28.11.17

Peli: Rollerball (1975)


Como ya ha aparecido alguna que otta vez por el blog, no es ningún secreto que las pelis cienciaficcioneras de los setenta son santo de mi devoción, y aunque quizá no me las haya visto todas, puedo decir que casi. Esa década, marcada por cierto desánimo histórico en el país de origen con la espantá de Nixon, la Crisis del Petróleo, las predicciones del Club de Roma y la derrota de Vietnam, produjeron una ciencia ficción alejada de algunos modelos de serie B de las décadas pasadas, donde tenemos como ejemplo la visión optimista de Star Trek, y a su vez terminaría con la llegada en 1977 de la vitalista Star Wars, que si bien no es ciencia ficción en sentido estricto tampoco es la negación del género ni mucho menos.

Si atendemos a los premios Saturn de películas de ciencia ficción, que ganó Rollerball, y nos fijamos en las películas que lo ganaron el año anterior y el siguiente, veremos que son Soylent Green y La fuga de Logan, basadas en dos novelas que pertenecen al género apocalíptico o distópico, que marca claramente al género cinematográfico de la época. Esta década es, probablemente, la edad dorada de ese tipo de películas, aunque siempre encontraremos ejemplos notables en otros momentos.

Muy alejada de su infame remake de 2002, del que no me acuerdo en absoluto aunque os aseguro que lo he visto, y de las pelis de distopía adolescente tan de moda hoy día en la que todo no es sino una pátina en la que unos mozos y mozas vivan su amor casi imposible, Rollerball es una película con considerable mala leche, y realizada por un equipo profesional más que solvente. Su director es el reputado Norman Jewison, y su protagonista James Caan, un actor que había sobresalido en títulos como El Padrino. El guión es obra del mismo autor que el relato original (bastante flojillo para mi gusto la verdad), William Harrison, también con una sólida carrera como escritor y guionista.

Rollerball es una película distópica y de deportes, y reconozco que me gustan las películas distópicas y de deportes. Sí, me gustan las pelis que narran hazañas deportivas, sobre todo cuando son fantasmadas, así que títulos basados en hechos reales como Victorious me hacen tilín, pero menos. La verdad es que el deporte como épica cinematográfica funciona, y lo useños le han sacado partido sobre todo con sus deportes nacionales, e incluso con biopics magníficas como El orgullo de los Yankees, sin olvidar que el VERDADERO DEPORTE, el chúmchol, ha creado aquella joya que es Evasión o victoria, donde podemos ver juntos a Pelé y a Stallone goleando a nazis, que eso del frikismo es cosa muy antigua, y en cómic tenemos a Eric Castel, que también es un ejemplo a tener en cuenta.




Pero seguramente, si me lo preguntáis, las pelis más macarras de deportes son las que se basan en el roller derby, espectáculo deportivo que será la inspiración para crear el rollerball. El roller derby, casi desconocido en Europa excepto por las pelis o la tele, nació en los años 1920, y seguramente, si no me he visto todas las pelis que hay sobre él, quizá la mayor parte. Me he visto hasta Fireball (1950), en la que un inverosímil Mickey Rooney hace de corredor de roller derby con treinta tacos intentando hacernos creer que es un muchacho que se ha escapado de un hogar de acogida; en esta modesta peli, por cierto, aparece una joven Marilyn Monroe luciendo palmito y poco más en uno de sus primeros papeles. Este deporte tuvo cierta popularidad durante varias décadas, aunque con altibajos; y, no nos engañemos, ha tenido éxito sobre todo como espectáculo un poco gamberro y teatral basándose sobre todo en el atractivo de las chicas que lo practican, ya que está asociado habitualmente al deporte femenino. Después de unos años de capa caída en las dos última décadas ha tenido un repunte importante, e incluso se ha hecho hace poco una especie de remake de la película ya citada en la que Ellen Page, también de talla poco apta para andar dándose empujones, se encuentra a sí misma y adquiere la confianza que necesita en la vida gracias al roller derby, donde aparece además toda la retórica de las pelis de deportes: superación personal, capacidad de sacrificio, espíritu de equipo, etc. Curiosamente, cuando se rodó Rollerball, este deporte estaba en un punto muy bajo de popularidad, sobre todo porque se había abusado de la teatralidad y se estaba convirtiendo en algo coreografiado, como la lucha libre.


La diferencia en Rollerball es que la gente no se gana como mucho unos moratones o un hueso roto, sino que las muertes son parte del juego. La película se desarrolla en un hipotético 2018, así que a partir del año que viene tendremos otra película futurista que se desarrolla en el pasado, puñetera manía de andar diciendo fechas. Estéticamente, la verdad, toma decisiones típicas no sólo de las películas de ciencia ficción de la época, sino que siguen siendo tónica general: los actores en su mayoría parece que llevan las mismas ropas que en su casa a mediados de la década de los setenta, y es algo que se nota también en los peinados y maquillaje de las mujeres. Apenas si se ve nada futurista, excepto Zero, el computador central que parece funcionar con algún tipo de cpu líquida, y un revólver que debe escupir como mínimo balas de antimatera, por las explosiones que provoca. Todo lo que vemos es setentero, desde el diseño pop y op art de los interiores a la tipografía de las letras y números de los dorsales de los jugadores. No hay ningún intento de imaginar estéticamente el futuro. Dineros que nos ahorramos.
"Curro Jiménez, jugador de rollerball, para servirle a Dios y a usted."

"¿Te gusta la poesía? Subamos arriba, que te voy a leer un poema."
No, en serio y no me lo invento. Moonpie, el segundo del equipo, es lo que dice para ligar en una fiesta.

Aunque no vemos apenas adelantos tecnológicos, los cambios sociales que se adivinan sí son profundos, por lo menos en la casta superior, que es casi lo único que vemos. El control social parece garantizado también por una especie de soma, como en Un mundo feliz, distintos tipos de pastillas de la felicidad, y que la gente toma habitualmente porque les elimina la ansiedad o cualquier otra emoción indeseable. En la fiesta que ocupa la parte central de la película y en la que comunican a Jonathan que nunca volverá a jugar hay una mujer en segundo plano que llega a decir "A veces creo que me alimento únicamente de pastillas iluminadoras".

El mundo dominado por el rollerball como principal entretenimiento es uno en el que ya no existen las fronteras. Se supone que hubo una guerra que involucró a todas las naciones, y que después de esto las corporaciones tomaron el poder y a su vez entraron en guerra entre ellas, hasta que se alcanzó un estado de paz del que ahora goza todo el planeta, una especie de dictadura paternalista con claros rasgos de capitalismo de estado a escala mundial con tintes parcialmente socialistas, en la que hay una casta superior de directivos y una masa de gente a la que, como se decía en Network, un mundo implacable, otra película con ciertos tintes distópicos, se les garantizan todas sus necesidades y se les entretiene adecuadamente por medio de la televisión. El deporte global que levanta pasiones, y por el que las distintas corporaciones se enfrentan simbólicamente, es el rollerbal, una mezcla entre roller derby y un deporte de meter goles donde además se cuenta con motocicletas de apoyo. Se considera, más que un deporte de contacto, como pueda serlo el mismo fútbol, un deporte violento (bloody sport, como era en origen el mismo boxeo), y su efecto en las masas es similar al que se suele considerar en la cultura popular que tenía el pugilato y el circo en la sociedad romana: una forma de mantener apaciguadas a las masas. La dictadura corporativa se basa, pues, en el famoso "pan y circo".

El circo es el rollerball, y el protagonista de la película es el pichichi y jugador estrella de la Corporación de la Energía, con base en Houston, de modo que lo primero que veremos nada más empezar la película, que se abre con la ominosa tocata y fuga de Bach, es el enfrentamiento entre los equipos de Houston, vestidos de naranja como omnipresente color corporativo, y Madrid, erróneamente vestidos de verde pues como todos sabemos deberían ir vestidos de blanco merengue, ahí les falló la documentación. Jonathan E, interpretado por un madurito James Caan, es un jugador legendario, el más importante que ha dado el rollerball, y que lleva en activo diez años, cuando lo típico es que la carrera media de un jugador sea muy inferior, ya se retire por lesiones, porque ha ganado suficiente dinero o porque pase a chupar gladiolo.

Pero Jonathan no tiene intención de retirarse porque ya sólo le queda el juego y la camaradería de sus compañeros, e incluso no parece gozar demasiado de los muchos placeres que puede obtener de su bien ganado estatus social, tan importante o más que el que podamos imaginar de los deportistas más conocidos de nuestra época. A diferencia del relato, en el que su mujer lo ha abandonado, en la película fue reclamada por un directivo que la quiere para él, de modo que, de un modo parecido al "mobiliario" que aparece en Soylent Green, la corporación para la que juega le va proporcionando distintas concubinas que van y vienen sin que él parezca tener ningún control sobre ello. En la película, quizá por la desgana con la que mira a sus concubinas y lo bien que se lo pasa retozando en el gimnasio con sus amigos de torsos relucientes por el sudor, por momentos parece que la película incluso adquiere algún tono homoerótico, algo tampoco infrecuente en las películas deportivas, que a veces de tanto roce surge el cariño. Y aunque en la película parece que también hay mujeres directivas, casi se intuye que el sexo femenino se han convertido en una mercancía más de la que las corporaciones dispone como quiere. Este primer encontronazo con el orden establecido, así como su descubrimiento de que toda la cultura humana parece haber sido computerizada, resumida y censurada por esas corporaciones para asegurar todavía más su poder omnímodo, similar al de Oceanía en 1984, es lo que termina por provocar que Jonathan E no acate la orden de sus superiores de retirarse antes de que termine la temporada. La excusa para esto es que Jonathan ha alcanzado un nivel de popularidad tan grande que amenaza la filosofía central del juego: el trabajo en equipo es lo que cuenta, la idea de que todo el mundo es prescindible y todos los empleados son pasajeros, sólo la estructura y el espíritu de la corporación permanecen. La negativa de Jonathan es así pues una especie de decisión tanto individualista frente al poder corporativo como una pulsión de acabar con todo como sea, y morir con las botas puestas. Igual que el torero Belmonte dijo sobre morir en la plaza "Se hará lo que se pueda", Jonathan, si hay que morir, que sea en el estadio de rollerball, lo único que le queda. Bien sea porque quieren forzar su retirada, o porque se quiere convertir al deporte en algo todavía más cruel y que apacigüe la sed de sangre de unas masas cada vez más difíciles de controlar, se van modificando las reglas del juego, de modo que en sólo tres partidos, los que veremos en la película, se pasa de un deporte bastante violento en el partido contra Madrid a uno mucho más salvaje contra Tokio, y por fin en la final contra Nueva York aquello se convierte en un vale-tudo donde sólo les falta pegarse de tiros y básicamente ya no hay reglas.

La violencia de Rolerball es creíble: obviamente está rodada con especialistas y con trucos de cámara, y los golpes y las muertes no son reales, pero está por completo ausente algo de lo que tanto se abusa hoy día con los cgis y la violencia tarantinesca que acaba siendo tan poco creíble y tan risible como la de Rasca y Pica. En Rollerball una hostia bien dada patinando a toda velocidad puede acabar e una luxación grave o en un cuello roto, y si te pasa una moto por encima a esa velocidad te revienta, no como en Misión Imposible, que la onda expansiva sólo te hace que saltes de un helicóptero a otro. La violencia es proporcional a sus consecuencias, y éstas son inmediatas, nada de levantarse y recuperarse milagrosamente de un golpe que con suerte te mantendrá una semana en el hospital. Las hostias de Rollerball son las hostias de un espectáculo de masas brutal y sangriento que se quiere recrear en toda su crueldad, y en cuyo último partido sólo queda un hombre en pie ante una muchedumbre que pasa de ovacionar la matanza al silencio y posteriormente a aclamar a Jonathan E, que como único superviviente de su equipo realiza una amarga vuelta triunfal. La interpretación de que estamos ante el principio del fin de ese régimen corporativo y que la supervivencia de Jonathan la simboliza me parece extremadamente simplona, y propia de una de las sagas modernas young adult ya citadas. Algo tan tonto no puede acabar con un bien ideado orden social. Para mí es precisamente la amargura de alguien que vive en un mundo donde sus últimos asideros a la realidad y al sentido vital se han roto: ha comprendido que está de más en un mundo donde incluso lo único que le hacía sentir algo, su deporte, ha dejado de ser lo que era, su exmujer nunca lo amó realmente y ni siquiera ha conseguido acabar como deseaba, así que sólo le queda seguir dando vueltas a la pista sin ningún otro sitio al que ir.




Por último, y como siempre quise hablar de ella porque se lo merece, hablaré de una de las más fantásticas películas de deportes: El castañazo. Con título original Slap Shot, se rebautizó con este título en España, coincidiendo con el título en francés, La Castagne, que va a saber uno por qué ambos idiomas decidieron que darse un buen trompazo o golpe tenía que ver con las castañas. Rodada dos años después de Rollerball, trata sobre otro deporte poco conocido en España, el jockey sobre hielo, si bien en sus versiones sobre patines y sobre hierba sí es más popular. Su versión sobre hielo es otra de esas cosas que se suelen ver en series y películas, casi siempre asociado a escenas cómicas en las que se recalca su carácter violento, así como las tanganas que suelen producirse entre los jugadores, y que en algunas ocasiones incluso se reproducen en el espacio de deportes de los noticiarios a modo de anécdota. Todos estos tópicos se reflejan en El castañazo, cuyo guión, de una mujer, Nancy Dowd, se basa en las vivencias de su hermano, jugador profesional de las categorías inferiores. En la película actúan tanto actores profesionales que aprendieron a patinar, como verdaderos jugadores profesionales de la época. Nancy hace un pequeño papel, y su hermano es precisamente quien interpreta en el último partido a Ogie Ogelthorpe, un jugador tan bestia que ante su nombre todos tiemblan como si citasen a Darth Vader, y al que se creía suspendido a perpetuidad. Es una película de culto en Canadá, país que siente devoción por ese deporte.

Y es que el argumento no puede ser más sencillo: un equipo cutre de jockey, capitaneado y entrenado por un ya talludido Paul Newman, se ve abocado a la desaparición en plena crisis económica. Entre diversos asuntos personales y relaciones entre los distintos personales, veremos cómo la solución para animar al escaso público a que vuelva al estadio es hacer que los partidos sean verdaderas exhibiciones de jugadas cafres donde la deportividad y el juego limpio empiezan a substituirse por juego peligroso, agresiones y una actitud poco menos que criminal. Para ello, contratan a los Hermanos Hanson, tres jóvenes con una personalidad infantil pero capaces de cualquier burrada en la pista, donde se emplean con el contrario como si fuese poco menos que la guerra. Los tres jugadores-actores, con su característica imagen de gafotas con melena, se convirtieron en los años posteriores en una especie de embajadores de este deporte, y han hecho múltiples apariciones en partidos para firmar autógrafos y recaudar para obras benéficas. Algunos jugadores incluso copian esa imagen tan característica suya. Ellos son los verdaderos Hermanos Hanson, olvidaos de modas pasajeras de las que ya nadie se acuerda.

La verdad es que la película es bastante bruta, aunque el tono rebaja el nivel de violencia al representarse sin demasiadas consecuencias, ya que parece todo más unas trompadas de tebeo que verdaderas agresiones. La parte romántica funciona, y se ve no el mundo glauroso de las grandes estrellas deportivas que nadan en dinero, sino la versión cutre de jugadores sin mucho futuro que chupan kilómetros en bus y se hospedan en hoteluchos para luego partirse la cara en una pista de hielo ante un público al fin y al cabo a veces indiferente y que necesita estímulos cada vez mayores. Como dijo el personaje de Mickey Rourke en El luchador "El único sitio donde realmente me hacen daño es fuera del ring", y como expresó Blasco Ibáñez al final de Sangre y arena, y valdría lo mismo para el rollerball, la verdadera bestia está siempre en el tendido.

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-SuperSantiEgo


20.11.17

Peli: Liga de la Justicia. Entre el culito de Gal Gadot y el mostacho de Henry Cavill



La primera reflexión que me provoca esta película empieza por el mismo cartel, en el que como es evidente no se encuentra Superman. Claro, porque está muerto. Pero sin embargo ya sabemos todos que va a salir en la película, que lo resucitarán de alguna manera, y que el actor fue contratado. No sé, hace cincuenta años podría haber funcionado, es algo que se hace en los comics aunque la circunstancia es completamente distinta, pero desde luego en la era del destripamiento masivo de argumentos, imágenes promocionales y sobreabundancia de información de hasta el último detalle de la preproducción, ¿a quién van a engañar ya a estas alturas? Aunque también, en cierto modo, es un ritual que hay que cumplir, o hacer que hacemos que no se van a enterar de que lo hemos hecho, todo podría ser.

Como película de acción, hostias y superhéroes, cumple aceptablemente bien, pero sigue sin ser una película redonda como por ejemplo es Thor. Ragnarok, que me lo pasé viéndola como un niño chico. La de Marvel el tipo de película que sabe perfectamente cuál es el material de partida con el que trabaja y se dedica a lo que debe, a ser un desfás con gente zurrándose la badana entre chistes, en ocasiones descaradamente malos. El Universo DC cinematográfico sigue un poco como pollos sin cabeza debido al aliento deletéreo de Nolan y Snyder, cada uno más empeñado que el otro en hacernos colar que lo grandilocuente es grandioso. La culpa, de acuerdo, puede que venga desde los tiempos de Frank Miller y su Dark Knight, pero fijémonos que en esa obra se prescindía casi por completo de mucha de la retórica del género para enfrentar a un ser humano de capa caída (nunca mejor dicho), enfrentándose a un mundo en decadencia, no a una superamenaza típica del género. Tampoco es que el tono apocalíptico y mesiánico esté prohibido, pero hay que ser Alex Ross para poder llevar eso bien a cabo y que no quede un pan como unas hostias. Que es lo que le ocurre a Snyder en su Man of Steel: por decirnos que el personaje tiene treinta y tres años y pose un momento con los brazos en cruz no tenemos por qué creer automáticamente que es Jesucristo.

Nunca en el blog he usado el término middlebrow, primero porque no me gusta y porque para eso ya tenemos otros términos como pretenciosidad semiculta o sencillamente que algo es de medio pelo. Pues bien: en cierto modo, frente a la despreocupación de una película como Thor. Ragnarok, donde le importa bien poco que eso que estemos viendo sea alta cultura o no, porque lo que importa es pasárselo bien y presentar cosas molonas, algunos de los frangollos de DC son exactamente lo mismo, gente dándose de hostias contra enemigos absurdos, pero por alguna extraña razón, porque hay cámaras lentas, porque la música con fanfarrias nos atrona los oídos o porque meten a calzador una referencia religiosa que se podrían haber ahorrado, se supone que es otra cosa, o algo profundo. Al final hemos visto lo mismo, tíos en mallas dándose de hostias, pero en un caso nos han tomado por gente lista que sabe entender unos chistes que están para hacer reír y en otro nos han intentando hacer tontos con frases huecas y supuestamente transcendentales mientras uno se pregunta por los agujeros de guión más grande que el Titanic. Hacer una peli de superhéroes desenfadada y graciosa es mucho más agradecido y te lo agradecen más que la solemnidad artificiosa que no conduce a ninguna parte y sólo causa aburrimiento. Estas películas heredan una tendencia que se vivió a finales de los 80 y durante los 90 en el mismo género en los comics: el abuso del personaje amargado porque sí que posaba en páginas enteras o a doble página y que interpretaban diálogos ridículos en historias sin ninguna enjundia, y que mira por dónde a día de hoy por algo es que casi nadie se acuerda de ellas.

Pues eso: si en la URSS se produjo la destalinización, no veo por qué el DCCU no se pueda desnolansnyderizar. Pidamos todos unas pelis de superhéroes de rostro humano. Otra molonidad es posible, y está debajo de esos dos ¡ADOQUINES!

La peli tiene en este caso una duración limitada, dos horas justas, y va al turrón sin perderse demasiado. Nadie se pone a preguntarse, hablando entre las sombras muy, muy despacito, por qué él y no otro, quién soy, de dónde vengo, o si habrá arroz con leche de postre. El reparto coral obliga un poco a esto, por supuesto, y comprobamos que se puede presentar a un personaje sin demasiados problemas: Tuve un accidente, me cayó un rayo, mi padre se tiró a una sirena. Hala, sanseacabó, a buen entendedor pocas palabras bastan.

El argumento no es complicado: hay que reunir a un grupo de superhéroes para hacer frente a las grandes amenazas que surgen y de paso, si se puede, resucitar a Superman. El malo elegido, quizá, sea un poco de baratillo, un lugarteniente de Darkseid que anda por ahí abriendo boom túneles para recuperar algunas Madre Cajas que hay por la Tierra, después de perder hace miles de años una batalla contra atlantes, amazonas y hombres, así en plan la última alianza contra Sauron. El malo en cuestión se llama Steppenwolf, que en alemán es "lobo espepario". ¿Por qué un ser extraterrestre que hace miles de años no visita nuestro planeta se llama así? Me imagino que si oyese esa pregunta Jack Kirby desde su mesa de trabajo levantaría un momento la cabeza para decir: "Porque mola. Las cosas se hacen para que molen". Pues eso: no hay que darle más vueltas de las necesarias. Sí, en las pelis de Marvel también andan todos perdiendo el culo alrededor de los Cubos Cósmicos o Tesetactos, es que a Kirby le daba tiempo a todo. ¿Que todas las pelis de superhéroes se parecen y siguen un esquema similar? No me digáis: eso NUNCA JAMÁS ha pasado en los comics.

Sobre los personajes, Wonder Woman sigue en su línea de la película en solitario, y en cierto modo hace de lideresa mientras Batman pone cara de "Estoy muy viejo para esta mierda", a la vez que a Alfred/Aníbal Smith le da tiempo apenas a decirle un par de borderías. Superman es la artillería pesada, con lo que completamos la Sagrada Trinidad de DC, y en algunas escenas, cierto es, el bigote borrado digitalmente da bastante grima, porque da la impresión de que al pobre lo han tenido que operar de urgencia de labio leporino y que no se ha recuperado del todo. Lo de Paramount negándose a que el buen hombre se afeitase el bigote va a pasar a la historia de las grandes troleadas entre estudios, sobre todo porque es bien sabido que con lo avanzada que está la técnica un bigote postizo puede incluso parecer más real que uno natural. Claro que esto abre otras posibilidades: la Edición Mostacho de la película, con las escenas sin manipular, que supongo que se venderá más que aceptablemente bien en México, Francia y Turquía. Incluso podríamos pensar en un Edición Mostacho Extendida, en la que todos los personajes tienen mostacho: Flash, Ciborg y Batman con bigotón, que es más fácil añadir que borrar algo digitalmente. A Gal Gadot... casi mejor no, aunque todo se puede pensar. Porque la cámara en esta película ama a Gal Gadot, o mejor dicho ama al culito de Gal Gadot. También hay que decir que el culito en cuestión se merecería él solo un Big Culo Day, pero cuando uno ya ha contado una docena larga de planos recreacionales de tan poderosas posaderas empieza a pensar que lo que ve ya no es casualidad, ahí nos están queriendo decir algo.

Por otro lado, si hay algo que puede dar más grima que ver a Mof Tarkin bajo la nariz de Superman, es el botox que parece que le han metido a Ben Affleck, porque hay momentos que tiene la cara más estirada que un tanga de dos tallas inferiores cubriendo el bulla de Gal Gadot. Eso, o que al pobre hombre le habían metido un chute de vitaminas de los buenos para que se recuperase de la borrachera del día anterior. Hay una escena en la que Batman se sirve un buen copazo y otro para su compañera, y no sólo uno se admira de la naturalidad con la que sirve la bebida, puro actor de método, sino que además no dejas de fijarte que ahí cae mucho líquido, eso no es precisamente un culín de sidra sino que parece un vaso lleno de colacao para el desayuno. Llama también la atención que cuando Bruce Wayne se pone la capucha, aunque esté rodeado de personas que conocen su identidad, habla igualmente con voz cazallera, como si tuviese una bronquitis muy mal curada. A eso se le llama mantenerse en el personaje y no salirse de él.

Sobre los nuevos, Jason Momoa está impresionante dentro de la versión barbada y de pelo largo de Aquaman, aunque sólo como una presencia física, y eso que les da tiempo a presentar sucintamente a Mera. Está para protagonizar alguna escena de transición, y para dar hostias como panes con cierta actitud de chulo de playa que necesita más de un refinamiento palaciego para llegar a ser rey de Atlantis. Pide a gritos que salga en una peli para él solo. El Flash es correcto, y aunque parezca mentira funciona aceptablemente bien como alivio cómico en una versión que no encaja demasiado con la de los comics ni con la adaptación televisiva a la que le da más tiempo a explorar un poco su personalidad. Ciborg también es aceptable, y su origen es casi el mismo que el de los comics, aunque adaptado a la nueva mitología presentada en las películas anteriores. Hace lo que tiene que hacer y lo que le dejan en una película coral en la que la Santa Trinidad chupa plano: el labio de Superman, el bótox de Batman y el culito de Wonder Woman. Vamos, algo también habitual: en los comics en ocasiones algunos personajes también están en el equipo un poco por estar o para hacer lo que les dicen, que el que manda manda.

Un fallo notorio en la película, eso sí, es que cae en un error habitual en este tipo de producciones, ya que por momentos parece ocurrir todo en un planeta vacío, donde apenas si parecen existir los personajes y poco más, todo se centra en ellos. Para subsanar esto, muy spielbergrianamente, se nos van ofreciendo las imágenes de una pobre familia rusa que vive en una chabola de una especie de Chernobil donde el malo va a empezar la conversión de la Tierra en una nueva Apokolips. De hecho, creo que son los únicos civiles que se ven, todo lo demás es decorados vacíos en los que sólo interactúan los personajes, incluso en la escena gratuita de cuando se despierta Superman y a pecho palomo fostia a sus compañeros y los pone de verano. Pues eso, los rusos están para darnos un poco de pena, para que veamos que en los países del este viven en cabañas de madera cochambrosas en zonas irradiadas y para que sepamos que todo lo que hacen los supers es para salvar a esa gente y en definitiva a toda la humanidad, aunque no la veamos.

Que Joss Whedon tuviese que terminar la película después de que Snyder tuviese que dejarla por asuntos familiares, y que se achaque a él el cambio de tono de algunas escenas y la inclusión del humor ha hecho pensar que DC debería marvelizarse completamente en sus películas. Bueno, si a eso lo llamamos a hacerlas bien, de acuerdo. Por supuesto que tiene que haber otras alternativas para hacerlas sin aburrir a la ovejas en un tono muy distinto, pero hay que saber, y si hay que elegir entre experimentos con gaseosa que nos presentan como cócteles de alto copete y una fórmula probada, igual copiar como bellacos no es tan mala idea como opción menos mala. Ya sabéis, eso que NUNCA JAMÁS ha pasado en los comics, por ejemplo.

-SuperSantiEgo

13.11.17

The Orville y Star Trek Discovery: lo que le falta a una le sobra a la otra. Libro: Desperate hours.

Que reconozco que en ente bló igual se habla poco de Star Trek, pero cuando se hace, se hace.

Después de bastante años de sequía en cuanto a la franquicia de Star Trek se refiere, con una pelis que podrían ser de Star Trek como de cualquier otra cosa, e interpretadas por Curc y Spurc, nos encontramos que en 2017 no tenemos una serie de Star Trek, sino dos. Ya, ya sé que The Orville no es una serie dentro de canon de Star Trek, pero como veremos no oculta que le gustaría haberlo sido.


La verdad es que cuando vi por primera vez el vídeo de presentación de The Orville me hizo gracia que básicamente se fuese a hacer una serie de Héroes fuera de órbita, la escacharrante parodia de Star Trek protagonizada por Tim Allen, y que efectivamente puede que tenga su propia continuación o versión televisiva en Amazon, de momento se lo están pensando. Porque parecía que, en definitiva, y siendo Seth McFarlane el que estaba detrás de The Orville, y visto ese primer tráiler, parecía que todo iba a ser eso, una comedia con elementos absurdos ambientada en un universo de ciencia ficción que podía parodiar a Star Trek y otras serie similares como Babylon 5.

Después de ver varios episodios uno sólo puede pensar que básicamente está viendo un descarado plagio de La nueva generación, sólo que han pasado treinta años y obviamente ahora los efectos especiales son mucho mejores y más baratos, a ese respecto se puede hacer lo mismo o incluso mejor a precio de baratillo. Las historias, y el tipo de episodio, son exactamente iguales a las de TNG, pero los capítulos con mensaje son incluso más burdos y se nota demasiado que hay un “momento moraleja” bastante evidente, por lo menos en algunos capítulos que prescinden casi por completo del elemento humorístico. La diferencia más notable con las series Trek es que el creador y protagonista de la serie, el mismo McFarlane, ejerce de sargento / capitán chusquero en la nave y es una especie de alivio cómico que nadie puede tomarse en serio que pueda ser un buen líder. En vez de aparecer un equilibrado y culto Picard, tenemos a un Mercer algo ceporro y neurótico. Pero luego, en el fondo, las historias que te cuentan en cada episodio, como ya digo, son totalmente clásicas y podrían haber funcionado en la serie de la que se copia, sólo que en este caso imaginémonos cómo sería todo con un Picard contando chascarrillos sin ton ni son y quejándose de lo patética que es su vida y su carrera en la flota. Es como si el capitán de la Orville no se hubiese enterado de qué hace en su propia serie, si es una serie de ciencia ficción en la que una nave explora nuevos mundos y nuevas civilizaciones, o si es una comedia de situación como casi parecía insinuar el trailer.

En resumen la serie no está mal, pero es tan descaradamente tributaria de la serie de origen a la que copia y casi parodia que ni por un momento parece que pueda alcanzar entidad propia, y que no sea una parodia propiamente dicha también la lastra considerablemente. Los tripulantes de la Orville en vez de oír e interpretar música clásica y jazz oyen canciones populares y cantan karaoke, vale, pero esto ya lo vimos hace muchos años. Que no es que esté bien, pero pasa un poco con los remakes demasiado calcados: ¿tanta energía gastada para esto? Por otro lado me parece admirable que McFarlane haya conseguido realizar uno de los sueños de su adolescencia friki, ya que debe estar flipando al ser el protagonista de La nueva Generación, que se estrenó cuando él tenía catorce años.


Muy distinta es la serie oficial y que se va a incorporar al canon de Star Trek, ya que sigue la tónica de algunas series o franquicias: para distinguirse de sus antecesores, puede llegar a pasarse de frenada al intentar negar lo anterior o buscar otros derroteros. Es decir: quizá lo que le sobre a The Orville parecerse a Star Trek es lo que le falta a Discovery, parecerse a Star Trek. También esto puede ser cierto síntoma de esquizofrenia friki: quejarde de una cosa y de la contraria, pero tiene cierta lógica, el famoso "ni apretar que ahogue ni soltar que se escape".

Muchas son las objeciones, y aunque puede que la serie remonte, la sensación de que hay algo que no funciona del todo es generalizada. Para empezar, y fue algo que se criticó igualmente a ST: Enterprise, se centra el el pasado, de modo que la nave Discovery es contemporánea a la misma nave Enterprise, comandada por aquel entonces por el capitán Pike. Si ya había que hacer ciertas piruetas estéticas y mentales para casar la tecnología de ST: Enterprise con la serie original, esto se sale un poco de madre ya, porque en ST: Discovery ya vemos hologramas, pantallas virtuales y otras virguerías que no casan nada bien con la estética sesentera de una serie con los presupuestos de la época que intenta desesperadamente que todo lo que se vea es moderno. Sinceramente, tiene algo de burrada hacer una serie inmediatamente anterior a la serie original, pues incluso hay cosas que no cuadran en absoluto: el mismo Pike en el episodio piloto de Star Trek TOS dice que “Se le hace raro ver a una mujer en el puente”, pues la serie era muy progresista para la época pero tampoco se le puede pedir peras al olmo, y en el canon Trek actual se supone que la igualdad de sexos está conseguida de mucho antes y que incluso en fechas muy anteriores nadie se extrañaría de ver a una mujer al mando, como sí les pareció raro a los directivos de la CBS que prefirieron que Número Uno no fuese una mujer. A todo esto le añadimos el rediseño de los klingon, del que se supone que darán una explicación razonable, aunque a saber cuál es, y otros elementos de retrocontinuidad que, repito, van a encajar muy malamente en lo que sabíamos de la Federación de la serie original. Lo de inventarse a una hermana adoptiva de Spock cuatro años mayor que él, y lo de los vulcanianos yihadistas, ya tal. Ya se criticó en su momento con ST: Enterprise esa mirada al pasado, a pesar de sus muchos otros aciertos, pues incluso algunos actores del reparto original dijeron, con razón, que Star Trek trata del futuro, no del pasado, y tampoco del pasado del futuro, y sinceramente no entiendo por qué ese tabú de no explorar qué pasa después de lo que ya conocemos de la serie ST: Voyager, que de momento es la más avanzada en el tiempo. Pienso como tanta gente que lo mismo que se puede contar en ST: Discovery se podría hacer en el futuro: nuevos uniformes, mejor tecnología, una raza antagonista que la defines y diseñas como te da la gana, una Federación que se empieza a ver más chunga y amenazante, y si quieres pues venga, hasta vulcanianos yihadistas, por qué no.

Todavía no se puede decir que la serie es un fiasco, obviamente se deja ver pese a que parte de su propuesta no tiene ni pies ni cabeza, pero hemos tenido que esperar hasta el capítulo siete para que estos personajes un tanto desaboríos hagan un buen episodio que se sostenga por sí mismo y no sea sólo un capítulo completamente dependiente de un todo que a saber si sale bueno o pepino, y aun así ese capítulo funciona porque es una versión de El día de la marmota, con la víctima colateral de que un personaje conocido en la serie original que era un pícaro descarado, Mudd, se convierta poco menos que en un salvaje asesino. Sobre otras arbitrariedades que ya aparecían en las películas, donde la Federación parece una cosa muy poco seria, aquí también tenemos algunas que no son problemas de canon sino de narrativa elemental, de modo que aquí un capitán, porque le da la gana, coge a una prisionera condenada y la reclute, porque sí. "Es que es tiempo de guerra". Sí, vale, pero no es el Caribe del siglo XVII, me parece a mí. Lo dicho: la democrática y garantista hasta la extenuación Federación de Planetas se folla la separación de poderes y practica las levas de reclusos porque en ese momento va a sonar molón.

Por supuesto también existe la opinión contraria, que ya anuncia con tan pocos episodios emitidos que ésta va a ser la mejor serie Trek de la historia. De momento a mí no me está convenciendo mucho y no me gusta hablar de series cuando todavía se han emitido pocos episodios y no termino de verle por dónde quieren ir, pero como poco me tienen mosca, para cambiar de idea estoy a tiempo.

Porque culito.
Y además me enteré de que ya se ha escrito una novela sobre la serie, la primera, donde se encuentran la tripulación original de la Enterprise y la de la nave que aparece en los dos primeros episodios de Discovery, y en la que la hermana adoptiva de Spock es primer oficial antes de, como se suele decir, cagarla con todo el equipo.

Yo, la verdad, no soy muy de leer novelas de las principales franquicias tipo Star Trek o Star Wars. Las razones son simples: suelen estar escritas como el culo, y adolecen de sus principales características y atractivos, que suele ser el plano visual y la narrativa propia del cine y la televisión, lo que explica que sin embargo sí haya leído con bastante agrado algunos comics de esos universos. Por poneros un ejemplo me leí hace algunos años Death Troopers, una novela sobre zombis en el universo Star Wars cuya historia no daba para una novela pero que podría haber quedado vistoso en el un cómic con un buen dibujante, y de hecho las imágenes oficiales de Han Solo y Chewbacca ultimando a stormtroppers zombis estaban muy chulas. Sé que hay algunas de estas novelas que tienen buena fama y no me extrañaría que las escritas por Peter David para Star Trek sean divertidas, pero por lo menos yo he tenido bastante mala pata con estas novelas hechas por encargo y por regla general, me parece, con considerable desidia.

Bueno, pues Desperate hours es el caso. Por un lado, no está nada bien escrita. El estilo es una forma de escribir en inglés con frases descriptivas en las que se acumulan los modificadores de forma un tanto atropellada, las transcripciones de los pensamientos de los personajes no llegan al bochorno del “Albóndigas” de Dan Brown pero son poco logradas, e incluso parece que para compensar la ausencia de otras capacidades se echa en ocasiones mano de un léxico poco común, con palabras y expresiones rebuscadas, de ahí que aparezca profusamente “aft” o que se diga que la capitana “colocó la barbilla en la columna con puño que era su brazo”.

Respecto a la historia, tampoco es algo que no hayamos visto en otras ocasiones. Por un lado, aparece algo que en raras ocasiones hemos visto en Star Trek, donde como ya comenté poco se sabe de su sistema económico. Bueno, pues aquí tenemos una colonia patronizada por un consorcio minero que sigue la lógica capitalista, y que no ha hecho los análisis pertinentes para ver si hay ruinas arqueológicas, en cuyo caso la Federación puede meter la nariz y destinar al planeta el tiempo que haga falta a su equipo de xenoarqueólogos. Obviamente, en las excavaciones mineras, se encuentran con una nave gigantesca de hace nueve millones de años, que surge del mar y empieza a lanzar drones que hacen pupita a la colonia, ante lo que ésta llama a la Federación. Y eso que te cuentan que, llegado el caso, por lo visto, las colonias pueden independizarse con mucha más facilidad de lo que se le permite a Cataluña, por ejemplo. A la señal de auxilio acuden la Shenzhou y la Entreprise de Pike, que es una nave mucho más nueva y de Clase Constitución, aunque la capitana Philippa tiene más años de servicio. Dado que la nave que ha surgido del planeta es un Juez de un antiguo imperio galáctico con muy mala leche, que enviaba a semejantes cacharros para probar a las razas inteligentes de otros planetas, de modo que si no pasaban sus exámenes se los cargaban (como un Celestial contra el que se enfrentó Thor), y si lo hacían se les ofrecía seguir viviendo como vasallos, a Pike se le encarga que proceda con uno de los protocolos más salvajes de la Federación: bombardeo orbital masivo con torpedos de fotón hasta que el planeta quede bien churruscadito, sin importar que haya gente debajo, en este caso los miembros de la colonia que obviamente se declaran en rebeldía; qué queréis, razones no les faltan. La capitana Philippa dice que eso es una barbaridad, y se interpone entre la Entreprise y el planeta. Al final, como era de esperar, terminan por llegar a un acuerdo, las dos tripulaciones colaboran y no sólo no es necesario rosbizar el planeta entero sino que consiguen neutralizar a la colosal nave alienígena en el espacio y dejarla como entretenimiento para futuras generaciones de los ingenieros de la Federación, cosa que sabemos que no va a tener ningún aprovechamiento pues no habrá ningún avance sustancial en el futuro basado en esas investigaciones, si vas a meter retrocontinuidades así y sin consecuencias, ahórratelas. Aparte de la imposibilidad de reunir a las dos tripulaciones de las naves, esto misimo o algo parecido, bien filmado y adaptado, podría dar para un buen episodio de cincuenta minutos, pero su valor literario es nulo y en ocasiones uno siente el impulso de saltarse capítulos de relleno que no aportan gran cosa y pasar al tercer acto en el que el conflicto se soluciona.

Bueno, sin entrar en demasiados detalles: la novela tiene ese aire de pitorreo en el que la Federación, que siempre había parecido una cosa muy seria, de repente se convierte en la casa de tócame roque, algo que ya habíamos visto en las películas de Curc y Spurc. Por un lado la Federación decide provocar un genocidio por las buenas, y Pike, personaje al que no se le hace ningún caso ni se le pone ninguna atención, obedece como un pelele. Todas las acciones, en el fondo, parecen bastante inconsecuentes, y todo es para nada: menos la rebelión de la colonia, que sí tendrá castigo, el pitote que se arma entre las dos naves parece que no va a tener más consecuencias, y digo yo que la que han liado ha sido buena. En realidad toda la historia es una excusa para que un tripulante de cada una de las naves se interne en el Juez y se sometan juntos a las difíciles pruebas que éste les propone. Y estos dos personajes son, obviamente, Spock y Michael Brunham, el hijo natural de Sareck y su hija adoptiva. Es la parte que justifica todo, ya que obviamente no sólo Leonard Nimoy ya ha muerto, sino que además tampoco podría ya de seguir vivo pasar por un joven oficial de poco más de treinta años, así que todo reencuentro de estos dos personajes tendrá que darse en novelas o comics, o forzando mucho la maquinaria por medio de una conferencia por holograma con alguien que imite la voz de Nimoy. Ya que la novela se basa en los guiones de la serie y el autor recibió el visto bueno para escribir lo que escribió, se revela todavía más si cabe la nula necesidad no sólo de ambientar esta serie en el tiempo de la serie original, sino además el absurdo de meter a Sareck y hacer de uno de los personajes la hermana adoptiva de Spock. Porque, sencillamente, no se conocen, no tienen ningún pasado juntos, algo que todavía es más extraño porque como ya dije ella es cuatro años mayor, de algún modo tendrían que haber coincidido e interactuado en la Navidad vulcana o algo así, qué sé yo. De hecho, los mismos encargados de la serie han dicho (revisable, como todo), que no va a salir Spock ni va a aparecer otro actor intrepretándolo. La sensación es que no se han pensado bien lo que estaban haciendo, y que la serie es contradictoria por eso mismo: por un lado se ata a un marco temporal y a unos personajes ya conocidos... para luego hacer lo que le da la gana e ir por libre. ¿Qué necesidad había, digo yo?

Quizá lo más sangrante, o absurdo, son las explicaciones de las diferencias entre las dos naves. Por un lado, se nos dice que ya que la Entreprise es una nave con una tripulación de élite, y son un nuevo tipo de naves, lucen un uniforme especial, los famosos pijamas de franela del espacio. Ehh... bueno, vale, eso podría incluso llegar a colar, al fin y al cabo no deja de ser un elemento puramente estético, aunque la explicación esté cogida un poco por los pelos. Pero lo otro... como ya digo hay un elemento que no se puede obviar. De hecho cuando Spock entra en la Shenzhou y se monta en un ascensor le parece mucho más elegante y minimalista el diseño de la Enterprise, así como que se pueda manejar con los botoncitos de colores que operaban Chejov y Sulu, no con paneles holográficos, cascos de realidad virtual, etc. Claro, claro que sí, guapi: y en la Enterprise en vez de tener pantallas con datos y demás tenéis fotografías, ¡putas fotografías!, de naves y de trozos de firmamento, porque quedan más bonitas. Anda, no me jodas. Es como el cuñao que ve pasar un Mercedes de los buenos y se dice que su Dacia Logan es mucho mejor, que también tiene cuatro ruedas y te lleva de un sitio a otro, no hay tanta diferencia. Pues ésa es la impresión que me dio a mí leer a Spock levantando la ceja con superioridad al ver una nave que está a años luz de la suya, nos pongamos como nos pongamos. Me parece muy bien hacer del vicio virtud de vez en cuando, cómo no, pero todo tiene un límite. Sobre todo cuando una de las formas propuestas de cuadrar Discovery es aceptar que es un reboot estético, algo parecido a lo que ocurrió con Star Trek La Película, que sin más explicaciones cambiaron a los klingon porque así molaban más, los uniformes eran distintos y la nave estaba rediseñada, sin idea de dar luego ninguna explicación que justificaban por qué antes eran así y luego son asado, cosa que se hizo muchos años después. Pero claro, luego llegan cosas como esta novela, y la terminamos de liar parda. Para mí que ni los que están al cargo de todo esto tienen una idea clara de lo que están haciendo.

Nuevamente, tenemos un cacao importante en la mente: si no está roto, no lo arregles. Se nos puede pedir que aceptemos, como espectadores, que una cosa es una cosa y que otra cosa es otra cosa. La serie original se hizo como se hizo, lo aceptamos y sabemos que ahora las series se hacen con una calidad muy diferente y los efectos especiales nada tienen que ver con lo que había. Que no somos tontos, que sabemos cómo funciona esto y estamos curados ya de espanto. No fuerces las cosas ni pidas retrocontinuidades que son ruedas de molino. Yo soy el primero en decir que si hay que cargarse la continuidad para hacer algo interesante, que le den mucho a la continuidad, pero si decidimos que la continuidad no importa, ¿para qué me la estás recordando continuamente y juegas con ella?

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-SuperSantiEgo

2.11.17

Libro:Aletheia Moritat, de Santiago Bergantinhos

Ya hablé de ella hace meses, cuando se publicó la versión en gallego que yo mismo traduje, y ahora pasado un tiempo sale en español, autoeditada en libro electrónico y en papel para los que sean partidarios de uno u otro formato. Creo que muy probablemente, de momento, es de mis obras la que ha tenido un éxito mayor, de modo que incluso no la calificaría de worstseller, y las críticas que han aparecido de ella hasta han sido buenas. Qué sorpresas se lleva uno a estas alturas de partido.

Sinopsis:

Después de la Caída lo que quedaba del mundo resurgió bajo el despotismo ilustrado y tecnológico de la Homologación, gobernada por seres humanos con el asesoriamento de poderosas IAs, y que encarna los ideales del Estado convertido en un Leviatán de plena eficiencia. Toda la ciudadanía, los privilegiados hoi oligoi y los cumunes hoi polloi, viven en paz y participan en la Narración, un fluir cultural en el que se mezclan todas las influencias, movimientos y obras de los siglos pasados, y en la que todos pueden aportar sus ideas y disfrutar de sus productos. En unas décadas todos los seres humanos serán yousheng, seres mejorados genéticamente con una inteligencia prodigiosa y gran esperanza de vida.

Harshvardhan Wettin, marshall de la Narración conocido por las adaptaciones de sus moritaten o relatos en los que cuenta noveladamente algunos de sus casos, es llamado para investigar un extraño asesinato en una facultad de ciencias cognitivas y computacionales en el que parece estar implicada Aletheia, una IA no autorizada que podría poner en peligro la existencia misma de la Homologación si las sospechas sobre ella llegan a ser ciertas. Los cibersalvacionistas, que piensan que el ser humano puede reencarnarse en una IA después de muerto, y los omeguistas que esperan con fe el advenimiento de la Singularidad, también están interesados en saber más de esa IA de origen desconocido.

Pues eso, que tenemos libro nuevo. Aunque nuevo, nuevo, lo que se dice nuevo, tampoco lo es, ya sabéis cómo es esto del mundo editorial. Primero tuve que escribirlo, y como por estar ya estaba acabado para finales de  2013.

¿De qué va el libro? Pues ahí casi que me pilláis, porque habría que decir que cuando yo era joven, y leía bastante ciencia ficción y algo de fantasía, aunque también a Kafka, los Episodios Nacionales y los grandes narradores rusos, siempre pensé que acabaría siendo un escritor de ciencia ficción y tenía ideas y argumentos sobre cosas de ésas a montones. Luego, pasando el tiempo, resultó que me di cuenta no hace mucho que en realidad había escrito, casi de casualidad, dos novelas que se podrían catalogar de aquella manera como eróticos por llamarlas algo, otro que viene a ser una novela con ciertos elementos de historicidad en el que aparecen personajes muy extraños, y un libro de relatos en el que de entre catorce apenas dos se podrían catalogar como de ciencia ficción, uno de ellos parodia del género de invasiones extraterrestres, y ya sabéis por este mismo blog que mi definición de ese género es "me importa un carajo".

¿Que cómo acabé escribiendo una novela ciberpunk que no es ciberpunk? Pues como casi todo: de casualidad. En realidad, casi no conozco el ciberpunk, y básicamente no me gusta mucho la temática porque mucha de la pseudociencia (en realidad pésima filosofía) en la que se basa no la trago y me parece muy aburrida. Así que supongo que estamos ante una novela posciberpunk, que también es una cosa que he visto definida más de una vez y que no consigo saber lo que es. Hay cosas que me confunden y no consigo aprender, como las distintas sectas protestantes, las bifurcaciones de Linux y los microgéneros que aparecen a la misma velocidad que las tribus urbanas japonesas. Así que en este caso se me ocurrió el argumento, vi que tenía posibilidadades y que no iba a ser difícil completar el proyecto, así que fui a por él y pude terminarlo en poco tiempo. Son algo más de doscientas páginas en total.

Tampoco puedo añadir mucho a la sinopsis sin empezar a destripar mi propio trabajo, pero sí puedo decir que por el mismo argumento hay no pocas referencias a algunas obras que cualquier lector de ciencia ficción clásica identificará sin problemas, algunas de ellas explícitas porque los mismos personajes hablan de ellas y otras que están escondidas bajo referencias indirectas. Incluso metí un "huevo de pascua" que por lo que sé todavía nadie ha descubierto, y sigo esperando a que alguien lo haga. También, como parte del argumento, se puede discutir si una de las dudas fundamentales que se exponen en el libro tiene como solución la respuesta que está detrás de la primera puerta, o si lo correcto es lo que se esconde detrás de la segunda puerta, y hasta ahí puedo leer. Creo que he dejado las dos opciones en equilibrio de modo que en una imposible lectura abstracta, igual que el asno de Buridán, el lector no pueda decidir cuál es la solución al enigma. Pero eso es imposible, así que cada uno, dependiendo de sus conocimientos, de sus inclinaciones cognitivas e incluso sus gustos llegará a una conclusión o a la contraria. Quizá incluso me llevo una sorpresa si alguien me argumenta de manera que no vi venir, y por supuesto sería algo interesante.

También, por supuesto, ya tengo pensadas continuaciones. Wettin Monogatati, un proyecto de mucho más alcance en este mismo universo que explorar. Puede parece imposible, pero no porque es una precuela, en la que por supuesto va a pasar todo lo que en Aletheia Moritat se dice que no puede ocurrir, y que puede producir todo tipo de problemas de continuidad, pero que tendrá su explicación. Por otra parte estaría Hurlant Moritat, una historia en un pasado un poco más lejano en el que un Wettin más joven que el que sale en Aletheia Moritat se enfrenta al último macroestado que no se ha unido todavía a la Homologación.

Tanto el libro electrónico como su versión en papel están ilustrados. Los dibujos del interior y la portada son obra de Mario Stalin Rodríguez, habitual comentador de este blog y conocido también por el nombre de su blog, Necio Hutopo. Os pongo un par de imágenes para que os hagáis una idea.


Para aquéllos que no poseen una fe fuerte, en este enlace tienen los cinco primeros capítulos en formato epub.

Y si después de eso quieren seguir leyendo en este otro enlace tienen todas las opciones para adquirirlo en formato electrónico en distintas plataformas. Que luego los pocos que lo compran lo hacen desde Amazon, pero yo cumplir cumplo.

Si llegado el caso se quisiera adquirir en formato papel, bien maquetadito y que da el pego como un libro cualquiera, sale bastante económico si se tiene Amazon Prime.

Y eso es todo. Tenemos nuevo worstseller del que no presumir.

-SuperSantiEgo