9.7.24

Libro: Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan

Cuidado que hoy venimos fuertecito, y como siempre que se hable de literatura francesa recordemos el marco conceptual: toda civilización es francesa o debe pasar por Francia para triunfar, qué elegancia la de Francia, la grandeur, la culture, y que en Inglaterra el animal sagrado es el perro, en España el cura y en Francia el escritor.

Estamos ante el libro que es en Francia, y en especial para las chicas, el equivalente de El guardián en el centeno de Salinger en los Iuesei. En principio es una afirmación neutra que ya cada uno interpretará dependiendo de lo infinitamente hostiable que le resulte el personaje de Holden Caulfield y si desea o no que se hubiese muerto de la neumonía que nos cuenta que ha pillado al final del libro, así que se daría una paradoja temporal-literaria, pues entonces el narrador no nos podría haber contado su historia al estar muerto. A no ser que fuese un fantasma, que entonces todo habría mejorado un montón. Pero ya me estoy dispersando.

He de decir que el libro tiene la gran virtud de la concisión, y que casi ni llega a las doscientas páginas. Algo que se agradece muchísimo, ya que el equivalente de escritora de portadas de color en tonos pastel (yo llamo así a ese género), a día de hoy nos habría calzado sin sentir un tochaco de seiscientas páginas con idas y venidas que no llevan a ninguna parte.

La verdad es que el libro se deja leer y, debido a la ya citada brevedad, no termina de ser del todo cargante, aunque los mimbres para serlo son sólidos y bien entreverados. Visto desde la distancia quizá ha envejecido muy mal, algo lógico pues desde su publicación setenta años justos nos contemplan. Aunque quizá sería algo injusto afirmar eso porque de lo que habla es completamente contemporáneo y novelas adolescentes, escritas por autores con mentalidad adolescente que hablan de lo jodido que es ser yo yo yo yo, se siguen escribiendo a paladas. Sin embargo, por lo menos para mí, y en eso es en lo que distingo la literatura realmente buena de la que en realidad no lo es, si lo comparamos con un contemporáneo suyo, también francés, como es Camus, pues la comparación es odiosa, y mientras que es difícil no conectar de alguna manera con la universalidad de los temas tratados en El primer hombre o Un árbol crece en Brooklyn, el existencialismo adolescente de Buenos días, tristeza, quizá se resienta bastante y no entre siempre del todo bien.

El argumento como tal es bastante sencillo: Cécile es una muchacha de diecisiete años que pasa las vacaciones con su padre viudo, un madurito interesante en muy buena posición económica que no tiene problema para ir cambiando de amantes, bastante más jóvenes que él, cuando le apetece. Cécile ha estado en un internado hasta hace un par de años, y tiene una relación muy cómplice con su padre, Raymond, al que prácticamente alienta en sus muchas conquistas, que van y vienen sin que la relación padre e hija se vea afectada. Cuando empieza la novela están veraneando los dos en el Mediterráneo, en una finca cerca de Cannes, en compañía de la actual conquista del padre, Elsa, una pelirroja de menos de treinta años. Todo cambiará cuando llegue como invitada Anne, una vieja amiga de la familia y en especial de la madre fallecida de la protagonista, y que será el nuevo interés romántico del padre, que es un playboy que pa qué. Cécile es una chica poco disciplinada, le han quedado varias asignaturas pendientes en el bachillerato pero su padre parece que no tiene ninguna intención de hacerla estudiar, así que ella se dedica a bañarse en el mar y a tomar el sol, a conocer a jóvenes algo mayores que ella y a fumar y beber alcohol, y no solo cuando sale por ahí sino en casa, sin que a nadie le parezca mal, algo por ejemplo impensable en la España de esos años. Aunque en principio Cécile respeta y parece querer mucho a la que será su futura madrastra ya sea por aburrimiento, por simple maldad infantil o porque teme que esa nueva relación rompa la situación que ella ve idílica con su padre, decidirá romper su relación utilizando tanto a Elsa como al chico con el que sale y con el que se ha iniciado sexualmente, Cyril. El plan es tan simple como se puede esperar de una muchacha de instituto: tentar al padre con Elsa y que Anne al enterarse de la infidelidad se sienta despechada. El plan sale bien, tampoco es que estemos hablando de algo al nivel del Desembarco de Normandía que necesitase de una planificación precisa, y cuando Anne huye en su coche tiene un accidente mortal o bien se suicida despeñándose por un precipicio, eso será algo que siempre quedará en la duda tanto de Raymond como de su hija. Ambos, padre e hija, son dos narcisistas y egoístas de nivel olímpico que viven en la completa banalidad y solo miran por su placer inmediato sin llegar a entender que los demás son fines en sí mismos con las mismas necesidades que ellos. Se mueven en un ambiente de lujo y de placeres mundanos en los que prima la gratificación inmediata que conlleva una buena posición económica: vacaciones, alcohol, relaciones emocionales y sensuales efímeras, la emoción de la conquista y la admiración social. Incapaces de reflexionar realmente sobre las consecuencias de sus actos ni de aceptar lo que han hecho o su responsabilidad, después de poco tiempo los dos reanudan su vida como si tal cosa volviendo a su rutina sin verse del todo afectados, y al año siguiente vuelven a alquilar una casa para el verano, sin darle más vueltas.

La novela tuvo un gran éxito y, solo cuatro años después de su publicación, en 1958 se adaptó en una película dirigida por Otto Preminger, en inglés, lo que llama un poco la atención porque lo lógico es que hubiese sido una película del entonces más que pujante cine francés. Si os digo la verdad la película es bastante mejor que la obra literaria, que en comparación se revela un poco como el esqueleto de una novela que no parece del todo terminada o en la que se hayan podido desarrollar del todo los personajes. Los diálogos de la película son más sólidos, y los personaje parecen mejor dibujados. A esto ayuda, por supuesto, un elenco espectacular en el que el padre es un madurito y siempre elegantísimo David Nivel haciendo de zorro plateado francés con su distinguida pose británica, una bellísima Jean Seberg con veinte años recién cumplidos y la siempre impresionante Deborah Kerr, además de la dirección de Otto Preminger y la habitual solvencia técnica a todos los niveles de la etapa que conocemos como cine clásico de Jólibud. La película se permite recrearse en los paisajes de la costa mediterránea francesa cercana ya a la frontera con Italia en una época todavía muy lejana del turismo masificado de décadas posteriores, cuando todo era glamour y los que veraneaban eran sin excepción gente de buena posición social, y aparecen escenas de fiestas y del ambiente de la época que en la novela son simples esbozos sin apenas desarrollo o descripción. La película se permite también considerar a todo lo que ocurre en ese verano como un flashback del momento presente en el que arranca la película, en la que Céline ya es mayor de edad, conduce su auto y, veremos desde el primer momento, se dedica a coquetear con diversos mozos de buen ver a los que trata como a novios de usar y tirar sin la más mínima conexión emocional, va de fiesta en fiesta y parece dedicarse a embotar sus sentidos en el fragor de las emociones para no tener que pensar demasiado, mientras que sigue siendo cómplice y confidente de los muchos amoríos igual de insubstanciales de su padre. Como elemento simbólico ese tiempo presente se muestra en película de blanco y negro, casi siempre en interiores, mientras que la rememoración del pasado y de lo sucedido en ese verano es en un radiante tecnicolor y con una intensa luz del Mediterráneo. Aunque la película es en muchos aspectos una traslación muy fiel de la novela pienso que aporta muchos elementos que enriquecen el relato original, redondea muchas ideas y, como era de esperar, da una interpretación un poco distinta del sentido último de lo sucedido, ya que le Céline de la película parece al final ser un poco más consciente de lo que ha ocurrido y de su responsabilidad que su contrapartida de la novela. Así que si alguien no tiene ánimo para sumergirse en la prosa adolescente de Françoise Sagan sí que le recomendaría que le diese una oportunidad a la película.

Lo primero que hay que resaltar es que 1954, año de publicación de la novela, pertenece a esas décadas prodigiosas de Francia, los Trente Glorieuses, en las que asombraban al mundo en todos los aspectos: el cine, la literatura, la filosofía, la época de Brigitte Bardot, los grandes cineastas de la nouvelle vague, la polémica entre Sartre y Camus y en general una serie de intelectuales que quizá ahora nos puedan parecer en general uno de los mayores blufs de la historia precisamente eso, intelectuales. Es la época en la que a artistas plásticos, cineastas, filósofos y escritores se les trataba como a estrellas del rock y se les conocía bajo ese nombre genérico de intelectuales, modelo que aunque se fue agotando con el tiempo llegamos a conocer algunos en sus últimos coletazos, y hoy día algo impensable en la era de los influencers que publican vídeos girados 180º en los que todo el mundo es zurdo porque no les da la neurona para más. Algo que se reflejaba en ese tiempo pasado: todo el mundo era de izquierdas, decía serlo, o se apuntaba a serlo aunque no supiera lo que era aquello, y mientras luchaba a capa y espada por el sacrosanto derecho a que el intelectual francés dijese la primera burrada que se le pasase por la cabeza luego podía defender sin problemas la tiranía y cualquier forma de represión en países que tenían para esta gente más que justificado tratar a su población poco menos como a enemigos. Uno de las asonadas más conocidas de esos tiempos fue cuando a finales de los 1970 varios de estos intelectuales franceses firmaron un manifiesto que, pese a criticarse luego en años posteriores con mucha exageración y fuera de contexto, básicamente pedía rebajar la edad de consentimiento legal para mantener relaciones sexuales, algo que imaginaos cómo se ve ahora que queda super bien en las redes rasgarse las vestiduras y llamar pederastas a señores de cuarenta y tantos años que se casan con mujeres hechas y derechas de más de veinticinco. Fueron, indudablemente, tiempos interesantes. Por lo demás, gran parte de esto que llamamos ahora wokismo es básicamente filosofía mierdera francesa de ese tiempo, pero reciclada por las universidades yankosas, mal traducida al inglés y luego pasada por el filtro tiktoker de píldoras fácilmente comprensibles en treinta segundos, así que el resultado está a la vista. Como con todo, incluido el terraplanismo, tienen que darse las circunstancias favorables para que algo germine, y en este caso sí se habría cumplido que el wokismo tuvo que pasar primero, hace décadas, por Francia para dar su primer impulso, y además también ayuda, por ejemplo, que en España hace setenta o sesenta años había mucha menos gente que creía saber francés que las legiones de indocumentados que ahora creen saber inglés.

Otra cosa que sorprende también es que, en un momento tan lejano, la editorial que decidió publicar esta breve novela de una estudiante jovencísima y de buena familia hizo toda una campaña de promoción del título basándose precisamente en que la autora no solo era una pipiola según los estándares de la época, cuando la mayoría de edad eran los veintiún años, sino que además la novela trataba para la época temas que casi se podrían considerar escabrosos, y voy a hacer mucho énfasis en el casi porque puede ser que en 1954 que una chica de esa edad hablase de que se acostaba con un chico, así sin más detalles, y que aprobaba todas las aventuras sexuales de su padre, quizá pudieran escandalizar a una sociedad que en aquella época era todavía muy pacata y católica fuera de los cuatro barrios bohemios de París en los que se editaban novelas como esta y otras mucho más radicales como la obra de Jean Genet, pero visto a día de hoy y si lo comparamos por ejemplo con la obra de Anaïs Nin pues claro, es básicamente la nada, incluso para la época, donde décadas antes los surrealistas se habían pasado el juego de la provocación y la sicalipsis en modo épico en un país donde se había dado el fenómeno editorial de Colette a principios de siglo, y de fechas muy cercanas al libro aquí tratado tenemos la publicación de Lolita de Nabokov, que sí que tuvo muchos problemas para ver la luz y que sigue escandalizando a la gente que no la ha leído. Hoy día Buenos días tristeza es la típica lectura "seria" recomendada para adolescentes en Francia, como quien dice literatura juvenil con solera, ya veis vosotros el escándalo que genera actualmente. Y lo de que me sorprende la maniobra editorial lo digo porque en mi caso la generación literaria a la que yo supuestamente habría pertenecido se vio en un panorama parecido, cuando a principios de los 1990 y durante unos cuantos años las editoriales españolas compitieron por publicar a jovencísimos autores libritos de corta extensión con historias lánguidas de drogas y protagonistas adolescentes o poco más que adolescentes cabreados con el mundo porque sí en plena fiebre del grunge.

La verdad es que Françoise Sagan daba perfectamente la típica imagen de la época de intelectual francesa, con su pelito corto, no fea pero tampoco guapa, siempre con el piti en la boca o en la mano y por supuesto extraordinariamente joven para una época en la que se supone que el éxito literario te tenía que llegar como pronto a los treinta y cinco años, y mejor si eras hombre. Aunque ganó muchísimo dinero con esta y otras obras posteriores, se las arregló para no ahorrar ni un mísero franco, fue amiga o colaboradora de muchos otros escritores y cineastas, ella misma escribió guiones, e incluso fue amiga personal de François Mitterrand, pero ya al final de su vida se vio involucrada en problemas con el fisco e incluso le salpicó el Affair Elf, uno de los mayores escándalos financieros de las últimas décadas en Francia. Apasionada de los coches, a conducir deprisa y al alcohol, y lo que es peor, todo esto junto, en 1957 se metió un josconcionazo en un Aston Martin y casi hace un James Dean de manual, aunque a partir de ese momento, por si le faltaba una pata al banco, se aficionó a las drogas, con las que la pillaron en alguna ocasión en aeropuertos o sitios similares, lo que nuevamente la metió en no pocos problemas. La crítica literaria, después de su debut, no la trató demasiado bien, y aunque siempre tuvo éxito de ventas murió casi en la pobreza a la edad de sesenta y nueve años, que la tradición de escritores manirrotos es prácticamente universal. Estuvo, eso sí, en todas las pomadas de la época, firmó en 1971 el Manifiesto de las 343, dio su opinión sobre la Guerra de Argelia y se cuenta de ella que cuando asistió a una asamblea de las revueltas estudiantiles de Mayo del 68 los estudiantes, conocedores de sus gustos, la recibieron con cierto pitorreo y preguntaron si la camarada Sagan había llegado en su Ferrari a apoyar a la revolución, a lo que ella respondió muy ofendida que desde luego que no, que en un Maserati.

Respecto a la interpretación de la novela, precisamente el contexto literario nos permite una guía bastante buena para llevarla a cabo. La autora conocía la obra de Sartre y de Camus, y eso es lo que estaba de moda por aquel entonces, las novelas existencialistas en las que la gente está quemadísima de todo aunque no sepa de qué ni por qué, hace lo que hace sin verdaderos motivos aparentes y cierto cinismo y dejadez quedan estupendamente en las páginas de una novela. Curiosamente Céline, para sus exámenes de recuperación, está estudiando a Bergson, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1927, un filósofo metafísico que hablaba de cosas como el élan vital, y que todavía estaba bastante en boga a mediados del siglo XX, aunque de él que ahora no se acuerda ni el tato. Como en la misma novela se explicita, Dios está completamente fuera de la ecuación y no sirve como excusa ni como explicación para los sentimientos y acciones de la protagonista. Es ese tipo de novelas que tratan del tedio, del hastío, del marasmo vital, y por supuesto en el original francés la palabra ennui, el aburrimiento, aparece ya desde el primer párrafo. El ennui, la saudade galaico-portuguesa o la angustia vital son esos conceptos literario-filosóficos que sin duda pueden dar mucho juego, pero que como las especias demasiado potentes te pueden estropear un buen guiso si abusas de ellos. Cécile está básicamente aburrida de la vida ya a sus diecisiete años, como se decía no hace mucho tiempo "pasa de todo" y lo único que quiere es seguir con su vida tal como la conoce, que le va muy bien, mirándose el ombligo y dejándose mimar y consentir por su padre hasta que llegue el momento de dejarse mimar o consentir por una ristra de novios de su misma posición social hasta que llegado el momento se case con un buen partido. Quiere a Anne, y la admira como mujer sofisticada y de mundo, pero no le interesa tener una nueva madre, aunque sea tan amable y comprensiva con ella, porque en cierto modo a través de las jóvenes conquistas de su padre, mucho más cercanas a ellas en otro sentido, consigue practicar por delegación el incesto con su padre. Como también hacía ver la autora, en todo caso lo escandaloso de la novela no debería ser la anécdota de que la protagonista mantuviese siendo menor relaciones sexuales, ahí allá cada cual con su vida, sino que por medio de sus maquinaciones consiguiese, aunque sin pretenderlo, que una mujer que no le había hecho ningún daño acabase suicidándose. Efectivamente, Céline no es precisamente una heroína, y como le dice Anne antes de huir de ella y de su padre, no necesitan de nadie.

Personalmente, respecto a este tipo de novelas que tratan del tedio, el hastío y el yo qué sé que qué se yo y preferiría no hacerlo, depende mucho de qué humor me pillen, porque creo que incurren en un paradoja literaria fundamental: si tratas el tedio, el aburrimiento, sin ser tedioso y aburrido, y consigues la atención del lector o que se interese por los típicos personajes existencialistas que se pasan todo el día con cara de estar oliendo caquita y sin que nada o nadie les importe a ellos, en cierto modo te estás contradiciendo, ahí algo falla, y si consigues transmitir el tedio y el ajjjco por la vida precisamente causando aburrimiento y ganas de morirse en el lector, que puede llegar a cabecear leyendo el libro, pues tampoco es que hayamos llegado a buen puerto.

Después de leer el libro un primer comentario que puse en Twitter fue "Qué bonita historia sobre sororidad". Obviamente, no. Aunque el libro trata sobre algunos temas que pueden ser rescatados por el feminismo, la protagonista es demasiado cínica y egoísta como para resultar ejemplar, y aunque podemos entender que en 1954 comprar preservativos en Francia debía ser un tanto complicado, su afirmación sexual puede ser interesante para el tiempo en el que fue escrito el personaje, pero su despreocupación por quedarse embarazada y el desparpajo con el que dice que llegado el caso hará recaer toda la responsabilidad sobre su novio es bastante incómoda. Del mismo modo, mientras que el personaje del padre no quede muy allá, un señor que intenta seguir pensando en sí mismo como en un hombre muy joven arrimándose a mujeres menores que él, es Céline la que se manifiesta como una manipuladora que maneja tanto a su padre como a su novio, y que no siente apenas verdadera simpatía por Anne ni por Elsa, que son igualmente peones en su juego. Cuando este acabe mal no será tan inhumana como para que no le afecte en un principio, pero conseguirá, eso parece, justificarse a sí misma, por lo menos mientras no esté completamente sola y de vez en cuando la conciencia muy en el fondo se le despierte de nuevo. En definitiva no estamos ante una obra manifiestamente feminista, la misma Sagan nunca defendió esta idea, y desde luego tampoco tiene contenido social, a no ser el que uno quiera darle como visión cínica de una pija sin la más mínima conciencia de clase o preocupación por el prójimo, incluso los más cercanos. En cierto modo este es un requisito de las novelas existencialistas: ese aburrimiento vital, ese no saber por qué se está en el mundo ni qué se debe ser o hacer, solo funciona si despojas al resto de la narración de cualquier otra consideración personal o circunstancia: ser infeliz, angustiarse, no por la enfermedad, la vejez o la falta de recursos económicos, sino ser infeliz precisamente por ninguna causa concreta, una incomodidad esencial por el mero hecho de existir. Una buena novela existencialista no puede ser feminista, ni concienciada, ni nada, solo puede tratar sobre la nada porque si no entonces ya no es existencialista.

Como curiosidad hace pocos años se hizo una adaptación en bande dessinée, que se toma ciertas libertades con el texto original, y que pretende ahondar en una interpretación que a la autora no la hacía muy feliz, y que consistía en identificar a la joven protagonista con la joven escritora. Así que por eso tenemos que Cécile está escribiendo un libro, que se titula, oh sorpresa, Buenos días, tristeza, y que se lo deja leer a Anne, donde la describe con bastante crueldad y pone por escrito lo que en la novela solo leemos en sus pensamientos, lo que provoca más si cabe que Anne quiera abandonarlos, además de por la traición amorosa del padre. La protagonista, con ese estilo de dibujo tan peculiar, se pasa casi todas las viñetas posando lánguidamente, o con cara de nada, todos parecen ser estatuas sin sentimientos o emociones reales, distanciados los unos de los otros por el abismo de la otredad. Está bien como curiosidad, pero desde luego no me entusiasmó.

Buenos días, tristeza es, en definitiva, una lectura curiosa que nos acerca a una época del país vecino no tan lejana como pensamos, y que navegaba entre la provocación y la aceptación acrítica de la provocación por sí misma, además de vivir no pocos episodios de censura, que también los hubo, y donde en 1971 podía hacer tranquilamente El soplo al corazón, prohibida en Italia igual que había sido prohibida Buenos días, tristeza, en ese país y en España, y donde el jetas de Serge Gainsbourg hacía con su propia hija Charlotte un vídeo de una canción que tenía el título de Lemon Incest, el mismo año de 1984 que Goddard estrenaba Yo te saludo, María. Posteriormente en 1988 la misma madre de Charlotte Gainsbourg, Jane Birkin, en Kung-fu Master seduce al amigo de su hija de catorce años, interpretado por el hijo de la directora, Agnès Varda. ¿Os suena el chiste de ¡Los aristócratas!, popularizado en los últimos años por Gilbert Gottfried? Pues en cierto modo este artículo podría sencillamente rematarse exclamando: ¡Los franceses!

Porque los franceses, mucho antes de los punkies, ya lo eran a su manera, por supuesto mucho más intelectual, ya sabían que algunas cosas hay que hacerlas simplemente por joder y por escandalizar a la burguesía, y ahora siguiendo su ejemplo en este mundo globalizado podríamos decir que hay que hacer eso mismo en todo lugar con toda clase de tragavirotes, neovictorianos y cagapoquitos. Aparte de rivalidades ancestrales, de batallas sin número y de malhadados artículos de la Encyclopédie, si no existieran los vecinos del norte, habría que inventarlos.

-SuperSantiEgo