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Observatorio político para el seguimiento de la evolución de la guerra eterna entre el Bien y el Mal.
Foro unipersonal que aboga por la consecución de un frikismo cartesiano, racional e ilustrado
Como persona de bien que me considero, sea con razón o sin ella, me gusta ir de vez en cuando al teatro, descendiente directo de la forma narrativa original que era la pura oralidad antes de la invención de la escritura, y padre por tanto del resto de las formas narrativas posteriores, desde el radioteatro al cine y las series de televisión. Como es habitual, siempre ha habido agoreros que desde hace mucho pronosticaron la inminente desaparición del teatro víctima de sus hijos, pero de momento ahí sigue con su buena o mala salud de hierro, a prueba de bombas. En España, como en cualquier lugar del mundo, y desaparecidas ya hace mucho las compañías itinerantes de pobres desgraciados que llegaban a actuar en la taberna de cada pueblo o sobre un carromato en la plaza mayor, como aparece en El viaje a ninguna parte, sólo se puede disfrutar de una oferta variada de teatro en las grandes ciudades, y en capitales de provincia populosas donde las compañías nacionales recalan en sus giras. Sin embargo a cambio de su preponderancia como medio masivo y omnipresente de entretenimiento la televisión durante varias décadas en España ayudó a popularizar el teatro por medio del mítico Estudio 1, con versiones para televisión que a día de hoy se pueden disfrutar desde la web del ente público o en youtube: Doce hombres sin piedad, Calígula, y tantas otras más. Sin duda ayudó enormemente a la difusión de la cultura teatral en mi país, y como tantas cosas más después se dejó de hacer por a saber qué razones, seguro que ninguna buena.
Últimamente he ido a ver dos funciones que me han gustado bastante, y os las explico un poco aquí nomás.La primera es Parque Lezama, una comedia con ciertos tintes dramáticos que tiene dos peculariedades a reseñar. La primera es que se trata de una adaptación de una obra estadounidense, de título original I'm not Rappaport, título que hace mención a un chiste que se repite varias veces en la obra, cuya localización principal en su versión original era el Central Park neoyorkiquino. Esta adaptación la ha realizado Juan José Campanella, el director de El secreto de sus ojos, que en estos últimos años se ha dedicado a su otra gran pasión que es el teatro, y que siempre quiso adaptar esta obra. Así pues en vez de Central Park nos encontramos en el parque bonaerense de Parque Lezama, y los dos viejos cascarrabias que se sientan en el mismo banco para soltarse puyas y correr un par de aventuras crepusculares son dos viejitos argentinos interpretados por dos actores bien conocidos de ese país, que después de haber triunfado varios años han venido de gira a España, también con merecido gran éxito de público y crítica.
Siguiendo la tradición más vieja que el mundo, se contraponen dos caracteres opuestos: uno de los ancianos es un soñador idealista y revolucionario, y el otro un conformista que no quiere líos y admite que las cosas ocurran a su alrededor sin que pueda hacer nada por cambiarlas. Los diálogos entre ellos son ágiles y muy divertidos, y los actores están, como se suele decir, en estado de gracia. La adaptación de la obra, aunque el autor siempre se opuso a ella, muestra lo universal de la propuesta: un anciano retirado que ha tenido un trabajo humilde con una intensa actividad sindical, y otro que ha vivido y trabajado prácticamente siempre de forma anónima y retirada sin ganas de luchar demasiado, lo que en España llamamos un padefo (paso defollones). Muchos, que hemos vivido alguna temporada en los Estados Unidos, nos hemos sorprendido cómo alguna gente con edad para estar tranquilamente en su casa sin más preocupación que pasar tranquilamente sus últimos años tenían que seguir trabajando por el salario mínimo para no caer en la miseria, y por supuesto nos llegaron hace años noticias de que en Argentina por razones parecidas gente de edad avanzada tenía que seguir en el mercado labora, además en condiciones muy precarias, así que la historia se sostiene perfectamente en ambos casos, y por supuesto que uno de los argentinos sea judío también es perfectamente normal dada la emigración que hubo a esos países de judíos rusos y ucranianos. También hay una pequeña adaptación en la edad de los ancianos, al referirse a sus infancias, y poco más, como que el chiste de Rappaport se atribuya a Gila, un humorista español muy popular durante un tiempo en Argentina y que seguro que esas dos personas mayores habrían conocido de jóvenes.En el escenario único, poco más que un banco y un templete en el que descansa una muchacha que luego desencadenará la parte aventuresca de la obra, se producen todos los diálogos entre los dos protagonistas, por un lado antagónicos y que se muestran por momentos una clara antipatía, pero que en el fondo reconocen que han encontrado un amigo. Y, aunque comedia en estado puro en más de un momento, por supuesto hay momentos amargos asociados a la vejez y a los problemas económicos que conlleva, así como sus achaques, la soledad o el miedo a la muerte o a no poder adaptarse a un mundo que los ha dejado atrás. Dentro de su sencillez, es la historia de dos ancianos que se aprecian y no se soportan a la vez y que viven una pequeña aventura juntos para ayudar a una joven, se nos presenta una defensa de la empatía humana, de la amistad y de la necesidad de tener ideales o incluso de la necesidad de la fantasía y la imaginación como motor para querer ser mejores, incluso cuando ya tienes puesto el pie en el estribo y te vas a ir al otro barrio. Hay que hacer una mención especial, además de a la adaptación, la puesta en escena y el propio texto, a la tarea portentosa de los dos actores que sostienen todo esto, y que parecen dos ancianos provectos cuando en realidad ya tienen sus años, pero no tantos ni están tan cascados. Por supuesto, hablan en argentiiiino, pero no en lunfardo cerrado ni mucho menos, así que con un poco de cultura lingüística y de lecturas de libros de aquellas latitudes en las que ahora va a ser verano se entiende perfectamente lo que es que te cuenten el verso, que te chamullen o que el aguinaldo es la paga extra que espera el padefo antes de que lo despidan de su trabajo como administrador y manitas de un edificio.
Por supuesto esta obra de teatro es más que recomendable, y si no tenéis oportunidad de verla podéis echar mano de la película, dirigida por el mismo autor de la obra original, interpretada por Walter Mathau en uno de sus últimos papeles y Ossie Davis, que había interpretado el mismo papel en el teatro. Yo no la había visto, pero me habría pasado como con La cena de los idiotas, que después de ver la película francesa basada en la obra de teatro fui a ver la versión española y me lo pasé igualmente como un enano.
La otra obra que he ido a ver recientemente ha sido ¿Quién es el señor Schmitt?, protagonizada por mi jomie Javier Gutiérrez, ya que somos de la misma ciudad, y aunque no fuimos al mismo colegio ni instituto, ni nos conocimos, seguro que tomamos alguna vez cañas en el mismo sitio a la vez, y Cristina Castaño, mi paisana por parte Lugo, que es de donde procede mi familia. En este caso el libreto es un autor francés bastante joven, que nos plantea en clave de comedia la típica pesadilla que parece salida de una novela de Kafka o de un guión de The Twilight Zone, pues todo comienza cuando un matrimonio se sienta a cenar y suena un teléfono, lo que no deja de ser extraño porque para empezar ellos no tienen teléfono, y a partir de ahí con sucesivas visitas de la policía y de un psiquiatra se pone en duda toda la realidad del mundo que cree conocer ese matrimonio: ¿son españoles o andorranos, se llaman Carnero o Schmitt, tienen hijos o no? De repente se dan cuenta de que su casa no es la suya, nada de lo que hay en ella parece pertenecerles y todo lo que creían saber de sí mismos parece ser irreal, ya que la nueva realidad en la que viven es otra.Aunque todo el reparto está magnífico, el mayor peso de la obra recae en el pobre señor Carnero o Schmidtt, que es el que realmente experimenta el vértigo de que se cuestione su propia identidad y que se encuentre encerrado en una casa que no es la suya. Javier Gutiérrez, uno de los actores más populares en los últimos años, pertenece además a una estirpe de autores españoles entre los que se encuentran José Luis López Vázquez, Agustín González o Alfredo Landa, gente que da gusto ver cabreada y que transmiten ese continuo estado de "vamos, hombre, no me jodas", que en la serie de Estoy Vivo el mismo Javier Gutiérrez ejemplifica con el exabrupto que define al personaje, cuando agotado dice entre dientes "Me cago en mi puta vida". Además, con clara vis cómica, el personaje de Carnero-Schmitt y su resistencia a aceptar lo que le ocurre crea unas situaciones hilarantes en las que el público sencillamente se revolcaba de la risa en las butacas, y hay un momento en particular de "pero qué coño está pasando aquí" cuando aparece un nuevo personaje que se nota que los mismos actores tienen que esperarse a que el público deje de reír para continuar sus parlamentos, y al prolongarse el silencio estupefacto de los personajes que son incapaces de reaccionar a lo que les está pasando se multiplicaba el efecto cómico y la gente seguía riendo todavía más.
Aquí es cuando tengo que explicar algo, que aunque me ha dejado un poco perplejo tampoco me ha disgustado. No he tenido acceso al libreto original, ni está editado en español que yo sepa, pero parece ser por las versiones que he visto disponibles en youtube que hay dos versiones de la obra con dos finales claramente distintos que hacen que la obra se pueda interpretar de dos formas radicalmente opuestas. En un primer caso, todo es una comedia de enredo y suspense psicológico que podríamos emparentar, por ejemplo, con La huella, y que tiene un final digamos que amable y típico y con una resolución propia de la comedia clásica, y en la versión que yo he visto, y que parece coincidir con la versión que hizo la televisión pública iraní, todo es eso, una pesadilla kafkiana o un verdadera interferencia de una realidad con otra paralela, de forma semejante a aquel episodio de The Twilight Zone, Wordplay, en la que una persona se desplaza paulatinamente a un mundo igual al suyo pero en el que las palabras empiezan a cambiar de significado, de modo que el almuerzo es el dinosaurio y a los gatos se les dice miércoles. Por si fuera poco la puesta en escena de esta versión española se utiliza un recurso realmente curioso, echando mano de un fenómeno psicológico conocido como la "ceguera al cambio": la puerta de la casa, que se ve al fondo a la derecha, nos damos cuenta de repente, se ha desplazado a la izquierda hasta ocupar una posición central, e incluso parece que, a medida que sigue avanzando la obra y más elementos y personajes, menos el señor Carnero, se van viendo engullidos por esa nueva realidad, la puerta sigue desplazándose. Igual que en el teatro del absurdo, como Rhinoceros de Ionesco, el señor Carnero se niega a convertirse en el señor Schmitt, y por supuesto para ello tiene que pagar un precio.Como no conozco el texto original, y viendo que hay una versión nada menos que iraní que sin embargo comparte el final de la versión española, mientras que he encontrado en youtube al menos dos versiones francesas en las que la resolución es puramente de comedia, me queda la duda de si estamos ante una versión ajena al autor o, cosa no demasiado infrecuente en los últimos tiempos, el mismo autor ofrece ya en origen dos formas antitéticas de interpretar el mismo texto, y que cada compañía elija cuál representar. No tengo ni idea, la verdad. Una cosa que me ha llamado un poco la atención, un pequeño detalle respecto a la traducción, es que en la obra original francesa el matrimonio, antes de dudar si realmente son los Schmitt, se conocen como los señores Bélier, que en efecto en francés significa carnero, pero también es como se le dice en esa lengua al signo del zodiaco Aries, lo que da lugar a un momento muy cómico cuando la señora Carnero tiene que explicar al policía por qué, aunque son los Schmitt, todo el mundo los llama los Carnero, precisamente echando mano de la invención de que tanto él como su marido son de signo Aries. En español suena bastante más forzado, y se podría haber utilizado el mismo Aries como apellido, no muy común, u optar por Arias, un apellido que suena casi igual. De todos modos, id al teatro. Es el único sitio en el que de momento es absolutamente obligatorio ver algo en riguroso 1X.
Vamos a hablar de una serie noruega de corte policial y de ciencia ficción. Que se dice pronto. Aunque sólo hemos tenido seis episodios de la primera temporada y esta ha quedado abierta a una clara continuación con sólo unos pocos secretos desvelados y otros por resolver, al menos ya podemos decir que esto no es True Blood. Me refiero a que esa otra serie tenía probablemente una de las mejores premisas de la historia, el famoso "salir del ataúd", pero luego ese magnífico arranque que todos envidiamos que no se nos hubiese ocurrido a nosotros, y que tenía miles de aspectos que desarrollar, se quedaba en una historia sobre folleteo de una pavisosa eligiendo a distintos miembros de tantos otros linajes para-anormales. La verdadera chicha, los problemas de tener a ciudadanos inmortales y que de paso se convertían en la punta de la pirámide alimenticia, eso apenas si se tocaba. Una pena.
En este caso tendremos una premisa casi igual de potente: de repente, y sin saber cómo ni por qué, se empiezan a producir fogonazos en las costas de todo el mundo y aparecen personas del pasado, en concreto del Mesolítico, del siglo XI y del XIX. En la serie apenas si veremos sólo lo que ocurre en Noruega, el resto del mundo se cita de pasada pero nada demasiado específico, sólo que los del XIX en Inglaterra se las dan de luditas e incluso organizan atentados antitecnológicos. Pasados cinco años, y sin que se hayan detenido las llegadas de gente de otras eras, es cuando empieza realmente la serie. Mucha de la información más interesante de la serie no está en los propios capítulos, sino que se encuentra en la página de la HBO sobre ella, donde nos enteramos que además de haber cierto racismo temporal (de ahí lo de "extranjeros de antaño") también otra gente ha desarrollado un fetiche sexual por los viajeros temporales, además de otras cuestiones curiosas. Recuerda más a un manual de rol que a otra cosa. También hay gente que igual que existen los otherkind, se identifican con tiempos del pasado, algo no tan fantasioso porque es un fenómeno que ya existe, desde grupos religiosos que viven sin tecnología moderna a gente que prefiere vivir adoptando un estilo de vida anclado en el pasado.
Respecto a los migrantes temporales, hay que reconocer que los que realmente importan son los medievales, y los otros están para dar un poco de color. Los habitantes del Mesolítico andan por la calle empanaos perdidos, y es fácil reconocerlos tanto por los tatuajes que llevan como porque suelen vestir con un chándal gris que les ha proporcionado el Estado. No se les ve demasiado despiertos en general, están que lo flipan con lo que ven y sólo algunos se han adaptado bien al mundo moderno, y en algunos casos parece que siguen teniendo problemas para hablar noruego moderno. Para hacer un poco la coña, parece que algunos practican el nudismo, lo que no es muy coherente ya que cada uno aparece en su área geográfica original, así que dudo mucho que los habitantes de los fiordos de Noruega hace 10000 años anduviesen mucho con todo al aire más de dos semanas en verano cuando hacía poco que se habían retirado los grandes hielos, y por otra parte incluso dudo mucho que racialmente correspondiesen con los actuales nórdicos, y quizá deberían tener todos pinta de suomi o samoyedos. Y ya puestos a decirlo todo, los vikingos y noruegos del XIX ni de coña tendrían la misma estatura media que los noruegos modernos, lo siento si a alguien se le rompe el mito. Los que provienen del siglo XIX obviamente lo tienen un poco más fácil, algunos mantienen ciertas costumbres como ir en carro y se les distingue fácilmente por la ropa, y además llaman Cristianía a Oslo, nombre de la capital noruega hasta 1924. Hay que tener en cuenta que durante el siglo XIX, después de haber estado bajo control danés durante siglos, y tras las guerras napoleónicas, Noruega pasó a estar controlada por Suecia, y la sublevación de 1814 no triunfó, por lo que básicamente esos ciudadanos noruegos estarán flipando por no ser súbditos de la corona sueca y además ser un país independiente desde 1905 y tener por reyes a los descendientes de un príncipe danés. Los nórdicos antiguos, a los que por comodidad llamaremos vikingos aunque vikingos sólo eran los que salían a hacer de las suyas en drakkars, sin embargo, sí entenderán que el país en el que viven es la continuación de su propia patria ancestral, la Noruega del siglo XI, aunque no reconociesen sus actuales fronteras. Lo curioso es que a principios del siglo XI, que es de donde procede esta gente, Noruega está en una especie de guerra civil o levantamiento armado contra Olaf II, promotor de la cristianización del reino, pues se formó una coalición de caudillos que se opuso a la nueva religión, entre los que se encuentra Thore Hund, que es uno de los que ha regresado en el tiempo aunque haya perdido la memoria, y entre otras cosas de que él fue uno de los que mátó al rey en una conocida batalla, antes de que Olaf II se convirtiese en Olaf el Santo, uno de los santos más importantes de los países escandinavos y también reverenciado por ejemplo en la iglesia ortodoxa.
La serie, obviamente, hace algunas "trampas" para que todo no se convierta en un tostón de cuidado. Han pasado cinco años, pero los mesolíticos se entienden bastante bien aunque siguen con cara de estar flipándolo muy fuerte, y los hablantes de nórdico antiguo han aprendido a la perfección el noruego moderno. Más discutible es que una mujer del siglo XI, casi con toda seguridad analfabeta, haya podido aprobar en la academia de policía en tan poco tiempo, aunque siempre podemos imaginarnos que quizá tenga una inteligencia excepcional o, como también se nos insinúa, algo haya habido de ayuda para mejorar el asunto de relaciones públicas, y también puede que influyese otra cosa que no diré porque forma parte de uno de los pocos misterios desvelados en la serie. Del mismo modo igual de extraño es que se diga en una ocasión que los carteles deberían estar escrito además de en noruego en "mesolítico y en nórdico", y en efecto a veces veremos carteles escritos con runas. Obviamente no existió una lengua mesolítica única, y por supuesto no existía la escritura todavía, del mismo modo que entre los nórdicos sería bien raro que hubiese mucha gente que supiera leer runas. Respecto a las "doncellas del escudo", históricamente no se sostiene que hubiese mujeres entre los guerreros vikingos, por lo menos de forma significativa: obviamente casos aislados pudo haber, pero si hubiese sido el caso de que un porcentaje importante de los que andaban por Europa arrasando con todo hubiesen sido mujeres la gente a la que atacaban se habría dado cuenta, estaría registrado y por supuesto sus enemigos habrían puesto el grito en el cielo por ello y lo habrían considerado un signo más de barbarie y de que eran siervos del Anticristo. Se puede considerar una licencia histórica, o pensar que, ya que se trataba en este caso de una guerra civil con no poco componente mesiánico, milenarista y fanático, que sí que hubiesen participado como guerreras bastantes mujeres, algo que sí ocurrió por ejemplo tiempo después en algunas otras guerras de religión en Europa.
Así pues tenemos lo siguiente: gente del Mesolítico flipando por colores, decimonónicos que miran por encima del hombro a sus degenerados descendientes que creen en el matrimonio gay y el Estado aconfesional, y noruegos medievales todavía aferrados a sus costumbres ancestrales cuando la Era Vikinga está tocando ya a su fin e inmersos en una guerra de religión, y gente del siglo XXI totalmente desubicada con todo eso. El asunto religioso se toca, pero no tanto como debieran, porque el contraste sería brutal. Los mesolíticos creerán en... a saber en qué coño creeerán, los nórdicos unos serán practicantes de la religión de Odín y otros del cristianismo del siglo XI, por lo que técnicamente se podría decir que son católicos, y los del XIX pertenecen a una sociedad puritana estrictamente protestante que tenía prohibido el proselitismo de cualquier otra fe, y que se va a enterar que en 2012 el rey de Noruega renunció a ser la cabeza de la Iglesia de Noruega, la iglesia nacional luterana. Y todo eso en un país actual, Noruega, que como el resto de los países escandinavos es profundamente irreligioso o ateo. Estas cosas no se exploran demasiado, desde luego, y tendrían mucha miga. Sí se ve en algún momento, y tiene su gracia, cómo los vikingos no pueden ver ni en pintura a los modernos asatru.
Otro aspecto interesantísimo es el lingüístico, y seguro que ver la serie en la lengua original entendiéndola debe tener un nivel muy divertido si es que realmente está bien conseguido. Algo que, si se ve doblada o subtitulada, obviamente no podremos apreciar. Las lenguas que hablan los mesolíticos no aparecen, me imagino que los lingüistas se lo estarían pasando teta con ellos, pero lo que importa es que los vikingos hablan nórdico antiguo y nadie los entiende, como era de esperar. De hecho los cinco primeros minutos del primer capítulo, cuando empieza la llegada de los antiguos, reflejan esta confusión, y el policía protagonista, al oírlos hablar, lo primero que hace es llamar a otro policía que habla islandés, porque seguramente a un noruego moderno lo primero que le recordaría el nórdico antiguo es eso, al islandés, ya que esa lengua, sin ser inteligible de forma hablada con el nórdico antiguo, sí conserva muchos más rasgos de esa lengua germánica primitiva. En muchas ocasiones, cuando los nórdicos hablen entre ellos, lo harán en esa lengua, que es bien conocida por los lingüistas, de modo que supongo que no les habrá costado demasiado encontrar a alguien que les traduzca esa parte del guión del noruego moderno al nórdico antiguo. En la serie alguna gente del mundo modernos se ha molestado en aprender nórdico antiguo, como los funcionarios que reciben a los recién llegados, pero en general cuando los vikingos hablan entre ellos nadie entiende ni papa. A los actores se les nota bastante que están recitando de memoria lo que habrán aprendido fonéticamente, y que no saben ni lo que están diciendo. Sí, como los klingon, exactamente igual.
Más curioso sería, si se entiendiese, oír hablar a los noruegos del siglo XIX, ya que en noruego actual, no digamos el del siglo XIX, era un lío de mucho cuidado. Según he leído por ahí los noruegos del XIX, que salen bastante poco, la verdad, hablan en noruego riksmål, fuertemente influido por el danés, y también conocido como danonoruego. Siendo hablante de español es difícil hacer una analogía, pero sería como oír hablar en español a una persona extremadamente culta y tirando a pedante del siglo XIX, que se expresa con cultismos extraños, o a un afrancesado gomoso que cada dos por tres suelta alguna palabreja en francés, lo que viene a ser a día de hoy el tuitero medio, que si no dice en cada frase algo en inglés le da un ictus. Dinamarca fue durante mucho tiempo el reino más poderoso de los tres escandinavos, era el que estaba en contacto directo con el resto de Europa y la codificación del danés como lengua escrita de cultura fue el modelo para el sueco y el noruego, y si a esto añadimos que Noruega fue protectorado danés durante varios siglos entendemos por qué existía el riksmål y su posterior simplificación, el bokmål. Será el nacionalismo noruego el que promoverá una nueva forma de noruego más cercano a los dialectos rurales y expurgue al noruego de la influencia danesa, un proceso parecido al del griego cuando renovó su estándar para alejarlo de la lengua escrita arcaizante que se utilizaba habitualmente en periódicos y literatura hasta el siglo XIX, o la reforma ortográfica y reivindicación del turco sin influencia persa posterior a la caída del sultanato. De todos modos este nuevo noruego, o nynorsk, no terminó de cuajar ni de ser mayoritario, y actualmente cada municipio elige con cuál de los dos estándares se queda, o con los dos, de modo que el bokmål sigue siendo mayoritario, así que cada noruego básicamente habla su propio dialecto, en el que las palabras suelen tener uno u otro género, mientras que cuando escriben utilizan una forma estándar literaria en la que muchas de esas palabras sin embargo son de género neutro. Si comparáis todo esto que pasa en Noruega, la desastrosa, caótica y estéril reforma de la lengua alemana de las última décadas, y al bruto de Noah Webster que si lo hubiesen dejado hubiese convertido al inglés americano en una lengua totalmente incompatible con su variante europea, con lo que ocurre con español, recordad que si creéis que tener una Real Academia como la nuestra que fijó hace ochenta años entre veinte países una ortografía que ha pervivido sin apenas cambios... no tenerla es mucho peor. El caso del noruego es bastante interesante si, como es mi caso, se es gallego y se ha estudiado todo el caos de normas en competencia y el asunto de si es o no una y la misma lengua que el portugués, pues como es bien sabido los mismos habitantes de esas tres naciones nórdicas son conscientes del continuo dialectal entre las tres lenguas vecinas y hermanas, de modo que un noruego se entiende mejor con un sueco que vive a cien kilómetros que con otro noruego que vive a quinientos, y al comparar las frases de las dos variedades de noruego eso se parece mucho menos entre sí ortográfica y gramaticalmente que cualquier frase entre gallego y portugués. Como ya explicamos en su momento, una cosa es lo que dice la filología, y otra muy distinta lo que decide que es verdad la voluntad política.
La verdad es que la premisa da para mucho, sobre todo si queremos imaginarnos cómo serían las versiones de otros países, ya que como se ha comentado el fenómeno es global. Lo de la gente del Mesolítico, nuevamente... pues ni frío ni calor. Aunque ya en aquellos tiempos hubo de haber una considerable variedad cultural, en cuanto a desarrollo material, tampoco habría mucha sorpresa, así que más o menos todos tendrían problemas parecidos en cuanto a integrarse en la sociedad moderna, mientras que los antropólogos y lingüistas estarían poco menos que en el séptimo cielo al tener datos de primera mano sobre cosas que en la actualidad sabemos como mucho por cuatro huesos o por aventuradas reconstrucciones lingüísticas. Lo del siglo XIX y la época medieval... eso sería muy distinto.
No sé exactamente de qué época del siglo XIX estamos hablando, porque la serie no lo deja muy claro y en efecto no debe ser una época muy interesante para los noruegos modernos ya que eran un poco el pariente incómodo de los suecos, pero a nivel global estaríamos tratando con potenciales problemas muy duros. Para empezar, estaríamos hablando de una época en la que no se ha abolido por completo la esclavitud, así que nos enfrentaríamos a refugiados temporales por todo el mundo que serían o bien esclavos o poseedores de esclavos. Esto en la serie noruega no se trata: los nórdicos de aquella época practicaban la esclavitud y la servidumbre, pero en la serie parecen en general asquerosamente civilizados, aunque les guste reunirse por la noche a ponerse tibios de hidromiel, y, para mi disgusto, a escuchar música que no es dark metal, aunque a algunos de los paganos sí se les ve incómodos al saber que Noruega terminó siendo una reino totalmente cristianizado y ponen cara de liarse a quemar iglesias en cualquier momento, algo que en efecto pasó en ese país durante los años 90. Imaginémonos por un instante todos los problemas que esas antiguas costumbres y la esclavitud provocarían, y el impacto que tendría en países como Estados Unidos o Cuba. Del mismo modo se nos ha dicho que según la ONU cada país moderno está obligado a reconocer como naturales de cada nación a los refugiados temporales. ¿Tendrán derecho al voto? Porque eso abre algunos desequilibros electorales y la activación de alas reaccionarias en los partidos más tradicionalistas, mientas que los socialistas y revolucionarios probablemente llamarían blandos y pichaflojas a los actuales partidos de izquierdas. A nivel mundial, probablemente, todos los judíos del siglo XIX y XI emigrarían en masa a Israel, que tendría que acogerlos por su misma definición como Estado, lo que nuevamente generaría una situación de desequilibrio enorme.
Y... en el caso de España... tendríamos uno de los siglos más divertidos. Como no sé exactamente de qué parte del siglo XIX son, ahí la serie es algo ambigua o a mí me lo parece, podríamos tener desde las Guerras Napoleónicas y la Guerra de Independencia, a nuestras tres célebres Carlistadas, la misma pérdida de las colonias y otros procesos varios de mucha risa con los que de repente se reabrirían muchas heridas, ríete tú de una y mil memorias históricas. No sé, imaginémos a partidarios de Cánovas y Sagasta zurrándose de lo lindo en la Puerta del Sol, o mejor incluso, que en el caso de volver ellos en persona fichasen por algún partido actual. O, ya puestos a fantasear, imaginémonos a una rediviva Isabel II haciéndose amiga de Alaska y Mario Vaquerizo y yendo a las discotecas de Ibiza con su descendiente Felipe Juan Froilán. Esta serie en España, ni que decir tiene, merecería una comedia.
Más definida está la época medieval, ya que la serie noruega nos pone enfrentándose a un rey y un caudillo rebelde bien conocidos, y nos situamos claramente en el primer tercio del siglo XI, en plena Era Vikinga... y en lo más duro de la Reconquista. No tendríamos al Cid, ya que su nacimiento sería una década posterior como mínimo, pero estaríamos hablando de que aparecería en España por una parte una población musulmana que de repente tendría que entender que no sólo no existe el Califato de Córdoba, ya que provendrían de la época justo en la que este se derrumba con la Fitna de al-Ándalus, sino que la actual Bagdad está en un país en ruinas y que una de las interpretaciones más potentes del Islam actual sería el salafismo, que les resultaría bastante difícil de comprender, y por supuesto se encontrarían de repente siendo ciudadanos de un estado aconfesional que es heredero del que surgió en 1492 tras la derrota total de su religión en la Península. Por otro lado tendríamos a "españoles" que aparecerían en un moderno estado unificado con el que les resultaría bastante difícil de conectar emocionalmente ni siquiera echándole mucha imaginación y tomándolo como el heredero de la Hispania Visigoda, y con gente que hablaría desde mozárabe hasta versiones medievales del galaico-portugués, del castellano, del aragonés y del catalán, totalmente incomprensibles para un hablante actual, pues incluso fonéticamente serían bastante extrañas. Nuevamente, sería el paraíso de historiadores y filólogos.
Por supuesto, en el resto del mundo habría quilombos tanto o más graves. En Turquía aparecerían los turcos seleyúcidas medievales que se encontrarían con los otomanos del XIX, y a su vez dentro de una república moderna y que hasta hace poco presumía de laica, y que escribe el turco con alfabeto latino: entre unos y otros se llamarían de todo menos guapos. ¿Qué consecuencias tendría todo aquello? Los italianos del pasado se encontrarían de repente con un Estado unificado, y los ciudadanos centroeropeos provenientes del siglo XI y XIX sencillamente no sabrían a qué país pertenecen ni a cuál querrían emigrar. ¿Cómo tratarían a los nuevos habitantes que hablan alemán en Polonia? En Japón aparecería gente del Período Heinan conviviendo con el final del Shogunato Tokugawa o quién sabe si con principio de la Era Meijí. Hostias seguro que habría, o por lo menos creo que no terminarían de entender el concepto de kawaii.
La serie trata, en principio, de un asesinato que van a investigar dos policías, uno actual y otra que proviene de la época vikinga y parece que se ha adaptado más que bien aunque mantiene en secreto que fue una guerrera. Se nos dice que la gente con pasado guerrero está excluida de ciertos puestos, como el de policía, lo que me parece, sencillamente, discriminación, pero ellos sabrán. A pesar de esa buena adaptación, no deja de ser hija de su época, claro, así que tiene una visión del mundo incluso demasiado liberal para los muy altos grados de liberalidad de los noruegos modernos, de ahí que no entienda que la hija de su compañero a los dieciséis años no sea otra cosa que una mujer adulta y que lo que quiera es divertirse y follar, como si tuviese claro que en su época había que empezar pronto porque si no te morías de alguien o alguien te mataba. La actriz principal es por si fuera poco finlandesa, así que tampoco sé si cuando habla noruego moderno tiene un acento muy particular. El argumento sigue esa investigación policial, que se va complicando a medida que se ve que todo está conectado con esos incomprensibles viajeros temporales que nadie sabe explicar... aunque parece que hay algunos personajes que saben más sobre el tema de lo que parece, y que puede que haya una conspiración oculta, y que sí es posible el camino inverso, viajar al pasado.
En resumen, una serie entretenida con una premisa que da para mucho, y que ya veremos cómo aprovechan en temporadas sucesivas, si es que las terminan haciendo.
El capitalismo es maravilloso. Bueno, o por lo menos lo es a ratos y para alguna gente, ya profundizaremos en ello si tengo tiempo y ganas de comentar el libro sobre la Escuela de Frankfurt que he acabado recientemente. En particular nos da a veces grandes alegrías la economía de mercado, porque está pendiente de darnos lo que queremos siempre que tengamos dinero para pagarlo. De ahí que, creo que incluso lo he contado en alguna ocasión, hace años en una de mis visitas a la FNAC me encontré con una mesa entera, enterita, llena de libros de zombis, pocos años después de que se pusiesen de moda otra vez cuando ya nadie esperaba que el subgénero levantase cabeza. A partir de entonces se han escrito incontables novelas sobre ellos, y ha habido series y películas de gran éxito. Del mismo modo cuando se hizo una película de Hipatia aparecieron como de la nada dos o tres novelas sobre ella, y en cuanto triunfó una historia sobre seres anormales, digo paranormales teniendo romances insulsos faltó tiempo para que, como en un terremoto, se produjesen cientos de réplicas y clones de combate. El público lo quiere, el público lo tiene. Unos compran, otros venden, y la teoría dice que todos salimos ganando. Desde hace unos años, no os descubro nada nuevo, está bastante en boga el subgénero de la distopía, con distintas variantes: la distopía adolescente, en el que un grupo de jóvenes vencen al aparato represor del Estado, o también distintas copias de la distopía de género de Margaret Attwood, que ya tiene treinta años, y aunque no es la única que existe en los últimos años ha tenido multitud de copias al volver a ponerse de moda. La distopía corre en paralelo con la Utopía, ya desde los tiempos de Tomás Moro cuando ideó una isla mágica en el que todo funcionaba perfectamente, los gobernantes eran justos y sabios y nadie pasaba necesidad o sufrimientos que no se pudiesen evitar por medio de la correcta organización de la sociedad. La distopía (lugar penoso, como dispepsia es digestión pesada o incómoda), es por definición para Moro el mundo real que le tocó vivir, y en el que por cierto acabó perdiendo la cabeza. Literariamente, es el género literario, que se suele asociar a la ciencia ficción, en el que se describen sociedades opresivas e inequitativas, o en las que el grueso de la sociedad suele está sometida a una élite que la explota o controla férreamente. Ni que decir tiene que el objetivo de la distopía es satírico o de advertencia en el sentido de que, si seguimos por el actual camino, acabaremos muy malamente, no necesariamente como se nos cuenta en la novela pero sí mal. Las dos distopías más famosas, y que han sido copiadas hasta el hartazgo, son sin duda 1984 y Un mundo feliz, seguidas no muy de lejos de Nosotros de Zamiatin y de Farenheit 451 de Bradbury, sin olvidar a otros títulos como El talón de hierro u otras sociedades de pesadilla que han creado otros muchos autores. Películas de este estilo también las hay a montones, y distopías podrían considerarse también a Rollerball o Naves misteriosas, comentadas en este su mismo blog familiar y amigo. Para que una distopía sea realmente aterradora, por supuesto, tiene que huir de aquello en lo que caen sistemáticamente muchas de sus copias menos afortunadas, y es negar toda esperanza. Nosotros acaba de forma un tanto irónica y humorística con la consolidación de esa misma sociedad, en Un mundo feliz el Salvaje sólo es la conciencia a través de la que vemos un mundo extraño que no ha cambiado ni una pizca después de que él desaparezca y 1984 acaba con una de las frases finales más lapidarias de la historia de la literatura, cuando Winston Smith comprende por fin que ama al Gran Hermano y acepta que el futuro es un eterno pisoteo de una bota en un rostro humano. En Farenheit 451 en todo caso, con el final abierto, podemos pensar o soñar que las personas-libro terminarán por reconstruir la sociedad, pero es algo que tampoco queda nada claro. Por supuesto puedes crear una narración en la que esa sociedad distópica se hunda a partir de las acciones, intencionadas o fortuitas, de unos héroes o antihéroes al uso, pero entonces estamos ya ante una historia en la que de alguna manera el bien vence al mal, la luz a la oscuridad, o sencillamente no hay mal que mil años dure y tarde o temprano el despliegue de la historia y del espíritu humano hará que ese espíritu prevalezca. El vivo, de Anna Starobinets, por desgracia, aunque con algunas cosas buenas, tiene mucho más de novela de consumo que sigue una moda y puede ocupar su sitio en una mesa de la FNAC entre otros muchos títulos parecidos y bastante poco de distopía realmente aterradora con un mensaje claro sobre nuestro presente. Nuevo, lo que se dice nuevo... no vamos a encontrar casi nada en este título. Es una sociedad como hemos visto varias en otros títulos, como La fuga de Logan, se mantiene una población estable por medio de la supresión de los individuos a partir de una cierta edad, en nuestro caso a los sesenta años, a partir de los cuales todo el mundo tiene la obligación de "entrar en pausa", y según cuenta el credo en el que todos creen, se reencarnarán inmediatamente en otro individuo que conforman El Vivo, el conjunto de los tres mil millones de seres humanos que quedaron después de un cataclismo del pasado, según parece de carácter biológico. A continuación de esto se creó El Vivo y el Socio, una especie de Facebook omnipresente instalado en la mente de todos sus miembros, de modo que existe lo que se llama la primera capa, lo que vendría a ser el mundo físico, y luego una segunda y posteriores capas de mundo virtual cada vez más profundas, aunque eso, sinceramente, nunca lo llegué a entender. Porque se entiende entre poco y mal. De hecho en algunas críticas que se deshacen en elogios de este título, y que repiten sin más la publicidad de la editorial, nos dicen que por ejemplo los personajes hablan con palabras inventadas propias de ese Socio, como hacemos ahora con LOL y demás. Se espera uno poco menos que exista un nadsat como en La naranja mecánica, pero lo que te encuentras es CUATRO palabras únicamente, lo que creo que no da para comentarlo demasiado, la verdad. Y es que a mi juicio esta novela tiene dos problemas fundamentales. El primero es que no aprende la lección fundamental de la novela de Huxley, que sí, es una distopía, pero lo es a ojos de El Salvaje, y quizá para los nuestros, pero internamente para ellos no lo es en absoluto ni nadie parece sufrir por ello con sus pastillas de soma, su porno sensorial, relaciones sexuales continuamente y una completa armonía entre las distintas castas, de modo que tan feliz y necesario se siente un delta como un alfa. Precisamente el final, que tampoco te coge por sorpresa, es la aceptación de El Salvaje de que está de más en ese mundo, y nunca podrá comprenderlo. Si a alguna distopía genuina le intentas meter cualquier forma de épica, lo que conseguirás es tener una distopía muy coja, o una épica que aparece a destiempo cuando la obra parecía que iba de otra cosa. El segundo problema es la forma en la que está narrado el libro, de forma fragmentada e intentando en ocasiones reproducir cómo son las relaciones sociales y la comunicación de los personajes a través del Socio. Es decir: se intenta una técnica literaria no lineal y con múltiples fuentes que nos informan de lo que está ocurriendo, y el resultado no es óptimo ni mucho menos, no por la técnica propiamente dicha sino porque la ejecución no consigue lo que pretende. No sólo a veces los supuestos mensajes de Aceptar o Cerrar se terminan convirtiendo en algo muy tedioso, sino que además a medida que uno avanza en la trama, que también descubres que es bastante endeble, eres más consciente de lo que te estás perdiendo, pues esos recursos narrativos son bastante incompatibles con mostrarte cómo es realmente ese mundo, y tienes la sensación de que te estás perdiendo lo mejor. Como además estamos en una novela hodierna en la que desde luego no vamos a deleitarnos con vigorosas divagaciones poéticas ni con una prosa de frases primorosamente construidas, ni siquiera se nos da a cambio la suficiente información para que cada uno se monte en su cabeza su correspondiente película, y los diálogos de los personajes, algunos de ellos a veces un poco de besugos, no sostienen todo el andamiaje. Vamos descubriendo, eso sí, cómo se organiza esa sociedad, pero tampoco es algo realmente malvado ni particularmente desagradable, porque incluso la élite que gobierna ese mundo parece creer las mismas idioteces que todos los demás. Es un sistema cruel, sin duda, pero es una sociedad que da más pena que verdadero miedo o que produzca desasosiego. Lo que terminan sospechando algunos de los personajes, que eso de la clave que se repite a través de las encarnaciones de modo que hay alguna esencia que sobrevive a la pausa, es una chorrada, lo sabemos todos desde la primera página, así pues que tu futura encarnación herede lo más probable tu ocupación profesional o tu estatus es algo tan injusto como aleatorio, y por lo tanto cae más dentro del absurdo que de lo aterrador. Dicho de otra manera, en esa sociedad distópica no hay nadie al volante, y como tampoco se nos explica cómo surgió realmente el Vivo, cuyo origen es más mítico que otra cosa, tampoco vemos que nadie se aproveche sistemáticamente de ese mundo injusto. Eso sí: a los que tiene bien jodidos es a los disidentes o personas con un grado de violencia que los obliga a permanecer en reformatorios una encarnación tras otra, supuestamente para curarlos. En uno de estos reformatorios está Cero, un ser que nació sin clave, y por lo tanto es una excrecencia del sistema, ya que se podría considerar un ser originario. Su madre, que tuvo que separarse de él a los siete años como le ocurre a todo el mundo, lo concibió en una especie de orgías multitudinarias y obligatorias en la primera capa, obligatorias para que se produzca descendencia porque lo que la gente hace habitualmente es practicar cibersexo fantasioso y extravagante en luxuria por medio del Socio. Algo que tampoco queda demasiado claro es el nivel tecnológico del mundo, en informática e integración entre el cerebro y la máquina desde luego están muy avanzados, pero a veces se insinúa que hay otros campos en los que no han alcanzado al mundo anterior a la Gran Reducción. Llama la atención que los métodos anticonceptivos por tanto estén prohibidos, y que no existan formas alternativas de reproducción asistida, porque la gente parece poco contenta ante lo de esas orgías, y las mujeres menos. La autora tampoco explora demasiado esto. La cuestión es que el niño sin clave termina en uno de esos reformatorios, en los que conoce a Cracker, la reencarnación del ingeniero original del Socio, y también contempla en su celda a El Hijo del Carnicero, una figura legendaria de la que se siguen haciendo series de televisión que te proyectan en el cerebro, y que viene a ser una especie de Freddy Krueger. Casi dos terceras partes de la novela serán las descripciones de varios personajes relacionados con Cero y el propio Cero, que años después se termina por escapar gracias a la ayuda de Cracker, que lleva años encerrado en una especie de meditación profunda para hacerse uno con la red o algo así, ya que se considera el mejor hacker que ha existido. Es todo bastante confuso. Si a esto añadimos que los personajes andan por ahí deambulando un poco de forma aleatoria y cuando te has acostumbrado un poco a ellos desaparecen o mueren, tampoco es que les termines de coger demasiado cariño ni empatices mucho con ellos, y un par de trucos un poco sucios como seguir definiendo a una persona con un nombre cuando otra la ha suplantado tampoco me hicieron demasiado feliz. Ya cuando la novela emprende su recta final, como ya he dicho, desaparecen muchos de los personajes a los que medio nos habíamos acostumbrado y en algo que prácticamente es un deus ex machina de manual a Cero no sólo no lo ejecutan o vuelven a encerrar sino que los Ocho, los gobernantes bastante incapaces de ese mundo, lo eligen para ser uno de ellos. Sin demasiadas explicaciones. A partir de ahí se vuelve drogadicto, lo manipula uno de esos gobernantes y todo termina de forma bastante abierta por si fuera poco. Hay también una explicación prácticamente mística que podría dar algo de sentido, pero se queda en nada porque por lo visto nadie sabe realmente lo que es el Vivo y el Sistema, ni siquiera los que lo vieron nacer. Al final, si no sabes o no quieres explicar algo que has dado a entender que ibas a explicar, siempre puedes decir que es un misterio. Quizá lo peor es que juega a dos barajas continuamente, y no se sabe si te está engañando o no. En principio parece que eso, el sistema de reencarnaciones es eso, una paparrucha, la gente acepta que no se acuerda de sus vidas anteriores como de hecho los auténticos sistemas de creencias que tienen en consideración la reencarnación ya hacen, pero por otro lado, ¿por qué Cracker puede hacer lo que hace e, incluso, hacerse uno en la red para seguir desde allí luchando contra el mundo que supuestamente ayudó a crear en otra vida? Otra de las cosas que apenas si se ve es que hay pobres o trabajadores de muy baja cualificación a los que se llama sencillamente robots, hasta que luego te das cuenta de que en realidad son personas, lo que también te da mucha alegría, y que éstos tienen mujeres videntes que se supone ven tus encarnaciones pasadas y futuras, y también se habla continuamente de un experimento con el que se pueden ver, aunque precisamente lo que parece es que se ve eso, que no hay nada, y por eso se tapó rápidamente. Todo muy confuso y contradictorio. También muy al final, por un par de apuntes, parece ser que todo ese mundo que te has imaginado es infinitamente más cutre de lo que pensabas, pero difícilmente te lo podías imaginar así si no tenías datos: casi todo el mundo está obeso porque se quedan mirando idiotizados las capas sin moverse, y viven rodeados de basura que no ven porque sencillamente la tiran a su lado sin darle importancia, y aunque han pasado cientos de años desde la caída del mundo antiguo todavía hay zonas abandonadas de las antiguas ciudades, y no se sabe por qué los animales, como los perros, son temerosos del ser humano integrado en el Vivo, aunque no de Cero. Obviamente hay un par de pinceladas sobre cómo funcionaría la economía de ese mundo y de dónde sale la comida, pero desde luego tampoco se para mucho en eso, y si no lo va a explicar de forma satisfactoria mejor que ni se haga. Lo dicho: todo muy confuso, sobre todo al final, bastantes buenas ideas pero quizá por algunas decisiones estilísticas y argumentales todo queda embrollado, y si la autora no sabe a qué carta quedarse, tú como lector todavía menos, está claro. Sobre todo cuando aunque también se ha intentando jugar la baza de El Elegido, al final todo tiene como transfondo la enésima resolución de porno para geeks en la que un tipo con su propia fuerza de pensamiento desde su Palacio Mental ha planeado su venganza desde hace generaciones. Al final es un relato épico solapado, con anticlímax incluido, en el que se derriba una sociedad más triste y lamentable que distópica.
En la tercera entrega de la serie Stranger Things, de cuya primer temporada ya hablamos, y que vuelve a contarnos lo mismo por tercera vez sin que haya visos de que nos vayamos a quejar por ello, aparece en un cine, de estreno en 1985, la película Regreso al futuro, en la que se viaja precisamente a unos idealizados años 50 que son los que vivieron de adolescentes los padres del protagonista, la misma época de Grease, de la serie Happy Days (1974-1984). esa serie que de la que en España no entendemos ninguna referencia porque no se llegó a emitir, y otras referencia culturales de la década por antonomasia de la Edad de Oro de Iuesei que se ven en las dos primeras entregas de la trilogía, ya que como sabemos la tercera se desarrolla en el Salvaje Oeste. Si vemos la película en la versión de Amazon además podemos consultar en todo momento qué clásicos de la música de la época están sonando, y hay otras muchas referencias que Zemeckis y Bob Gale introdujeron, ya que fue una época que ellos mismos conocieron de niños. Como se explica en algunos documentales sobre cómo se hicieron esas películas y el mundo que se ve en ellas, se reflejan cambios sociales cómo que en los 50 al llegar un coche a la gasolinera casi media docena de empleados aparece para hacerse cargo de las necesidades de conductor y vehículo, substituidos treinta años después por una típica estación de autoservicio, y como veremos luego en el futuro de la película en 2015 por un sistema completamente robotizado, ahora que tanto se habla de que las IAs y la automatización van a permitirnos tener mucho más tiempo libre entre otras cosas para ver series. Algunas predicciones del futuro, sin embargo, se ven un poco disparatadas en esas películas: el fax ya es una reliquia en las oficinas donde se nos recomienda que no imprimamos a no ser que sea completamente necesario, y Japón no se ha comido el mundo como se nos auguraba en la cultura de masas a mitad camino de la fascinación y el masoquismo autorevanchista, como en Sol naciente y Black Rain, sino que el gran gigante asiático es China, en los 80 todavía un país oscuro con graves problemas de desarrollo y oficialmente un país comunista en todos los aspectos, y desde luego no ha llegado la moda de la corbata doble. Y por supuesto, la gran estafa del futuro: todavía no tenemos coches que se conduzcan solos, y de que vuelen mejor ya ni hablamos.
Reconozcámoslo: es mucho más fácil predecir el pasado que predecir el futuro. Mientras que Zemeckis y Gale conocieron algo los años 50 los creadores de Stranger Things nacieron a mediados de los 80, así que como mucho tendrán también un recuerdo muy infantil de ellos. De todos modos, la diferencia es obvia: la industria de la nostalgia, aunque ya existiera, no era la muy consciente máquina de hacer dinero de hoy día, ni se ha convertido en todo un subgénero de recreación. Otros paralelismos se pueden trazar igualmente: mientras que presuponemos que Pepsi debió pagar para aparecer en pasado, presente y futuro en la trilogía de Regreso al Futuro, y salen también marcas de zapatillas deportivas Nike o modelos de coche, Stranger Things está plagada de referencias a todo tipo de marcas como Burguer King o Winston, o incluso a algunas que lo fueron todo y a las que ha barrido la historia, como Kodak, y todo está pensado ya para que aparezcan cientos de artículos que te expliquen todas esas referencias por si te las has perdido o no las conocías. Hace treinta años el academicismo o enciclopedismo friki no estaba tan extendido. Que ahora tengamos un revival de la New Coke o que los envases adopten una temporada una forma retro tampoco es nada nuevo, desde luego, así que por ahí no nos vamos a escandalizar: en la guerra toda zanja es trinchera y Stranger Things de Netflix saca todo el dinero del product placement como se lleva haciendo hace décadas con figuritas regaladas con los japimils o promociones de todo tipo, y ahora también con polémicas incluidas ya que los adultos en pantalla fuman como carreteros en una época en la que sólo pocos años después empezaría la guerra contra el tabaco, así que se les ha acusado de promover su consumo. Aquí tendríamos un nuevo problema a debatir: si igual que en Mad Men se reflejaba la realidad, que prácticamente se tenía el piti en la boca por todas partes y hasta en los hospitales y un gran porcentaje de la población adulta fumaba, y no poco, ¿podemos o debemos hacer retrocontinuidad del pasado cercano y poner a todo el mundo como gente sana? Porque también vemos que se hinchan a helados, a azúcar y a comida basura, y eso tampoco es que sea muy bueno.
Uno de los grandes protagonistas de esta temporada, y es de lo que más me ha llamado la atención, no son los nuevos personajes, ni el más que sabido argumento, y a mí las referencias me hacen gracia hasta cierto punto pero el fanservice no alimenta el espíritu, sino que para mí lo más interesante es un espacio que da unidad a todos los episodios y en donde ocurre buena parte de la acción y por supuesto el final apoteósico. Y es... el centro comercial, el mall, el chopin cénter. Como siempre, uno tiene que admitir que en algunas cosas Jólibud sigue en forma, y además de la recreación de la época, algo relativamente sencillo pues fue hace cuatro días y hay documentación de sobras (no habría más que preguntarle a Winona Rider cómo fue aquello si se acuerda después de tanta fiesta), construye por completo y a todo lujo un centro comercial con sus tiendas y multicines, así que se nota que hay dinero a montones. Ignoro si es un decorado o si es un centro comercial tuneado. Lo primero tiene más lógica, pero si fuese el segundo caso seguro que no les habrán faltado centros comerciales recientemente cerrados que haber adaptado, ya que los que fueron otrora uno de los templos del consumismo y bandera de la prosperidad capitalista están en completa decadencia y cerrando por todo los Estados Unidos a un ritmo acelerado, tanto por la depauperación de las clases medias que no pueden permitirse un consumo hedonista como en décadas anteriores como por la competencia de las compras por internet.
El centro comercial suele salir en algunas escenas claves de muchas películas conocidas, es prácticamente omnipresente en las comedias adolescentes, donde la muchachada se reúne para gastar el dinero de sus padres, y es también el lugar que eligió Romero para encerrar a los protagonistas de Dawn of the Dead para protegerse de los zombis, precisamente con una intención satírica. Por supuesto, visto uno, vistos prácticamente todos. Del mismo modo que un Macy's apenas si se distingue por dentro de un El Corte Inglés, todos los centros comerciales de las películas o que hayamos podido visitar están cortados por el mismo patrón. El que hemos visto en Comando, donde se pronuncia la frase "Es un gigante, el muy hijoputa", el de La mujer explosiva en el que el futuro Iron Man gamberreaba con sus amigos, y el de tantas otras más, podrían ser perfectamente el mismo. Esta casi filosofía de vida se resume precisamente en la película Mallrats, referido a la gente que prácticamente gandulea todo el día por el centro comercial sin hacer nada de provecho, y que en la película de Kevin Smith de 1995 todavía refleja una forma de consumo y de entretenimiento que en poco tiempo va a entrar en crisis.
De 1997 es el ensayo El planeta americano, un libro bastante interesante en el que se ve la visión de un español y europeo sobre la civilización americana a medio camino, como por lo menos solía ser habitual en aquellos tiempos, entre la fascinación y la superioridad intelectual. En él se refleja muy bien cómo el mall es el auténtico centro de la vida social de los suburbios, empezando porque, como es bien sabido en algunas zonas, y por muchos condicionantes, en EEUU se promueve la concentración de los centros de servicios a la vez que se ha facilitado la dispersión de la población y debilitado el transporte público, y además consistía en un espacio cerrado lejos de la criminalidad del centro de las ciudades, un nolugar con seguridad privada en la que confluyen todas las realizaciones del Sueño Americano, la autorrealización personal a través de las compras de la que habla el protagonista de El club de la lucha, pues hasta en el 11S el mismo presidente aconsejó a la población que prácticamente como en un acto de afirmación nacional, que siguiesen con sus vidas y saliesen de compras, algo que sin duda habría hecho pensar a Andy Warhol que a su lado Durkheim era un aficionado, ya que una de las ideas centrales del pintamonas era que precisamente el espíritu de país no se expresaba de mejor manera que en ir de tiendas, en comprar cosas. En las grandes ciudades nos encontraremos restaurantes y zonas comerciales muy del estilo europeo porque es lo lógico con grandes densidades de población, pero lo que hemos visto en tantísimas películas reflejaba bastante bien la realidad: si vives en suburbios o urbanizaciones además de las ubicuas convenience stores hay grandes superficies comerciales, como las de alimentación que en España asociamos a Alcampo o Carrefour, y los centros comerciales con todo tipo de tiendas, cines y franquicias de comida. Este libro de Vicente Verdú, además, sirve de testimonio más de veinte años después, de cómo una nueva generación de españoles globalizados verían esas críticas, en el fondo amables, con cierta indignación o incomodidad: los niños de 1997 o los nacidos después ya no dudan de que es eso lo que quieren y no otra cosa, lo que han visto por la tele, mucho más hipersticionados que los que nacieron una o dos décadas antes. Pero hay un problema.
Porque, como en esto como en otras muchas cosas, llegamos tarde. Hay un ejemplo muy claro: igual que en las películas y series veíamos esos fastuosos centros comerciales todos los años, en los telediarios que siguen desde hace mucho tiempo el modelo del infotenimiento, nos mostraban cómo los patosos americanos descritos en El planeta americano hacían cola durante toda la noche para el Black Friday, y era de mucha risa ver cómo corrían para hacerse con las gangas y cómo se daban de codazos y llegaban incluso a pelearse por esas grandes ofertas. Lo del Black Friday lo hemos copiado en fecha muy reciente, por supuesto totalmente separado del hecho de que tenga relación con el Día de Acción de Gracias (todo llegará, no perdamos la paciencia), y por supuesto cuando en el país de origen ese Black Friday ya no es ni de lejos sombra de lo que fue ni de lo que supuso en un mundo en el que no podía conectarse uno en cualquier momento del día para comprar lo que le diese la gana, pues el Black Friday tradicional ha perdido en el tiempo de las compras online gran parte de su significado. Lo que se "celebra" bajo ese nombre en España es algo bastante distinto al original que ya se ha degradado completamente, y tiene bastante más que ver con unas rebajas clásicas en las que además se han hinchado previamente los precios para luego crear la ilusión de que hace una gran oferta imposible de rechazar. En los tiempos de Amazon, de la logística en la que te llega una memoria usb desde el otro extremo del mundo y de los precios tirados por los suelos todo el año lo del Black Friday que dura toda una semana es de puro chiste. Pero eh, ahora tenemos Black Friday, qué modernos somos, yupiiii. Es un caso puro de hiperstición: tenemos un Black Friday de pega cuando ya no tiene ningún sentido, celebramos Jálogüin absolutamente mal porque lo copiamos de su modelo televisivo, donde sólo se ve una visión cutre de esa festividad, y ya los mochachos y mochachas celebran una entrega de diplomas en las que visten una ridícula toga y un birrete porque si no se hace esa ceremonia nos sentiremos degradados en la cadena del Ser, estaríamos disminuidos en nuestra esencia humana. Si lo has visto en la telepantalla es cierto, necesario, digno de admiración y de repetición.
Área Central de Santiago DC. Un lugar curioso de ver y el espacio inigualable para una historia de zombis.
Del mismo modo, y como cool'o veo, cool'o quiero, llegaron los centros comerciales a la Vieja Europa, a los que por supuesto hubo que llamar shopping centers porque si no no tendrían chaaaarme. Pero las ciudades españolas no son como el medio oeste de los USA, las ciudades dan para lo que dan y la población se distribuye de forma muy distinta, así que se produjeron experiencias mixtas como el área habitacional con centro comercial de Área Central en Santiago de Compostela, que sigue siendo una cosa bastante rara y digna de ver y a mí siempre me ha vuelto loco, con casas que dan a una falsa acera interna llena de comercios, ideal precisamente si llega un Apocalipsis Zombi. En muchos casos precisamente el gancho de esos centros comerciales españoles es una gran superficie como Carrefour o Mercadona, algo bastante alejado del modelo clásico estadounidense. Cuando en España empezaron a crearse sin demasiada previsión los centros comerciales de corte clásico con su área de restauración, multicines y tiendas, ese modelo empezaba su rápido declive en el país de origen, de ahí que a las famosas fotos de centros comerciales abandonados en los USA podamos ya aportar las nuestras de algunos que nunca llegaron a funcionar a pleno rendimiento y fueron un sumidero de dinero, sin olvidar que aún encima coincidió su implantación con la crisis económica del 2008 y que desde entonces la renta disponible de las familias sigue estancada, y no está la gente para gastarse un porrón de dinero en una tarde. Sí que funcionan, relativamente bien, los centros comerciales de tamaño medio que reaprovechan espacios en el centro de las ciudades o que están cerca del núcleo de población: Príncipe Pío en Madrid está a un paso de la misma Plaza de España y, muy importante, tiene accesibilidad perfecta por metro y tren de cercanías, y Aqua en Valencia también es fácilmente accesible a pie o transporte público en una ciudad de tamaño medio, pero que una ciudad pequeña como Coruña llegase a tener tres macrocentros comerciales situados en el quinto pinto (para las distancias de una capital de provincia española) no tenía ningún sentido, e incluso en Madrid algunos que abrieron en la periferia según el modelo más clásico de construcción exenta y alejada de los núcleos de población se han visto abocados al fracaso rápidamente por razones obvias de accesibilidad y de costumbre: la idea de tener que coger el coche hasta para comprar el pan nos resulta odiosa, los mozos de dieciséis años no tienen carné de conducir para ir hasta hasta allí a encontrarse con sus amigos y pasar la tarde y esto no es Nebraska que cuando hace mucho calor o mucho frío quieres estar en un búnker enajenado de la realidad lejos de la criminalidad del centro y con seguridad privada, somos más de terracita y ver pasar la gente.
Stranger Things 3 nos muestra una versión idealizada de esa cultura de mall en su apogeo, cuando todavía quedan veinte años para que ese modelo empiece a entrar en declive, un lugar lleno de gente a la que se la ve feliz y exultante en su disfrute consumista, una fiesta continua del capitalismo en la Era Reagan. Es un sitio donde, literalmente, echar el día, hacer compras, comer, merendar, cenar, echarte una partida a los marcianitos y luego verte una película. Puedes ir en coche, que para eso existen los aparcamientos de extensión casi infinita, y si no hay autobuses gratuitos que te llevan a los centros de población, igual que cuando yo vivía en Badajoz El Corte Inglés hacía lo mismo con la ciudad vecina de Portugal, de modo que se podía ver el correspondiente bus con el cartel de "Suba-se a vá a El Corte Inglés". Particularmente chanante es la escena en la que Once (¿la siguen llamando por su nombre de rata de laboratorio?), que es un poco tabla rasa la pobre, experimenta su primer día de compras con su amiguita Max en la típica secuencia de comprarse cosas y probarse ropa al ritmo de Material Girl de Madonna, así como disfrutan de otras muchas atracciones de las infinitas que tiene ese lugar mágico que nos vendían desde las películas, el centro comercial; y digo que es chanante porque vemos cómo dos muchachas que se supone que tienen trece años hacen un montón de compras y se divierten en otros establecimientos... y yo no me explico cómo pagan, porque a lo tonto se están gastando una pasta. Por lo menos yo a esas edades por regla general suerte si tenía cien pesetas en el bolsillo, y cuando iba de compras era acompañado por mis padres, y si me dejaban ir solo obviamente iba con el dinero justo para lo que tenía que comprar. Del mismo modo, recordemos, todo adolescente useño de los suburbios no sólo tenía una habitación más grande que nuestra casa, sino que además en ella tenía televisor propio y teléfono. Obviamente no todo el mundo podía permitirse algo así, pero lo veías en la pantalla y lo flipabas.
Stranger Things 3 es, en muchos casos, un verdadero tour de force de nuestra suspensión de la incredulidad, y ya para empezar os digo que el menor de los problemas es el mostruo lovecraftiano que va haciendo el burro por ahí, eso ya lo damos por descontado y aquí sabemos a lo que hemos venido a jugar. Lo de esas dos mozuelas que tienen línea de crédito ilimitada o pagan con sus encantadoras sonrisas es un primer ejemplo, pero aparece algo más que también nos ha llamado siempre mucho la atención de ese idealizado Estados Unidos de las películas: cuando un menor de edad tiene que vivir una intensa aventura en la que está varios días desaparecido sólo ha tenido que decir "Voy a pasar la noche en la casa de Bobby", y asunto arreglado. Que conste que no me estoy quejando, pero sí que llama la atención cómo una panda de chicos que deberían estar en casa como muy tarde a las diez desaparecen del mapa sin que a sus padres les llame mucho la atención, o sencillamente nadie menciona que tengan padres, sólo aparece una mamá de los niños, que es Winona Ryder, y que sigue su propia aventura, sin importarle mucho que su hijo que desapareció hace dos temporadas quede desamparado, solo en casa o no sepa hacerse el sánguïch de mantequilla de cacahuete y mermelada. Es un tropo de lo más curioso que por repetición apenas si cuestionamos: desaparecen un montón de menores durante un tiempo más que considerable, pero a nadie parece importarle demasiado.
Lo que sí que ya pone a prueba esa suspensión de la incredulidad, y eso que sabemos que estamos ante una serie de aventuras con transfondo de horror y con fanservice en vena a la nostalgia ochentera, es... lo de los rusos. Ese centro comercial tan cuqui es en realidad la tapadera de una operación rusa, y digo bien rusa porque aunque a los soviéticos muy injustamente para acortar se les solía llamar así, rusos, aquí parece que no se confía demasiado en el conocimiento del público de la historia más reciente del mundo o no quieren meter de paso todo el problema político y de una Guerra Fría que en esos momentos estaba precisamente en plena Perestroika, así que los rusos tienen una base en plan Spectra en medio de Indiana, con túneles de película de ciencia ficción y cientos de soldados vestidos de rusos hablando ruso, para qué disimular. Pero bueno, son rusos porque son rusos y les ha tocado ser rusos, pero podrían ser perfectamente el ejército privado del Doctor Maligno o Hydra y no cambiaría nada el argumento, no hay ninguna lectura o implicación política genuina. Es la nostalgia de cuando "los rusos eran siempre los malos", pero sin ningún contenido, pura estética sin contenido. Y aquí es cuando uno tiene que citar de nuevo la Ley de Mazucchelli y el Principio de Morrison: no hagas una pregunta a la fantasía cuya respuesta provoque dos incómodas preguntas más que tengas que responder, y nadie ha hinchado los neumáticos del batimóbil, o mejor dicho y para que quede más claro, nadie ha construido la baticueva en la que se guarda el batimóvil. No intentemos razonarlo, porque es imposible: hay una base de rusos monstruosamente grande que ha salido de la nada y que se ha construido en.... ¿meses? porque patatas panaderas, y el gobierno y el servicio de contraespionaje de los Iuesei no se ha enterado porque la cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar. Nadie ha retirado cientos de toneladas de rocas y tierra, miles de personas no han construido esos túneles sin hacer preguntas y nadie en el pueblo de al lado se ha dado cuenta de que en vez de un centro comercial estaban construyendo contrarreloj trabajando día y noche una instalación subterránea en plan Raccoon City. Y mil cosas más: el plan de los rusos ni se entiende ni se sabe de qué va, el nivel de seguridad es ridículo y todo lo que queráis pensar, lo del código secreto en ruso radiado en abierto es de traca y todo lo demás, pero es que si nos paramos a pensarlo no tenemos tercera temporada en la que unos preadolescentes se tiran varios días desaparecidos mientras salvan otra vez el mundo de un monstruo de otra dimensión.
La reflexión final de esta serie, donde al final me parece más interesante su propia existencia y cómo la interpreta el público que lo que nos cuenta, que es más que conocido y sabido, es que como ejercicio de nostalgia del pasado es tan falso como cualquier ejercicio de nostalgia, pues no hay nostalgia buena ni mala, la nostalgia es sólo nostalgia y es un ejercicio cultural tan vacío o lleno de significado como queremos aportarle. Probablemente el usamericano actual de la edad que tendrían ahora los protagonistas de la serie y que conoció esa época de la que nosotros sólo supimos por las películas y vea ese ideal y bullicioso centro comercial, que seguro que él nunca tampoco conoció de una manera tan perfecta y maravillosa como en la pantalla, al recordar que el centro comercial de su infancia está cerrado y destartalado o no es ni sombra de lo que fue, sentirá algo muy distinto que nosotros, para los que esos centros son algo muy reciente y ya en su momento se advirtió que no eran sostenibles ni las ciudades podían aportar suficientes clientes a tantos como se construían. Por otro lado es curioso cómo la misma serie pone a Lois (el personaje de Winona Ryder que es madre de uno de los protagonistas, aunque como ya dijimos ya parece no preocuparse mucho por él porque está a su propio rollo), y a su tienda más o menos tradicional, como víctima de ese modelo de negocio que es el centro comercial, un modelo de consumo y entretenimiento que ahora mismo está en plena decadencia por el estancamiento de los salarios, la multiplicación de la oferta de entretenimiento en el hogar y sobre todo las compras online con políticas muy agresivas de precios y entregas de prácticamente cualquier producto en 24 horas en la puerta de casa. Internamente la serie nos da una de cal lamentándose por la pérdida de ese comercio local y de cercanía, pero por otro emplea una parte más que considerable de todos los capítulos haciendo exaltación nostálgica de esos centros comerciales tan perfectos que ahora mismo ya no son ni sombra de lo que fueron. Por si nos sirve de consuelo, o sencillamente nos hace gracia, como era de esperar al final el centro comercial se terminará convirtiendo en zona catastrófica. Como también era de esperar, al final llega el Tío Sam a ver lo que pasa por ahí, y por razones que nuevamente se nos escapan y no debemos plantearnos la intervención militar de otra superpotencia en territorio nacional, incluso con tropas uniformadas, no provoca la Tercera Guerra Mundial inmediatamente. Ya sabéis, lo típico: tienes una agencia que estudia fenómenos paranormales de nivel apocalíptico y no mantienes un seguimiento en la zona, sino que deja que tu peor enemigo militar e ideológico cree allí mismo una base secreta más grande que el Pentágono y Cabo Kennedy juntas.
Eso hablando de la nostalgia del pasado, porque en el caso de Years and years la coproducción BBC-HBO creada por Russell T Davies, es en realidad un caso contrario, pero a la vez semejante: la nostalgia de un pasado que quizá sea nuestro presente. El argumento empieza en el mismo año 2019, nuestro presente, y veremos a partir de allí las vicisitudes de una familia, los Lyons, en los siguientes quince años, en los se van cumpliendo algunas de las más desfavorables derivas que los más agoreros pronostican para el futuro: consecuencias del cambio climático, triunfo de los populismos, un mayor control social gracias al uso abusivo de la tecnología, pérdida de empleos por la automatización y el uso de la inteligencia artificial, y ya cuando las cosas se ponen mal de verdad, la tentación del genocidio y del control drástico de la población. También hay, en retrospectiva, un ejercicio de nostalgia del pasado: por un lado, del mismo año 2019, cuando todos los miembros de la familia estaban bastante bien y sólo a partir de entonces el futuro empezó a torcerse, y por otro lado el reconocimiento de que la generación a la que pertenecen los cuatro hermanos, nacidos por los años 80, son la última que habrá conocido las mieles de un Estado protector y una sociedad permisiva de la que sus hijos sólo oirán hablar. No lo dicen porque son británicos, pero piensan lo análogo a "Virgencita, que me quede como estoy".
Es curioso porque es en versión serie y en el Reino Unido casi exactamente lo mismo que lo que escribió la estadounidense afincada en Inglaterra Lionel Skriver, Los Mandible, también reseñada en este su mismo bloj familiar. Los Lyons son la "clásica" familia británica de clase más o menos media, fruto de varias décadas de buena educación pública y de un país con buenos servicios sociales. La hermana mayor es una periodista jipi combativa, el hermano mayor es un trabajador de la City en servicios financieros, casado con una contable negra, matrimonio que tiene dos hijas, el hermano menor es un funcionario del servicio de vivienda, gay y con pareja estable, y la hermana menor va en silla de ruedas porque nació con la columna bífida, aunque eso no le ha impedido ser madre y tener un buen trabajo como cocinera en un colegio. Los Lyons son una idealizada familia media británica gayfriendly inclusiva flowerpower wellcome refugees que adora a su matriarca, la sabia abuelita que representa las esencias de lo mejor de Gran Bretaña, y que es a la que vemos llorar cuando se produce el primer salto temporal, de cinco años, y se nos da a entender que ha muerto Isabel II, mientras fuera se oye a la gente corear "¡Larga vida al Rey!" Es lo único que oiremos sobre el tema de la monarquía en toda la serie, ahí no se mete ni para bien ni para mal, así que por omisión tenemos que colegir que Guillermo (o Carlos, eso no se especifica) traga con todo lo que está ocurriendo.
La serie está bien, pero es un claro ejemplo de que ciertos prejuicios y obligaciones activistas del showrunner, que también es el creador de la serie Queer as folk y de la revitalización del Doctor Who no le permiten redondear una distopía convincente. Lo voy a decir claramente: terminé cogiéndoles bastante manía a los Lyons precisamente por eso, por ser tan... guays. No es que espere que los personajes sean como en Shameless o en esa otra comedia británica en la que todos eran chavs más brutos que un arado, pero la familia es demasiado idealizada para que luego nos den pena. La hermana mayor, periodista contra el cambio climático y el poder corporativo, el hermano mayor tiene una familia interracial, el hermano menor es gay y está plenamente aceptado por la familia y la sociedad y la hermana menor tiene diversidad funcional y un hijo medio asiático que termina siendo transexual, algo que se verá con total naturalidad también por la familia. Sólo hay un momento realmente irónico y de mala leche cuando, al principio, el matrimonio sospecha que la hija mayor del financiero quiere ser "trans", y padre y madre, totalmente comprensivos, le dicen que la quieren tal y como es, y que la apoyarán siempre decida lo que decida ser. La chica se queda a cuadros con esa idea y les replica que de qué hablan, ella quiere ser trans, pero transhumana, sueña con integrarse en un sistema informático e incluso subir por completo sus recuerdos y personalidad a la red, vivir de forma inmaterial. Obviamente los padres se ponen hechos una furia y la envían a su cuarto a que reflexione. Me recordó al chiste que hice yo sobre cómo debió ser la salida del armario de Samuel R Delany: "Madre, soy un escritor negro homosexual de ciencia ficción." "¿De ciencia ficción? ¡Fuera de esta casa, degenerado!"
Es decir: Inglaterra parece que se ha convertido en un lugar bastante majo de inclusividad y tolerancia, pero por otro lado va a endurecer su sistema político a medida que las cosas se ponen cada vez peor. Nadie discrimina a la mujer que va en silla de ruedas y vemos que en una empresa hay una mujer a la que le falta un brazo. Yo no es por mal meter, pero si queremos fantasear con sistemas neonazis en los que prima la efectividad a toda costa y una visión darwinista de la sociedad lo primero que deberíamos pensar es que el gobierno retire todo apoyo a personas con enfermedades crónicas o que supongan algún coste extra que tenga que asumir la sociedad en su conjunto, así como no sería inverosímil una escalada de posturas reaccionarias y tradicionalistas que busquen la involución social. Pues no, por lo menos en lo que vemos, la sociedad se va al guano pero esas conquistas sociales legítimas y tan importantes, que no digo yo que no le sean tan queridas al guionista, eso ni tocarlo. Es una opción, pero totalmente inverosímil. Curiosamente, tenemos un ejemplo histórico de esto en el que vemos cómo en un mismo país hubo dos tendencias claramente divergentes en un mismo período de tiempo: en la República de Weimar en Alemania, (1919-1933), aparte de amagos de revolución, huelgas, convulsiones políticas y una hiperinfación galopante, se vivió una etapa, relativa pero cierta, de enorme permisividad y progresismo, por primera vez los judíos pudieron acceder al alto funcionariado y a los puestos docentes de las universidades, Berlín se convirtió en la capital gay de Europa, y fue un centro de innovación artística y cultural, como se ve en la película Cabaret, título que también acaba haciéndonos saber que todo eso coincide en el tiempo con el ascenso del nazismo, de modo que entre el año 1933 y 1939 no sólo se desanduvo todo lo avanzado en esos temas, sino que se involucionó hasta mucho más atrás.
Las desgracias que aquejan a la familia son las que más o menos podemos imaginar, pues aunque la serie explora el futuro cercano no quiere parecer exagerada... aunque al final lo termine siendo. Todo el mundo tiene en casa el equivalente de Siri-Cortana e internet es más ubicuo que nunca, las lluvias constantes obligan a que las familias tengan que acoger a miles de personas que han perdido su hogar, empieza a haber cortes de energía y poco a poco va tomando preeminencia política Vivian Rooke, una populista que procede del sector privado con un mensaje político difuso, y que al final de la serie llegará a primera ministra. Los Estados Unidos, con sucesivos gobiernos de Trump y Pence, se convierten en una nación aislada y todavía más belicosa que hace explotar una bomba atómica en una isla artificial china, que es donde se envenenará por radiación la hermana jipi. El sistema económico británico colapsa parcialmente hasta llegar al corralito, y el señor financiero pierde el buen pellizco que había conseguido al vender su casa del centro, así que termina de ciclista de Deliveroo además de aceptar otros trabajos con los que ir tirando, mientras que la familia que había empezado con todos en una situación más o menos cómoda se encuentra cada vez más en una situación precaria. Sobre la típica clase trabajadora de las películas de Ken Loach, ni nos enteramos qué ha sido de ellos, aquí se nos deben abrir las carnes por la gente con profesiones liberales y funcionarios que ven privatizados sus trabajos. Igual que en la novela de Los Mandible, los dramas personales de estos idealizados británicos, me perdonaréis, me importan más bien poco. El drama del hermano gay con su novio ucraniano podría estar en esta serie como en cualquier otra, y sólo vemos pinceladas de cosas que parecen mucho más divertidas, como que España haya seguido siendo un enclave sociata hasta que se produce una revolución por parte de un partido de extrema izquierda. Todo eso se ve de pasada, e igual que en la novela se echa de menos que no profundicen más en esos temas.
Son seis episodios en los que vemos esa evolución, creíble aunque un poco forzada, en la que se termina instalando un gobierno populista y autoritario que termina por crear campos de concentración semiclandestinos en los que hacina a inmigrantes con la esperanza de que una epidemia de gripe particularmente violenta acabe con ellos. Nuevamente, hay rasgos inverosímiles, como se ha denunciado en las modernas distopías adolescentes en las que no hay ningún condicionante racial ni sexual, una especie de equidistancia que no es convincente y sobre la que se monta un sistema distópico totalmente artificial cogido con pinzas. Veremos que los malvados policías son de distintas razas y que también hay mujeres, y parece que a nadie le importa ni pone el grito en el cielo por lo que pasa. Y a mí ese rollo no me cuadra, hay algo que me rechina por completo porque la serie quiere construir esa distopía a partir de un buen rollo esencial de transfondo digamos que irrenunciable, y eso no es posible. Del mismo modo, cuando el hermano mayor es infiel a su mujer, la hija mayor del adúltero le pregunta, sin venir a cuento "¿De qué color es ella?" refiriéndose a la amante de su padre. No lo entendí, la verdad. ¿A esas horas te planteas que pueda ser racista porque engaña a tu madre con una mujer que no es negra, cuando ha vivido con su mujer veinte años y ha sido un buen padre? Hay incluso un momento, me parece casi de comedia involuntaria, cuando lo echan de casa y se queja de que su hermano gay también engañó al que entonces era su marido para preferir al ucraniano, y sólo le falta decir: "¿En esta serie sólo el hombre blanco cishetero puede ser el malo o qué?"
Por desgracia, ni eso. Porque de forma un tanto abrupta los dos últimos capítulos se desmadran un poco. Bueno, mucho. El señor infiel consigue de nuevo un buen trabajo, pero es de parte de uno de los muchos servicios públicos que se han privatizado, así que esos campos de internamiento y exterminio solapado los lleva una empresa privada por una subcontrata, que hace falta ser imbécil para subcontratar algo así, no se le ocurre ni al que asó la manteca. La serie, en su recta final, termina aceptando, al menos de forma implícita, la idea en la que también abunda Chomsky con su idea del Senado Secreto o que el Grupo Bilderberg diseña en las sombras las líneas maestras de la evolución de la historia, de modo que tanto el Brexit como los sucesos siguientes que hemos visto en la serie serían el resultado de una cábala de grandes empresarios y privilegiados que no sólo quieren mantenerse en el poder indefinidamente, sino que además pretenden que las consecuencias de la destrucción del planeta las paguen siempre los demás, como también se veía en la serie Utopia, de modo que Vivian Rooke como mucho sería una marioneta o portavoz de ese Parlamento Secreto en la sombra. Así que, nuevamente no preguntemos mucho por las medidas de seguridad básicas que debería tener cualquier confabulación peligrosísima para controlar el mundo, el hermano mayor cishetero se redime porque ha creado un completo dossier de las acciones de su compañía, así que como se suele decir va a tirar de la manta.
También en la recta final de la serie toman algo más de protagonismo las innovaciones tecnológicas y sus consecuencias, aunque... el guionista no parece entenderlas del todo, la verdad. Sí se ve que, aunque las condiciones de vida material se van deteriorando y el país pone verjas por todas partes para intentar frenar la delincuencia interna y mantener fuera de los centros de las ciudades a una cada vez más empobrecida clase trabajadora, se producen avances médicos sorprendentes, a la abuela le curan la degeneración de la retina, y la hija mayor del matrimonio consigue su sueño de avanzar hacia el transhumanismo, ya que se integra en una especie de cuerpo de élite de programadores al servicio del gobierno a los que empiezan a implantar partes biónicas para un acceso cada vez más rápido y efectivo a la red, y suponemos que también se ocupan de que lo que oímos que ocurre, que se borra automáticamente de internet las críticas al gobierno o información comprometida por medio de potentes algoritmos que son capaces de cribar la información de manera estremecedoramente eficaz, mucho mejor que las chapuzas que se hacen en youtube ahora. Hasta ahí bien, pero también se cuela cierta palabrería que poco o nada tiene que ver, cuando la contable en el paro, Celest, dice que no se adapta a los "ordenadores cuánticos", como si tuviese algo que ver el sistema operativo con cómo funciona el procesador, más o menos como confundir el tocino con la velocidad, y por supuesto tenemos nuevamente que aceptar que los malvados del gobierno autoritario y fascista no se han leído las Reglas para ser un Señor del Mal y que tus planes deberías contárselos a un niño de cinco años, y si éste le encuentra los fallos fácilmente tienes que replanteártelo. Así pues tendremos unos campos de internamiento en el que hay unos inhibidores de onda que impiden el uso de teléfonos móviles, y que por eso mismo los miembros de las SS británicas en las que hay gente multirracial y mujeres no se preocupan demasiado si consigues meter de matute un teléfomo móvil, de hecho veremos que hay un montonazo de ellos, así que cuando van a rescatar al ucraniano en realidad la idea es "empezar una guerra", algo tan sencillo como volar esos inhibidores y ponerse a grabar con el móvil todo lo que ocurre allí, y ya de paso nos han dejado claro que en ese cercano futuro habrá móviles con "baterías que duran diez años". De lo de que existan baterías que duran diez años me voy a callar porque no voy a entrar en detalles técnicos ni en magia potagia inventada de baterías que no se degradan, pero si dejas que la gente meta móviles en los campos de internamiento donde hay electricidad, con un cargador y un empalme puedes cargar un móvil, me parece a mí. La cuestión es que así se produce una escena muy molona en la que todos los teléfonos empiezan a sonar de nuevo y todo el mundo se pone a responder a mensajes y a grabar vídeos sobre las condiciones de vida en esos campos, y que se entere el mundo. Todo eso sería en vano por los algoritmos ya mencionados, pero obviamente la chica hacker transhumanista y sus amigos aumentados cibernéticamente se unen a la rebelión, a la vez que el mismo pueblo unido jamás será vencido se alza contra las barreras que separan a los barrios de gente chunga de los privilegiados que quieren vivir lejos de la chusma. Vamos, el final de V de Vendetta pero el malo, el de la película.
Es en ese sexto y último episodio en el que la serie se despeña un poco y dilapida parte de lo bueno que había construido. Al principio del capítulo la matriarca en una de las reuniones familiares da un sermón a su familia y les afea sus acciones o inacciones del pasado que los han conducido a esas circunstancias, y por extensión a todos nosotros que habitamos en su pasado en el que "nosotros tenemos la culpa" de lo que hemos visto que ha sucedido en la serie, pero no se centra mucho en la deriva política hacia el fascismo ni hace un sólido análisis sociológico, sino que ejemplifica todo con un par de casos particulares, la ropa a precios irrisorios fabricada en lejanos países y la actual substitución de las cajeras de supermercado por cajas automáticas en las que pasa uno prácticamente sin tener contacto humano. No voy a decir que me gusten esas cajas automáticas ni he utilizado nunca una, desde luego, pero el ejemplo es bastante absurdo y tiene muy mala justificación. Durante toda la serie hemos visto cómo la familia se mantiene unida y hace conferencias familiares gracias a la tecnología, sólo con hablarle al aire para perdirle a Siri/Cortana ponerse en contacto, y a nadie se le ocurre pensar en los miles y miles de puestos de trabajo que se perdieron con la automatización de las llamadas telefónicas, precisamente de empleos similares también casi exclusivamente femeninos, y no hace tantísimo tiempo si querías llamar de Oviedo a Albacete tenías que marcar en el teléfono un número y decir a una persona de carne y hueso "Señorita, querría establecer una conferencia", a día de hoy todas las centralitas son automáticas pero casi nadie es consciente ya de que hubo un tiempo en el que no lo fueron, por no hablar de que podemos pagar con paypal cualquier compra o servicio de cualquier parte del mundo y hace cuarenta años necesitabas ir a una sucursal bancaria para que te autorizasen a sacar dinero de otra provincia distinta, y suscribirte a una revista extranjera implicaba hacer un complicado pago por giro internacional. De que todo eso ya no exista no se queja nadie, y también ha supuesto la desaparición del factor humano. También, no lo olvidemos, la gran y clásica superficie comercial con una enorme hilera de cajas atendidas por personas son una innovación moderna que apenas tiene unas décadas, y también en su momento esas grandes superficies y su modo de pago ágil fueron una innovación que puso en serio peligro la existencia del pequeño comercio de barrio. A día de hoy nadie espera que cuando llegue a una gasolinera que salga media docena de personas a atenderlo. A mí en particular no me preocupa todo eso como un problema en sí mismo, sino que el proceso sea tan rápido que la sociedad no sea capaz de amortiguar esos cambios, y que nos desentendamos de la gente afectada por ellos, pero el discurso ludita simplón desde luego no soluciona nada, y en este caso queda un discurso moralizante bastante absurdo, sobre todo cuando la misma serie quiere acabar en todo lo alto y no sabe si dar una de cal o una de arena, si está a setas o a Rólex, así que la hermana jipi activista, que está ya por morir en el mundo resultante de esa revolución popular en la que incluso Vivian Rooke está en la cárcel, va a ver su cerebro uplodeado a la red, y jura que en ésa su nueva vida de duración indefinida se dedicará a lo mismo que ha hecho hasta ahora, y perseguirá a esa cábala de gente malvada que tenemos que suponer que está detrás de todas las desgracias que han aquejado a la familia a la que no le puedo tener más tirria en ese momento, porque incluso el marido infiel que debería haber ido a la cárcel por cómplice de esos campos de la muerte no ha sufrido pena de cárcel por ello sino por pegarle un tiro en la rodilla a la caricatura de jefe corrupto y pervertido que era el presidente de la compañía para la que trabajaba, y ahora vive alegremente en Gafapastown (Barcelona) enseñando inglés a los nois y a las noias.
Mira, os vais todos a cagar por ahí. A ver, no me estoy quejando de que la familia sea tan tolerante e inclusiva, sino que precisamente el mensaje termina siendo absolutamente absurdo por no cuestionar eso mismo en una deriva injusta y fascista del futuro, porque el mensaje es contradictorio: lo que nos están diciendo es que a pesar de construir una sociedad con respeto absoluto por la gente gay y trans, multirracial e inclusiva con la gente con funcionalidad reducida, incluso así, la sociedad termina yéndose al carajo y votando a una populista que es cabeza de lanza de un conciábulo de gente que opera en las sombras. ¿No se supone precisamente que la creación de una sociedad con esos valores es lo que nos protegerá en gran medida de esa deriva totalitaria y fascista? ¿Entonces... todo era pa na, aparte de la defensa de esos colectivos por importante que sea? Esta serie olvida que no se puede a la vez nadar y guardar la ropa, y sobre todo que Alan Moore en V de Vendetta, el cómic, lo plasmó muy bien: una Inglaterra intolerante, involucionista en lo religioso, homófoba y que busca la pureza racial, y donde todo el mundo por miedo o falta de miras contribuyó a esa distopía, no un oscuro designio sin rostro que cuatro tipos con gorros de papel de aluminio nos cuentan que mueve los hilos. Esta distopía ludita-hacker con ideales familias british más buenas que los scones son poco creíbles, la verdad, sobre todo porque apenas si hemos visto a nadie más ni sus opiniones, y digo yo que alguien tendrá que haberse creído las mentiras de Vivian Rooke y justificar la pérdida de libertades en aras de un bien mayor. El maniqueísmo de esta serie es absoluto por omisión: aunque cada miembro de la familia tiene sus pequeñas miserias, e incluso alguno llega a sentirse brevemente atraído por el "soplo de aire fresco" que supone Vivian Rooke, todos son en el fondo buenos y coherentes, y sufren las consecuencias de las malas elecciones de todos los demás ciudadanos a los que apenas si hemos llegado a ver. Como siempre, el infierno, los equivocados, siempre son los otros.
Y sí, el final de la serie es puro Paulo Coelho, las últimas frases de vergüenza ajena. Naturalmente la BBC se hace una autolamida de cipote como un buen perrete, pues si bien en el apogeo de ese período oscuro de la historia de Gran Bretaña la cadena pública llega a cerrarse, vuelve a abrir nada más regresa la libertad y la transparencia. Yo ahí entiendo a la BBC: todo autobombo es bueno. Quién te va a querer mejor que tú mismo.
Obviamente, si al final el futuro nos alcanza y vivimos en la mierda o debajo de un puente comiendo un puñado de mijo, será por culpa nuestra, pero no precisamente porque desaparezcan las cajeras de los supermercados cuando cada tarro de mermelada tendrá su propio chip o porque compremos camisetas a un libra en un análisis de las deslocalizaciones propio de un chaval de quince años o del tuitero medio. La fascinación por el consumismo desaforado y por la imitación de modelos sin importar las consecuencias a medio o largo plazo sólo para satisfacer nuestro propio delirio hipersticioso, o la frivolidad a la hora de plantearnos la propia responsabilidad personal, sin creer en fantasmagorías o conceptos abstractos que nos obligan a comportarnos de forma egoísta y cruel, es lo que conformará el futuro en el que viviremos, y no otra cosa. Yo no soy muy optimista, la verdad, y no creo que sea necesario ninguna conspiración oculta para hundirnos en la mierda igual que no necesitamos al Follamentes de Stranger Things para imaginarnos el fin del mundo, pero de todos modos espero que al final todo salga aceptablemente bien.