17.3.19

Libro: Informe último sobre el Reino H, de Vintila Horia

España está llena de rumanos.

Dicho así, sin ningún contexto, queda la duda de cuál es la intención de una frase como ésa, pero la cuestión es que no es sino la verdad: el grupo de emigrantes más numeroso en España es a día de hoy el de los rumanos, en su momento llegaron a ser casi el millón, como son ahora en Italia, que se dice pronto, y sobre todo cuando uno piensa que también son una parte importante de la emigración en otros países europeos y que el país de origen cuenta ahora con 21 millones de habitantes.

Sin embargo no lo tienen muy difícil en España, por lo menos desde el punto de vista del racismo: son blancos tipo eslavo, de religión cristiana ortodoxa, lo que ya no le importa un pijo a nadie, y aprenden el español no sólo a una velocidad prodigiosa, sino que además lo hablan prácticamente sin acento y en muchas ocasiones cuando dicen "Soy rumano/a" el que recibe esa información se queda a cuadros escoceses porque, como se suele decir aunque no suene muy bien "Pues no se te nota nada". Por lo demás tienen fama de gente trabajadora, no se asocia su etnia a una mafia poderosa y bien definida y en general no tienen ningún problema de adaptación. No me entendáis mal: los europeos del este tienen costumbres y un comportamiento que nos suena un poco raruno, pero es un raruno familiar que causa algo de sorpresa o curiosidad, no rechazo. Ya sabéis: hacen comidas con remolacha, se santiguan al revés y otras costumbre extrañas. Y ahora voy a decir algo que sí que puede sonar racista, pero sólo es la constatación de un hecho: probablemente si preguntas por la calle si hay más chinos o rumanos en España, quizá te respondan que chinos, cuando no llegan a 200.000. Lo que pasa es que, hablando en plata, a los chinos se les nota eso, que son de muy lejos, mientras que los rumanos, como he dicho, pasan completamente desapercibidos. A los franceses sin embargo, se les nota enseguida, porque huelen mal. Eso sí es un comentario racista, en realidad xenófobo, pero como somos vecinos y llevamos insultándonos desde que el mundo es mundo, no importa.

Recordad: los países del este son un poco como las dos ciudades superpuesta de la novela de China Mieville: parece que vivimos en la misma dimensión y somos casi lo mismo, pero no.

A pesar de ese flujo migratorio, como casi siempre, desconocemos muchas cosas de Rumanía, porque Rumanía no sale en la tele. Sabemos, porque se nos dijo en la escuela, que hablan una lengua románica, la más oriental, y que tiene influencia de las lenguas con las que ha estado en contacto. Históricamente su germen es el Reino de Valaquia, y en el país existe un lugar que es más famoso a nivel mundial que el mismo país que lo contiene: Transilvania, literalmente Más allá de los Bosques, y como todos sabemos el hogar del conde más famoso de la literatura gótica y de terror. No sé si les hará gracia o no a los rumanos, pero sin duda el personaje rumano más famoso de la historia es Drácula, basado de aquella manera en Vlad el Empalador. La actual Rumanía que nace tras la disolución del Imperio Astrohúngaro es la unión del Principado de Valaquia y Transilvania, de mayoría rumana pero controlada por Hungría, algo que se refleja en la Trilogía Transilvana de  Miklós Bánffy, escrita por un noble húngaro en la que muchos personajes son rumanos y se habla del nacionalismo rumano y su deseo de unificar los territorios, algo que terminó ocurriendo tras la Primera Guerra Mundial.

Como la mitad de los países europeos, Rumanía pasó por una etapa fascista, la dictadura de Antonescu, y colaboró con el Eje, de modo que sus tropas acompañaban a las alemanas, algo no tan extraño pues lo mismo hicieron algunos daneses y húngaros. Igual que los italianos, a mitad de contienda se cambiaron de bando cuando las cosas se pusieron mal y los invadieron los rusos. Antonescu no acabó colgado boca abajo como si fuera un gorrino, como su admirado Mussolini, y cuando ya su país se había convertido en un país satélite soviético fue fusilado en 1946.

Todo esto que he contado no viene a nada, sólo para indicar que hubo un tiempo en el que ser rumano era algo bastante exótico en España, y quedaba muy lejos. Por supuesto en general la cultura rumana era bastante desconocida y el rumano más famoso era un ensayista inclasificable que escribía en francés, Emile Cioran, y también era conocido en el mundo del análisis mitológico Mircea Eliade, que tampoco se hizo famoso escribiendo en rumano... y lo demás es un gigantesco agujero negro. Obviamente tienen una larga y meritoria tradición literaria, pero es uno de esos casos de que llevas veinte años viviendo al lado de un vecino y no sabes ni cómo se llama. De acuerdo, estoy exagerando y hay escritores conocidos como Mircea Cartarescu, al que quizá cualquier día le caiga el Nobel, y en realidad se han publicado regularmente traducciones del rumano, pero en general, lo dicho, parece como si estuviesen muy lejos culturalmente, cuando no lo están e incluso hablan una lengua románica. Y además, repito, España está llena de rumanos, y aparte de otras ventajas de las emigración raro es el barrio de una ciudad importante que no tenga una tienda con productos rumanos y de otros países del este de Europa, lo que nos ha permitido conocer nuevas clases de patés y unos embutidos realmente ricos. Que eso también importa, qué caramba.

Por lo demás, tampoco es que sepa demasiado de Rumanía, aunque como ya digo las cuatro cosas que sé me hacen destacar sobre el resto de mi país que no sabe absolutamente nada del montón de gente que tenemos viviendo entre nosotros. Como país empobrecido y que está perdiendo población por la emigración masiva tiene un buen puñado de problemas, la división racial con los gitanos es desde siempre un problema y como es lógico desde la disolución del bloque ideológico del este están un poco desnortados. Hace unos años protagonizaron, eso sí, una de las campañas de publicidad más cachondas del mundo.



Sé que hay un autor muy joven de literatura fantástica en español que es de origen rumano, y  Robert Iozinsky, este ya rumano de siempre, escribió una novela en español, La ruleta chechena, publicada por la ya desaparecida Rey Lear.
Vintila Horia
Pero hubo un tiempo en el que el rumano conocido en España era Vintila Horia, e igual que sus compatriotas en la actualidad hizo gala de una capacidad enorme para adaptarse a la cultura del país de acogida.

También es una figura que a día de hoy es un poco difícil de reciclar, ya que estuvo bastante vinculado al pensamiento fascista de su país, y eso pesa bastante. Sin embargo parece ser que Vintila Horia pertenecía a esa rama de pensadores que, sin que no se les pueda quitar el marchamo de pensadores cercanos al fascismo, iban un poco por libre y estaban metidos en otras corrientes propias de la época, de modo que las discusiones sobre el destino de los pueblos, las razas y todo eso que tan mal nos suena estaba teñido de una espiritualidad iniciática propia de las pseudociencias y cercanas a todo ese frangollo donde se mezclaba literatura, antropología científica y precientífica y las elucubraciones del esoterismo, de modo que una de las influencias de Horia fue Rene Guenon, alguien a quien hace cien años quizá se le podía leer medio en serio pero que a día de hoy sólo levanta el siguiente comentario: "¿Pero qué se había fumado?" El maestro de Vintila Horia fue su compatriota Nichifor Crainic, un pensador marcado por su antisemitismo, su consideración de que la vida de los países occidentales estaba corrupta y la sospecha de la democracia sería el fin de la civilización, algo que no debe sonaros a nuevo si conocéis de qué pie cojean algunos influyentes pensadores neotradicionalistas de la actual Rusia, y a los que Putin y si marioneta tienen en gran consideración. A día de hoy esta corriente de pensamiento sigue viva en occidente, obviamente con sus correspondientes correcciones e innovaciones, con autores como Alain de Benoist y la Neue Droitte, con el que que escritores de bestsellers pseudohistóricos como José Javier Esparza dicen tener una deuda.

Este tipo de pensamiento reaccionario, aunque pudo ir de la mano durante un tiempo con el fascismo, tampoco era realmente compatible con él, precisamente por su carácter especulativo y místico, o su adhesión al cristianismo. El "fascismo del bueno" era más de pegar tiros y menos de meditar con incienso o rezar, así que digamos que los flojos del fascismo rápidamente se vieron sobrepasados por los de rama dura, y aunque Vintila Horia tuvo cargos de gobierno durante el reinado de Carol II, cuando la Guardia de Hierro (fascismo pata negra) tomó el poder, Vintila Horia no volvió al país por lo que le pudiera pasar y se quedó en Viena, y cuando Rumanía cambió de bando en 1944 fue detenido por los nazis y enviado a un campo de concentración. Carol II, por cierto, fue marido en segundas nupcias de una pariente de nuestra reina Sofía de Dinamarca y Grecia, y terminó exiliándose en el mismo lugar que nuestros Borbones, en Estoril. Uno de los descendientes de Carol II es el supuesto heredero al trono de Rumanía, y vive en París, como la mitad de los herederos de antiguas monarquías, pues la otra mitad suele andar por Nueva York. Miguel I de Rumania, nacido en 1921, sigue vivo, y fue rey antes que su padre Carol II porque éste tuvo que renunciar a sus derechos al haberse casado en secreto en primeras nupcias con una plebeya de origen judío, aunque Carol II en 1930 usurpó el poder, de modo que su antecesor y su sucesor el trono fue su propio hijo, Miguel I. Me río yo del mejor culebrón.



Liberado ya del campo de concentración tras la victoria de los Aliados, en 1946 Vintila Horia, dada su colaboración con los gobiernos fascistas de su país, fue juzgado in absentia por el nuevo gobierno rumano afín a la Unión Soviética, y como el régimen de Ceaucescu no cayó, por cierto de forma muy lamentable, hasta 1989, y Vintila Horia murió en 1992, pues no tuvo ya oportunidad de volver a su país, así que se convirtió en un exiliado por varios países. Respecto a la etapa comunista de Rumanía, fue uno de los versos sueltos de los países satélites, como Yugoslavia, y anduvo un poco por libre, aunque sin pasarse. Ceaucescu pasó de una relativa apertura a los países de la Europa Occidental y Estados Unidos y la salida del Pacto de Varsovia a cerrar a cal y canto el país, instaurar un culto a la personalidad parecido al coreano y a copiar el modelo de Albania, algo que fue sencillamente una mala idea. La Securitate rumana, tan efectiva como la Stasi de Alemania del Este, tenía al país en un puño, mientras la economía y la burocracia eran incapaces de producir los bienes más básicos y la familia Ceaucescu vivía como marajás. Fue todo como un castillo de naipes: sólo un mes antes había caído el Muro de Berlín.

Vintila Horia fue un escritor plurilingüe, provocado esto tanto por su conocimiento de varias lenguas como por sus lugares de residencia. En Italia fue amigo de Giovanni Papini, otro escritor al que hay que echar de comer pero que muy a parte, y el español lo terminó de dominar en Argentina, en la época de Perón, y al final terminó recalando en España, donde realizaría su actividad literaria, ensayística y académica sin problemas por parte del régimen franquista, que acogió a numerosos fascistas y filofascistas de distinta laya provenientes de Europa del Este. Muchas de sus obras Vintila Horia las escribió en francés, que en aquellas décadas venía de serie en los intelectuales europeos y además era digamos que la lengua de referencia si eras exiliado de otro país, aunque no vivieses en Francia. Es por esto que en 1960 Vintila Horia ganó el Premio Goncourt de novela, y Sartre y sus acólitos se echaron encima de él recordándole su pasado, de modo que tuvo que renunciar al premio. Otros autores rumanos de conocido prestigio como Ionesco, Mircea Eliade o el mismo Ciorán habían tonteado en su juventud con ideas poco recomendables y había constancia de ello, pero Vintila Horia se negó a reconocer o apoyar de ninguna manera al régimen comunista y fueron a por él.

Además de su labor docente y de escritor, y dado su conocimiento de varias lenguas y de muchos escritores, Vintila Horia fundó una de las primeras agencias literarias en España, ACER (Argentina, Colombia, España, Rumanía), centrada en autores extranjeros y traducciones. En esta agencia aprendería Carmen Barcells antes de crear la suya propia, centrada en autores en español, y como quizá ya sepáis es la agente literaria más importante no ya española, sino de todo lo escrito en español, del siglo XX; la mitad del famoso Boom Latinoamericano es responsabilidad suya, y no es que lo diga yo, es que lo aseguraron Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.

Dado este percal, no es de extrañar que una figura como Vintila Horia sea no ya difícilmente clasificable, sino asimilable tanto por su país de origen como por el resto de los países y lenguas con las que tuvo relación, con España llevándose la mayor parte de la responsabilidad de dicha clasificación ya que vivió aquí muchos años y fue profesor universitario. Sería tan fácil decir que era un fascista de manual que odiaba a la humanidad como que en realidad era un sólo un flipado con un cacao importante de religiosidad mística, las dudas sobre la posibilidad de la democracia y las famosas disquisiciones tan del gusto de la época que le tocó vivir, con especulaciones sobre el "destino de las razas" y otras tonterías de la época. A esto hay que añadirle que sus novelas, por lo que he leído, eran fundamentalmente simbólicas e intelectuales, lo que tampoco ayuda a que nadie tenga demasiadas ganas de recuperar su obra o de establecer realmente cuál era su ideología y si es o no radiactivo en general y es mejor no tocarlo ni con un palo.

Yo no tengo una opinión clara sobre el asunto, y no me dedico a estudiar esas cosas en profundidad. Lo que nos lleva a preguntarnos por qué he leído un libro de este señor. Pues porque me encontré una reseña, por cierto muy parca, de un libro suyo, porque trataba sobre algo que era vagamente de ciencia ficción, o eso parecía, y estaba fácil de conseguir y bastante barato. Así es como he terminado leyendo Informe Último del Reino de H. Y que ya me conocéis, a veces me da por leer cosas raras.

Como el señor escribía en varios idiomas, fundamentalmente en español y francés, y por lo que sé se traducía a sí mismo, no sé en qué idioma fueron escritos estos relatos, o si hay variedad en su origen, aunque hay algo que extraña muchísimo, y es que utiliza pronombres enclíticos en su forma reflexiva. Para entendernos: cayóse, sentóse, miróse en un espejo, etc. Por lo que yo sé, en la lengua hablada estaba en franco retroceso ya en el siglo XVIII, pero se resistió a desaparecer de la lengua escrita mucho tiempo y ya al final se consideraba de una afectación similar a otras expresiones igual de ridículas, aunque era habitual encontrártelo por regla general, creo recordar, en las traducciones de las novelas de Agatha Christie y y otros títulos de la Editorial Molino. ¿A santo de qué aparece en un libro editado en 1981? No tengo ni la más perejil idea de por qué, os lo aseguro, o si fue idea del señor Horia, quería unificar estilo, o más improbablemente fue cosa de la editorial. La edición, la única que existe, es de la colección Rotativa, de la que ya he hablado otras veces, donde se publicaron varios títulos inclasificables de ciencia ficción o temática parecida en España, y que eran unos libros de tamaño bolsillo, no muy voluminosos y de aspecto grácil en su relación de largo y ancho, márgenes muy poco generosos y tamaño de letra bastante tacaño, lo que no facilita su lectura en ninguna de las formas posibles, sino que en algunos momentos la hace un tanto precaria, sobre todo si como es el caso el papel ya está oscurecido y desprende un olor a vainilla propio del papel de mala calidad con demasiada lignina.

A pesar de las juntaderas ideológicas del autor y de su cómoda estancia en España durante el franquismo, y que el libro cuesta de mantener abierto con una mano en el bus y hay que forzar un poco la vista, el libro es bastante bueno, aunque un poco irregular como es habitual en una recopilación de relatos, donde unos siempre gustan más que otros. Vintila Horia juega en una liga importante, su dominio de la lengua española (o de la que fuera de la que se tradujo, si fue el caso) es indudable y si alguna vez habéis oído decir, que yo lo he oído, que el lector medio sale corriendo cuando ve un párrafo que ocupa más de un tercio de página, ya os digo que a este escritor rumano le importaba bien poco y nos podemos encontrar varias páginas en las que no hay ningún punto y aparte.

La verdad es que el subtítulo del libro lo deja bien claro: Conjunto de relatos de contrapunto simbólico y futurista. En la portada además vemos la cabeza de una mujer, que puede ser cualquiera de la que salen en cada uno de los relatos, y una mancha que parece ser una erupción volcánica, y que está ahí... porque hace bonito, supongo. Los relatos desde luego están bastante lejos de los que podemos entender como relatos de ciencia ficción del tipo de las revistas estadounidenses de la Edad de Oro, así que los podemos relacionar con la fantasía de un Italo Calvino, de Borges y, opinión personal mía, de la fantasía desbordante de revistas como Metal Hurlant y otros títulos "para adultos" que durante décadas tuvieron éxito en el mercado español, en la que a veces bajo la excusa estética de la ciencia ficción o la fantasía cabía absolutamente de todo.

El primer tercio del libro lo ocupa el relato, dividido en varias partes, que da título al libro, y es uno de los que más me han gustado. Al principio, me recordó a Kalpa Imperial, de Angélica Gorodischer, por el tono, y la evocación de un reinado sin principio ni fin. La acción empieza in media res, en una expedición de un reino que parece ser expansionista y profundamente nacionalista, contada por un militar que presenta su informe. Los sucesivos capítulos del relato, contados por varios narradores, nos van mostrando un particular reino lleno de evocaciones extrañas, una especie de complejo worldbuilding en miniatura sobre una extraña sociedad, y su final, hasta que te das cuenta de que al final no has estado leyendo algo sobre seres humanos, y te quedas bastante con el culo torcido. Humo en el cielo es un relato apocalíptico en el que un desastre natural amenaza a un grupo de personas. El monstruo es uno de los que más me ha gustado, con cierto transfondo ecologista ya que el protagonista, que se termina convirtiendo en una especie de terrorista, reacciona ante la crueldad de los hombres ante un animal. Claviceps pupurea trata de un grupo de refugiados que en un convoy de camiones intentan continuar con sus vidas huyendo en círculos de una guerra que se antoja infinita, y sabemos que debe ser Rumanía porque el protagonista se llama Radu Negru, así que tiene el mismo nombre que uno de los gobernantes semimíticos de Valaquia, y al que también hizo protagonista de una novela histórica. El volumen se cierra con Crónica de una torre y de su sombra, de tono marcadamente autobiográfico.

El libro es corto, sólo tiene 153 páginas, se lee rápido y el subtítulo del libro queda completamente justificado. Son relatos futuristas y simbólicos en el que lo extraño no se justifica, sino que se emplea para introducir a unos personajes en medio de circunstancias excepcionales en las que deben actuar sobreponiéndose a la desesperanza y a la falta de fe, y en donde la única solución posible es la integridad y el amor desinteresado, así como la confianza en que el ser humano puede hacer algo más que el mal. Es por tanto, tanto estilística como conceptualmente, una lectura en ocasiones bastante exigente.

Como ya os he dicho, el libro de momento se encuentra bien de segunda mano, aunque nunca ha tenido una segunda edición, y demuestra que en español se escribieron cosas muy interesantes en todos los géneros sin necesidad de copiar modelos foráneos, y además de mucha calidad. Respecto a las dudas que pueda desperar las filiaciones ideológicas del autor parece que las del ya citado Sartre tampoco importan demasiado, así como de Orson Scott Card, así que por lo menos habría que tener un poco más abierta la mente.

¿Y sabéis de qué me acabo de dar cuenta? De que creo que no he leído nunca nada de un autor búlgaro.

-SuperSantEgo

3.3.19

Libro: El valle del sol, de Diómedes de Pereyra

Novela que leí hace ya algunos años. La vi reseñada por alguna parte, me llamó mucho la atención su argumento y sus circunstancias y como estaba a un precio más que razonable en Iberlibro allá que me la compré. Y no arrepentí... mucho.

En primer lugar, es una novela que en España publicó la Editorial Araluce en 1934, en unos tiempos en los que la actual situación de concentración de medios no existía ni por asomo y existían multitud de pequeñas editoriales que luchaban por el favor del público, sobre todo con ediciones muy baratas y populares que hacían honor a su título de rústica. A día de hoy es habitual y muy aceptada la edición en tapa blanda, que sin embargo dada la actual tecnología poco tiene que envidiar a las ediciones en tapa dura. Hace ochenta años eso se llamaba rústica por algo, el término era literal: el papel era muy, muy malo, las hojas estaban cortadas de forma irregular de modo que de los tres cantos sobresalían las barbas del papel con un acabado que lucía muy poco y la encuadernación y las tapas eran de una endeblez alarmante. Vamos, que sí: hacía honor a su nombre y la edición era rústica con todas las consecuencias. Eso implica que la conservación se veía seriamente comprometida ante cualquier percance como una torsión excesiva al apilarse demasiados ejemplares, y la humedad se los solía comer a la primera de cambio, con clara tendencia a descuajaringarse a la menor oportunidad. En mi casa de pequeño me acuerdo de los primeros ejemplares de los Episodios Nacionales que seguramente mi madre adquirió de segunda mano cuando era joven, y estaban de mírame y no me toques, así que hasta que mis padres no compraron la colección completa bien encuadernada no se me ocurrió acercarme a esas obras de Galdós por puro temor de que se me quedasen las hojas en las manos.

Éste es el caso de la encuadernación de este libro, que a pesar de su rusticidad todo sigue legible en todas sus páginas, que sin embargo tienen ya un cierto tono a café con leche, y no creo que aguante ya muchas más lecturas. A cambio de la poca resistencia de la encuadernación, sin embargo, el precio era realmente asequible, de ahí que se las conociese también como "novelas populares", ya que por las décadas de 1920-1930 andaban por las 4 ó 5 pesetillas. La novela popular existió a lo largo de todo el mundo, y en cada país tuvo unas características propias. No, en España nunca existió la "literatura pulp", y si lo dices así u oyes que alguien la llama así sólo tiene un nombre: servilismo cultural. Sorpresa: en España tampoco existió el neorrealismo italiano, ni el expresionismo alemán. Llamar literatura pulp a la literatura popular española es tan cosmopaleto como llamar country al flamenco, o moonshine al orujo.

El autor, Diómedes de Pereyra (Cochabamba, Bolivia. 1897-1976), tenía lo que en Filomeno, a mi pesar, se definía como un verdadero nombre de escritor, sonoro y evocador. Como tantos señoritos de buena familia de América Latina en décadas posteriores, se fue a estudiar a Estados Unidos, y de hecho esta novela se publicó en inglés por entregas, de modo que lo que ahora leemos es una traducción que por lo que he podido averiguar realizó él mismo. Gran viajero, cónsul de su país y poseedor de una vasta cultura, escribió varios libros, entre los que el más famoso es Caucho. En 2014 en Bolivia se reeditó la novela que ahora tratamos.

Lo cierto es que como novela de aventuras cumple sobradamente, y abunda en un subgénero que ahora ya nos suena algo manido: el de la civilización perdida, en este caso la de los Incas, aunque estamos en el caso de que obviamente son los descendientes de una partida de incas que con sus súbditos se refugiaron en la selva huyendo de los conquistadores, y allí han permanecido ocultos hasta que una expedición que busca oro en Brasil se los encuentra. Ahí es donde aparecen nuestros personajes principales, que son cuatro: un boliviano, un español, un indio de la selva y un mestizo que sirve de guía. En cierto modo el boliviano y el español son un tanto intercambiables, los dos ejercen el papel de europeo racional y culto que con sus conocimientos y tecnología doblegan a la salvaje naturaleza y extraen de ella sus dones para mejor aprovechamiento de la raza humana, y ya veis que estoy parodiando un poco el estilo y tono de los escritos de la época, que se expresaban en similares términos positivos y llenos de optimismo por el progreso, y que veían en los países del sur de América un futuro cercano lleno de vías de tren, progreso ilimitado y dominio del medio natural siguiendo el modelo del gran vecino del norte. El indio de pura raza es el personaje que quizá sale mejor y peor parado: el autor no lo trata como a un ser perverso, sino todo lo contrario, es una especie de ser puro en un estado primigenio en el que si cometiese alguna acción juzgable como malvada por los dos personajes blancos y cristianos, sería sin embargo vista sin malicia alguna, pues en ese estado de naturaleza parece vivir en una continua felicidad a medio camino de la idiocia, y todo lo que no sea su trabajo e guía y vivir en medio de la selva le importa bien poco. Un poco más complejo es el personaje del mestizo, un hombre inteligente que sirve de guía e intérprete pero que parece amargado por su condición de medio indígena y medio blanco, incapaz de la altura moral de los blancos pero sin poder participar de esa existencia edénica de los nativos. Esto no es que lo diga yo, es una reflexión del narrador que sin embargo sí refleja una situación, la de los mestizos de toda condición, que existían y existen en los países iberoamericanos, y cuyos problemas de identidad han sido tratados mucho menor por otros autores. Sin embargo por eso mismo es el personaje más interesante: por un lado se cree superior al indio de pura sangre al que le importa todo un higo, para empezar lo que piensen de él, pero se sabe inferior a los blancos, y en el fondo se desprecia a sí mismo porque ha interiorizado completamente los valores de la clase dominante en la que sabe que nunca podrá integrarse del todo. El autor no amaga ir más allá de este planteamiento inicial con ese personaje.


Parecido razonable.

Como novela de aventuras, repito, cumple, y ya os podéis imaginar lo que ocurre: dan con estos supervivientes de los incas, y recordemos aquí que inca es como decir faraón o rey, y que decir que los actuales habitantes de Perú y otros países por los que se extendió el Imperio Incaico son descendientes de los incas es como decir que todos los que habitamos tierras de lo que fue el Imperio Romano somos descendientes de los césares. Pero dado el desarrollo de la novela tampoco importa demasiado, porque una vez pasado el susto y el encontronazo inicial, digamos que de forma orgánica, el inca de los tiempos presentes y los dos blancos se reconocen como personas de orden y líderes de hombres, nace una espontánea simpatía y en poco tiempo ya se han hecho amigos. El mestizo está que flipa y al indio le da todo igual, vive en un continuo videojuego 3D.

La resolución de la novela es bastante clásica como podía uno esperar, hay traiciones, se forman distintas facciones en el reino perdido que desencadenan acontecimientos aventurescos y descubre uno por qué los personajes blancos intercambiables son dos y no uno, y el mestizo felón acaba de mala muerte. Cuando todo termina al indio lo abandonan en medio de la selva sin que a él parezca importarle mucho, y los blancos razonan que ese tipo de gentes es feliz en ese medio natural hostil, que les da igual el sitio donde los han cogido que a mil kilómetros de distancia. Tal cual lo dicen, de verdad. Como cuando sueltan a un chimpancé que han criado en libertad o un halcón, que lo dejan un poco por donde les parece. Claro, supongo que el señor de Pereyra no estaba muy familiariado con la entonces muy joven ciencia de la antropología cultural, o del simple sentido común, porque si agarras a un nativo del bosque tropical y lo dejas a cientos o miles de kilómetros de su lugar de origen lo más probable es que sencillamente se muera o que lo mate la tribu de los alrededores al verlo merodear por su territorio. Digamos que la ingenuidad del autor sobre estas elementales cuestiones es astronómica.

Otro aspecto destacable es el tratamiento que en la novela se da de la misma naturaleza, una selva pluvial densa que es también protagonista, de ahí el subtítulo de La novela de la Naturaleza. La selva concede innumerables dones, conocidos por el indio y el mestizo, y en ella los dos blancos y la expedición se saben a merced de los conocimientos de los nativos que saben extraer de ella por ejemplo alimento, y es graciosa la cara que se le pone a los dos blancos cuando descubren que la miel que toman por las mañanas procede de hormigas, y no de abejas. Pero la selva, la naturaleza salvaje, tiene su lado oscuro y violento, como en las novelas de Salgari o el Bosque Negro de Tolkien, y en ella habita el mal en forma de caos, la naturaleza es lo que se opone al mundo racional y humano de la ciudad de la que proceden los dos personajes blancos, y el mismo autor al que uno se lo imagina mucho más cómodo al lado de Gary Grant charlando en Nueva York que en las selvas de su país de origen. La descripción de los peligros de la selva por momentos casi parece sacada de la Era Hibórea de Robert E Howard, y los personajes contemplan la destrucción gratuita que un gran felino ha causado en las otras criaturas de la jungla, insinuándose que ese proceso ha sido completamente gratuito y llevado a cabo por el puro placer de matar que guía al instinto del depredador.

De todo esto se entiende que al principio de la crítica diga que no me arrepiento de haberla leído... mucho. Como historia de aventuras no está mal, tiene ritmo y por momentos en interesante, pero nada más. Está correctamente escrita, o mejo dicho traducida, a un español literario totalmente estándar propio de una persona educada a principios del siglo XX en los liceos de las capitales hispanoamericanas, con dominio del léxico y la sintaxis, y refleja desde el registro culto el habla espontánea de América en aquellos años. No hay que ser ningún experto para no darse cuenta desde los primeros párrafos que está escrito por alguien que no es de España, pero las diferencias son mínimas. El interés de este libro reside, más que en sus valores propiamente literarios, en la representación que constituye de las coordenadas morales y la cosmovisión del autor, que seguramente no era incomún entre los descendientes de europeos de las clases acomodadas de esos países, en este caso de una persona que además estudió en el extranjero y vivió una vida con todo tipo de privilegios, casi al nivel de lo que en Europa sería una persona de noble cuna. Los indios de pura raza son vistos con un paternalismo absoluto y poco más que como criaturas no dotadas de verdadera alma o razón, como pudieron llegar a pensar en algún momento los griegos de los pueblos bárbaros, hay una cierta piedad ante el problema de identidad del mestizo, incapaz de encajar en ninguna parte e, insisto, una fe casi infinita en la capacidad del hombre virtuoso y en posesión de los conocimientos de la ciencia moderna para cambiar el mundo, siempre que ese hombre esté hecho de la madera adecuada y tenga la voluntad necesaria. Tampoco creo que haya que juzgar a don Diómedes por todo esto con demasiada dureza, en ningún momento de la lectura detecté auténtico odio o desprecio por sus personajes, pero sí desde luego escribía desde una postura que es como mínimo llamativa a día de hoy.

Obviamente, algo muy alejado de los grandes autores latinoamericanos cuya fama posterior está plenamente justificada por la profundidad con la que abordaron tanto los problemas concretos de su país como los más elementales de la condición humana. Esto otro es, eso sí, una curiosidad que si a uno le gustan estas cosas, pues no está nada mal conocerlas.

-SuperSantiEgo