23.3.18

Libros: Dos novelas que son la misma, Un árbol crece en Brooklyn, de Betty Smith y El primer hombre, de Albert Camus

Me voy a tener que repetir explicando de inicio algo que ya conté en su día, pero que en este caso también está bien llevado: en una ocasión, no ésta de la que hablaré a continuación, leí dos novelas seguidas que eran la misma, las dos de Frederic Forshith: Chacal y El cuarto protocolo. Eran la misma porque las dos tenían la misma estructura, y los personajes eran parecidos y hacían cosas muy similares, cuestión aparte de si se tratase de impedir el asesinato de de Gaulle a finales de los años 60 o la explosión de un artefacto nuclear en el Reino Unido de los 80. Eran, en el fondo, la misma novela escrita por el mismo autor veinte años después, siguiendo la misma plantilla.

No es el caso del que vamos a hablar, porque estamos ante dos novelas escritas con muchos más años de diferencia, en dos idiomas distintos, en un caso es una mujer, en el otro un hombre, una hija de emigrantes en un nuevo país, Estados Unidos, y un francés criado en las colonias norteafricanas del suyo, por lo tanto un pied noir,

Ambas novelas se pueden calificar como autobiográficas, o como se dice actualmente, son autoficciones. En principio se supone que no es lo mismo, aunque la verdad es que es difícil diferenciar si realmente se refieren a dos géneros diferentes pero estrechamente emparentados o bien es un término inventado en 1977 para vender el mismo perro con un collar un poco diferente. Nunca he tenido nada en contra de lo autobiográfico, pero reconozco que el término autoficción siempre me ha parecido algo cargante por lo que tiene en muchos casos de "fantasmada autobiográfica", y que bajo esa etiqueta se haya acogido mucha narración en la que un postadolescente con ínfulas literarias, o estrella frustrada de la música traumatizada por no haber sido Mick Jagger en los 60, se dedica a hablar displicentemente de todo y a mostrar una superioridad existencial sobre el resto del mundo que le provoca un profundo tedio, sin aportar ninguna prueba de su grandeza más que frases cortas en presente de indicativo y exhibir una forma de malditismo que no se cree ni el más tonto. Es decir: muchas veces es ombliguismo puro de personas muy aburridas que no son capaces de hacernos creer que su vida y lo que les pasa por dentro y por fuera mundo adelante valga la pena prestarles demasiada atención. Naturalmente no todo es malo, pero hay que andar con cuidado con lo que te quieren colar bajo esta etiqueta. "Autoficciones" también son, en cierto modo, las series de Louis CK y Ignatius Farray, donde interpretan una versión ficcionalizada de sí mismos, en ocasiones por supuesto recreando y dando mayor contenido a anécdotas y sucesos que sí les pudieron haber ocurrido.

En el caso de estas dos novelas los protagonistas adoptan un alter ego de nombre distinto a de los de una y otro, aunque la más breve consulta a sus biografías nos confirman que los verdaderos protagonistas son Betty Smith y Albert Camus, los cambios son mínimos. El cambio de nombre se puede interpretar como una forma de pudor, ya que en cierto modo van a hablar de las intimidades de la propia familia, como un reconocimiento de que aunque se van a basar en su propia vida lo que leeremos siempre será la vivencia de un personaje con el que podremos identificar al autor, pero que no deja de ser eso, un personaje literario.

Ambas novelas son magníficas, escritas en un estilo bastante distinto, pero por lo menos para mí se tratan de la misma novela, quizá porque las dos tratan de la misma verdad o de los mismos sentimientos de manera muy semejante. No deja de ser curioso cómo uno puede ser capaz de sentir completo desapego por algunas de esas autoficciones de personas contemporáneas que se quejan de que el mundo no les da pie para mostrarnos su grandeza, y que la simple historia de una niña que vivió hace cien años al otro lado del mundo, y la de un niño que vivía en una colonia a orillas del Mediterráneo, puedan conmover tan profundamente. Ninguna de las dos cumpliría ninguno de los requisitos de lo que se entiende de forma convencional como una buena historia novelesca: no hay ningún gran enemigo que batir, aparte de la miseria, los personajes principales y los secundarios no "quieren" nada, salvo vivir dignamente, y el final es sencillamente el final de una etapa. En la novela de Betty Smith la novela termina cuando la protagonista empieza a trabajar, sufre el primer desengaño amoroso y se convierte en una adulta hecha y derecha a los diecisiete años (sí, eran otros tiempos), y la de Camus no sabemos cómo podría haber terminado porque parte de su leyenda consiste en que su manuscrito se salvó cuando la carpeta en cuyo interior se encontraba salió despedida lejos en el accidente de coche en el que murió su autor, de modo que se salvó del incendio. Por las anotaciones de Camus se entiende que como mínimo habría llegado a contar también al menos su primera adolescencia y el descrubrimiento del amor: "Amores adolescentes en la playa", había escrito en uno de los folios como anotación.

El tema de las dos novelas, a mi entender, es exactamente el mismo, y es el que las hace tan grandes: son novelas sobre el amor y sobre la resiliencia humana. El amor que los dos autores vuelcan sobre los recuerdos de su familia es infinito y se muestra en cada párrafo, y también en cada página se percibe el orgullo por haber sobrevivido a una infancia tan dura sin sucumbir a la amargura y sin haber medrado a costa de nadie. En ese aspecto las dos novelas apenas tienen lectura política porque no se analizan los orígenes de la situación de pobreza, ni pretenden ser una denuncia social o de situaciones de injusticia económica y de explotación. No es que el tema no se trate o evite, de todos modos aparecerá el contexto histórico, pero el objetivo a narrar es otro muy diferente y a ello se ciñe la narración.

Estas consideraciones familiares y personales en el caso de Camus aparecen desde el primer momento cuando su alter ego literario medita al pie de la tumba de su padre, que murió con dieciocho años en la Primera Guerra Mundial, y cómo describe la humilde vida de su madre, una mujer analfabeta y casi sorda cuya única compañía y apoyo es su hermano, un trabajador manual de limitada inteligencia pero gran corazón. La única salida del joven protagonista es la educación: privado de padre y sin un hermano mayor que le sirva de ejemplo, se convierte en su propia referencia en una sociedad colonial llena de conflictos políticos y rencillas que acabarían con la huida de los franceses de Argelia, de de modo que su único valedor es el maestro de escuela que ve en el muchacho una inteligencia que debe ser alentada. Camus dedicó el discurso de aceptación del Nobel a su profesor que lo arropó en sus primeros años y consiguió que ganase las becas con las que se acabó convirtiéndose en uno de los escritores más respetados del siglo XX. Al final del libro se añaden dos cortas cartas entre Camus y su antiguo profesor de escuela, en la que éste le cuenta brevemente desde Argelia sus temores de que los valores laicos y republicanos de la escuela francesa se vean invadidos por el tradicionalismo y la beatería. Sobre la vida de Camus poco hay que decir porque todo es más que conocido: fue el ganador más joven del Premio Nobel de Literatura, y además de ser como ya he dicho ya uno de los escritores e intelectuales más admirados del siglo pasado, posee el récord inigualado de molar posando para una foto con un cigarrillo en la boca, y también era conocida su incapacidad de decirle que no a una mujer hermosa, vosotros ya me entendéis. También fue un ávido jugador de fútbol en sus años mozos, y decía que sólo había aprendido cosas buenas de la práctica de ese deporte. Casi todas las ediciones de El primer hombre tienen por portada a un joven Camus sentado en el suelo al lado de sus compañeros de equipo.

Saca de ahí algo en claro si puedes.

Leí primero la de Camus, supongo que poco después que saliese en español, que a su vez fue poco después de que se editase por primera vez en francés a mediados de los años noventa, cuando la hija de Camus dio su autorización. La labor de reconstrucción se sabe que fue ardua, y que el original consistía en folios con letra apretujada sin apenas espacios ni marcas de párrafos y con la puntuación como asunto para solucionar después. Los que alguna vez hemos escrito a mano sabemos lo que es eso. De todos modos cuando uno ve el resultado y que eso que está leyendo, adaptaciones aparte, es un primer borrador de una novela inconclusa sólo puede decir: jopetas, este señor sabía escribir realmente bien. A pesar de ello a Camus le da tiempo a contar con gran ternura su infancia, la relación con su madre y con su tío, los primeros sinsabores del trabajo infantil y juvenil y la ilusión por alcanzar el conocimiento y estudiar.

Un árbol crece en Brooklyn se volvió a poner de moda hará más de diez años, aunque yo ya la había leído por un ejemplar que había en casa de mis padres, de la Editorial Mateu, en una colección reconocible por el color amarillo de las tapas duras y porque en el lomo aparecía una pluma de ave.

La historia de Betty Smith es exactamente la misma: es la historia de una niña de una familia que apenas consigue sobrevivir. El padre es un camarero alcohólico que además canta y pasa casi todo el día vestido con sus elegantes ropas de trabajo, y la madre es una abnegada emigrante que de puro milagro consigue sacar adelante a sus hijos con una dieta basada en pan duro comprado a bajo precio. Francie, el alter ego de la autora, es una niña soñadora que siente gran cariño por su padre, una figura que al igual que el resto de la familia yo soy incapaz de imaginarme sino con los dibujos de Will Eisner, que no vivió esa misma época pero sí la posterior, de pequeño, y que también cuenta historias de inmigrantes hacinados en pisos de mala muerte y gente que se ganaba unas monedas cantando en medio de la calle. Francie siente una gran fascinación por el conocimiento y la lectura, y es consciente de que sólo así, aprendiendo, podrá llegar a ser algo en la vida, aunque su origen humilde y el hecho de ser mujer continuamente jueguen en su contra, de modo que cuando al final de la novela acceda a la educación universitaria será sin haber podido cursar los cursos necesarios de bachillerato y deberá pasar un examen que demuestre que está preparada.

Esta novela transcurre fundamentalmente en los años de la Primera Guerra Mundial, en la que los Estados Unidos entró en 1917, y que por tanto sólo se afectará directamente a la narración al final de la novela. Pero aun así existe un ambiente bélico de fondo. Para empezar Smith es el apellido de casada de la autora, que nació con el de Wehner, y su primer marido había cambiado su apellido original, Schmidt, por Smith. Betty Smith básicamente era alemana... como tantísima gente en los Estados Unidos debido a varias oleadas de inmigrantes centroeuropeos, e incluso en Nueva York, donde se hablaba alemán en barriadas enteras, en fotos antiguas de la época podréis ver que en muchos locales y tiendas se anunciaban los productos a la venta en alemán. Por si fuera poco la novela se publicó en 1943, cuando nuevamente los Estados Unidos están pelándose en Europa con los mismos de la vez anterior, así que para la novela Betty Smith reconvirtió a su muy alemana familia en un matrimonio mixto entre un irlandés y una austriaca. Aun así se narra el ambiente bélico de la época, y cómo la gente de ascendencia alemana se vio, igual que veinte años después, forzada a demostrar su lealtad a la nueva patria y a no hacer alarde de su etnicidad, de modo que hubo esos cambios de apellidos, se abandonó el uso del alemán y algunos incluso maquillaron su ascendencia, como hizo la misma familia de Trump, que mentía y decía que provenían de Suecia. Actualmente en los Estados Unidos el grupo étnico con ascendencia alemana es el mayor del país, y en algunos estados alcanza un porcentaje del 80% o más.

En el libro se ve también que hay cosas que no cambian nunca: recordaréis que se propuso en Estados Unidos que, dado el escaqueo francés durante la guerra contra Irak, que las "french fries" pasasen a llamarse "freedom fries", pero no es nada nuevo. En Un árbol crece en Brooklyn nos contarán cómo en 1915 el hermano menor de la protagonista recibe una reprimenda del tendero al que ha osado pedir que le vendiera "chucrut", cuando su nuevo nombre era "repollo de la libertad". Sí, la tontería es una constante del universo. En el momento en el que transcurre la novela, por cierto, las patatas fritas no eran populares ni muy conocidas en Estados Unidos, y se popularizaron precisamente tras la Primera Guerra Mundial por medio de los soldados que las habían probado en Francia y Bélgica, donde ya sabéis que son verdaderos devotos de la pomme de terre frita.

Otra cosa llamativa que nos puede llamar en esta novela es una de las profesiones de Francie al final de la novela, pues trabaja en una "agencia de prensa", una versión algo prehistórica no de lo que hoy es una agencia de noticias como Reuters, sino de Google News: empresas que se dedicaban a recopilar recortes de prensa, literalmente los recortaban, y entregaban a sus clientes periódicamente dossieres del tema elegido, a la vez que mantenían una base de datos o archivo de las noticias y temas más interesantes para cuando un nuevo cliente se los solicitase. Estamos tan acostumbrados a pensar ya en acceso a bases de datos por ordenador que olvidamos que hubo un tiempo que para obtener la información se debían consultar enormes archivadores llenos de fichas con referencias cruzadas de todo tipo que garantizaban que se pudiese acceder al conocimiento y la información de forma eficazmente indexada. Es habitual ver en alguna película antigua que las bibliotecas mantenían por medio de personal especializado archivos de este tipo y que agencias de protección de la ley como el FBI poseían vastos archivos con referencias documentales de todo tipo, y que el cruce de información era vital para sus acciones de contraespionaje o de lucha contra el crimen organizado. Precisamente en Chacal creo que hay una escena al principio del libro en la que el inspector encargado de la investigación visita los archivos de la Sécurité para que a partir de algunos indicios pueda iniciar la búsqueda del terrorista. Fue éste el de los archivos y documentación un trabajo minucioso ya totalmente volcado en el mundo digital, y en el que sus trabajadores fueron fundamentalmente mujeres.

Un árbol crece en Brooklyn fue una novela extremadamente popular que vendió cientos de miles de ejemplares, y que se imprimió profusamente por el gobierno para enviar copias a los soldados en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. A día de hoy está considerada como una de las grandes novelas estadounidenses del siglo XX. Betty Smith siguió escribiendo, pero ninguna de sus obras alcanzó la misma repercusión que su primera novela. Colaboró en la adaptación de ésta a musical, y también tuvo bastante reconocimiento como dramaturga. La metáfora fundamental de la novela a la que se refiere el título es por supuesto ese árbol que crece en el patio de su casa, y que lucha por sobrevivir a pesar de todo. La novela termina con un recurso poético dando a entender que la infancia de Francie ha acabado y empieza su vida adulta, y en los últimos párrafos ve a otra niña del vecindario sentada en las escaleras observando todo lo que ocurre a su alrededor, como ella misma hacía unos años antes, dispuesta a aprender del mundo y a vivir en él. Es un recurso que nos puede recordar al final de la serie The Wire, en la que al final del último capítulo vemos cómo la historia se prepara para repetirse a sí misma, y los personajes más jóvenes van a desempeñar en el barrio la misma función que los que habíamos conocido.

Un árbol crece en Brooklyn se convirtió rápidamente en película en 1945, dirigida en su debut por Elia Kazan. La vi hace tiempo y está bastante bien.



La adaptación de la obra de Camus es de 2011, una coproducción francoitaliana.



A falta de una, hay además dos adaptaciones en cómic.



Ambas novelas son más que recomendables, y da igual que cuenten lo mismo porque hay historias que nunca cansan y si están contadas con tal honradez, a pesar del tiempo que nos alejen de ellas o de las circunstancias de los personajes en entornos tan distintos alos nuestros, siempre se entenderán y nos calarán muy hondo. En cierto modo, como Camino de Delibes, tratan de un aspecto de la Historia de Todos los Niños, y todo adulto al echar la vista atrás y recordarse se verá reflejado en la historia de cualquier otra persona que rememore su infancia, incluso aunque no haya sido así de trágica.

-SuperSantiEgo