Y entonces es cuando uno tiene que hacerse alguna pregunta al margen de todo lo que nos han contado: igual ese ninguneo y dejadez de por parte de la "literatura seria” a algunos géneros era en buena medida totalmente justificado, por lo menos en algunos casos. Obviamente si uno no conoce otra cosa es imposible que otras no le parezcan mal escritas o que tienen perdón de Dios. Si a esto añadimos que los guruses que han dominado la publicación del género son poco menos que muy discutibles cuando oyes sus declaraciones, que se nota a la legua que les viene un poco grande algunas de las discusiones en las que participan y que incluso han fanfarroneado alguna vez de no tener un conocimiento suficiente de literatura en general, ¿por qué nos tiene que sorprender que el ninguneo a ellos, sus editoriales, colecciones y lectores que éramos todos y seguíamos al líder haya sido la tónica general? Es una cuestión sociológica compleja, pero la pregunta está ahí: se quejan ustedes de estar en el ghetto, pero en cuanto quieren salir de él e integrarse se dan cuenta de que hay unas normas que no van a poder cumplir o cuyo cumplimiento destruye el statu quo en el que tan cómodos se sienten, así que volvamos al ghetto a protestar porque estamos en el ghetto. Repítase la fórmula hasta el infinito. A veces existe la exclusión y es una clara injusticia, pero es innegable que también existe la endogamia con fines de control social dentro de un grupo autoexcluido que crea un discurso artificial para mantener el control y el efecto el rey en la montaña, por pequeñita que ésta sea.
Es algo de lo que se discute desde hace décadas, no creáis. Aunque el tiempo ha venido a confundirlo y mezclarlo todo por medio de la pura lógica del mercado, y ahora los frikis se enorgullezcan unos, y se lamenten otros, de ser totalmente normalizados como una corriente más en la cultura, sigue habiendo un problema de base sin resolver. Lo he planteado más de una vez: una novela no puede ser mala a secas (mal planteada, mal escrita, ideológicamente putrefacta y con unos personajes y resolución de completa vergüenza), pero ser “buenas” respecto al género X. Incluso si aceptamos la separación entre novela literaria y novela-romance en la que predominan los lances aventurescos y la narración más o menos lineal con presentación, desarrollo, nudo y desenlace, en definitiva muchos de los ejemplos que nos encontramos en las librerías como “berceles de calidad” y cuyo único objetivo es el sano entretenimiento, veremos que están más construidos con más parches y goteras que una casa diseñada por Numerobis. Mucho autor consagrado de “historias con chicha y acción” debería ser consciente de que es un sucedáneo muy malo de Sabatini y Salgari, pero a lo mejor ni los conoce.
Ítem más: todos estamos acostumbrados a oír de vez en cuando a algún guardián de las esencias que desestima como “poco frikis”, o “poco de género” algunas obras escritas por gente que nunca se ha definido, ni es posible definir, como autores de género. De ahí las reticencias de alguno a considerar dentro del canon frikipali a obras que sin embargo definen verdaderos subgéneros, algunos tan en boga hoy día como la distopía romántica (sí, lechones, existe y lo llaman así), y definido claramente por la tríada 1984, Un mundo feliz y Farenheit 451. En el caso de Ray Bradbury, él mismo un firme defensor de la cultura popular, de los comics y de la literatura pulp, su misma obra se mira a veces con recelo por ser demasiado literaria, demasiado original y no transcurrir por las rodadas más que desgastadas y seguras de los géneros cuyos límites amplió poderosamente. No digamos ya a autores difícilmente encasillables como Borges, Calvino u otros autores que osaron escribir alguna obra de clara inspiración fantástica o de ciencia ficción, ese género que según como nos dé la gana definir puede hacer que ahí quepa hasta El Quijote, y en caso contrario que apenas queden dentro de su dominio una docena de relatos y novelas. Si Heliópolis de Ernst Jünger no es una novela de ciencia ficción, apaga y vámonos. Para mí es una discusión que no es que haya superado, sino que nunca me he metido en ella a título personal, sólo comento lo que dicen los demás porque a veces no doy crédito a lo que oigo o leo. Cuanto más investiga y aprende uno más cuenta se da de que ese ninguneo o ignorancia de la literatura fantástica poco tiene que ver con la realidad: la buena claro que ha estado y estuvo reconocida, y la mala, pues no. A veces nos olvidamos de que el 98% de lo que se escribe y no es ciencia ficción también es basura, y tampoco recibe reconocimiento alguno, y que muchas obras meritorias de cualquier género no reciben la atención que se merecen en detrimento de otras, y que por su riesgo o falta de convencionalismo son sistemáticamente ignoradas por el público.
Así pues, la opción es clara: o seguir lloriqueando porque los niños mayores no nos dejan jugar a la pelota, o aceptar que si uno entra en el juego de los mayores se cumple el reglamento, no hay premios para todos “sólo por participar” y se pitan todas las faltas. Para ilustrar esto sólo hay que recordar que el género, reconocido como tal, de “romántico” es o era tan pulp o de novela popular como cualquier otro, que Corín Tellado era tan novela de a duro como Marcial Lafuente Estefanía y que sin embargo hay poderosas razones para considerar que las historias de amoríos, infidelidades y matrimonios infelices de Ana Karenina, Señora Bovary y Jane Eyre son algo que, pese a la semejanza de base, no tienen demasiado que ver con la colección Harlequin. Como no me canso de explicar, La amenaza de Andrómeda y Ensayo sobre la ceguera son prácticamente el mismo libro, lo único que en el primero, sin ser una mala novela, se nos presenta de forma fría, casi rayando el porno cientificista, los intentos por solucionar la crisis, sin importar gran cosa nada más, mientras que el segundo se ve la visión a pie de calle, con gente que sufre y debe enfrentarse a un mundo desolado, y que se hace todo tipo de preguntas sobre por qué les ha tocado vivir ese horror; por si fuera poco, tanto en una como en otra la situación se resuelve por sí sola. De hecho el technocthriller al estilo Crichton, aunque reconocido por algunos como un subgénero de la ciencia ficción, y con una aceptación considerable tanto editorialmente como de lector no especializado, quizá por esa misma razón fue denostado en su momento por los seguidores de las versiones más hard donde se guarda el tarrito de las esencias y la reserva espiritual de la facción purísima de la ciencia facción auténtica, tradicionalista y de las JON’S. Mira, es un concepto interesante: la ciencia-facción, tan de moda últimamente con algunas movidas y polémicas que ha habido: si la ciencia ficción no es un conjunto de hombres blancos con nombre anglosajón que conquistan marcianos en naves espaciales de marca Mercedes-Yutani con una churri rubia al lado, ¿para qué murieron nuestros antepasados cuando rechazaron heroicamente la invasión de los danonianos?
Por todo esto expuesto con anterioridad no es de extrañar que, en tal marco ideológico, muchos lectores estén dispuestos a aceptar como bocatto di cardinale cualquier jiña publicada en la editorial correcta en la colección correcta, con el nombre de autor correcto en la portada, tenga aquello o no pies y cabeza, esté traducido como el cool’o o no, que algunas propuestas que adolecen de estas características. Por ejemplo, que el mismo autor sea español (esto afortunadamente está cambiando, la jiña nacional también tiene su público bien numeroso), que no se amolde a los rígidos cánones de una definición estrecha del género, o que tenga el descaro de ser un escritor sin etiquetas, de la corriente general de la literatura, y se ponga a picotear en un gallinero que se supone que es coto privado y donde él no pinta nada. Del mismo modo también habría que recordar que la tontería se da en sentido inverso, así que igual de absurdo es, como se da el caso también, tanto por frikis como por no frikis, negar que novelas como Ensayo sobre la ceguera, La carretera y Kalki no son propiamente novelas de ciencia ficción sino buenas novelas escritas por autores reconocidos y con una sólida carrera literaria. ¿El hombre en el castillo es ciencia ficción porque su autor es conocido como un autor de género y la encontraremos publicada en una colección de género, y La conjura contra América no lo es porque Philip Roth publica sin etiquetas y cualquier día le puede caer el Nobel? ¿Marciano vete a casa sí y Sin noticias de Gurb no? Andad a cagar por ahí, hombre.
Todo esto explica cómo los dos títulos que paso a reseñar no están más reconocidos en el solar patrio, o por qué no se consideran obras de culto.
Carlos Saiz Cidoncha es un autor español cuyas obras más conocidas son La caída del Imperio Galáctico y esta de Memorias de un merodeador estelar, que me ha hecho recordar la lectura reciente de las novelas de Marsuf. Para empezar, es una novela extraordinariamente bien escrita, que aúna parte del vocabulario y las expresiones propias del género con la tradición picaresca española y de las “narraciones disparatadas”. El protagonista, habitante de un planeta que otrora perteneció a una versión galáctica del Imperio Romano, y en la que se siguen adorando a los dioses del panteón olímpico, sufre las vicisitudes de cualquier héroe de este tipo de narraciones: es fraile antes que cocinero, sufre cautiverio y esclavitud, lo engañan como a un chino, conoce los goces amatorios legítimos e ilegítimos, se convierte en héroe y en potentado tras encontrar un enorme tesoro, y al final, como el Lazarillo, se contenta con su suerte y sienta un poco la cabeza. Es una novela bastante gamberra en el mejor sentido de la palabra, entroncada en el género con toda legitimidad como pueda ser la Fundación de Asimov, que también parte del calco histórico y tiene cosas tan “científicas” como la psicohistoria y los poderes mentales, y además sigue sin complejos la tradición literaria del idioma en el que se expresa, empleando un registro depurado que sin dejar de ser un reflejo de las expresiones del Siglo de Oro resulta completamente moderno y comprensible. Sin necesidad de cientos de páginas de relleno, dando pinceladas certeras con las que puedes imaginarte todo lo que ocurre, el autor compone una obra sin desperdicio que se puede leer casi de un tirón.
Por otro lado, tenemos El último trayecto de Horacio Dos, cuyo autor es el último Premio Cervantes, nada menos. Qué desfachatez, un Premio Cervantes escribiendo una novela de ciencia ficción. Mendoza, ya comentado brevemente en este blog, es uno de los pocos escritores españoles que cultivan la novela humorística, otro género bastante difuso y mal definido que no llega a ser del todo la típica comedia, más propia del teatro, tampoco es exactamente sátira y en muchos casos no deja de ser sino un compendio de chistes más o menos hilados, aunque en cierto modo escritores humorísticos fueron toda una generación entre los que se encontraban Jardiel Poncela, Tono, e incluso Ramón Gómez de la Serna, sin olvidar que el surrealismo, a su manera, tampoco dejaba de ser en su totalidad una broma que alguna gente sigue sin entender del todo. Esta novela es un cuaderno de bitácora de un capitán estelar en el crepúsculo de su carrera, Horacio Dos, que dirige, sin tener muy claro cuál es su objetivo, una nave llena de variopintos personajes entre los que hay criminales, mujeres descarriadas y miembros de la tercera edad, todos juntos en un periplo sin rumbo fijo en el que van recalando en distintas estaciones espaciales, a cada cual más estrafalaria y hecha polvo, recuerdos de un pasado de gloriosa exploración estelar que ya se ve muy lejano. Entre situaciones surrealistas, salidas de tono de los personajes, rijosidades varias del capitán y otros caballeros talluditos, y el misterio de por qué están en tan absurdo viaje, se va recomponiendo, a retazos, una historia futura de la humanidad a medio camino entre el disparate más absurdo y una de las peores distopías de se pueda imaginar uno, y que por lo menos a mí me ha parecido bastante original, y que explica ese viaje a ninguna parte. Igual es sólo impresión mía, pero la fallida serie Plutón Verbenero parace en parte inspirada en esta novela, por lo menos en el tono.
De esta novela existe, además, una versión en radioteatro realizada por RTVE, un género que tuvo una enorme difusión antes de la televisión y del que nacerían los culebrones antes de tener imagen, y que se basa en exclusiva en la voz de los actores y algunos efectos sonoros.
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| Luis Varela haciendo del capitán y diciendo como nadie "agua pútrida". |
Ambas obras, cada una con sus particularidades, son totalmente aconsejables, aunque no faltan los puristas que dirán que eso no es verdadera ciencia ficción. Aun aceptando tal patraña, que no es el caso, la respuesta sería: ¿y qué? Tal como decía Cela, novela es todo aquello que en la cubierta del libro ponga “novela”, así que probablemente ciencia ficción sea cualquier cosa que en la contraportada ponga que es ciencia ficción, y si no lo pone ya somos mayorcitos para saber lo que estamos leyendo y no nos hace falta que lo diga nadie.
-SuperSantiEgo


