También, supongo, a muchos os habrá sonado un poco esto porque es ni más ni menos que lo que ocurre en un celebrado capítulo de Rick y Morty de 2015 en el que pasa exactamente lo mismo, el famoso de "Enseñadnos lo que tenéis", cuando a la Tierra llegan unas enormes cabezas voladoras que quieren precisamente reclutar a la fuerza a distintas especies del Cosmos para obligarlas a participar en un concurso galáctico de la canción. La autora en el epílogo nos contará que, pese a ser usaca (nadie está libre de pecado) en un viaje a la antigua metrópoli se enteró de lo que era Eurovisión, se enamoró del conceto, se hizo ventiladora del concurso a muchas revoluciones y de ahí nació la idea para la novela. Bueeeeno... vamos a hacer que nos lo creemos. Tampoco es que podamos decir que la idea está fusilada de ese capítulo de Rick y Morty, que es anterior en varios años, pero desde luego es exactamente la misma premisa.
Como con la crítica supongo que voy a acabar pronto me parece que lo mejor es que os cuente mi relación con el, según su nombre oficial, Festival de la Canción de Eurovisión, un fenómeno cultural específicamente de la Europa de después de la Segunda Guerra Mundial, y que ha tenido sus muchos altibajos. Como la misma Valente explica en su epílogo, tenía su parte de chanchullo ideológico de crear, aunque fuera con un granito de arena, una cierta identidad común europea a través de canciones melosas, y por supuesto un acicate a la tecnología de emisión en directo, ya que ahora nos puede parecer trivial hablar con tus amigos y verlos en directo cuando estos se encuentran a los pies de la Gran Pirámide, pero hubo un tiempo en que cuando te decían que conectaban EN DIRECTO VÍA SATÉLITE aquello era como asistir poco menos que a un milagro. Los ingenieros de telecomunicaciones de la época ya lo creo que se ganaron el sueldo.
Para la época en la que yo me encontré con el fenómeno, siendo yo obviamente un guachilllo que apenas levantaba dos palmos del suelo, era todo un acontecimiento anual, se tomaba en serio, lo que se dice muy en serio, y en los tiempos del franquismo que yo no viví incluso ni os cuento, pues recordemos que ganaron Marisol y Salomé en dos años consecutivos, 1968 y 1969. España ya, no quedaba duda, era europea casi veinte años antes de entrar en el Mercado Común. Diez años después el festival seguía de plena vigencia, y en muchas revistas te regalaban una cartulina o te ponían la lista de participantes en una página para que en casa fueses apuntando los puntos que recibía cada país y que así te fueras haciendo una idea de quién iba ganando. Eran los tiempos en los que no todo iba por ordenador, y ahora ya se ve al momento quién va en cada posición en tiempo real sin que nadie tenga que sumar ni nada parecido. Porque a alguna gente le gustaba tanto o más que el festival en sí, con sus canciones y coreografías, el momento de las votaciones, en las que ese espíritu de concordia europeo se resentía un poco al comprobar quién votaba a quién o a quién no le daba ni un mísero voto, e incluso todavía se puede escuchar de boca algún veterano lo de GUAYOMINÍ, DI PUÁN que era como nos sonaba cuando decían en francés "Reino Unido, dos puntos". Durante un rato largo, largo, la verdad es que era tremendamente cansino, terminabas enterándote de quién era el ganador. Eran los tiempos en los que la audiencia era prácticamente el 100% de la población que tenía televisión, y lo veía junta toda la familia. En España todo el mundo recuerda a José Luis Uribarri como comentarista de la emisión desde España contando todos los detalles de cada canción y sus predicciones sobre la intención de voto de cada país, ya que fue el responsable de contar todo lo que veía en diecinueve ocasiones desde 1969 a 2010, a solo dos años de su muerte.
Como no soy ni de lejos un estudioso ni del Festival ni de su historia interna solo puedo hablar de mi experiencia personal, así que en las siguientes décadas, además de ir cambiando los gustos musicales del público, el certamen empezó a verse cada vez más como algo desfasado y anquilosado en el tiempo, y a nadie le habría extrañado que desapareciese. Yo desde luego ya en mis tiempos de adolescente no le hice ni el más mínimo puñetero caso, y en los años siguientes apenas si recuerdo no solo ni de verlo de pasada sino de no enterarme de nada, aunque sí recuerdo cuando ganó Dana Internacional en 1998, y tampoco sé si ese fue el momento en el que Eurovisión se empezó a convertirse en lo que es hoy. En años posteriores volví a gozarlo un poco porque por invitación de unos blogueros de la segunda parte de la década de los 2000 se organizaba una quedada por Messenger en la que íbamos comentando cosillas y diciendo maldades, algo que después se trasladó rápidamente a Twitter, y hasta ahora, ya que todos los años, incluso cuando residí en el extranjero, he colaborado como agente del caos en la narración conjunta del concurso. Digamos que los que nos reenganchamos a la retransmisión muchos años después de no hacerle ni puñetero caso lo hicimos de manera, como se solía decía entonces, completamente irónica y de cachondeo, aunque yo nunca lo he expresado así. Pero recordad: aunque seas un hater (y yo no lo soy), sigues siendo un fan, así que aunque sigas el Festival de forma irónica no dejas de seguirlo. Y, como en el fondo lo de apreciar algo de forma irónica es una soberana majadería, lo importante es que te guste apreciarlo, ya sea porque te gusta ese tipo de música, el espectáculo, las divagaciones de los comentaristas, el momento de las votaciones o el cachondeo de ir comentándolo en directo por Twitter, a ver quién dice la tontería más goooorda.
A día de hoy Eurovisión se ha convertido desde hace tiempo en la exaltación de la mamarachada, pero ojito, que lo estoy diciendo en el sentido positivo, lúdico y de repartir amolll por medio de la luz, la brillantina y la completa falta de vergüenza, propia y ajena. Amor, humor y cachondeo. Eurovisión es su propio género que hay que entender según sus propias reglas, y después de tanto tiempo solo puede sobrevivir siendo fiel a sí mismo: el mamarrachismo sin complejos. Si te gusta bien, si no también, pero nada de ironía: es lo que es, y aquí no se engaña a nadie. En particular a mí me gusta verlo sin spoiler de ningún tipo, y mientras alguna gente se oye las canciones antes o incluso sigue las semifinales yo soy mucho más escueto, prefiero no enterarme de nada hasta el último momento y dejarme sorprender en la final, y luego atender más o menos a las votaciones en las que todos los países muestran sus filias y sus rencores al dar más o menos votos a sus vecinos. Eurovisión nos hace hermanos, que no primos.
Esto, si no lo has conocido desde pequeño, no lo entiendes. Puede que la señora Valente entrase en el espíritu de este fenómeno y lo aprecie, no lo dudo, pero eso debe haber tenido poca importancia a la hora de que la calidad de esta novela que ahora nos ocupa sea, por decirlo de alguna manera sensible, digamos que dudosa. La primera impresión que da es que la idea y su desarrollo podría haber dado para un relato más o menos largo, o incluso para una novela corta, pero aquí se alarga de forma completamente innecesaria hasta la típica longitud de una novela no demasiado larga, que sin embargo al leerla se te termina haciendo bastante larga, porque su imitación del estilo y el tono de Douglas Adams en La guía del autoestopista galáctico sencillamente no funciona, no te digo ya nada si lo comparas con otras cositas ricas como Dimensión de milagros. Por si fuera poco, igual que dicen en algunas críticas que he leído, el estilo literario de la autora es "convoluted", es decir, lioso, e intenta mostrar la extrañeza y exotismo de las razas extraterrestres y de sus formas y costumbres por medio de frases bastante enrevesadas en las que a veces simplemente te pierdes.
Y, la verdad, al comienzo la cosa promete: la Tierra se ve invitada a la fuerza en el equivalente galáctico de Eurovisión, y o bien demuestra que los humanos son una raza realmente sintiente, con lo cual volverá a ser invitada en futuras ediciones, o esa primera invitación será la última porque la raza humana será exterminada. Igual que en nuestro mundo, el Gran Premio Metagaláctico es el resultado de intentar promover la concordia entre las razas extraterrestres que años antes se enfrentaron en las Guerras de la Sintiencia. Todo muy interesante como premisa, solo que luego ni los personajes ni lo que se nos cuenta consiguen darle substancia a las 280 páginas de la novela. Los protagonistas humanos son lo que queda de un antiguo grupo que uno supone que son vagamente glam de los 80 o 90, y que además son queer, y todo lo demás son estrafalarios alienígenas que viven en unas culturas que se supone que nos deben hacer mucha gracia, resultarnos muy chocante y fascinarnos por medio del ingenio y requiebros argumentales de la autora, pero no es el caso, sobre todo con cosas que incluso despistan porque termina uno suponiendo que todo ocurre en un innecesario futuro cercano, pues se dice que Yoko Ono está muerta o que se han extinguido las jirafas. Básicamente en la novela pasa entre poco y nada, hay un montón de descripciones confusas y muchas digresiones que no conducen a nada ni son particularmente ocurrentes, y como es de esperar al llegar al la recta final del libro se celebra el concurso y la resolución tampoco es que nos sorprenda demasiado porque si ya el libro no tiene ninguna verdadera progresión argumental tampoco podemos esperar que se resuelva nada porque no hay nada que resolver, así que sencillamente se echa mano de un descarado deus ex machina bastante sonrojante y... fin. Se ha anunciado secuela, pero ahí desde luego a mí no me van a pillar.
Y por último tendremos que hablar de esta edición a cargo de la editorial Universo Alternativo. Y es que en este caso tendríamos que reseñar que esta es una de las muchas editoriales (me he encontrado como mínimo media docena larga de este tipo, y seguro que habrá muchas más), especializadas todas ellas en literatura de género, la sagrada trinidad de terror, fantasía y ciencia ficción, y con temáticas específicas lgtbi, queer o términos de la misma constelación. Por regla general suelen ser de autores que se meten a crear un sello editorial propio para autopublicarse, eso tampoco lo ocultan, y además intentan atraer a otros autores que escriban de temática semejante, y si pueden traducen algunos títulos del mismo ramo, en este caso uno que no debió atraer la atención de otra editorial más potente, y no me extraña que fuera así porque como he explicado en el párrafo anterior tampoco es que estemos ante ninguna maravilla. Hoy día con un portátil, básicamente, te montas una editorial, y me parece muy bien, y como es el caso además luego por los medios de impresión bajo demanda terminas teniendo un libro en papel de calidad profesional que no se distingue físicamente casi en nada de los bestsellers que se venden en la Fnac o en la Casa del Libro. Sin embargo, y me duele decirlo, tampoco hay que tener mucho ojo clínico para detectar el amateurismo al primer vistazo: el tipo de letra elegido no es sino la ramplona times new roman, y además de un par de erratas incluso la maquetación parece no especialmente cuidada, con un par de tabulaciones perdidas y unos párrafos que parece que no se han justificado a la derecha como se debe. La traducción, desde luego, mejorable, más si las frases en inglés ya eran un poco liosas, y además detecté un par de falsos amigos muy evidentes que tienen difícil perdón. Por último utilizan lenguaje exclusivo, el famoso vosotres y otras palabras acabadas en e en un género neutro que se explica por el carácter no humano de algunas especies alienígenas, pero el registro no es consistente en la traducción de una lengua fundamentalmente neutra como el inglés a una que sí tiene claramente marcado el género gramatical, como el español, así que a veces aparece un "los hijos" que tendría que ser "les hijes" si hubiesen seguido su propio criterio, y por supuesto al hablar de una especie terrestre como "los leones" debería ser también "les leones". No sé si es que no se dieron cuenta o es que quisieron hacer un neutro ma non troppo.
-SuperSantiEgo


