22.1.19

Sobre encuadernaciones, escribir a mano y proyectos de I+D literario


Todos aprendimos de pequeños a escribir a mano, y hasta no hace mucho tener una letra legible y bonita se consideraba uno de los indicadores que definían a una persona con una sólida educación. Por eso durante los primeros años del colegio era tan importante la caligrafía, literalmente escribir bonito, aunque el concepto de bonito y legible básicamente se solapaban. Hasta fechas tan recientes como los años 1970, en los bancos todavía tenían amanuenses, ya buscando la jubilación en aquellos tiempos, cuyas últimas funciones en aquel entonces de implantación definitiva de los ordenadores era escribir a mano algunos documentos especiales y los títulos de las acciones que se entregaban ceremoniosamente a algunos clientes destacados. Algo parecido a las bodas de alto copete de ahora, en las que se contrata a gente que todavía se dedica a escribir a mano elegantes invitaciones a la ceremonia, además de otros trabajos parecidos en los que se da un toque de distinción por medio de un trabajo de artesanía que se cobra a buen precio. Oye, a mí me invitaron a una boda con un SMS, y tan contento, cada loco con su tema. Sin embargo, si os invitan a una recepción al Castillo de Windsor, cuando enviéis la nota de agradecimiento por tan deliciosa velada, hacerlo de cualquier forma que no sea de puño y letra se considerará una catetada inmensa, yo os lo cuento por si os veis en el caso.
Portada de Het, con el título escrito a mano, ológrafo, realizado por mí.
La figura de los amanuenses como Bartleby, o del antiguo copista medieval que se relaciona con los escribas de la Antigüedad, quedó primero substituida por los modernos mecanógrafos, una profesión rápidamente copada por mujeres en los primeros tiempos de la incorporación de las señoras al trabajo de oficina, y hoy día dada la fluidez del trabajo con procesadores de texto y la menor necesidad de que existan copias físicas de algunos documentos, es también una profesión en declive donde una errata no implica rehacer por completo una página, sino que se soluciona con pulsar DEL donde corresponda, y seguir como si nada, con potenciales revisiones infinitas antes de que eso se imprima o envíe, y sin que eso sea óbice para que la gente escriba cada vez peor; paradojas que tiene el ser humano, el sistema educativo y la tecnología. Para que nos hagamos una idea, hoy cualquiera que escriba una tesis raro será el que se la mande maquetar a alguien ya que hay incluso plantillas de sobra para ello, mientras que hace unas décadas uno de los gastos implícitos de escribirla, y bastante considerable, consistía en contratar a una mecanógrafa profesional que realizase una copia definitiva, y que en los últimos tiempos se realizaba con una ruidosa máquina eléctrica para que quedase impoluta y de acabado perfecto para que la leyese el tribunal. A día de hoy, claramente, escribir a mano, con lápiz o pluma, es una habilidad que se va abandonando poco a poco en el sistema educativo, e incluso hay quien aboga ya por abandonarla por completo y pasarnos al puro teclado, sin que se sepa cuáles podrían ser las consecuencias de esa decisión a la hora de adquirir las competencias de la escritura. En varios países se ha abandonado ya la enseñanza de la escritura caligráfica o cursiva, el escribir de corrido como se dice también a veces, y se enseña sólo ya a escribir como se hacía con los niños cuando eran pequeños, con las letra sueltas y sin conectar el trazo de forma fluida. Cuando ya te obligaban a poner rabitos con los que ligar unas letras con otras, es que ya eras un poquito más mayor, pues empezabas a hacer la letra que utilizaban los adultos, y además se abandonaba el lápiz por el bolígrafo. En España varias generaciones de escolares relacionan todo este proceso con las cartillas escolares Rubio, de color verde, en las que se hacían cientos de ejercicios de todo tipo que paso a paso hacían que dominases una tecnología, la de la escritura, que se suponía fundamental para todos los aspectos de la vida, aunque existiesen las máquinas de escribir y se empezase ya a generalizar el uso de los ordenadores. En el colegio, a los niños ya un poco grandecitos... ¡hasta se les enseñaba cómo se escribía correctamente una carta, aunque fuese a los abuelitos para agradecerles el aguinaldo de Navidad que te mandaban por un giro postal! Ahora el nieto le agradece al yayo por Guásap la transferencia por paypal con el emoticono de una berenjena, para que se haga una idea de que los 50 lurus lo han puesto to palote. Todavía hay ecos de esos tiempos: hace unas semanas me compré en un Tien21 un molinillo de café, y además del recibo de caja normal que salió de una caja registradora de impresora matricial el señor me hizo una factura de las antiguas con papel autocopiante, bajo el que puso una cartulina, y escribió con una hermosa letra el nombre del producto y la cantidad abonada. Tampoco olvido que durante muchos años, como todo estudiante de mi generación, yo me pasaba copiando apuntes como un desgraciado. Es decir: entendía perfectamente que de pequeño estuviese tanto tiempo aprendiendo a escribir de forma correcta, sobre todo ortografía y caligrafía, porque fueron habilidades que después rentabilicé de sobras no sólo en el colegio, sino después en el bachillerato y en la facultad. Cienes, remiles, minolles de hojas escribí yo en largas clases magistrales en las que todo el mundo copiaba apuntes como un loco. Pensado en perspectiva, en efecto, era un poco perder el tiempo, o utilizar de forma bastante poco productiva el horario lectivo en algo que básicamente eran interminables clases de dictado. ¿Para qué coño están si no los libros de texto, o las putas fotocopias? En fin... Pero tampoco es eso de lo que quiero hablar en este momento.
La verdad es que a mí lo de escribir a mano siempre me gustó, y en su momento tuve una letra bastante bonita, o eso creo yo, y eso que en mis tiempos ya se había abandonado la letra con filigranas y se buscaba una letra redonda y funcional, así que mis textos poco tenían que ver con esos trazos tan románticos del XIX, ni con otras virguerías que existieron por toda Europa, donde cada país creó su propio sistema caligráfico que igual que la moda de las ropas fue cambiando con el tiempo, y que igual que la ropa distinguían al caballero o dama de buena crianza que había tenido tiempo de dominar el complicado arte de la caligrafía enrevesada para intercambiar sutilezas y palabras de amor por carta, algo que los apartaba del burdo tendero que hacía palotes en un libro de contabilidad. Así que, por lo que he visto, a mí me llegó lo que se llama la caligrafía vertical española, y con pequeñas variaciones creo que se enseñaba más o menos igual en todo el país, por lo menos a los de mi quinta. Claro que así es como escribía de pequeño, porque igual que todo el mundo con el tiempo empecé a escribir como Dior me dio a entender, sobre todo si debía hacerlo rápido, y en algún momento a partir de los dieciocho años, pese a no estudiar medicina, empecé a desarrollar lo que prácticamente era letra de médico, de modo que escritos míos de aquella época me cuesta entenderlos incluso a mí, y ya mucho antes la letra vertical se había curvado y hacía derrapajes en el suelo tocando rodilla con desprecio absoluto por la legibilidad. Por supuesto, soy de los que piensa que la carrera de farmacia consistía, por lo mínimo en su mitad, en desentrañar la letra de los médicos, y más de una vez al ir a la farmacia con una receta con cuatro garabatos que por mi vida que eso era aurabesh o letras élficas y no el alfabeto latino, al darme el farmacéutico el medicamento me quedó muy claro que el joputa me había dado lo primero que le había parecido y no lo que me correspondía, porque eso no lo desentrañaba ni Champollion. A día de hoy, entre las recetas electrónicas en una tarjeta sanitaria o que en todo caso salen impolutas de una impresora láser en Arial, la experiencia de la letra de médico también está en decadencia.
Manuscrito de Het, en su clásica carpeta de color rojo.
Mi primera novela, Het, está íntegramente escrita a mano, es de 1994-1995, y es lo última que redacté de ese modo. También marca mi abandono progresivo de escribir con pluma. Mucha gente de mi edad no ha escrito ni una sola vez en su vida con estilográfica, y de hecho en el colegio no era lo habitual, se empleaban los lápices normales de escribir, de mina más dura que los de dibujo, y los bolígrafos marca BIC y Carioca de toda la vida, o de tipo de punta de fieltro que en realidad eran rotuladores con la punta muy fina. La pluma se veía como algo muy formal, algo engorroso y propio de adultos, notarios y gente muy seria, de modo que muchos niños recibían como regalo de primera comunión un juego de plumas, que luego raramente se utilizaba. No me preguntéis bien por qué, creo que por 7º de EGB, con unos trece años, yo escribía con pluma en el colegio, una de las baratitas, y como lo del sistema de cartuchos no estaba del todo implantado, se cargaba como todas por un sistema de absorción de tinta abrevando el plumín en el tintero, en mi caso con una palanca metálica a un lado que generaba la necesaria diferencia de presión para que la tinta se introdujese en el depósito. Un sistema éste de la palanquita, por cierto, bastante ineficaz, que por algo no se encuentra ahora entre los habituales de las plumas. Después de manchar una o dos camisas o pantalones con un producto que orgullosamente se proclamaba en el tintero como "indeleble" mi madre decidió que si no sabía no mancharme como un adulto, que siguiese tomando apuntes sobre la Revolución Francesa y la Ley de Boyle-Mariotte con un bolígrafo, como todo el mundo. Esa pluma sufrió el triste destino de muchos de esos instrumentos de escritura: caída desde una altura incompatible con la supervivencia del plumín metálico, que quedaba deformado y totalmente inútil a perpetuidad. Mi segundo asalto a escribir como un chico mayor fue ya a finales de la etapa del instituto, y para ello utilicé una pluma Inoxcrom de cartuchos que compré por 400 cucas en Alcampo, y una Parker 21 que andaba por casa y que tiene historia familiar incluida, ya que se la regaló a mi padre mi tío Antonio a principios de los años 1950, cuando estuvo un par de años trabajando en Uruguay, donde la compró, y ahí llevaba muerta de risa en un cajón desde hacía décadas cuando yo la rescaté del olvido y me di cuenta de que le faltaba lo más importante, el plumín. El famoso plumín tipo oculto de una pluma que marcó época, y que todavía se sigue fabricando ahora en formato actualizado. Así que me fui a un sitio de veras singular en mi ciudad, una tienda de las que ya no pueden existir porque supongo que incumplirían cualquier ordenanza municipal moderna para un establecimiento comercial, ya que era poco más que un angosto cuartucho con salida a la calle, con dos pequeñas vitrinas en el exterior, llenas de plumas y tinteros, y la señora que lo regentaba al ver la pluma que yo tenía en la mano sacó una lata vieja en la que había probablemente cientos de plumines de segunda mano, y encontró uno que se ajustaba a ese modelo, que pasó de ser de mi padre a mi propiedad, y que con tinta negra me sirvió para coger apuntes en los dos últimos años de la educación secundaria, y aseguraría yo que la utilicé también para hacer los largos y complejos exámenes de Selectividad, aunque como chico previsor que era siempre llevé mis bolígrafos por si ocurría alguna catastrofía. A día de hoy ese estrecho establecimiento hace muchos años que desapareció, pero quedan unos salientes en los que reposaban esas estrechas vitrinas, y siempre que paso por allí y los veo me acuerdo de cuando compré el plumín a la Parker 21 con la que en buena medida escribí Het.
Parker 21 idéntica a la mía. Sistema de carga de tinta apretando el depósito de goma flexible. Bastante ineficiente. A día de hoy se suelen utilizar los de émbolo.
La cuestión es que con el paso de los años, y lejos ya de los tiempos en los que uno tenía los músculos de escribir de la mano y las conexiones mentales perfectamente alineadas, como es obvio con toda habilidad, úsala o piérdela. Así que ya escribiendo casi en exclusiva en teclado, y como mucho con necesidad de apuntar con bolígrafo cualquier tontería, que con mayúsculas va que se mata, me di cuenta de que quizá pasaban meses, quién sabe si años, en los que uno no escribía nada que pudiese ser parecido a rellenar una hoja de cuaderno escolar. Si había que escribir, por la razón que fuera, más de un párrafo, o copiar unos pocos renglones, no sólo la mano parecía que no respondía y salían unos garabatos bastante feos que apenas recordaban a lo que uno sabía que era su letra, sino que además al momento la mano se resentía como cualquier persona sedentaria que se ve obligada a subir un par de tramos de escalera. Básicamente, me di cuenta, había perdido en gran medida la capacidad de escribir a mano. A ver, no como lo que dice Homer de "Cuando aprendí a hacer vino me olvidé de conducir", pero sí está claro que no ya la caligrafía, sino la misma habilidad de escribir a mano de forma fluida, se atrofia con la falta de práctica. Por otro lado, como siempre, mi cabeza siempre bulle de ideas de I + D literario, ya sea en forma o contenido, e incluso expliqué cómo antes de topar con la autoedición tipo Lulu o Amazon estuve a punto de acudir a medios más tradicionales con los que crear libros. También, por otra parte, siempre me han fascinado algunos casos excepcionales en los que un escritor, por regla general por motivos altruistas, de caridad o para hacer un regalo, creaba una copia manuscrita de algunas de sus obras, y que esta obra de puño y letra se subastaba o se guardaba como un tesoro en alguna institución académica o universidad. Y bien es sabido que de algunas grandes obras se ha perdido el original a mano, y que de existir y encontrarlo estaríamos hablando de algunos de los santros griales de la literatura, como el manuscrito del Quijote. Creo recordar que, estando perdido un de los originales a mano de los artículos de Einstein sobre la Relatividad, y requerido él para que lo depositase en la Universidad Hebrea de Jesusalén, simplemente lo copió a mano de la versión impresa, y problema resuelto. Ya, no es lo mismo, pero algo es algo. A día de hoy, incluso se ha creado una fuente tipográfica para ordenador con la letra de don Alberto. La idea de crear una fuente tipográfica propia es interesante, y hay varios sitios en internet que proveen de este servicio, tanto en su versión gratuita de háztelo tú mismo como con la profesional. Los resultados de la versión gratuita digamos que son... interesantes, por decir algo, aunque distan mucho de ser completamente satisfactorios, algo normal cuando lo que se pretende, obvio, es que te termines gastando los cuartos en la versión de pago, donde las letras se enlazarán correctamente de forma natural. Uno de los problemas de los tipos de letras que simulan la escritura manual es que aunque puedan dar el pego en principio, carecen de la naturalidad y espontaneidad de la auténtica escritura a mano, y eso que a día de hoy los archivos de tipos de letra pueden almacenar distintas versiones del mismo caracter para que la letra resulte menos homogénea y monótona, ya que distribuyen aleatoriamente en el texto esas distintas versiones de cada letra. Investigando sobre todo esto, se me ocurrió que quizá lo que había que hacer era dejarse de tonterías e ir directamente al origen. ¿Qué sentido, o incluso qué viabilidad económica, tendría escribir de forma totalmente genuina una copia de una novela? La idea es crear una copia totalmente irrepetible y única, de mano del propio autor, sin que importe si hubo o no un original manuscrito alguna vez en la escritura primigenia de la obra. ¿Qué materiales utilizar, y cuánto tiempo se tardaría? Pues lo de los materiales no tiene grandes misterios: papel y pluma. A ser posible, que el papel sea bueno y no de un blanco brillante, sino crema o ahuesado, y una pluma que permita un buen trazo y dé un acabado lo más personal posible. Para ello me compré una pluma Pilot de plumín flexible, y otra pluma Rotring. Posteriormente adquirí una pluma de plumín recto que favorece la variación de trazo, de marca Manuscript, y por último un juego de plumas caligráficas del mismo tipo de plumines, marca Lamy.
El papel no fue demasiado difícil de elegir, y además tampoco había una oferta excesivamente amplia, así que adquirí una resma de hermoso papel color crema de tamaño DIN A3 para doblarlo por la mitad y tener así la posibilidad de hacer cuadernillos o pliegos de dieciséis o veinte carillas que posteriormente se pudiesen encuadernar adecuadamente. De todos modos, como siempre es mejor hacer los experimentos con gaseosa, y para ver qué tal salía aquello me compré en TEDi, una tienda de chorradas varias, un cuaderno de hojas en blanco con una bonita y sobria encuadernación, y en él realicé la copia de dos de mis cuentos, Ellos gritaron mi nombre y Y él me espera, que cupieron más o menos en su interior. Probé con varios adminículos de escritura, desde bolígrafos con tinta de gel que se dice garantizan una escritura fluida, por supuesto las plumas e incluso portaminas. El resultado fue absolutamente calamitoso. Aquello, que no voy a decir tampoco que fuera totalmente ilegible, parecía escrito por un borracho a bordo de un tren ovejero de los de después de la posguerra, de los que traqueteaban y daban más botes que una de las atracciones de Terra Mítica. Como ahora mismo no dispongo de escáner de tablero, pues no lo puedo poner ninguna prueba consistente de lo que digo, así que os tenéis que creer lo que os digo, y como además lo que os cuento no es precisamente a mi favor no os costará mucho hacerlo con un par de fotos.
Lamentable.
Sin embargo, no desití, porque en este blog la derrota no forma parte de nuestro credo. Y empecé a realizar una copia manuscrita completa, en tamaño DIN A4 con folios A3 doblados, de Aletheia Moritat. Para ello utilicé, un poco al azar y dependiendo de cómo iba cambiando de pluma o se me agotaba el contenido de cada una de las cargas que realizaba en los tinteros, tintas de color turquesa, roja, azul real y negro, algo de lo que luego tendría que arrepentirme como os explicaré después. El resultado se puede decir que es... mediocre. Simple y llanamente mediocre. Realizada durante poco más de un mes con una disciplina de trabajo bien marcada, mi letra no terminaba de mejorar, y sólo en algunos casos se puede decir que recuperaba un poco el lustre de antaño. Y eso que, lo reconozco, en todo caso mi letra en sus mejores tiempos había sido funcional y clara como mucho, ya he dicho que nada de preciosismos ni florituras. La cuestión es que pude terminarla, así que tuve en una carpeta mis fascículos terminados, con un borde no necesariamente generoso y por si fuera poco con un interlineado que tampoco me terminaba de convencer demasiado. Aquí es cuando hay que hacer otro inciso histórico, y es que, igual que el mundo editorial está cambiando radicalmente con la autoedición y el libro digital, el statu quo que ahora se ve amenazado no existe desde el principio de los tiempos, ni mucho menos. Podemos remontarnos a la Antigüedad, en la que si querías tener una copia de la Eneida tenías que encargarla a una "empresa" en la que unos escribas, por regla general esclavos, realizaban a la carta una copia, pero si nos acercamos más a nuestra época recordemos que hubo un tiempo en el que el impresor y encuadernador no tenían por qué ser la misma persona o empresa. Eso significaba que podías comprar un libro, pero comprabas la impresión, un legajo lleno de cuadernillos que además de costar un buen dinero en aquella época, en la que comprar un libro era una decisión a meditar, luego tenías que encuadernarlo, lo que era otra inversión, ya que en suma garantizaba la durabilidad de la tripa del libro, y además marcaba un status en su poseedor, ya que tener una biblioteca lujosamente encuadernada era signo de riqueza. ¿O os creéis que nosotros hemos inventado el tuning? De este modo el mismo libro impreso podía acabar con un dueño y una simple encuadernación, incluso la más cutre para ir tirando, que sería casi equivalente a nuestra moderna tapa blanda, o una señora encuadernación con tapas de madera y cuero, además de otros embellecimientos que podían costar muchos maravedíes. La encuadernación española típica es la de piel jaspeada, por cierto, y mola muchísimo.
Así que a finales de julio de este año me fui muy tranquilo a un taller de encuadernación. La encuadernación artesanal moderna es uno de esos oficios que se supone que iban a desaparecer, pero se resisten a hacerlo porque, aunque arrinconados por los procedimientos industriales mucho más eficaces, en ese rinconcito parece que son inexpugnables, igual que ya no nos desplazamos a caballo ni los utilizamos como animales de tiro, pero el caballo sigue existiendo como símbolo de status y como componente fundamental de algunas manifestaciones culturales y de ocio. Eso explica que ya no haya un guarnicionero en cada pueblo, como era habitual, pero que se necesite que sigan existiendo guarnicioneros, y que las guarniciones hechas a mano para las monturas se conviertan en un producto de artesanía considerado de lujo. El libro encuadernado a mano y de forma tradicional sigue existiendo y tiene demanda, y por eso seguirán existiendo los encuadernadores mucho tiempo. La cuestión es que tan tranquilo con mi carpeta bajo el brazo me planté allí, un lunes creo, y pregunté si estaría para el fin de semana, que ya tenía yo medio pergeñado escribir este artículo para el blog en la cabeza. Lo que ocurrió fue que me miraron con cara de pena y me dijeron que ponte a la cola, chaval, que esto va para largo, toma tu resguardo, ya te llamaremos y cómete una madalena, patético. ¿Habéis oído que los guarnicioneros de lujo, o los que hacen escopetas artesanales tienen cola de espera, incluso de años? Pues eso. Además, y como era de esperar, encargar una encuadernación, incluso de las más sobrias, no es precisamente barato, y además en mi caso me emperré en que tenía que hacer un estuche para el libro, tanto por la belleza intrínseca del concepto como porque, sin tener claro cómo integrar en la copia manuscrita las ilustraciones de Mario, opté por realizar en uno de los servicios de impresión bajo demanda un cuadernillo muy coqueto en el que se reunían todas, con los mismos dibujos a color que sirven de cubierta y contracubierta de la versión de Amazon como portada y contraportada de ese cuadernillo, cuyo grosor se tuvo en cuenta para que encajase a la perfección con el tomo encuadernado. El precio no es precisamente barato, el estuche cuesta casi tanto como la encuadernación y la broma sale por unos 150€, que más de uno pensará que con eso se compra uno un jamón de los de llorar de gusto cuando te los comes, pero qué queréis, no sólo de pan vive el hombre y yo con un esmarfon de los normalitos me siento de igual de realizado que con uno de mil lurus, pero otra gente no se siente persona si le falta uno de los caros. Y a mí me ha dado por encuadernar una copia de uno de mis libros que yo mismo he hecho a mano. Et voilà:
Contemplad todos... ¡el poder del cajo!
Bonito ha quedado. Una sobria encuadernación en tela azul, la misma que la del estuche. A pesar de que reconozco que los márgenes del texto no son los adecuados, y que el interlineado tampoco favorece, el resultado es interesante, y sobre todo ahí quedará esa copia como lo que es, la primera de las copias a mano que pueda ir haciendo en el futuro si me sigue dando por ahí. Y, aunque quizá no os habéis dado cuenta, cometí un error, del que fui consciente en el momento de recoger el libro ya acabado. No, no es que no aparezca ni el título ni el autor en el lomo, eso lo decidí yo, es otro detalle: el color temático, por varias razones, de Aletheia Moritat, en todo caso, debería haber sido el verde, no el azul, pero cuando me preguntaron que de qué color quería la tela de las tapas dije, por decir algo: "Eh... no sé. ¿Azul?" Y azul se ha quedado. Lo que me lleva a la copia manuscrita que he hecho de El hombre y su lágrima, que ha quedado bastante mejor, tanto por la elección de márgenes como de interlineado, y sobre todo porque, ya domada de forma más efectiva mi letra, me pasé a las estilográficas de plumín recto, también llamados caligráficas. En cierto modo las plumas modernas, con su afán de favorecer la escritura fluida, redondean demasiado la punta del plumín, lo que permite que apenas si haya fricción, de modo que la minúscula punta en la que termina la pluma digamos que casi flota sobre la tinta que está depositando sobre el papel, y la fricción se reduce al mínimo. Eso facilita la rapidez de trazo, pero apenas si permite variabilidad en éste, y si uno es un poco cagaprisas o tiene impreso en el caletre después de décadas de tomar apuntes que "si te paras a respirar te pierdes por qué a la Constitución de 1812 la llaman La Pepa", frenar es complicado. Los plumines rectos, de distintos tamaños, digamos que obligan a escribir un poco más lento, ofrecen la ansiada variabilidad de trazo, que tiene un efecto estético muy bonito, y disciplinan la velocidad de escritura. El resultado final es mucho mejor, la letra mucho más legible y regular y se acerca más a mi intención original al emprender este programa de investigación de I+D de formatos literarios. Ya que se trataba de un libro de relatos, ocurrióseme que cada uno podría escribirse con un color diferente, y en el caso de El proyecto McGuffin, que tiene tres segmentos que crean lo que viene a ser el logotipo que utilizo en los lomos de mis libros y que en su recursividad además simboliza la representación gráfica del Principio de los Intervalos Encajados de Cantor, cada uno de esos segmentos podía ir de un color distinto. Como anécdota comentaré que los relatos más largos se escribieron con tinta color violeta oscuro, y el relato El Becratosinok se copió con la misma pluma Inoxcrom ya mencionada y el mismo color de tinta que se escribió a mano el original, en 1989, porque soy un romántico. Nuevamente, lo de hacer las cosas de colorines, grave error.
Versión ológrafa, de 2018.
Original a mano escrito en 1989.
Porque la idea, claro, es que luego todo esto se va a escanear, obviamente antes de encuadernarlo. Si ya ir leyendo del Kindle para hacer una copia manuscrita es un curioso ejercicio de ingeniería inversa, que reconozco que a ojos de muchos sólo se podrá catalogar como enorme chorrada sin sentido, la idea es luego escanear a alta resolución ese original ológrafo y digitalizarlo en mapas de bits. Y lo de los colorines... así asá. A ver, tampoco es un drama insalvable: es cuestión de abrir el GIMP, bajarse un módulo para hacer modificaciones por lotes y buscar la combinación de brillo y contraste que convertirá una tras otra las imágenes de rojo o azul claro a un intenso blanco y negro que pueda ser fácilmente reproducible y no parezca una sombra ilegible en el papel. Quicir: lo de los colorines tiene su gracia y no descarto seguir con ellos, hay tantos colores bonitos y brilli-brilli de tintas de pluma que da pena no utilizarlos (incluso las hay perfumadas, os lo aseguro), pero hay que reconocer también que el negro sobre blanco tiene una sobriedad y da un acabado a tener en cuenta, y el contraste perfecto te quita de problemas futuros. En este caso, al escribir sobre papel blanco o crema con colores claros el problema se resuelve sin demasiada complicación, pero hay infinitas combinaciones, algunas de ellas casi imposibles. Imaginaos una copia realizada en papel negro o rojo oscuro, con tintas iridiscentes (sí, existen) o de acabado metalizado, y que hay que escanear eso. Me pongo malo sólo de pensarlo, aunque posteriormente os explicaré una posible "solución" a esto.
Aletheia Moritat. Escaneo de la página 132, fascículo 9. Tinta turquesa.
A continuación, pasada a blanco y negro.
Y es que, una vez digitalizadas todas las páginas, se abren nuevas posibilidades combinando la antigua con la nueva tecnología. Nada más fácil que hacer con todas esas imágenes un pdf, y una vez tienes un pdf del tamaño adecuado puedes hacer una edición facsimilar del original ológrafo, una versión alternativa a la versión tipográfica. Aunque gracias a la familia de papeles del estándar ISO DIN-A la escabilidad y proporcionalidad es absoluta, y se podría hacer una versión en formato A5, la mitad, lo suyo sería, obviamente, optar por la versión en formato completo. Dado que además, como era de esperar, el número de páginas aumenta respecto a la edición tipográfica, el producto final es sensiblemente más caro. Al sistema de impresión de nuestro proveedor de servicios de autoedición, como Lulu, Bubok o Amazon, eso le importa un higo, ellos imprimen el pdf y la única diferencia para ti es que en uno de los casos el pdf será mucho más pesado para subirlo. Por lo tanto tenemos entre manos dos productos diferentes a tener en cuenta: por un lado una versión ológrafa, con su papel de color crema, o cualquier otro que quieras elegir entre los muchísimos que hay y que pueden utilizarse, y una edición facsímil de ese original que se trata en definitiva como un libro normal más, sólo que su interior contiene la reproducción de la letra manuscrita del autor. ¿Habría mercado para productos así? Mi primera respuesta es que no, aunque es un no matizable, ya que si se han vendido piedras mascota yo me creo que hay mercado para cualquier cosa. A la pregunta de si esto se vendería, la respuesta es simple: depende de quién sea el producto, obviamente. Si J. K. Rowling hiciese una copia a mano del primer libro de Harry Potter y se subastase para caridad, no tengo duda de que alcanzaría un alto precio y que entre los millones de fanses del niño mago habrá más de algún multimillonario dispuesto a pagar más de lo que cuesta un Ferrari por tener semejante e irrepetible joya biliográfica. Pero eso sería un caso aislado y puntual, como fue el ya citado de Einstein, y eso que ese manuscrito de la Relatividad se puede comprar en formato manuscrito en un tipo de edición parecida a la que yo propongo, me imagino que para fetichistas de ese tipo de libros. Respecto a la versión manuscrita per se, el original de puño y letra del autor, ¿a qué precio se vendería algo así, si es que se quiere vender y no guardarlo como reliquia que enseñar a los amiguetes? Porque, aunque se realice relajadamente escuchando música o aprovechando el tiempo de otra manera, estamos hablando de un montón de horas de trabajo, y eso hay que pagarlo. Lo que nos lleva a otro dilema interesante, y es que, a mi juicio, este tipo de productos sólo tendría sentido con una curiosa combinación de número de lectores y de rentabilidad económica, y que quedaría claramente delimitado por arriba y por abajo. Se entiende muy bien esto si empezamos a explicarlo por el límite superior: cuestiones aparte de posibles excepciones para subastas de caridad o donaciones a una Biblioteca Nacional, como ya se ha citado, un escritor superventas como Rowling o Stephen King no tienen ninguna necesidad de, ni aliciente para, realizar una obra ológrafa de las características que yo propongo, y si la hicieran tendrían que pagársela a un precio absolutamente disparatado que agotaría el mercado antes de llegar a una docena de ejemplares, pues esa gente tiene cosas mucho más importantes en las que invertir su tiempo, como por ejemplo contar sus montañas de dinero. Entendido esto es mucho más fácil explicar que algo análogo ocurriría en el límite inferior si como es mi caso te encuentras en el vil fango del lumpenliteraturiado y empiezas a pensarte, como también es mi caso, que ya son muchos años de hacer el ridículo: si no vendes ni un colín en papel o electrónico, alma de cántaro, ¿vas a vender a alto precio una copia manuscrita? Un mojón vas a vender, muerto de hambre. Es decir: habría una franja, difícil de calcular, en la que un autor con unas ventas razonables, y que además mueve a un tipo de público dado a cierto tipo de fetichismo literario, podría realizar este tipo de copias y venderlas a un precio que ese público estuviese dispuesto a pagar y que además ese precio compensase el tiempo invertido en él. Porque estamos hablando de muchas horas de trabajo, a lo que luego habría que añadir el precio del encuadernado, que puede ir desde unos 60-80€ en el mejor de los casos a el cielo es el límite si quieres que te lo encuadernen en piel de ternera de raza wagyu que sólo bebía hidromiel, con damasquinado de hilos de oro e incrustaciones de rubíes, zafiros y esmeraldas, y un cierre electrónico codificado por Richard Stallman en persona (no creo ni que aceptase hacerlo, pero por decir algo). Es fácil de entender: a partir de un número de ventas suficiente el autor ganaría demasiado dinero para que hacer ese tipo de ejemplares le resultase atractivo, e incluso de poder seguir vendiéndolos a precios prohibitivos y cada vez más altos seguramente preferiría invertir su tiempo en otras cosas; por el otro lado, como ya he indicado, si no vendes ni en electrónico ni en papel tradicional poco interés puede haber en una copia facsímil del libro en formato ológrafo, y sobre la misma copia original que se tendría que vender a un precio más que considerable, ya para qué hablar. Si me preguntáis a qué precio vendería yo esa copia única, pues imaginaos: además del precio de la encuadernación que ya os he dicho son 325 páginas, echadle como mínimo a 20 minutos por página y luego a cuánto saldría cada hora de trabajo, y luego sumarle el precio de la encuadernación. Vamos, que nadie me querría pagar lo que yo pediría sólo para no hacer el ridículo ante mí mismo o sencillamente pensar que lo malvendo de mala manera y trabajando muy por debajo del salario mínimo, no ya de profesional de altísimo nivel forrado de dinero que ya imagináis que soy. Esto es casi el equivalente de un vestido de alta costura, y ya sabéis a qué precio van y cuánta gente se lo puede permitir. Lo cual lleva a otras posibilidades: por ejemplo, en vez de subastarlo, o intentar venderlo a alto precio, se podría hacer una rifa, y que la rifa fuese por ejemplo entre compradores verificados de la obra en formato papel y electrónico, siempre que éstos lleguen a cierta cantidad, lo que además incentivaría a ser lector no pirata. Cuando los compradores lleguen a 1000, a 5000 o lo que tu desatada fantasía quiera considerar, se rifa el ejemplar ológrafo y al que le toque, se lo queda sin más inversión. Algo no muy distinto a lo que se hace actualmente de sortear una corta edición especial, obviamente firmada y personalizada por el autor. Es sólo una idea, tampoco estoy seguro que funcionase en todos los casos, y nuevamente habría que ver en qué circunstancias sería viable. Otra opción, en plan mediopensionista, o para decirlo de otro modo, "déjame oler el cuchillo del jamón" citando el famoso chiste, sería el equivalente de "foto firmada por el actor X", que se suelen vender a buen precio si la fama es suficiente. Es decir: a tanto el peso. Por un precio relativamente asequible, el autor te enviaría un folio escrito con tu pasaje favorito que ocupe un folio de excelente calidad, a precio fijo, pongamos 50 euros por decir algo, con todos los gastos incluidos, en una linda carpetilla y todo eso. ¿Podría ser factible o tendría eso un mercado? Yo diría en principio que no, pero os repito: "piedras mascota", así que en principio no descarto nada.


También es interesante una tercera vía entre la edición facsímil del original y la versión ológrafa y única, y es el de la copia hecha con una writting machine, algo que de momento sólo estoy estudiando a nivel teórico, y que paso a explicaros porque tiene su gracia. Como he mencionado anteriormente, la mayor parte de las imágenes con las que trabajamos en los ordenadores son mapas de bits, sin comprimir o comprimidos en distintos formatos. Eso básicamente lo que hace es leer esa información y devolverla a la pantalla, y lo mismo reza en definitiva para una impresora, incluso aunque estemos hablando de fuentes tipográficas que se "traducen" en el momento de imprimir a un mapa de bits que recibe esa impresora. Estos originales míos al escanerarlos a 600dpi se convierten en mapas de bits en color, que se quedan inalterados como copia maestra en un formato comprimido sin pérdida de calidad, y posteriormente se convierten en imágenes en blanco y negro de alto contraste de 1 bit, lo que se conoce como blanco y negro puro y que ocupan muy poco espacio en disco. Aun así, no dejan de ser mapas de bits, coordenadas cartesianas que se traducen a puntos en pantalla o en papel impreso. La otra opción es vectorializarlo, lo que convierte la imagen en un conjunto de ecuaciones cuyo escalado es potencialmente infinito. Igual que una fuente tipográfica que instalamos en un ordenador es escalable y tiene que verse sin cosas raras y con bordes suaves a tamaño de letra 12 como 72, el dibujo geométrico de una casita se verá igual de bien en tamaño A4 que en una pancarta que ocupe una fachada entera, mientras que el mapa de bits de un dibujo similar se vería desdibujado y borroso al ampliarlo. La razón para vectorializar un manuscrito no sería en realidad nunca hacer versiones a gran tamaño, eso no tendría demasiado sentido salvo en contadísimas ocasiones, pero sí lo tendría si queremos llevar nuestro original a un plotter, y en este caso un plotter un tanto especial. Los plotter (dibujadores o trazadores sería la traducción), son un tipo de impresoras especiales para dibujos vectorializados, y tanto por su alto precio como porque se suelen utilizar para dibujos técnicos de alta precisión, por no hablar del tamaño del aparato, no suelen estar en un domicilio particular. De todos modos aunque un plotter al uso podría ser interesante para lo que voy a proponer, lo es mucho más un tipo de plotter específico llamado writting machine, y que suele utilizar bolígrafos, rotuladores o incluso plumas para trazar las ecuaciones contenidas en un archivo de dibujo, de los que os sonarán sin duda los Windows metafiles, los antiquísimos cliparts de wordperfect, y por supuesto los encapsulated postscript y sus posteriores mejoras. En mi caso no he tenido más que bajarme el programa gratuito Inkscape, cargar los bitmaps, y hacer las vectorializaciones para crear los gráficos vectoriales que podrían pasarse a un plotter o writting machine. Las writting machines profesionales existen desde hace tiempo, eran realmente caras y en España supimos de su existencia hace años cuando nuestro actual rey emérito firmó un real decreto o algo equivalente sin estar siquiera en el país, y nos enteramos todos de que no sólo los Reyes Magos no existían, sino que el rey de verdad no se arriesgaba a que se le desarrollase un problema del túnel carpiano por tener que firmarnos a todos los títulos académicos y las mil cosas que firma un rey a lo largo del día, sino que eso lo hacía una máquina que en las fotos era básicamente eso, un plotter industrial con una bonita pluma que se movía con una especie de brazo robótico, y que decían que estaba en uno de los sótanos de la Zarzuela. Felipe II, ése sí que escribía todas sus cartas y firmaba todo lo que hubiese que firmar, que aquéllos sí eran reyes serios. ¿Os suena el debate de si ves realmente la cueva de Altamira o de Lascaux si sólo visitas su reproducción, por exacta que ésta sea? Pues esto lo mismo: si te firma un documento el plotter que tienen en el sótano de la Zarzuela, ¿realmente te lo ha firmado el rey? Yo qué sé.

La writting machine ofrece una solución de compromiso entre la copia ológrafa, única e irrepetible por definición, y sus copias facsímiles que puede imprimir y encuadernar Amazon. El brazo robótico, armado con un rotulador, o pluma si se quiere dar un acabado más fino, puede escribir en un papel personalizado, se pueden hacer igualmente fascículos, y encuadernarlos de forma artesanal. Esto permite primero hacer tantas copias como uno quiera, y por supuesto abarata enormemente el coste, ya que aunque el plotter precisa de mucha más atención que una impresora, que mientras tenga papel no abandona su trabajo, el tiempo de acabar una copia por este método pasaría de un mes un libro de unas doscientas páginas en formato impreso a unas pocas horas como mucho. También permitiría algo muy importante, y es que se podría hacer con bastante facilidad copias extravagantes o de fantasía. Los antiguos copistas medievales que escribían en papel o pergamino tenían que dibujar las líneas que les sirviesen de guías para escribir para luego borrarlas, y actualmente con los papeles tan finos que tenemos se opta por utilizar una planilla que colocada debajo del papel se transparenta lo suficiente para servir de guía para las líneas y sus márgenes. Imaginaos que este tipo de copias ológrafas se ponen de moda y se aceptan incluso encargos, y que un excéntrico millonario texano te pide una copia en papel negro escrito con rotulador dorado, o fucsia, y claro, le tienes que responder que no porque además de complicadísimo técnicamente por no poder utilizar planilla, te dejarías la vista haciéndolo, aparte del horror estético que supondría eso para un espíritu sensible. Con una writting machine, cualquier combinación de papel y de instrumento de escritura compatible se convierte en una opción igualmente viable, que además se puede combinar a su vez con otras opciones de encuadernación de las que se hablará luego, y hasta sería posible escribir en materiales como plástico o acetatos con rotuladores especiales. La única desventaja que veo a esta tercera vía, por ponerle un pero y buscarle la vuelta a todo, es que si tuviese éxito podría reducir el precio de la copia ológrafa original al saturar el mercado con copias casi equivalentes de ella, pero eso ya sería adelantarse mucho a un problema que seguramente nunca se llegaría a presentar.

Actualmente esta tercera vía, la de la writting machine, sólo es eso, una posibilidad teórica. El precio de uno de estos juguetes no es tampoco una locura y podría ser perfectamente un autorregalo de Navidad, e incluso se pueden comprar las piezas y si uno es un poco hábil montando electrónica se puede construir uno porque hay planos y especificaciones de sobras en internet para elegir, y la verdad es que me daría bastante morbo hacerlo, aunque eso sería una complicación más a añadir a todo el tinglado. De todos modos, como ya he dicho, si no aspiro a vender la copia original ológrafa o poner de moda las copias impresas facísimiles, hablar en serio de una tercera vía que acceda a un tipo de comprador intermedio es hacer castillos en el aire.

En este momento alguno se estará preguntando que, si ya tengo terminada la copia de El hombre y su lágrima, que por qué no está encuadernada ya, o por qué no he encargado ya esa encuadernación. Pues muy simple: como me quedé bastante flipado con que al encargar una encuadernación te digan "Vuelva usted dentro de tres meses y mientras te comes una madalena, patético", recordé que lo de la encuadernación forma parte de la tradición familiar, ya que mi padre, no me preguntéis cómo ni por qué, encuadernó parte de su biblioteca, y es por eso por lo que yo algunos libros los leí en casa con una sobria encuadernación de aficionado, tampoco ninguna floritura, no os creáis. Investigué un poco y ya sabéis cómo somos los desemprendedores, empecé a ver nuevos campos en los que malgastar mi tiempo y mi dinero sin ningún provecho real. Obviamente la encuadernación es un arte y una disciplina complejísimas que precisan de mucha práctica y dedicación, pero crear encuadernaciones decentes y duraderas tampoco es ingeniería aeroespacial. Además, comprar unas herramientas básicas y los materiales fundamentales tampoco es demasiado oneroso. También me puse a investigar y a ver tutoriales y a leer manuales, y pronto me familiaricé con conceptos como costura francesa, encuadernación belga y otras posibilidades al alcance de alguien que tenga manos y no muñones.

Así pues después de comprar cartón de dos milímetros de grosor, algo de tartalana (el refuerzo de tela que se pone en el lomo), telas de encuadernar, guardas, cabezadas, agujas curvas también llamadas capoteras, hilo encerado y unas cuantas cosas más, empecé a hacer experimentos con gaseosa, que de momento han sido relativamente satisfactorios, y a pesar de los problemas casi insalvables de escuadrar correctamente un corte y no disponer de un lugar de trabajo mínimamente espacioso, algo se ha podido hacer.

La cuestión es que si combinamos lo anteriormente dicho sobre cómo crear copias personalizadas a mano con el mundo de la encuadernación, se abren más posibilidades. El posible valor de una copia ológrafa o con writting machine, combinada con una encuadernación creada por el propio autor digamos que aumenta su valor personal, y además permite jugar con otros formatos e incorporar otras habilidades y tecnologías. Al final un encuadernador hará lo que le pidamos, pero el yo me lo guiso y yo me lo como aporta un añadido más. También permite que, si encargamos a un centro de impresión una copia tipográfica maquetada en fascículos en tamaño A5 o A6 de una de nuestras obras, realizar copìas únicas con las técnicas ya comentadas de cosido y de encuadernación, y a esto se le puede añadir incluso una hermosa sobrecubierta personalizada y única. Con los cuatro ejemplares que me quedaban de la edición de Het realizada por Baile del Sol hice el siguiente experimento.






No es ninguna genialidad, pero tiene un pase. Dos de las copias las hice con sobrecubierta, y las otras dos en vez de utilizar una tela o papel de encuadernar, se utilizó la cubierta aplicándola directamente sobre el cartón gris de 2mm, una encuadernación en tapa dura sin sobrecubierta que sin embargo mejoraría con una sobrecubierta de acetato transparente. Es relativamente sencillo diseñar una portada con tu programa favorito para estos menesteres, y luego llevarlas a un gabinete de impresión que te dan un acabado realmente bueno que no desmerece del de cualquier libro comprado en una librería. Utilicé, como se puede ver, el archivo del título, que lo tenía guardado, y de fondo de cada una de esas cubiertas que evocan los cuatro elementos superpuse una de las páginas vectorializadas, que una vez convertida en ese tipo de archivos se puede utilizar como una capa transparente, o cambiarse de color a voluntad, tal como se puede apreciar.
Versión ológrafa de El hombre y su lágrima, a día de hoy sin encuadernar. 
Ejemplo de encuadernación tipo belga, que no utiliza pegamento para unir la tripa del libro a las pastas.
Caja tipo concha.
Ahí arriba está la copia ológrafa de El hombre y su lágrima, que ha quedado mejor que la de Aletheia Moritat. Ahora mismo estamos con la fase de desarrollo. La idea es hacerle una encuadernación cosida belga, pero ya que estamos, que las tapas y el lomo sean de metacrilato impreso, y el hilo experimentar con que en vez de lino sea de nailon. Además, se completaría el conjunto con una caja de tipo concha, que a su vez habría que forrar con unos bonitos diseños para el libro. Como si uno la caga luego no hay marcha atrás, obviamente primero se harán experientos con gaseosa con una versión impresa en pdf en tamaño A5, luego se escalará a hacer lo mismo con una copia A4 a ver lo que sucede y si y sólo si todo va bien le meteremos mano al material irreemplazable. Que diréis quizá que menuda estoy montando y que me estoy flipando mucho, y razón no os faltará, pero puestos a fliparse, con todas las consecuencias. Si esto termina saliendo bien ya os enteraréis en este mismo batcanal a la misma bathora, y si de esto nunca más se sabe... ya os imaginaréis lo que ha ocurrido, que sois mayorcitos.

Al fin y al cabo, y aunque se ha hablado de todo esto en términos de posible viabilidad económica o quién sabe si de que pudiese convertirse en una tendencia igual que en música está volviendo con fuerza el vinilo cuando todo el mundo lo daba por muerto, lo principal, me parece a mí, es el aspecto lúdico y de entretenimiento que tiene todo esto. De hecho hay cosas que si no se hacen por su puro aspecto de diversión o por el placer de investigarlas, probablemente no se harían, y en mi caso, principalmente, mi intención es crear versiones bellas y diversas de mi obra por el puro placer de verlas terminadas. Del mismo modo se me ha ocurrido otro proyecto igualmente idiota: escribir todas las palabras del diccionario; ojo, no digo copiar el diccionario entero, sino todas las palabras, no sus definiciones, y aunque no serían todas porque tampoco vas a escribir el paradigma entero de todos los verbos y hay palabras no recogidas en el diccionario, sí podrías decir que has escrito al menos una vez casi todas las palabras de tu idioma. ¿Para qué? Paraguayo.

Además, otra cuestión importante, es que escribir a mano relaja un montón, y puedes combinarlo perfectamente con tu música favorita. Como sabréis se han puesto de moda, precisamente, libros de colorear para adultos, justo por el efecto de meditación y relajación que supuestamente producen, pues servirían para liberar estrés. Pues escribir copiando algo tiene, me parece a mí, un efecto similar, y además si lo haces bien incluso puede dar lugar a algo que termina siendo bonito y de cierto valor. Y casi seguro que incluso es más barato.

¿Por qué hacer estas cosas con las que he estado experimentando? Y yo qué sé. De hecho probablemente una de las formas en las que crear algo de este tipo tiene sentido es para hacer un regalo especial. Imaginemos el caso de un tolkilendi (gente muy friki de la obra de Tolkien, para el que no lo sepa), que quiere hacer un regalo especial a alguien, por ejemplo a su novia, también tolkilendi, y que sin decirle nada, sin prisa pero sin pausa, le hace una copia a mano de El Hobbit, y que incluso incluye sus ilustraciones favoritas que imprime a todo color, y después lo remata todo con una encuadernación de cuero con puntada larga, o cualquier otra que esté a la altura del proyecto, además de enfundarlo todo en una caja o estuche igualmente trabajados y que no desmerecería de verlo en las manos de Gandalf. Diréis: jo, eso sí que es amor, y ya, pero sencillamente estoy poniendo un ejemplo para hacernos una idea, y además añado que siempre corres el riesgo de que tu novia vea el regalo con el morro torcido y diga "Si me quisieses de verdad me habrías hecho una copia de El señor de los anillos", y ahí ya te mata porque eso lo tenías planeado para las bodas de plata, porque menudo trabajo. Algo más fácil: regalarle a un hijo sus padres una copia de El Principito escrita por ellos. Además lo que digo ni siquiera tiene que ser para un regalo, puede ser un autorregalo, y qué puede ser más íntimo y especial que copiar a mano tu obra favorita y hacer una copia personal e irrepetible que tus nietos mirarán o bien maravillados o haciéndose cruces de lo raro que era el abuelito.

¿Hay que estar un poco loco para hacer algo de este tipo? Indudablemente, pero como se decía en Alicia en el País de las Maravillas no se conoce de nadie que sea feliz estando completamente cuerdo.

-SuperSantiEgo