30.8.07

Yo estoy a favor del Canon

Pues sí. ¿Qué pasa? A mí el canon me parece de maravilla. Pero entiéndaseme bien: me parece bien el canon como concepto, lo que llamamos los muy cafeteros… los muy clásicos el canon como norma, o medida. Luego hay medidas, como las de clavarnos una tasa por respirar, o cobrarnos una multa por si acaso delinquimos, que no me parecen bien, como el timo de la estampita de la SGAE. Ese canon, caca, el otro bueno.
Aunque ahora a los cánones los llaman normas ISO, no debemos olvidar que casi todo lo aprendimos de nuestros padres culturales los griegos, desde crear normas estéticas a dar por el orto a pueblos considerados bárbaros porque nuestra civilización dice que lo vale. Como todos recordaremos de las clases de arte en el bachillerato el canon era, por ejemplo, las medidas perfectas que estableció Policleto, Praxíteles… yo qué sé, uno de ésos, lo de la altura tantas cabezas y lo demás. El primer canon griego, el arcaico de la sonrisita irónica, no lo olvidemos tampoco, era copiado del egipcio, que a su vez derivaba de las medidas del faraón, pues el señor, ya puestos, también era la medida de todo lo que hubiese en su reino. Esto es así hasta tal punto que se sospecha que la misma palabra “hombre” en muchos idiomas pueda provenir de la misma palabra primitiva que significase “medida”. Y es que cuando se dice que el hombre es la medida de todas las cosas no se dice por decir, y hasta que a una panda de ilustrados le dio por opinar lo contrario el mundo se medía por codos, pulgadas, pies y brazas, una milla eran literalmente mil pasos y una libra el peso de una piedra que se puede lanzar con fuerza a una considerable distancia con esperanza de romperle la cabeza a un animalico apto para la parrilla, la plancha o el espeto. Efectivamente, el hombre es la medida de todas las cosas, el clima es bueno o malo en función de lo que nos convenga, las estrellas brillan para nosotros y así con todo; incluso con lo que no es material, y por eso el mundo metafísico o de los dioses nos es reconocible por su humanidad. Necesariamente nuestra visión es antropocéntrica, e incluso nos costaría que fuese de otro modo. ¿Qué va a ser si no la medida? ¿El cochino jabalí? ¿El paramecio?
Tampoco es malo que queramos medir o mensurar todo, y crear relaciones entre unas medidas y otras, lo que nos llevó nada menos que a la creación de las matemáticas. También, como los egipcios y los griegos, tenemos la manía de buscar proporciones perfectas o ideales. Por ejemplo en ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú, se proponía una relación ideal de siete mujeres o así por cada hombre con vistas a repoblar el mundo. Como todos sabemos, hay obras, autores o incluso movimientos artísticos completos, que han alcanzado el rango de canónicos, y no es de extrañar que por eso desde hace ya algún siglo casi toda biblioteca, academia o instituto presente alguna forma neoclásica, con pseudocolumnas soportando amagos de frontones, y que el neogótico se considerase en media Europa como estilo a imponerse en organismos oficiales e iglesias.
Tanto es así que el Canon es lo que hay que saber por narices, y la mayor parte de lo que se nos enseñó en el cole no es sino un ristra de bien engarzados cánones culturales. Por ejemplo hace años Harold Bloom montó cierto revuelo con su libro El Canon Occidental, donde hacía una lista de las obras y los autores literarios que conformaban el corpus de la literatura occidental, el canon por el que debía ser medido cualquier otra obra: aquello que hay que leer, que tener en cuenta y que copiar, lo reconozca uno o no desde el momento en que todo lo que no es tradición es plagio. Bastantes años después César Vidal en un arranque de originalidad nos ofrece la versión meapilas de lo mismo y nos recomienda los libros, pinículas y discos que hay que leer para ser tan listo y polvorilla como él y don Pío, antorchas de mesurada sabiduría y remansos de reposada reflexión que guían nuestro camino en estas procelosas y revueltas aguas de la Historia por las que nos guía Zapatero en su ciego empeño por dar caza a Moby Dik. Fijémonos que Harold Bloom, uno de los críticos más famosos y reconocidos del mundo, sólo habla de literatura, mientras el señor César Vidal, muy por encima dentro de la jerarquía del intelecto, ejerce de lo que es, de todólogo, y seguro que hasta recomienda leer Watchmen, o V de Vendetta si ha leído la profunda exégesis liberal que de esa obra realizó el señor Rallo.

El Hombre de Vitrubio y la cuadratura del círculo

El concepto de lo que es el Canon, de su aceptación o de su rechazo, es una constante en nuestra cultura, y tan canónico es aceptar lo que ya hay como rechazarlo: rebelarse contra lo canónico no deja de ser canónico. Es tan cierto como triste. También con el tiempo cambian los cánones, pero lo que no cambia es que siempre los hay.
La proporción y la medida es sinónimo de hermosura. Lo dijo Platón, lo dijo Galileo y lo dicen los matemáticos y físicos que con razón protestan al no ser considerados como lo que en realidad son: estudiosos de la armonía y de las relaciones entre los elementos transcendentes que son los números, descorriendo los velos de la ignorancia y la apariencia que ocultan la belleza, simetría y elegante simplicidad de la Creación.

El Bien es la Belleza
La Belleza es el Bien

Y todo esto viene como excusa para demostrar que no quepo en mi de gozo, entusiasmo, alegría y alborozo al saber que eminentes matemáticos de Cambridge han demostrado lo que todos en el fondo ya sabíamos: que Jessica Alba tiene unas medidas perfectas, y que es la actual encarnación del canon de la belleza. Ya, ya sé que no es la primera vez que hablo de una de las musas de este blog, y voto a tal y a pascual que no será la última, y más ahora que por fin podemos decir a pleno pulmón: “¡Jessica Alba es la medida de todas las cosas!”, “¡Viva el más hermoso avatara del MVE, la más hermosa carne de canon!” A partir de ahora decir “Jessica Alba está más buena que un plato de espaguetis con albóndigas” no es vulgar exabrupto de andamio, ¡sino ciencia en sentido estricto! ¡Y un respeto para la ciencia!
Y mientras contempláis esas imágenes de la impresión perfecta de la Ideas de la forma, la medida y la belleza en lo que sin duda es la obra maestra del Demiurgo trabajando cual sublime alfarero la materia informe que es el mundo sensible, os dejo con el otro Canon, el musical, que en tanto que transcripción de la música de las esferas a cuyo son se mueven a través del éter los planetas y otros perfectamente esféricos objetos celestes tampoco es moco de pavo.






Y a continuación otra versión que seguramente haría retorcerse de dolor a Pachelbel (o no, nunca se sabe), y que pongo porque me ha gustado. Bueno, si Platón leyese lo que acabo de poner en esta entrada dudo mucho que hiciese de mí su ídolo.


Y por si todavía queda algún despistado que aún no ha visto esto, también lo pongo:


Este acontecimiento blogueril no ha sido patrocinado por
Compre inteligente, compre en S-Mart.

-SuperSantiEgo

26.8.07

Goliardos - Empezando por el final

¿Qué mejor forma que dar por finalizados estos ensayos sobre Carmiña Burana y Kaänder Fåder que acabando por el principio?

He aquí el primer apunte que escribí sobre Carmiña Burana, como el que dice echar a volar un poco la pluma a ver lo que salía. Y salió esto. La mayor curiosidad es que podríamos considerarlo poco compatible con lo que luego fue la obra terminada, y sobre todo que es en el único sitio donde vemos a Xan (Iohannas) con un comportamiento propiamente goliárdico, ya que en la novela viene a ser una especie de protagonista pasivo del que el resto de los personajes habla, y al que sólo vemos actuar bajo una máscara.

Aquí lo tenéis a continuación en su versión original, y justo debajo la versión en español.

Y por fin, el apunte de ensayo que escribí para Kaänder Fåder. No, no el que se supone que voy a escribir, sino el que ya está escrito, el que escribí hace diez años poco después de dar por terminada Carmiña Burana. Como se puede ver es apenas una escena, un apunte de cómo se podría enfocar la novela, con intervenciones del Hoc Liëber, y sin olvidar que todo acontece en el espacio mitológico o mitopoético que es la obra en sí, la narración de Ibn’ Sadur, un reflejo literario y mejorado de la realidad. Se ofrece la versión en gallego y la traducción al español.
* E entón levantei a vista e vino, a el, Laon, a quen ía matar, se non era nese momento despois, se non hoxe amañá, se agora pois agora, pois sen dúbida el quería matarme a min, que ía matalo a el, sentado no asento do helicóptero chulo como el só, un pé no piso e outro no asento, un pulso no xeonllo, admirándose das súas longas pernas, da imaxe de calquer que puidese velo así louro e resplandecente, un anxo da morte, o asasino máximo, no cumio do poder na banda, respeitado por todos e ás ordes directas do noso grande xefe.
—En que pensas, Sævin?
Foi entón cando levantei a vista e vino, e vin as súas feridas, vino morto aos meus pés víctima da miña carraxe, da miña furia irrefreábel, arrolado polo arrousar da roda que xira e fala, móstramo nas penumbras deste cubículo no que non ouvimos nada, desde onde non nos poden ouvir agora que imos camiño da morte, dos outros, del que sorrí, a min que levantei a vista para miralo, os meus cóbados sobre os xeonllos, e vino con a miña visión de goliardo, a que dá o libro que no seu xiro non deixa de arrousar igual que xiran as hélices que nos achegan á morte.
Meditatio mortis.
—Te cres moi listo ou que? —Non teño por que responder, non paga a pena falar cos mortos que non han volver igual que a roda pasa arrousando polo lugar que pasou, non ten sentido dicerlle que eu sou o que ouve o arrousar da roda—. Comigo non te andes con coñas, rapaz. Veña, que xa estamos chegando. Ti non te separes de min, e aprende do mestre.
O que non me mata faime máis forte, e o que me mata… tamén. Sorrío e sei que el non é capaz de ver o meu sorriso porque a escuridade llo impide, apenas pode ver a luz que se acende para avisarnos de que debemos encetar a nosa labor, de que Laon debe morrer, el que non se estremece cando se abren as portas e nos asomamos á noite escura, baixa a velocidade do vehículo e xa non é tan penoso respirar, activamos os nosos cintos de gravidade e Laon miroume con superioridade, eu que podería ser o seu avó, eu que non sou máis baixo do que el, el que vai morrer ás miñas mans, eu que sou un goliardo, el que non o é e que aínda así se atreveu a deitarme unha man no ombro para falarme a berros entre o ensurdecedor zoar do ar.
—Saltaches algunha vez con cinto gravitatorio, rapaz?
Centos de veces en Australia, na Guerra do Urco.
—Coñezo a teoría.
—Cando estaba no exército —fachendeou el a rir entre os seus gritos—, volvíamos tolos os chineses cando saltábamos contra eles.
—Chineses? —preguntei estrañado aínda que a el lle era moito máis difícil ouvirme—. Como que chineses?
—E que máis dá? —dixo el encollendo os ombros—. Chineses, xaponeses… Amarelos de merda! Chineses!
Soaron as alarmas nos nosos cintos e preparámonos para sentir a forza que turrou de nós ao baleiro, saltamos sincronizados e voamos xuntos a poucos metros un do outro, cos pés por diante entre os que vexo as luces do palacio contra o que caemos como dous corvos de morte, entre a chuvia que comeza a caer e que esvara polo lene campo de forza que nos cobre, miro as cristaleiras contra as que imos chocar, baixo as que está o traidor que desligou os sistemas de seguridade e derivou os datos recebidos dos satélites que están sobre nós, oio o arrousar da roda e o acachoar da choiva que encirra contra min sen mollarme, oio Laon que vai cara a súa morte e me dá o sinal dos dez segundos que como xefe da razzia el ten dereito a estabelecer, chocan os nosos pés contra o cristal cando chegan os cinco e entramos no vasto interior luminoso, esaxeradamente cheo de arte como vai estar de morte, desligo o cinto e caio como unha pedra contra o chan no que bato ao mesmo tempo que as primeiras gotas de chuvia, chega aos meus ouvidos as maldizóns de Laon que tarda en chegar o tempo que tardo en matar os dous primeiros, parapétome tras dunha columna e el tras outra, berra e maldí o día que me coñeceu mentres comezan a rodearnos os dos corpos de seguridade fortemente armados, igual ca nós, Laon conecta os ciberimplantes ilegais dos seus ollos e arredor del choven as balas que é capaz de esquivar igual que a coiraza e o lene campo de forza as repelen, eu desligo o meu e oio os tronos da morte, a sinfonía de destruzón que aínda espera polo figura, fecho os ollos e quedo choído dentro de min, apenas eu podo oír o brado que esperta a besta que mora dentro de min, pois se o brado saíse do cerco dos meus dentes agretaría os mármores, escacharía as vidreiras e os seus anacos caerían sobre aqueles que Laon mata coa forza da súa furia, coa insanía do seu espírito que non consegue espertar a besta que eu consigo espertar, acorda e chamo por ela cando abro os ollos e vexo a brétema de sangue que os cobre, o sangre que latexa o meu corazón enlouquecido polo brado que bradei para chamar a besta que me fai saír do meu acocho, directamente contra eles sen importar os disparos que non me alcanzan, fortes son os tronos mais eu só oio o arrousar da roda que xira e bombea o sangue que choran as clásicas estatuas, ollos que na súa sanguínea cegueira son como os meus cubertos pola brétema vermella, e das barrocas esqueiras chega a fervenza de sangue que cobre o piso de mármore no que caen eles todos, cantos se poñen diante nosa, eu protexido polo arrousar da roda, Laon pola mestría dos seus movementos e pola conciencia de perigo que sente por terme ao seu carón, sen facer caso das maldizóns contra min, eu que ando sobre os sangues que non paran de subir, cubertas de sangue as estatuas por inexplicabeis feridas, mana sangue das paredes e pinga das lámpadas que iluminan a carnizaría que estamos a cometer, soa fora o trono da tormenta e vexo a luz sanguínea através da brétema dos meus ollos que me amosan os mortos contra os que disparo, protexidos por coirazas que de nada serven fronte as nosas armas de tecnoloxía imposíbel que matan co trono ao ritmo do arrousar da roda, eu sou da roda na lama a súa fonda pegada, vinde todos a min, lentos como as nubes que no ceu non deixan de pasar, disparo contra eles coa precisón infame da superioridade, caen diante miña, apunto directamente onde sei que teñen as súas feridas que estouran nun estoupido de sangue, estouran os seus corpos nun surtidor de sangue que vai parar ao piso no que se unen co sangue que choran as estatuas, que mana das paredes e pinga do teito, chega pola esqueira e fai un ruído semellante ao da roda que arrousa dentro de min e segue a arrousar cando o sangue acada o punto máximo e non hai máis, por todos os cuartos levamos a nosa sede de sangue cada un polo seu lado, sepárome del e xa non teño por que disimular a besta que deixo saír, mátoos todos na vertixe do xirar da roda que me recorda que cento por un, cento por un e de cada un deses cen fai outro cento, pois ningún naceu para non morrer, morren aos meus disparos, á forza dos meus puños que lles fenden a carne e quebran os seus osos, esmagados baixo a inexorábel roda, arrolados por ela igual que ela me arrola co seu arrousar que non ha parar, nen sequer cando se detén o cuspir do sangue e xa non encontro máis a quen matar baixo o ímpeto inexorábel da roda, marcha a brétema dos meus ollos, conecto no meu pulso o detector de movimento mais só podo ver o sinal de Laon que se achega a min igual que eu vou cara el, ao salón no que nos encontramos, cuberto de sangue e dos corpos mutilados dos que se atreveron a enfrontarse a nós, a min e a Laon que espera por min con mirada de aluado, a carón dun homiño tamén armado e asustado.
—Quen carallo cres que es, monte de merda?! —Achegueime a eles polo corredor, sen presa nengunha, a aturar os berros do que vai morrer, a arma na miña man, fico diante deles baixo a choiva que entra polas vidreiras rotas, á luz azul das poucas lámpadas que hai sen romper—. Vanche dar a ti cando o conte! Non vas durar unha merda! Puideron nos matar, mona! Isto non é un xogo! Aquí a xente non vai por libre!
Suando e enchoupado pola chuvia permaneceu até que quedei diante del, armados os dous, o homiño a tremer entre os dous e preguntándose como o outro quen é este que está diante de nós e que matou tanto que case non deixou nada para o outro demasiado ocupado en salvar a súa propia vida, quen carallo é este que mira para min sen mover unha cella, o que matou tanto como ninguén é capaz de matar, sen atreverse a pensar no que non quer pensar, é un home de Harris, é o Diaño encarnado, eu sou da roda na lama a súa fonda pegada, eu sou quen ouve o arrousar da roda, eu que vou te matar, a ti que me miras e segues sen me ver.
—Non tes nada a dicer, Sævin?
—Pois non. Aquí estou… a aprender do mestre.
Laon prefere non responder e mira para o homiño que prefere non falar e fica de pé diante dos dous.
—Canto tempo nos queda?
—A policía quedou en que viña en quince minutos despois de lles dar o sinal —respondeu o traidor.
—Pois a que esperas? Aquí xa non temos máis nada a facer se están todos mortos.
—Están? —preguntei eu.
—Abofé que si —dixo Laon sen se atrever aínda a mirar directamente para mim—. Aquí o amigo meteulles máis tiros que a un can coa rabia. Rapaz, vas ser moi rico, iso seguro. —O homiño ollou un momento para min, e logo arriba da esqueira, logo novamente a Laon que sen dubidar un momento dunha patada o desarmou, e logo púxolle o canón directamente na vidalla—. Hai algo que nós non saibamos e ti si, meu pequerrechiño?
O homiño suaba sen atreverse a mover nen os ollos, e volveu mirarme, a min que non deixaba de oír o arrousar, de ver o sangue que en fervenza caía polo chanzos da esqueira á que miraba o homiño antes de contestar con voz afogada.
—Arriba.
—Arriba que, meu?
—Os nenos.
—Os nenos?
—Os netos do grande xefe. Polos vistos andan de visita aquí.
—Hostis! Pois moi agradecidos por reservar o mellor para os profesionais, home… Moi agradecidos! —berrou Laon. Deulle un golpe coa súa arma e deixouno inconsciente no chan—. Agora serás rico, meu, mais a dor de cabeza non cha quita ninguén. Sævin…
—Si?
—Procede.
—A que?
—Acaba o traballo.
—Por que eu?
—Porque o digo eu.
Porque non sabes quen sou e queres sabelo, non sabes como fun quen de matalos todos, de aniquilalos todos mentres ti estabas a agocharte crendo que ía rematar a túa vidiña, non sabes que non teño máis que apuntar onde xa sei que está a ferida que xa lles causei, apuntar onde xa sei que ha finalizar a súa existencia, non fago senón seguir a harmonía do arrousar da roda, subo as esqueiras que é o son dunha fervenza de sangue que volve correr abondoso como se tentase me parar, a min que nen sequer mollo os pés dentro das botas, inmune ao sangue dos meus inimigos que clama pola inxustiza que vai se cometer agora que volvo chegar ao corredor barroco de abóveda de canón, medio canón mentres que eu teño un na miña man, detéñome e vexo o leito do sangue que vai fluír en fervenza pola esqueira que subín, portas a esquerda e dereita e entre elas belos búcaros decorativos, estatuas de branco mármore cubertas de vermello sangue que sae dos seus ollos que apartan a mirada para me non ver, a min que avanzo polo corredor, ábrense ás miñas costas as portas e envórcase o sangue do que as habitacións estaban cheas, camiño da fervenza igual que eu do meu destino, e vexo os cadáveres dos que hai un anaco matei, as súas coirazas fendidas, as súas vidas acabadas, érguense os corpos e míranme os seus ollos sen vida, fan un corredor triunfal ao campión que sou eu, míranme coas súas miradas que non ven e con as súas mans intentan me deter sen conseguilo, intentan falar mais case non oio os salaios e ouveos de mortos en descomposizón, falando entre eles baixo a terra, cinzas ao vento, nos murmurios que comentan que non me puideron deter, antes que os matei e agora que vou matar os que eles querían protexer, miro arriba e vexo a abóveda corrida do corredor na que frescos gloriosos cantan a miña kaänder fåder, en honor de Lotario e en honor de aqueles que comigo a comezaron, frescos de exipcíaco hieratismo que nos mostran a eles e a min, a nosa saída do Urco, a nosa loita cos mortais aos que demos boas e más mortes, de perfil apuntando con as nosas armas, a miña fuxida desesperada, a morte de Golias que me dixo quen eu era para que por fin se fixese o que se debe facer, e vexo o fresco que acaba no momento no que agora estou, cando os mortos xa non me alcanzan cos seus brazos e teño que abrir a porta que sei que non ha envorcar o sangue que aínda non foi derramado, abro e nen sequer dou tempo á neneira a protestar e suplicar polas súas vidas, boureo nela con a forza dun puño e cando bate contra a parede e logo cae ao chan vexo que non era a súa intenzón suplicarme mas voarme a cabeza, o que son os prexuízos, e sen activar o rastexador de calor nen o buscador de sons sei onde se esconden, no armario que abro para que entre a luz e poida ver os nenos, unha nena de sete ou oito anos que intenta calmar o seu irmanciño pequeno, sen atreverse case a respirar para que non os encontre o home mao, o home do saco que ten unha arma na man e que os mira sen paixón nen odio, sen dubidar pois hai unha máis alta meta, unha vinganza que debe ser feita e realizada a despeito dos ollos claros que me miran sen mirar o canon que a ameaza, os seus louros cabelos collidos no colo polo seu irmán que a abraza.
—Correde. Fuxide.
Non obedece senón cando abaixo a arma e a deixo inerte ao meu costado, e o bo home mao deixa camiño á nena que arrastra o irmán e o fai correr, collidos os dous da man para o corredor que no seu faio os mostra correr con bellos perfís entre as estatuas que non deixan de chorar e que parecen animalos a que corran máis rápido, vai detrás o home mao que os segue ás alancadas, os seus pasos amortecidos pola grosa alfombra que os leva á esqueira, collidos da man, só uns nenos que son irmáns fuxirían collidos da man, só un agardaría polo outro cando tropeza e volvería atrás para axudalo a levantarse, baixan as esqueiras seguidos polo home que os segue e que non atende ao outro que os ve anoxado, corren para a porta principal collidos da man a tempo de que a nena olle atrás para ver o outro home mao que apunta e fai fogo, cae o irmanciño e ela espera por el, só un neno espera por outro que está morto, e antes de caer de xeonllos fronte a el morre sen entender o que acontece, aínda collidos da man, e o primeiro home mao chega co outro que non baixa a arma, e que me apunta xusto no medio dos ollos.
—Ti estás imbécil ou que, Sævin? Díxenche ben claro que tiñas que matalos ti.
—Xa. Mais quedei sen balas. —Levanto a arma e en efecto ve o indicador que afirma que agora é un traste inútil e sen razón—. Ves?
—Vexo. E dime agora, Sævin —murmurou coma se non houbese maneira de non ouvilo—: que me impediría matarte agora?
Sen paixón, sen odio e sen fachenda deixo aflorar un breve sorriso nos meus labios que falan e preparan o que logo ocorre.
—Pois… se cadra é que eu teño unha arma na man… e ti non… —Espantado Laon ve que sou eu quen lle apunta no medio dos ollos, foi todo tan rápido que non se decatou, a man é máis rápida que os ollos, os meus cravados nos del que non para de ampear incapaz de dicer palabra, con o que eu salto a miña quenda de réplica e sigo o meu discurso repetido, non hai máis que apuntar a onde xa sei que está a ferida e non teño máis que seguir a harmonía do arrousar no guión que me guia—. Podería matarte agora, Laon… nada mo impediría… Mais non o hei facer: agora non.
E como non quería ouvir o que puidese querer dicirme non lle dei opzón a falar e batín co meu puño no centro do seu peito, mallei nel sen deixalo caer ao chan, a patadas e coteladas sen conseguir deixalo inconsciente e sen empregar sequer a man na que levo a súa arma, até deixalo tendido e case morto diante miña, arrastrándose entre a súa dor. Un bo soldado.
Camiñei lentamente até os corpos dos nenos mortos, os seus sangues a se espallar polo piso de duro e branco mármore, e con a punta do pé e procurando non mancharme dei a volta ao rapaz, que parecía durmido apracibelmente nun leito de sangue e morte, vixiado polos ollos abertos e claros da súa irmá, levanteina e non pesaba máis do que un paxariño, mirei profunda e longamente nos seus ollos que non me vían, igual que na realidade aquí fora ninguén me ve, e pensei que ningún nace para non morrer, tarde de máis ou cedo de máis todos han parar baixo a roda e non serán máis que no sulco da lama unha fonda pegada, e mentres achegaba unha man aos ollos para fechalos a da nena detívome, e ela sostivo a miña mirada, mirei a mirada e vin os seus labios que me preguntaban:
—Que é o que viches nos meus ollos, Sævin? Que hai na miña mirada?
Fechei os ollos e deixeina no piso, deixeina durmir xunto o seu irmán o soño sen soños do definitivo soño, nun leito de sangue e morte que a todos arrola, a min tamén que teño que admitir que non vin nada, nada vin nos ollos aos que miraba e nos que se reflectía aquel que a eles miraba, pois eu só oio o arrousar da roda, eu apenas sinto o arrousar da roda.
Non podo deixar de ouvilo pois eu sou o eixo no que arrousa a roda.
Cadora [continuamente, sen descanso] oio o arrousar da roda.
Volvín os meus pasos e cheguei a Laon que intentaba achegarse até a arma do traidor. Un bo soldado. Deu a volta como puido e entre os seus ollos inchados conseguiu verme diante del, ríxido como un poste, sen paixón nen odio na miña voz nen na miña mirada que nos ollos dunha nena recén asasinada non conseguiu ver nada.
—Rectificar é de sabios, Laon, e non nos debe doer admitir os nosos fallos e voltar ao bo camiño.
—Que?
—Déixao. Xa non importa.
Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón!
Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón!
Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón!
Eu sou quen cadora ouve o arrousar da roda, o eixo no que arrousa a roda ao deixar na lama o sulco da súa fonda pegada.
Non deixo de oílo nen cando libero o trono e fago aínda máis fonda esa pegada.

Kaänder Fåder opk Lothaär ex caënoru VI Finis Terrae consociiSextius Conspikuuzopto Kunta in pectoreopto Pattiottioquevåtz Sævin pro prakor CCXXIX Antipodiaksl facen scroapeut Ibn’ Sadur.
* Y entonces levanté la vista y lo vi, a él, Laon, a quien iba a matar, si no era en ese momento después, si no hoy mañana, si ahora pues ahora, pues sin duda él quería matarme a mí, que iba a matarlo a él, sentado en el asiento del helicóptero chulo como él sólo, un pié en el suelo y el otro en el asiento, una muñeca en la rodilla, admirándose de sus largas piernas, de la imagen de caulquiera que pudiese verlo así rubio y resplandeciente, un ángel de la muerte, el o asesino máximo, en la cumbre de su poder en la banda, respetado por todos e a las órdenes directas de nuestro gran jefe.
—¿En qué piensas, Sævin?
Fue entonces cuando levanté la vista y lo vi, y vi sus heridas, lo vi muerto a mis pies víctima de mi ira, de mi furia irrefrenable, arrullado por el rechinar de la rueda que gira y habla, me lo muestra en las penumbras de este cubículo en el que no oímos nada, desde donde no nos poden oír ahora que vamos camino de la muerte, de los otros, del que sonríe, a mí que levanté la vista para mirarlo, mis codos sobre las rodillas, y lo vi con mi visión de goliardo, la que da el libro que en su giro no deja de rechinar igual que giran las hélices que nos acercan a la muerte.
Meditatio mortis.
—¿Te crees muy listo o qué? —No tengo por qué responder, no vale la pena hablar con los muertos que non volverán igual que la rueda pasa chirriando por el lugar por el que ya pasó, no tiene sentido decirlle que yo soy el que oye el chirriar de la rueda—. Conmigo no te andes con coñas, chaval. Venga, que ya estamos llegando. Tú no te separes de mí, y aprende del maestro.
Lo que no me mata me hace más fuerte, y lo que me mata… también. Sonrío y sé que él no es capaz de ver mi sonrisa porque la escuridad se lo impide, apenas puede ver la luz que se enciende para avisarnos de que debemos empezar nuestra labor, de que Laon debe morir, él que no se estremece cuando se abren las puertas y nos asomamos a la noche oscura, baja la velocidad del vehículo y ya no es tan penoso respirar, activamos nuestros cinturones de gravedad y Laon me miró con superioridad, yo que podría ser su abuelo, yo que no soy más bajo que él, él que va a morir a mis manos, yo que soy un goliardo, él que no lo es y que incluso así se atrevió a ponerme una mano en el hombro para hablarme a gritos entre el ensordecedor zumbar del aire.
—¿Has saltado alguna vez con cinturón gravitatorio, chaval?
Cientos de veces en Australia, en la Guerra del Orco.
—Conozco la teoría.
—Cuando estaba en el ejército —presumió él riendo entre sus gritos—, volvíamos locos a los chinos cuando saltábamos contra ellos.
—¿Chinos? —pregunté extrañado aunque a él le era mucho más difícil oírme—. ¿Cómo que chinos?
—¿Y qué más da? —dijo él encogiéndose de hombros—. Chinos, japoneses… ¡Amarillos de mierda! ¡Chinos!
Sonaron las alarmas en nuestros cinturones y nos preparamos para sentir la fuerza que tiró de nosotros al vacío, saltamos sincronizados y volamos juntos a poucos metros uno del otro, con los pies por delante entre los que veo las luces del palacio contra el que caemos como dos cuervos de muerte, entre la lluvia que empieza a caer y que resbala por el ligero campo de fuerza que nos cubre, miro las cristaleras contra las que vamos a chocar, bajo las que está el traidor que desconectó los sistemas de seguridad y derivó los datos recibidos de los satélites que están sobre nosotros, oigo el chirriar de la rueda y el golpear de la lluvia que arrecia contra mí sin mojarme, oigo a Laon que va hacia su muerte y me da la señal de los diez segundos que como jefe de la razzia él tiene derecho a establecer, chocan nuestros pies contra el cristal cuando llegan los cinco y entramos en el vasto interior luminoso, exageradamente lleno de arte como lo va a estar de muerte, desconecto el cinturón y caigo como una piedra contra el suelo contra el que impacto al mismo tiempo que las primeras gotas de lluvia, llega a mis oídos las maldiciones de Laon que tarda en llegar el tiempo que tardo en matar a los dos primeros, me parapeto detrás de una columna y él detrás de otra, grita y maldice el día que me conoció mientras empiezan a rodearnos los de los cuerpos de seguridad fuertemente armados, igual que nosotros, Laon conecta los ciberimplantes ilegales de sus ojos y alrededor de él llueven las balas que es capaz de esquivar igual que la coraza y el ligero campo de fuerza las repelen, desconecto el mío y oigo los truenos de la muerte, la sinfonía de destrucción que todavía espera por el figura, cierro los ojos e me quedo enclaustrado dentro de mí, sólo yo puedo oír el bramido que despierta a la bestia que mora dentro de mí, pues si el bramido saliese del cerco de mis dientes agrietaría los mármores, quebraría las vidrieras y sus trozos caerían sobre aquéllos a los que Laon mata con la fuerza de su furia, con la insanía de su espíritu que no consigue despertar a la bestia que yo consigo despertar, se sacude y la llamo cuando abro los ojos y veo la niebla de sangre que los cobre, la sangre que late mi corazón enloquecido por el bramido que bramé para llamar a la bestia que me hace salir de mi refugio, directamente contra ellos sin importar los disparos que no me alcanzan, fuertes son los truenos pero yo sólo oigo el chirriar de la rueda que gira e bombea la sangre que lloran las clásicas estatuas, ojos que en su sanguínea ceguera son como los míos cubiertos por la niebla roja, y de las barrocas escaleras llega la cascada de sangre que cubre el suelo de mármol sobre el que caen todos ellos, cuantos se ponen delante de nosotros, yo protegido por el chirriar de la rueda, Laon pola maestría de sus movimientos y por la conciencia de peligro que siente por tenerme a su lado, sin hacer caso de las maldiciones contra mí, yo que ando sobre las sangres que non dejan de subir, cubiertas de sangre las estatuas por inexplicables heridas, mana sangre de las paredes y gotea de las lámparas que iluminan la carnicería que estamos cometindo, suena fuera el trueno de la tormenta y veo la luz sanguínea a través de la niebla de mis ojos que me muestran los muertos contra los que disparo, protegidos por corazas que de nada sirven frente a nuestras armas de tecnología imposible que matan con el trueno al ritmo del chirriar de la rueda, yo soy la profunda huella que en el barro deja la rueda, venid todos a mí, lentos como las nubes que en el cielo no deijn de pasar, disparo contra ellos con la precisión infame de la superioridad, caen delante de mí, apunto directamente a donde sé que tienen sus heridas que rebientan en un eatallido de sangre, estallan sus cuerpos en un surtidor de sangre que va a parar al suelo en el que se unen con la sangre que lloran las estatuas, que mana de las paredes y gotea del techo, llega por la escalera y hace un ruido semejante al de la rueda que chirría dentro de mí y segue chirriando cuando la sangre alcanza el punto máximo y no hay más, por todas las habitaciones llevamos nuestra sed de sangre cada uno por su lado, me separo de él y ya no teño por qué disimular a la bestia que dejo salir, los mato a todos en la vorágine del girar de la rueda que me recuerda que ciento por uno, ciento por uno y de cada uno dr esos cien haz otro ciento, pues ninguno nació para no morir, mueren a mis disparos, a la fuerza de mis puños que les hienden la carne e quiebran sus huesos, aplastados bajo la inexorable rueda, arrollados por ella igual que ella me arrulla con su chirriar que no se detendrá, ni siquiera cuando se detiene el fluir de la sangre y ya no encuentro a nadie más a quien matar bajo el ímpetu ineludible de la rueda, se va la niebla de mis ojos, conecto en mi muñeca el detector de movimiento pero sólo puedo ver la señal de Laon que se acerca a mí igual que yo voy hacia él, al salón en el que nos encontramos, cubierto de sangre y de los cuerpos mutilados de los que se atrevieron a enfrentarse a nosotros, a mí y a Laon que me espera a mí con mirada de alunado, al lado de un hombrecillo también armado, y completamente asustado.
—¿Quién cojones te crees que eres, pila de mierda?! —Me acerqué a ellos por el pasillo, sin prisa alguna, soportando los gritos del que va a morir, el arma en mi mano, permanezco delante de ellos bajo la lluvia que entra por las vidrieras rotas, a la luz azul de las pocas lámparas que hay sin romper—. ¡Te van a dar a ti cuando lo cuente! ¡No vas a durar una mierda! ¡Pudieron matarnos, mamón! ¡Esto no es un juego! ¡Aquí la gente no va por libre!
Sudando y empapado por la lluvia estuvo hasta que quedé delante de él, armados los dos, el hombrecillo temblando entre los dos y preguntándose como el otro quién es éste que está delante de nosotros y que mató tanto que casi no deijó nada para el otro, demasiado ocupado en salvar sua propia vida, quién demonios es éste que me mira sin mover una ceja, el que mató tanto como nadie es capaz de matar, sin atreverse a pensar en lo que non quiere pensar, es un hombre de Harris, es el Diablo encarnado, yo soy la profunda huella que en el barro deja la rueda, yo soy el que oye el chirriar de la rueda, yo que te voy a matar, a ti que me miras y sigues sin verme.
—¿No tienes nada que decir, Sævin?
—Pues no. Aquí estoy… aprendiendo del maestro.
Laon prefere non responder e mira para o homiño que prefere non falar e fica de pé diante dos dous.
—Canto tempo nos queda?
—A policía quedou en que viña en quince minutos despois de lles dar o sinal —respondeu o traidor.
—Pois a que esperas? Aquí xa non temos máis nada a facer se están todos mortos.
—Están? —preguntei eu.
—Abofé que si —dixo Laon sen se atrever aínda a mirar directamente para mim—. Aquí o amigo meteulles máis tiros que a un can coa rabia. Rapaz, vas ser moi rico, iso seguro. —O homiño ollou un momento para min, e logo arriba da esqueira, logo novamente a Laon que sen dubidar un momento dunha patada o desarmou, e logo púxolle o canón directamente na vidalla—. Hai algo que nós non saibamos e ti si, meu pequerrechiño?
O homiño suaba sen atreverse a mover nen os ollos, e volveu mirarme, a min que non deixaba de oír o arrousar, de ver o sangue que en fervenza caía polo chanzos da esqueira á que miraba o homiño antes de contestar con voz afogada.
—Arriba.
—Arriba que, meu?
—Os nenos.
—Os nenos?
—Os netos do grande xefe. Polos vistos andan de visita aquí.
—Hostis! Pois moi agradecidos por reservar o mellor para os profesionais, home… Moi agradecidos! —berrou Laon. Deulle un golpe coa súa arma e deixouno inconsciente no chan—. Agora serás rico, meu, mais a dor de cabeza non cha quita ninguén. Sævin…
—Si?
—Procede.
—A que?
—Acaba o traballo.
—Por que eu?
—Porque o digo eu.
Porque non sabes quen sou e queres sabelo, non sabes como fun quen de matalos todos, de aniquilalos todos mentres ti estabas a agocharte crendo que ía rematar a túa vidiña, non sabes que non teño máis que apuntar onde xa sei que está a ferida que xa lles causei, apuntar onde xa sei que ha finalizar a súa existencia, non fago senón seguir a harmonía do arrousar da roda, subo as esqueiras que é o son dunha fervenza de sangue que volve correr abondoso como se tentase me parar, a min que nen sequer mollo os pés dentro das botas, inmune ao sangue dos meus inimigos que clama pola inxustiza que vai se cometer agora que volvo chegar ao corredor barroco de abóveda de canón, medio canón mentres que eu teño un na miña man, detéñome e vexo o leito do sangue que vai fluír en fervenza pola esqueira que subín, portas a esquerda e dereita e entre elas belos búcaros decorativos, estatuas de branco mármore cubertas de vermello sangue que sae dos seus ollos que apartan a mirada para me non ver, a min que avanzo polo corredor, ábrense ás miñas costas as portas e envórcase o sangue do que as habitacións estaban cheas, camiño da fervenza igual que eu do meu destino, e vexo os cadáveres dos que hai un anaco matei, as súas coirazas fendidas, as súas vidas acabadas, érguense os corpos e míranme os seus ollos sen vida, fan un corredor triunfal ao campión que sou eu, míranme coas súas miradas que non ven e con as súas mans intentan me deter sen conseguilo, intentan falar mais case non oio os salaios e ouveos de mortos en descomposizón, falando entre eles baixo a terra, cinzas ao vento, nos murmurios que comentan que non me puideron deter, antes que os matei e agora que vou matar os que eles querían protexer, miro arriba e vexo a abóveda corrida do corredor na que frescos gloriosos cantan a miña kaänder fåder, en honor de Lotario e en honor de aqueles que comigo a comezaron, frescos de exipcíaco hieratismo que nos mostran a eles e a min, a nosa saída do Urco, a nosa loita cos mortais aos que demos boas e más mortes, de perfil apuntando con as nosas armas, a miña fuxida desesperada, a morte de Golias que me dixo quen eu era para que por fin se fixese o que se debe facer, e vexo o fresco que acaba no momento no que agora estou, cando os mortos xa non me alcanzan cos seus brazos e teño que abrir a porta que sei que non ha envorcar o sangue que aínda non foi derramado, abro e nen sequer dou tempo á neneira a protestar e suplicar polas súas vidas, boureo nela con a forza dun puño e cando bate contra a parede e logo cae ao chan vexo que non era a súa intenzón suplicarme mas voarme a cabeza, o que son os prexuízos, e sen activar o rastexador de calor nen o buscador de sons sei onde se esconden, no armario que abro para que entre a luz e poida ver os nenos, unha nena de sete ou oito anos que intenta calmar o seu irmanciño pequeno, sen atreverse case a respirar para que non os encontre o home mao, o home do saco que ten unha arma na man e que os mira sen paixón nen odio, sen dubidar pois hai unha máis alta meta, unha vinganza que debe ser feita e realizada a despeito dos ollos claros que me miran sen mirar o canon que a ameaza, os seus louros cabelos collidos no colo polo seu irmán que a abraza.
—Correde. Fuxide.
Non obedece senón cando abaixo a arma e a deixo inerte ao meu costado, e o bo home mao deixa camiño á nena que arrastra o irmán e o fai correr, collidos os dous da man para o corredor que no seu faio os mostra correr con bellos perfís entre as estatuas que non deixan de chorar e que parecen animalos a que corran máis rápido, vai detrás o home mao que os segue ás alancadas, os seus pasos amortecidos pola grosa alfombra que os leva á esqueira, collidos da man, só uns nenos que son irmáns fuxirían collidos da man, só un agardaría polo outro cando tropeza e volvería atrás para axudalo a levantarse, baixan as esqueiras seguidos polo home que os segue e que non atende ao outro que os ve anoxado, corren para a porta principal collidos da man a tempo de que a nena olle atrás para ver o outro home mao que apunta e fai fogo, cae o irmanciño e ela espera por el, só un neno espera por outro que está morto, e antes de caer de xeonllos fronte a el morre sen entender o que acontece, aínda collidos da man, e o primeiro home mao chega co outro que non baixa a arma, e que me apunta xusto no medio dos ollos.
—Ti estás imbécil ou que, Sævin? Díxenche ben claro que tiñas que matalos ti.
—Xa. Mais quedei sen balas. —Levanto a arma e en efecto ve o indicador que afirma que agora é un traste inútil e sen razón—. Ves?
—Vexo. E dime agora, Sævin —murmurou coma se non houbese maneira de non ouvilo—: que me impediría matarte agora?
Sen paixón, sen odio e sen fachenda deixo aflorar un breve sorriso nos meus labios que falan e preparan o que logo ocorre.
—Pois… se cadra é que eu teño unha arma na man… e ti non… —Espantado Laon ve que sou eu quen lle apunta no medio dos ollos, foi todo tan rápido que non se decatou, a man é máis rápida que os ollos, os meus cravados nos del que non para de ampear incapaz de dicer palabra, con o que eu salto a miña quenda de réplica e sigo o meu discurso repetido, non hai máis que apuntar a onde xa sei que está a ferida e non teño máis que seguir a harmonía do arrousar no guión que me guia—. Podería matarte agora, Laon… nada mo impediría… Mais non o hei facer: agora non.
E como non quería ouvir o que puidese querer dicirme non lle dei opzón a falar e batín co meu puño no centro do seu peito, mallei nel sen deixalo caer ao chan, a patadas e coteladas sen conseguir deixalo inconsciente e sen empregar sequer a man na que levo a súa arma, até deixalo tendido e case morto diante miña, arrastrándose entre a súa dor. Un bo soldado.
Camiñei lentamente até os corpos dos nenos mortos, os seus sangues a se espallar polo piso de duro e branco mármore, e con a punta do pé e procurando non mancharme dei a volta ao rapaz, que parecía durmido apracibelmente nun leito de sangue e morte, vixiado polos ollos abertos e claros da súa irmá, levanteina e non pesaba máis do que un paxariño, mirei profunda e longamente nos seus ollos que non me vían, igual que na realidade aquí fora ninguén me ve, e pensei que ningún nace para non morrer, tarde de máis ou cedo de máis todos han parar baixo a roda e non serán máis que no sulco da lama unha fonda pegada, e mentres achegaba unha man aos ollos para fechalos a da nena detívome, e ela sostivo a miña mirada, mirei a mirada e vin os seus labios que me preguntaban:
—Que é o que viches nos meus ollos, Sævin? Que hai na miña mirada?
Fechei os ollos e deixeina no piso, deixeina durmir xunto o seu irmán o soño sen soños do definitivo soño, nun leito de sangue e morte que a todos arrola, a min tamén que teño que admitir que non vin nada, nada vin nos ollos aos que miraba e nos que se reflectía aquel que a eles miraba, pois eu só oio o arrousar da roda, eu apenas sinto o arrousar da roda.
Non podo deixar de ouvilo pois eu sou o eixo no que arrousa a roda.
Sin cesar oigo el chirriar de la rueda.
Volvín os meus pasos e cheguei a Laon que intentaba achegarse até a arma do traidor. Un bo soldado. Deu a volta como puido e entre os seus ollos inchados conseguiu verme diante del, ríxido como un poste, sen paixón nen odio na miña voz nen na miña mirada que nos ollos dunha nena recén asasinada non conseguiu ver nada.
—Rectificar é de sabios, Laon, e non nos debe doer admitir os nosos fallos e voltar ao bo camiño.
—Que?
—Déixao. Xa non importa.
Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón!
Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón!
Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón! Ka-chón!
Yo soy el que sin cesar oye el chirriar de la rueda, el eje en el que chirría la rueda al dejar en el barro el surco de su profunda huella.
No dejo de oírlo ni cuando libero el trueno y hago todavía más honda su pisada.

Kaänder Fåder opk Lothaär ex caënoru VI Finis Terrae consociiSextius Conspikuuzopto Kunta in pectoreopto Pattiottioquevåtz Sævin pro prakor CCXXIX Antipodiaksl facen scroapeut Ibn’ Sadur.

*
Como se puede comprobar fácilmente Saevin es un goliardo muy peligroso, se mueve entre las balas con facilidad insultante después de diez años de guerra sin parar, para él es como si todo sucediese a cámara lenta, y supera ampliamente a un peligroso asesino profesional que no tiene ni idea de con quién se está jugando la vida. La ambigüedad de Saevin también es de señalar: como todo goliardo, siente aversión ante la idea de matar a seres débiles, incluso cuando los atacan mujeres bien armadas les da mal yuyu combatir con ellas (con eso se podría sacar más de una situación cachonda), y desde luego consideran indigno matar a un niño. Saevin se niega a matarlos, pero me parece que queda claro que no hace mucho para evitar que su compañero complete la misión, y sólo entonces él toma su venganza tanto por el disgusto que siente por el asesino como por lo que ha ocurrido.

El resultado, hasta cierto punto, es satisfactorio, pero sólo relativamente. ¿Se podría mantener semejante intensidad y lío lingüístico y conceptual en una obra que, me sospecho, será un tanto voluminosa?

21.8.07

Goliardos - Buscando un lugar en el mundo

En estos miniensayos sobre los goliardos de Carmiña Burana y su extraña naturaleza quizá muchos se sientan despistados. ¿Qué pintan esos goliardos en el mundo, y si tan aislados parecen del él, con quién se relacionan?

Para eso habría que explicar lo que viene a continuación, el marco general al que pertenecen tanto Carmiña Burana como Kaänder Fåder. Todavía más, se puede decir que todas mis obras comparten de un modo u otro un mismo universo, aunque ahí estaríamos ya en terreno más pantanoso, pues en Carmiña Burana de pasada incluso se menta a los edificiales, que de momento sólo han aparecido en el demencial proyecto que fue Becratosinok. Sin meternos en esas profundidades podríamos exponer la naturaleza del mundo de la siguiente manera: habría dos esferas de existencia, una superior, y otra en la que se desenvuelven los asuntos humanos. Sería una visión no muy distinta de la que tiene, por ejemplo, el hinduísmo, o en versión más cercana la cosmología de Lovecraft y asimilados. En la esfera superior habitan y luchan seres de poderes tremebundos, colosales, como la casta del Abóminon, y otras perlas que andan por ahí. Su relación con la esfera humana, nuestro mundo físico y sensible, es tangencial, pero cuando se manifiestan en ella suele montarse una muy gorda. Dentro de las visiones que sufren los goliardos cuando beben, o cuando duermen, quizá la más importante es la Consunción de los Tiempos, la llegada del Ente, unos seres incognoscibles que no alcanzan a saber lo que son pues al acabar el trance sólo queda la sensación de haberlos visto, pero es algo que no pueden expresar con palabras. La llegada del Ente (el que existe, el que es), supondrá el fin del mundo tal como se conoce, y lo que hay más allá de su llegada nadie lo conoce.

¿Qué es un goliardo en este esquema? Pues un miembro de una casta de la hybris, humano en esencia pero afectado de alguna manera por las emanaciones de la otra esfera de realidad. Por lo menos así es como lo explican los goliardos. Esto significa, desde luego, que hay otras castas de la hybris. En Carmiña Burana aparecían sólo dos, los templarios, llamados habitualmente por los goliardos “cadáveres en lata”, y los xeroxianos, raza de la hybris obsesionada con el platonismo, hasta el punto que se cree que fue un xeroxiano el que debió comerle el coco al joven Platón y le explicó esas estrafalarias ideas. Eso podría llegar a dilucidarse preguntándoselo, pero los goliardos tienen una especial predilección por matar xeroxianos antes de que ellos puedan decir esta boca es mía. Para Kaänder Fåder tengo inventadas otras dos: los gamusinos y los nosophoros, vagamente parecidos a lo que serían los vampiros de toda la vida.

Aun así no debemos olvidar que Kaänder Fåder estará escrita desde una perspectiva puramente “emic”, el punto de vista de los goliardos sobre el mundo y sobre el resto de las razas de la hybris. Lo que ellos digan de templarios o xeroxianos no tiene que ser verdad en sentido estricto, sino la verdad tal como ellos la ven, con sus inquinas, omisiones y exageraciones. Nadie sabe con seguridad por qué empezó la lucha entre las razas de la hybris, pero está claro que entre ellas hay una fuerte animadversión incluso las pocas veces que se reúnen en una Dieta para parlamentar y hablar sin matarse. Según los goliardos, a la llegada de la Parusía sólo una de las razas seguirá en pie, y todas las demás habrán sido exterminadas. Esto es algo que el resto de las razas no tiene por qué compartir, y que además les da muy mal yuyu porque tienen delante no sólo a la raza más agresiva y poderosa, sino que además parece determinada a aniquilarlos a todos. Por cada conflicto que se produce entre dos razas en el que no están involucrados los goliardos hay como mínimo cinco en los que sí son uno de los bandos combatientes. Dada la intensidad que empezaban a presentar los combates entre las razas de la hybris, se produjo la mayor colaboración que jamás haya existido entre todas ellas para crear un espacio de seguridad en el que dirimir sus diferencias, un campo de batalla neutral en el que no se pudiesen entrometer los humanos. Se creó así un espacio de reserva dentro de la esfera sensible, un subespacio o submundo accesible sólo a las razas de la hybris, y del que entran y salen a voluntad. Cada raza lo llama más o menos como le da la gana. Los goliardos lo llaman el Orco, los xeroxianos el Hades y los templarios el Averno. Sólo algunos de entre los flaam, los “intelectuales” entre los goliardos, y todos los albéitares, saben cómo funciona realmente esa realidad segregada y con la misma apariencia que la original en la que están acampadas las centurias, y donde se entablan grandes batallas sin que nadie los interrumpa. Las reglas para entrar y salir del Orco son muy estrictas, y en ningún caso puede uno huir o retirarse al mundo primario.

Entonces, ¿qué pintan los goliardos, y se supone que también miembros de otras razas, en medio de las guerras humanas? Básicamente con ello lo que busca el goliardo, aparte de pasárselo bien y aprender de primera mano las técnicas modernas de combate, es conocer la sordidez de la guerra inhumana de los humanos, por contraste con la guerra voluntaria y consentida en la que se han enzarzado las razas de la hybris, en la que nadie concede ni espera misericordia, y no hay más víctimas que aquéllos que libremente participan en ella.

La Dieta de Macao y la Guerra del Orco.

Aunque las batallas entre las distintas razas de la hybris siempre se dieron en el Orco después de la creación de éste, nunca se le llamó la Guerra del Orco hasta después de la Dieta de Macao. El origen de la guerra abierta es uno de los comentarios que hace Golias en Carmiña Burana: “No sé si es que nosotros nos hacemos más fuertes con el tiempo o son ellos más débiles, pero en cada batalla nos duran menos”.

Se supone que Kaänder Fåder se desarrolla en 2040, por necesidades de la edad de Saevin, setenta años, y que así siga teniendo familiares vivos. Diez años antes se produjo una alianza entre dos razas para enfrentarse a las centurias VI y XXVII, todo establecido según las garantías de los enfrentamientos pactados y ritualizados que se realizan en el Orco, como se vio en Carmiña Burana. Según cuentan los que lo vieron, Tiago se acercó a Golias cuando los dos ejércitos estaban dispuestos uno frente a otro, y con un papel en la mano esperó a que le diese su número en la porra goliárdica, que consiste en apostar a ver cuántos muertos habrá entre ellos al finalizar la batalla; es decir, una porra como cualquier otra. Golias permaneció callado largo rato, mirando al infinito a través del estrecho visor de su casco corintio forjado en titanio, mientras apretaba con fuerza su martillo de guerra. Por fin dijo: “Ninguno”. Tiago no se molestó en preguntar a los demás, pues el rumor de lo que había dicho Golias se extendía ya entre las filas de los goliardos, y nadie se atrevería a contradecir al más eminente entre ellos, modelo de conducta y espejo de goliardos. Antes de empezar la batalla señaló al enemigo con el martillo de guerra y les gritó para arengarlos: “¿Los veis ahí, delante de nosotros? Todos son caro data vermibus.* Sólo que todavía no lo saben. Decidme: ¿tenéis miedo de los muertos?” (*”Carne ofrecida a los gusanos”, falsa etimología de cadáver.)

Aquel día, aunque hubo muchísimos heridos, no murió ni uno sólo de los goliardos, que contemplaron el campo de batalla cubierto por miles de cadáveres de sus enemigos. Una hora después Golias ordenó que todas las centurias atacasen al enemigo más cercano. El resultado fue una matanza como no se había visto en el Orco. Dos días después se convocó la Dieta de Macao, a la que los goliardos acudieron únicamente para presentar una declaración unilateral de guerra sin cuartel y sin posibilidad de armisticio, y en la que sólo se llega a acordar la paridad de fuerzas en cada batalla. Con las cosas ya claras, asesinaron sin piedad a los embajadores de las otras razas de la hybris, y comenzó la Guerra del Orco.

Para sorpresa de muchos, Golias renunció a ser el comandante en jefe de la guerra, ya que dijo que bastante se divertiría en el Apocalipsis al frente de todos los goliardos, o quizá intuía que se iba a convertir en una interminable guerra sin cuartel, una guerra de trincheras que poco a poco se parecería más a una guerra humana. La segunda sorpresa fue que, por razones demasiado complejas de explicar aquí, fue elegido Saevin como general de la Guerra, el más joven e inexperto de los centuriones.

Después de diez años de guerra, en una de las mínimas treguas que se han acordado, Saevin hace una visita a su antigua centuria, la centuria VI de Golias, para pedirle consejo. Apenas acaba de llegar cuando se produce la noticia de la muerte de Lotario, uno de sus mejores amigos cuando estuvo a las órdenes directas de Golias, y se proclama una Kaänder Fåder en su honor. Se produce entonces una discusión entre Golias y Saevin, y a persar de la admiración que siente por el joven centurión decide darle una lección sobre lo que significa realmente ser goliardo, y por eso decide llevarlo consigo en la Kaänder Fåder, a la que también irá Kunta. El cuarto componente lo escoge Tiago como albéitar, y en vez de elegir a un flaam de reconocido prestigio, como todos esperaban, elige a… no lo voy a decir.

-SuperSantiEgo

15.8.07

Goliardos – La metempsicosis y la memoria alienada.

Los goliardos son inmortales. Bueno, casi, de aquella manera. No envejecen más allá de la plenitud de la fuerza y la juventud, pero pueden morir si su cuerpo físico es dañado hasta un límite que su constitución casi perfecta no pueda reparar. Los goliardos son capaces de recuperarse de heridas realmente horrorosas, pero todo tiene un límite.
Sin embargo cuando los goliardos ven morir a uno de sus compañeros no le dicen “adiós”, sino “hasta luego”. Saben que su alma (los goliardos usan los términos ánima, thelema o Gëiskt) vaga por el éter buscando un nuevo cuerpo en el que encarnarse, y que durante unos quince años más o menos su hermano vivirá en otro cuerpo sin saber quién es en realidad, hasta que despierte con una nueva Epifanía y recupere todos los recuerdos de sus anteriores vidas como goliardo. Lo que haya aprendido en esos años de anonimato lo conservará, así como sus recuerdos. Se reintegra en su centuria, sus amigos le dan una fiesta que parece que se acaba el mundo y aquí paz y después gloria. Esto explica por qué puede haber goliardos que se llamen Nakemura pero tengan pinta de noruegos, u otras variaciones más extrañas. Golias, por ejemplo, fue negro de origen brasileño durante la Guerra de Vietnam.
Esto fue lo que explicó Golias a Carmiña en Carmiña Burana, y es cierto, aunque no deja de ser una media verdad. La metempsicosis goliárdica implica, según dicen los goliardos, el desplazamiento del alma que iba a nacer, así que cada nueva vida para un goliardo implica la no existencia de la vida de un ser humano: el alma del goliardo, más fuerte y con mayor voluntad de vivir, impide que el alma del niño que iba a nacer ocupe su cuerpo. Toda reencarnación goliárdica implica pues un asesinato para que se reequilibren las fuerzas de la naturaleza. De hecho los goliardos no creen en la teoría de la trasmigración de las almas para todos los seres humanos, y creen que sus espíritus son tan débiles y llegan tan deteriorados al final de sus vidas que se extinguen completamente con la muerte, hasta disolverse en la nada. Consideran que quizá, en algunos casos, unos pocos pueden volver a encarnarse, pero aun así no tienen suficiente voluntad de vivir como para acceder a los recuerdos de las encarnaciones pasadas.
Los pocos que han leído Carmiña Burana entenderán que con este nuevo detalle de la reencarnación goliárdica el final de esa novela es si cabe todavía más bestia. Iba a ponerlo, pero preferí no pasarme de bruto.
La teoría de la metempsicosis goliárdica en cierto grado es contraria al budismo, ya que no se busca escapar de la rueda de la vida, sino dar una vuelta más en ella a toda costa. En uno de sus incontables vaciles pseudohistóricos que parecen reescribir la historia Tiago insinúa que sin querer el príncipe Shidarta terminó inventando el budismo al malinterpretar unas cuántas cosas que él que le dijo. Probablemente también la frase de Nietzsche: “¿Así que esto era la vida? ¡Pues venga otra vez!”, sea de origen goliárdico, dado el encuentro de Golias con ese filósofo. Esto se consigue por tanto no a través de la extinción del deseo, sino por el cultivo de una voluntad inquebrantable (thelema), la sed de ser y de existencia que caracteriza a todo goliardo, y sobre todo el gozo de vivir, que en el goliardo es una llama que parece que puede brillar cada vez con más fuerza sin que llegue a menguar jamás, un relámpago, una locura, un fuego que todo lo consume. Este gozo, esa alegría, el frenesí de la existencia goliárdica, hace que el alma que muere abandone su envoltorio material con una fuerza inusitada, y su voluntad de seguir existiendo y retomar la rueda de la vida permite que encuentre un nuevo cuerpo en el que morar. Una de las frases de Saevin es. “Yo soy la profunda huella que en el barro deja la Rueda. (Eu son da Roda na lama a súa fonda pegada).” Aunque varias son las querellas que los goliardos dicen mantener contra la raza humana, también es cierto que los miran con condescendencia e incluso pena, y muchas veces reflexionan sobre lo breve e insulso de sus vidas, que ven como un pálido reflejo de la existencia verdadera que ellos disfrutan. Recordemos lo que Golias repitió a Carmiña en más de una ocasión: “Hermana, jode y bebe, que para vosotros la vida es bien breve”. Lo que no dijo Golias es que a pesar de que la vida de los goliardos no es nada brebe no se privan en absoluto de beber ni de joder.
En sus sueños y visiones los goliardos acceden no sólo a memorias de sus vidas, y en la Epiphania Sanguinis comparten las suyas con las demás, sino que en ocasiones ven cosas que no pueden relacionar con sus recuerdos del pasado. A veces dos goliardos que no se conocían de nada sienten la extraña sensación de que ya eran amigos desde hacía mucho tiempo y que han combatido juntos en muchas batallas, sin que sientan que sea una predicción del futuro por llegar, y en sus visiones se ven en batallas de las que nadie sabe nada, o en mundos que no parecen el nuestro. A estas visiones las llaman la “memoria alienada” (alienus memmorica), la memoria ajena, pues no son capaces de interpretarla. Algunos flaam especulan con que los goliardos o sus equivalentes existen en diferentes estratos de realidad o mundos cercanos al nuestro, y que por tanto el espíritu de los goliardos trasciende incluso las barreras místicas y de los mundos, y que así, aunque están destinados a morir definitivamente todos juntos en el Apocalipsis, puede que sus esencias sigan haciendo uno y mil brindis a la vida después de la Consunción de los Tiempos de éste nuestro mundo. Ibn Sadur lo expresó así: “Nosotros somos las sombras de los sueños de otros, igual que esos que no conocemos son los sueños de nosotros las sombras.”
Otra versión: A reviravoltas con a Sabeliña.

C
omo ya he dicho en más de una ocasión, la obsesión por la unidad es una constante en mi obra. Tanto porque yo así lo quiero como porque así sale de suyo natural. Obviamente relatos como Y él me espera, o Éramos pocos y… no tienen relación entre ellos, pero aun así me voy a permitir cierta gamberradita aprovechando que el apellido del protagonista de Éramos pocos y… es el mismo que el del nombre original de Saevin, protagonista de Kaänder Fåder: Seixas. Así quizá Saevin recuerde que tiene un primo en la armada española al que una vez llamó la OTAN para resolver un asunto peliagudo. Huevos de Pascua, los llaman.
Como algunos recordarán, el padre Alberto que aparecía en Het es luego el cura castrense de los goliardos en Carmiña Burana, y en A reviravoltas con a Sabeliña es el personaje, que al final sabremos lo que es, el que da una peculiar versión sobre la metempsicosis y sobre el sentido de la existencia de un goliardo, así como de lo que es “el asco y la amargura” que provoca la teratoontogénesis.
-SuperSantiEgo

14.8.07

Goliardos - Trivium y Quadrivium

TRIVIUM
Grito
Escarnio
Abominación

QUADRIVIUM
Muerte
Dolor
Guerra
Ensañamiento

La verdad es que se explica un poco él solo, pero habría que recordar que éstas son las "Artes Liberales" que practican los goliardos en contraposición a las antiguas:
gramática, dialéctica, retórica, y aritmética, geometría, astronomía, y música.

El Trivium es por así decirlo la forma propia de ser del goliardo: impetuoso, violento, ruidoso, salvaje y expansivo. El Quadrivium es la práctica propia del goliardo, volcado en la muerte, en causar dolor y sufrimiento a sus enemigos en una guerra eterna, y sobre todo entregado a la sevicia, el ensañamiento. Probablemente ésa sea la más temida de las características de los goliardos por parte de sus enemigos: que se ensañan con el enemigo y no conceden cuartel de ningún tipo. Perder ante los goliardos es lo mismo que ser exterminado sin piedad, y como se vio en Carmiña Burana sobrevivir casi es peor.

¿A qué viene esto? Pues que aunque los goliardos a veces sean protagonistas de grandes humoradas, se comporten siempre como adolescentes que no paran de hacerse bromas, y sean en gran medida la fantasía personificada de mucha gente (vitalidad infinita, fiesta y desenfreno constantes), no dejan de ser seres violentos extremadamente crueles en ocasiones. El objetivo es presentarlos, en gran medida, como una sugerente y atractiva forma de maldad, un ideal de vida en parte nihilista y en parte pleno de sentido, pero con un fondo realmente sombrío generado por la hybris que los consume, y dejando claro que el éxtasis y el gozo de vivir en el que parece consistir su existencia es a la vez un continuo sufrimiento de su alma envenenada, bendecida y a la vez condenada a una vida eterna. Por eso los goliardos hablan sin ambajes de la llegada del Apocalipsis, aunque saben que eso significará la muerte definitiva de todos ellos. Sus vidas acabarán en la más desenfrenada y salvaje de las batallas, y después, creen, no habrá más que olvido, y por tanto el final de todo sufrimiento.

Hay grandes personajes de este estilo, con grandes luces y sombras. Por ejemplo el personaje de Sila creado por Colleen Mccullough: ambicioso, asesino y ambiguo, pero a la vez emotivo, capaz de amar sinceramente y con sus grandezas, entre ellas la de aceptarse tal como es. ¿Y qué decir de Tony Soprano, el protagonista de Los Soprano? Gran amigo de sus amigos, líder natural y carismático dotado de una personalidad magnética, protector de los suyos a los que trata con verdadero cariño, padre abnegado y esposo enamorado, y a la vez mafioso sin escrúpulos, ejecutor y asesino, implacable con las debilidades de los que están por debajo de él, putero vocacional y una personalidad desequilibrada que necesita ayuda profesional para no sucumbir a ataques de ansiedad. O Jack Bauer, héroe sin discusión pero también un tipo al que no le tiembla el pulso a la hora de pegar un tiro entre los ojos, cortar una cabeza o torturar a quien sea para obtener la información que desea. Sin lugar a dudas me gustaría ser amigo de todos ellos... porque no me quiero ni imaginar lo que me pasaría si me eligiesen como enemigo.

Los goliardos son nobles y fieles como nadie, caballerosos a su manera, incorruptibles y fieros, dados al mejor de los humores y a la risa, apasionados y brutalmente honestos, músicos y poetas, pero también son seres capaces de desencadenar su fiera interior y cometer las más salvajes matanzas, incluso entre los humanos, y ser poseídos por la cólera y la hybris al recordar su teratoontogénesis o al formular el Argumento Escatológico y reafirmarse en su malteísmo.

Aun así, como se vio ya en Carmiña Burana, los goliardos rehuyen el enfrentamiento contra los débiles, y sienten aversión ante la idea de matar mujeres. Básicamente sólo consideran igualada una pelea contra seres humanos cuando están en desventaja de veinte a uno. Respecto a la misma Carmiña Burana, aunque los goliardos más eminentes hablan de todas las burradas que han hecho entre risas, está claro que el más cruel entre todos es Iohannas, y que lo que hace no es del todo del agrado de los demás, aunque respetan lo que hace porque como se deja bien claro la más sagrada de las normas de comportamiento entre los goliardos es: "Ningún goliardo le dice a otro lo que debe hacer".

-SuperSantiEgo

13.8.07

Goliardos - Centuria VI

Algunos lectores de Carmiña Burana me recriminaron que en la Batalla de Quintana de Mortos era exagerado que 666 goliardos se enfrentasen a 1000 templarios, que los masacrasen sin piedad y que sólo tuviesen 70 bajas mortales. Puede parece exagerado, pero hay que tener en cuenta que si una centuria goliárdica es peligrosa, la Centuria VI es mortal de necesidad: es la centuria de élite, la centuria de Golias. La mera presencia del más poderoso de los goliardos no sólo desequilibraría por sí misma cualquier enfrentamiento, sino que además inspira a todos los demás y los hace dar lo mejor de sí mismos. En términos de algunos juegos de estrategia o figuritas, su presencia no sólo haría la función de “héroe” que amilanaría al enemigo, sino que eleva la moral hasta niveles de fanatismo casi incontrolables. Y decir eso para los goliardos es mucho.

Por si fuera poco el resto de la sextia de mando, los cinco goliardos de confianza que le ayudan a dirigir a Golias la centuria en las batallas, son guerreros más allá de toda comparación, y aunque cada uno podría dirigir por mérito su propia poderosa centuria prefieren servir a las órdenes de Golias. La sextia de mando está compuesta por Golias, Kunta (centurión in pectore, que toma el mando si el centurión muere), Wilfredo, Lotario, Kwan y Hugo.

A esto se le añade que la Centuria VI es, por así decirlo, la universidad de los goliardos, donde se educan la mayor parte de los flaam. Entre los goliardos sólo hay una división posible: waair y flaam, y aun así es algo muy sui generis. Hasta cierto punto se puede decir que todos los goliardos son waair, guerreros, y así es pues todos terminan combatiendo. El flaam es un goliardo que además entra en el camino del conocimiento, aunque esto es relativo, y nadie tiene carné de flaam. Un goliardo es un flaam cuando el resto de sus hermanos empiezan a considerlo un flaam. Los flaam son muy respetados dentro de la sociedad goliárdica, a pesar de que suelen ser menos ruidosos y más circunspectos de lo que se suele esperar de un goliardo. Tampoco es infrecuente que un flaam deje un poco aparcada su actividad intelectual durante unos años y se comporte como un waair cualquiera, para una vez más relajado volver a sus estudios.

Cuestión aparte es ser albéitar, es decir: médico / sacerdote / filósofo / científico goliárdico. Son muy pocos los que sienten la llamada, y menos todavía los que completa los estudios y se convierten en albéitar. Todos los albéitar, del primero al último, han sido discípulos de Tiago. Aunque sólo nominalmente, la autoridad del albéitar está por encima de la del centurión: la autoridad mágico-religiosa por encima de la función guerrera. Los albéitares son tan escasos, y su comportamiento a veces tan extraño para un goliardo, que no es que den miedo al resto de sus hermanos, pero sí los ven a veces con algo de acojono, especialmente a Tiago, probablemente el único ser en el mundo de hacer que Golias achante un poco. Tiago por su parte es el único que no trata a Golias con la reverencia de todos los demás goliardos, sino como a un igual, y en ocasiones como si el pobre no se enterara de nada y no fuese más que un bruto con buen fondo.

Por tanto la Centuria VI Campus Stellae, sita en Santiago de Compostela y en cierto modo la capital del mundo goliárdico, estaría compuesta por:

Albéitar: Tiago de Bizantium (Nombre actual. El original se desconoce.) Títulos: Protoalbéitar. Tiago el Conspicuo. Amanuense del Libro.

Centurión: Golias (Sixtus Iulius Caesar). Títulos: Polemarca. Golias el Conspicuo. Amanuense del Libro.

Sextia de Mando: Kunta (centurión in pectore, toma el mando si el centurión muere), Wilfredo, Lotario, Kwan y Hugo.

Bibliotecario: Ibn Sadur, uno de los flaam más respetados entre los goliardos. Sería el equivalente del director de la Biblioteca Nacional. Es autor en solitario, o en obras colectivas, de estudios monográficos sobre literatura, arte y filosofía goliárdica. Se le confía la escritura del canto épico que narre la Kaänder Fåder realizada en honor a la muerte de Lotario.

Tabernero: Miguel Strogonoff. Encargado de la intendencia. Figura venerada entre los goliardos, al que dicen con respeto: “Restaura nuestras fuerzas y da nuevo aliento a nuestro espíritu agotado”. Golias lo putea cosa mala, pero desde el cariño.

Maestro Armero: Samuel. En la armería de Samuel se puede encontrar desde estrellas chinas a nucleares tácticas.

Maestro Vinatero: Pitarra. El Maestro Vinatero es toda una institución entre los goliardos. Los maestros vinateros no sólo son los depositarios de la alguimia goliárdica que les permite destilar la uva, la cebada, y otras cosas que produzcan alcohol, sino que además son los catadores oficiales, y reconocidos oráculos. Trabajan en estrecha colaboración con los albéitares.

Otros miembros conocidos de la Centuria VI:

001 - Iohannas. Títulos: Iohannas el Conspicuo. Amanuense del Libro. Iohannas pertenece, nominalmente, a la Centuria VI, pero nada más.

002 - Josh Pattiottio: Hipy de los años 60. Vive en una especie de continuo viaje de ácido. Se convirtió en goliardo durante el concierto de Woddstock, y nadie sabe por qué, empezando por él mismo. Es pacifista y cree que sigue viviendo en la época en la que era joven. Durante un tiempo el resto de los goliardos lo consideraron algo así como el tonto del pueblo, si bien al final se acostumbraron a sus rarezas, aunque siguen pensando que hablar con él mucho rato provoca fuertes dolores de cabeza. Está bajo la protección directa de Tiago. Como expliqué en otras ocasiones, Josh Pattiottio es un personaje que nade de una partida de rol a Kult, dirigida por el autor de este blog, en la que el muchacho era un rockero de los tiempos de Nirvana, que estuvo de ácido toda la partida, y cuando los otros personajes detectaban su aura la veían de colorines. Terminó con el ampli encantado de los Sex Pistols del que habla John Constantine en "Hábitos peligrosos". Simplemente lo llevé treinta años al pasado y con el mismo nombre aparece en Carmiña Burana.

003 - Saevin (Sabino Seixas Bouzas): antiguo compañero de Camiña Burana en la facultad. Perteneció a la Centuria VI hasta que fue proclamado centurión de la Antipodi.

004 - Queso Azul. Se hizo famoso por morir casi de una indigestión de queso azul, lo que es de gran mérito dado el saque que tienen los goliardos. Tiago lo salvó in extremis, y desde entonces le quedó el mote.

005 - Cuellopollo. Goliardo de complexión hercúlea cuyo cuello parece un tonel. Es muy habitual que los goliardos terminen siendo conocidos por el apodo o sobrenombre que les han dado sus hermanos.

006 – Teófilo Félix Sousa. El acólito aprendiz de albéitar que sale con Tiago en Carmiña Burana. En esa novela no se cita su nombre, pero se llama así.

007 – Amadís. Uno de los goliardos más famosos, tanto por su habilidad en el campo de batalla como por su dorada y reluciente armadura, además de su virtuosismo con el laúd. Es gran amigo de Golias y de la sextia de mando. En realidad es un goliardo itinerante, y va visitando unas u otras centurias, en las que es acogido con grandes fiestas. Pero como todo goliardo, tiene que estar censado en alguna de las centurias a efectos de la llegada del Apocalipsis, de modo que pertenece nominalmente a la Centuria VI.

008 – Fúcar. Antiguo miembro de la familia Fugger (Fúcar en España), banqueros de Carlos V. Aunque hablar de las finanzas de los goliardos sería tema para otro artículo, podríamos decir que Fugger es el principal analista económico de los goliardos, y el que hace las previsiones de bolsa: ningún goliardo perdió dinero en el Crack del 29. Adam Smith asistió a sus clases.

009 – Ishinguro. Goliardo de origen japonés con fama de ser algo gafe, o más bien mala sombra. Murió en Lisboa cuando en 1755 un tsunami arrasó la ciudad, y estaba en Hiroshima cuando cayó la bomba atómica. Este segundo caso provocó cierto debate entre los goliardos, ya que se dudaba si había que hacer una Kaänder Fåder en su honor. Tiago zanjó la cuestión diciendo: “¿Y qué vamos a hacer? ¿Matar a Oppenheimer o pelearnos con los átomos?” Famosa fue también la conversación enre Tiago e Ishinguro en 2001, hablando por el teléfono móvil: “¿A que son bonitas las vistas desde el World Trade Center? ¿Ishinguro? ¿Ishinguro? Bueno, luego lo llamo, que parece que se ha cortado.” ¿Queda alguna duda de por qué nadie ha encontrado a Ben Laden?

010 – Jack. Literalmente, Jack el Destripador. Fue una exageración meterlo como goliardo pero ahora no lo voy a quitar.

011-013 – Michael, Marcus Antoninus y Ostwald. Tres goliardos que viven en un piso en Compostela haciéndose pasar por estudiantes. Obviamente son los trasuntos de tres amigos míos.

Esta entrada quedará abierta para añadir a los goliardos de la Centuria VI que se me vayan ocurriendo. Si algún lector tiene ganas de proponer a algún personaje de su cosecha con un nombre o alias y un par de frases bastará, siempre que sea interesante o tenga gracia, o como si se quieren poner a ellos mismos con el nombre modificado. Hasta seiscientos y pico aún quedan.
-SuperSantiEgo

Y para los que habéis sido buenos y habéis llegado hasta aquí os pongo una foto, para que pueble vuestras pesadillas como desde que la vi puebla las mías: