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Foro unipersonal que aboga por la consecución de un frikismo cartesiano, racional e ilustrado
Esto es algo que tenía idea de hacer desde casi que abrí el blog, pero mira, sólo hemos tardado más de quince años. A mí me gusta hacer las cosas sin prisa, sin meterme presión.
Y la idea era hacer un comentario de este libro, El corsario negro de Emilio Salgari. ¿Por qué? Pues porque es uno de los primeros libros leí en mi vida. No recuerdo la edad, sería a los diez años o así, y después lo releí unos pocos años después, con igual resultado, que fue que gustóme mucho.
En los tiempos en los que yo era guacho este tipo de novelas, a las que se consideraba clásicos juveniles, eran omnipresentes en cualquier casa española, donde nunca faltaban algunos ejemplares de novelas de Emilio Salgari y Julio Verne, casi sin excepciones. En realidad era una estrategia editorial clarísima de exprimir lo más posible los títulos libres de derechos, o incluso saltárselos sin problemas, además de otras jugarretas que se hacían entre ellas, como plagiarse las traducciones. Por eso se abusaba tanto de los dos autores ya citados, de Karl May, Stevenson, etc, de modo que en todas las casas había ejemplares, a veces en ediciones resumidas e ilustradas, de La flecha negra, Los robinsones suizos, Un capitán de quince años, La isla del tesoro, y tantos y tantos títulos que se suponían recomendables para iniciar en la lectura a los niños de la época, mientras en la televisión era habitual ver a los principales escritores patrios, como eran Delibes, Torrente Ballester, Umbral, Terenci Moix, Cela y tantos otros. También era muy populares las adaptaciones en historieta de esas mismas novelas, e incluso de las más famosas había varias versiones.
La única constante en tal batiburrillo de autores de tan distintas épocas y nacionalidades era claramente una: todas eran novelas de acción y aventuras, en ninguna había sexo y se suponía que eran de fácil digestión para los menores de edad, aunque en realidad esos autores en su época no siempre escribiesen esas novelas para ese público, ya que algunas se consideraban obras para adultos o para todos los públicos. Algunas, como Los viajes de Gulliver, una obra sesuda y profundamente filosófica, se adaptaban para resaltar solo sus aspectos más fantasiosos o de aventura, igual que ocurría con Robinson Crusoe.
En el caso de El corsario negro yo leí la edición para Círculo de Lectores con traducción creo que de Editorial Molino, otra editorial con solera y ahora perteneciente al grupo Pingüino, y que mucha gente recuerda por sus conocidas ediciones en rústica de las novela de Agatha Christie y otras de misterio en el mismo formato, y que yo siempre asocio a los viajes en tren porque no faltaban en ningún kiosco de prensa de las estaciones. Tan antigua debe ser esta traducción que ni siquiera está acreditada, aunque hay una más moderna que se utilizó en las ediciones de Anaya y que creo que es la se sigue utilizando ahora en las actuales. La portada de la edición que leí yo, que la verdad es que está bastante bien, y que debe seguir por casa en algún altillo, es esa que he puesto arriba, con el Corsario Negro vestido de lo propio y agarrado a la flechadura del barco mientras blande la espada de cazoleta en la mano y se dispone al abordaje.
Esta novela es la primera de un ciclo de cuatro en la que Salgari nos cuenta la venganza a sangre y fuego de Emilio de Ventigmilia, un noble italiano que participó en la Guerra de los Treinta Años donde su familia fue traicionada por el noble flamenco Van Guld, quien mató a su hermano mayor y después, cuando los otros tres se convirtieron en corsarios para vengarse y perseguirlo hasta América, dio muerte a los conocidos como el Corsario Verde y el Corsario Rojo. Emilio, el único superviviente de la familia, jura matar a Van Guld y a todo cuanto pariente del traidor se cruce en su camino. Se masca la tragedia.
La verdad es que como novela de aventuras es un no parar, siempre tira hacia delante y no dejan de pasar cosas. A diferencia del modelo actual de bercele, donde parece primar la idea de rellenar con escenas redundantes y diálogos que no conducen a ninguna parte ni resuelven nada, aquí es todo chutar a puerta, nada de remolonear. La novela empieza con dos marinos, Carmaux y Van Stiller, que han escapado de la muerte tras ser apresado el Corsario Rojo, ahorcado en Maracaibo, la actual Venezuela. Los recogen desde El Rayo, el barco del Corsario Negro, pasan a ser parte de su tripulación y de inmediato con el nuevo capitán van a rescatar al cadáver de su hermano, y de paso entra en juego un nuevo personaje que también se unirá a ellos, Moko, un negro al que también llaman compadre Saco de Carbón. Como digo, un no parar: el Corsario Negro captura un barco y en él va una muchachita que obviamente es rubia y angelical, e inmediatamente quedan prendados el uno del otro, en la Isla de la Tortuga se prepara una expedición para saquear Maracaibo y después Gibraltar, hay tiros y cañonazos a gogó, saquean la ciudad pero Van Guld escapa a través de la selva y buena parte de la novela se ocupa de la persecución a través de semejante jungla llena de animales salvajes y antropófagos, hasta que bordean casi todo el Lago de Maracaibo, llegan a Gibraltar y allí se monta otra buena balacera. Van Guld escapa, que si no no tenemos continuación posible, y el Corsario Negro se entera, pocas páginas antes de acabar la novela, de que la muchachita, Horonata, es la hija de su odiado enemigo. Así que hace lo lógico: la monta en una chalupa y deja que sea el mar quien acabe con ella.
Bigotón. Respeto.
Aquí podríamos hacer un inciso, porque recordemos que esta novela está editada en 1898, y como se suele decir pocas bromitas con el siglo XIX, que viene cargadito con cositas. Lo primero que hay que notar es que obviamente aquí no hay el más mínimo atisbo de corrección política, ni se le espera. A Moko raramente se le cita por su nombre, sino que se habla de él como "el africano" o "el negro", y por supuesto matar es matar y tonterías las justas. También por otro lado aunque el Romanticismo propiamente dicho sea un fenómeno esencialmente de finales del XVIII y principios del XIX eso no quiere decir que no siguiese en plena vigencia en algunas expresiones culturales y que incluso llegue a nuestros días, donde todavía se publican, y vaya que con éxito, las novelas románticas. Todas estas novelas de aventuras clásicas suelen estar henchidas de romanticismo: el odio y las emociones son arrebatadas, el hombre se enfrente de forma heroica contra la Naturaleza, la fuerza del destino se manifiesta de forma diáfana y hace que amigos o enemigos se encuentren irremediablemente, el amor es una llama y los enamorados se sienten inmediatamente atraídos de forma irracional como los polos de los imanes, etc. También la amistad y la lealtad se definen como absolutos, igual que casi todo se expresa de forma extrema. Dicho de otra manera: las medias tintas como que no, todo es recargado y se expone de forma más que clara, no hay demasiado espacio para los matices. Esto se ve claramente en los diálogos, que aparte de ser en la mayor parte muy poco naturales son pasto de exclamaciones y de arrebatos, así que nos encontraremos continuamente signos de exclamación y personajes que exhortan al otro a hablar, por no mencionar el uso de los vocativos, así que nos encontraremos continuamente con líneas como un "¡Habla!" "¡A las órdenes de mi comandante!", o "¡Decidme, señora, si vos también me amáis!"
Otra cuestión que me ha llamado la atención ahora que la he leído de adulto ya al cuadrado es que al igual que en tantas otras novelas y películas, la cuestión lingüística brilla por su ausencia, y no, no me estoy refiriendo a lo que estáis pensado. Muchos de estos autores no han pasado a la historia de la literatura por el refinado uso y conocimiento de sus respectivas lenguas o por el uso de sutiles técnicas literarias, eso es cierto, pero también resulta que en aras de que la narración fluya y todo vaya como la seda se prescinde de ciertas incoherencias, y en mi caso me di cuenta precisamente por un error de traducción, o mejor dicho por un pequeño anacronismo en ella, que me hizo plantearme una cuestión muy a tener en cuenta. Veréis: durante la persecución por la jungla palúdica del Lago de Maracaibo, que dura varios extenuantes días, los filibusteros deben apañárselas para poder subsistir, y al igual que en todo el libro nos encontramos con continuas descripciones de animales y plantas... sacadas de la Wikipedia. Bueno, obviamente de las Enciclopedias de la época, otra cosa que siempre se le ha achacado a Julio Verne, que rellenaba páginas haciendo descripciones geográficas y etnográficas sacadas de la Larousse. Porque obviamente Salgari, que siempre vivió a la cuarta pregunta, no fue un gran viajero muy a su pesar, si bien fue marino un tiempo por el Mediterráneo, así que todos esos escenarios exóticos de América y de Asia los conocía por gente que le contó sus viajes, por los libros y por las fotografías. Pues bien, en un determinado momento en su persecución hablan de un "árbol de la leche", y que al cortar una de sus ramas sale un néctar blanquecino, muy nutritivo, que sabe como la leche, y otro de los piratas, de broma, dice que a ver si encuentra una vaca y así de paso que le cocine un beefsteak, escrito así tal cual. Ahí fue cuando yo me puse algo mosca y decidí consultar la versión original en italiano y la nueva traducción: en italiano dice bistecche, y en la nueva versión en español, filete. Cuestiones aparte del absurdo de que en español con el cambio semántico podamos decir cosas como bistec de pollo o de cerdo, y que dado que filete es palabra de origen francés que desplazó a otra palabra más antigua como era tajada, rebanada o loncha de carne, esto me hizo pensar en lo que las películas y novelas no quieren que pensemos, ya que es una de las bases de la suspensión de la incredulidad.
A ver: ¿en qué idioma está hablando toda esta gente? Porque, eso ya lo sabemos, la novela se escribió originalmente en italiano, pero ¿en qué idioma hablan los personajes? Desde el primer momento que salen Van Stiller y Carmaux no tenemos ni idea, y sobre todo es grave porque en aquel tiempo en el Caribe, y más en esos ambientes marineros, había un batiburrillo considerable en todas aquellas plazas y también en los barcos, una mezcla completa de nacionalidades: Carmaux es francés por su apellido, Van Stiller sabemos que es hamburgués, el Corsario Negro es de Italia, de una zona limítrofe con Francia, Van Guld es flamenco, así como su hija, el Olonés y Michel le basque franceses, Henry Morgan es inglés y los personajes que moran en Maracaibo y Gibraltar obviamente españoles, solo hay una pequeña referencia a cuando aparecen los indios que saben hablar en español, pero nada más. ¿Hay alguna referencia al idioma en el que hablan entre sí los personajes, o que se utilizase como sí era el caso alguna lengua franca? ¡En absoluto! Igual que en las novelas de ciencia ficción de los años 50 todo el mundo habla el mismo idioma en la Tierra y los extraterrestres no tienen ningún problema para entenderse con los humanos, aquí todo el mundo habla básico como si fuera Star Wars, todo el mundo se entiende a la primera y a nadie le extraña que los demás puedan tener un fuerte acento italiano, francés u holandés, tira para adelante que eso no importa. Y que no se me entienda mal: me parece estupendo; a Salgari eso le importaba un pito como tampoco se lo importaba a sus lectores, y exactamente igual nos da en la mayor parte de las películas, la gente se entiende y ya, igual que en una caverna profunda en el fondo de una montaña milagrosamente siempre hay luz suficiente para que podamos seguir viendo a los personajes, que no paga uno la entrada por ver la pantalla completamente en negro.
Respecto a los personajes y la narración ya hemos comentado que está todo impregnado de romanticismo e hipérboles, todo es exaltado. Los personajes tienen poca o nula vida interior, y solo sabemos de ellos a través de sus acciones, de sus parlamentos vehementes y de las decisiones que toman heroicamente, siempre con desprecio por el riesgo o por poner en peligro su vida. Carmaux y Van Stiller, por ejemplo, son totalmente intercambiables, y pese a lo anteriormente dicho a Moko, al que el narrador se refiere como el africano o el negro en muchas ocasiones, es uno más del grupo sin que haya sombra de racismo, aunque claro, como es el más fuerte siempre es el que está cargando cosas, ahí ya cada uno que lo interprete como quiera. Al Corsario Negro de vez en cuando le da la depre, se queda callado y "se hunde en profundos pensamientos", y ahí se acaba la explicación. Aun así hay algunos casos reseñables: al principio de la novela los bucaneros se encontrarán con un soldado español, un catalán, al que luego consistentemente se referirá así el narrador, el catalán, un tipo enjuto de hechuras algo quijotescas que luego se unirá a los piratas en su persecución de Van Guld, pues tiene una cuenta pendiente con él por haberlo castigado a veinticinco bastonazos, aunque cuando llegue a Gibraltar pedirá unirse a los españoles y defender la ciudad frente a los que hasta ahora habían sido sus amigos, porque allí todo el mundo es muy caballeroso y todos se hacen grandes panas, pero la Patria es lo primero. La verdad es que hacen cierta gracia las continuas afirmaciones del personaje conocido como "el catalán" de que es muy español y mucho español, y que quiere morir bajo la bandera de España. Es gracioso además porque solo unos diez años antes de los hechos de esta novela los catalanes no eran españoles, sino franceses, y solo al final de la Guerra de los Treinta Años España recuperó esos territorios a los que habían echado mano los vecinos del norte. También es curioso que una de las localidades venezolanas se llame Gibraltar, como la de Cádiz, pues entonces claro que lo era, española, y todavía faltaban unos cincuenta años para que pasase a ser inglesa. Así que sí, hay un lugar en el mundo que se llama Gibraltar y casi todo el mundo habla español en vez de inglés o llanito, pero está en Venezuela.
Lo que nos lleva a hablar de la historicidad de esta novel... ¡juajajajajajajaja! No, en serio: cero patatero, así para resumir. Y que conste que en realidad sí se puede datar la novela, exactamente en 1666 cuando el Olonés, Michel le basque y otros piratas desde la Isla de la Tortuga enviaron una expedición al saqueo de Maracaibo y Gibraltar. Pero ahí se acaba todo parecido con la realidad. El lugarteniente del Corsario Negro es nada menos que Henry Morgan, corsario inglés que solía operar más al norte y que acabó siendo gobernador de Jamaica; Maracaibo y Gibraltar no estaban tan bien fortificadas como nos cuenta Salgari, que no pudo documentarse correctamente o bien se inventó lo que le apeteció, y sobre todo... los piratas de la época no eran así. Como alguna vez hemos discutido en el blog, el mismo Romanticismo creó para la cultura de masas potentes imágenes y discursos para romantizar figuras como puedan ser los vikingos y los piratas, vistos como gente aventurera y en oposición al poder establecido, ya sea como resistencia a los Estados modernos y sus leyes asfixiantes o como desafío a las convenciones sociales. Y sí, son fascinantes en parte, como el caso de los piratas, como estudios de sociedades e instituciones creadas al margen de la sociedad imperante, pero no dejaban de ser UNA PANDA DE PSICÓPATAS. El Olonés, que en esta novela aparece como un tipo simpático y noblote, del que Salgari nos destripa el final de su vida cuando fue devorado por la tribu kuna, en realidad era un demente que para que sus prisioneros vieran que no iba de broma arrancaba a uno de ellos el corazón y luego le pegaba un bocado delante del resto, y Henry Morgan dizque a sus hombres les soltaba sermones impíos en los que substituía la palabra Dios por el Diablo. Estaban todos como regaderas. Excepto casos contados, como el del mismo Morgan que llegó a ser gobernador, la vida de un pirata de la zona no solo era incierta, sino que siempre acababa del mismo modo: muerto en un abordaje, o colgando de una soga. Los piratas estaban por definición condenados a muerte, y en el caso de que una embarcación pirata fuese apresada el capitán de turno del barco español, francés o inglés colgaba sin más juicio a casi todos, y dejaba al capitán pirata con vida y a unos pocos más para luego colgarlos en la ciudad correspondiente y así dar escarmiento público, como ocurre al principio de esta misma novela. Por tanto, pese a la fascinación que alguna gente siente por ellos, como los ancap, su comportamiento es el lógico en un grupo humano que se sabe condenado y que no tiene prácticamente ninguna expectativa de futuro: pese a rígidos códigos de conducta que regulaban algunas prácticas como el reparto del botín o las normas dentro de los barcos que garantizaban cierta supervivencia, el nihilismo moral era la norma, todo valía y relaciones sociales como el matrimonio gay estaban admitidas, igual que no importaba la bigamia o cualquier otro comportamiento mal visto en una sociedad civilizada, lo que reforzaba la idea del resto del mundo de que eran todos unos hijos de Satanás dedicados solo al mal y a la depravación. Algo que no estaba en algunos casos muy lejos de la realidad: aunque los saqueos de ciudades nunca fueron precisamente espectáculos edificantes cuando los piratas de este siglo estaban por medio la tortura y los abusos contra la población alcanzaban proporciones de guerra civil africana, y están más que bien documentados episodios de sadismo y de exterminio de poblaciones enteras, una práctica que garantizaba que en algunas ocasiones algunos lugares se llegasen a rendir ante la amenaza de que si no lo hacían los convertirían en una versión en imagen real de uno de los cuadros de Fra Angelico sobre el Infierno.
El Corsario Negro a espadazos con alguien que parece salido de Eternia.
No quiero saber cómo ni por qué.
Sobre las adaptaciones cinematográficas, por lo que he visto son casi todas italianas, aunque hay una versión mexicana de 1944 muy interesante si bien se toma todas las libertades del mundo. Hay una de 1971 italiana muy poco fiel al original que tiene como curiosidad que salen Terence Hill y Bud Spencer, pero fuera de la fórmula que hizo popular a esa pareja de actores, y luego otra de 1976 que toma elementos de las dos primeras novelas de la serie Piratas del Caribe refundiéndolas, y en la que Kabir Bedi, quien también sería Sandokán, interpreta al Corsario Negro, mientras van Guld es Mel Ferrer.
Por otro lado encontré que sí hay una versión en dibujos animados que es más fiel a la secuencia aventuresca que marca la novela, pero que tiene una animación malísima que no invita mucho a verla que digamos, aunque al menos hay una versión resumida en película.
Y para acabar os voy a hacer un pequeño Ford Fairlane y os voy a preguntar: "¿De verdad creíais que íbamos a matar al koala a Honorata?" Porque sinceramente, en fin, hay que ser un poco hijoputa, mucho soy supercaballeroso e íntegro, ¿y luego dejas a una adolescente a su suerte en el mar para que muera ahogada y se la terminen comiendo los cangrejos en el fondo del mar? Pues sí, lo hace, pero porque Salgari ya tenía pensada la continuación en la que la chica se salva, no me preguntéis cómo, así que es rescatada por una tribu de caribes que la consideran una diosa del mar, y todo continúa hasta que Honorata, que tiene un Síndrome de Estocolmo de los de manual, se termina casando con don Emilio y se vuelven a Italia después de que el buen señor consume su venganza contra el padre de su amada. Menudas anécdotas familiares podrán contar todos juntos en la cena de Navidad.
Aun así sigue siendo una historia de amor más bonita que la de Crepúsculo y la relación es menos tóxica que muchos de los bercerles contemporáneos de enemies to lovers.
Y ya para terminar, y como hemos hablado de Salgari, pese a su fama y la cantidad de ejemplares que vendían sus libros, siempre sufrió apuros económicos por las condiciones leoninas que le imponían sus editores, penurias económicas que además de otros problemas personales y tragedias familiares lo condujeron a bajarse de la vida con solo cuarenta y ocho años. La nota de suicidio dedicada a sus editores se ha convertido en uno de sus párrafos más célebres, y un clásico de las letras universales:
"A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. -Emilio Salgari."
Cuidado que hoy venimos fuertecito, y como siempre que se hable de literatura francesa recordemos el marco conceptual: toda civilización es francesa o debe pasar por Francia para triunfar, qué elegancia la de Francia, la grandeur, la culture, y que en Inglaterra el animal sagrado es el perro, en España el cura y en Francia el escritor.
Estamos ante el libro que es en Francia, y en especial para las chicas, el equivalente de El guardián en el centeno de Salinger en los Iuesei. En principio es una afirmación neutra que ya cada uno interpretará dependiendo de lo infinitamente hostiable que le resulte el personaje de Holden Caulfield y si desea o no que se hubiese muerto de la neumonía que nos cuenta que ha pillado al final del libro, así que se daría una paradoja temporal-literaria, pues entonces el narrador no nos podría haber contado su historia al estar muerto. A no ser que fuese un fantasma, que entonces todo habría mejorado un montón. Pero ya me estoy dispersando.
He de decir que el libro tiene la gran virtud de la concisión, y que casi ni llega a las doscientas páginas. Algo que se agradece muchísimo, ya que el equivalente de escritora de portadas de color en tonos pastel (yo llamo así a ese género), a día de hoy nos habría calzado sin sentir un tochaco de seiscientas páginas con idas y venidas que no llevan a ninguna parte.
La verdad es que el libro se deja leer y, debido a la ya citada brevedad, no termina de ser del todo cargante, aunque los mimbres para serlo son sólidos y bien entreverados. Visto desde la distancia quizá ha envejecido muy mal, algo lógico pues desde su publicación setenta años justos nos contemplan. Aunque quizá sería algo injusto afirmar eso porque de lo que habla es completamente contemporáneo y novelas adolescentes, escritas por autores con mentalidad adolescente que hablan de lo jodido que es ser yo yo yo yo, se siguen escribiendo a paladas. Sin embargo, por lo menos para mí, y en eso es en lo que distingo la literatura realmente buena de la que en realidad no lo es, si lo comparamos con un contemporáneo suyo, también francés, como es Camus, pues la comparación es odiosa, y mientras que es difícil no conectar de alguna manera con la universalidad de los temas tratados en El primer hombre o Un árbol crece en Brooklyn, el existencialismo adolescente de Buenos días, tristeza, quizá se resienta bastante y no entre siempre del todo bien.
El argumento como tal es bastante sencillo: Cécile es una muchacha de diecisiete años que pasa las vacaciones con su padre viudo, un madurito interesante en muy buena posición económica que no tiene problema para ir cambiando de amantes, bastante más jóvenes que él, cuando le apetece. Cécile ha estado en un internado hasta hace un par de años, y tiene una relación muy cómplice con su padre, Raymond, al que prácticamente alienta en sus muchas conquistas, que van y vienen sin que la relación padre e hija se vea afectada. Cuando empieza la novela están veraneando los dos en el Mediterráneo, en una finca cerca de Cannes, en compañía de la actual conquista del padre, Elsa, una pelirroja de menos de treinta años. Todo cambiará cuando llegue como invitada Anne, una vieja amiga de la familia y en especial de la madre fallecida de la protagonista, y que será el nuevo interés romántico del padre, que es un playboy que pa qué. Cécile es una chica poco disciplinada, le han quedado varias asignaturas pendientes en el bachillerato pero su padre parece que no tiene ninguna intención de hacerla estudiar, así que ella se dedica a bañarse en el mar y a tomar el sol, a conocer a jóvenes algo mayores que ella y a fumar y beber alcohol, y no solo cuando sale por ahí sino en casa, sin que a nadie le parezca mal, algo por ejemplo impensable en la España de esos años. Aunque en principio Cécile respeta y parece querer mucho a la que será su futura madrastra ya sea por aburrimiento, por simple maldad infantil o porque teme que esa nueva relación rompa la situación que ella ve idílica con su padre, decidirá romper su relación utilizando tanto a Elsa como al chico con el que sale y con el que se ha iniciado sexualmente, Cyril. El plan es tan simple como se puede esperar de una muchacha de instituto: tentar al padre con Elsa y que Anne al enterarse de la infidelidad se sienta despechada. El plan sale bien, tampoco es que estemos hablando de algo al nivel del Desembarco de Normandía que necesitase de una planificación precisa, y cuando Anne huye en su coche tiene un accidente mortal o bien se suicida despeñándose por un precipicio, eso será algo que siempre quedará en la duda tanto de Raymond como de su hija. Ambos, padre e hija, son dos narcisistas y egoístas de nivel olímpico que viven en la completa banalidad y solo miran por su placer inmediato sin llegar a entender que los demás son fines en sí mismos con las mismas necesidades que ellos. Se mueven en un ambiente de lujo y de placeres mundanos en los que prima la gratificación inmediata que conlleva una buena posición económica: vacaciones, alcohol, relaciones emocionales y sensuales efímeras, la emoción de la conquista y la admiración social. Incapaces de reflexionar realmente sobre las consecuencias de sus actos ni de aceptar lo que han hecho o su responsabilidad, después de poco tiempo los dos reanudan su vida como si tal cosa volviendo a su rutina sin verse del todo afectados, y al año siguiente vuelven a alquilar una casa para el verano, sin darle más vueltas.
La novela tuvo un gran éxito y, solo cuatro años después de su publicación, en 1958 se adaptó en una película dirigida por Otto Preminger, en inglés, lo que llama un poco la atención porque lo lógico es que hubiese sido una película del entonces más que pujante cine francés. Si os digo la verdad la película es bastante mejor que la obra literaria, que en comparación se revela un poco como el esqueleto de una novela que no parece del todo terminada o en la que se hayan podido desarrollar del todo los personajes. Los diálogos de la película son más sólidos, y los personaje parecen mejor dibujados. A esto ayuda, por supuesto, un elenco espectacular en el que el padre es un madurito y siempre elegantísimo David Nivel haciendo de zorro plateado francés con su distinguida pose británica, una bellísima Jean Seberg con veinte años recién cumplidos y la siempre impresionante Deborah Kerr, además de la dirección de Otto Preminger y la habitual solvencia técnica a todos los niveles de la etapa que conocemos como cine clásico de Jólibud. La película se permite recrearse en los paisajes de la costa mediterránea francesa cercana ya a la frontera con Italia en una época todavía muy lejana del turismo masificado de décadas posteriores, cuando todo era glamour y los que veraneaban eran sin excepción gente de buena posición social, y aparecen escenas de fiestas y del ambiente de la época que en la novela son simples esbozos sin apenas desarrollo o descripción. La película se permite también considerar a todo lo que ocurre en ese verano como un flashback del momento presente en el que arranca la película, en la que Céline ya es mayor de edad, conduce su auto y, veremos desde el primer momento, se dedica a coquetear con diversos mozos de buen ver a los que trata como a novios de usar y tirar sin la más mínima conexión emocional, va de fiesta en fiesta y parece dedicarse a embotar sus sentidos en el fragor de las emociones para no tener que pensar demasiado, mientras que sigue siendo cómplice y confidente de los muchos amoríos igual de insubstanciales de su padre. Como elemento simbólico ese tiempo presente se muestra en película de blanco y negro, casi siempre en interiores, mientras que la rememoración del pasado y de lo sucedido en ese verano es en un radiante tecnicolor y con una intensa luz del Mediterráneo. Aunque la película es en muchos aspectos una traslación muy fiel de la novela pienso que aporta muchos elementos que enriquecen el relato original, redondea muchas ideas y, como era de esperar, da una interpretación un poco distinta del sentido último de lo sucedido, ya que le Céline de la película parece al final ser un poco más consciente de lo que ha ocurrido y de su responsabilidad que su contrapartida de la novela. Así que si alguien no tiene ánimo para sumergirse en la prosa adolescente de Françoise Sagan sí que le recomendaría que le diese una oportunidad a la película.
Lo primero que hay que resaltar es que 1954, año de publicación de la novela, pertenece a esas décadas prodigiosas de Francia, los Trente Glorieuses, en las que asombraban al mundo en todos los aspectos: el cine, la literatura, la filosofía, la época de Brigitte Bardot, los grandes cineastas de la nouvelle vague, la polémica entre Sartre y Camus y en general una serie de intelectuales que quizá ahora nos puedan parecer en general uno de los mayores blufs de la historia precisamente eso, intelectuales. Es la época en la que a artistas plásticos, cineastas, filósofos y escritores se les trataba como a estrellas del rock y se les conocía bajo ese nombre genérico de intelectuales, modelo que aunque se fue agotando con el tiempo llegamos a conocer algunos en sus últimos coletazos, y hoy día algo impensable en la era de los influencers que publican vídeos girados 180º en los que todo el mundo es zurdo porque no les da la neurona para más. Algo que se reflejaba en ese tiempo pasado: todo el mundo era de izquierdas, decía serlo, o se apuntaba a serlo aunque no supiera lo que era aquello, y mientras luchaba a capa y espada por el sacrosanto derecho a que el intelectual francés dijese la primera burrada que se le pasase por la cabeza luego podía defender sin problemas la tiranía y cualquier forma de represión en países que tenían para esta gente más que justificado tratar a su población poco menos como a enemigos. Uno de las asonadas más conocidas de esos tiempos fue cuando a finales de los 1970 varios de estos intelectuales franceses firmaron un manifiesto que, pese a criticarse luego en años posteriores con mucha exageración y fuera de contexto, básicamente pedía rebajar la edad de consentimiento legal para mantener relaciones sexuales, algo que imaginaos cómo se ve ahora que queda super bien en las redes rasgarse las vestiduras y llamar pederastas a señores de cuarenta y tantos años que se casan con mujeres hechas y derechas de más de veinticinco. Fueron, indudablemente, tiempos interesantes. Por lo demás, gran parte de esto que llamamos ahora wokismo es básicamente filosofía mierdera francesa de ese tiempo, pero reciclada por las universidades yankosas, mal traducida al inglés y luego pasada por el filtro tiktoker de píldoras fácilmente comprensibles en treinta segundos, así que el resultado está a la vista. Como con todo, incluido el terraplanismo, tienen que darse las circunstancias favorables para que algo germine, y en este caso sí se habría cumplido que el wokismo tuvo que pasar primero, hace décadas, por Francia para dar su primer impulso, y además también ayuda, por ejemplo, que en España hace setenta o sesenta años había mucha menos gente que creía saber francés que las legiones de indocumentados que ahora creen saber inglés.
Otra cosa que sorprende también es que, en un momento tan lejano, la editorial que decidió publicar esta breve novela de una estudiante jovencísima y de buena familia hizo toda una campaña de promoción del título basándose precisamente en que la autora no solo era una pipiola según los estándares de la época, cuando la mayoría de edad eran los veintiún años, sino que además la novela trataba para la época temas que casi se podrían considerar escabrosos, y voy a hacer mucho énfasis en el casi porque puede ser que en 1954 que una chica de esa edad hablase de que se acostaba con un chico, así sin más detalles, y que aprobaba todas las aventuras sexuales de su padre, quizá pudieran escandalizar a una sociedad que en aquella época era todavía muy pacata y católica fuera de los cuatro barrios bohemios de París en los que se editaban novelas como esta y otras mucho más radicales como la obra de Jean Genet, pero visto a día de hoy y si lo comparamos por ejemplo con la obra de Anaïs Nin pues claro, es básicamente la nada, incluso para la época, donde décadas antes los surrealistas se habían pasado el juego de la provocación y la sicalipsis en modo épico en un país donde se había dado el fenómeno editorial de Colette a principios de siglo, y de fechas muy cercanas al libro aquí tratado tenemos la publicación de Lolita de Nabokov, que sí que tuvo muchos problemas para ver la luz y que sigue escandalizando a la gente que no la ha leído. Hoy día Buenos días tristeza es la típica lectura "seria" recomendada para adolescentes en Francia, como quien dice literatura juvenil con solera, ya veis vosotros el escándalo que genera actualmente. Y lo de que me sorprende la maniobra editorial lo digo porque en mi caso la generación literaria a la que yo supuestamente habría pertenecido se vio en un panorama parecido, cuando a principios de los 1990 y durante unos cuantos años las editoriales españolas compitieron por publicar a jovencísimos autores libritos de corta extensión con historias lánguidas de drogas y protagonistas adolescentes o poco más que adolescentes cabreados con el mundo porque sí en plena fiebre del grunge.
La verdad es que Françoise Sagan daba perfectamente la típica imagen de la época de intelectual francesa, con su pelito corto, no fea pero tampoco guapa, siempre con el piti en la boca o en la mano y por supuesto extraordinariamente joven para una época en la que se supone que el éxito literario te tenía que llegar como pronto a los treinta y cinco años, y mejor si eras hombre. Aunque ganó muchísimo dinero con esta y otras obras posteriores, se las arregló para no ahorrar ni un mísero franco, fue amiga o colaboradora de muchos otros escritores y cineastas, ella misma escribió guiones, e incluso fue amiga personal de François Mitterrand, pero ya al final de su vida se vio involucrada en problemas con el fisco e incluso le salpicó el Affair Elf, uno de los mayores escándalos financieros de las últimas décadas en Francia. Apasionada de los coches, a conducir deprisa y al alcohol, y lo que es peor, todo esto junto, en 1957 se metió un josconcionazo en un Aston Martin y casi hace un James Dean de manual, aunque a partir de ese momento, por si le faltaba una pata al banco, se aficionó a las drogas, con las que la pillaron en alguna ocasión en aeropuertos o sitios similares, lo que nuevamente la metió en no pocos problemas. La crítica literaria, después de su debut, no la trató demasiado bien, y aunque siempre tuvo éxito de ventas murió casi en la pobreza a la edad de sesenta y nueve años, que la tradición de escritores manirrotos es prácticamente universal. Estuvo, eso sí, en todas las pomadas de la época, firmó en 1971 el Manifiesto de las 343, dio su opinión sobre la Guerra de Argelia y se cuenta de ella que cuando asistió a una asamblea de las revueltas estudiantiles de Mayo del 68 los estudiantes, conocedores de sus gustos, la recibieron con cierto pitorreo y preguntaron si la camarada Sagan había llegado en su Ferrari a apoyar a la revolución, a lo que ella respondió muy ofendida que desde luego que no, que en un Maserati.
Respecto a la interpretación de la novela, precisamente el contexto literario nos permite una guía bastante buena para llevarla a cabo. La autora conocía la obra de Sartre y de Camus, y eso es lo que estaba de moda por aquel entonces, las novelas existencialistas en las que la gente está quemadísima de todo aunque no sepa de qué ni por qué, hace lo que hace sin verdaderos motivos aparentes y cierto cinismo y dejadez quedan estupendamente en las páginas de una novela. Curiosamente Céline, para sus exámenes de recuperación, está estudiando a Bergson, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1927, un filósofo metafísico que hablaba de cosas como el élan vital, y que todavía estaba bastante en boga a mediados del siglo XX, aunque de él que ahora no se acuerda ni el tato. Como en la misma novela se explicita, Dios está completamente fuera de la ecuación y no sirve como excusa ni como explicación para los sentimientos y acciones de la protagonista. Es ese tipo de novelas que tratan del tedio, del hastío, del marasmo vital, y por supuesto en el original francés la palabra ennui, el aburrimiento, aparece ya desde el primer párrafo. El ennui, la saudade galaico-portuguesa o la angustia vital son esos conceptos literario-filosóficos que sin duda pueden dar mucho juego, pero que como las especias demasiado potentes te pueden estropear un buen guiso si abusas de ellos. Cécile está básicamente aburrida de la vida ya a sus diecisiete años, como se decía no hace mucho tiempo "pasa de todo" y lo único que quiere es seguir con su vida tal como la conoce, que le va muy bien, mirándose el ombligo y dejándose mimar y consentir por su padre hasta que llegue el momento de dejarse mimar o consentir por una ristra de novios de su misma posición social hasta que llegado el momento se case con un buen partido. Quiere a Anne, y la admira como mujer sofisticada y de mundo, pero no le interesa tener una nueva madre, aunque sea tan amable y comprensiva con ella, porque en cierto modo a través de las jóvenes conquistas de su padre, mucho más cercanas a ellas en otro sentido, consigue practicar por delegación el incesto con su padre. Como también hacía ver la autora, en todo caso lo escandaloso de la novela no debería ser la anécdota de que la protagonista mantuviese siendo menor relaciones sexuales, ahí allá cada cual con su vida, sino que por medio de sus maquinaciones consiguiese, aunque sin pretenderlo, que una mujer que no le había hecho ningún daño acabase suicidándose. Efectivamente, Céline no es precisamente una heroína, y como le dice Anne antes de huir de ella y de su padre, no necesitan de nadie.
Personalmente, respecto a este tipo de novelas que tratan del tedio, el hastío y el yo qué sé que qué se yo y preferiría no hacerlo, depende mucho de qué humor me pillen, porque creo que incurren en un paradoja literaria fundamental: si tratas el tedio, el aburrimiento, sin ser tedioso y aburrido, y consigues la atención del lector o que se interese por los típicos personajes existencialistas que se pasan todo el día con cara de estar oliendo caquita y sin que nada o nadie les importe a ellos, en cierto modo te estás contradiciendo, ahí algo falla, y si consigues transmitir el tedio y el ajjjco por la vida precisamente causando aburrimiento y ganas de morirse en el lector, que puede llegar a cabecear leyendo el libro, pues tampoco es que hayamos llegado a buen puerto.
Después de leer el libro un primer comentario que puse en Twitter fue "Qué bonita historia sobre sororidad". Obviamente, no. Aunque el libro trata sobre algunos temas que pueden ser rescatados por el feminismo, la protagonista es demasiado cínica y egoísta como para resultar ejemplar, y aunque podemos entender que en 1954 comprar preservativos en Francia debía ser un tanto complicado, su afirmación sexual puede ser interesante para el tiempo en el que fue escrito el personaje, pero su despreocupación por quedarse embarazada y el desparpajo con el que dice que llegado el caso hará recaer toda la responsabilidad sobre su novio es bastante incómoda. Del mismo modo, mientras que el personaje del padre no quede muy allá, un señor que intenta seguir pensando en sí mismo como en un hombre muy joven arrimándose a mujeres menores que él, es Céline la que se manifiesta como una manipuladora que maneja tanto a su padre como a su novio, y que no siente apenas verdadera simpatía por Anne ni por Elsa, que son igualmente peones en su juego. Cuando este acabe mal no será tan inhumana como para que no le afecte en un principio, pero conseguirá, eso parece, justificarse a sí misma, por lo menos mientras no esté completamente sola y de vez en cuando la conciencia muy en el fondo se le despierte de nuevo. En definitiva no estamos ante una obra manifiestamente feminista, la misma Sagan nunca defendió esta idea, y desde luego tampoco tiene contenido social, a no ser el que uno quiera darle como visión cínica de una pija sin la más mínima conciencia de clase o preocupación por el prójimo, incluso los más cercanos. En cierto modo este es un requisito de las novelas existencialistas: ese aburrimiento vital, ese no saber por qué se está en el mundo ni qué se debe ser o hacer, solo funciona si despojas al resto de la narración de cualquier otra consideración personal o circunstancia: ser infeliz, angustiarse, no por la enfermedad, la vejez o la falta de recursos económicos, sino ser infeliz precisamente por ninguna causa concreta, una incomodidad esencial por el mero hecho de existir. Una buena novela existencialista no puede ser feminista, ni concienciada, ni nada, solo puede tratar sobre la nada porque si no entonces ya no es existencialista.
Como curiosidad hace pocos años se hizo una adaptación en bande dessinée, que se toma ciertas libertades con el texto original, y que pretende ahondar en una interpretación que a la autora no la hacía muy feliz, y que consistía en identificar a la joven protagonista con la joven escritora. Así que por eso tenemos que Cécile está escribiendo un libro, que se titula, oh sorpresa, Buenos días, tristeza, y que se lo deja leer a Anne, donde la describe con bastante crueldad y pone por escrito lo que en la novela solo leemos en sus pensamientos, lo que provoca más si cabe que Anne quiera abandonarlos, además de por la traición amorosa del padre. La protagonista, con ese estilo de dibujo tan peculiar, se pasa casi todas las viñetas posando lánguidamente, o con cara de nada, todos parecen ser estatuas sin sentimientos o emociones reales, distanciados los unos de los otros por el abismo de la otredad. Está bien como curiosidad, pero desde luego no me entusiasmó.
Buenos días, tristeza es, en definitiva, una lectura curiosa que nos acerca a una época del país vecino no tan lejana como pensamos, y que navegaba entre la provocación y la aceptación acrítica de la provocación por sí misma, además de vivir no pocos episodios de censura, que también los hubo, y donde en 1971 podía hacer tranquilamente El soplo al corazón, prohibida en Italia igual que había sido prohibida Buenos días, tristeza, en ese país y en España, y donde el jetas de Serge Gainsbourg hacía con su propia hija Charlotte un vídeo de una canción que tenía el título de Lemon Incest, el mismo año de 1984 que Goddard estrenaba Yo te saludo, María. Posteriormente en 1988 la misma madre de Charlotte Gainsbourg, Jane Birkin, en Kung-fu Master seduce al amigo de su hija de catorce años, interpretado por el hijo de la directora, Agnès Varda. ¿Os suena el chiste de ¡Los aristócratas!, popularizado en los últimos años por Gilbert Gottfried? Pues en cierto modo este artículo podría sencillamente rematarse exclamando: ¡Los franceses!
Porque los franceses, mucho antes de los punkies, ya lo eran a su manera, por supuesto mucho más intelectual, ya sabían que algunas cosas hay que hacerlas simplemente por joder y por escandalizar a la burguesía, y ahora siguiendo su ejemplo en este mundo globalizado podríamos decir que hay que hacer eso mismo en todo lugar con toda clase de tragavirotes, neovictorianos y cagapoquitos. Aparte de rivalidades ancestrales, de batallas sin número y de malhadados artículos de la Encyclopédie, si no existieran los vecinos del norte, habría que inventarlos.
Probablemente a muchos os sonará la teoría de Borges de que en realidad solo existían unos pocos tipos de historia, y que inexorablemente cualquiera que se contara venía a estar dentro del molde de alguna de ellas: la ciudad asediada, el regreso al hogar, la búsqueda y el sacrificio de un dios. Bueno, ni que decir tiene que don Jorge Luis estaba en parte bien orientado, pero que quizá no sean tan pocas. Otro motivo literario universal es el de "un ser humano se queda solo y aislado". Si el asedio de una ciudad es La Ilíada, y el regreso al hogar es obviamente La Odisea, a todos nos vendrá a la memoria Robinson Crusoe, como arquetipo de esa historia, inspirada en otras historias anteriores: El filósofo autodidacto, de Aben Tofail, en el que un niño pequeño queda abandonado en un lugar desde el que por medio de la razón y la introspección alcanza la sabiduría, la historia real de Pedro Serrano, un marinero español dos siglos anterior a Defoe, y por si fuera poco casi contemporáneo a la novela del inglés se dio el caso real del holandés Leendert Hasenbosch, un empleado de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales que fue abandonado en la isla de Ascensión por delito de sodomía, y que escribió allí un diario durante unos dos años hasta que su precaria situación lo condujo a la muerte.
El marco de "una persona se queda aislada" es tan universal que se podría decir que puede ser utilizado por cualquier escritor sin temor a ser acusado de plagio siempre que aporte una dimensión nueva. Algunas variaciones, como Los Robinsones suizos de Johann David Wyss, La isla misteriosa de Verne o incluso Mecanoscrito del segundo origen participan en parte de este tema literario, pero carecen de su característica esencial: la soledad casi absoluta y cómo reacciona un ser humano al quedarse completamente a solas consigo mismo. Para Defoe la solución es clara: librado de la influencia nociva de la sociedad, a solas con Dios, Crusoe vive en una gran paz interior entregado a los designios de la Providencia, y como vimos en Algo más oscuro que la noche, de Thomas Glavinic, que analizamos en este blog, en completa soledad el ser humano se aliena y tiende a la locura como el Ben Gunn de La isla del tesoro, que lleva en soledad apenas tres años, muy lejos de los veintiocho que se supone que soporta Robinson Crusoe. Por lo que sabemos cómo se vive este tipo de experiencias extremas, como la de la película Náufrago de Tom Hanks, depende mucho de la personalidad de quien la sufre, pero lo habitual de los estados de aislamiento prolongados, si no son voluntarios, es que conducen a que se produzca la disolución del sujeto en ausencia de sus semejantes: no existe el individuo sin la sociedad de la que forma parte, y la sociedad está compuesta de sujetos individuales que la sustentan con sus interacciones. De todos modos los ejemplos de anacoretismo que se han producido en múltiples culturas a lo largo de los siglos también demuestran que hay sujetos que deciden no volver a tener contacto con otros seres humanos y que no por ello se vuelven completamente locos.
El caso más extremo de este tipo de historias es el de la ya citada novela Algo más oscuro que la noche, y también el de El muro, escrita igualmente en alemán, en este caso por la autora austríaca Marlen Haushofer, publicada en 1963 y el trabajo más conocido de esta autora. En El muro una mujer, que ha ido a pasar una temporada en el campo con su prima y el marido de esta, un día se ve aislada en medio de un bosque donde se encuentra la casa de campo a la que la invitaron, sin más explicaciones. Su familia no vuelve y ella descubre que hay una gran extensión de terreno en el que ella se encuentra que parece rodeada por un muro invisible e impenetrable, y que los seres humanos y animales fuera de él parecen haber muerto todos y que están paralizados. No se da ninguna explicación al respecto, ni se apunta a ninguna conjetura por medio de la narración en primera persona de la mujer, aunque se llega a preguntar si se ha producido una guerra. Además por un lado ella se da cuenta de que quizá excavando podría salir al otro lado del muro, pero también le da miedo aquello que parece haber provocado ese extraño fenómeno, y de lo que la protege ese mismo muro.
La novela, de corta extensión, es básicamente el diario de las peripecias de la mujer en su día a día, que siempre está ocupado como en cualquier economía de subsistencia: el cuidado de la casa, el cuidado de los animales que son su única compañía, y que son un fiel perro, una gata vieja y una vaca preñada que le suministrará la imprescindible leche, atender el fuego y apañarse como puede para sobrevivir, cazar y explorar un poco el limitado mundo en el que le ha tocado vivir. A diferencia de Crusoe, que es un ingenioso marino lleno de mañas, que poco le falta para ser Bear Grylls, o de los personajes de La isla misteriosa que fantasean con que cuando sean rescatados tendrán construido poco menos que un ferrocarril, la protagonista de Marlen Haushofer es mucho menos habilidosa y se pregunta qué será de ella cuando le escaseen las cerillas, obviamente no tiene ni la más remota idea de cómo volver a poner en marcha el despertador cuando se le estropea y admite que, en general, bastante bien lo está haciendo poniéndole buena voluntad y sentido común siendo como es una mujer acomodada de mediados del siglo XX. Reconozcámoslo: la mayor parte de la gente perdería las ganas de vivir en un Apocalipsis Z no después de ver cómo devoraban vivos a sus seres queridos, sino después de la primera vez que tuviesen que cagar de campo.
La novela, pues, es ese conjunto de experiencias en unos dos años de esta mujer aislada, sin más compañía que esos animales que le dan cierto propósito a su existencia, a la vez que le procuran alimento como es el caso de la vaca. No hay grandes reflexiones existenciales, filosóficas ni religiosas, aunque sí comentarios y comparaciones con su vida pasada, y tampoco encontraremos refinadas teorías de lo que ha ocurrido fuera del muro, solo la preocupación del día a día que substituye a una vida anterior que cada vez se percibe como más banal y lejana. La mujer se siente liberada del absurdo que ahora ve que era su vida anterior, pero a la vez no deja de observar que vivir como lo hace ahora, preocupada por sus animales y la supervivencia diaria, no deja de ser otro tipo de esclavitud, quizá, eso sí, más elemental y sencilla, y fuera de todo juicio social o de la opinión de los demás.
Es como poco una lectura interesante y a la que desde luego se le agradece mucho su contención, ya que si hubiese tenido cien páginas más de extensión podría haberse hecho insoportable de repetitiva, y de hecho la novela propiamente dicho no acaba como tal, porque la narradora y protagonista pone punto y final sencillamente porque ya ha utilizado hasta la última hoja de calendario o de almanaque que ha encontrado donde plasmar a lápiz sus pensamientos, así que sencillamente... va y se acaba. No sabremos nunca si sobrevivió solo un año más o treinta, si alguna vez cae el muro invisible o si ella hace algún intento por cruzarlo, ni qué es lo que realmente ocurrió el día que se levantó el muro.
La novela se ha analizado de muchas maneras, desde el ecofeminismo hasta otro tipo de interpretaciones que provienen de que pocas páginas antes de acabar su narración aparezca, no se sabe muy bien cómo, un hombre asilvestrado que mata al ternero que tuvo la vaca de la protagonista, y la mujer sin pensárselo lo más mínimo le mete un tiro, sin que se pare después a pensar mucho de dónde ha salido o si eso implica que hay más o menos gente en la misma situación de ella. Bueno, supongo que como siempre cualquier interpretación es posible siempre que se justifique mínimamente, aunque tampoco es tan complicado encajar esta novela en su tiempo y en una tradición literaria que precisamente busca no dar ninguna respuesta, sino todo lo contrario, en una época precisamente donde la literatura del absurdo y de no dar ningún asidero al que agarrarse al lector estaba muy en boga, prácticamente lo contrario de lo que ocurre ahora que si no se lo das todo mascadito y explicado te llora muy fuerte.
Hace no muchos años se hizo una adaptación en película que, como era de esperar, es un poco droga dura, y que obviamente es imágenes de una señora con voz en off hablando en germánico durante hora y media.
Lo bueno del cine clásico es que, aunque hayas visto mucho, se hicieron tantísimas películas que siempre te quedarán por ver, algunas muy buenas, otras medio regulares, pero siempre como mínimo interesantes por un motivo u otro.En este caso es Capitán de Castilla, peli de aventuras de 1947 que aunque aquí se vea el trailer en blanco y negro es en colorinchis saturados de la época, y que como era de esperar trata de Españita, en particular de la conquista de México... más o menos. No es ni de lejos una grandísima película, pero coño, está nada menos que Henry King dirigiendo, no uno de los directores más grandes de la época pero sí un profesional que siempre te sacaba una buena película, y sobre todo brillan sus protagonistas: Tirone Pógüer, pronunciado así como lo habrían hecho nuestros ancestros cuando esta película se estrenó, que interpreta a un hidalgo inventado, y el gran César Romero, estadounidense si bien hijo de español y cubana, que da vida a Hernán Cortés.
El guion es la adaptación de una novela de aventuras de gran éxito publicada un par de años antes, y tiene dos partes bien diferenciadas en las que se mezclan hechos históricos más o menos bien reflejados y algunos despropósitos y lugares comunes de la época, y que todavía siguen vigentes.
La primera parte se desarrolla en Españita, en los tiempos de Carlos I, y aparecen típicos lances medievalizantes que nos podemos encontrar en cualquier película de la época, da igual que sea en España, Francia o Inglaterra: va la moza a lavar al río (literal), se encuentra con los lacayos del noble de turno y estos le azuzan a los canes por pura diversión e insinúase que además tienen intenciones más aviesas. Menos mal que llega el noble noblote que no ha interiorizado del todo las diferencia de clase o estamento para desfacer el entuerto, pues aunque entonces el Quijote no se había escrito estamos en la época de máxima popularidad de las novelas de caballerías. Esta primera parte tiene el marchamo de "no me he leído un libro de Historia en mi puta vida, o si lo he hecho me ha entrado por un oído y me ha salido por otro". Es cierto que en la época lo de los estudios de historia social no se estilaba mucho e incluso en tratados serios te podías encontrar con muchas cosas que hoy sabemos que eran barbaridades, pero aun así provocan cierta vicisitud al verlo. Por ejemplo cuando un noble le recrimina a otro que le diera unas cuantas patadas en el culo a esos lacayos que se pasaron de la raya. Por muy siglo XVI que sea ir por ahí estuprando mozas no era legal, y el noble en cuestión le habría dicho a nuestro héroe Tirone Pogüer que por él como si los hubiese matado: por hideputas, por no saber comportarse a su servicio y por no saber enmascarar su baja nacencia de villanos.
Porque claro, en el malo de la película se centra todo el grueso de la Leyenda Negra, eso que está tan de moda. Por un lado, como ya dije, hay un poco de todo de "el pasado era arbitrario y te iban dando puñaladas por la calle", que es propio de las películas de la época y que da un poco igual en qué zona de Europa transcurra, y luego hay ciertos detalles específicos con España. ¿Sobre la conquista de América? Qué va, en esta época el indigenismo todavía estaba como mucho en pañales, y en las películas del oeste se mataba a sioux y comanches con total liberalidad, así que no van por ahí los tiros. Por un lado hay un indio esclavo que ha escapado de su malvado amo, el pérfido noble que es el malo de la película, y al que Tirone Pogüer ayuda a escapar a la vez que protege la honra de la moza, y que sabremos que ha vuelto a América... ocho nabos, porque no entiendo cómo. ¿Se planta en Sevilla un indio al que están buscando y se embarca por las buenas en un barco? No se lo cree nadie, Hulio. El padre del protagonista, no os lo perdáis, es tope de woke para la época, y dice sin venir a cuento que "la tripulación de Colón era la hez de la sociedad y gente sacada de la cárcel". Buenooo... Esto es un mito muy arraigado, tanto que treinta años después lo veremos repetido en el capítulo dedicado a Colón en la serie Érase una vez... el hombre. Obviamente los marineros de la época era gente bragada y de armas tomar en general, no licenciados por Salamanca, pero todas las expediciones de la época elegían cuidadosamente a su tripulación por la cuenta que les tenía (ya sabéis, no morirse y eso), así que la tripulación de Colón no era peor que cualquiera que en aquellos días navegase por el Mediterráneo o el Báltico. A día de hoy, por si no lo sabéis, las tripulaciones de la marina mercante a nivel mundial siguen teniendo la misma fama, si no peor, de estar compuesta por gente huida de la justicia y con la que mejor no tener problemas. Hay cosas que nunca cambian.
Por otra parte la película se hace un taco importante confundiendo en todo momento a la Santa Hermandad y el Santo Oficio, y el malo aprovecha que el padre del prota es así como medio tibio en algunas opiniones para encerrarlo y juzgarlo por la Inquisición, sin que en ningún momento lleguemos a ver ni a un cura, ya que la Liga Católica de la Decencia presionó para rebajar el tono de la novela, así que no se entiende nada. Sí, más de veinte años de los Monty Python existía el mito de la Inquisición Española, que no fue ni mejor ni peor que en otras partes de Europa, en algunos casos incluso mucho más indulgente o leve, pero tras varios siglos de repetir la misma mentira se ha vuelto en una realidad incontestable. Lo gracioso es que nos lo muestran como un sistema en el que arbitrariamente (no, en la Edad Media y Moderna había sistemas judiciales complejos y que garantizaban derechos) se puede meter a alguien de sangre noble en la cárcel por las buenas con falsas acusaciones y sin testigos. Eso, sencillamente, no pasaba. Y coger a una niña de doce años, también noble, y darle tormento porque sí, tampoco. Pero bueno, estamos en una peli de aventuras de la época, y uno de los tropos del Jólibud de entonces consideraba que durante siglos en el viejo continente eso era lo más normal del mundo. Pues no, no lo era. No es que se viviera de lujo o no se cometieran injusticias, eso está claro, pero ese nivel de pitorreo, pues tampoco.
También hay que decir que si bien el malo es un español (en la película siempre se usa el término castellano) y el sistema al que representa es la España de Carlos I, que curiosamente es uno de los reyes y reinados más "europeos" que hemos tenido, aunque España a ese nivel no era ni más ni menos bárbara que la Francia o Imperio de su tiempo, también son castellanos los personajes de Tirone Pogüer y su juicioso y antiimperialista padre, y también aparecen muy bien reflejada la bondad o falta de mala intención de otros muchos personajes españoles. Una cosa por la otra.
Hay, eso sí, un momento muy interesante en la transición de la primera a la segunda parte, en el que Tirone Pógüer consigue tener a su merced al fementido felón que ha causado la ruina de su familia y de su nombre, y le ofrece no matarlo a cambio de que precisamente él, que va de defensor de la pureza de la fe y encausa a los demás como agente de la Inquisición, renuncie a su fe en Dios, a lo que el malvado y cobarde personaje obviamente accede, solo para que nuestro Tirone le ensarte el pecho con la espada, pues como es lógico el perseguido Tirone quiere matarlo, pero asegurarse igualmente que arderá por toda la eternidad en el Infierno al haber muerto en pecado mortal. Eso es vengarse a mala sangre, y como Tirone es en el fondo una buena persona y buen cristiano esa muerte la lleva en la conciencia cuando se escapa a América con unos amigos.Que bueno, nos lo vamos a creer. Que estamos por 1520, y viajar a América no era ni mucho menos tan sencillo, prácticamente miraban con lupa quién iba. El otro mito es que a América llevamos a lo peor de cada casa, pero eso no tiene ninguna lógica, es una proyección histórica falsa porque en un siglo, el XVI, España apenas pudo mandar al nuevo mundo unas 250.000 personas, y casi todo el mundo tenía que estar más que bien cualificado y tener una función y algo que ofrecer para no convertirse en una carga o en un foco de problemas. Lo que les hubiese faltado a los gobernadores militares y civiles de aquellos lugares, que se les hubiesen llenado con gente sin oficio ni beneficio recién salidos de la Casa de Monipodio. Por eso mismo, por si fuera poco, si eras un fugado de la justicia, como es el caso de Tirone y sus amigos, no entrabas en un barco a través de la Casa de Contratación sino a lo mejor con una cantidad de sobornos desorbitada, y este no sería el caso pues escapan con una mano delante y otra detrás.Así que a América que se va Tirone, un amigo y la moza lavandera, que responde al nombre de... Catana. Yo no he conocido a ninguna Catana en mi vida, y desconozco si era un nombre popular en el siglo XVI, pero me da a mí que no, y es una invención, como tantas otras, de Samuel Shellabarger, el autor de la novela original. Al menos se apellida Pérez, algo es algo. El prota y el malo se llaman respectivamente "de Vargas" y "de Silva", los primeros nombres hispanos que le sonaban al autor de la novela.
Así que lo hizo un mago y nos creemos que aparecen en Cuba, y empieza la segunda parte de la película en la que tenemos a Hernán Cortés interpretado por un vivaracho y vital César Romero casi tan enérgico como cuando fue el Guasón en la serie de Batman. Esta segunda parte, no nos vamos a engañar, es un poco de sainete, tiene sus lances aventurescos propios del género, bastante bien resueltos, y desde luego sigue con la tónica que no discute en ningún momento la misión civilizadora de la cultura occidental, bajo cualquiera de sus denominaciones, y su derecho a imponerse sobre los salvajes, ya sea con el séptimo de caballería en el Oeste, con los lanceros ingleses en la India o, como es el caso, con los conquistadores españoles reclamando todo lugar donde se hacía el "requerimiento", te entendiesen los indígenas o no lo que les estuvieras diciendo. Aunque en la primera parte no hemos visto ni a un cura en esta segunda sí saldrá un monje evangelizador, igualito a los de Marcelino Pan y Vino, que anda haciendo de Pepito Grillo a Cortés y a todo hijo de vecino recordándoles que todo lo que se haga es por llevar la palabra de Cristo a los gentiles, que eso del oro y las tierras es lo de menos, a lo que todos le responden que sí, claro, cómo no, en eso que tú dices estamos pensando, no en otra cosa.
Pese a todo, y que es una película para todos los públicos donde no vamos a ver gente en fila esperando a ser sacrificada como en Apocalypto, ni a los españoles y sus aliados cargándose a quien se les ponga por delante, la película bajo esa capa descafeinada y amable sí muestra más o menos la esencia de lo que ocurrió históricamente: Cortés se muestra como un tipo ambicioso que quiere enriquecerse y ganar gloria, incluso actuando por cuenta propia y sin ninguna directriz del gobernador de Cuba, aparece con bastante exactitud la importancia que tuvo Malintzin, la Malinche o como la llaman siempre en la película "doña Marina", y ya vemos cómo Cortés la corteja mucho, o como dirían en la época "la trata con donaire y con mucho halago hacia su persona".
De todos modos no creáis que iremos a ver la conquista de Tenochtitlan, qué va. En realidad la película acaba cuando Cortés va a verse por primera vez con Moctezuma, así que solo veremos su encuentro con otros pueblos que serán sus aliados y con algunos embajadores mexicas, y podemos ver cómo se insinúa que en el ejército comandado por el extremeño los españoles eran solo una pequeña parte del total, y el resto eran "indios auxiliares", como se los denominaba entonces. De hecho hay un momento bastante jocoso en el que Cortés le pregunta a doña Marina si tal pueblo es amistoso o belicoso con los extraños, y ella responde: "A veces son amistosos... y a veces son belicosos". Vamos, que Malintzin era algo gallega. Entre los asuntos políticos y guerreros, y el regreso del malvado de la película, que sobrevivió de milagro a la estocada mortal de necesidad, se desarrolla otro aspecto fundamental que es el romance entre el jienense Tirone y Catana, que además comparten toda una escena musical bailando... ¿qué coño iban a bailar sino flamenco, lechones? Por supuesto también nuestro prota se encontrará con su antiguo amigo indígena al que había ayudado a escapar, si es que en las películas de esta época no daban puntada sin hilo, y mira que uno pensando que toda América era grande de narices pero al final es un pañuelo, y por supuesto podrá devolverle el favor cuando más lo necesite, y ya sobre cómo el sufrido mesoamercano volvió a su casa tampoco me lo voy a preguntar demasiado, porque sé que nadie me lo va a explicar. Vale que la película es larga, 2:20 horas, pero no dejan de pasar cosas y relleno no tiene.
¡Arsa, arsa!
En definitiva una película de aventuras más que clásica, una banda sonora muy buena que ganó el Oscar, y que me suena a mí que ha sido no solo fuente de inspiración de muchas otras fanfarrias, sino que la han plagiado descaradamente mil veces, y un espectáculo con mucha luz y color que en su fantasía contrasta y mucho con el canon actual en el que todo, desde el siglo VI hasta como mínimo el XVIII, era indefectiblemente de color marrón oscuro, negro o gris.
Hará algo más de un par de años en España, en 2021, se dio el caso de que ganó el Premio Planeta una novela escrita por alguien que se suponía hasta entonces que era una mujer, pero que resultó ser tres señoros con un pseudónimo colectivo, Carmen Mola, y se armó cierto revuelo por ello. Aunque a algunos les tomó por sorpresa más de uno pudo demostrar, por reseñas publicadas anteriormente a la revelación, que, entre el estilo farragoso y no especialmente inspirado de los berceles al uso, se podía adivinar que los títulos anteriores editados con esa firma muy probablemente no los había escrito una mujer.
En este caso, cuando yo compré el libro a lo loco porque me gustó el título, la portada y la sinopsis de la contraportada, que me maten si sabía si el nombre Yasmina corresponde en la tradición árabe a nombre de varón o de mujer. Así que solo después al investigar quién era el autor supe que estamos ante un caso parecido, ya que estamos ante el escritor argelino en lengua francesa Mohammed Moulessehoul, y según cuentan su pseudónimo es el nombre de su esposa. Activo como novelista desde 1990 no sería hasta el año 2000 que él mismo da a conocer que en realidad es un hombre, y además un miembro del ejército que ha ejercido su profesión en aquellos malos tiempos en los que en las noticias de la tele raro era el día en el que no salía que los islamistas andaban por Argelia cortando cabezas a lo loco, la Guerra Civil Argelina. Por un lado la crítica se enzainó bastante con él por este hecho, lo del pseudónimo que había hecho correr ríos de tinta por lo que suponía de empoderador de una mujer islámica de un país donde era poco probable que una mujer tuviese una importante carrera literaria, pero por otro lado ser un militar y además escritor en lengua colonial en un país de ese estilo en medio de una guerra tampoco es que sea demasiado recomendable, e inmediatamente Mohammed al ver que se podía ganar muy bien la vida escribiendo se fue del país y se instaló en Francia. No seré yo el que se lo reproche. De todos modos he de decir que tengo la mayor de las prevenciones sobre aquellos autores descoloniales que solo hablan de la descolonización y sobre los problemas de la inmigración... cómodamente instalados en ciudades alfa como París y Londres, y además expresándose en las lenguas de la antigua metrópoli. No son casos tan descarados como el que ya tratamos hace poco de American Fiction, pero a veces tienen un tufillo parecido.
Respecto a esta novela, quizá lo que me atrajo es que trataba sobre la Primera Guerra Mundial, ya que el protagonista empieza a contarnos su vida cuando, siendo no más que un habitante de un aduar o población mísera de Argelia, es requerido por un caíd, un gobernador o cacique local, para que usurpe el lugar de su hijo, tome su nombre y luche la guerra contra los alemanes, con la promesa de que a la vuelta será recompensado con todo tipo de favores y con la vida resuelta. Es quizá la parte de la novela más interesante, la de la Gran Guerra como se llamaba entonces, en la que Yacín, el protagonista y narrador, se enfrenta a la locura de la guerra en la que luchará por un país en el que es ciudadano de tercera, solo para luego volver al suyo en el que incluso sin contar su origen humilde seguirá siendo con suerte ciudadano de segunda. El tono de la novela es como dice la publicidad de novela de aventuras, y Yacín es, desde la primera a la última página, un pobre diablo al que todo le sale mal. Lo único que no lo matan, algo poco probable porque es el narrador, pero por lo demás es un desgraciado de marca mayor, y todo el mundo se aprovecha de él. De hecho, en cierto modo, donde mejor lo tratan es de joven en el ejército, a pesar de estar en una guerra donde la muerte acecha a cualquier momento: los oficiales son duros y a veces crueles, pero lo son iguales con todo el mundo, y los alemanes tampoco se paran mucho a pensar a bayoneta calada si a quien tienen delante es un nativo de Lyon o a un "turco", que es como se llaman a sí mismas orgullosamente las tropas argelinas.
Como era de esperar, a su vuelta a Argelia el caíd lo traiciona, e intenta acabar con él para que el engaño sea completo, y Yacín debe huir, y pasar por mil calamidades, buscar a su familia, intentar sobrevivir con la ayuda de sus antiguos camaradas, establecerse en Orán y, siempre, siempre, volver a tener mala fortuna, acabar perdido por el desierto e incluso inmiscuirse en los grupos que sería el germen de la insurgencia antifrancesa que daría lugar a la Guerra de Independencia de Argelia en 1954. Incluso cuando parece que le va bien, consigue casarse y cree que la vida se le ha encarrilado, el destino volverá a darle un buen revolcón, hasta que consiga llegar a una vejez más o menos cómoda y conformista.
Si uno disfruta leyendo desgracias ajenas desde luego este es un libro estupendo. Sin embargo no creáis que no me ha gustado por eso, porque en realidad sí me ha gustado. Está escrito en un estilo sencillo y genuino, y además muy bien escrito. Aunque el pobre protagonista sea un pobre diablo al que le ocurren todo tipo de calamidades y sufra injusticias sin fin lo narra todo desde la distancia y tras haber encontrado al final de su vida la paz de espíritu, así que parece que ha entendido el verdadero sentido último del perdón y de la sencillez que conoció en uno de sus periplos con un habitante del desierto. Frente a la prepotencia del caíd, o las ambiciones de la gente de la ciudad, comprende que lo único que importa es estar a bien con Dios y con el mundo. Aunque no sea una persona ni fundamentalista ni especialmente religiosa, Yacín experimenta una religiosidad simple y que quizá recuerde a la del carbonero al que envidiaba Unamuno, así que cual el santo Job en ningún momento reniega de la vida tan perra que lleva y nunca pierde la esperanza de reunirse con sus seres queridos y vivir por fin en paz aunque, repito, le pasen literalmente las de Caín.
Es difícil no pensar que el escritor, un militar que vivió la guerra civil de su país en la que tantas atrocidades se cometieron y vio sufrir tanto, quiera escribir sobre alguien que pese a las calamidades vividas por culpa de los demás no recurra a la violencia ni al ansia de venganza contra todos aquellos que las provocaron, sino que únicamente quiere que se estas se detengan y vivir en paz.
Cuando hace unos pocos años, por 2018, me enteré de la existencia de este libro, tanto por su título como por su sinopsis (obligan a la Tierra a participar en un concurso galáctico que es como Eurovisión en el espacio, en el que tendrá que demostrar que es digna de pertenecer a la gran civilización interplanetaria, o morir), lo primero que me dije fue: "¿Cómo es que no estoy leyendo ya esta maravilla?" Así que en cuanto me enteré de que la habían traducido allá que me fui a comprarla.
También, supongo, a muchos os habrá sonado un poco esto porque es ni más ni menos que lo que ocurre en un celebrado capítulo de Rick y Morty de 2015 en el que pasa exactamente lo mismo, el famoso de "Enseñadnos lo que tenéis", cuando a la Tierra llegan unas enormes cabezas voladoras que quieren precisamente reclutar a la fuerza a distintas especies del Cosmos para obligarlas a participar en un concurso galáctico de la canción. La autora en el epílogo nos contará que, pese a ser usaca (nadie está libre de pecado) en un viaje a la antigua metrópoli se enteró de lo que era Eurovisión, se enamoró del conceto, se hizo ventiladora del concurso a muchas revoluciones y de ahí nació la idea para la novela. Bueeeeno... vamos a hacer que nos lo creemos. Tampoco es que podamos decir que la idea está fusilada de ese capítulo de Rick y Morty, que es anterior en varios años, pero desde luego es exactamente la misma premisa.
Como con la crítica supongo que voy a acabar pronto me parece que lo mejor es que os cuente mi relación con el, según su nombre oficial, Festival de la Canción de Eurovisión, un fenómeno cultural específicamente de la Europa de después de la Segunda Guerra Mundial, y que ha tenido sus muchos altibajos. Como la misma Valente explica en su epílogo, tenía su parte de chanchullo ideológico de crear, aunque fuera con un granito de arena, una cierta identidad común europea a través de canciones melosas, y por supuesto un acicate a la tecnología de emisión en directo, ya que ahora nos puede parecer trivial hablar con tus amigos y verlos en directo cuando estos se encuentran a los pies de la Gran Pirámide, pero hubo un tiempo en que cuando te decían que conectaban EN DIRECTO VÍA SATÉLITE aquello era como asistir poco menos que a un milagro. Los ingenieros de telecomunicaciones de la época ya lo creo que se ganaron el sueldo.
Para la época en la que yo me encontré con el fenómeno, siendo yo obviamente un guachilllo que apenas levantaba dos palmos del suelo, era todo un acontecimiento anual, se tomaba en serio, lo que se dice muy en serio, y en los tiempos del franquismo que yo no viví incluso ni os cuento, pues recordemos que ganaron Marisol y Salomé en dos años consecutivos, 1968 y 1969. España ya, no quedaba duda, era europea casi veinte años antes de entrar en el Mercado Común. Diez años después el festival seguía de plena vigencia, y en muchas revistas te regalaban una cartulina o te ponían la lista de participantes en una página para que en casa fueses apuntando los puntos que recibía cada país y que así te fueras haciendo una idea de quién iba ganando. Eran los tiempos en los que no todo iba por ordenador, y ahora ya se ve al momento quién va en cada posición en tiempo real sin que nadie tenga que sumar ni nada parecido. Porque a alguna gente le gustaba tanto o más que el festival en sí, con sus canciones y coreografías, el momento de las votaciones, en las que ese espíritu de concordia europeo se resentía un poco al comprobar quién votaba a quién o a quién no le daba ni un mísero voto, e incluso todavía se puede escuchar de boca algún veterano lo de GUAYOMINÍ, DI PUÁN que era como nos sonaba cuando decían en francés "Reino Unido, dos puntos". Durante un rato largo, largo, la verdad es que era tremendamente cansino, terminabas enterándote de quién era el ganador. Eran los tiempos en los que la audiencia era prácticamente el 100% de la población que tenía televisión, y lo veía junta toda la familia. En España todo el mundo recuerda a José Luis Uribarri como comentarista de la emisión desde España contando todos los detalles de cada canción y sus predicciones sobre la intención de voto de cada país, ya que fue el responsable de contar todo lo que veía en diecinueve ocasiones desde 1969 a 2010, a solo dos años de su muerte.
Como no soy ni de lejos un estudioso ni del Festival ni de su historia interna solo puedo hablar de mi experiencia personal, así que en las siguientes décadas, además de ir cambiando los gustos musicales del público, el certamen empezó a verse cada vez más como algo desfasado y anquilosado en el tiempo, y a nadie le habría extrañado que desapareciese. Yo desde luego ya en mis tiempos de adolescente no le hice ni el más mínimo puñetero caso, y en los años siguientes apenas si recuerdo no solo ni de verlo de pasada sino de no enterarme de nada, aunque sí recuerdo cuando ganó Dana Internacional en 1998, y tampoco sé si ese fue el momento en el que Eurovisión se empezó a convertirse en lo que es hoy. En años posteriores volví a gozarlo un poco porque por invitación de unos blogueros de la segunda parte de la década de los 2000 se organizaba una quedada por Messenger en la que íbamos comentando cosillas y diciendo maldades, algo que después se trasladó rápidamente a Twitter, y hasta ahora, ya que todos los años, incluso cuando residí en el extranjero, he colaborado como agente del caos en la narración conjunta del concurso. Digamos que los que nos reenganchamos a la retransmisión muchos años después de no hacerle ni puñetero caso lo hicimos de manera, como se solía decía entonces, completamente irónica y de cachondeo, aunque yo nunca lo he expresado así. Pero recordad: aunque seas un hater (y yo no lo soy), sigues siendo un fan, así que aunque sigas el Festival de forma irónica no dejas de seguirlo. Y, como en el fondo lo de apreciar algo de forma irónica es una soberana majadería, lo importante es que te guste apreciarlo, ya sea porque te gusta ese tipo de música, el espectáculo, las divagaciones de los comentaristas, el momento de las votaciones o el cachondeo de ir comentándolo en directo por Twitter, a ver quién dice la tontería más goooorda.
A día de hoy Eurovisión se ha convertido desde hace tiempo en la exaltación de la mamarachada, pero ojito, que lo estoy diciendo en el sentido positivo, lúdico y de repartir amolll por medio de la luz, la brillantina y la completa falta de vergüenza, propia y ajena. Amor, humor y cachondeo. Eurovisión es su propio género que hay que entender según sus propias reglas, y después de tanto tiempo solo puede sobrevivir siendo fiel a sí mismo: el mamarrachismo sin complejos. Si te gusta bien, si no también, pero nada de ironía: es lo que es, y aquí no se engaña a nadie. En particular a mí me gusta verlo sin spoiler de ningún tipo, y mientras alguna gente se oye las canciones antes o incluso sigue las semifinales yo soy mucho más escueto, prefiero no enterarme de nada hasta el último momento y dejarme sorprender en la final, y luego atender más o menos a las votaciones en las que todos los países muestran sus filias y sus rencores al dar más o menos votos a sus vecinos. Eurovisión nos hace hermanos, que no primos.
Esto, si no lo has conocido desde pequeño, no lo entiendes. Puede que la señora Valente entrase en el espíritu de este fenómeno y lo aprecie, no lo dudo, pero eso debe haber tenido poca importancia a la hora de que la calidad de esta novela que ahora nos ocupa sea, por decirlo de alguna manera sensible, digamos que dudosa. La primera impresión que da es que la idea y su desarrollo podría haber dado para un relato más o menos largo, o incluso para una novela corta, pero aquí se alarga de forma completamente innecesaria hasta la típica longitud de una novela no demasiado larga, que sin embargo al leerla se te termina haciendo bastante larga, porque su imitación del estilo y el tono de Douglas Adams en La guía del autoestopista galáctico sencillamente no funciona, no te digo ya nada si lo comparas con otras cositas ricas como Dimensión de milagros. Por si fuera poco, igual que dicen en algunas críticas que he leído, el estilo literario de la autora es "convoluted", es decir, lioso, e intenta mostrar la extrañeza y exotismo de las razas extraterrestres y de sus formas y costumbres por medio de frases bastante enrevesadas en las que a veces simplemente te pierdes.
Y, la verdad, al comienzo la cosa promete: la Tierra se ve invitada a la fuerza en el equivalente galáctico de Eurovisión, y o bien demuestra que los humanos son una raza realmente sintiente, con lo cual volverá a ser invitada en futuras ediciones, o esa primera invitación será la última porque la raza humana será exterminada. Igual que en nuestro mundo, el Gran Premio Metagaláctico es el resultado de intentar promover la concordia entre las razas extraterrestres que años antes se enfrentaron en las Guerras de la Sintiencia. Todo muy interesante como premisa, solo que luego ni los personajes ni lo que se nos cuenta consiguen darle substancia a las 280 páginas de la novela. Los protagonistas humanos son lo que queda de un antiguo grupo que uno supone que son vagamente glam de los 80 o 90, y que además son queer, y todo lo demás son estrafalarios alienígenas que viven en unas culturas que se supone que nos deben hacer mucha gracia, resultarnos muy chocante y fascinarnos por medio del ingenio y requiebros argumentales de la autora, pero no es el caso, sobre todo con cosas que incluso despistan porque termina uno suponiendo que todo ocurre en un innecesario futuro cercano, pues se dice que Yoko Ono está muerta o que se han extinguido las jirafas. Básicamente en la novela pasa entre poco y nada, hay un montón de descripciones confusas y muchas digresiones que no conducen a nada ni son particularmente ocurrentes, y como es de esperar al llegar al la recta final del libro se celebra el concurso y la resolución tampoco es que nos sorprenda demasiado porque si ya el libro no tiene ninguna verdadera progresión argumental tampoco podemos esperar que se resuelva nada porque no hay nada que resolver, así que sencillamente se echa mano de un descarado deus ex machina bastante sonrojante y... fin. Se ha anunciado secuela, pero ahí desde luego a mí no me van a pillar.
Y por último tendremos que hablar de esta edición a cargo de la editorial Universo Alternativo. Y es que en este caso tendríamos que reseñar que esta es una de las muchas editoriales (me he encontrado como mínimo media docena larga de este tipo, y seguro que habrá muchas más), especializadas todas ellas en literatura de género, la sagrada trinidad de terror, fantasía y ciencia ficción, y con temáticas específicas lgtbi, queer o términos de la misma constelación. Por regla general suelen ser de autores que se meten a crear un sello editorial propio para autopublicarse, eso tampoco lo ocultan, y además intentan atraer a otros autores que escriban de temática semejante, y si pueden traducen algunos títulos del mismo ramo, en este caso uno que no debió atraer la atención de otra editorial más potente, y no me extraña que fuera así porque como he explicado en el párrafo anterior tampoco es que estemos ante ninguna maravilla. Hoy día con un portátil, básicamente, te montas una editorial, y me parece muy bien, y como es el caso además luego por los medios de impresión bajo demanda terminas teniendo un libro en papel de calidad profesional que no se distingue físicamente casi en nada de los bestsellers que se venden en la Fnac o en la Casa del Libro. Sin embargo, y me duele decirlo, tampoco hay que tener mucho ojo clínico para detectar el amateurismo al primer vistazo: el tipo de letra elegido no es sino la ramplona times new roman, y además de un par de erratas incluso la maquetación parece no especialmente cuidada, con un par de tabulaciones perdidas y unos párrafos que parece que no se han justificado a la derecha como se debe. La traducción, desde luego, mejorable, más si las frases en inglés ya eran un poco liosas, y además detecté un par de falsos amigos muy evidentes que tienen difícil perdón. Por último utilizan lenguaje exclusivo, el famoso vosotres y otras palabras acabadas en e en un género neutro que se explica por el carácter no humano de algunas especies alienígenas, pero el registro no es consistente en la traducción de una lengua fundamentalmente neutra como el inglés a una que sí tiene claramente marcado el género gramatical, como el español, así que a veces aparece un "los hijos" que tendría que ser "les hijes" si hubiesen seguido su propio criterio, y por supuesto al hablar de una especie terrestre como "los leones" debería ser también "les leones". No sé si es que no se dieron cuenta o es que quisieron hacer un neutro ma non troppo.