21.10.14

Lucy. La película que sólo se puede disfrutar con el 0% del cerebro aerodinámico



Que una película sea mala es comprensible. Eso, es mala. Tiene malas ideas, o buenas mal desarrolladas, la dirección es torpe, se ven los cables por el suelo... Mira, nadie es perfecto y a veces las cosas salen mal. Que una película sea idiota es más grave, porque en ese caso ya hay una visión del mundo que se nos quiere mostrar como valiosa o digna de verse, pero que a la vista está que es profundamente idiota. Más grave es si, por añadidura, además de ser idiota nos quiere hacer idiotas, o tomarnos directamente por idiotas.

Este putrícula es, posiblemente, una de las películas más idiotas que he visto, y una de las que más gravemente ha insultado mi inteligencia. Creo que, sinceramente, incluso Dan Brown podría sentirse insultado por ella.

Posiblemente haya quien quiera defender este engendro con la ya conocida en este blog máxima de "Se disfruta apagando el cerebro". Así que, igual que existen los famosos yogures o quesos 0% materia grasa, tendremos que empezar a hablar de las películas 0% materia gris, y del mismo modo que las primeras son para mantener a raya el peso, las segundas permiten que nos alejemos como de la peste de la funesta manía de pensar. Películas que sólo se pueden entender en estado vegetativo, sin sistema nervioso, de modo que ya uno ni sufre ni padece. Ya sabéis lo mucho que me gusta esa expresión, la de "apagar el cerebro", aunque como siempre añado después el que la defiende demuestra que en una de las ocasiones en las que lo desconectó se olvidó de volver a ponerlo en marcha, amén de mis dudas de cómo se puede disfrutar de algo con el cerebro apagado, a no ser que uno considere que la actividad mental superior es algo malo y con la estimulación directa de la médula se conforme. Hasta los gatos cuando persiguen al puntero láser utilizan su cerebrito.

En este caso, por si fuera poco, la película es que las tiene todas. Ni siquiera se corta al presentar un escenario que incluso es claramente xenófobo, con unos coreanos mafiosos dedicados al Mal con mayúsculas que probablemente causen sonrojo incluso a los más acendrados ventiladores de Fu-Manchú. Sabemos que son malos también porque los oímos hablar siempre en extranjero, y leer subtítulos jode. Los extranjeros buenos siempre hablan amablemente el idioma del prota, y aunque ella llega no sólo a entender chino y coreano sino también, suponemos, cualquier otra lengua, jamás se rebajará a hablar otra cosa que inglés. A la pobre señorita Escarlata, que es una mindundi, la meten en un embolao por ser una estudiante con la cabeza algo llena de pájaros allá en Taiwán, y bueno, lo que se ve en el avance, que como es habitual te cuenta media película: le meten en la barriguita una bolsa llena de un superdroga con la que los coreanos pretenden extender el Mal en el mundo y le da el baile de San Vito con movimientos por el techo marca Pesadilla en Elm Street. Hasta ahora sabíamos que las sobredosis de una droga te matan, pero como bien nos explicó ese capítulo de Los Simpson sobre el Hombre Radiactivo en realidad cuando te cae una bomba atómica en la cabeza lo normal es que tengas superpoderes. Como la película es, qué sorpresa, supermolona, épica, y todo, absolutamente todo es ósom, desde el momento en que se le rompe la bolsa dentro empieza a manifestar poderes, levita, todo eso. Pero es que todo ha empezado ya antes, no nos lo perdamos: incluso antes de que la muyaya se meta en el lío, cual si fuéramos bobos, se nos muestra, sin venir demasiado a cuento, a Lucy, la australopiteco afarensis, que ni siquiera tenemos del todo claro que su especie sea antecesora de la nuestra, y de paso se nos muestran un par de imágenes de la sabana con depredadores, todo así muy simbólico, y sólo nos falta la voz de Félix Rodríguez de la Fuente narrándonos que "La vida en la ciudad moderna... es una lucha... ¡por la supervivencia!", y ya nos terminaríamos de enterar de que la señorita Escarlata se ha metido en un lío de mil pares de narices.

Como la película decide ir en quinta desde el minuto uno la señorita Escarlata, en cuanto se le activa el cerebro, y por tanto pierde para siempre su capacidad para disfrutar de verdad de una película, empezando por la que protagoniza, pone cara de estar pensando mucho, que es poner cara de nada, y sobre todo no sonríe nunca. Por supuesto, se convierte al momento en Terminator, y por alguna extraña razón al aumentarle la inteligencia también se le despierta una absoluta falta de empatía por los demás e incluso un soberano desprecio por la vida humana, pero selectivamente, para que el argumento pueda continuar por donde el descerebrado de su guionista y director quiere pastorearnos en la esperanza de que, pedante que es la película como ella sola, hayamos apagado los cerebros pero a la vez nos demos cuenta de que también es una peli "de las de pensar", o de las de "hacerse preguntas". Algo a lo que no ayuda el que el mismo Besson haya dicho, cuando se le echó en cara, que utiliza el mito del 10% del cerebro humano como metáfora, que ya sabe que es mentira, lo que por lo menos a mí no me inspira demasiada confianza a la hora de que ese señor me cuente nada mínimanente en serio. Aunque la película sólo es una de acción para pasar el rato, ¿no? ¿O no? ¿Tiene mensaje? ¿Es para de pensar? Mire, si no se aclara usted de principio, yo con más razón todavía menos.

Antes de seguir aclaremos que no hay nada malo en hacer historias sobre personas que adquieren poderes especiales, asociados en ocasiones a una inteligencia aumentada por el motivo que sea. Así tenemos la conmovedora Flores para AlgernonEl hombre que podía hacer milagros, basada en una historia de H G Wells, Mi cerebro es electrónico, típica comedia de Disney con Kurt Russell antes de ser Serpiente Plissken, y la reciente Sin límites, de 2011, en la que un escritor toma una droga que expande su inteligencia y concentración de manera prodigiosa, y que está entretenida y no ofende hasta al más tonto. Hasta ahí todo bien. El problema no es ése, sino que en el caso de Lucy la película decide despeñarse por el acantilado del despropósito desde el minuto uno, y no lo hace para dar a cambio risas, equívocos, tragedia o cualquier otra emoción, sino que se descalabra sin más, y supongo que si uno ha tenido la precaución de apagar el cerebro, ni se da cuenta. Ah, que me olvidaba: la peli, por si fuera poco, nos va poniendo un contador en el que sabemos cuál es el porcentaje de cerebro que tiene ya en funcionamiento la señorita Escarlata, aunque bien pudiera ser también el grado de daño cerebral que estamos sufriendo si hemos sido tan osados de no poner en modo hibernación la segunda parte más preciada de nuestro cuerpo y ésta se encuentra expuesta sin protección alguna a los horrores que vemos en pantalla. Si lo piensa uno así tiene más sentido. La película te va informando de cuánto cerebro se te está suicidando después de ver lo que has visto.


Volviendo al argumento, por llamarlo algo, de la película, una vez la pizpireta y alegre muchacha se ha encabronado pero a base de bien, e imbuida ya de un conocimiento cósmico que ríase usted del Vigilante, el Tribunal Supremo, Galactus, la Eternidad y el mismo tito Stan Lee, emprende su vendetta personal contra la gente que, aunque sea por accidente, la ha convertido a ella en una especie de Tetsúo o Akira de la vida. Aquí vemos que poco más o menos la película se convierte en un subgénero oculto que yo denomino "La Ira de Dios", en la que un personaje, incluso si en principio es reprobable, al serle tocada la moral, lo más sagrado, o haberle alguien hinchados los huevos a base de bien, se convierte en el avatar de la Ira de Dios sobre la faz de la tierra, y todo el que se le pone por delante es literalmente aniquilado, de modo que el enviado divino, protegido sólo por su determinación y su fe en sí mismo, camina impertérrito entre una lluvia de balas, pues literalmente Dios está a su lado. Naturalmente, éste es un asunto principal en la Molonidad. Los caballeros medievales hacían algo parecido, pero aunque su misión fuese divina pasaban por múltiples penalidades y penurias para que el sufrimiento los hiciese más dignos de la gran recompensa del otro mundo, y además así no se les subía mucho el papo. Ahora no: hemos avanzado mucho y hemos conseguido sintetizar la Molonidad en un cien por cien y meterla en vena. Pues bien: la señorita Escarlata ejecuta a todos sus guardianes, que suponemos que la están vigilando hasta que la manden a otro sitio, y hasta ahí me parece bien. Es una convención en todo este tipo de películas y hay que aceptarla: los malos son ejecutables por eso, porque son malos, porque han elegido el camino incorrecto y porque saben a lo que se arriesgan al tomar el camino del mal. Además, siempre vemos que sienten un claro desprecio por la vida del prota o del bueno, y se comportan arbitrariamente y con violencia, así que es justo que se les trate de la misma manera. ¿Querías seguir viviendo? No haberte hecho del equipo de los malos, porque en éstas que te aparece por ahí un avatar de La Ira de Dios y duras un suspiro en pantalla. Y aquí tenemos otro elemento moderno que surge y que es también parte de esa Molonidad, y que tiene cada vez mayor fuerza en novelas, películas, etc: desde un tiempo a esta parte una vez el protagonista está embarcado en Su Sagrada Misión no sólo los malos tienen que echarse a temblar, sino que cualquiera que se ponga accidentalmente en su camino puede ser víctima propiciatoria. Ya no está uno a salvo del poder infinito del protagonista por no pertenecer al equipo de los malos, sino que cualquier duda al ayudar al bueno, o simplemente ponerse en medio de su camino cuando está echando su partida vital en "modo dios" puede suponer que te pase por encima y la culpa además es tuya. Es la fantasía narcisista suprema: el protagonista prescinde de cualquier moralidad, de cualquier problema ético, y pasa por encima de quien sea para conseguir su objetivo. Por eso, porque para eso es el protagonista. Es por eso por lo que, nada más salir de la fábrica o taller donde la tenían retenida, y encontrarse con un par de taxistas que suponemos que no forman parte de los malos, y al preguntarle a uno de ellos si sabe inglés, y responderle éste que no, le descerraja un tiro, porque sí, por no ayudarla, por no saber inglés, porque me apetecía matar a alguien, que los de allá dentro me parecieron poco. El otro, como sí sabe, se salva y a punta de pistola lleva a la señora adonde le mandan. Por lo que sabemos son dos honrados taxistas taiwaneses que nada tienen que ver con los malos. ¿Qué aporta esta escena a que ella pregunte amablemente cuál de los dos sabe inglés y se vaya con el que sí que sabe? No, es que matar a gente arbitrariamente mola mucho, eso debe ser, igual que en la basura de película de Jack Reacher con Tom Cruise un conjunto de honrados ciudadanos no ayudan a la policía y encubren a un posible criminal... porque sí. Intento pensar sobre lo de ponerse a pegar un tiro a cualquiera con el que te cruzas, si ése era el proceder en alguna película de Steven Seagal, Van Damme, Stallone haciendo de Cobra, Chuachenéguer, o incluso Clint Eastwood, y no me suena. Si eras de los malos, por supuesto, te pasaban por encima sin más, eso estaba clarinete, pero por eso, aunque violentos y determinados a llevar a cabo su misión, eran los buenos, no se ponían a disparar a cualquier transeúnte sólo por ponerse en medio. A no ser que, como la película es incluso así de racista, ocurra igual que en el lejano oeste y el número de gente a la que mates sólo sea significativa tratándose de blancos, de modo que no cuentan los indios, negros y chinos, como en las novelas sudafricanas de Tom Sharpe. Eso debe ser, porque la señora, que en ningún momento deja de ir con la pistola en ristre por la calle y en un hospital, sin que a nadie le parezca raro, una chica rubia occidental no llama la atención por medio de Taiwán, qué va, se mete en un quirófano por las buenas para que le quiten la droga de la tripita, y tras dictaminar por su cuenta y riesgo que el paciente al que están operando es incurable, le pega un tiro (tampoco importa, es otro chino), y al ya cadáver lo arroja inmediatamente al suelo con total desprecio por la vida o la dignidad ajenas, y mientras la operan, en el colmo del recochineo, llama a su mamá para decirle que la quiere mucho, se emociona y todo, y así suponemos, por alguna extraña forma que tiene Besson de entender el mundo, que debemos empatizar mucho con ella, al verla tan humana y sensible llorando al recordar las caricias que le hacía su mami y el gatito de su infancia. A los nazis que guardaban los campos de exterminio al oír a Wagner se les saltaban las lágrimas, dicen, y en La lista de Schindler en la matanza del ghetto de Cracovia los soldados que iban casa por casa matando judíos tenían un momento para ponerse a tocar el piano y discutir sobre lo que estaban oyendo por encima de los tiros de los fusiles de sus camaradas.

Inmediatamente después la señorita Escarlata vuelve al hotel de los secuaces donde le hicieron todas esas guarradas, todavía con la bata del hospital para no llamar mucho la atención, que suponemos que cree que le favorece más que la chaqueta que antes vestía, y a cámara lenta y con música clásica da chicharrón a todos los malos, y nuevamente nada que objetar, que hubiesen estudiado o sido de los buenos, aunque como vemos últimamente eso tampoco es garantía de que no te metan un tiro por las buenas, y la prota se enfrenta al malo de fin de fase o de fin de partida, pero después de conseguir de su cerebro con una fusión mental vulcaniana saber adónde han ido las otras tres mulas con la droja dentro no lo finiquita, sino que lo deja vivo. La tipa ha aprendido de repente chino, a hacer ecuaciones diferenciales y ha calculado que el sentido de la vida es efectivamente 42, pero no se le ocurre que matando al superjefe mafioso, además de quedarse lo que se dice muy a gusto, que eso de matar gente es como los boliquesos, te pones te pones y te comes la bolsa entera, pues además podría evitar cualquier problema con ellos en un futuro inmediato, ya que no tendrán a nadie que dé órdenes; pero no, lo deja vivo. A un chino cualquiera por no saber inglés le pega un tiro, al coreano que la ha puteado de mala manera sólo le clava unos puñales en las manos. ¿Os acordáis de cuando os insisto al decir que es poco menos que imposible escribir los pensamientos y reacciones de una persona más inteligente que uno mismo? Pues Besson no lo tiene demasiado claro que digamos.

A continuación va a casa, porque claro, quiere aprender en internet algunas cosas sobre lo que le está pasando, y contacta con Morgan Freeman, al que hemos visto dando una conferencia diciendo tonterías pseudocientíficas, pero como es Morgan Freeman y tiene la voz que tiene la gente lo escucha embelesada en vez de lanzarle tomates. La señorita Escarlata se encuentra en su piso compartido con su compañera, y ésta no sale sino para decir algunas cosas racistas sobre los chinos y su idioma y para que, al tocarla la otra, le diagnostique una grave enfermedad y que así el ser cuasidivino en el que se está convirtiendo le dé una prescripción para curarla. Si la enfermedad hubiese sido incurable me pregunto si le habría pegado un tiro directamente para ahorrarle dinero a la seguridad social, aunque quizá el hecho de ser blanca también habría jugado en su favor. A Morgan Freeman lo vacila un poco, le pide ayuda no se sabe ni para qué, ya que ella misma dice que entiende sus investigaciones mejor que él mismo, y le confiesa que se siente cada vez menos humana, porque además de la tontería del 10% por alguna extraña razón hay gente que piensa que cuanto más inteligente es un ser humano menos dado es a la compasión o a reconocer la otredad, lo que refuerza ese delirio narcisista que la película expone sin reparos: lo que se me ponga por delante lo aniquilo, que para eso soy más mejor que todo.

Como ya se ha indicado antes la supuesta progresión en los poderes de la señorita Escarlata es poco menos que... errática. Para que no la reconozcan en el aeropuerto vemos que tiene ya poder absoluto sobre la materia y que cambia la longitud y color de su pelo a voluntad, y con el 30% de nuestro cerebro ya hecho polvo llama a la policía parisina, y demuestra tener incluso poderes de presciencia y hasta de manipulación de Internet de forma inalámbrica, de modo que el policía franchute se cree todo lo que le dice y se dispone a detener a los otros tres tipos que llevan la droga. La escena del avión es completamente confusa, ya que la señorita Escarlata sufre un fallo de estructura molecular que, siendo ella tan guapa y tan lista, debería haber previsto más que de sobras, siendo como es ya la primera autoridad mundial en... bueno, en todo, así que igual que si le asaltase un caso grave de cagalera le falta tiempo para encerrarse en el lavabo del avión, que menudo avión porque ese cagadero parece la suite de un hotel, y se enloncha toda la drogaína que puede, lo que la hace experimentar un viaje de peyote que ríete tú de todos los libros de Castañeda juntos. A continuación se despierta en un hospital, y de su caso se encarga, qué casualidad más casualidosa, el mismo policía franchute con el que ella habló antes. Además de haber recuperado de forma espontánea su anterior peinado rubio parece que ella y el policía ya se conocen más que de sobras, y sin demasiados preámbulos ocurre lo típico de estas películas, o en las novelas tipo Dan Brown: veinte policías apuntan a una mujer desarmada y que en principio no supone ninguna amenaza inmediata, y que además les ha dado el chivatazo de unas drogas que ya han recuperado, no vaya a ser que sea peligrosa y los mate a todos, lo típico que puede pensar cualquier policía, que seguro que tiene superpoderes. Con un gesto de la mano los pone a todos a dormir apagándoles el cerebro, lo que hará que en ese mismo momento todos sueñen alegremente, supongo, con alguna otra película de Luc Besson. Curiosamente los paquetes de droga que iban a Roma y a Berlín ya han llegado a París, así como sus mulas, sin que haya tampoco demasiada razón para ello. Pero claro, si no se nos complica el argumento. Que pase lo que tenga que pasar mágicamente, que como esta gente apaga el cerebro nada más entrar al cine, pues nadie se dará cuenta demasiado.

En el hospital donde van a operar a los otros tres, llenito de policías también, se presenta la mafia coreana, pues la señorita Escarlata, que es ella tan guapa y tan lista y manda tanto en la policía, se ha olvidado de decirles que, ya puestos, que tengan cuidado con esa misma mafia, y que eviten que además lleven refuerzos desde Taiwán. Pero no, mira, además de no matar al jefe que los coordina, eso se le ha escapado. No se puede estar en todo aunque tengas el cerebro overcloqueado. La mafia por tanto la monta en el hospital como quiere para recuperar su droga, y la señorita Escarlata vemos que puede ver las ondas de la telefonía móvil, separar vaya usted a saber cómo la que le interesa y además hacer que se descodifique y que se oiga por la radio del coche de la policía, además de saber ya coreano, por supuesto. Después la gente dice que Superman no es interesante porque tiene demasiados poderes. A cagar, hombre. Podrían en ese momento, no sé, avisar a los policías de allá de lo que está pasando, o el policía pedir rápidamente refuerzos que enviar al hospital, pero eso no sería divertido, así que se lanzan en una alocada carrera a alta velocidad por medio de París en la que la señorita Escarlata, nuevamente, no se para en barras a la hora de producir choques múltiples y accidentes y apartar los coches telequinéticamente, que es imposible que no causen varias víctimas mortales, pero como ella misma dice cuando le recuerda el policía que se pueden matar conduciendo así, en realidad nunca morimos, así que con su nueva conciencia cósmica debe quedarse muy tranquila al saber que toda la gente que muera por su culpa no estará sino uniéndose con el Infinito. Naturalmente, les da tiempo a llegar, porque los mafiosos coreanos, que vemos que no tienen problemas para matar a quien sea sin temblarles el pulso, en vez de pegarles un tiro a las mulas y sacarles la droga por las buenas, pues se dedican a operarles en una consulta cualquiera del hospital y a coserlos luego de nuevo. Vaya... mierda... de malos. Cuando llegan al hospital, donde ya se ha empezado a montar una buena, porque nadie los ha llamado para advertirlos de lo que pasa, que leer conversaciones de móvil con el poder de la mente sí, pero hacer una ¡puta! ¡simple! ¡llamada! es demasiado complicado, pues la señorita Escarlata recupera los tres kilos de droga a la vez que tiene una bonita pelea con los malos y, como lo de poner a la gente a dormir lo debe tener ya muy visto, los hace flotar telequinéticamente y los deja vivos y reciclables para una escena posterior, que todavía queda un buen pedazo de película.

El jefe mafioso, al que han dejado llegar a Francia porque total si lo dejamos vivo para qué no lo vamos a dejar luego viajar, ve salir a la señorita Escarlata del hospital, y así pueden seguirla hasta una universidad donde la espera Morgan Freeman acompañado de unos cuantos científicos aleatorios con cara de pasmaos, cuya utilidad en las siguientes escenas será obviamente nula. Aunque a la buena señora no la apura el tiempo, ni mucho menos, y vemos que tiene ya más poderes que todo el panteón de Marvel y DC juntos, percibe que se acerca más gente que va a causar problemas. Problemas que solucionaría ella misma con aproximadamente diez segundos, tirando por lo alto, pero para qué, mejor hacerlo todo mucho más molón. Y hay una escena de las buenas, de las de nivel, en donde vemos llegar a la policía, que va a invadir la universidad (a saber cómo se enteraron ellos de que ella fue allí), y en primer plano vemos a los coreanos, que dicen que son 25, preparando sus armas. ¡Comparten plano! Del mismo modo que la señorita Escarlata se pasea por medio Taiwán con una arma en la mano sin que pase nada los policías pasan a quince metros de un montón de coreanos vestidos todos iguales que preparan todo tipo de armas, y ninguno, casualmente, mira un poco a la izquierda y le parece algo raro, ni nadie monta un perímetro, ni nada. ¡Comparten plano! La típica estupidez de Danbrownlandia: 25 mafiosos en una gran capital europea con alta seguridad, medidas antiterroristas y miles y miles de policías y hacen lo que les da la santísima gana, se mueven como quieren y ponen en jaque a una ciudad entera con unas cuantas armas. Pero bueno, lo que pasa dentro de la universidad es incluso peor, cuando la señorita Escarlata, que nuevamente no sabemos para qué quiere hablar con esos profesores, les da una lección avanzada de coelhismo jodorowskiano newagero en apenas un par de minutos, y al final lo que pasa es que sólo existe el tiempo, o alguna majadería semejante.
-¡Chachi!

Vemos también que los graves traumatismos inciso-contusos en las manos del jefe mafioso no le impiden seguir manejando las metralletas con virtuosismo, y mientras la señorita Escarlata se va a meter el chute definitivo de melange porque aunque ya vemos lo que es capaz de hacer por lo visto algunas de las células de su cerebro se resisten a funcionar y hay que darles un empujoncito farmacológico. Más o menos el porcentaje de cerebro que nos queda a nosotros vivo, y que suplica que dejemos de ver este mojón, y quizá con suerte podremos el resto de nuestra vida andar y masticar chicle al mismo tiempo.

Como la película quiere acabar por todo lo alto, y sin avergonzarse de plagiar a quien sea, la señorita Escarlata tiene un ramalazo así como cuando a Tetsúo se le ponía el brazo tonto, y empieza a regurgitar materia orgánica con la que crear un superordenador en el que depositar todo su conocimiento, mientras sigue haciendo cada vez más aerodinámico su cerebro y así llegar también a Matrix, pues aquello se convierte en un espacio en blanco como en el que Morfeo dejaba elegir armas a Neo en plan vicioso, y ahí se monta su macrocomputadora nanochupiguay que funciona con peditos de ángeles que oímos cantar, mientras afuera los policías y mafiosos se matan entre ellos estúpidamente porque nadie sabe mantener una posición, y ella como el niño estelar de 2001, Odisea en el espacio se marca un viaje por el espacio y el tiempo, ve el nacimiento del Universo, saluda por ahí y ya de paso se encuentra con su tocaya Lucy, la australopiteco, y se tocan el dedito como Elliot y ET, o quizá como Dios y Adán en el fresco de Miguel Ángel, que ya habíamos visto en la conferencia vergonzosa de Morgan Freeman, pues la peli es profunda y con mensaje, recordémoslo. Al final el contador llega al 100%, su cerebro es totalmente aerodinámico, y ella desaparece, como Obi Wan, se hace una con el todo y claro, el jefe mafioso no sólo no puede matarla, sino que es el que muere a manos del policía franchute, mientras que el supercomputador, antes de volatilizarse también, crea una memoria usb en la que está contenida la esencia de Jor-El. Por último vemos que la señorita Escarlata saluda desde el celular por medio de un mensaje de texto diciendo que está en todas partes, como el final de El cortador de césped. A partir de ahora, cada persona que cague, sabrá que la está mirando la señorita Escarlata, aunque si ha visto entera esta película seguro que le da igual porque con la lobotomía completa que supone como ya no te importa nada.
Esta imagen no viene mucho a cuento, pero la pongo porque mola.
Como siempre, lo primero que uno se pregunta es: ¿cómo llegó a existir está película? Aunque la respuesta es sencilla. En primer lugar, es lo que podríamos considerar una "película internacional", en el sentido de que desde hace muchos años ya se hacen películas globalizadas, de aire internacional, o como queramos llamarlas. Aunque el director es francés y la película es, sí, europea a todos los efectos, la cabeza de cartel son dos reconocibles actores estadounidenses y en la película todo el mundo habla en inglés excepto los malos, y aunque, como ya hemos explicado, Morgan Freeman esté poco menos que para mirar cómo pasan algunas cosas. Por si fuera poco el que a día de hoy dirige la productora que ha parido esto es nada menos que Christopher Lambert, otra de las glorias del cine mundial en las últimas décadas. La película ha sido bastante cara para lo que es, unos 40 millones de táleros, y ha multiplicado esa cifra por diez en la recaudación, así que ha sido un considerable éxito. Tampoco es de extrañar. Lo sorprendente es que parte de la crítica no la ha tratado especialmente mal, o incluso ha sido bastante condescendiente con ella en el sentido de que ha dicho que es tonta, pero partiendo de ahí pues se deja ver. Obviamente no concuerdo: la película no es tonta, sino idiota, pretende hacernos idiotas a nosotros y ni siquiera tiene la coartada de ser un simple espectáculo de acción bien construido sin más, sino que es pretenciosa, aburrida, absurda y presenta derivas morales bastante peligrosas. Es un mojón con todas las consecuencias. Yo entiendo que muchos críticos de libros no se lean algunos de los títulos de los que hablan, pero una película requiere menos tiempo y además puedes verla incluso medio distraído, así que no hay excusa. ¿O acaso los críticos también apagan el cerebro, y luego así les salen sus opiniones?

Estamos pues ante un producto que pertenece a los últimos estadios del proceso de producción de cultura de masas orientado al mundo globalizado. Siempre existieron estas películas, pero las reglas han cambiado considerablemente. Recordemos que apenas hace tres décadas las películas estrenadas en el Hollywood original podían tardar incluso un año en estrenarse en países como España, y eso se debía en que primero debían ser éxitos en el país de origen para que luego se molestasen en llevarlas al mercado internacional. Un engendro como Lucy juega en una liga muy distinta en la que productores, guionistas y directores tienen un mercado global de descerebrados que están dispuestos a no considerar nada, a no pensar en nada, y aceptar acríticamente todos los presupuestos que les presente el engendro, desde que la película se presente con una bandera de conveniencia cultural, rodada en inglés con caras conocidas en un elenco inane y desanimado en el que las figuras principales podrían substituirse fácilmente por una escoba y una fregona, hasta una sucesión de despropósitos que intentan pasar por un argumento mínimamente lógico o coherente y que en realidad sólo son un conjunto de falsas ideas idiotas para apabullar el cerebro de un espectador que se da ya por apagado en sus capacidades superiores, y para más inri para exponer una serie de tonterías precisamente sobre el cerebro y sobre la inteligencia, y que a lo más que llegan es a demostrar lo muy atrevida que es la ignorancia.


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-SuperSantiEgo.

17.10.14

Libro: Kalki, de Gore Vidal

Siguiendo un poco con lo de la anterior entrada, en la que nos preguntábamos cómo y a santo de qué se podía considerar ciencia ficción Dimensión de milagros según las definiciones de lo que es ese género, lo primero que uno se puede preguntar es a santo de qué y cómo este otro libro termina siendo publicado en español en 1978 por una editorial argentina especializada en dicho género, aunque también se dedicaba a la fantasía y la asociemos con El señor de los anillos. Independientemente de a qué género queramos adscribir esta novela, nada más leerla sólo podremos decir: ¿Lo cuá?

Para empezar, probablemente lo único que podamos asociar a Gore Vidal con la ciencia-ficción es que es el "malo", por así decirlo, de esa excelente película que es Gattaca. ¿Qué pinta un conocido escritor haciendo un papelito corto en esa película? Bueno, digamos que uno de los lemas de su vida fue "Me apunto a un bombardeo". En España tenemos a Inocencio Arias participando en películas y cortos de amiguetes e incluso haciendo de vampiro, así que...




Vidal en pleno acoso laboral a Ethan Hawk.
Vidal es considerado un "escritor posmoderno", y el posmodernismo literario es como el posmodernismo en general y el irracionalismo, y si me apuráis como el Tao: si crees que lo has comprendido o conseguido definir, es que no es el verdadero peich que has querido aprehender en lo limitado de una expresión, porque la esencia de esos fenómenos culturales es precisamente ser vaporosos, líquidos, y un tanto indefinibles o indefinidos. Dentro de las características del posmodernismo literario, eso sí, hay cierto consenso en considerar que el juego literario, el pervertir los géneros y difuminar supuestos compartimentos estancos entre unos y otros es una tónica habitual. Por eso también es conocida de este mismo autor En directo desde el Gólgota, en la que se hace una parodia del fin del Nuevo Testamento en la que se mezcla la retransmisión en directo de la Pasión de Jesús con un jáquer que desde el futuro intenta borrar el cristianismo. ¿Es eso una novela de ciencia-ficción? Probablemente el mismo Gore Vidal habría contestado un lacónico "Ni lo sé ni me importa". Por lo demás discutir de estos asuntos con alguna gente a día de hoy sería bastante inútil, pues todavía hay quien sigue teniendo problemas morales al entender si puede considerar canónicas del género a 1984, Un mundo feliz o Ensayo sobre la ceguera, a la vez que se cabrean si las ven citadas y no se especifica que pertenecen al género cerrado y definido de sus mil amores, del mismo modo que a mí todavía nadie me ha conseguido explicar si puede existir una mala novela que sin embargo sea una "buena novela del género tal o pascual" si cumple con las normas y guiaburros que espera el lector habitual de un género x, que recorre sus páginas sin más contratiempos ni sorpresas que cuando sale por la mañana a comprar el pan.
Vidal, a la derecha, con su amigo el bailarín y actor Harold Lang.
Porque incluso la gente que murió muy vieja antes fue joven.
Por lo que yo sé, Vidal no es un autor demasiado leído ni conocido en España. En su país de origen, además de por su trabajo como novelista, ensayista y autor dramático, fue durante muchos años un conocido y polémico intelectual y crítico de la política de su país. Más o menos lo que allí llaman un "liberal extremo". Además de declararse públicamente como bisexual desde muy joven, y lo escandaloso (para la época) de algunos de sus protagonistas, y sus continuas críticas a la política de su país o sus intervenciones extranjeras, mantuvo considerables polémicas con otros autores literarios. Fue enemigo declarado de Truman Capote, otro autor notoriamente homosexual y que de joven también gustaba de que lo retrataran en lánguidas poses, se pitorreó de John Updike todo lo que quiso y sobre todo tuvo que vérselas con Norman Mailer, y cuando digo que se las tuvo que ver con él digo que llegaron a las manos no en una sino en dos ocasiones. Es algo que se echa en falta, los tiempos en el que en el teatro se llevaba la claque, o un autor que se la tenía jurada a otro iba a reventar una función y se ponía a gritar ¡Majadero, mamarracho!", o como explicaba Andy Warhol, sencillamente cuando a un artista le habían hecho una mala crítica si se encontraba al crítico en una fiesta o bar, se acercaba a él y le decía: "Te espero fuera", y lo arreglaban a puñetazos. Una época más sencilla y feliz.
Gore Vidal cosplayado de Zape.


John Updike van Houten
Norman Mailer y su mirada Acero Azul.


El Pequeño Tim, también conocido como Truman Capote,
cientos de miles de güisquises antes de su característica imagen.

(Llamadme frívolo si queréis, pero en esta profesión sin saber posar no llegas a ninguna parte.)

Así pues en aquel año de Nuestro Señor de 1979, y sólo un año después de su edición original, sale editada esta versión de Minotauro, cuando la editorial ya se había asentado en España en 1975, ya que durante casi tres décadas se convirtió todavía más si cabe, dirigida por Porrúa, en un referente de la literatura fantástica en español. Cómo se les ocurrió, por medio de qué agencias o a santo de qué, publicar esta novela de un escritor en absoluto relacionado con el género, por lo menos en su forma habitual, se me escapa. Porque la novela se puede considerar vagamente de ciencia ficción o fantástica por los pelos, ya que más que nada es una fábula de un suceso extremo e incluso la vaga explicación científica del fin del mundo es tan débil que al final en el epílogo el mismo Gore Vidal dice algo como "Sí, vale, eso no es así y ya sé que me he tirado a la piscina sin mirar antes si había agua o no, pero me da igual". Y se queda tan ancho, don Gore. Vamos, igualito que Heinlein o Greg Egan, como podéis ver. ¿Os acordáis cuando me gustó tanto y me hizo tanta gracia lo de Dan Brown en Inferno se hace la picha un lío lamentablemente para explicarnos que un bichito infecta a toda la humanidad? Pues Vidal hace lo mismo, sólo que opta por la vía normal y lógica: "Esto es así porque lo digo yo. Lo importante no es cómo sucede, que ya sabemos que no es posible ni sabría explicarlo, sino que lo que pasa después". Y todos tan contentos, y páginas innecesarias que nos ahorramos, además del disgusto.

La novela, bastante mesurada en su extensión (nueva pulla a por qué ahora cualquier cosa tiene que tener un mínimo de 500 páginas rellenas de la más absoluta nada), se divide claramente en dos partes. En la primera la protagonista nos cuenta en primera persona cómo conoce a Kalki, un useño excombatiente de Vietnam que desde Katmandú se ha proclamado como el último avatar de Visnú y Shiva, el que traerá la aniquilación al mundo para que se regenere y todo vuelva a empezar. La narradora, una afamada piloto de pruebas, bisexual y bastante redicha, es el hilo por el que se retrata, con considerable mala leche, cómo ve Vidal el mundo del espectáculo, de la televisión y de la ya por entonces moda en declive del orientalismo gratuito con proliferación de santones, gurús y otras hierbas, que durante esa década y la anterior había encandilado a parte de la sociedad y cultura estadounidenese y global. Kalki es para todos, fundamentalmente, un espectáculo, y para la CIA un agente del gobierno chino y además un más que probable capo del tráfico de drogas. La segunda parte del libro trata de lo que ocurre cuando lo que todo el mundo tomaba de cachondeo de Kalki resulta ser verdad, o eso parece, sólo quedan en el mundo cinco personas vivas y los planes de éstos para repoblar y regenerar a la humanidad, con la protagonista y narradora en un estado de susto del que no se recuperará jamás. En esta segunda parte Vidal, todavía más si cabe, se aparta de los tópicos de la ciencia-ficción y la historia se mueve continuamente de lo genuinamente apocalíptico al sainete, con una resolución final a la altura de las circunstancias.


No es que el libro me haya encantado, pero es como mínimo curioso y por momentos bastante divertido, y aunque en cualquier sinopsis o resumen destripan el giro principal del argumento tal como lo expone el autor y lo que pasa después digamos que no sabes nunca del todo a qué carta quedarte, así que en ese sentido se puede decir que cumple con creces.


Respecto a la traducción, bastante lamentable. Minotauro siempre tuvo, por lo menos en sus buenos tiempos, fama de cuidarlas mucho, pero en este caso se cuelan algunas cosas que dan miedo. Casi parece alguna de las aberraciones a las que por desgracia casi nos estamos acostumbrando. Por un lado se cuelan no pocos argentinismos muy obvios, que a mí en particular ni me molestan ni me sacan de la lectura, como que el auricular del teléfono sea "el tubo", pero sí hay momentos en los que algunas traducciones literales y relajadas del inglés hacen que los párrafos sean poco menos que chocantes y clamen al cielo. Como dije antes, en esta época Minotauro poseía excelentes traducciones, realizadas con esmero por la plantilla fija de la editorial y el propio editor, pero en este caso tenemos un ejemplo contrario. Aunque las traducciones hechas a machete y traductor automático que luego apenas si se revisan por desgracia suelen ser la tónica y parece que vamos de mal en peor, no olvidemos que precisamente en los géneros más populares, así como en la traducción de películas de género, se utilizaban también siempre en las décadas de los 70 y 80 a los traductores más inexpertos y baratos, y "total, para cuatro frikis para qué esforzarse, si les da igual". Ya sabéis: cosas que quedan para siempre en doblajes como el de La guerra de las galaxias, como "lejanos" por "control remoto" o "nave comandante" en vez de "nave insigna", o en algunas de Star Trek "insignia" por "alférez" y "frecuencias de jéiling", además de que el timonel sospechosamente casi siempre se apellide... Helmsman.



-SuperSantiEgo