Seré Leyenda
Hace seis meses que permanezco encerrado en mi casa, que es mi prisión y mi refugio, de ellos, de los que huyo la mitad del día. El mundo es suyo durante la mitad de las horas del paso del tiempo, pero mientras duermen su plácido sueño de la alienación la ciudad es mía, mía para hacer lo que quiera, para saltarme todos los semáforos que quiera, para andar por las calles vacías por las que nadie transita, para recuperar los pocos vestigios, cada vez más escasos, de lo que fue la civilización que me vio nacer, y que ahora se desvanece.
Cuando salen permanezco en mi escondite, aunque ellos, todos, saben que aquí es donde vivo, donde permanece el último atisbo de un mundo que ellos han substituido creyendo en su locura que es mejor que el que existió y ya nunca volverá. Malditos seáis todos. A veces veo películas de ese mundo desaparecido, o antiguos programas de televisión, y me embarga la pena y el dolor al saber que yo soy probablemente el último de mi especie.
Obviamente, tenía que salir un perrito.
Todos los días, a la misma hora, lo veo venir. Primero veo su sombra en la ventana, y que se detiene un momento a ver a través de las cortinas si estoy. ¿Dónde voy a estar si no? ¿Entre ellos, a los que tanto odio y desprecio, los que no me dejan ni respirar? Luego se acerca casi con timidez a la puerta, llama quedamente con los nudillos y con voz amable, nunca lo bastante alta como para resultar ofensiva, dice lo que todos los días.
-¡Sal, SantiEgo! ¡Sal!
Las primeras veces le contestaba a través de la puerta y le decía: "Lo siento, cabronazo! ¡No me queda! ¡Y a vosotros menos! ¡Sosos, que sois unos sosos!" Así fue como les puse nombre, a la nueva raza: los Sosos. Después dejé de contestarle, y fue peor, porque ya no sólo llamaba a mi puerta para pedirme que saliese.
-¿Estás bien, SantiEgo? ¿Te pasa algo? Si necesitas algo ya sabes dónde estoy, no tienes más que pedírmelo.
Cómo los odio. Y a él más, mi vecino. Lo odio más incluso que antes de la plaga, cuando lo denuncié dos veces por tener la música demasiado alta por la noche, o porque su puto caniche se meaba ante mi puerta. Primero amenacé de muerte al caniche, luego a él, y menos mal que una vez vino la policía y nos separó, porque o si no me lo cargo con las manos desnudas.
Una vez al mes o así me monto un buen homenaje, y se me levanta el ánimo. Me preparo un buen chuletón de los que tengo congelados, abro una botella de vino de las que conseguí salvar y me pongo fino mientras veo Grupo Salvaje y Braindead, una detrás de otra. Luego me tomo un buen lingotazo, y duermo como un bendito, aunque después me entra el bajón cuando pienso que cada vez está más vacía la nevera, y más solitarias las botellas de alcohol que quedan. Tengo que economizar, y por eso no me queda más remedio que comer lo que todos los días me dejan en un carrito a mi puerta, comida sana y nutritiva cocinada al vapor por no sé qué soso anónimo, y siempre sosa, como ellos.
Afortunadamente, calculo, tengo sal almacenada para mucho más de lo que dure mi vida, eso sin contar que un día no se me terminen de hinchar las narices y me pegue un tiro con las pocas armas que quedan, las que yo conservo como oro en paño y limpio y engraso de vez en cuando para que me duren.
A veces acaricio el Dragunov, y me imagino parapetado en una azotea, matándolos uno a uno, borrando de sus caras esa expresión de gilipollas. Sería tan fácil... ¡Toma, soso de mierda! ¡Muere, tontolculo! ¡No pongas esa cara porque haya matado a tu hijo, que ahora vas tú! ¿Pero para qué? No acabaría nunca. Hay tantos gilipollas, y tan pocas balas… Los explosivos serían una solución, cierto, pero la idea se me ocurrió después de que desaparecieran.
El tiempo pasa, y no he encontrado a nadie en la ciudad como yo. Si nos hubiésemos organizado antes, cuando todo empezó... Al principio nadie se dio cuenta de que había cada vez más infectados, sólo unos pocos nos percatamos de que pasaba algo raro pero no hicimos nada para evitarlo. El día que me crucé en el portal con mi vecino, y no me miró con cara de asco sino que me saludó cordialmente, supe que algo realmente malo estaba sucediendo. Se habían escuchado comentarios, algunos veíamos indicios, pero no sospechábamos la magnitud del desastre. Aquel día me dije que hacía mucho tiempo que el gilipollas de mi vecino no ponía alta la música aunque a veces de día creía oír algo que me recordaba a las canciones de Enrique y Ana, y de noche por la ciudad comprobé que las calles parecían más solitarias que nunca, aunque era verano y hacía buena temperatura, y además era viernes. Los locales de siempre estaban medio vacíos, y apenas si se veía circular coches por la calle.
Lo peor fue el día que le pregunté a Pepe en un bar casi vacío:
-Pepe, ¿por qué tienes esa cara de gilipollas? Sonreír tan continuadamente no debe ser bueno, seguro.
Y en vez de soltarme una de sus borderías de siempre, de las de enmarcar, sonrió afectuosamente, echó un trago y dijo:
-Queridos amigos, me siento feliz con vosotros. Y de verdad, os quiero. Os quiero mucho. Pero... he pensado que... ¿dónde mejor voy a estar que con mi mujer, en casa?
-Hombre, si es por follar... se entiende que te vayas.
-No, queridos amigos. Creo que es mejor no salir de noche. Las personas decentes se acuestan temprano y permanecen con su familia, que es donde deben estar.
Se fue tras abrazarnos a todos, y supe que algo iba muy mal al darme cuenta de que estaba tomando una sin alcohol. Me gustaría poder decir que no volvimos a saber de él, pero no fue el caso. Hasta que desconecté el teléfono ya desesperado no dejó de llamarme para invitarme a comidas familiares y sanas excursiones por el campo con sus hijos.
A veces es inevitable que me vean. Deambulo por la ciudad de calles impolutas, derribando papeleras y meándome por las esquinas, y me ve alguien que vuelve de un viaje, ilusionado por estar cuanto antes en su camita, y veo cómo me señalan con el dedo, o me saludan amablemente con la mano al reconocerme. Pasada la primera sorpresa, se acercan con esa sonrisa de gilipollas, con esos ojos tan abiertos en una franca mirada, pero antes de que me ofrezcan nada o me pregunten por mi salud salgo corriendo, y nunca me cogen. Después voy a un supermercado, abro las puertas que nunca están cerradas, y robo sin pudor la lechuga, los tomates, el pescado blanco, el arroz y los brotes de soja que son la base de la dieta de los sosos. Al principio buscaba las cámaras de seguridad para hacerles un calvo antes de irme, pero poco a poco fueron desapareciendo cuando se dieron cuenta de que ya no servían para nada y no había nada que vigilar. A los videoclubs ya no voy, ni a las librerías, porque ya no hay películas de Tarantino, ni discos de AC/DC, ni novelas de Sven Hassel sino en el reducto del mundo antiguo en el que se ha convertido mi domicilio.
¿Cómo hemos podido llegar a esto?, me pregunto. Quizá estuvimos a tiempo de detenerlo, debimos ver las señales y actuar. Recuerdo con horror la cara de uno de mis compañeros cuando me dijo que los palestinos y los israelíes firmaron la paz perpetua, para juntos construir un futuro de prosperidad basado en el mutuo respeto y el amor al prójimo. En ese momento sólo pude exclamar: "¡¿Pero en qué clase de mierda se está convirtiendo el mundo?!" La chica que trabajaba a mi izquierda me miró primero compungida, como si le afectase el tono violento de mi voz... y luego me sonrió como una gilipollas. Supe que no había esperanza cuando todos juntos se levantaron en la ONU y cantaron "Al mundo entero quiero dar un mensaje de paz..." A todos les hubiese dado yo una patada en la boca. Pocos días después tuve que empezar a huir de ellos cuando la enfermedad alcanzó su estadio más virulento e intentaban abrazarme al ver que mi ceño estaba fruncido y no sonreía como ellos. A duras penas conseguí llegar a mi casa, e incluso dos veces no pude evitar una invitación a tomar un zumo de zanahoria, mientras me enseñaban las fotos de sus hijos y me hablaban de algunos asuntos familiares que a ellos les parecían del máximo interés.
Desde entonces no salgo de noche, cuando ellos duermen bien rectos en su cama, las manos cruzadas sobre el pecho y la sonrisa seráfica disfrutando de los más hermosos sueños, y cada mañana el vecino llama a mi puerta para animarme a salir y ser uno más de ellos en un nuevo y precioso día del Señor. Al principio temí que asaltarían mi casa, y entrarían en ella como una horda incontenible, hasta encontrarme sollozando en el más escondido rincón para presentarme a su familia y decirme lo hermoso y azul que es el cielo, pero luego comprendí que no había ningún peligro. Son demasiado educados como para hacer algo así.
Algunas veces pienso si no sería mejor hacer lo que algunos de los últimos miembros de la Asociación Nacional del Rifle, que se suicidaron todos juntos al lado de una pancarta que ponía “De mis manos muertas y frías, caraculos”. Decid que sí: antes muertos que gilipollas. Cuando se me acabe la carne roja que tengo en los refrigeradores, los helados, el tabaco, se me caduquen los últimos cartones de leche entera que conservo y haya visto y leído todas las películas y libros que conservo, ya veré lo que hacer.
Mientras, aquí sigo, todas las mañanas oigo a mi vecino tocar en mi puerta y preguntarme preocupado si necesito algo, y como siempre dice “¡Sal, SantiEgo! ¡Sal!” Pero no saldré. Vi en la televisión, cuando todavía podía verla, lo que les pasó a algunos que, inmunes como yo a esta cruel plaga, intentaron vivir entre ellos y adaptarse. Uno terminó lanzándose desde el último piso de Torre Picasso gritando “¡No hay quien os aguante, hijos de putaaaaa…!”, y un antiguo rapero se colgó por el cuello hasta morir delante de un cuartel de la Guardia Civil reconvertido en área de recreo para ancianos, en donde hay lista de espera para hacerles compañía y atenderlos. Aun así, lo que me estremece, lo que me horroriza, es pensar que quizá haya algunos sin infectar que sí vivan entre ellos, viendo todo el día esas sonrisas de oreja a oreja, recibiendo cien abrazos o más a lo largo de la jornada, todos dándose cortésmente las gracias por nada, y que luego en el comedor se traguen el panaché de espinacas y las sardinas al vapor, una fruta de postre y luego la infusión de té blanco o manzanilla, siempre obligados a forzar una sonrisa amplia para que los de alrededor no se empiecen a preocupar por ti y te pregunten si estás bien. Y sobre todo tendrán que mantener los ojos completamente abiertos hasta que se les reseque la córnea, y hablar como ellos, decir que todo es genial, ideal, maravilloso y perfecto, y me imagino también que cuando estén solos los dominará el llanto incontrolable, y que preferirían ser enterrados vivos antes que permanecer un día más entre los putos sosos.
A veces me preocupo, creo que yo mismo estoy infectado porque me lleno de fantasías y pensamientos positivos imaginando que todo será temporal, la infección será pasajera y remitirá, y por fin las cosas volverán a ser como antes. Mi vecino se cagará en mis muertos a través de la puerta mientras la aporrea, volverá a haber atascos en los que la gente se insulte, la gente jurará en arameo por lo mierda que es su trabajo… y… Y entonces miro el router apagado al lado de este ordenador en el que escribo para una posteridad que ya no existe, y recuerdo cuando lo desenchufé desesperado. Recuerdo los cientos, miles de emilios que recibí en los últimos días, de conocidos y gente anónima preocupándose por mí, mi jefe diciéndome que me tomase todo el tiempo que fuese necesario, que mi puesto de trabajo estaría allí esperándome cuando me sintiese mejor. Recuerdo que respondí a todos con la misma frase, “Os odio, sosos de mierda”, y que todos me contestaron más o menos lo mismo: “Pero nosotros te queremos, SantiEgo. Nosotros te queremos”. Pero eso no fue lo peor, sino unos días después, cuando mirando y mirando, después de ver cientos y cientos de galerías de flores y vídeos de hermosas puestas de sol, me di cuenta de algo terrible, no me lo quise creer pero al final me rendí a la evidencia y el grito inhumano que salió de mi garganta sólo tuvo rival en potencia con lo que después exclamé, con tal fuerza que casi rompo las cuerdas vocales, y me consta que desperté a todos los sosos de mi edificio: “¡¡¿Pero qué ha pasado con toda la puta pornografía, joder?!!”
Una vez al mes, me lo impongo a mí mismo, me acerco a la televisión y me obligo a encenderla, aunque sudor frío corre por mi cuello y mi espalda. Me impongo también no romper la pantalla de una patada, como sucedió las primeras veces, sino que estoicamente me siento con el mando a distancia en la mano, que tiembla cuando pulso el botón de encendido, y trago saliva cuando veo la cara de la locutora, con una sonrisa de oreja a oreja, con esos ojos demasiado abiertos que los hacen parecer a todos un puto dibujo manga al decir: “Hoy todo va perfectamente”. No me he enterado de muchas de las cosas que han ocurrido, pero he visto programas donde explican que ya no hay mendigos por las calles, algunos han vuelto a ser productivos gracias al apoyo de todos y su propia voluntad de dejar hábitos tan perjudiciales como el alcohol y las drogas, y a los irrecuperables se les ha garantizado una vida digna ayudados por el conjunto de la sociedad. Se anuncia la limpieza de la atmósfera y de los campos contaminados, patronos y trabajadores compiten entre ellos para ser los que más contribuyan a la prosperidad de todos, y se retratan juntos gustosamente dándose fraternalmente la mano, mientras en la última campaña electoral los líderes de cada partido político pedían con educación exquisita el voto para los demás partidos, que seguro que lo harían tan bien o mejor que ellos. Los nuevos proyectos de salud pública, financiados con los recursos que antes se empleaban para la industria bélica y de los vicios (¡oh, Dios, los vicios!), proclaman la curación de todas las enfermedades en apenas una década, lo que llevará a una mayor felicidad para todos.
El fraude fiscal es cero. ¡¿Pero os queréis ir todos a cagar a la vía cuando pase el tren, hombre?!

Pero aún quedaba lo peor, una vez que encendí la televisión y vi que hablaban de mí, el último hombre irascible, capaz de ser violento, y que ponían la foto que me hicieron cuando exasperado le solté un bofetón a un niño que se ofreció compartir conmigo su apio. Ya, ya sé que no hay que pegarle una hostia a un niño, ni siquiera si es un soso, pero que conste que me aguanté y no lo ahogué allí mismo cuando me pidió perdón por si había hecho algo malo y me preguntó si quería que cantase algo o que bailase un poco para levantarme el ánimo. Sí, a los niños pequeños les hablan de mí, y los escritores se inventan historias sobre el último hombre capaz de estar enfadado, aunque luego en las adaptaciones cinematográficas el actor que me interpreta tiene que ponerse una máscara que simule unas emociones que ya no puede fingir, o lo retocan después por ordenador. Se han creado clubs de Apoyemos a SantiEgo por todo el mundo, se organizan vigilias para pedir a los bondadosos dioses que me una a la nueva humanidad, y por todas partes hay pancartas con mi imagen, que les recuerdan a todos el orgullo de lo que ya no son. Me consta, porque las he visto, que algunos lucen chapitas con mi rostro, y que los niños esperan ilusionados que sus padres les compren un póster mío que pegar en su habitación al lado del de la Abeja Maya. He llegado a oír rumores sobre un parque temático, pero me he negado a investigar más sobre el asunto.
Pero no lo haré. No pienso unirme a ellos. Permaneceré aquí encerrado de día, mientras ellos crean un hermoso mundo feliz, un admirable mundo nuevo que será una gigantesca gominola. Sea por mi propia mano, sea vencido por la enfermedad o la vejez, espero que un día se den cuenta de que hace mucho tiempo que no salgo, ni saben nada de mí, hasta que su preocupación sea tan grande que venza a su natural timidez y decoro y tengan que derribar la puerta, sólo para encontrarme sentado en el sillón, no más que unos huesos blancos como su limpia conciencia, mi sonrisa rígida y enorme en una mueca tan sin descanso como la suya, y las cuencas de los ojos tan grandes y vacías como su casi impárpada mirada.
Sólo espero que en el estertor postrero que acabe con mi especie recuerde levantar un solitario dedo corazón en una de mis manos como última despedida, y así confirmarles que, por siempre para ellos, seré leyenda.
FIN
*
Pozí, ayer fue un día realmente productivo en el trabajo.
Como veis éste es un pequeño y humilde homenaje-parodia a Soy leyenda, de Richard Matheson, a raíz de una pequeña parida que incluí en el comentario de la actual adaptación de la novela: ¿y si en vez de convertir en vampiros o peligrosos mutantes a la gente, el virus o bacteria las convirtiese en seres insoportablemente amables, preocupados por su salud y la de los demás? Bueno, algo así se vio también en Demolition Man, donde todos eran de lo más empalagoso, y casi sin quererlo una de las escenas que describo parece sacada de La invasión de los ultracuerpos, en el que alguna gente intentaba pasar desapercibida entre los nuevos seres que substituyeron a los humanos.
Acojona, ¿eh?
-SuperSantiEgo