26.5.19

La favorita, María reina de Escocia y no me des sermones que no estamos en la iglesia

Uno de estos últimos fines de semana he visto dos pelis de época bastante curiosas. Bueno, ya sabéis, todas las películas son de época, porque todas transcurren en una época, pero son de “otra época”. Las dos están bastante bien, aunque una me gustó más que la otra, y una de ellas tiene algunos tics que dan que pensar que vamos de mal en peor. La que me gustó más fue La favorita, ambientada en los tiempos de Ana I, principios del siglo XVIII, donde todo el mundo es muy metrosexual. Los hombres, obviamente sólo los nobles, hacen alarde de las nuevas masculinidades con grandes pelucones, se pintan la cara como puertas, con corazones en las mejillas, y muestran su poder y riqueza con sedas y brillantes colores. Hay un momento en el que el líder de los whigs le dice muy seriamente a su amigo y protegido: “Un hombre debe acicalarse”. Por lo demás luego durante toda la película están en guerra, creo que no se cita por su nombre pero es nuestra Guerra de Sucesión, y en paralelo suceden las acciones bélicas en América, mientras la valido de la reina está espoleando continuamente a que ésta siga, pero patatas históricas y confusión mezclándolo todo traigo.


La peli es fiel en lo histórico y más o menos pasó todo así, aunque obviamente los hechos están dramatizados, y la recreación de la época es rigurosa y muy bien lograda: de noche los pasillos están iluminados con velas y no se ve apenas, y aunque sean nobles todos en privado hablan con palabrotas y dicen burradas y obscenidades, como los políticos conservadores en VICE, la biopic de Dick Cheney. Los tres personajes principales son la reina Ana I, enferma y poco aficionada a las labores de gobierno, su valido y mejor amiga, Sarah Churchill, duquesa de Marlborough (antepasada de Winston Churchill y de Lady Di), y la prima más joven de ésta, Abigail Masham, de familia hidalga y caída en desgracia, que terminará compitiendo con ella por el favor de la reina. Aunque la reina y su amiga la duquesa de Marlborough tenían casi la misma edad, se llevaban sólo cinco años y eran amigas desde muy jóvenes, en la película la actriz que interpreta a la reina tiene 45 años pero con el maquillaje y el aspecto enfermizo aparenta una edad bastante superior incluso a aquella en la que murió la reina con cuarenta y nueve años, y a la duquesa la interpreta la bellísima Rachel Weisz, que tiene cuarenta y nueve años aunque aparenta bastantes menos, y a la nueva favorita le da vida Emma Stone con treinta.

Que la reina fuese lesbiana y las otras dos compitiesen por su afecto no es algo de lo que haya un verdadero registro histórico, y puede que fuera un rumor para desacreditar a las personas en las que delegaba el poder y por el hecho añadido de que fueran mujeres, e incluso una forma de difamarse entre las dos favoritas entre ellas, pero es una hipótesis bastante sólida a pesar de que no queden datos para demostrarlo sin sombra de duda, así que aunque dentro del terreno de la especulación funciona perfectamente en la película y está todo muy bien tratado como ficción. Hay un momento en el que la valido amenaza a la reina con publicar las cartas de contenido licencioso que ha recibido de la monarca y hacérselas llegar a Jonathan Swift, el famoso gacetillero y periodista satírico, pero luego se arrepiente y ella misma las quema. Algunas cartas se conservan aunque no sean explícitas como las que aparecen en la película, y la verdadera lucha política de las dos mujeres favoritas, una partidaria del partido whig y otra de los tories, apenas aparece para centrarse en lo personal y el triángulo amoroso.

La verdad es que el siglo XVIII, recordemos que seguimos en el Antiguo Régimen, se muestra como bastante cachondo, se ve que los nobles se dedican a divertimentos absurdos y pueriles en muchas ocasiones, como carreras de patos o langostas, y nadie se escandaliza porque una mujer se vista de hombre para cazar o montar a caballo, y hay en general un considerable despiporre, muy lejos de la represión sexual de la época victoriana. Por algo son los tiempos de la Ilustración y de las novelas subidas de tono. Cuando uno ve las costumbres sexuales de la época, o el pitorreo poliamoroso poco después de la Revolución Francesa, me río yo de Woodstock, ¿sabéis?

Obviamente la película trata de tres mujeres en un mundo de hombres: la reina es una mujer muy frustrada que ve que su reinado acabará con su casa real, y las otras dos son básicamente unas trepas que buscan afianzar su posición social y mangonear a una mujer débil. Es una película sobre personajes que son unas hijas de la gran puta, pero entiendes cómo son y las circunstancias en las que viven, así que no encontraremos ninguna concesión a la amistad entre mujeres ni a ninguna otra zarandaja sensiblera. La ideología fundamental es “te piso el cuello antes de que me lo pises a mí”. Ya sabéis: la vida en la corte es un deporte muy duro. ¿Cómo terminó todo? Pues la reina, viuda, de salud débil y bastante desquiciada después de haber sufrido un montón de abortos, murió sin descendencia, su casa real se extinguió y llegaron al poder los Hannover, los famosos Jorges. Fue la última de los Estuardo, y la primera reina de Inglaterra y Escocia cuando los dos reinos se unificaron definitivamente.

El tono de la película no es grave, precisamente. Se ven todas esas relaciones con cierta ironía, y desde la distancia hay un tono de comedia perversa dentro de la competición de esas dos mujeres sin escrúpulos por atraer la atención de la reina. Tampoco hay ninguna concesión moderna al comportamiento habitual de la época: los nobles son unos pedantes y unos frívolos, la guerra es un gran negocio para algunos, un padre vende a su hija para pagar deudas de juego y hombres y mujeres tratan en ocasiones el sexo como moneda de cambio o una forma de obtener favores, e incluso se ve cómo si no se andaban con cuidado a una mujer la podían retener contra su voluntad en una casa de lenocinio y obligarla a ejercer la prostitución.


La otra película es María Reina de Escocia, y también está bien, pero… como se suele decir, tiene considerables pegotes de difícil explicación. Para empezar, y para hacer el chiste, ¿a santo de qué una actriz australiana hace de reina de Inglaterra y una irlandesa de la reina de Escocia? Lo digo por la moda de que por lo visto en ocasiones sólo un actor con las características xyz puede interpretar a un personaje de características xyz, aunque ya hay gente en vida como Elton John que ha declarado que a él lo interprete quien le dé la gana. Lo de la australiana podía colar porque al fin y al cabo son todavía muy british para algunas cosas, pero ¿es que no había una actriz escocesa? Bueno, como se suele decir, ¿a quién le importa? A mí no, desde luego. Pero lo digo por molestar y por lo que explicaré luego. Además, para terminarla de liar, María Estuardo habla con un moderno acento escocés, como la Miranda de Brave, algo que no se entiende muy bien porque volvió a Escocia después de haber estado toda su infancia y primera juventud viviendo en Francia, donde se casó con el rey, así que en todo caso tendría que haber hablado con dificultad al principio de la película, y luego con acentazo francés, lengua en la que solía hablar y en la que escribía sus cartas, eso sin contar que en aquella época los escoceses no hablaban en inglés los que no hablaban gaélico, sino escocés o lallans, para entendernos lo que sería el asturleonés o el aragonés al castellano, que se parecen mucho y no es difícil entenderlo si estás acostumbrado, pero no es lo mismo. El actual acento escocés, así como la forma de hablar inglés con muchas particularidades de Escocia, se explica por el lallans. Yo todavía estoy esperando a que alguien tenga el valor de poner a nuestro Carlos I toda una película hablando con fuerrrrrte asssento alemán, y de joven con un traductor, porque cuando llegó a España no sabía ni papa de español.

La ambientación, las ropas, la iluminación, todo en general nos lleva a finales de un siglo XVII mucho más sobrio que el de la película anterior e incluso bastante puritano, y aparece por ahí el señor John Knox, dando mucho miedito y bramando contra la ramera católica que es la reina. Ya sabéis: en la tolerante Inglaterra de Isabel I durante su reinado y represiones posteriores murió más gente por ser católica que ejecutados en toda la Inquisición española, pero lo que cuenta es lo que te digan las películas de Errol Flynn o la interpretada por Cate Blanchett en la que Felipe II es el jorobado de Notre Dame y anda por ahí más desquiciado que Gollum. La cuestión es que aquí todo el mundo viste de negro y hay más rivalidad entre protestantes y católicos que en un Barça-Madrid cuando se llevan dos puntos en la liga y sólo quedan un par de jornadas.

Todo este esfuerzo se viene un poco abajo por dos circunstancias, una que quizá se podría obviar y otra que es mucho más difícil de asumir. La diferencia entre que en una receta se pueda substituir el jamón por panceta para hacer el sofrito y aceptar barco como animal acuático, para entendernos.
La directora del film, y ya empezamos a prepararnos un poco para la tontería que se nos avecina, declaró que “No quiero hacer una película de época con un reparto sólo de blancos”. Es decir, como La favorita, donde todo el mundo tiene pinta de inglés: más blancos que los polvos de talco. La jodimos, por lo menos un poco. Así que tenemos a un embajador inglés en la corte escocesa que es negro, una dama de compañía de lsabel que es china y un juglar italiano que es afrolatino, en este caso quizá menos llamativo pero sin olvidar que el personaje histórico no sólo no era así, sino que además de no ser un mozo pintón era bastante contrahecho, lo cual sí tiene cierta relevancia. A ver, que yo he visto un Hamlet en el que uno, sólo uno de los actores, hablaba con acento uruguayo entre el resto que hablaba con acento español, y los actores se movía en un “escenario en tres dimensiones”, pero todo estaba muy bien llevado y a nadie nos importaba que vistiesen con ropas actuales. Quicir: por un lado entiendo que en la última versión de Robin Hood, donde ya todo es un despropósito y el guión una locura de principio a fin, la Inglaterra del siglo XIII parezca el actual Picadilly Circus con su variedad humana en toda su expresión, pero si estás haciendo una película de época en la que quieres que visualmente todo parezca correcto, ¿metes a un noble inglés negro?

De todos modos, aunque en parte señalo, que no critico, esto, también lo comprendo. Quizá el problema no está en que estas cosas se hagan, sino por qué y cómo, y la relevancia que se les quiere dar y hacer alarde de ello cuando tampoco es tan nuevo ni escandaliza ya a nadie. Cuando en Mucho ruido y pocas nueces, 1993, apareció Denzel Washington haciendo de don Pedro de Aragón ya se comentó, pero como muy bien se dijo, lo importante es que el actor sea bueno, y en una comedia de Shakespeare en la que además se ha cambiado de siglo la ambientación esas cosas ni se notan y permite bastante manga ancha, que también sale Batman haciendo de sheriff y a nadie le extraña. Ahí estoy totalmente de acuerdo: si un actor o actriz ya ha nacido en el país y habla perfectamente el idioma, ¿se le va a negar la posibilidad de hacer un papel sólo porque su color de piel o la forma de sus ojos no encajan? Pues me parece bastante putada, la verdad. Quizá dentro de unos años en España tendremos a un chino haciendo de Segismundo en La vida es sueño, y muy bien que me parecerá. La primera vez quizá nos llame la atención y nadie nos quitará de hacer el chiste fácil de “Un Segismundo chino, ya lo he visto todo en esta vida”, pero es cuestión de acostumbrarse y verlo con naturalidad, y si sabe declamar bien “Ay triste de mí, ay infelice”, pues lo demás es lo de menos. Claro que eso también reza para revisar a la contra otros ejemplos que han causado cierto enfado hasta hace poco: en Otelo, la obra de teatro y la ópera, se ha criticado que hasta hace poco el actor principal se solía pintar la cara para interpretar al moro de Venecia, aunque en ningún momento se especifica que el personaje sea necesariamente de piel oscura, simplemente por tradición se ha hecho siempre así, lo que ha llevado a decir que sólo una persona de color, racializada o como queramos decirlo, tendría que interpretar ese papel, si bien ha habido representaciones cachondas como la protagonizada por Patrick Stewart, en la que se invirtió el reparto y él era un Otelo blanco y todos los demás actores no blancos, lo que no deja de ser curioso porque la obra no tiene nada que ver con el racismo ni para arriba ni para abajo. Pues bien, quizá sencillamente deba interpretar a Otelo quien lo haga bien. Del mismo modo, repito, la tradición de que en las cabalgatas del día de Reyes una persona se pintase la cara de negro para hacer de Baltasar quizá ya no tenga sentido en un país donde tenemos una considerable variedad racial, pero hace cincuenta o sesenta años probablemente en muchas capitales de provincias les hubiese costado bastante encontrar un negro a no ser que hubiese un guineano de casualidad, y a día de hoy en los pueblos pequeños se sigue haciendo y el concejal o vecino de turno se pinta la cara de negro porque unos Reyes Magos sin rey negro es una tomadura de pelo y los niños no son tontos: quieren a su rey negro aunque sepan perfectamente que está pintado. Hace un par de años un compañero de trabajo nos enseñó sus fotos disfrazado de Baltasar, y tenía gracia, y como él mismo nos dijo ponte a buscar un negro de verdad en un pueblo de Cuenca en medio de la nada. No hay que buscar intencionalidad donde no la hay, aunque eso sí, si te empeñas en buscarla, o la pones tú mismo ahí, siempre la vas a encontrar.

Así que hasta ahí, bien, puedo llegar a aceptarlo y comprenderlo, y que igual que en esta película no hablan lallans e inglés de la época, ni tienen la mitad los dientes podridos como sería lo normal en aquellos tiempos, que hagamos caso omiso de la raza del actor de turno, igual que en Daredevil importaba poco que Kingping fuese negro o blanco, lo que contaba era la presencia física del actor que lo interpretaba. Es decir: el personaje no es negro o blanco en función de la raza del actor, sino que eso pasa a ser irrelevante, lo que se llama daltonismo racial (color blindness). No tengo ningún problema con eso, de verdad. Aun así hay que tener cuidado con estas cosas: si me pones a nobles ingleses negros en la época en la que van a enviar a unos pobres africanos a morir de mala manera a Jamaica o en una película ambientada en el sur de los Estados Unidos durante la Guerra de Secesión a esclavistas blancos interpretados por negros, igual me confundo un poco. Igualmente en los ejércitos inglés y escocés de esta película no veremos tampoco a nadie que no sea blanco. En cierto modo, el desfás de la última de Robin Hood (también conocida como Las mocedades de Ojo de Halcón) es por lo menos algo más coherente, el pitorreo es vertical y horizontal. Y hay que tener cuidado con esas cosas porque te puede salir el tiro por la culata y conseguir el efecto contrario al deseado. Hace poco en una película de zombis nazis se comentó, con razón, que nos encontrábamos como mínimo en un universo alternativo en el que en la Segunda Guerra Mundial negros y blancos luchaban en las mismas unidades, y por si fuera poco aparecía además el típico sargento chusquero negro que azuzaba a los soldados sin que los blancos protestaran, que me parece a mí que al chico granjero de Alabama en 1944 no le habría hecho mucha gracia. Totalmente de acuerdo en que quizá la fidelidad histórica en una película de zombis nazis no es una prioridad, pero hasta cierto punto ignorar que los negros luchaban por su país en unidades segregadas puede resultar en un blanqueo de la historia más grave que poner a un actor blanco a hacer de un personaje que no lo era. Nuevamente uno no es guionista de Jólibud ni le pagan por arreglar esas cosas, pero la solución habría sido relativamente sencilla: poner que en la misión van blancos y negros juntos porque excusa más o menos creíble y no queda otro remedio, se miran con cierto recelo al principio pero cuando se monta la marimorena eso ya poco importa, o que la unidad hubiese sido toda de negros. De todos modos a los productores y guionistas seguramente eso les importó bien poco. Para cuatro que se podían dar cuenta, mejor tirar para adelante.

Esto no sería tan grave si, por otra parte, se aplicasen estos criterios de forma ecuánime. A la ya citada anécdota de Elton John que ha dicho públicamente que no le importa la orientación sexual del actor que lo interpreta a él, o que sea socio o no del Manchester United, se añade en otros casos una caraja mental considerable como la expresada en este artículo, en la que vemos que una autora de origen oriental, chino por los apellidos, le montan un pitote por escribir una novela juvenil fantástica de ambientación rusa en la que aparece el servilismo de la época zarista como si supuestamente se pareciese al de las plantaciones del Sur de los Estados Unidos, y además es gente de la misma raza los que esclavizan a otras personas, así que doble pecado: por un lado apropiacionismo cultural (no sé a cómo está la cotización post guerra fía del apropiacionismo de copiar de la cultura rusa, o aspectos de la suya propia que tampoco parecen pertenecerle) y por otro herejía por proponer un sistema imaginario de esclavitud que no se basa en la raza, lo cual por lo visto es muy ofensivo, ese “daltonismo racial” en ese caso era intolerable. Es que lo tiene todo: por un lado, la esclavitud es un complejísimo fenómeno que ha existido miles de años por todo el mundo, y yo no soy culpable que la gente sólo conozca la versión de las películas useñas, y por supuesto ha habido casos en los que la esclavitud no ha tenido nada que ver con la raza; en los EEUU no había forma legal en la que un ciudadano blanco libre acabase vendido como esclavo o caer en la esclavitud, aunque sí hubo esclavos blancos, pero eso no era infrecuente entre los romanos, podías pasar de ser ciudadano de pleno derecho a acabar vendido como esclavo por impago de deudas, y por supuesto el sistema de servilismo ruso, equiparable en algunos aspectos a una forma de esclavitud, era de gente muy eslava y muy blanquita, unos contra otros, sin olvidar que el mayor mercado de esclavos que ha existido en el mundo y en la historia, incluso por encima del de la Costa de los Esclavos que suministraba “piezas de Indias” a las colonias americanas, fue el del Norte de África para suministrar todo tipo de mano de obra a los distintos reinos musulmanes y al Imperio Turco, sin importar el color de los esclavos, y allí no había en todo el proceso inicial o final ningún “blanco”, aunque ahí también me lío, porque había turcos que también eran “blancos”, sin olvidar que en las razias periódicas y constantes contra los reinos cristianos millones de esclavos de piel clara se vendieron en esos mercados y llegaron a esos países, lo que explica el tremendo maremágnum racial que existe ahora en esos ellos o que hubiese taifas eslavas en España, los bereberes que invadieron la Hispania visigoda en 711 era gente de piel y ojos claros, y hay incluso estudios que los vinculan con los vascos, lo que no sé si es verdad pero sí desde luego muy gracioso. Así que, retomando lo dicho anteriormente, el moro de Venecia podría haber sido perfectamente de origen búlgaro o circasiano; es decir: más blanco que el pan Bimbo. Ya, ya sé que por culpa de Jólibud y películas como El Cid, Las Cruzadas o similares de la época a los musulmanes mediterráneos se les suele representar inefablemente con piel aceitunada, oscuros ojos profundos y estilizadas barbas que corresponde al arquetipo árabe, como se suele pintar a Boabdill el Chico, pero allí tenían de todo, sobre todo en aquella época en la que iban de un lado para otro y los temibles sardaukar jenízaros del Sultán provenían del impuesto de sangre de dvshirme.

Así que… por lo menos un poco de coherencia, ¿no? Si jugamos a un nuevo juego, hagámoslo todos con las mismas reglas. Si en estos casos termina habiendo más excepciones que generalidades y no se puede formular ni de lejos un par de directrices claras que nos indiquen cuándo se está pecando o no quizá lleguemos a la conclusión de que estamos en un puro caso de la más absoluta arbitrariedad y que alguna gente se arroga el derecho de decir lo que es bueno o malo discrecionalmente.

Y no, no nos equivoquemos: las Islas Británicas del siglo no eran “diversas” ni nada parecido en el siglo XVI. Obviamente había viajeros y comerciantes de otros países y pequeñas minorías que constituían un porcentaje ridículo de la población, y en películas ya de cierta solera vemos que no era infrecuente en las cortes de la época tener a músicos, pajes o sirvientes de otras razas para dar un toque exótico. Del mismo modo en esa época la gente era, más que estrictamente racista, xenófoba en todo caso, y muchas veces más por cuestiones culturales o religiosas que por la percepción de pertenecer a una raza en concreto: algunos países del norte de Europa han sido o siguen siendo abiertamente racistas o con claras declaraciones xenófobas respecto a los países del sur, donde todo el mundo se supone que es blanco, o eso nos han querido hacernos creer. El racismo, aparte de anécdotas infantiles de niños que parecen no saber que sus amiguitos pertenecen a otra raza, parece que está codificado en nuestra conducta primaria como mecanismo de protección frente a los grupos externos, pero como cualquier otra conducta humana innata puede ser modificada por la educación y la cultura. Tampoco debemos olvidar que el racismo “científico” es algo de finales del siglo XVIII y explota realmente en el XIX, así que los españoles e ingleses del s XVI no eran racistas de la misma manera ni con los mismos argumentos que el colonialismo moderno, del mismo modo que griegos y romanos también tenían al respecto una visión bastante diferente del asunto. Así que sí, en aquella época en los puertos ingleses sabían lo que eran los negros y varios negros llegaron a ocupar ciertos cargos en el ejército o en el comercio, pero no es menos cierto que la misma reina Isabel I que es tan democrática y tolerante en esas películas ya citadas escribió ella misma una pragmática que os resumo en una sola frase: “Quiero que echéis a todos los negros de mi reino”. Mira que no había muchos, pero aun así parece que le molestaban.

Resumiendo, que si quieres hacer un reparto en el que ignoras la raza u origen de los actores del mismo modo que tratas como irrelevante el idioma que realmente hablaban u otras cuestiones, pues me parece bien, podemos ir incorporándolo como un apartado más de la suspensión de la incredulidad, aunque recalco que habrá casos en los que eso va a ser un poco complicado si por ejemplo ponemos a Jefferson Davies interpretado por Eddy Murphy en algo que no sea un comedia alocada. También hay un problema añadido, que redunda en el famoso "el medio es el mensaje", y que es fácil de explicar: si en un escenario pelado, con ropas de calle actuales, representamos un Romeo y Julieta, o La dama boba con personas de la raza "no correcta", probablemente sea mucho más fácil de entender y aceptar que en una película que precisamente intenta crear una recreación estéticamente fiel y acertada del período histórico, de ahí que aunque Margot Robbie no sea pelirroja, le pongan una peluca. Es un poco no tener claro si se está a setas o a rólex.

Es un poco lo que os decía al principio con el símil culinario, cuando los cocineros de la tele te dan una receta pero luego añaden que no tengamos miedo a experimentar, y que quizá substituyendo el jamón por panceta salga igual de rico, o que en vez de nata echéis yogur, a ver qué pasa. Qué caray, la vida es un desafío y hay que probar cosas nuevas.

Otra cuestión totalmente distinta es aceptar barco como animal acuático. Eso ya es más complicado, y es un poco a lo que termina jugando esta película en algún momento. Si sólo se hubiese quedado en el reparto multirracial la cosa no tendría mayor importancia, pero después empieza a meter otra serie de mensajes y a adoctrinar en el más puro estilo de lo que hoy llamamos tragavirotes, juzgamundos, aprendices de cura o sjw. Y es triste, porque a pesar de todo la película está bastante bien, vale mucho la pena verla, las interpretaciones son muy buenas y los hechos históricos, pese a estar algo manipulados, sucedieron en esencia tal como se nos cuenta. De todos modos, hay cosas muy gordas que sobran y deslucen el resultado final un poco. Es cierto que María Estuardo tenía un juglar de corte de origen italiano, y que se le acusó a ella falsamente de que su hijo, el futuro Jacobo I, no era hijo del consorte y primo de la reina, Enrique Estuardo, lord Darnly, sino del vate. En el mundo real esto era poco probable porque el tipo como mínimo era poco agraciado por decirlo de una forma suave, pero es que en la película ponen a un tipo con un comportamiento abiertamente gay, por lo menos en la intimidad de la reina y sus damas, incluso con tendencias transgénero. Esto no estaría mal si no fuera porque nos ponen luego a una catolicísima reina María Estuardo que acepta a su nueva “hermana” y además termina perdonándolo cuando en su noche de bodas aún encima se enrolla con su marido, lord Darnly, delante de todo el mundo, porque “Pues ya ves, como diría Lady Gaga, you were born this way”, de verdad que se lo dice así: “Sólo habéis seguido vuestra naturaleza”. Vamos, lo típico que haría o diría cualquier reina catolicísima en el siglo XVI, aunque igual la catolicísima reina pensaría como todo el mundo en aquellos tiempos, en los que incluso Lutero y la Contrarreforma solían estar siempre de acuerdo en dos cosas: el odio a los judíos y la abominación de la sodomía, vista como algo contra natura y cuyo origen no podía ser sino el mismo Diablo. Si quieres hacer una película sobre la tolerancia y la aceptación, me parece estupendo, incluso si quieres ambientarlo en el siglo XVI con personajes que te inventes y hasta en medio de esa corte, pero esto… esto ya no, es un anacronismo tan brutal que se queda uno a cuadros, en particular escoceses. Además, si cabe, la conspiración para declarar al príncipe Jacobo como ilegítimo es todavía más absurda de lo que realmente fue, porque eso supone que tenemos a una nobleza que apoyaría a lord Darnly como rey, es decir, una nobleza apoyando a un rey que todo el mundo sabe que le gustan los mocetones, y eso computa igual de mal o peor en el siglo XVI que una reina rezando en latín y al rato divirtiéndose con su amigo gay en una escena sacada de una moderna sitcom a lo Will&Grace. No, lord Darnly, que se sepa, tampoco era gay. ¿Qué va a ser lo siguiente? Porque lo siguiente es nuevamente lo de Robin Hood, pero no la de 2018 sino la de Ridley Scott de 2010, en la que además de salir nazis vascofranceses bogando en traineras que sin venir a cuento se organizan un chiquigenocidio en una aldea, resulta que el padre de Robin Hood era básicamente Pablo Iglesias Pose y poco menos que había escrito el Manifiesto Comunista. Pues nada: aquí María Estuardo acepta con toda naturalidad a un gay afeminado y ya puestos, pues que renuncie a su trono y proclame también la igualdad de todos los seres humanos y el reparto comunal de los señoríos porque la tierra para el que la trabaja y la patata no se puede poseer. Cuando uno ve una de estas versiones de Robin Hood y asume que está viendo una chorrada en la que desde el minuto cinco se pasan por el forro cualquier atisbo de historicidad, pues hasta se puede aceptar, pero cuando me están jugando la baza de la fidelidad histórica a muchos otros niveles no puedes hacer lo que te da la gana luego, y del mismo modo que en una historia inventada que funcionaba un pequeño cambio arbitrario puede desbaratar toda la lógica del argumento, introducir ese detalle por cuestiones de agenda política y moralizante hace que la película se desarrolle en un pasado que se supone que es una representación fiel pero que no tiene ningún sentido, y para eso me quedo con la versión de Ivanhoe en la que sale Elizabeth Taylor en minifalda.

Nuevamente uno se pregunta si es peor el remedio que la enfermedad, igual que obviar que en la Segunda Guerra Mundial las tropas estaban segregadas. ¿De verdad ha habido tanta homofobia como nos han dicho, si nos ponen a nada menos que una reina tan tolerante y a un grupo de nobles que al elegir entre tener un rey homosexual o una reina prefieren lo primero? Esos cambios por las buenas no hacen ningún bien a la credibilidad de la historia que quieres contar y eso tiene mucho delito, porque si te ciñes a la historia no hay vuelta de hoja: las cosas pasaron como pasaron y te lo tienes que creer, son hechos consumados.

Cierto es que la historia de María Estuardo es bastante trágica y supone un hito en la historia de Escocia en tanto que marca el fin de la independencia del país, en realidad unificado con otro reino mucho más rico y poblado, y a día de hoy no llegan ni a los 5.5 millones, así que imaginaos entonces, pero la tesis de la película que vemos que nos están intentando colar es un poco sesgada y lo hacen de forma poco elegante. Es verdad que en cuanto llegó al trono empezó la conspiración contra ella, pero qué queréis, eso prácticamente venía de serie en aquellos tiempos, y la circunstancia de que fuera mujer sólo era una de las muchas que amenazaba su trono, y para empezar el mayor problema era otra mujer que en esos momentos estaba más afianzada aunque también las pasó canutas en algunos momentos, su prima Isabel más al sur, y el verdadero problema era que en Escocia la población ya era mayoritariamente presbiteriana y, hablando en plata, odiaba a su reina católica. Es lo que pasa cuando estás en medio de una crisis dinástica de mil pares de narices y nadie tiene claro quién debe gobernar y qué va a pasar con el trono si no hay descendencia legítima. De hecho, cuando María tuvo que huir de Escocia y se refugió en Inglaterra no paró de conspirar contra su prima, que ostentaba una corona a la que ella misma tenía derecho, así que después de bastantes años, que bastante paciencia tuvo Isabel, la mandó decapitar, sin olvidar todo el pitote de la confrontación religiosa y Felipe II apoyando a todo cuanto noble o conspirador católico al que se le ocurriese minar el poder de su protestante reina o volar el parlamento entero con todos dentro ya en tiempos de Jacobo I, como intentó hacer nuestro héroe nacional, Guido Fawkes. La ironía final reside en que el hijo de María, Jacobo I, terminó siendo rey de los dos reinos, que básicamente es lo que quería en la película en un principio María sin meterse demasiado con nadie, hasta que Isabel instigó una guerra civil en Escocia y aquello ya fue un no parar, sin olvidar que María no era propiamente Reina de Escocia como se ha traducido el título en español, sino Reina de los Escoceses, que no es lo mismo, un sistema monárquico distinto con problemas añadidos. Tanto lío pa na, la verdad. Y, como no es lo mismo ser un noble que un rey ungido, eso sí, se sabe que Jacobo I no sólo le hizo bastantes hijos a su legítima esposa, sino que en privado tuvo varias amantes masculinos, y que el principal fue el famoso duque de Backingham, al que luego Dumas convertiría en el modelo de perfecto cortesano y caballero inglés en Los tres mosqueteros, algo que se aleja mucho de la realidad. Es curioso: La Favorita trata de la última de los Estuardo, y María Reina de Escocia acaba con la llegada al poder de esa casa real tras el declive de los Tudor. Por cierto que a lo largo de los sucesivos reinados de esa dinastía el quilombo religioso fue constante, con reyes convirtiéndose al catolicismo en su lecho de muerte y otras cosas extrañas, de modo que por motivos fundamentalmente políticos y por presión social a lo largo de los siglos se acabó en la situación contemporánea, en la que el rey es la cabeza de la iglesia anglicana y hasta hace relativamente poco los católicos eran una pequeña minoría en Inglaterra y además perseguida, de modo que sólo en 1825 se volvió a legalizar el culto, lo que explica que en las Islas los fieles a Roma fuesen muy católicos y mucho católicos, como por ejemplo Tolkien, al que le bastó saber que durante la Guerra Civil se fusilaron a curas y se quemaron conventos para ponerse del lado de Franco.

En la película también aparecen cosas que no fueron reales, como la conferencia secreta que mantuvieron Isabel y María. De hecho, incluso cuando María estuvo dieciocho años exiliada, nunca se vio en persona con Isabel, así se las gastaban por aquel entonces, y probablemente a Isabel la misma idea de entrevistarse con alguien que por protocolo no estaba ni obligada a hacerle una reverencia le daba urticaria: con los demás reyes se trataba por medio de embajadores e intermediarios. Pero en este caso es perfectamente justificable: aparte de no contradecir ningún hecho histórico importante, como espectadores queremos ver a las dos reinas y a las dos actrices frente a frente. Por ahí no hay queja. Más problemas hay con otra cosa que aparece en la película, que es el siguiente matrimonio de María, después de que a Enrique Estuardo le diesen matarile, ya que en la película vemos que se ve forzada a casarse con un militarote con pintas de maltratador que en una escena se comporta con ella de forma muy violenta, cuando en realidad ese señor fue un antiguo amigo y probablemente amante de la reina antes del asesinato del marido de ésta, muerte en la que él puede que participase, sin descartar que la reina le guardó no poca inquina a su esposo después de la conspiración contra el poeta, y el rapto por el que James Hepburn, conde de  Bothwell, forzó a casarse a la reina con él quizá no fuese sino una charada para que la reina se casase con quien realmente quería y para tapar el hecho de que él fuera protestante, los historiadores todavía no lo tienen claro. Bothwell intentó afianzar a María en el trono, pero acabó preso en Dinamarca por el resto de sus días, atado a un poste durante años, nuevamente ya sabéis que no se andaban con chiquitas. Todo este período histórico sigue abierto a debate porque además de ser un tiempo muy convulso en el que se dirimían traiciones reales e inventadas y estaba en juego la legitimidad de la corona, muchos documentos de la época, cartas y declaraciones incriminatorias, se “perdieron” convenientemente y en ocasiones sólo existen copias y tenemos testimonios indirectos de algunos de los actores directos de todo el proceso, así que sencillamente puede que estuvieran contando una versión muy tergiversada de lo que ocurrió, y por supuesto siempre la que convenía al bando ganador. Obviamente, a la hora de dramatizar la historia en una película, cada uno elige la versión que más le conviene.

En definitiva, que la película parece querer incidir que la pobre María era una pobre mujer un poco sobrepasada por las circunstancias históricas que le había tocado vivir, y es cierto, pero nunca fue una mujer que no supiera valerse por sí misma, intrigar al más alto nivel y defender sus intereses con cualquier medio a su alcance, muy lejos de ser una mujer desvalida. En el momento de su ejecución también tenemos algo semihistórico, pues en el último momento, de forma bastante teatral, sus doncellas le quitan su ropón y aparece con un vestido rojo que parece eso El cuento de la criada, y aunque sí que se produjo ese momento para que hablasen de él los que asistieron a la ejecución, el hábito de los mártires según el cristianismo no era ése, sino uno bastante más discreto y no tan a la moda de la última serie popular. También llama la atención que mientras que Isabel al principio de la película aparece como una mujer bastante guapa, tampoco es que le cueste mucho a Margot Robbie, a partir de sufrir la viruela se ve cómo paulatinamente se va poniendo cada vez más y más capas de maquillaje para disimular las terribles secuelas que le dejó en el rostro, y que se sospecha que por su contenido tóxico pudo haber influido en su comportamiento cada vez más extravagante, mientas que cuando llega la ejecución de María vemos a la actriz que la interpreta más o menos como es ahora, que tiene veinticinco años, cuando en realidad estaba ya bastante ajada a sus casi cincuenta después de tantos años de disgustos y distintos cautiverios, y también tenía que usar peluca como su prima. Obviamente en este final de la película a Isabel se le ve tremendamente afectada por verse obligada a ejecutar a María, ay qué disgusto más grande. Que se sepa, le afectó más o menos lo mismo que todas las otras muchas sentencias de muerte que firmó contra todo el que se interpuso en su camino: lo justito.

Y a pesar de todo, la película está bastante bien y si obviamos estos detalles que sencillamente no aportan nada, el resultado es notable, sobre todo porque explica bastante bien cómo ocurrieron esos acontecimientos históricos, y por las magníficas interpretaciones de Margot Robbie y de Saoirse Ronan. Aun así hay cierto deslucimiento porque uno no deja de notar que ha pagado una entrada o un alquiler para, además de recibir un poco de entretenimiento, que de paso le suelten de guarnición un sermoncillo accesorio no demasiado bien cocinado e incluso un tanto obvio, tratándolo a uno un poco de idiota, como ese capítulo reciente de The Twilight Zone en el que uno se dice irónicamente: “Esto creo que va contra el racismo, qué pena que el mensaje sea tan sutil que apenas si se note”. Y sobre todo queda la sensación de que ese par de pegotes tan obvios para decirse al espejo directora y guionistas “Qué tolerantes y modernos somos”, o “Toma película con mensaje, estamos cambiando el mundo”, hacen que el resultado final no pueda pasar de bueno a magnífico, y que han sacrificado la excelencia en aras de ser un poco bienqueda con riesgo cero, pues precisamente ese tipo de actitudes ahora mismo no tienen consecuencia negativa alguna.

Obviamente la película nos está diciendo que “qué complicado es ser mujer y detentar el poder en un mundo de hombres”, algo que nadie va a discutir a estas alturas, pero que no se puede decir directamente con la boca llena al espectador. Sobre todo porque, como ya he dicho, entre ellas también se pusieron la zancadilla sin ningún problema, y sin olvidar otras cuestiones como que la vida es muy dura para todos. El hermano de María era mayor que ella y había estado gobernando en su nombre, pero era bastardo, así que poca culpa tenía él que de repente su hermana al quedarse viuda del rey de Francia y sin descendencia decidiese volver a Escocia, que ni se acordaba la señora ni de cómo era su país de origen. Él también tenía su parte de razón, ¿no? Por si fuera poco es igual de cierto que, ya que es un mundo de hombres y éstos tenían todo el poder, tanto la facción que apoyó a cada una de estas dos reinas como la que intentó destronarlas estaba constituida igualmente por hombres, siempre con intereses políticos y religiosos que poco tenían que ver con el sexo de las monarcas: si eras católico por la cuenta que te traía te tenías que poner de parte de María, y John Knox de haber habido un rey varón y católico habría execrado de él buscando la excusa que mejor le conviniese en ese momento. Esto en España lo sabemos muy bien: la primera guerra carlista tuvo como pretexto la subida al trono de Isabel II y la Ley Sálica, pero podría haberse producido exactamente con otra excusa porque se tratada de dirimir la disolución del Antiguo Régimen, y cuando la muy feminista doña Emilia Pardo Bazán intentaba comprar armas clandestinamente para montar otra carlistada ya había un hombre en el trono.

Y sobre todo ocurre que, además, la primera película citada, La favorita, tiene exactamente el mismo mensaje, pero aunque es un obra de ficción y especulación histórica mucho mayor que la otra ya que se inventa más cosas, trata al espectador con más inteligencia, le presupone la capacidad crítica suficiente para entenderlo todo por su cuenta y no es en ningún momento un ejercicio de autocomplacencia de la propia rectitud moral. Y eso que en La favorita no hay personajes buenos, pero tampoco exactamente malos, es la historia, un tanto sórdida, de dos arribistas trepando socialmente y manipulando a una reina enferma que a su vez se divierte de forma bastante cruel viendo cómo dos mujeres que ella sabe que no la aman sinceramente se pelean por conseguir su atención. En María Reina de Escocia las dos mujeres no dejan de ser dos autócratas que buscan afianzarse en el trono, y conseguir el mayor poder para su reino, conspirando, y a la vez son muy conscientes de que la ganancia de una es la pérdida de la otra. No hay espacio para la debilidad, ni para la tibieza moral.

Estas dos películas reflejan bastante bien, en parte, cómo está el “estado de la cuestión” en referencia a cómo encarar el enviar un determinado mensaje a la audiencia. Mi posición respecto a esto es evidente: lo que me quieras contar, incluso aunque esté en contra de mis ideas o mis convicciones, cuéntamelo de manera que no trates como un imbécil o no parezca un pegote o etiqueta para quedar bien o justificarte ante ti mismo, y puede ser que si me lo cuentas bien incluso me guste el cómo me lo cuentas, que para separar el grano de la paja ya tengo un cerebro. Hay muchas grandes obras del pasado que contienen mensajes que hoy día consideramos inaceptables, y a alguna gente le sonará raro pero incluso en su época se consideraban inaceptables o el mismo autor era muy consciente de ello, pero como adultos con un mínimo de formación debemos saber distinguir que una cosa es lo que nos están diciendo y otra muy distinta el goce estético que nos produce, una cosa es que te guste ver Psicosis y otra matar gente o que te guste que maten a gente a cuchillo en la ducha. Muchos westerns antiguos, La Ilíada o tantas grandes obras del Siglo de Oro en las que se colaban comentarios antisemitas o se azuzaba el odio hacia el Gran Turco, o momentos un tanto sonrojantes de patrioterismo en películas por otro lado divertidas como Top Gun, o que en 1961 Los Cuatro Fantásticos quisieran llegar a la luna con una nave mal aislada contra los rayos cósmicos porque no había tiempo y si no podían llegar antes… ¡los comunistas! no quitan que como personas creciditas y formadas que ya somos podamos abandonar complejos y miedos que reflejan en su ñoñería otros tópicos y falsos escrúpulos del pasado que nos parecen risibles a día de hoy, y que algunos pretenden substituir por otros igual de limitadores y con la misma mentalidad de cagapoquito. En efecto: por tener amigos gays, o hablar con un gay, o porque a nuestros hijos les dé clase un profesor gay, no se van a volver gays, y de modo parecido por ver El triunfo de la voluntad no te vas a volver nazi. Si votas a Vox, tranquilo, no te vas a volver homosexual por leer Muerte en Venecia, y si votas a Podemos, pierde cuidado, tampoco te volverás pederasta.

Estas comparaciones se pueden hacer fácilmente porque, por desgracia, cada vez hay más ejemplos con los que hacerlas. Yo a esto lo llamo en algunos casos el “Y es gay”, tanto por el considerable y comprensible cachondeo con J K Rowling que dijo de Dumbledore es gay cuando en los libros no tiene ninguna consecuencia ni importancia en la trama y ya estaban publicados todas la partes de la historia, como por la excusa argumental de la película In&Out en la que precisamente se parodiaba el discurso de aceptación de Tom Hanks en los Oscars por Filadelfia, en el que sin venir demasiado a cuento dijo de uno de sus antiguos profesores “Y es gay”. Vayamos al ejemplo contrario, que luego complementaré: en la serie Torchwood, que era la cara bastante más adulta, siniestra y lovecraftiana del universo del Doctor Who, prácticamente todos los personajes eran pansexuales, allí era un totum revolutum de mucho cuidado, pero en primer lugar ligaba perfectamente con el tono y temática de la serie, y los personajes tenía sentido que fueran así, por sus relaciones entre ellos y por el mismo trabajo que hacían y donde lo hacían. Ahora, de repente, y también de forma bastante gratuita, nos explican que Lando es pansexual y, aparte de no tener ninguna relevancia en la película de Han Solo, sólo ha dado lugar a un par de chistes malos y a que todo el mundo se pregunte qué y cómo hizo con la robota o qué hace con la nave a la que se copió su núcleo de memoria. Pues del mismo modo en la serie de origen, Doctor Who, desde el principio, y no olvidemos que quien reimaginó la serie y fue el primer showrunner también es homosexual, estos temas aparecían de forma natural y bien tratados cuando tocaba tratarlos o cumplían una función en la historia, pero en esta última etapa por pura torpeza han caído varias veces en el “Y es gay”, además de forma lamentable. En un capítulo que iba de arañas gigantes, el típico capítulo de arañas gigantes donde todo va de arañas gigantes y escapar de arañas gigantes, hay un personaje, una mujer, al que otro le pregunta: “Tú eres la mujer de mi sobrina, ¿verdad?” A los cinco minutos, muere, y os podéis imaginar cómo en un capítulo de arañas gigantes. Da igual que sea un hombre, una mujer, gay o aficionada a tomar el té, sólo existe para morir a los cinco minutos… y para que los guionistas se queden tranquilos al poder soltar un “Y es gay”: eh, nos hemos arreglado para poner en esta serie, en este episodio que va de arañas gigantes, nuestra declaración de igualdad y buen rollo. Sí, pero lo habéis hecho de forma muy chapucera. Dos o tres episodios después lo vuelven a repetir, exactamente igual y con la misma triquiñuela: aparece un chico, dice de pasada sin venir mucho a cuento que se va a ir a casa con su novio y, lo habéis adivinado, a los cinco minutos muere como un perro. Esto ya casi recuerda al pitorreo que hubo durante un tiempo con las películas de terror, que obviamente siempre tenía que salir un negro aunque fuera de muestra, y rara era la ocasión en la que no moría el primero, algo que llegó a ser tan evidente que incluso en la parodia definitiva de los slasher, Scary Movie, uno de los personajes precisamente al darse cuenta de que está en una película de terror y que él es negro literalmente dice que “En este tipo de historias los hermanos mueren siempre, así que me voy”, y efectivamente se va. Pues eso, que orange is the new black y parece que también gay is the new black. Si tu personaje es gay igual muere, y en el caso de la película de María Estuardo ya que un personaje tenía que morir víctima de las inquinas y los prejuicios, pues lo hacemos gay ya de paso. ¿El poeta? Ah, sí, que es gay.

Y no creáis que se salva nadie, en la última versión cinematográfica de Star Trek, que trataba fundamentalmente de violar todas las leyes habidas y por haber de la física y de las normas narrativas, aunque casi todo va de escenas molonas y de explotar cosas, también debieron temer que, si no ponían explícitamente que estaban muy a favor de los derechos lgtbi, que por lo visto se podía sospechar que podías estar en contra, así que al final de una de las películas se marcan un “Y es gay” de manual con Sulu, además como si fuera un homenaje al actor original del personaje, George Takei, que sí es homosexual, aunque él mismo ha dicho que no hacía ni puñetera la falta, y que para semejante tontería se lo podían haber ahorrado. Curiosamente, en un fanfilm creado por aficionados, sí aparecía una subtrama en un capítulo que tenía sentido, y en el que el mismo Kirk casaba a su sobrino con otro hombre, y en la actual Star Trek Discovery la pareja formada por el doctor de la nave y el jefe de ingenieros no es un pegote, sino que aparece como parte importante de las relaciones entre los protagonistas. Y, obviamente, como en esa época ya a nadie le importa ni se ve como algo raro, no hay ningún comentario sobre ello, sería incoherente que hubiese un capítulo que tratase los problemas de una pareja humana homosexual por el hecho de serlo, porque se supone que el mundo de Star Trek es ya una utopía igualitaria y supongo que ya nadie celebrará el Día del Orgullo, y si se hace será una especie de festejo de recreación histórica. Por cierto: para los que creen que el nuevo interior de la Enterprise les crea un trauma insalvable porque no pueden reconciliar esas imágenes con la serie original, os recuerdo que en Discovery aparece un futuro completamente igualitario en la división de géneros, mientras que en la serie original, que era muy moderna en algunas cosas pero no dejaba de ser de los 1960, el mismo Pike decía "Jó, chico, es que no me termino de acostumbrar a ver mujeres en el puesto de mando".



De forma más reciente aún tenemos otro ejemplo, el de un capítulo de Twilight Zone ya citado en el que, como siempre partiendo de una idea fantasiosa bastante buena uno al acabar tiene ganas de decirle al televisor: “¿En serio? ¿Esto va en serio? ¿Seguro?” Sí, el capítulo va en contra del racismo, muy bien, ¿pero es necesario ser tan burdo, cutre y evidente? Por muy importante o maravilloso que creas que es tu mensaje, no puedes confiar en que eso suplirá cualquier otra deficiencia, o que lo poco sutil y mal cocinado del producto quedará paliado por su potencial como catecismo. Eso no funciona así, incluso a la gente que pintaba cuadros religiosos se le exigía que lo hiciesen bien, la fe ya se les presuponía. Precisamente, hace ya muchos años, en la serie original de Star Trek, que ya sabemos que era también muy activista, hay un capítulo íntegro dedicado a El Racismo, pero aparte de ser un capítulo con una progresión dramática interesante, y que planteaba un dilema diplomático como era la protección de un terrorista, el mensaje final, aunque tampoco demasiado sutil, se revelaba de una forma sorprendente en laque se jugaba tanto con el absurdo de por qué se odiaban los dos alienígenas, algo que dejaba al espectador con los ojos muy abiertos porque era casi imposible caer en ello, como a los mismos miembros de la Federación, que viven esa utopía en la que el racismo es algo ya muy superado. En Star Trek es que hay un poco de todo, incluso un capítulo de DS9 que básicamente se puede entender como una defensa de la tauromaquia. Lo digo en serio.

Así pues, alegrémonos que, pese a cosas discutibles, podamos disfrutar de películas históricas como estas dos que hemos tratado aquí, y que como siempre, podría ser mucho peor, como esa escena de Catalina de Aragón bailando pseudoflamenco en The White Princess.