
Naves misteriosas, incomprensible traducción de Silent Running (1972) es harina de otro costal. Ahora que está de moda la magnífica Wall-E, es fácil comprender que el argumento le debe mucho a esta película de hace treinta y cinco años, y a otras de la así llamada ciencia-ficción ecológica. Aunque ahora está muy de moda en algunos sectores hacerse el visceralmente antiecologista, no debemos olvidar que el género de ciencia-ficción, por medio de proyecciones y especulaciones, intenta penetrar en futuros posibles o en realidades que el ser humano hasta hace poco no podía ni soñar, y que ya son una realidad. Esta dimensión titánica o faústica del ser humano, desconocida hasta hace apenas poco más de medio siglo, es una obsesión continua en algunos autores de la ciencia-ficción: el ser humano ya se sabe capaz de provocar su destrucción y exterminio por medio de una guerra sin necesidad de ningún dios que se enfade con él, y también empieza a comprender que es capaz de destruir y envenenar el medio en el que vive hasta hacer inviable la vida. También se suele hablar de Dune como ciencia-ficción ecológica, por cómo se intenta comprender la evolución de una cultura y de una sociedad en un medio extremadamente inhóspito como Arrakis.
Respecto a otros condicionantes, la película es contemporánea a la reelección de Nixon y el Escándalo Watergate. En otras cuestiones, el controvertido Club de Roma nace en Suiza en 1968 y empieza a publicar sus análisis a principios de los 70. Si hacemos caso de algunas de las teorías de la conspiración que relacionan a este club con el Bilderberg, que los acusan de planificar exterminios neomalthusianos y eso, pues ésta sería una película de propaganda de todo ello. Bueno, cada loco con su tema.
En este contexto es en el que hay que juzgar a un película como Silent Running. ¿Que es una película progre? Pues sí, progre de narices y además de los 70, que entonces sí que eran progres de verdad, pero al menos lo hacían bien, no como la chapuza de El incidente, cuyo pseudoecologismo era de vergüenza ajena. Si el tema principal de la película lo interpreta además Joan Baez, pues ya os hacéis una idea.
La letra, escueta y ominosa como pocas. Aquí podéis ver a la muchacha acompañada por un chico de Minessota.
Tampoco es una película redonda, ni mucho menos. El director es la leyenda de los efectos especiales Douglas Trumbull. Fue el director de efectos de 2001: Odisea del Espacio, Encuentros en la Tercera Fase, Star Trek: La Película y Blade Runner, así que está todo dicho. Aunque la película es cortita, pega un considerable bajón de ritmo en su segundo tercio, después de un buen arranque, y sólo al final cuando llega el desenlace se recupera completamente el interés. Desde el punto de vista técnico, comprobamos cómo los efectos especiales de la época habían alcanzado una completa madurez, y ya estaba preparado para que llegase La Guerra de las Galaxias (Trumbull estuvo a punto de ser también el director de efectos especiales de ella) y otras obras donde ya casi es imposible distinguir qué es lo real de lo imaginario. Como podréis ver por el artículo de la Wikipedia, parte del metraje no usado de las naves botánicas se reutilizó en la serie original de Galactica para justificar de dónde salían algunos de los alimentos que comían los coloniales, y los tres robots de reparaciones que aparecen en esta película son claros predecesores de R2D2.
Quizá una de las mejores bazas de la película es que no nos explica casi nada. También es uno de sus principales errores, porque así no sabemos cómo ni por qué se ha llegado a la situación de la que se nos habla de la Tierra, y cada uno puede echar a volar la imaginación como mejor quiera o pueda. Parece ser que lo que queda de vida natural, fauna y flora, ha tenido que ser enviada al espacio profundo para ser preservada, y en una de las primeras escenas se nos ofrece el discurso retrospectivo de un presidente que pide perdón por ello a las generaciones del futuro, y que supuestamente habría que datar el 01-01-2001. (¿Autohomenaje por 2001. Odisea del Espacio?) ¿Por qué ha ocurrido esto? ¿Por qué no se podía preservar esos pedazos de naturaleza salvaje en domos en la misma Tierra? No se nos dice, pero el protagonista, que responde al curioso nombre de Freeman Lowell, parece recordar perfectamente el tiempo en el que seguía existiendo la naturaleza salvaje, y aparenta tener unos treinta y tantos, la edad de Bruce Dern cuando se rodó la película.
Lowell es uno de los naturistas cuidadores de una de las varias naves que están en el espacio, acompañado por otros tres mozos algo más jóvenes que él a los que les importa un pito que ya no exista la naturaleza en la Tierra. Nuevamente, se nos insinúa más de lo que se nos dice, y aunque se nos explica que la Tierra es una especie de utopía donde ya no existen ni las enfermedades ni la pobreza, y hay comida sintética para todos, si ésos tres son el ejemplo de la nueva humanidad, parecen más bien conformistas y pobres de espíritu. Lowell se queja de que en el mundo ya sólo hay monotonía, y que todo es uniforme. Cuando, inexplicablemente y sin ninguna justificación, se recibe la orden de enviar los domos al espacio y destruirlos con cargas atómicas, la reacción de esos tres personajes es de alegría pueril y descerebrada. Aunque, si ellos son gilipollas, Freeman también tiene lo suyo, se le cruzan los cables y le da un ramalazo terrorista. Se carga a sus compañeros y se aleja rumbo a Saturno con el último domo que queda, acompañado por tres drones de mantenimiento. Freeman, el último "hombre libre", se aleja de su planeta de origen en una carrera sin esperanza, intentando salvar lo que parece que sólo a él le importa. Nada sabemos de los porqués que han provocado esa decisión en la Tierra, ni si allí hay otros como Lowell.
Naturalmente, ésta es una película que ve uno con ojos muy diferentes ahora que cuando la vio por primera vez a los diez años. El tono poético, elegiaco y tristón se percibe igualmente, y quizá uno de los errores más graves de la película sea no haberse decantado claramente por esa opción. Aunque no lo parezca, y pensándolo desapasionadamente, tiene no pocos puntos en común con Soy leyenda, de Matheson. Freeman huye hacia delante, e intenta conservar la cordura en un mundo que lo ha dejado atrás y en el que ya no puede integrarse, no sabe hacerlo o no quiere intentarlo. Haciendo memoria he recordado también uno de los relatos de Asimov, 2430 D.C. (1970), cuyo argumento tiene no pocos puntos en común con esta película: (si no habéis leído el relato, ahora vienen los destripes de argumento) un mundo futuro en el que se ha alcanzado la máxima población humana posible, la Perfección, a costa de sacrificar hasta el último ser vivo del planeta que pudiera competir por los recursos con el ser humano, y en el que incluso el el mar ha sido convertido en una especie de granja, cubierto de plancton para dar de comer a toda la humanidad. Sólo una familia ha conservado obstinadamente, como Lowell, unas pocas especies animales y vegetales. Pero unos sacerdotes de la Perfección lo visitan y terminan por convencerlo de que ya no son necesarias. El último representante de esa familia, por fin, reconoce que es leyenda, que el mundo lo ha dejado atrás, y se inmola con las últimas especies vivas que no son el hombre. Ya puestos aprovecho para pedir desde aquí la inmediata reedición de la versión de relatos de Asimov ilustrada por Fernando Fernández donde aparecía ese relato, la de Luis Bermejo de Yo, robot, y por supuesto los Cuentos de un Futuro Imperfecto de Josep María Beá.
La verdad es que la película es triste, muy triste. El segundo acto, con Bruce Dern como único protagonista acompañado por los drones, refleja no sólo la soledad del personaje dentro de una nave espacial de dos kilómetros de largo, sino que además incide en la futilidad de sus acciones y en la nula esperanza de que al final salga todo bien. Incluso el final, previsible hasta cierto punto, abre la puerta a una esperanza tan efímera como imposible de fructificar en algo mejor o duradero, por lo menos tal como dejaron al final el guión. Una película muy triste.Anécdotas sobre la película, a montones. Como ya se indicó, las naves botánicas tuvieron gran impacto e incluso continuidad en el mundo de la ciencia-ficción. Es también uno de los pocos papeles protagonista de Bruce Dern, papá de Laura Dern y conocido actor especializado en hacer papeles de tipo no precisamente bien equilibrado. Investigando para la película, descubre uno datos como que su madrina fue nada menos que Eleanor Roosevelt, lo que lo deja a uno con la incertidumbre de si no será verdad que el mundo no es sino un pañuelo. El nombre de la nave principal donde se sitúa la acción, la Valley Forge, recibe su nombre, precisamente, porque se rodó en parte dentro del portaaviones Valley Forge, que meses después fue vendido como chatarra. Los tres drones que acompañan a Freeman son bautizados por él como Huey, Dewey, y Louie, y por tanto en el doblaje español deberían haberse planteado muy seriamente haberlos llamado Jorgito, Juanito y Jaimito, ya que Freeman obviamente lo hace en homenaje a los sobrinos del Pato Donald. Dentro de los drones iban personas con graves amputaciones, idea de Johnny Eck, uno de los protagonistas de Freaks. La parada de los monstruos (1932), de Tod Browning.
A destacar también cómo introduce Lowell la nueva programación en los drones, pues en vez de meter código de algún tipo se dedica a hacer... ¡nada menos que soldaduras! en una especie de circuitos integrados que luego introduce en unas ranuras de los robotillos.
Entre lo de las casetes de ocho pistas en Dark Star y lo de la programación con soldador de estaño puede uno recordar una de las famosas frases de Historias de Taberna Galáctica: "El futuro ya no es lo que era".
-SuperSantiEgo























