13.7.19

Stranger Things 3 y Years and years: la mistificación del pasado y del futuro


En la tercera entrega de la serie Stranger Things, de cuya primer temporada ya hablamos, y que vuelve a contarnos lo mismo por tercera vez sin que haya visos de que nos vayamos a quejar por ello, aparece en un cine, de estreno en 1985, la película Regreso al futuro, en la que se viaja precisamente a unos idealizados años 50 que son los que vivieron de adolescentes los padres del protagonista, la misma época de Grease, de la serie Happy Days (1974-1984). esa serie que de la que en España no entendemos ninguna referencia porque no se llegó a emitir, y otras referencia culturales de la década por antonomasia de la Edad de Oro de Iuesei que se ven en las dos primeras entregas de la trilogía, ya que como sabemos la tercera se desarrolla en el Salvaje Oeste. Si vemos la película en la versión de Amazon además podemos consultar en todo momento qué clásicos de la música de la época están sonando, y hay otras muchas referencias que Zemeckis y Bob Gale introdujeron, ya que fue una época que ellos mismos conocieron de niños. Como se explica en algunos documentales sobre cómo se hicieron esas películas y el mundo que se ve en ellas, se reflejan cambios sociales cómo que en los 50 al llegar un coche a la gasolinera casi media docena de empleados aparece para hacerse cargo de las necesidades de conductor y vehículo, substituidos treinta años después por una típica estación de autoservicio, y como veremos luego en el futuro de la película en 2015 por un sistema completamente robotizado, ahora que tanto se habla de que las IAs y la automatización van a permitirnos tener mucho más tiempo libre entre otras cosas para ver series. Algunas predicciones del futuro, sin embargo, se ven un poco disparatadas en esas películas: el fax ya es una reliquia en las oficinas donde se nos recomienda que no imprimamos a no ser que sea completamente necesario, y Japón no se ha comido el mundo como se nos auguraba en la cultura de masas a mitad camino de la fascinación y el masoquismo autorevanchista, como en Sol naciente y Black Rain, sino que el gran gigante asiático es China, en los 80 todavía un país oscuro con graves problemas de desarrollo y oficialmente un país comunista en todos los aspectos, y desde luego no ha llegado la moda de la corbata doble. Y por supuesto, la gran estafa del futuro: todavía no tenemos coches que se conduzcan solos, y de que vuelen mejor ya ni hablamos.



Reconozcámoslo: es mucho más fácil predecir el pasado que predecir el futuro. Mientras que Zemeckis y Gale conocieron algo los años 50 los creadores de Stranger Things nacieron a mediados de los 80, así que como mucho tendrán también un recuerdo muy infantil de ellos. De todos modos, la diferencia es obvia: la industria de la nostalgia, aunque ya existiera, no era la muy consciente máquina de hacer dinero de hoy día, ni se ha convertido en todo un subgénero de recreación. Otros paralelismos se pueden trazar igualmente: mientras que presuponemos que Pepsi debió pagar para aparecer en pasado, presente y futuro en la trilogía de Regreso al Futuro, y salen también marcas de zapatillas deportivas Nike o modelos de coche, Stranger Things está plagada de referencias a todo tipo de marcas como Burguer King o Winston, o incluso a algunas que lo fueron todo y a las que ha barrido la historia, como Kodak, y todo está pensado ya para que aparezcan cientos de artículos que te expliquen todas esas referencias por si te las has perdido o no las conocías. Hace treinta años el academicismo o enciclopedismo friki no estaba tan extendido. Que ahora tengamos un revival de la New Coke o que los envases adopten una temporada una forma retro tampoco es nada nuevo, desde luego, así que por ahí no nos vamos a escandalizar: en la guerra toda zanja es trinchera y Stranger Things de Netflix saca todo el dinero del product placement como se lleva haciendo hace décadas con figuritas regaladas con los japimils o promociones de todo tipo, y ahora también con polémicas incluidas ya que los adultos en pantalla fuman como carreteros en una época en la que sólo pocos años después empezaría la guerra contra el tabaco, así que se les ha acusado de promover su consumo. Aquí tendríamos un nuevo problema a debatir: si igual que en Mad Men se reflejaba la realidad, que prácticamente se tenía el piti en la boca por todas partes y hasta en los hospitales y un gran porcentaje de la población adulta fumaba, y no poco, ¿podemos o debemos hacer retrocontinuidad del pasado cercano y poner a todo el mundo como gente sana? Porque también vemos que se hinchan a helados, a azúcar y a comida basura, y eso tampoco es que sea muy bueno.

Uno de los grandes protagonistas de esta temporada, y es de lo que más me ha llamado la atención, no son los nuevos personajes, ni el más que sabido argumento, y a mí las referencias me hacen gracia hasta cierto punto pero el fanservice no alimenta el espíritu, sino que para mí lo más interesante es un espacio que da unidad a todos los episodios y en donde ocurre buena parte de la acción y por supuesto el final apoteósico. Y es... el centro comercial, el mall, el chopin cénter. Como siempre, uno tiene que admitir que en algunas cosas Jólibud sigue en forma, y además de la recreación de la época, algo relativamente sencillo pues fue hace cuatro días y hay documentación de sobras (no habría más que preguntarle a Winona Rider cómo fue aquello si se acuerda después de tanta fiesta), construye por completo y a todo lujo un centro comercial con sus tiendas y multicines, así que se nota que hay dinero a montones. Ignoro si es un decorado o si es un centro comercial tuneado. Lo primero tiene más lógica, pero si fuese el segundo caso seguro que no les habrán faltado centros comerciales recientemente cerrados que haber adaptado, ya que los que fueron otrora uno de los templos del consumismo y bandera de la prosperidad capitalista están en completa decadencia y cerrando por todo los Estados Unidos a un ritmo acelerado, tanto por la depauperación de las clases medias que no pueden permitirse un consumo hedonista como en décadas anteriores como por la competencia de las compras por internet.

El centro comercial suele salir en algunas escenas claves de muchas películas conocidas, es prácticamente omnipresente en las comedias adolescentes, donde la muchachada se reúne para gastar el dinero de sus padres, y es también el lugar que eligió Romero para encerrar a los protagonistas de Dawn of the Dead para protegerse de los zombis, precisamente con una intención satírica. Por supuesto, visto uno, vistos prácticamente todos. Del mismo modo que un Macy's apenas si se distingue por dentro de un El Corte Inglés, todos los centros comerciales de las películas o que hayamos podido visitar están cortados por el mismo patrón. El que hemos visto en Comando, donde se pronuncia la frase "Es un gigante, el muy hijoputa", el de La mujer explosiva en el que el futuro Iron Man gamberreaba con sus amigos, y el de tantas otras más, podrían ser perfectamente el mismo. Esta casi filosofía de vida se resume precisamente en la película Mallrats, referido a la gente que prácticamente gandulea todo el día por el centro comercial sin hacer nada de provecho, y que en la película de Kevin Smith de 1995 todavía refleja una forma de consumo y de entretenimiento que en poco tiempo va a entrar en crisis.

De 1997 es el ensayo El planeta americano, un libro bastante interesante en el que se ve la visión de un español y europeo sobre la civilización americana a medio camino, como por lo menos solía ser habitual en aquellos tiempos, entre la fascinación y la superioridad intelectual. En él se refleja muy bien cómo el mall es el auténtico centro de la vida social de los suburbios, empezando porque, como es bien sabido en algunas zonas, y por muchos condicionantes, en EEUU se promueve la concentración de los centros de servicios a la vez que se ha facilitado la dispersión de la población y debilitado el transporte público, y además consistía en un espacio cerrado lejos de la criminalidad del centro de las ciudades, un nolugar con seguridad privada en la que confluyen todas las realizaciones del Sueño Americano, la autorrealización personal a través de las compras de la que habla el protagonista de El club de la lucha, pues hasta en el 11S el mismo presidente aconsejó a la población que prácticamente como en un acto de afirmación nacional, que siguiesen con sus vidas y saliesen de compras, algo que sin duda habría hecho pensar a Andy Warhol que a su lado Durkheim era un aficionado, ya que una de las ideas centrales del pintamonas era que precisamente el espíritu de país no se expresaba de mejor manera que en ir de tiendas, en comprar cosas. En las grandes ciudades nos encontraremos restaurantes y zonas comerciales muy del estilo europeo porque es lo lógico con grandes densidades de población, pero lo que hemos visto en tantísimas películas reflejaba bastante bien la realidad: si vives en suburbios o urbanizaciones además de las ubicuas convenience stores hay grandes superficies comerciales, como las de alimentación que en España asociamos a Alcampo o Carrefour, y los centros comerciales con todo tipo de tiendas, cines y franquicias de comida. Este libro de Vicente Verdú, además, sirve de testimonio más de veinte años después, de cómo una nueva generación de españoles globalizados verían esas críticas, en el fondo amables, con cierta indignación o incomodidad: los niños de 1997 o los nacidos después ya no dudan de que es eso lo que quieren y no otra cosa, lo que han visto por la tele, mucho más hipersticionados que los que nacieron una o dos décadas antes. Pero hay un problema.

Porque, como en esto como en otras muchas cosas, llegamos tarde. Hay un ejemplo muy claro: igual que en las películas y series veíamos esos fastuosos centros comerciales todos los años, en los telediarios que siguen desde hace mucho tiempo el modelo del infotenimiento, nos mostraban cómo los patosos americanos descritos en El planeta americano hacían cola durante toda la noche para el Black Friday, y era de mucha risa ver cómo corrían para hacerse con las gangas y cómo se daban de codazos y llegaban incluso a pelearse por esas grandes ofertas. Lo del Black Friday lo hemos copiado en fecha muy reciente, por supuesto totalmente separado del hecho de que tenga relación con el Día de Acción de Gracias (todo llegará, no perdamos la paciencia), y por supuesto cuando en el país de origen ese Black Friday ya no es ni de lejos sombra de lo que fue ni de lo que supuso en un mundo en el que no podía conectarse uno en cualquier momento del día para comprar lo que le diese la gana, pues el Black Friday tradicional ha perdido en el tiempo de las compras online gran parte de su significado. Lo que se "celebra" bajo ese nombre en España es algo bastante distinto al original que ya se ha degradado completamente, y tiene bastante más que ver con unas rebajas clásicas en las que además se han hinchado previamente los precios para luego crear la ilusión de que hace una gran oferta imposible de rechazar. En los tiempos de Amazon, de la logística en la que te llega una memoria usb desde el otro extremo del mundo y de los precios tirados por los suelos todo el año lo del Black Friday que dura toda una semana es de puro chiste. Pero eh, ahora tenemos Black Friday, qué modernos somos, yupiiii. Es un caso puro de hiperstición: tenemos un Black Friday de pega cuando ya no tiene ningún sentido, celebramos Jálogüin absolutamente mal porque lo copiamos de su modelo televisivo, donde sólo se ve una visión cutre de esa festividad, y ya los mochachos y mochachas celebran una entrega de diplomas en las que visten una ridícula toga y un birrete porque si no se hace esa ceremonia nos sentiremos degradados en la cadena del Ser, estaríamos disminuidos en nuestra esencia humana. Si lo has visto en la telepantalla es cierto, necesario, digno de admiración y de repetición.

Área Central de Santiago DC. Un lugar curioso de ver y el espacio inigualable para una historia de zombis.

Del mismo modo, y como cool'o veo, cool'o quiero, llegaron los centros comerciales a la Vieja Europa, a los que por supuesto hubo que llamar shopping centers porque si no no tendrían chaaaarme. Pero las ciudades españolas no son como el medio oeste de los USA, las ciudades dan para lo que dan y la población se distribuye de forma muy distinta, así que se produjeron experiencias mixtas como el área habitacional con centro comercial de Área Central en Santiago de Compostela, que sigue siendo una cosa bastante rara y digna de ver y a mí siempre me ha vuelto loco, con casas que dan a una falsa acera interna llena de comercios, ideal precisamente si llega un Apocalipsis Zombi. En muchos casos precisamente el gancho de esos centros comerciales españoles es una gran superficie como Carrefour o Mercadona, algo bastante alejado del modelo clásico estadounidense. Cuando en España empezaron a crearse sin demasiada previsión los centros comerciales de corte clásico con su área de restauración, multicines y tiendas, ese modelo empezaba su rápido declive en el país de origen, de ahí que a las famosas fotos de centros comerciales abandonados en los USA podamos ya aportar las nuestras de algunos que nunca llegaron a funcionar a pleno rendimiento y fueron un sumidero de dinero, sin olvidar que aún encima coincidió su implantación con la crisis económica del 2008 y que desde entonces la renta disponible de las familias sigue estancada, y no está la gente para gastarse un porrón de dinero en una tarde. Sí que funcionan, relativamente bien, los centros comerciales de tamaño medio que reaprovechan espacios en el centro de las ciudades o que están cerca del núcleo de población: Príncipe Pío en Madrid está a un paso de la misma Plaza de España y, muy importante, tiene accesibilidad perfecta por metro y tren de cercanías, y Aqua en Valencia también es fácilmente accesible a pie o transporte público en una ciudad de tamaño medio, pero que una ciudad pequeña como Coruña llegase a tener tres macrocentros comerciales situados en el quinto pinto (para las distancias de una capital de provincia española) no tenía ningún sentido, e incluso en Madrid algunos que abrieron en la periferia según el modelo más clásico de construcción exenta y alejada de los núcleos de población se han visto abocados al fracaso rápidamente por razones obvias de accesibilidad y de costumbre: la idea de tener que coger el coche hasta para comprar el pan nos resulta odiosa, los mozos de dieciséis años no tienen carné de conducir para ir hasta hasta allí a encontrarse con sus amigos y pasar la tarde y esto no es Nebraska que cuando hace mucho calor o mucho frío quieres estar en un búnker enajenado de la realidad lejos de la criminalidad del centro y con seguridad privada, somos más de terracita y ver pasar la gente.

Stranger Things 3 nos muestra una versión idealizada de esa cultura de mall en su apogeo, cuando todavía quedan veinte años para que ese modelo empiece a entrar en declive, un lugar lleno de gente a la que se la ve feliz y exultante en su disfrute consumista, una fiesta continua del capitalismo en la Era Reagan. Es un sitio donde, literalmente, echar el día, hacer compras, comer, merendar, cenar, echarte una partida a los marcianitos y luego verte una película. Puedes ir en coche, que para eso existen los aparcamientos de extensión casi infinita, y si no hay autobuses gratuitos que te llevan a los centros de población, igual que cuando yo vivía en Badajoz El Corte Inglés hacía lo mismo con la ciudad vecina de Portugal, de modo que se podía ver el correspondiente bus con el cartel de "Suba-se a vá a El Corte Inglés". Particularmente chanante es la escena en la que Once (¿la siguen llamando por su nombre de rata de laboratorio?), que es un poco tabla rasa la pobre, experimenta su primer día de compras con su amiguita Max en la típica secuencia de comprarse cosas y probarse ropa al ritmo de Material Girl de Madonna, así como disfrutan de otras muchas atracciones de las infinitas que tiene ese lugar mágico que nos vendían desde las películas, el centro comercial; y digo que es chanante porque vemos cómo dos muchachas que se supone que tienen trece años hacen un montón de compras y se divierten en otros establecimientos... y yo no me explico cómo pagan, porque a lo tonto se están gastando una pasta. Por lo menos yo a esas edades por regla general suerte si tenía cien pesetas en el bolsillo, y cuando iba de compras era acompañado por mis padres, y si me dejaban ir solo obviamente iba con el dinero justo para lo que tenía que comprar. Del mismo modo, recordemos, todo adolescente useño de los suburbios no sólo tenía una habitación más grande que nuestra casa, sino que además en ella tenía televisor propio y teléfono. Obviamente no todo el mundo podía permitirse algo así, pero lo veías en la pantalla y lo flipabas.

Stranger Things 3 es, en muchos casos, un verdadero tour de force de nuestra suspensión de la incredulidad, y ya para empezar os digo que el menor de los problemas es el mostruo lovecraftiano que va haciendo el burro por ahí, eso ya lo damos por descontado y aquí sabemos a lo que hemos venido a jugar. Lo de esas dos mozuelas que tienen línea de crédito ilimitada o pagan con sus encantadoras sonrisas es un primer ejemplo, pero aparece algo más que también nos ha llamado siempre mucho la atención de ese idealizado Estados Unidos de las películas: cuando un menor de edad tiene que vivir una intensa aventura en la que está varios días desaparecido sólo ha tenido que decir "Voy a pasar la noche en la casa de Bobby", y asunto arreglado. Que conste que no me estoy quejando, pero sí que llama la atención cómo una panda de chicos que deberían estar en casa como muy tarde a las diez desaparecen del mapa sin que a sus padres les llame mucho la atención, o sencillamente nadie menciona que tengan padres, sólo aparece una mamá de los niños, que es Winona Ryder, y que sigue su propia aventura, sin importarle mucho que su hijo que desapareció hace dos temporadas quede desamparado, solo en casa o no sepa hacerse el sánguïch de mantequilla de cacahuete y mermelada. Es un tropo de lo más curioso que por repetición apenas si cuestionamos: desaparecen un montón de menores durante un tiempo más que considerable, pero a nadie parece importarle demasiado.

Lo que sí que ya pone a prueba esa suspensión de la incredulidad, y eso que sabemos que estamos ante una serie de aventuras con transfondo de horror y con fanservice en vena a la nostalgia ochentera, es... lo de los rusos. Ese centro comercial tan cuqui es en realidad la tapadera de una operación rusa, y digo bien rusa porque aunque a los soviéticos muy injustamente para acortar se les solía llamar así, rusos, aquí parece que no se confía demasiado en el conocimiento del público de la historia más reciente del mundo o no quieren meter de paso todo el problema político y de una Guerra Fría que en esos momentos estaba precisamente en plena Perestroika, así que los rusos tienen una base en plan Spectra en medio de Indiana, con túneles de película de ciencia ficción y cientos de soldados vestidos de rusos hablando ruso, para qué disimular. Pero bueno, son rusos porque son rusos y les ha tocado ser rusos, pero podrían ser perfectamente el ejército privado del Doctor Maligno o Hydra y no cambiaría nada el argumento, no hay ninguna lectura o implicación política genuina. Es la nostalgia de cuando "los rusos eran siempre los malos", pero sin ningún contenido, pura estética sin contenido. Y aquí es cuando uno tiene que citar de nuevo la Ley de Mazucchelli y el Principio de Morrison: no hagas una pregunta a la fantasía cuya respuesta provoque dos incómodas preguntas más que tengas que responder, y nadie ha hinchado los neumáticos del batimóbil, o mejor dicho y para que quede más claro, nadie ha construido la baticueva en la que se guarda el batimóvil. No intentemos razonarlo, porque es imposible: hay una base de rusos monstruosamente grande que ha salido de la nada y que se ha construido en.... ¿meses? porque patatas panaderas, y el gobierno y el servicio de contraespionaje de los Iuesei no se ha enterado porque la cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar. Nadie ha retirado cientos de toneladas de rocas y tierra, miles de personas no han construido esos túneles sin hacer preguntas y nadie en el pueblo de al lado se ha dado cuenta de que en vez de un centro comercial estaban construyendo contrarreloj trabajando día y noche una instalación subterránea en plan Raccoon City. Y mil cosas más: el plan de los rusos ni se entiende ni se sabe de qué va, el nivel de seguridad es ridículo y todo lo que queráis pensar, lo del código secreto en ruso radiado en abierto es de traca y todo lo demás, pero es que si nos paramos a pensarlo no tenemos tercera temporada en la que unos preadolescentes se tiran varios días desaparecidos mientras salvan otra vez el mundo de un monstruo de otra dimensión.

La reflexión final de esta serie, donde al final me parece más interesante su propia existencia y cómo la interpreta el público que lo que nos cuenta, que es más que conocido y sabido, es que como ejercicio de nostalgia del pasado es tan falso como cualquier ejercicio de nostalgia, pues no hay nostalgia buena ni mala, la nostalgia es sólo nostalgia y es un ejercicio cultural tan vacío o lleno de significado como queremos aportarle. Probablemente el usamericano actual de la edad que tendrían ahora los protagonistas de la serie y que conoció esa época de la que nosotros sólo supimos por las películas y vea ese ideal y bullicioso centro comercial, que seguro que él nunca tampoco conoció de una manera tan perfecta y maravillosa como en la pantalla, al recordar que el centro comercial de su infancia está cerrado y destartalado o no es ni sombra de lo que fue, sentirá algo muy distinto que nosotros, para los que esos centros son algo muy reciente y ya en su momento se advirtió que no eran sostenibles ni las ciudades podían aportar suficientes clientes a tantos como se construían. Por otro lado es curioso cómo la misma serie pone a Lois (el personaje de Winona Ryder que es madre de uno de los protagonistas, aunque como ya dijimos ya parece no preocuparse mucho por él porque está a su propio rollo), y a su tienda más o menos tradicional, como víctima de ese modelo de negocio que es el centro comercial, un modelo de consumo y entretenimiento que ahora mismo está en plena decadencia por el estancamiento de los salarios, la multiplicación de la oferta de entretenimiento en el hogar y sobre todo las compras online con políticas muy agresivas de precios y entregas de prácticamente cualquier producto en 24 horas en la puerta de casa. Internamente la serie nos da una de cal lamentándose por la pérdida de ese comercio local y de cercanía, pero por otro emplea una parte más que considerable de todos los capítulos haciendo exaltación nostálgica de esos centros comerciales tan perfectos que ahora mismo ya no son ni sombra de lo que fueron. Por si nos sirve de consuelo, o sencillamente nos hace gracia, como era de esperar al final el centro comercial se terminará convirtiendo en zona catastrófica. Como también era de esperar, al final llega el Tío Sam a ver lo que pasa por ahí, y por razones que nuevamente se nos escapan y no debemos plantearnos la intervención militar de otra superpotencia en territorio nacional, incluso con tropas uniformadas, no provoca la Tercera Guerra Mundial inmediatamente. Ya sabéis, lo típico: tienes una agencia que estudia fenómenos paranormales de nivel apocalíptico y no mantienes un seguimiento en la zona, sino que deja que tu peor enemigo militar e ideológico cree allí mismo una base secreta más grande que el Pentágono y Cabo Kennedy juntas.



Eso hablando de la nostalgia del pasado, porque en el caso de Years and years la coproducción BBC-HBO creada por Russell T Davies, es en realidad un caso contrario, pero a la vez semejante: la nostalgia de un pasado que quizá sea nuestro presente. El argumento empieza en el mismo año 2019, nuestro presente, y veremos a partir de allí las vicisitudes de una familia, los Lyons, en los siguientes quince años, en los se van cumpliendo algunas de las más desfavorables derivas que los más agoreros pronostican para el futuro: consecuencias del cambio climático, triunfo de los populismos, un mayor control social gracias al uso abusivo de la tecnología, pérdida de empleos por la automatización y el uso de la inteligencia artificial, y ya cuando las cosas se ponen mal de verdad, la tentación del genocidio y del control drástico de la población. También hay, en retrospectiva, un ejercicio de nostalgia del pasado: por un lado, del mismo año 2019, cuando todos los miembros de la familia estaban bastante bien y sólo a partir de entonces el futuro empezó a torcerse, y por otro lado el reconocimiento de que la generación a la que pertenecen los cuatro hermanos, nacidos por los años 80, son la última que habrá conocido las mieles de un Estado protector y una sociedad permisiva de la que sus hijos sólo oirán hablar. No lo dicen porque son británicos, pero piensan lo análogo a "Virgencita, que me quede como estoy".

Es curioso porque es en versión serie y en el Reino Unido casi exactamente lo mismo que lo que escribió la estadounidense afincada en Inglaterra Lionel Skriver, Los Mandible, también reseñada en este su mismo bloj familiar. Los Lyons son la "clásica" familia británica de clase más o menos media, fruto de varias décadas de buena educación pública y de un país con buenos servicios sociales. La hermana mayor es una periodista jipi combativa, el hermano mayor es un trabajador de la City en servicios financieros, casado con una contable negra, matrimonio que tiene dos hijas, el hermano menor es un funcionario del servicio de vivienda, gay y con pareja estable, y la hermana menor va en silla de ruedas porque nació con la columna bífida, aunque eso no le ha impedido ser madre y tener un buen trabajo como cocinera en un colegio. Los Lyons son una idealizada familia media británica gayfriendly inclusiva flowerpower wellcome refugees que adora a su matriarca, la sabia abuelita que representa las esencias de lo mejor de Gran Bretaña, y que es a la que vemos llorar cuando se produce el primer salto temporal, de cinco años, y se nos da a entender que ha muerto Isabel II, mientras fuera se oye a la gente corear "¡Larga vida al Rey!" Es lo único que oiremos sobre el tema de la monarquía en toda la serie, ahí no se mete ni para bien ni para mal, así que por omisión tenemos que colegir que Guillermo (o Carlos, eso no se especifica) traga con todo lo que está ocurriendo.

La serie está bien, pero es un claro ejemplo de que ciertos prejuicios y obligaciones activistas del showrunner, que también es el creador de la serie Queer as folk y de la revitalización del Doctor Who no le permiten redondear una distopía convincente. Lo voy a decir claramente: terminé cogiéndoles bastante manía a los Lyons precisamente por eso, por ser tan... guays. No es que espere que los personajes sean como en Shameless o en esa otra comedia británica en la que todos eran chavs más brutos que un arado, pero la familia es demasiado idealizada para que luego nos den pena. La hermana mayor, periodista contra el cambio climático y el poder corporativo, el hermano mayor tiene una familia interracial, el hermano menor es gay y está plenamente aceptado por la familia y la sociedad y la hermana menor tiene diversidad funcional y un hijo medio asiático que termina siendo transexual, algo que se verá con total naturalidad también por la familia. Sólo hay un momento realmente irónico y de mala leche cuando, al principio, el matrimonio sospecha que la hija mayor del financiero quiere ser "trans", y padre y madre, totalmente comprensivos, le dicen que la quieren tal y como es, y que la apoyarán siempre decida lo que decida ser. La chica se queda a cuadros con esa idea y les replica que de qué hablan, ella quiere ser trans, pero transhumana, sueña con integrarse en un sistema informático e incluso subir por completo sus recuerdos y personalidad a la red, vivir de forma inmaterial. Obviamente los padres se ponen hechos una furia y la envían a su cuarto a que reflexione. Me recordó al chiste que hice yo sobre cómo debió ser la salida del armario de Samuel R Delany: "Madre, soy un escritor negro homosexual de ciencia ficción." "¿De ciencia ficción? ¡Fuera de esta casa, degenerado!"

Es decir: Inglaterra parece que se ha convertido en un lugar bastante majo de inclusividad y tolerancia, pero por otro lado va a endurecer su sistema político a medida que las cosas se ponen cada vez peor. Nadie discrimina a la mujer que va en silla de ruedas y vemos que en una empresa hay una mujer a la que le falta un brazo. Yo no es por mal meter, pero si queremos fantasear con sistemas neonazis en los que prima la efectividad a toda costa y una visión darwinista de la sociedad lo primero que deberíamos pensar es que el gobierno retire todo apoyo a personas con enfermedades crónicas o que supongan algún coste extra que tenga que asumir la sociedad en su conjunto, así como no sería inverosímil una escalada de posturas reaccionarias y tradicionalistas que busquen la involución social. Pues no, por lo menos en lo que vemos, la sociedad se va al guano pero esas conquistas sociales legítimas y tan importantes, que no digo yo que no le sean tan queridas al guionista, eso ni tocarlo. Es una opción, pero totalmente inverosímil. Curiosamente, tenemos un ejemplo histórico de esto en el que vemos cómo en un mismo país hubo dos tendencias claramente divergentes en un mismo período de tiempo: en la República de Weimar en Alemania, (1919-1933), aparte de amagos de revolución, huelgas, convulsiones políticas y una hiperinfación galopante, se vivió una etapa, relativa pero cierta, de enorme permisividad y progresismo, por primera vez los judíos pudieron acceder al alto funcionariado y a los puestos docentes de las universidades, Berlín se convirtió en la capital gay de Europa, y fue un centro de innovación artística y cultural, como se ve en la película Cabaret, título que también acaba haciéndonos saber que todo eso coincide en el tiempo con el ascenso del nazismo, de modo que entre el año 1933 y 1939 no sólo se desanduvo todo lo avanzado en esos temas, sino que se involucionó hasta mucho más atrás.

Las desgracias que aquejan a la familia son las que más o menos podemos imaginar, pues aunque la serie explora el futuro cercano no quiere parecer exagerada... aunque al final lo termine siendo. Todo el mundo tiene en casa el equivalente de Siri-Cortana e internet es más ubicuo que nunca, las lluvias constantes obligan a que las familias tengan que acoger a miles de personas que han perdido su hogar, empieza a haber cortes de energía y poco a poco va tomando preeminencia política Vivian Rooke, una populista que procede del sector privado con un mensaje político difuso, y que al final de la serie llegará a primera ministra. Los Estados Unidos, con sucesivos gobiernos de Trump y Pence, se convierten en una nación aislada y todavía más belicosa que hace explotar una bomba atómica en una isla artificial china, que es donde se envenenará por radiación la hermana jipi. El sistema económico británico colapsa parcialmente hasta llegar al corralito, y el señor financiero pierde el buen pellizco que había conseguido al vender su casa del centro, así que termina de ciclista de Deliveroo además de aceptar otros trabajos con los que ir tirando, mientras que la familia que había empezado con todos en una situación más o menos cómoda se encuentra cada vez más en una situación precaria. Sobre la típica clase trabajadora de las películas de  Ken Loach, ni nos enteramos qué ha sido de ellos, aquí se nos deben abrir las carnes por la gente con profesiones liberales y funcionarios que ven privatizados sus trabajos. Igual que en la novela de Los Mandible, los dramas personales de estos idealizados británicos, me perdonaréis, me importan más bien poco. El drama del hermano gay con su novio ucraniano podría estar en esta serie como en cualquier otra, y sólo vemos pinceladas de cosas que parecen mucho más divertidas, como que España haya seguido siendo un enclave sociata hasta que se produce una revolución por parte de un partido de extrema izquierda. Todo eso se ve de pasada, e igual que en la novela se echa de menos que no profundicen más en esos temas.

Son seis episodios en los que vemos esa evolución, creíble aunque un poco forzada, en la que se termina instalando un gobierno populista y autoritario que termina por crear campos de concentración semiclandestinos en los que hacina a inmigrantes con la esperanza de que una epidemia de gripe particularmente violenta acabe con ellos. Nuevamente, hay rasgos inverosímiles, como se ha denunciado en las modernas distopías adolescentes en las que no hay ningún condicionante racial ni sexual, una especie de equidistancia que no es convincente y sobre la que se monta un sistema distópico totalmente artificial cogido con pinzas. Veremos que los malvados policías son de distintas razas y que también hay mujeres, y parece que a nadie le importa ni pone el grito en el cielo por lo que pasa. Y a mí ese rollo no me cuadra, hay algo que me rechina por completo porque la serie quiere construir esa distopía a partir de un buen rollo esencial de transfondo digamos que irrenunciable, y eso no es posible. Del mismo modo, cuando el hermano mayor es infiel a su mujer, la hija mayor del adúltero le pregunta, sin venir a cuento "¿De qué color es ella?" refiriéndose a la amante de su padre. No lo entendí, la verdad. ¿A esas horas te planteas que pueda ser racista porque engaña a tu madre con una mujer que no es negra, cuando ha vivido con su mujer veinte años y ha sido un buen padre? Hay incluso un momento, me parece casi de comedia involuntaria, cuando lo echan de casa y se queja de que su hermano gay también engañó al que entonces era su marido para preferir al ucraniano, y sólo le falta decir: "¿En esta serie sólo el hombre blanco cishetero puede ser el malo o qué?"

Por desgracia, ni eso. Porque de forma un tanto abrupta los dos últimos capítulos se desmadran un poco. Bueno, mucho. El señor infiel consigue de nuevo un buen trabajo, pero es de parte de uno de los muchos servicios públicos que se han privatizado, así que esos campos de internamiento y exterminio solapado los lleva una empresa privada por una subcontrata, que hace falta ser imbécil para subcontratar algo así, no se le ocurre ni al que asó la manteca. La serie, en su recta final, termina aceptando, al menos de forma implícita, la idea en la que también abunda Chomsky con su idea del Senado Secreto o que el Grupo Bilderberg diseña en las sombras las líneas maestras de la evolución de la historia, de modo que tanto el Brexit como los sucesos siguientes que hemos visto en la serie serían el resultado de una cábala de grandes empresarios y privilegiados que no sólo quieren mantenerse en el poder indefinidamente, sino que además pretenden que las consecuencias de la destrucción del planeta las paguen siempre los demás, como también se veía en la serie Utopia, de modo que Vivian Rooke como mucho sería una marioneta o portavoz de ese Parlamento Secreto en la sombra. Así que, nuevamente no preguntemos mucho por las medidas de seguridad básicas que debería tener cualquier confabulación peligrosísima para controlar el mundo, el hermano mayor cishetero se redime porque ha creado un completo dossier de las acciones de su compañía, así que como se suele decir va a tirar de la manta.

También en la recta final de la serie toman algo más de protagonismo las innovaciones tecnológicas y sus consecuencias, aunque... el guionista no parece entenderlas del todo, la verdad. Sí se ve que, aunque las condiciones de vida material se van deteriorando y el país pone verjas por todas partes para intentar frenar la delincuencia interna y mantener fuera de los centros de las ciudades a una cada vez más empobrecida clase trabajadora, se producen avances médicos sorprendentes, a la abuela le curan la degeneración de la retina, y la hija mayor del matrimonio consigue su sueño de avanzar hacia el transhumanismo, ya que se integra en una especie de cuerpo de élite de programadores al servicio del gobierno a los que empiezan a implantar partes biónicas para un acceso cada vez más rápido y efectivo a la red, y suponemos que también se ocupan de que lo que oímos que ocurre, que se borra automáticamente de internet las críticas al gobierno o información comprometida por medio de potentes algoritmos que son capaces de cribar la información de manera estremecedoramente eficaz, mucho mejor que las chapuzas que se hacen en youtube ahora. Hasta ahí bien, pero también se cuela cierta palabrería que poco o nada tiene que ver, cuando la contable en el paro, Celest, dice que no se adapta a los "ordenadores cuánticos", como si tuviese algo que ver el sistema operativo con cómo funciona el procesador, más o menos como confundir el tocino con la velocidad, y por supuesto tenemos nuevamente que aceptar que los malvados del gobierno autoritario y fascista no se han leído las Reglas para ser un Señor del Mal y que tus planes deberías contárselos a un niño de cinco años, y si éste le encuentra los fallos fácilmente tienes que replanteártelo. Así pues tendremos unos campos de internamiento en el que hay unos inhibidores de onda que impiden el uso de teléfonos móviles, y que por eso mismo los miembros de las SS británicas en las que hay  gente multirracial y mujeres no se preocupan demasiado si consigues meter de matute un teléfomo móvil, de hecho veremos que hay un montonazo de ellos, así que cuando van a rescatar al ucraniano en realidad la idea es "empezar una guerra", algo tan sencillo como volar esos inhibidores y ponerse a grabar con el móvil todo lo que ocurre allí, y ya de paso nos han dejado claro que en ese cercano futuro habrá móviles con "baterías que duran diez años". De lo de que existan baterías que duran diez años me voy a callar porque no voy a entrar en detalles técnicos ni en magia potagia inventada de baterías que no se degradan, pero si dejas que la gente meta móviles en los campos de internamiento donde hay electricidad, con un cargador y un empalme puedes cargar un móvil, me parece a mí. La cuestión es que así se produce una escena muy molona en la que todos los teléfonos empiezan a sonar de nuevo y todo el mundo se pone a responder a mensajes y a grabar vídeos sobre las condiciones de vida en esos campos, y que se entere el mundo. Todo eso sería en vano por los algoritmos ya mencionados, pero obviamente la chica hacker transhumanista y sus amigos aumentados cibernéticamente se unen a la rebelión, a la vez que el mismo pueblo unido jamás será vencido se alza contra las barreras que separan a los barrios de gente chunga de los privilegiados que quieren vivir lejos de la chusma. Vamos, el final de V de Vendetta pero el malo, el de la película.

Es en ese sexto y último episodio en el que la serie se despeña un poco y dilapida parte de lo bueno que había construido. Al principio del capítulo la matriarca en una de las reuniones familiares da un sermón a su familia y les afea sus acciones o inacciones del pasado que los han conducido a esas circunstancias, y por extensión a todos nosotros que habitamos en su pasado en el que "nosotros tenemos la culpa" de lo que hemos visto que ha sucedido en la serie, pero no se centra mucho en la deriva política hacia el fascismo ni hace un sólido análisis sociológico, sino que ejemplifica todo con un par de casos particulares, la ropa a precios irrisorios fabricada en lejanos países y la actual substitución de las cajeras de supermercado por cajas automáticas en las que pasa uno prácticamente sin tener contacto humano. No voy a decir que me gusten esas cajas automáticas ni he utilizado nunca una, desde luego, pero el ejemplo es bastante absurdo y tiene muy mala justificación. Durante toda la serie hemos visto cómo la familia se mantiene unida y hace conferencias familiares gracias a la tecnología, sólo con hablarle al aire para perdirle a Siri/Cortana ponerse en contacto, y a nadie se le ocurre pensar en los miles y miles de puestos de trabajo que se perdieron con la automatización de las llamadas telefónicas, precisamente de empleos similares también casi exclusivamente femeninos, y no hace tantísimo tiempo si querías llamar de Oviedo a Albacete tenías que marcar en el teléfono un número y decir a una persona de carne y hueso "Señorita, querría establecer una conferencia", a día de hoy todas las centralitas son automáticas pero casi nadie es consciente ya de que hubo un tiempo en el que no lo fueron, por no hablar de que podemos pagar con paypal cualquier compra o servicio de cualquier parte del mundo y hace cuarenta años necesitabas ir a una sucursal bancaria para que te autorizasen a sacar dinero de otra provincia distinta, y suscribirte a una revista extranjera implicaba hacer un complicado pago por giro internacional. De que todo eso ya no exista no se queja nadie, y también ha supuesto la desaparición del factor humano. También, no lo olvidemos, la gran y clásica superficie comercial con una enorme hilera de cajas atendidas por personas son una innovación moderna que apenas tiene unas décadas, y también en su momento esas grandes superficies y su modo de pago ágil fueron una innovación que puso en serio peligro la existencia del pequeño comercio de barrio. A día de hoy nadie espera que cuando llegue a una gasolinera que salga media docena de personas a atenderlo. A mí en particular no me preocupa todo eso como un problema en sí mismo, sino que el proceso sea tan rápido que la sociedad no sea capaz de amortiguar esos cambios, y que nos desentendamos de la gente afectada por ellos, pero el discurso ludita simplón desde luego no soluciona nada, y en este caso queda un discurso moralizante bastante absurdo, sobre todo cuando la misma serie quiere acabar en todo lo alto y no sabe si dar una de cal o una de arena, si está a setas o a Rólex, así que la hermana jipi activista, que está ya por morir en el mundo resultante de esa revolución popular en la que incluso Vivian Rooke está en la cárcel, va a ver su cerebro uplodeado a la red, y jura que en ésa su nueva vida de duración indefinida se dedicará a lo mismo que ha hecho hasta ahora, y perseguirá a esa cábala de gente malvada que tenemos que suponer que está detrás de todas las desgracias que han aquejado a la familia a la que no le puedo tener más tirria en ese momento, porque incluso el marido infiel que debería haber ido a la cárcel por cómplice de esos campos de la muerte no ha sufrido pena de cárcel por ello sino por pegarle un tiro en la rodilla a la caricatura de jefe corrupto y pervertido que era el presidente de la compañía para la que trabajaba, y ahora vive alegremente en Gafapastown (Barcelona) enseñando inglés a los nois y a las noias.

Mira, os vais todos a cagar por ahí. A ver, no me estoy quejando de que la familia sea tan tolerante e inclusiva, sino que precisamente el mensaje termina siendo absolutamente absurdo por no cuestionar eso mismo en una deriva injusta y fascista del futuro, porque el mensaje es contradictorio: lo que nos están diciendo es que a pesar de construir una sociedad con respeto absoluto por la gente gay y trans, multirracial e inclusiva con la gente con funcionalidad reducida, incluso así, la sociedad termina yéndose al carajo y votando a una populista que es cabeza de lanza de un conciábulo de gente que opera en las sombras. ¿No se supone precisamente que la creación de una sociedad con esos valores es lo que nos protegerá en gran medida de esa deriva totalitaria y fascista? ¿Entonces... todo era pa na, aparte de la defensa de esos colectivos por importante que sea? Esta serie olvida que no se puede a la vez nadar y guardar la ropa, y sobre todo que Alan Moore en V de Vendetta, el cómic, lo plasmó muy bien: una Inglaterra intolerante, involucionista en lo religioso, homófoba y que busca la pureza racial, y donde todo el mundo por miedo o falta de miras contribuyó a esa distopía, no un oscuro designio sin rostro que cuatro tipos con gorros de papel de aluminio nos cuentan que mueve los hilos. Esta distopía ludita-hacker con ideales familias british más buenas que los scones son poco creíbles, la verdad, sobre todo porque apenas si hemos visto a nadie más ni sus opiniones, y digo yo que alguien tendrá que haberse creído las mentiras de Vivian Rooke y justificar la pérdida de libertades en aras de un bien mayor. El maniqueísmo de esta serie es absoluto por omisión: aunque cada miembro de la familia tiene sus pequeñas miserias, e incluso alguno llega a sentirse brevemente atraído por el "soplo de aire fresco" que supone Vivian Rooke, todos son en el fondo buenos y coherentes, y sufren las consecuencias de las malas elecciones de todos los demás ciudadanos a los que apenas si hemos llegado a ver. Como siempre, el infierno, los equivocados, siempre son los otros.

Y sí, el final de la serie es puro Paulo Coelho, las últimas frases de vergüenza ajena. Naturalmente la BBC se hace una autolamida de cipote como un buen perrete, pues si bien en el apogeo de ese período oscuro de la historia de Gran Bretaña la cadena pública llega a cerrarse, vuelve a abrir nada más regresa la libertad y la transparencia. Yo ahí entiendo a la BBC: todo autobombo es bueno. Quién te va a querer mejor que tú mismo.

Obviamente, si al final el futuro nos alcanza y vivimos en la mierda o debajo de un puente comiendo un puñado de mijo, será por culpa nuestra, pero no precisamente porque desaparezcan las cajeras de los supermercados cuando cada tarro de mermelada tendrá su propio chip o porque compremos camisetas a un libra en un análisis de las deslocalizaciones propio de un chaval de quince años o del tuitero medio. La fascinación por el consumismo desaforado y por la imitación de modelos sin importar las consecuencias a medio o largo plazo sólo para satisfacer nuestro propio delirio hipersticioso, o la frivolidad a la hora de plantearnos la propia responsabilidad personal, sin creer en fantasmagorías o conceptos abstractos que nos obligan a comportarnos de forma egoísta y cruel, es lo que conformará el futuro en el que viviremos, y no otra cosa. Yo no soy muy optimista, la verdad, y no creo que sea necesario ninguna conspiración oculta para hundirnos en la mierda igual que no necesitamos al Follamentes de Stranger Things para imaginarnos el fin del mundo, pero de todos modos espero que al final todo salga aceptablemente bien.

Pase lo que pase, que nos quiten lo bailado.

-SuperSantiEgo