto con mala uva, y para qué negarlo, con Marie-Louis Parker es que sencillamente no respondo.
Marie Louis Parker: "Antes de que digas nada, SuperSantiEgo, aunque quisieras, que ya sé que quieres, no me iba a dejar."
SuperSantiEgo: "Jope, mi fama me precede."
Y si no habéis visto la película El jardín de la alegría, de temática muy similar hasta el punto de que no me extrañaría que hubiese sido la inspiración para la serie, estáis perdiendo una oportunidad de oro de echaros unas risas brutales.
Jericho. Bueno, nombre bíblico habemus. Pero es un pueblo de Kansas, así que surge la duda de si llamarlo con la pronunciación original o con la propia nuestra, que es Jericó, igual que Albuquerque lo decimos con pronunciación en cristiano como si se tratase de su homónimo de Extremadura, y decimos Los Ángeles y San Francisco, no losánnnyeles, o sanfransiscouuu. Las dos opciones me podrían valer, pero lo que no es de recibo es lo de Jérico, pronunciación esdrújula con la “j” a la española. Por ahí sí que no paso. Otra cosa es que la gente entienda la referencia bíblica, y por tanto qué significado tiene que el pueblo se llame precisamente Jericó. Me imagino que la gente en general no lo entendería ni traducido ni sin traducir, así que quizá daría lo mismo a ese respecto. También en Matrix los listos de los traductores hicieron que Zion se pronunciase “saion”, para que no se pareciese en nada a nuestra Sión, aunque hay que reconocer que decir Zión hubiese dado un toque de andalucismo un tanto curioso. Pero bueno, os recuerdo nuevamente que en El único, de Jet Li, el Universo Hades se pronunciaba “universo jeids”, me imagino que por respeto al original... o porque hay gente que sólo es capaz de tener ideas mientras planta un pino.
Reconozco que la empecé a ver porque quizá la confundí con Jeremiah (¿Habría huevos de llamarla Jeremías en España?, que también va de futuro apocalíptico, y además estaba Strazynski detrás. La verdad es que me pasa un poco como con los zombies hiperacelerados de 28 días después y El amanecer de los muertos, que da la impresión de que antes de infectados los tipos seguro que no corrían y pegaban semejantes saltos como después de muertos, que parece que ser zombies les ha sentado estupendamente a la salud. Aquí vuelan por los aires no se sabe ni cuántas ciudades de los USA… y hala, todo de puta madre. ¿Dónde está el fallout de polvo lleno de isótopos mortíferos, la lluvia radiactiva que echará a perder las cosechas, contamina el agua, los acuíferos y lo demás? Sí, se esconden todos porque llega la lluvia radiactiva y después de que termine, ¿qué? ¿Ya ha pasado todo y no se queda la mierda en el suelo? ¿Por qué no actúa el EMP directamente? ¿Y los saqueos, los refugiados de las zonas cercanas a las explosiones, el stress postraumático y lo demás? Porque aquí lo que se ve es un buenrollismo a lo Norman Rockwell que da un poco de dentera, y los vecinos y las familias resuelven sus conflictos y diferencias con la buena fe propia de las gentes del área rural, con el diálogo abierto, aprendiendo que sólo con el trabajo común y la generosidad hay posibilidades de sobrevivir.
¡¿Pero os queréis empezar a matar ya de una vez, joder?! ¡Acaparad agua y alimentos, coño, que ha empezado la Tercera Guerra Mundial! ¡Que salga alguna banda de saqueadores postapocalípticos, o los pirados supervivicionistas armados hasta los dientes que andan metidos en sótanos esperando el fin del mundo, leche! ¡Más Mad Max y menos Picket Fences, por favor!
Lo que nos faltaba pal duro: un cross over entre El día después y La casa de la pradera.
Por si fuera poco algunos nos dicen que lo que es la serie en sí se parece mucho en su argumento a una película de serie B de 1962: Pánico Infinito (Panic in Year Zero).
Sobre lo de la peli, Pathfinder, me ha puesto sobre la pista mi amigo Golias. La película noruega en cuestión sería ésta, Ofelas, cuyo título internacional fue:
Como El guía les pareció soso en español, la llamaron El guía del desfiladero. No es mala idea, ya que según parece en la película aparece un desfiladero.
Veinte años después se estrena una película que casi no tiene absolutamente nada que ver con la anterior, y que incluso es la adaptación de un cómic de Dark Horse. ¿Cómo se llama la película?
Dilema histórico resuelto: los Orcos del Caos llegaron a América.
Desde luego con esto de las traducciones y adaptar títulos, no hay término medio: o nos quedamos cortos o nos pasamos de frenada. Y además en este caso se podría haber traducido del subtítulo de la película: The Legend of the Ghost Warrior. (La Leyenda del Guerrero Fantasmagórico.) Pero no, cuando nos empeñamos en tomar el camino difícil, a la querencia. Después me preguntan que por qué no me drogo. ¿Para qué, si este país es estupefaciente? 17.7.07
Libro: Yo soy Charlotte Simmons, de Tom Wolfe
Bueno, yo no. Ése es el título de la que fue la esperadísima novela de Tom Wolfe, autor también de Elegidos para la gloria y La hoguera de las vanidades, para que nos hagamos todos una idea.Leí La hoguera de las vanidades uno o dos años después de que Brian de Palma hiciese la adaptación cinematográfica, que aunque está muy bien no capta la increíble mala leche que tiene la novela. Por ejemplo en la película el personaje de periodista que encarna Bruce Willis no deja de ser en el fondo un jetas encantador, registro que este actor borda como si fuera ésa su segunda naturaleza, mientras que en la novela no deja de ser un tipo absolutamente rastrero y arribista. El retrato de los pijos y yuppies neoyorquinos de los ochenta y primeros noventa es demoledor, denunciando una vulgaridad y bajeza de espíritu repugnantes, siempre a la moda en todos los aspectos, ya sea el poner un segundo plato sencillo (recordemos cuando en España se puso de moda entre el pijerío comer lentejas), o el concepto de Wolfe de “radiografías sociales”: cuarentonas que mantenían el tipo a base de no comer y matarse en el gimnasio hasta el punto de no tener culo, o la escena en la que el protagonista, cuyo carácter está muy dulcificado con la interpretación de Tom Hanks, lleva al colegio a su hija pequeña y no tiene un solo pensamiento cariñoso hacia ella, sino que sólo piensa en la imagen que tiene él llevándola al colegio vestida con un impecable uniforme de un carísimo colegio privado.
Mención aparte es todo lo que reserva para el mundo del ghetto y los negros en general, donde hace todo un estudio antropológico sobre ellos. Igual que para muchos sociólogos, la postura de Wolfe es que un grupo social empecinado en unas pautas de conducta que no les permiten evolucionar se mantiene en la frontera de la marginación sin atreverse a dar el paso a una integración plena. Los párrafos en los que describe el “meneo chuloputas” o la escena en la que los dos mejores amigos del mundo hacen una apuesta a ver cuál insulta más gravemente al otro, son realmente de antología, como todo el análisis del mundo de la abogacía, controlado por el lobby judío. El final, muy suavizado en la película para que haya algo parecido a una resolución feliz en la que ganan los menos malos, en la novela es bastante más salvaje.
La verdad es que me parece una gran novela. Por eso cuando Wolfe publicó Yo soy Charlotte Simmons, hice lo lógico: esperar a que saliese la edición de bolsillo para leerla, sin olvidar que incluso fue noticia el pastón que desembolsó Ediciones B para hacerse con los derechos de traducción y publicación. Aprovechando estas largas jornadas de viajes interminables y largas esperas, me he leído sus apretadas 800 páginas y… no me ha terminado de convencer, la verdad. Se supone que iba a ser a los años noventa lo que la anterior novela a los ochenta, pero no tiene el mismo alcance por varias razones. También, por su naturaleza un tanto más local, el mundo universitario de élite, menos conocido que el mundillo de Nueva York que casi es como nuestra casa después de tantas series y películas, nos llega menos a los que no somos de allí.
Tampoco me terminó de convencer el personaje principal, que me parece un tanto desdibujado. Es una pueblerina, de uno de esos estados de los que nadie sabe casi nada, y que vive en unas condiciones casi miserables para lo que son los estándares medios norteamericanos, o al menos la ilusión que tenemos tanto allí como aquí de su forma de vida. Sus padres son unos paletos sin educación, y tienen por domicilio una triste casucha con una mesa de picnic en medio de la estancia principal. Aunque no se llega a decir nunca en la novela, planea el término “basura blanca”. También se supone que son religiosos, pero no se llega a ver nada de ello en la novela, así que la muchacha no se sabe muy bien por qué es tan pacata, y por qué se escandaliza tanto por el desenfreno sexual que se encuentra en la universidad de Dupont, una de las más exclusivas del país a la que ha entrado gracias a su magnífico expediente académico, y que le ha permitido obtener una beca completa. En todo momento, en cuanto entre en contacto con el mundo universitario, intentará jugar un poco a dos barajas, seguir siendo la que es y a la vez integrarse en el mundo del pijerío, pero a mí desde luego no me convencieron ni sus traumas ni su supuesta prueba de fuego, empezando porque si tan lista es, tanto ha leído y tanto sabe de literatura francesa no tiene por qué escandalizarse tanto de las cosas, ni de que la gente beba alcohol.
Mención aparte es la traducción, pues debemos recordar que el inglés, y con él las sociedades en las que es la lengua dominante, no es tan generoso como el español en lo que a tacos y expresiones malsonantes se refiere. Me explico: el inglés tiene un extraordinario repertorio de palabrotas, pero no las utiliza con la prodigalidad española. Esto nos separa, también, de nuestros países hermanos de América, donde en los ambientes sociales más elevados se sigue viendo al taco como algo socialmente reprobable y signo de pertenecer a una baja extracción social. En España lingüísticamente tenemos algunas particularidades muy curiosas: un alto cargo de una empresa puede escribir un memorando con graves faltas de ortografía o anacolutos sin que nadie piense mal de él, puedes llamar al presidente de tú sin que pase nada y se ha democratizado hasta tal punto el uso del taco que a veces cuando uno quiere ser desagradable o francamente ofensivo se ve obligado a llevar al límite su creatividad en ese campo. Por eso llama la atención que Wolfe escriba parte de la novela, los diálogos de los universitarios en estilo directo o indirecto, en putañés, una especie de supuesto dialecto universitario lleno de tacos que, la verdad, a ningún español le sonará demasiado fuerte ni exagerado, pues en cualquier sitio, empezando por los institutos, casi todo el mundo suele trufar su discurso con los habituales cagoenlaputa, hostiajodermecagoentó, su puta madre, etc, etc. Por si fuera poco, esto implica que la traducción de Ediciones B hecha en España resultaría de lo más exótica en el resto de los países de habla hispana, que echarían en falta sus “hijo de la chingada” o “la concha de su madre”. En general la traducción me parece coherente, aunque no sé si es buena porque desconozco el original. Llama la atención alguna palabra como “chulazo”, que quizá hubiese sido mejor traducir como “tío bueno”, y hay hallazgos como “novuta”, una novata que es muy puta.
La novela, entre taco va y taco viene, consiste en la caída y posterior recuperación de la protagonista, tentada por ese mundo seductor lleno de sexo y relaciones sociales y personales vacías, en las que cada uno de los sexos reifica al otro y parece haber una continua competición por ver quién abate más enemigos, además de una continua competencia a ver quién bebe más alcohol y se desmadra más. Charlotte será pretendida por tres mozos de los últimos cursos, cada uno completamente distinto a los otros dos. Uno es el típico chico de clase media alta cuya familia ha venido un poco a menos, representa la típica mentalidad wasp y machista y se cree un macho alfa destinado a triunfar y a que todo le salga bien en la vida, a ser posible por la vía del mínimo esfuerzo, haciendo gala continuamente de su narcisismo y egoísmo. El segundo es un chico judío brillante, pero pedante como él solo, obsesionado con perder la virginidad y que ha terminado por idealizar a Charlotte; además es tirando a pobretón, y para poder mantenerse ejerce de tutor de uno de los jugadores estrella del equipo universitario de baloncesto, el tercero en discordia, al que hace los trabajos mientras el otro se dedica a jugar a los videojuegos, a entrenar o a no hacer nada. Con esta somera descripción es difícil saber con cuál de los tres acabará la chica, pero leyendo la novela se ve a la legua.
Probablemente el análisis del mundo deportivo sea lo más interesante de esta obra, aunque tampoco es nada nuevo y lo hemos visto un montón de veces en películas y series de televisión. Los aspectos sexuales y de conflicto racial están también presentes, pero son mostrados con mucha menos intensidad que en la novela de la que hablé antes. Quizá resalte la ironía de que todos los personajes judíos tengan el mismo pensamiento, que Israel es el país más importante del mundo, aunque el narrador nos aclare que los que así piensan no tengan demasiada idea de por qué. El mundo deportivo para Wolfe es el súmmun de una sociedad, la universitaria, obsesionada con la salud y con la belleza hasta llegar al narcisismo, y en la que todo el que quiera ser visto como un triunfador y un ser socialmente aceptable debe tener unos abdominales bien marcados y ser una perfecta percha para la ropa deportiva, ya que, como dice el autor, los chicos visten exactamente igual que cuando tenían doce años. El deporte, nos aclarará el rector de esa importante institución educativa, realmente no da dinero a la universidad, es una rémora económica, pero da prestigio, notoriedad, y sobre todo crea un espíritu de pertenencia a la alma mater y hace que los ex alumnos triunfadores hagan generosas contribuciones y paguen sumas astronómicas por los mejores sitios de los estadios. Los deportistas son unos privilegiados y se les cuida con mimo, pero como si fueran pura sangres, como a animales de competición, y viven sus pocos años de gloria y desenfreno sin importarles demasiado el futuro, ni que su educación sea un puro paripé lleno de asignaturas flojas impartidas por unos profesores que están en el ajo y que los aprobarán sin problemas. Son, se nos repite varias veces, como modernos gladiadores que a diferencia de los antiguos no conocen su estado de esclavitud y dependencia.
En resumen, una novela notable y curiosa, pero que a mí me dejó una sensación extraña. Quizá para un lector local más versado en algunos de los problemas sociales de los Estados Unidos la lectura sea una experiencia más rica, pero para un españolito como yo la caída y resurgimiento de Charlotte Simmons poco le puede decir después de haber estudiado la caída y resurgimiento de Rodrigo Díaz de Vivar, y más cuando esperaba algo tan contundente como La hoguera de las vanidades.
La cruzada de las maquinas y otras especias
Frank Herbert tuvo una muy mala idea, y fue la de morirse cuando él mismo reconocía que faltaban al menos dos libros más para contar lo que quería contar de ese universo barroco y desmadrado que había imaginado, lleno de tíos con poderes raros, mutantes, religiones fanáticas, neofeudalismo y cosas la mar de raras que, aunque han sido criticadas por los más puristas y sibaritas, son sin duda una de las referencias de la ciencia-ficción moderna, hasta tal punto que su estilo ha sido imitado en otras obras y sobre todo en universos de referencia para juegos de rol, como el de Battletech y tantos otros. Además es un claro ejemplo, junto a la Fundación de Asimov, de universo cienciaficcionero de “futuro a tomar por saco”, con cronologías de infarto que nos convierten a los seres humanos de la actualidad en lo que son los trogloditas para nosotros.
Hay cosas que llaman poderosamente la atención. Frank Herbert se curró seis novelas en veinte años. Estos dos simpáticos caballeros se han currados dos trilogías y las dos partes que faltaban de la saga original en unos diez. Trabajadores infatigables o chapuceros, eso a elegir.
La primera saga que publicaron los muchachos vendría a ser Dune 0, lo que pasa antes de Dune cuando los personajes que conocimos ya instalados en el poder inician su ascenso, como el emperador, y Leto, padre de Paul, es un muchacho a la sombra de su padre. A ver, expliquémoslo: no es que sea una puta mierda pinchada en un palo la trilogía de La Casa Atreides, La Casa Harkonnen y La casa Corrino, se deja leer, pero no puede uno evitar pensar que los dos coautores en ciertos momentos patinan que es cosa mala y sobre todo parece que ignoran algunos de los hechos fundamentales que papá Herbert dejó muy claritos. Por si fuera poco caen en una brutal retrocontinuidad mal llevada, de modo que se nos dice que los Atreides saben que son descendientes de los Atridas homéricos y que incluso en las fiestas de Caladan se interpreta La Orestíada en su honor, cosa harto improbable desde el momento que se supone que eso se sabe en Dune 3. Hijos de Dune, cuando Leto II, el hijo de Paul, accede a la memoria genética por vía paterna. Incoherente es también que Vladimir Harkonnen empiece a engordar hasta no poder andar por sí mismo por culpa de un virus que le inocula una Bene Gesserit, cuando no hay ninguna impresión de ello en la obra de Frank Herbert más allá de una gula desmesurada, lo que sí es coherente con el hecho de que luego, al ser poseída su nieta Alia por su espíritu, ésta engorde al satisfacer los vicios y excesos del finado barón. Hay otros detalles curiosos que preparan también la retrocontinuidad a respecto de la segunda trilogía, la que narra la Yihad Butleriana, pues aparece un ajedrez en la que una de las piezas es un cymek (un cuerpo robot con cerebro humano), y en la tercera parte al preguntar un personaje a una jovencísima princesa Irulan cuál es su figura preferida de la Yihad, responde que Serena Butler, personaje que dará inicio a la guerra santa contra las máquinas en La Yihad Butleriana.
Pero para colmo de males, y como si esto fuera el Universo Marvel en los tiempos de Nicieza y Lobdell, en la trilogía sobre la Yihad nos dan una interpretación totalmente distinta del origen de los Atreides, pues el primero en llevar ese nombre, Vorian Atreides, sería hijo in vitro de Agamenón, uno de los titanes originales, que es como se llama a los cymek que provocaron la rebelión de las máquinas pensantes, y que tomaron los nombres de antiguos conquistadores y reyes de la Tierra. Así que cuando en Hijos de Dune Leto II, el futuro Dios-Emperador, recibe la llamada de su antepasado Agamenón porque éste quiere hablar con él, ¿se refiere al titán contra el que combatió la humanidad en la Yihad Butleriana o a Agamenón hijo de Atreo, comandante en jefe de los aqueos que asolaron la divina ciudad de Ilión? ¿O es que los Atreides se han inventado un origen secreto y mítico para ocultar su oscuro parentesco con uno de los padres y a la vez siervos de Omnius, la máquina pensante que esclavizó a la humanidad durante más de mil años? También muy improbable, ya que todo el mundo sabe en esa época que Vorian es hijo de Agamenón, y difícilmente los Harkonnen y los Corrino se iban a olvidar de semejante detalle que echar en cara a sus rivales o competidores. No es de extrañar que en el wiki que hay sobre Dune se tomen con muchas reservas todo lo que aparece en las obras de Brian Herbert y amiguete. Por si fuera poco, en Hijos de Dune, cuando Ghanima, la hermana de Leto, dice ser descendiente de Agamenón, Irulan se muestra sorprendida y pregunta que quién es ese señor. Chachi: ¿no se supone que es historiadora y un ratón de biblioteca? ¿Cómo va a saber de chiquilla quién es Serena Butler y no quién es nada menos que el líder de los cymek a las órdenes de Omnius? Y lo que es más importante: si yo sé esto, ¿cómo no lo saben estos dos petardos? ¿Era mucho pedir que se leyesen las obras originales, las analizasen y las respetasen?
Sobre los autores, está claro: uno tiene la materia prima, o sea los derechos y las notas de su padre, y el otro, Kevin J. Anderson, es el stajanovista que pone su experiencia bestselera a su servicio, con una forma de escribir rutinaria y algo mecánica, capítulos muy cortos y tramas paralelas. Los personajes se mueven más por impulsos que por una fina elegancia en el pensar y actuar, que era la marca de Frank Herbert. Estos dos no hacen sino pisar por donde el otro ya había pasado, sin el riesgo y el talento de la saga original de Dune, que suponía siempre un punto de inflexión, un paso hacia delante y un giro dramático en la evolución de la humanidad. Por eso miedo no: pánico, temor y temblor, siento ante la idea de Dune 7 y Dune 8, porque a saber lo que salió de ahí cuando se tuvieron que meter en harina, ya que Frank Herbert apuntaba algunos argumentos realmente arriesgados para las continuaciones, como lo de las visiones de los gholas ancianos, lo de poder moverse a ultravelocidad como hacía Miles Teg y las muestras genéticas que llevaba el último Tleilaxu de los grandes personajes históricos que habían protagonizado los volúmenes anteriores de la saga. No dudo que Frank Herbert hubiese salido airoso, pero del hijo y de su compi no me fío un pelo.
Sobre la segunda trilogía, la de la Yihad Butleriana… pues qué queréis que os diga. En la saga original sólo sabemos que es la que provocó la evolución acelerada de la humanidad a través de varias escuelas de disciplina mental como las Bene Gesserit, la Cofradía y los Mentat en un mundo súper tecnificado que ha proclamado que “No construirás una máquina a semejanza de la mente humana”. Pero en el Dune original eso ha ocurrido hace casi diez mil años, y es una referencia, un pasado mítico y fantástico. La verdad es que yo siempre interpreté lo de la Yihad como un puro problema filosófico, y me imaginaba a un tal Butler que denunciaba la dependencia del ser humano con las máquinas, y que una ola de salvajes neoluditas provocaba una guerra santa que terminaba imponiendo ese dogma a la humanidad y la impulsaba a cambiar. La otra opción sería uno de los topicazos de la ciencia ficción desde sus comienzos: las computadoras terminan adquiriendo consciencia, se rebelan contra el ser humano y llevan a cabo su esclavización o su exterminio, como se ve por ejemplo en Terminator, con una Skynet que es prima hermana del Omnius que aparece en la obra de Brian Herbert y el otro. Parece ser que para Frak Herbert era la segunda opción, e incluso en el prólogo de la versión televisiva de Dune (la que David Lynch repudió hasta el punto de firmarla como Alan Smithie), aparece esa versión, en la que el antiguo imperio humano cayó esclavizado bajo las máquinas pensantes, aunque no hay ni la más mínima referencia ni a Omnius ni a Agamenón.
Aunque la trilogía de la Yihad Butleriana tiene también su buena ración de pecados, al menos no suena tanto a refrito como la otra. Como mínimo vemos cosas graciosas, como la primera vez que se empieza a comercializar la especia como una curiosidad más dentro del mercado de las drogas, aparecen las brujas de Rossak, en las que vemos el germen de la futura Bene Gesserit, pero también canta que sean capaces de crear “explosiones telepáticas” suicidas que fríen los cerebros de humanos y cymeks a varios metros alrededor, cosa que nunca se vio en la obra de Frank Herbert. También vemos el inicio de lo que serán los Mentat en los niños a los que entrena para hacer complejos cálculos matemáticos Tio Holtzman, el creador de los famosos escudos, y a su vez mentor de Norma Cenva, hija de una de las brujas de Rossak (planeta chunguísimo lleno de teratógenos y mutágenos) que será la que cree el corpus matemático necesario para plegar el espacio. También aparecen unos proto-fremen, que son unos refugiados zensunníes que viven malamente a la sombra de las pocas ciudades de Arrakis, y que empiezan a cambiar su religión y su forma de relacionarse con el desierto y los gusanos de arena, Shaitan. Por desgracia, donde Frank Herbert es sutil, sus sucesores son poco menos que más bastos que el papel de lija, y también aparecen zenchiíes, se atreven a hablar de Budalá, de los sutras coránicos y de que en un planeta sagrado de ambas confesiones hay un desfiladero en el que aparecen las estatuas gigantes de Mahoma y Buda, como si fuesen dos Argonath. Sólo de imaginármelo se me cortó la digestión.
Por otra parte… no sé qué deciros. Lo de las máquinas pensantes está un poco pillado por los pelos. Se supone que hubo un imperio galáctico que sería la evolución de nuestra actual civilización, donde todo el mundo vagueaba y dependía de las máquinas. Un grupo de cabronazos guiados por un programador (qué mala gente todos ellos), pervirtieron al núcleo central de la inteligencia artificial, y se hicieron amos de ese imperio, hasta que un error se ese mismo programador (qué mala gente todos ellos), hace que el mismo Omnius gobierne de forma independiente, aunque no puede eliminar a sus antiguos amos y tiene que soportarlos como un mal menor durante más de mil años. Los titanes originales utilizaron entonces, para sobrevivir después de sus ya dilatadas vidas gracias a la tecnología médica, la técnica de conservar sus cerebros en cuerpos mecánicos y convertirse en cymeks, aunque ya antes que ellos algunos filósofos se alejaron del mundanal ruido llevando una existencia eterna siendo no más que cerebros en tanques de líquido nutritivo. Menudo topicazo también, dicho sea de paso.
Por tanto gran parte de los planetas de la humanidad caen bajo el poder de Omnius, la inteligencia artificial que en realidad no es sino una computadora con copias en cada uno de los llamados Planetas Sincronizados, pues el viaje espacial no se parece a lo que luego sería el sistema de navegación de la Cofradía de “desplazarse sin moverse”, y hay naves que llevan actualizaciones de Omnius de un planeta a otro para sincronizar las distintas versiones de Omnius en cada planeta. Supongo que para ello utilizarán la única función que queda del Windows original en el que se basa Omnius: Mi Maletín. En una de estas naves viaja Vorian Atreides, hijo in vitro del líder de los titanes cymek, Agamenón, que será sometido a un proceso para alargar su juventud muchos años para luego en un futuro ser convertido en cymek como su padre. También es curioso el personaje de Erasmo, un robot con conciencia propia independiente de Omnius, y que es realmente un “robot humanista”, ya que se dedica a torturar y masacrar humanos que es una maravilla, pero todo en nombre de la ciencia como Menguele, y aspirando a comprender la naturaleza humana. Tanto las máquinas pensantes como los cymek son más malos que el sebo. Malos con avaricia, malos con ganas y con plena dedicación a la maldad. Tanto es así que cuando raptan a Serena Butler, esposa del primer Harkonnen, no se les ocurre otra cosa que hacer el capullo, y en la Tierra, donde reside el Omnius principal, y se monta una tangana que pa qué por una apuesta entre Omnius y Erasmo, al que no se le ocurre mejor idea que tirar al hijo de Serena desde una torre delante de una multitud de humanos esclavizados que curiosamente, aunque deben haber visto actos de pura sevicia peores que ése un montón de veces, en este caso se rebelan. Uno de los capataces esclavos que lideró la rebelión, Iblis Ginjo, escapará con Serena gracias a Vorian Atreides, que no sé muy bien por qué, da la espalda al mundo que conoce y se alía a la Liga de Planetas, que parece que lo acoge sin demasiadas preguntas, y se hace amigo del alma del Harkonnen, lo que sí es coherente con lo que decía Frank Herbert al decir que aunque enemigos irreconciliables, hubo un tiempo en el que hubo una fuerte amistad entre las dos casas. Como represalia por la rebelión en la Tierra las máquinas exterminan a todos los humanos, y muy deportivamente los humanos de la Liga de Planetas llevan a cabo un bombardeo nuclear por saturación del planeta original del ser humano, lo que explica que la gran canica azul no vuelva a salir en la saga original de Dune. Y lo que es más: al ver que va a ser destruido el Omnius-Tierra empieza a lanzar copias de su núcleo al espacio profundo, al quinto pino. Es entonces cuando uno recuerda que en Dune 5. Herejes de Dune, después de la Gran Diáspora que sucedió a la muerte del Dios-Emperador que gobernó durante tres mil quinientos años, los que una vez escaparon ahora vuelven al núcleo de planetas asustados “por un enemigo nuevo y a la vez antiguo”. Entonces uno dice: Ay, la que nos espera de semejante idea en manos de Brian en Dune 7.
La primera parte de esta trilogía, La Yihad Butleriana, tiene la gracia de presentar escenarios, situaciones y personajes nuevos, pero esta segunda, La cruzada de las máquinas, naufraga considerablemente a la hora de sacar partido de todo ello. Iblis Ginjo, algo así como el Papa de la Yihad, es un intrigante y un muy mala persona que manipula a Serena Butler y la memoria de Manion, su hijo muerto que se ha convertido en el símbolo de resistencia contra las máquinas. Vorian es el primer Atreides en visitar Caladan, Erasmo adopta a un niño humano y ejerce como su padre, meten un virus a Omnius (esto no podía fallar), y Norma Cenva es un personaje que se empieza a salir de madre, porque empieza siendo una bruja de Rossak fallida, ya que ni tiene poderes mentales ni está buena, pero al ser torturada por uno de los cymek su conciencia se expande en plena agonía, accede a la memoria racial de sus genes por vía femenina, fríe el cerebro de los cymeks sin tener que morir en el proceso y se reconstruye su propio cuerpo para casarse luego con un tipo que pone la pasta para crear los primeros prototipos de naves que plieguen el espacio. Y por cierto que en uno de los prototipos anteriores escaparían algunos esclavos zensunníes de Tio Hozffman que vivían en Poritrin, y con ella se estrellarán en Arrakis, para unirse a los seminómadas del desierto y convertirse en los primeros fremen, vigilantes de Arrakis, preservadores del gusano y de la especia. Así pues Norma parece ser que va a ser tanto el origen de las Bene Gesserit como de la Cofradía, y de verdad que es divertido ver cómo militarizan el uso de los nuevos motores de pliegue espacial, pero le prometen que después de la Yihad tendrán el monopolio de esa nueva forma de desplazamiento que se convertirá en hegemónica. Hum, derechos intelectuales y de explotación a perpetuidad. Seguro que esto lo lee la SGAE y se pone palote. Y por cierto que aquí no necesitan navegantes ni nada parecido, sino que utilizan un sistema computerizado sencillo que sí, hace que a veces se pierda una nave, pero en general parece que funciona. Se supone que después, con la Cofradía ya en marcha, y bajo el influjo de la especia, los navegantes, que son una escuela de formación matemática capaces de entender las ecuaciones de Norma Cenva, las aplican por medio de una visión que guía a la nave por una senda segura del espacio.
Y poco más. Iblis Ginjo es muy malo, se alía con los Tleilaxu que son más malos todavía y andan por ahí raptando gente para luego vender sus órganos, y el sacrificio de Serena Butler da un nuevo impulso a una Yihad que empezaba a decaer por agotamiento después de tantos años de lucha. El final, con Xavier Harkonnen cargándose a Iblis Ginjo, es bastante lamentable. A ver si lo arreglan un poco con la última parte, donde me imagino que con las nuevas naves de pliegue espacial las tropas humanas acosarán a las máquinas hasta la decisiva Batalla de Corrin, de donde tomará nombre la futura casa imperial de Corrino. Vorian Atreides seguirá por ahí todavía joven, y supongo también que terminarán fundándose las primitivas escuelas Suk, Mentat y Bene Gesserit. Lo lógico sería que terminase todo en el año 1 de la Cofradía, y que se nos explicase cómo empieza la rivalidad entre los Harkonnen y los Atreides por algunos de los hechos de la Batalla de Corrin, según Frank Herbert la cobardía ante el enemigo de Abulurd Harkonnen..
En definitiva, como curiosidad, se dejan leer, pero no deja uno de pensar lo bien que podría haber salido en manos de alguien competente.

