30.1.12

El día que fui a ver a Jodorowsky

Y algunos, hombres de poca fe, creísteis que no iba a ir. Vergüenza debería daros ante el melocotonero.

Aunque hubo un pequeño amago de ir unas cuántas personas juntas, lo que habría dado sin duda mucho más juego, al final el único realmente comprometido con el estudio de la naturaleza estupefaciente de la realidad fue el chache, el menda lerenda que tuvo que sentarse en una de las gradas de esa recreación del Circo Price, lugar por cierto bastante majo.

Como todos sabéis, lo de este país ya tiene mal arreglo, como no sea resetearlo, que nos gobiernen los teutones o los usacos a falta de capacidad propia para organizarnos, o cualquier otro cataclismo que nos permita librarnos de nosotros mismos. Hace poco leía en uno de los comentarios de Google Maps que unos extranjeros, cuya nacionalidad omitiré, se quejaban de que en Madrid habían intentado asistir a una función de teatro y que no los habían dejado entrar porque ya había empezado. Sana costumbre ésta de cualquier país civilizado, que en este caso no se cumplió. Si empieza a las 8:30, todo el mundo tiene que estar en sus asientos desde hace un ratito como mínimo. Por tanto no sólo se empezó con más de un cuarto de hora de retraso, sino que además, alucinado quedéme, una señora había traído a un niño de corta edad, y por corta edad quiero decir meses, con lo que las caras de la gente al oír el inevitable llanto del infante eran para enmarcar. Llevar a un niño de menos de cinco años (y a partir de esa edad sólo si está muy bien educadito) a cualquier cosa que no sea una sesión infantil de cine o teatro es, sencillamente, ganas de dar por saco.

Obviamente durante la función no se deben tomar fotografías ni grabar nada, pero antes no veo por qué no, así que si queréis saber cómo estaba la plaza... así, así estaba la plaza:
Si alguien no sabe a estas alturas quién es Jodorowsky, no me voy a poner a contar aquí su vida, pero os dejo dos enlaces que describen bastante bien con qué persona tratamos. 12. También hay que reseñar que éste no era sino el segundo espectáculo de tres, pues Jodorowsky, como tantos antes que él, ha convertido el tinglado esotérico en todo un negocio familiar, de modo que el viernes hubo un concierto de su hijo Adán, el sábado él mismo se ponía al frente del cotarro, y por último otro de sus hijos interpretaba un monólogo de su padre basado en una obra de Kafka. El verdadero heredero de todo, según parece, es su hijo Cristóbal, reconocido por su padre como el segundo mejor psicomago del mundo. A la entrada del circo, nunca mejor dicho, había unos chicos repartiendo folletos del Centro Nagual que él dirije, y cuya página os animo a visitar, porque vale la pena ver en qué sitios es capaces de meterse alguna gente. En el folleto, donde se publicitaban cursos de metagenealogía, psicomagia y tarot evolutivo, se habla de un plan de formación de dos años. Jopetas, lo que duran los cursos de doctorado.

El espectáculo consistió, como se puede imaginar, en el señor Jodorowsky en ese escenario, contando sus historias y sus cosas, moviéndose casi siempre y en pocas ocasiones sentado en la silla naranja. Por cierto que él mismo pronuncia su apellido con una j bien clara, así que nada de yodoroski.

Para entender lo que vi hay que partir de que Jodorowsky es una persona formada en el teatro, que ha hecho sus cosas en cine y que también se ha ganado las habichuelas haciendo psicotrópicos guiones de cómic ilustrados por algunos de los más famosos dibujantes europeos. Es, incluso por tradición familiar, un teatrero. Y eso no es malo en absoluto, siempre que el teatro sea teatro, y lo que ocurra en el escenario no salga de allí, que es como debe ser.

La primera parte de la función, o como queramos llamarlo, fue de largo la más divertida. Acompañado por unas notas, que iba consultado como el vejete simpático que es o que tan bien interpreta, fue contando chistes o historias, que más o menos nos suenan, incluido el chiste del oso que persigue al conejo y que se encuentran a un mago que les concede tres deseos. Es, más o menos, lo mismo que hace Paulo Coelho, cuya mezcolanza de anécdotas religiosas provocó que Arturo Pérez-Reverte parodiase su estilo en esta columna. Ya, en las interpretaciones de las historias que va contando, empieza a deslizar lo que es el maremágnum en el que consiste esa psicomagia o genealogía mágica: un batiburrillo de jerga vagamente psicoanalítica mezclada con chamanismo que ni siquiera toma de Frazer, sino de otro farsante como fue Carlos Castaneda, el suspuesto "antropólogo" que nunca aportó grabación o fotografía de la gente que le enseñó el camino de la toltequidad.

En un determinado momento Jodorowsky habla de un amigo suyo que, al cumplir sesenta años, se encuentra que ha desarrollado un cáncer de próstata, y que está obsesionado porque no podrá hacer el chiquichaca con las novias que se busca, siempre muy jóvenes. Indagando, nos cuenta Jodorowsky, descubre que su madre se suicidó de un dispao precisamente a esa edad, y que ese amigo ha hecho prácticas de tiro. Deduce nuestro psicomago, como la cosa más natural del mundo, que el tipo busca en sus novias jóvenes a la madre perdida, que no se cree merecedor de vivir más tiempo del que vivió ella y que, incapaz de suicidarse, se ha provocado a sí mismo un cáncer. Hombre, para eso no hace falta estudiar dos años ni ninguno. Sólo hay que tener mucha imaginación, tanta como poca vergüenza. Desenmascarado el "método" psicoanalítico, que llevó lo suyo, se descubre que todo era más o menos tan simple como el mecanismo de un botijo, y que se podía ser psicoanalista en doce cómodas lecciones, pero esto es llevar las cosas todavía más bajo. Sobre todo cuando, para apoyar lo que dice, termina refiriéndose a la función del día posterior de su hijo como un desenmascaramiento de "las idioteces que dijo Darwin", sin adentrarse más en el asunto, y defendiendo que las represiones que nuestros padres inculcan en nosotros "se concentran en las neuronas espejo", que es básicamente haber leído de ellas quizá en el suplemento científico de algún periódico y, como te ha hecho gracia el concepto, pues vamos a meterlo también.

Habló también de que va a hacer otra película, y que, al contrario de "ese degenerado de Spielberg", él la va a hacer con el sano propósito de perder dinero. Que Dios nos pille bien confesados.


Tarzán peleando contra Gandalf. Algo bueno tiene que tener.

La segunda parte del espectáculo ya es más aburrida, porque es la propiamente de "terapia", con lo que pide a la gente que cierre los ojos, se ponga cómoda y básicamente propone un ejercicio de relajación y de simulación en el que uno se libera de su nombre, y de todos los condicionantes de su vida, para llegar a su "ser esencial", que es el niño interior. Santa Madre del Monesvol, pensé. Nos pedía, básicamente, que accediésemos a nuestro ser auténtico más allá de lo que hemos aprendido de nuestra familia, la sociedad y la cultura a la que pertenecemos. Es decir: que accediésemos a la nada, porque lo que somos es precisamente lo que de nosotros ha hecho la familia, la sociedad y nuestra cultura. En cualquier facultad si dices algo así, aunque sea en el primer curso, te echan a patadas por vacilón. Eso sin contar que cuando alguien habla del "niño interior" siempre me acuerdo de los magistrales primeros minutos de la película Get him to the Greek, que luego degenera bastante pero que en ese comienzo con su "niño africano interior" es que es descacharrante. En la película cuando el actual ex novio de Katy Perry (qué fuerte, tía, dicen que lo ha borrado del Twitter y todo) explica el significado de la canción se define a sí mismo como un "Jesucristo africano blanco venido del espacio". Podría haber sido una buena película de Jodorowsky, no hay duda.


La terapia siguió de la siguiente manera: tenía uno que levantarse, buscar a un desconocido y contarle tu vida en cinco minutos, y a continuación que se invirtiesen los papeles. Después, buscar a otro julai distinto, y hacer lo mismo en dos minutos y medio, y por último una tercera vez en un minuto. Algunos intentaron que fuese el mismo Jodorowsky el que ejerciese de partenaire, pero no quiso. Ahí le doy la razón: yo tampoco habría querido oír la vida de nadie, y afortunadamente nadie se acercó a mí con tan aviesas intenciones. Hasta tuve la suerte de que a mi izquierda se sentase un señor de unos cincuenta y tantos o sesenta años, que había ido, supongo, con su señora, unos cuántos años más joven, y que permaneció con cara de palo todo el espectáculo, y ni siquiera se puso en pie la única vez que el psicomago nos lo pidió. Estuve a punto de decirle que me solidarizaba con él y que yo también sufría las hemorroides en silencio, pero me pareció que estaba tan a gusto reconcomiéndose en su mala leche que me dio cosa romper su concentración. En resumen que, si las cuentas no me salen mal, diecisiete minutos, más con las pausas, en que el espectáculo se lo dieron los espectadores entre ellos. Vamos, algo parecido a internet, donde a veces uno es el producto. La audiencia, desde luego, era bastante joven, y en general parecía que se lo estaba pasando bien. Lógico: al fin y al cabo, si uno lo piensa, no dejan de ser los juegos de acampada, o lo que todos hemos hecho alguna vez de noche de botellón.

Después de esto, animó a todo el mundo a reírse de sus propias desgracias, y después propuso un entreacto para que el que quisiera se echase un chute de nicotina o cambiase el agua al canario. Después, llegaría la fase de preguntas por parte del público, pero yo, y como yo algunos, aprovechamos para desertar de allí. Había empezado tarde, aquello ya se había alargado mucho y desde luego yo, allí solo y habiendo visto todo lo que tenía que ver, sólo pensaba en que se me estaba haciendo tarde para ir a casa y hacer algo interesante como ver el dibujo de las paredes.

En cierto modo, y sin exagerar, siente uno ante estas cosas bastante vergüenza ajena. Afortunadamente, me digo, en general no pasa de ser un divertimento de gente que se puede gastar cierta cantidad de dinero y tiempo en estas majaderías, pero, al igual que pasa con la salud física, que mucha gente se ponen en mano de curanderos, desesperados porque sus males todavía no tienen cura según la medicina científica, me pregunto si alguna persona con un verdadero problema psicológico, como una depresión endógena o una auténtica desesperación ante unos acontecimientos personales sobrecogedores, se puede llegar a poner en manos de alguien que le proponga simplemente reírse de sus problemas, echarle la culpa de todo a que tu mamá nunca te dejó montar en el tiovivo o algún extraño ritual como don Alejandro y su hijo Cristóbal han llegado a proponer, en el que casi siempre, no sé cómo se arreglan, siempre suele haber excrementos y orines. No olvidemos que otra vergüenza de jerga pseudocientífica y psicológica que propone soluciones y explicaciones a todos los males del mundo, y que rayan en la más absoluta demencia o delirio cienciaficcionero, es la cienciología.

Sin pertenecer yo al ramo me siento profundamente incómodo al pensar esto, así que me imagino que los amigos psicólogos que tengo, alguno incluso terapeuta en ejercicio, pueden decir de esto como mínimo juramentos en arameo. Pero de todos modos, igual que con el curanderismo, me asalta la duda de que, del mismo modo que la víctima no es del todo culpable, ya que la enfermedad nos hace débiles y puede nublar nuestro juicio, incluso en el caso de personas de probada inteligencia como Steve Jobs, tampoco está claro que todos los chamanes y psicomagos sean unos monstruos que realmente sepan que lo que hacen no va a ninguna parte y que es contraproducente como mínimo al apartar a la gente con verdaderos problemas de otro tipo de tratamientos que no se presentan a sí mismos como panaceas ni como algo mágico, sino como algo que, a falta de algo mejor que todavía no conocemos ni hemos descubierto, de momento humildemente funciona. El conflicto entre la libertad personal de un paciente, incluso a la hora de respetar su deseo de no ser tratado, y la obligación de la sociedad de proteger a los individuos que la conforman de algunos de sus miembros que, con buena o mala voluntad, pueden hacerles daño, y de los daños colaterales de sus decisiones, no es nada fácil de resolver, ya se trate de la psicomagia o de los irresponsables padres que no quieren vacunar a sus hijos.

Por último, como siempre es bueno decir algo bueno de los demás, he de reconocer que la labor como guionista de comis de Jodorowsky me pareció de lo más entretenida, por lo menos en sus trabajos de hace unas décadas, y entre los que sobresale el Incal, que ya es droja dura pero al menos dentro de su pretenciosidad y pasadez de vueltas se entendía por dónde iba. Dentro de el así llamado Jodoverso, sin embargo, las obras posteriores como los Tecnopadres, o el final de la Casta de los Metabarones, ya empiezan a resultar de un gratuito en sus resoluciones argumentales que todo es demasiado pesado y transcendente, pero sin ni siquiera un poco de humor para compensarlo.

-SuperSantiEgo