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Basada en unas sugerentes imágenes que hemos visto todo más de una vez por internet, obra del autor sueco Simon Stålenhag, y un juego de rol de igual título, esta serie de Amazon, Tales from the Loop, es un curioso híbrido de géneros. Por un lado nos muestra un, digamos, mundo de historia alternativa al nuestro en el que existen desde hace décadas prodigios tecnológicos y científicos que se estudian en una instalación subterránea de Ohio, el Bucle. Una premisa que no podría ser más de ciencia ficción dura pero que rápidamente se convierte en una mera excusa o mcguffin para mostrar historias de ciencia ficción, algunas de ellas más que conocidas pero revisitadas desde un punto de vista reflexivo en un sentido puramente, diría yo, cercano a los relatos de Bradbury, ese señor que jamás tuvo ningún interés en explicarte cómo funcionaba una nave espacial, sino que quería contarte cómo reaccionarían los seres humanos a vivir y viajar en naves espaciales.
Dicho esto la serie puede ser, supongo, un poco estomagante para los aficionados a las series típicas del canal SciFi, y soy el primero en admitir que por un lado el ritmo de cada capítulo está alargado aposta, se trata de narraciones melancólicas e incluso lánguidas con una omnipresente música de piano o de instrumentos de cuerda que crean continuamente una atmósfera intimista e incluso tristona alejada de cualquier épica científica: el pueblo aledaño al Bucle no puede ser más anodino y típicamente useño, y sus trabajadores tienen el aspecto de aburridos funcionarios que entran a trabajar con el mismo entusiasmo a un laboratorio lleno de maravillas que si lo hiciesen a una delegación de hacienda. En algún momento da la impresión de que está uno viendo crecer la hierba y seguramente se podría haber narrado lo mismo que cuenta cada capítulo en la mitad de tiempo. Pero eso entra ya dentro de las decisiones estéticas de la serie y de la ambientación que se le quiere dar, tan melancólica y enigmática como los dibujos en los que se inspira.
Aunque en principio cada capítulo es independiente, los personajes principales se van repitiendo o hacen pequeños papeles en otros episodios, de modo que, aunque la serie se centra básicamente en una familia, por así decirlo la realeza del Bucle ya que es la de su creador, la impresión que uno se lleva es la de un fresco de un mundo parecido al nuestro pero diferente, y del que sólo llegamos a ver esa área tan rural y apartada, tanto que sólo en un episodio se ve de lejos una ciudad, suponemos que será Cleveland, llena de rascacielos futuristas, y que recuerda precisamente a Tomorrowland. Como estamos, se supone, en otro mundo, aunque algunas cosas recuerden a décadas pasadas del nuestro y podamos deducir aproximadamente por el tipo de coches, la ropa y que existan cintas de casete en qué décadas paralelas a las nuestras se encuentran, podemos aceptar el hecho de que en ese mundo en los años 1950 e inmediatamente posteriores no parezca haber ningún indicio de segregación racial, y tampoco sabemos si ha habido el equivalente de la Guerra de Corea o de Vietnam. Esas incongruencias retrofuturistas en las que conviven robots avanzadísimos mientras la televisión sigue siendo de tubos de rayos catódicos, y que no aparezca ni un sólo móvil en todos los episodios, ayudan a caracterizar la serie y la dotan de una atmósfera un tanto irreal que sin embargo no crea distanciamiento. Curiosamente sabremos que la serie ha llegado a una época cercana a la nuestra por un único indicio sonoro que se oye desde una ventana, la canción Can't Get You Out Of My Head, de 2001, así que suponemos que la última escena del capítulo, que cierra la serie, es ya de nuestra misma época.
Esta canción tiene casi veinte años, y sois muy viejos.
Donde se centra la serie es, como ya he dicho, en dilemas bien conocidos en el género: qué pasa si te encuentras contigo mismo cuando eres niño; la inevitabilidad de la muerte pese a existir los prodigios tecnológicos y el absurdo de una vida infinita; clásicos como las consecuencias de detener el tiempo, tratado de forma tan jocosa como emotiva en Futurama, y en este caso con la conclusión de que eso no podrá impedir que los prejuicios y la debilidad del ser humano afloren; la típica historia tratada incluso en comedias Disney sobre cambiar el cuerpo y la mente con otra persona, aquí elaborada de forma mucho más dramática, o las consecuencias de viajar a una realidad alternativa en la que te encuentras a una versión idéntica a ti mismo pero que vive una vida mucho más satisfactoria, así que de inmediato surgen los celos y la envidia.
Dentro del marco ideológico de la serie por lo menos a mí me llamó la atención que en el eje determinismo social-determinismo tecnológico, la posición que adopta es claramente a favor de la segunda. Sabemos que en esa otra realidad alternativa a la que viaja un personaje el Bucle fue clausurado, si bien no nos expliquen por qué, aunque tampoco es de extrañar: el Bucle es antiguo, hay reliquias de décadas pasadas llenas de óxido tiradas por ahí, y tecnologías desechadas por imposibles o peligrosas, que una vez puestas en marcha otra vez comprobamos que pueden tener aplicaciones con numerosos riesgos. De hecho eso es lo que vemos que ocurre en cada capítulo, y hay un arco narrativo desarrollado en todos los capítulos en el que comprobamos los efectos extraños sobre esa familia, desde el primero hasta cerrarse en el último, que es precisamente sufrir las consecuencias de esas tecnologías que rozan la magia: saltos en el tiempo, privación de la corporeidad, predicciones sobre la propia muerte y muchas otras maravillas que se insinúan con misteriosas torres, balizas y trampillas en los lugares más insospechados.
Sin embargo todo esto se acepta por los personajes, hasta cierto punto, con un total fatalismo, como si todos fueran conscientes de que una vez abierta la caja de Pandora de la ciencia y de la tecnología esta ya fuera imposible de volver a cerrarse, y sólo les queda vivir con ella y arrostrar las consecuencias de su buen o mal uso. Obviamente estos personajes saben del Bucle todo lo que nosotros ignoramos, y de ahí la sencillez con la que la madre dice a su hijo desaparecido durante muchos años al referirse a un riachuelo de propiedades no euclídeas: "Lo cruzaste cuando se desheló, y por eso te perdiste". A saber lo que significa eso en teoría de cuerdas místicas del séptimo advenimiento, pero en el momento en el que lo dice tiene sentido. Hay series que juegan al despiste o prometen una explicación final a lo que ocurre en ellas, pero en este caso el enigma y lo incomprensible es parte esencial de la propuesta, que sin embargo sí deja un mensaje muy claro en otro frente, en el de la fragilidad y mutabilidad a las que están sujetos los seres humanos, y que a pesar de todos los avances científicos al final sólo se tienen los unos a los otros.
Como se ha muerto Uderzo, y por lo tanto Astérix y Obélix se quedan del todo huérfanos, aunque no muertos porque parece que sus aventuras seguirán largo rato, y yo que me alegro a pesar de los malajes de turno, se me ha ocurrido recordar algunas cosas sobre el personaje, el mundo de los tebeos en general, y otras cuestiones que se me puedan ir ocurriendo.
Desde luego Astérix lo recuerdo de toda la vida, y ya era un personaje famoso bastante antes de que yo naciera, así que desde que tengo memoria sé que toda la Galia fue conquistada por César, menos un pueblecito de Armórica, y de forma intuitiva siempre he sabido que no hay manjar en el mundo que se acerque a la perfección del jabalí. Por supuesto siempre ha habido álbumes de Astérix en mi casa, y en su momento me compré la colección completa en formato coleccionable. Desde un punto de vista de mi formación como persona sin duda han influido sus aventuras de alguna manera, y desde luego algunas veces por año suelto un ¡Por Tutatis!, un ¡Por Belenos!, si hay tormenta expreso mi temor de que el cielo se nos caiga encima y por supuesto meneando la cabeza digo de vez en cuando que están locos estos romanos. Bueno, también digo con cierta frecuencia "impasible el ademán", que de vez en cuando me acuerdo de que aparece también en el Cara al sol, pero qué se le va a hacer.
Habiendo leído algunas aventuras del personaje un buen número de veces hasta casi sabérmelas de memoria y habiendo sido la primera vez que leí la aventura en Egipto o en Hispania a muy corta edad es imposible que no le asalten a uno algunos recuerdos de la infancia, y en mi caso estos son los de una antigua biblioteca de mi ciudad, en los tiempos en los que todavía no se concedían préstamos. Esos recuerdos son invariablemente de tardes de verano en las que mis amigos y yo recorríamos de una punta a otra la ciudad vagando y vagueando como sólo hacen los niños pequeños, en los días en los que todo es novedad y puede surgir la aventurilla en cualquier momento. Pero algunos días nos sentíamos perezosos, o sencillamente hacía demasiado calor, y decidíamos ir a la biblioteca a leer, y no precisamente El Quijote.
La biblioteca municipal, la única que existía entonces y que como ya he dicho cuando yo era pequeño todavía no concedía préstamos, se encontraba en el gran edificio en el centro de la ciudad que era el ayuntamiento, de estilo neoclásico aunque en realidad sólo data de 1953, algo que se compensó pronto dado que con el clima gallego en pocos años pareció que llevaba allí toda la eternidad. Se accedía a esta biblioteca por una puerta a la derecha del consistorio, después de subir unos escalones de piedra desde la calle, y al entrar se encontraba uno con una escalera que conducía a un semisótano, donde se accedía a un pequeño museo de arte, o se dirigía uno hacia arriba a la biblioteca. Casi siempre optábamos mis amigos y yo por hacer una breve incursión en el museo si a la hora a la que íbamos se encontraba abierto, y recuerdo que había en él un vigilante o ujier que se pasaba allí las horas muertas, e igualmente creo recordar que cuando lo visitábamos estábamos siempre solos y no coincidíamos nunca con nadie. Como ya se sabe, los niños y los borrachos siempre dicen la verdad y lo que piensan, y ya que entonces no teníamos edad legal para beber expresábamos con total sinceridad nuestra más absoluta incomprensión de lo que veíamos por medio de cuchicheos y risitas, por lo que en una de las ocasiones el encargado de velar por la integridad de las obras se nos acercó para recordarnos muy serio que a los museos no se va a reírse. Como entonces no tenía el nivel de cinismo y labia que ahora, además de estar como mis amiguitos todavía sujetos a la idea de que cualquier adulto tenía poder para reprendernos por el simple hecho de que éramos niños, pues nos callábamos, pero pensábamos que si no querían que la gente se riese, que a santo de qué ponían ahí expuestas unas cosas tan graciosas.
A continuación de la posible visita al museo, que en algunas ocasiones podríamos considerar un precalentamiento, subíamos en dirección a la biblioteca por unas escaleras que entonces no lo sabía pero son las que se puede uno encontrar en un edificio de estilo neoclásico, con unos enormes peldaños de lo que supongo que era mármol y un pasamanos de piedra extraordinariamente ancho que en esas tórridas tardes de veranos estaba completamente frío al tacto. Nada más entrar al edificio se notaba el bajón de temperatura y subir por las escaleras nos daba un verdadero respiro, y aunque por supuesto la biblioteca no tenía nada parecido a un aire acondicionado se estaba en ella bastante a gusto. Supongo que en parte íbamos, aparte de para leer tebeos, para descansar un rato y aprovecharnos de las propiedades aislantes de los muros.
La biblioteca era, por decirlo suavemente, pequeña e insuficiente; pero, la verdad sea dicha, por lo menos cuando nosotros íbamos, estaba casi desierta. Nada más entrar, a la derecha, se encontraba encajonada contra la pared la minúscula mesa de la bibliotecaria, sobre la que se encontraba aquello que a nosotros nos interesaba, los álbumes de Astérix, Tintín, las magufadas de Erich von Daniken en formato cómic y alguna que otra cosa en formato de tapa dura. La sala principal de lectura consistía en una doble fila de mesas con la superficie muy inclinada, como era típico en las bibliotecas de antaño para favorecer que no se cargase la espalda por un tiempo de lectura demasiado prolongado, y ya que no he conseguido encontrar ni una sola foto de cómo era esa biblioteca la memoria me dice que la superficie en la que apoyabas el libro era de una especie de cuero o similpiel de color verde, y que las pesadísimas y enormes butacas estaban cubiertas de cuero o tapizado de color burdeos, e incluso creo que tenían brazos. Era francamente difícil no hacer ruido cuando las movías o cuando terminabas un cómic e ibas por otro, y ni que decir tiene que en el tiempo en el que pasábamos allí reinaba un silencio sepulcral que nosotros respetábamos religiosamente, porque la bibliotecaria, eso creo recordar aunque quizá sólo es la memoria de una paranoia infantil, no nos quitaba ojo de encima. Era una señora que me parecía que tenía una edad infinita, y que obedecía a todos los tópicos del gremio: bajita, con el pelo gris, enjuta, vestida a la moda de hacía treinta años como poco, con un chal o chaqueta sobre los hombros y con unas enormes gafas de montura de carey que casi siempre llevaba sobre el pecho, sujetas por algo que parecía un collar de gruesas cuentas que le rodeaba el cuello. Rara era la vez, aunque intentábamos portarnos lo mejor posible, que no nos decía algo, y en una ocasión a mí me señaló que llevaba las uñas muy sucias. Pues sí, señora, era un niño que venía de jugar de a saber dónde, y muchas veces buscábamos caracoles o bichos en la tierra, por supuesto que llevábamos las uñas sucias.
La verdad es que poco más hay que añadir sobre el lugar. Tenía también lo que se suponía que era una sala de estudio, minúscula, con una mesa redonda a la que algunas veces vi sentados a algunos chicos mayores, y los amplios ventanales y las luces del techo permitían una iluminación suficiente y agradable, sin que se perdiese ese ambiente de lugar un tanto recóndito y en penumbra, que es lo que le da la calidad a cualquier biblioteca que se precie. Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros, por supuesto, pero eran inaccesibles porque se encontraban cerradas con llave, y como por aquel entonces mis preocupaciones eran otras ignoro por completo cuál era el procedimiento por el que se pedía el libro para consultarlo, y repito que en aquellos tiempos era sólo una biblioteca de consulta y no de préstamo, como por ejemplo sigue siendo la Biblioteca Nacional. Pero eso a nosotros nos importaba poco porque íbamos a leer los álbumes que se encontraban de libre disposición a nuestro alcance, y aunque creo que nos obligaban a rellenar una ficha por persona y apuntar los títulos que tomábamos de la mesa a medida que los íbamos leyendo, supongo que para luego hacer con esos datos una análisis estadístico de alto nivel [no], de modo que nos leíamos no sé, quizá tres o cuatro, puede que cinco, y luego empezábamos a hacernos gestos de que había que irse porque se estaba haciendo tarde o porque ya estábamos cansados de estar demasiado tiempo en el mismo sitio, así que tocaba la retirada.
Esta biblioteca dejó de existir años después cuando se trasladó, ya con servicio de préstamo y personal renovado, a lo que había sido la sucursal del Banco de España en la ciudad, y que contaba con mucho más espacio, aunque se les quedó corto pronto y se tuvo que reformar por completo el edificio en fechas cercanas a las actuales. A la antigua biblioteca antes de que cerrara y ya algo mayorcito acudí solo algunas veces, supongo que en parte por sentimentalismo o porque pasaba por delante en un paseo y quería estar fresco un rato como cuando era pequeño. De la nueva ubicación y antes de la reforma guardo también muy buenos recuerdos, porque tenían una muy buena colección de novelas de narradores modernos, así que aunque la biblioteca de mis padres estaba bastante bien surtida de libros de calidad pude completar de ese modo mi formación literaria. Mi padre terminó siendo también usuario de esa biblioteca, y cuando me pidió una recomendación porque estaba algo cansado de leer novelas le dije medio de coña dónde se encontraba la Biblioteca Clásica Gredos, toda allí en una estantería con sus bonitos lomos de color negro, y que cogiese uno cualquiera, que todos eran buenos. A los pocos días me lo encuentro en casa leyéndose La Anábasis de Jenofonte, y tomando notas en un papel, así que como siempre mejor no subestimar nunca a nadie. En 1995 en esa biblioteca también escribí, a mano, parte de Het. Cuando en 2009 tuve que volver a residir de nuevo un año en mi ciudad natal volví a sacarme el carnet de lector de la biblioteca, y por sentimentalismo siempre lo he llevado en la cartera, aunque esté caducado. Por la misma razón me saqué el carnet de lector de la Biblioteca Nacional, que no creo que llegue a utilizar nunca a estas alturas, pero me gusta saber que lo tengo.
Si os soy sincero, la variedad de comics que se encontraban en esa biblioteca se reducía exactamente a eso, a los Asterix, Tintín y alguno que otro Lucky Luke y similares de la época. Supongo que aparte de la popularidad de los personajes, el hecho de que estuviesen en tapa dura ayudaba a que fueran aptos para estar en una biblioteca, y ya entonces estaban un poco perjudicados tanto por el mucho uso como por la forma en la que descuidadamente reposaban sobre la mesa, así que supongo que terminarían destrozados o en la casa de alguien después de algún expurgo bibliotecario. Nada que ver con lo que a día de hoy nos encontramos en cualquier biblioteca medio decente, en la que nos podemos encontrar aparte de los típicos tomos de Watchmen y algunos clásicos, colecciones completas de manga y una buena selección de comics de todo tipo, dependiendo de las peticiones del público o de la política de cada grupo de bibliotecarios.
Como ya expliqué en otra ocasión, y no soy ni mucho menos un caso raro, en aquellos tiempos uno solía leer sin prejuicio alguno prácticamente todo lo que caía en sus manos, porque todo eran tebeos o comics, y los comics te gustaban porque eras un niño. Como decía la canción de Torrebruno sobre los dibujos animados: "Todos son buenos, ninguno es malo". Pues con los tebeos lo mismo: línea clara francobelga, todo lo que publicaba Bruguera, clásicos españoles que ya olían a añejo como Capitán Trueno, Jabato o Roberto Alcázar y Pedrín, los tebeos de Disney que hacían en Italia, superhéroes Marvel en vena aunque aquello era un sindiós y lo publicaban en el orden que les daba la gana, las ediciones de DC de Novaro que venían de México, y también sin problema alguno pasaron por mis manos fanzines, revistas eruditas que hablaban sobre los mismos comics y lo que se llamó el gran boom del cómic adulto, que solía ser de ciencia ficción, espada, brujería, y además salían muchas mujeres en bikinis que hacían que el de Red Sonja pareciese recatado, y eso cuando sencillamente no llevaban ni eso.
El material adulto de Warren Publising, por ejemplo, llegó a España por medio de varias editoriales, y algunos autores españoles que trabajaban por agencias se dieron a conocer a través de ella y otras en el mercado internacional. Por eso imaginaos la conmoción cuando llegó a España el cómic de un personaje literario y legendario que también tenía varias adaptaciones en viñetas, pero quizá pegándose un poco más al personaje literario o al histórico de lo que vimos en esta otra versión de 1975, y que en fechas recientes ha vuelto a publicar Dark Horse.
Como se puede ver por el articulillo que llegó a salir en la misma revista, saber, lo que se dice saber, sabían cuál fue la realidad histórica del personaje, al que por alguna extraña razón comparan con el Rey Arturo, cuando precisamente dentro de la épica medieval el Cantar de Mío Cid destaca por ser rigurosamente realista sin concesión alguna a la magia o el mito fantasioso, aunque por supuesto no deje de ser un vehículo propagandístico de la época. Así que sin encomendarse a nadie en especial esos dos enajenados (en el mejor sentido de la palabra) empezaron a meter a odaliscas cubiertas apenas por vaporosas sedas, troles, pegasos, pulpos gigantes y lo que hiciera falta, que aquella década con Conan en pleno auge rara era la editorial que no sacase su versión de bárbaro culturista malencarado que mataba a todo bicho viviente acompañado de fembras de prietas carnes que en medio de un mundo primitivo mostraban impresionantes e inverosímiles pelos cardados y maquillajes waterproof.
¿Que por qué les dio en Warren por hacer una versión despiporrante de El Cid? Yo-qué-sé. El virtuoso dibujante, el peruano Gonzalo Mayo conocido por su trabajo en la versión mexicana de Fantomas y por su trabajo en Vampirella, también de Warren, no tengo ni idea si tuvo algo que ver, e ignoro por completo si cuando él hizo la secundaria en su país se citaba el cantar de pasada o se leía, así que hasta donde yo sé todo pudo partir del guionista Budd Lewis, prolífico en ese tipo de publicaciones y que también trabajó muchos años en el mundo audiovisual en distintas ocupaciones, y al que debemos el guion de R.O.T.O.R. Probablemente la explicación sea la más sencilla, y es que la peli de El Cid de Samuel Bronson todavía estaba medio reciente. Por otra parte, y tampoco nos vamos a sorprender, hay otros absurdos como que en el diálogo en inglés se cuelen algunas palabras en español que no pintan nada porque ya sabemos que en el siglo XI se hablaba español (bueno, castellano antiguo en todo caso), y errores como decir que el personaje se llama Rodríguez en vez de Rodrigo, no confundamos los nombres con los patronímicos.
Por supuesto, ya lo habréis notado, en ningún momento me estoy quejando de que todo sea un despropósito y esto se pudiera haber titulado El Cid como Guerrero Muy Poderoso. Eso es bueno, porque así no se engaña a nadie y nadie puede tener la más mínima duda de que ahí no va a encontrar nada remotamente histórico aparte de una idealizada Edad Media y algún personaje por medio que con suerte podríamos identificar como moro. Por eso este cómic es tan bueno, y aunque el guion sea bastante típico de ese tipo de aventuras y sin demasiadas novedades a la hora de ver a gente con espadas matando a todo ser humano o criatura fantástica que se ponga por delante, en este tipo de obras lo que nos deja atontaos es el tipo de dibujo, que nos recuerda sin duda a otros grandes de la época y que también publicaban en ese tipo de revistas en glorioso y contrastado blanco y negro. Ahí tenemos esas composiciones arriesgadas, el dominio absoluto de las proporciones y la anatomía, el juego de las sombras y en general toda esa exhibición de recursos que hacía que cualquier niño que alguna vez fantasease en llegar a dedicarse a los comics se dijese aquello de "esto no lo hago yo en la puta vida".
Aunque ya en aquella época de bonanza la presencia del cómic que provenía de los EEUU era muy importante, tanto en comics de adultos con esas historia de Warren o la veneración que se sentía por autores como Richard Corben, como en la publicación de clásicos de tiras de prensa, también se tenía en alta estima a los autores patrios, y también nos llegó bastante de cómic argentino aparte de Mafalda, mientras que el europeo, igual que el cine, se solía percibir como más culto y sofisticado, fuera eso cierto o sólo un prejuicio positivo. A eso contribuía, por supuesto, el formato, y de hecho mientras que las grapas normales a un precio módico se llamaban simplemente tebeos a las historietas de Astérix y Tintín se les llamaba álbumes sencillamente por eso, porque eran álbumes bien editados y de tapa dura, palabra que se empleaba por el mismo motivo en la portada cuando otro tipo de tebeo hacía una edición algo más lujosa, y todavía ahora no es infrecuente oír que se les sigue llamando así. Eso permitía, por ejemplo, que regalar un álbum de historietas se considerase como un regalo aceptable para un niño. El único inconveniente, por supuesto, era que aumentaba el precio, pero quedaban mucho mejor en la estantería. En el colegio, por supuesto, nos enseñaban que el plural de álbum era álbumes y no no álbunes, y por supuesto al escribir la palabra incorrectamente para hacer referencia a ella el chivato ortográfico que tengo en el sistema operativo me la subrayado en rojo como un campeón.
A día de hoy se mantiene en buena medida la publicación en formato de tapa dura porque, reconozcámoslo, no sólo luce más sino que así editado el cómic se convierte en un objeto que incluso cerrado es bello en sí mismo, y que en compañía de sus amiguitos y familiares en la estantería tiene cierto componente erótico que todo coleccionista o bibliófilo experimenta cada vez que con la mirada recorre golosamente sus preciadas posesiones impresas en papel. Tener en tu estantería, bien ordenaditas, tus colecciones de astérixes, tintines o los tomos de El Príncipe Valiente o Flash Gordon y quedárselas mirando unos momentos en silenciosa admiración es algo que cualquier aficionado a los comics conoce.
Una de estas colecciones ha llegado tarde a mi vida, y la verdad es que es una pena, porque es un desfase que vale la pena conocer. Siempre me ha llamado la atención que en ocasiones se diga que en Francia no se ha desarrollado mucho en literatura el género fantástico o cienciaficcionero, a veces con explicaciones bastante peregrinas, pero eso no sólo es falso y en francés escribió Julio Verne, sino que si además nos alejamos de la literatura podemos ver que en formato bande dessinée hay verdaderas locuras dentro del género fantástico que han dejado huella en todo el mundo, y sólo hay que citar a todo el movimiento Humanoides y la Metal Hurlant, el Jodoverso, que aunque sea de un chileno se creó para el mercado francés, y luego multitud de obras que participan de una visión muy, muy loca del mundo, como es el caso de esta serie publicada en formato álbum, hasta el momento 31 de ellos y que probablemente ya no se continúe porque aunque el guionista siga vivo está muy mayor y el dibujante español que se encargaba de la parte gráfica, Julio Ribera, murió en 2018.
Es difícil explicar de qué va toda la serie porque combina elementos de ciencia ficción antigua y muy raruna con otros conceptos propios de las más alocadas historias fantásticas que se pueda uno imaginar, así que la idealizada amada del protagonista no sólo se llama Quimera, indicándonos que es un ser imposible o inexistente, sino que luego vemos que no sólo esa mujer existe, sino que lo hace en nuestro mundo y tiene visiones de un señor que la busca, pero que no es sino un personaje de cómic. En la línea de los mundos abigarrados y oníricos que también hemos visto en otras obras como Valerian, en cada una de las aventuras puede ocurrir cualquier cosa a los dos protagonistas en su huida de los poderes que los acosan: Axel Moonshine, cuyo aspecto parece a mitad camino de El Prícipe Valiente y nuestro Capitán Trueno, y Musky, príncipe de los Eternautas, que durante los primeros números se supone que todavía no sabemos si es chico o chica, aunque tendría que ser uno muy tonto para no ver lo que al final es. Musky, por cierto, tiene además todo un repertorio de maldiciones y juramentos de cosecha propia que como no están en el diccionario de la lengua francesa cuelan perfectamente. En efecto: durante toda la serie va vestido con esas ropas ridículas, pero son extraterrestres y hay que respetar sus costumbres.
¿Que si hay mujeres en cueros, siempre totalmente justificado por necesidades del guion?
¡Por supuesto! ¡Esto es una sofisticada narración gráfica francesa!
La historia, cada número por separado y toda la serie, parece un verdadero viaje de ácido en el que puede pasar cualquier cosa, e igual te aparece Dios que se entrelazan diversos planos de realidad o metaficción. El dibujo de Ribera siempre es efectivo y combina desde la sobriedad cuando el momento lo requiere, a grandes composiciones con gran cantidad de personajes o localizaciones urbanas fastuosas y lujuriantes paisajes alienígenas, además de todo un imaginativo repertorio de criaturas gotescas y extravagantes. Otro que cuando lo ves te dices que mejor te dedicas a otra cosa porque ni de lejos te vas a acercar a lo que sale de sus lápices.
En fin, qué bien nos lo seguimos pasando leyendo tebeícos.
Yo crecí en una época en la que la Segunda Guerra Mundial (o WW2, como dicen ahora los giliguanabíes) era algo relativamente cercano y presente en la cultura de masas. Rara era la semana en la que no pudieses ver en la todavía España de sólo dos canales de televisión una o dos películas sobre el tema, en los kioscos los niños comprábamos sobres de soldaditos de plástico de los distintos ejércitos con los que montarnos sobre la alfombra del salón nuestra versión del Desembarco de Normadía, y en la televisión veíamos series como Soldados presentada por Frederick Forsyth, con declaraciones de veteranos de la dos guerra mundiales, y bastante antes de La lista de Schindler vimos en televisión la estremecedora serie Holocausto, así como muchas otras películas que trataban la Shoá, y en este mismo blog hablamos un poco de la película que trataba de la Conferencia Wanssee, en la que se diseñó la Solución Final nazi para la cuestión judía. Dicho de otra manera: lo que se dice falta de información no había ni hay, e incluso se trataba el tema con bastante seriedad en la cultura de masas.
Citando puramente de memoria, me acuerdo de dos películas o telefilmes que sí que me impactaron bastante, y cuyos títulos no recuerdo. Una trataba sobre un nazi al que cazaban los israelíes y lo juzgaban de forma muy parecida a lo que ocurrió con Eichmann, jaula de cristal incluida, y al final se descubría que en realidad no era quien decía ser, sino una persona que había suplantado la personalidad del nazi para obtener la atención que tanto deseaba e interpretar, por así decirlo, el papel de su vida. (Me informaron luego en los comentarios que se trata de El hombre en la cabina de cristal.) En otro de estos telefilmes se juzgaba asimismo a un criminal nazi ya anciano y nadie quería defenderlo, hasta que es el típico abogado judío neoyorquino el que asume su defensa bajo la premisa de que precisamente esa es la diferencia entre un nazi, los juicios sumarísimos y los fusilamientos en una cuneta, la barbarie, y el imperio de la ley y la justicia ciega, en la que incluso un nazi tiene derecho a la mejor defensa posible. Cuando preguntan a ese abogado si hubiese defendido a Hitler de no haber muerto, después de una breve duda responde: "Sí, incluso habría defendido a Hitler". Un argumento parecido oí no hace muchos años de un conocido argentino a cuyo padre lo "desaparecieron" durante la última dictadura de su país, pues mientras que algunos aseguraban que el acusado debía ser encerrado de por vida sin más él argumentaba que no, y que personalmente felicitaría a la defensa del torturador y asesino por convertir el juicio y la condena en algo legítimo y ordenado, justicia racional y no venganza en caliente.
Respecto al tratamiento humorístico, paródico, kitsch o friki del nazimo también nos hemos referido en este blog más de una vez, y sólo se puede decir que es tan antiguo como el mismo nazismo, y obviamente en algunos casos más que necesario: los ingleses se pitorreaban del paso de la oca comparándolo con un conocido paso de baile de la época, y en Un puente muy lejano los soldados británicos silban una conocida tonada militar a la que durante la Segunda Guerra Mundial se le compuso una letra que era Hitler sólo tiene un huevo, que seguramente es lo que estarían cantando en vez de silbarlo si no fuera por cuestiones de censura de aquel tiempo, pues sólo veinte años después pudimos ver a Clint Eastwood entrenando a sus marines al ritmo de "Ho Chi Min eres un hijoputa, la tienes con ladillas y diminuta". No sé si esa canción británica es el origen de alguna leyenda urbana que oí de chaval, que decía que en efecto Hitler sólo tenía un huevo. Ni que decir tiene que la Edad de Oro de los comics de superhéroes coincide con la Segunda Guerra Mundial, y que los personajes de DC y de la primitiva Marvel sirvieron de instrumento propagandístico, de modo que el Capitán América le parte la cara a Hitler incluso antes de que los EEUU entrase en guerra, algo tampoco muy de extrañar ya que buena parte de los autores y editores de esas revistas eran judíos. También hay un corto del Pato Donald en el que tiene una pesadilla en la que es nazi, y en general encontraremos de todos los personajes del momento algún ejemplo en el que hay una referencia a la guerra o una burla a los nazis: Popeye partiéndole la cara a marineros alemanes, o el Pato Lucas haciendo ruidos con la boca como si disparara para luego decir a cámara "No utilizo balas de verdad porque las necesita el ejército".
Todos estos ejemplos son algo normal, como pueda serlo El gran dictador de Chaplin, considerada justamente como una obra maestra. Además una continua producción cultural en todos los formatos sobre ese conflicto bélico y el exterminio de los judíos en los campos de la muerte garantiza que prácticamente todo el mundo sepa qué fue la Segunda Guerra Mundial y la Shoá. La percepción del nazismo sin embargo ha crecido en la sociedad hasta el punto de que ha diluido su significado original, y llega el momento en que no se sabe lo que alguna gente quiere decir cuando se lo llama a otra: probablemente mucha gente conservadora, de derechas o partidos de derechas suelen admirar a los judíos por el estereotipo de su éxito económico, y al Estado de Israel por sus pocas dudas a la hora de responder militarmente a cualquier agresión. Si llamas nazi a gente que admira a los judíos algo falla ahí o es que nazi ya significa casi cualquier cosa y ha perdido su referencia a lo que históricamente fue el nazismo. De todos modos no es ese en el jardín en el que me quiero meter, sino comentar cierta frivolidad con la que se toca el tema en ocasiones, como las Hitler-chan (aunque bueno, hay chan hasta del ébola y el coronavirus, así que...), esos chinos que hicieron una boda temática disfrazados de SS... pues porque mola, y algunos otros ejemplos un poco extraños. Incluso hay cosas que están un poco en el límite, y que ya tratan el asunto de forma un tanto fantasiosa, como la novela de 1976, Los niños del Brasil, llevada al cine dos años después, en la que Joseph Mengele intenta nada menos que clonar a Hitler. De ahí nacen los mitos de la superciencia nazi, mezclada con magufismos de todo tipo. En realidad, es indudable, la ciencia y la ingeniería nazi era de primer nivel, pues así era la ciencia alemana en esos años, pero no tenía nada de mágico ni transcendente, y de hecho como los grandes dirigentes nazis eran una panda de tarados más preocupados por las supercherías, el misticismo y la magia que por la ciencia así les lució el pelo al final. No, no hubo superciencia nazi ni los más grandes avances de la ciencia y la ingeniería de las décadas posteriores se basan en experimentos secretos que se hicieron en laboratorios esotéricos o en la aberrante experimentación médica de los campos de exterminio. Mengele no era un genio, era un depravado al que afortunadamente no se le puede atribuir ningún avance o descubrimiento médico. Para que os hagáis una idea se quiere ahora dejar de llamar por ese nombre al síndrome de Asperger, precisamente por el pasado poco claro de ese señor y su relación con el nazismo, aparte de otras cuestiones éticas.
De regreso al mundo de los comics, en el caso de los superhéroes de Marvel los nazis eran unos malos tan buenos que básicamente los adoptaron para siempre: Hydra, una fantasiosa organización nazi, siguen siendo los nazis más nazis que los nazis en el Universo Marvel, dispuestos a destruir a la democracia e instaurar los valores propios del nazismo en todo el mundo. Pero como en Las Vegas, lo que pasa en el Universo Marvel se queda en el Universo Marvel, y el pacto ficcional está muy claro y encima de la mesa: es todo una tremenda fantasía que a veces, eso sí, se sale un poco de madre. Por eso en las películas del Capitán América parece que los alemanes no existen, como si Hydra hiciese la guerra por su cuenta, y después descubrimos que Hydra se ha infiltrado durante décadas en la política mundial, y que para disimular no han hecho prácticamente nada nazi, además de que termina uno dudando de si no hay ya más gente a sueldo de Hydra que la que no lo está. Un poco forzado, la verdad. Y tanta es la fascinación de los nazis como malos que no es infrecuente que nos los encontremos en cualquier otro momento y lugar, de modo que tenemos a chinos nazis, a romanos nazis en la Antigüedad, a franceses nazis en el Robin Hood de Ridley Scott que sin venir a cuento queman a la gente, y por supuesto a los nazis de una galaxia muy lejana, pues parte de la imaginería e incluso ideología que refleja el Imperio está claramente tomada de los nazis.
En este caso, la serie propiedad de Amazon que se titula simplemente así, Cazadores, tenemos un poco de mezcladijo de todo lo anteriormente citado, pero con un par de detalles muy hodiernos que por lo menos a mí me han horrorizado un poco. Como siempre, desde el punto de vista positivo, la serie es técnicamente irreprochable, y Al Pacino está como siempre, bien, en este caso haciendo del mentor de un grupo de cazadores de nazis más inspirados en el mundo de las películas de acción y de los comics que en lo que realmente fueron los verdaderos cazadores de nazis. Y ahí está el problema, cuando la misma serie en algunos carteles nos indica que está "Basada en hechos reales". Bueno, sí, y Iron Sky también está basada en hecho reales porque para aceptar la premisa de que hay nazis escondidos en la cara oculta de la luna, poseedores de una superciencia nazi, partimos del hecho de que existieron los nazis y la Segunda Guerra Mundial. Si nos ponemos así hasta James Bond está basado en hechos reales porque existe el MI6. Tanto es así que toda una generación, quizá no muy ducha en conocimientos que algunos otros ya damos más que sabidos, se las están dando de nuevas y aparecen en foros preguntas de hasta qué punto es realmente eso cierto, que está basado en hechos reales.
Recapacitando sobre el argumento, y ya aviso que empezamos a entrar en zona de destripe, no es muy complicado: en 1977 Meyer Offerman un judío acaudalado de Nueva York, superviviente de los campos de exterminio e interpretado por Al Pacino, se crea su Equipo A particular para cazar nazis, en principio cualquiera que se encuentren pero en especial buscan a un médico trasunto de Mengele, El Lobo, que lo torturó a él y a la abuela del que es el joven protagonista de la historia, un muchacho bastante friki que acude a ver la primera de Star Wars, cuando todavía no se la conocía como el Episodio IV, y que por si fuera poco trabaja en una tienda de comics como dependiente, además de trapichear hierba con sus dos amigos multiculturales: un negro y un gordo. Su abuela lleva un año investigando al más alto nivel lo de los nazis con documentación escondida por toda la casa, pero el papahostias de su nieto no se ha enterado de nada y sigue creyendo que su yaya, con la que vive, es sólo una pensionista que llega malamente a fin de mes. Lo más gracioso es que luego cuando se integra en el grupo de cazadores lo hace por su gran inteligencia, perspicacia y facilidad para encontrar patrones, pero su abuela tiene una doble vida delante de su nieto y este no se da ni cuén. Porque aquí ya empieza uno a extrañarse un poco de lo que está viendo: en el equipo de aguerridos cazanazis, cuyas pruebas de reparto ha hecho una yenta, lo que viene a ser una matrona y casamentera judía, hay varios judíos en el equipo, entre ellos el protagonista de Cómo conocí a vuestra madre, una chica negra con pelo afro que le favorece mucho, un asiático veterano del Vietnam y, tócate los pies, una monja inglesa de las de toca y velo que lleva pantalones, y que luego sabemos que sí es de ascendencia judía. A ver, que hay judíos negros y si alguien se convierte no tengo nada en contra de que se ponga a cazar nazis, pero o yo me dormí en ese ratito o no hay explicación alguna de por qué la negra y el asiático se ponen a cazar nazis ni a santo de qué y cómo los conoce la casamentera, aparte de que puedan tener un cierto sentido de la justicia o de los beneficios sociales que les dé el magnate que opera como un Batman que subcontrata su venganza.
Obviamente en una obra como esta donde está claro que empezamos a meter no poca fantasía e hipérboles podemos esperarnos cualquier cosa, pero se nos presenta una conspiración de tal calado para la creación del Cuarto Reich que llega uno a pensar si al acabar la guerra quedó algún mando medio nazi sin escaparse y rondar por el mundo tan ricamente. Por supuesto, sabemos que no fue así: el más notorio nazi que escapó fue Adolf Eichmann, y no vivió desde luego protegido por una fantástica organización con todo tipo de recursos, sino que trabajaba sin llamar la atención, y terminaron capturándolo precisamente porque no fue lo bastante cuidadoso al mantener su tapadera. En el mundo de Hunters los nazis están infiltrados a todos los niveles de la política y las finanzas de los EEUU, lo que no deja de ser llamativo porque si estamos en 1977 para haber sido algo o alguien el el régimen nazi todos deberían andar como mínimo por los sesenta años de edad, y además haber sido muy exitosos al ascender en el escalafón militar o político, aunque también aparecen cientos de personas mucho más jóvenes, descendientes de los nazis o adeptos a su ideología, así como un asesino oriundo de los EEUU más malo que el sebo que nadie sabe cómo han reclutado, un malo de los de verdad, malo con dedicación plena a la maldad y por el simple gusto de ser malo. Ni que decir tiene que el FBI no se cosca de nada de esto, y que en Israel parece que tampoco le dan demasiada importancia.
Y no nos engañemos: todo esto estaría más que bien si, como en el caso ya citado de Hydra en el Universo Marvel, estuviésemos ante un verdadero despiporre en el que no hay duda de que vemos un desmadre fantástico. Que los nazis de Hydra posean supertecnologías molonas y que la dirija un tipo que responde al nombre de Cráneo Rojo y que en vez de cara tiene... un cráneo rojo, nos indica bastante bien que lo que vemos es un disparate que si quieres lo disfrutas como lo que es, y si no no, y tan amigos. Y ahí está el problema de Hunters: que pese a su poco menos que disparatada premisa, intenta ir en serio en algunas ocasiones, y abraza lo que podríamos llamar el escándalo o sensacionalismo woke, como si intentase abrirnos los ojos y dar a conocer lo que ya sabemos de sobra: que obviamente muchos científicos alemanes, algunos como era de esperar bien acomodados en su momento en el régimen nazi, fueron utilizados por las autoridades estadounidenses para reforzar sus programas armamentísticos, aeronáuticos y luego la carrera espacial. Tal como se nos presenta en esta serie, la Operación Paperclip es poco menos que un secreto de Estado, y aunque obviamente se realizó discretamente en su momento la agencia que la llevó a cabo se disolvió en 1962, y desde luego en 1977 era de dominio público: todos esos científicos, aunque alemanes y con puestos en la estructura académica y de investigación alemana, no tenían delitos de sangre ni fueron responsables del exterminio de los judíos, y llevaron a cabo sus investigaciones en un nuevo país con su nombre original, y sin necesidad de recibir una nueva identidad tal como aparece en la serie. Es curioso porque precisamente una de las figuras más controvertidas y puestas en su momento bajo sospecha, el famoso "hombre que puso al hombre en la luna", Wernher von Braun, aparece en la serie vivo meses después de su supuesta muerte a la edad de 65 años (fue un niño prodigio, algo así como el Mozart de la ingeniería), seducido por ese futuro Cuarto Reich del que hasta hacía poco no sabía nada y que le ofrece financiamiento sin límites si los apoya. Bueno, pues a pesar de ser el niño mimado (y bien vigilado) de los EEUU, eso no le evitó críticas más que graves por parte de los que protestaron por algunos de esos fichajes científicos, y en su caso había que creer que él no conocía las condiciones de trabajo de la fábrica subterránea secreta en la que se fabricaban las V2, Mittelwerk, en la que murieron miles de personas en régimen de trabajos forzados. Y en 1984, sólo siete años después de la época en la que se sitúa la serie, Arthur Rudolph, otro de los principales ingenieros del mismo programa Saturno V, renunció a la ciudadanía estadounidense y volvió a Alemania por las investigaciones de su poco claro pasado. Vamos, que hay cosas más graves: si no fusilaron a Albert Speer (1905-1981), que fue ministro de Armamento y Guerra y sólo estuvo veinte años en la cárcel, ya me diréis. Sus extensas memorias en su último tramo, en las que cuenta que él no sabía nada sobre las condiciones inhumanas de los trabajadores forzosos, y que en realidad en el fondo Hitler le caía mu malamente, se consideran una de las grandes cimas de la literatura fantástica de todos los tiempos. En estos casos es imposible no recordar a ese personaje de Uno, dos, tres (1961) de Billy Wilder, un secretario que a la mínima se cuadra marcialmente con un taconazo pero afirma que él no se enteró de la guerra porque trabajaba en el metro "Y a mí nadie me contaba nada".
En todo esto es donde yo veo la mayor incoherencia e incluso irresponsabilidad de la serie, máxime cuando veo que en algunos lugares se suscitan preguntas del tipo "loko de verdad la serie es de verdad hai nazis a cholón entre nosotros gracias de antebraso por la respuesta". Todo ese espíritu woke aparece en la serie, además de en el mismo argumento, en pequeños segmentos simbólicos que aparecen a modo de gag o parodia de otros programas o concursos de televisión tipo Jeopardy, incisos que se supone que nos informan de la terrible verdad de que cuando acabó la guerra mundial no sólo no pasaron a cuchillo a todos los científicos alemanes de alto nivel, sino que en muchos casos les ofrecieron unas muy ventajosas condiciones laborales y financiación de primer nivel en sus respectivas áreas de investigación, pues ya que no los habían juzgado como a criminales de guerra podrían haber decidido no ir, aunque estaba claro que elegir entre un buen sueldo en un bonito campus universitario o buscar trabajo en un país en ruinas tampoco daba mucho que pensar. El equivalente de la Operación Paperclip al otro lado del Telón de Acero se conoció como Operación Osoaviakhim, en la que sin darles a elegir los científicos de la zona ocupada soviética fueron trasladados a centros de investigación soviéticos.
Elegidos para la gloria (1983). "Nuestros alemanes son mejores que sus alemanes".
Pero todo esto no es casi lo peor. La serie se atreve a contrarrestar su premisa, una fantasía descabellada en la que hace cuarenta años los EEUU están al borde de sufrir una toma de poder por parte del Cuarto Reich, con la verdadera realidad de lo que fueron los cazadores de nazis, de modo que Meyer conoce a Simon Wiesenthal y hay una escena en la que habla con él. Mientras que en Los niños del Brasil Ira Levin tenía la decencia de cambiarle el nombre al personaje que luego interpretaría sir Lawrence Olivier, claramente inspirado en Wiesenthal, aquí la serie nos mostrará un careo entre Meyer y Wiesenthal, ambos viejos conocidos que se tutean, y en el que el primero expresará la necesidad de mano dura y cargarse a los nazis en cuanto estés seguro de su identidad, y Wiesenthal que defiende la postura que yo recordé anteriormente al principio de este artículo: detenerlos, llevarlos ante la justicia y someterlos a un juicio justo con todas las garantías. Tal como nos muestra la serie, Meyer y Wiesenthal, aunque no comparten la visión del otro, se respetan en lo fundamental y tienen un enemigo común. La burrada está en que, dentro del universo ficticio de la serie, con semejante premisa, Meyer es el único que tiene razón, porque el FBI y el Moshad ni están ni se les espera; tal como vemos para detener una conspiración de décadas que amenaza con matar a millones de personas y derribar al gobierno para instaurar en la sombra uno nazi, lo que se necesita es a un grupo de gente echada para adelante que no se detiene ante nada, dirigido por un líder carismático que tiene las ideas realmente claras, ha visto la gravedad de la situación y la va a solucionar expeditivamente. No es lo que digo yo, es lo que te pone delante de la cara la serie, después de haberte confundido con la idea de que el mismo gobierno protegió y cambió la identidad de un gran número de nazis para ponerlos a su servicio y poco menos que es cooperante pasivo de esa confabulación.
No contentos con esto la serie guarda para el final algo que, si uno no es demasiado tonto, más o menos ya se ha visto venir y que te han insinuado un par de veces, pues está claro que Meyer tiene algún secreto muy gordo, que al final obviamente se destapa: Meyer es El Lobo, asesinó al verdadero Meyer, usurpó su identidad y, para hacerse pasar por él convincentemente se integró de tal modo en la vida judía, en su religión y sus costumbres, que terminó por comprender sus propios errores, y él mismo se convirtió en cazador de nazis, un poco lo de El hombre en la cabina de cristal pero al revés. Como medio me esperaba una salida por peteneras de ese estilo tampoco me sorprendió mucho, pero no hizo sino añadir gasolina al incendio que ya es la serie: para detener una conspiración nazi, necesariamente por las malas porque nadie más se da cuenta de lo que ocurre en el mundo, lo que se necesita, curiosamente, es a un nazi. Vale, arrepentido, pero un nazi que en el fondo en algunas cosas sigue pensando como un nazi. Como es de esperar, el joven protagonista le da matarile sin demasiada oposición por parte del propio Meyer y todo queda un poco complicado para hacer una segunda temporada, aunque aún tienen tiempo para darnos un final en el que descubrimos que la malvada líder de la conspiración del Cuarto Reich, interpretada por una todavía espléndida Lena Olin, en realidad no ha muerto, sino que su verdadera identidad es la de Eva Braun, que en 1977 tendría la misma edad que la actriz, sesenta y cinco años, y que se ha escapado a Argentina, donde cuida a un nonagenario Hitler y a un grupo de niños rubios y de ojos azules que parecen clones. Y ya dice uno: pues vale, pues a la mierda.
La serie es muy friki en algunos aspectos, pero como no me canso de repetir el frikismo sin control no sirve de nada, y está muy bien que te tires al barro de lo friki, como con Iron Sky o lo de Hydra, pero no mezcles ni confundas, ya sea a mala fe o por negligencia. Si quieres meter una conspiración por la que se colaron nazis en EEUU invéntate una operación paralela a Paperclip, o incluso móntate toda una dimensión paralela que justifique cómo es ese mundo: que la Segunda Guerra Mundial acabó dos años después y les dio tiempo a montar esa operación, que Israel perdió la Guerra de los Seis Días y Wiesenthal murió asesinado hace ya años, y que hay un presidente que no es Jimmy Carter o que sigue Nixon en el poder, pero si integras en la serie y su trama sucesos del mundo real como el Gran Apagón de Nueva York de 1977 o la extensión del jarabe de maíz como edulcorante barato al que los nazis añaden una toxina, pones lo de basado en hechos reales y además juegas irresponsablemente esa carta woke dando a entender que descubres de forma sensacionalista para el gran público cosas que están más que analizadas y sabidas en los libros de historia, pues entonces no sé de qué va esto. De momento algunas asociaciones que vigilan el ascenso del negacionismo o el antisemitismo han mostrado su incomodidad por la forma innecesariamente imaginativa y truculenta en la que han mostrado algunas estrafalarias prácticas nazis en los campos de exterminio, como si las auténticas no hubiesen sido ya lo bastante malas, y en mi caso lo que me ha llamado la atención es ese innecesario escandalizamiento woke sobre cosas que están más que asumidas y criticadas de forma contextualizada y sin aspavientos, en este caso lo de Wernher von Braun y otros científicos alemanes, algo no sólo sabido sino investigado y criticado en su momento, y precisamente por gente como Simon Wiesenthal, que poco antes de morir en 2005 dijo que ya casi no había nazis que cazar por pura lógica de la edad que tendrían ya en el siglo XXI, y el último nazi o criminal de guerra cazado no fue precisamente un alto cargo, sino un simple guardia de un campo de exterminio que era un jovenzuelo cuando la guerra, pero al que en el último momento se le desposeyó de su nueva nacionalidad y se le devolvió a Alemania. Todo eso está muy bien pero como antes dije hay que poner las cosas en su contexto y llamar a las cosas por su nombre por muy fácil y conveniente que sea calificar a alguien de nazi, y así se de vez en cuando todavía se oye que Gûnter Grass fue nazi, o que lo fue el mismo actual Papa emérito, al que forzaron a unirse a las Juventudes Hitlerianas a los catorce años cuando ya estaba en el seminario, y que fue movilizado obviamente no por decisión propia. Incluso se ha dicho de Ernst Jûnger (1895-1998), un escritor de difícil catalogación cuyo exaltado romanticismo no casaba precisamente con el nazismo, y al que siempre se opuso. Curiosamente un escritor danés, Sven Hassel (1917-2012), y que vivió gran parte de su vida en España, se hizo famoso precisamente por haber sido soldado en el frente oriental, aunque hay serias dudas de si realmente eso fue verdad o sencillamente se lo inventó todo y escribía novelas sobre hazañas bélicas que otros le habían contado, y que su vida y dobleces son mucho más sórdidas. Sus libros fueron retirados de las bibliotecas públicas danesas en el año de su muerte.
Y ya para el final os dejo la guinda, y para que no os queda ya duda del nivel: en Hunters en algunas ocasiones varios nazis sueltan la frasecita "Darwin estaría orgulloso", y uno se quiere ir a un rincón a llorar.