Como ya ha aparecido alguna que otta vez por el blog, no es ningún secreto que las pelis cienciaficcioneras de los setenta son santo de mi devoción, y aunque quizá no me las haya visto todas, puedo decir que casi. Esa década, marcada por cierto desánimo histórico en el país de origen con la espantá de Nixon, la Crisis del Petróleo, las predicciones del Club de Roma y la derrota de Vietnam, produjeron una ciencia ficción alejada de algunos modelos de serie B de las décadas pasadas, donde tenemos como ejemplo la visión optimista de Star Trek, y a su vez terminaría con la llegada en 1977 de la vitalista Star Wars, que si bien no es ciencia ficción en sentido estricto tampoco es la negación del género ni mucho menos.
Si atendemos a los premios Saturn de películas de ciencia ficción, que ganó Rollerball, y nos fijamos en las películas que lo ganaron el año anterior y el siguiente, veremos que son Soylent Green y La fuga de Logan, basadas en dos novelas que pertenecen al género apocalíptico o distópico, que marca claramente al género cinematográfico de la época. Esta década es, probablemente, la edad dorada de ese tipo de películas, aunque siempre encontraremos ejemplos notables en otros momentos.
Muy alejada de su infame remake de 2002, del que no me acuerdo en absoluto aunque os aseguro que lo he visto, y de las pelis de distopía adolescente tan de moda hoy día en la que todo no es sino una pátina en la que unos mozos y mozas vivan su amor casi imposible, Rollerball es una película con considerable mala leche, y realizada por un equipo profesional más que solvente. Su director es el reputado Norman Jewison, y su protagonista James Caan, un actor que había sobresalido en títulos como El Padrino. El guión es obra del mismo autor que el relato original (bastante flojillo para mi gusto la verdad), William Harrison, también con una sólida carrera como escritor y guionista.
Rollerball es una película distópica y de deportes, y reconozco que me gustan las películas distópicas y de deportes. Sí, me gustan las pelis que narran hazañas deportivas, sobre todo cuando son fantasmadas, así que títulos basados en hechos reales como Victorious me hacen tilín, pero menos. La verdad es que el deporte como épica cinematográfica funciona, y lo useños le han sacado partido sobre todo con sus deportes nacionales, e incluso con biopics magníficas como El orgullo de los Yankees, sin olvidar que el VERDADERO DEPORTE, el chúmchol, ha creado aquella joya que es Evasión o victoria, donde podemos ver juntos a Pelé y a Stallone goleando a nazis, que eso del frikismo es cosa muy antigua, y en cómic tenemos a Eric Castel, que también es un ejemplo a tener en cuenta.
Pero seguramente, si me lo preguntáis, las pelis más macarras de deportes son las que se basan en el roller derby, espectáculo deportivo que será la inspiración para crear el rollerball. El roller derby, casi desconocido en Europa excepto por las pelis o la tele, nació en los años 1920, y seguramente, si no me he visto todas las pelis que hay sobre él, quizá la mayor parte. Me he visto hasta Fireball (1950), en la que un inverosímil Mickey Rooney hace de corredor de roller derby con treinta tacos intentando hacernos creer que es un muchacho que se ha escapado de un hogar de acogida; en esta modesta peli, por cierto, aparece una joven Marilyn Monroe luciendo palmito y poco más en uno de sus primeros papeles. Este deporte tuvo cierta popularidad durante varias décadas, aunque con altibajos; y, no nos engañemos, ha tenido éxito sobre todo como espectáculo un poco gamberro y teatral basándose sobre todo en el atractivo de las chicas que lo practican, ya que está asociado habitualmente al deporte femenino. Después de unos años de capa caída en las dos última décadas ha tenido un repunte importante, e incluso se ha hecho hace poco una especie de remake de la película ya citada en la que Ellen Page, también de talla poco apta para andar dándose empujones, se encuentra a sí misma y adquiere la confianza que necesita en la vida gracias al roller derby, donde aparece además toda la retórica de las pelis de deportes: superación personal, capacidad de sacrificio, espíritu de equipo, etc. Curiosamente, cuando se rodó Rollerball, este deporte estaba en un punto muy bajo de popularidad, sobre todo porque se había abusado de la teatralidad y se estaba convirtiendo en algo coreografiado, como la lucha libre.
Rollerball es una película distópica y de deportes, y reconozco que me gustan las películas distópicas y de deportes. Sí, me gustan las pelis que narran hazañas deportivas, sobre todo cuando son fantasmadas, así que títulos basados en hechos reales como Victorious me hacen tilín, pero menos. La verdad es que el deporte como épica cinematográfica funciona, y lo useños le han sacado partido sobre todo con sus deportes nacionales, e incluso con biopics magníficas como El orgullo de los Yankees, sin olvidar que el VERDADERO DEPORTE, el chúmchol, ha creado aquella joya que es Evasión o victoria, donde podemos ver juntos a Pelé y a Stallone goleando a nazis, que eso del frikismo es cosa muy antigua, y en cómic tenemos a Eric Castel, que también es un ejemplo a tener en cuenta.
Pero seguramente, si me lo preguntáis, las pelis más macarras de deportes son las que se basan en el roller derby, espectáculo deportivo que será la inspiración para crear el rollerball. El roller derby, casi desconocido en Europa excepto por las pelis o la tele, nació en los años 1920, y seguramente, si no me he visto todas las pelis que hay sobre él, quizá la mayor parte. Me he visto hasta Fireball (1950), en la que un inverosímil Mickey Rooney hace de corredor de roller derby con treinta tacos intentando hacernos creer que es un muchacho que se ha escapado de un hogar de acogida; en esta modesta peli, por cierto, aparece una joven Marilyn Monroe luciendo palmito y poco más en uno de sus primeros papeles. Este deporte tuvo cierta popularidad durante varias décadas, aunque con altibajos; y, no nos engañemos, ha tenido éxito sobre todo como espectáculo un poco gamberro y teatral basándose sobre todo en el atractivo de las chicas que lo practican, ya que está asociado habitualmente al deporte femenino. Después de unos años de capa caída en las dos última décadas ha tenido un repunte importante, e incluso se ha hecho hace poco una especie de remake de la película ya citada en la que Ellen Page, también de talla poco apta para andar dándose empujones, se encuentra a sí misma y adquiere la confianza que necesita en la vida gracias al roller derby, donde aparece además toda la retórica de las pelis de deportes: superación personal, capacidad de sacrificio, espíritu de equipo, etc. Curiosamente, cuando se rodó Rollerball, este deporte estaba en un punto muy bajo de popularidad, sobre todo porque se había abusado de la teatralidad y se estaba convirtiendo en algo coreografiado, como la lucha libre.
La diferencia en Rollerball es que la gente no se gana como mucho unos moratones o un hueso roto, sino que las muertes son parte del juego. La película se desarrolla en un hipotético 2018, así que a partir del año que viene tendremos otra película futurista que se desarrolla en el pasado, puñetera manía de andar diciendo fechas. Estéticamente, la verdad, toma decisiones típicas no sólo de las películas de ciencia ficción de la época, sino que siguen siendo tónica general: los actores en su mayoría parece que llevan las mismas ropas que en su casa a mediados de la década de los setenta, y es algo que se nota también en los peinados y maquillaje de las mujeres. Apenas si se ve nada futurista, excepto Zero, el computador central que parece funcionar con algún tipo de cpu líquida, y un revólver que debe escupir como mínimo balas de antimatera, por las explosiones que provoca. Todo lo que vemos es setentero, desde el diseño pop y op art de los interiores a la tipografía de las letras y números de los dorsales de los jugadores. No hay ningún intento de imaginar estéticamente el futuro. Dineros que nos ahorramos.
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| "Curro Jiménez, jugador de rollerball, para servirle a Dios y a usted." |
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| "¿Te gusta la poesía? Subamos arriba, que te voy a leer un poema." No, en serio y no me lo invento. Moonpie, el segundo del equipo, es lo que dice para ligar en una fiesta. |
Aunque no vemos apenas adelantos tecnológicos, los cambios sociales que se adivinan sí son profundos, por lo menos en la casta superior, que es casi lo único que vemos. El control social parece garantizado también por una especie de soma, como en Un mundo feliz, distintos tipos de pastillas de la felicidad, y que la gente toma habitualmente porque les elimina la ansiedad o cualquier otra emoción indeseable. En la fiesta que ocupa la parte central de la película y en la que comunican a Jonathan que nunca volverá a jugar hay una mujer en segundo plano que llega a decir "A veces creo que me alimento únicamente de pastillas iluminadoras".
El mundo dominado por el rollerball como principal entretenimiento es uno en el que ya no existen las fronteras. Se supone que hubo una guerra que involucró a todas las naciones, y que después de esto las corporaciones tomaron el poder y a su vez entraron en guerra entre ellas, hasta que se alcanzó un estado de paz del que ahora goza todo el planeta, una especie de dictadura paternalista con claros rasgos de capitalismo de estado a escala mundial con tintes parcialmente socialistas, en la que hay una casta superior de directivos y una masa de gente a la que, como se decía en Network, un mundo implacable, otra película con ciertos tintes distópicos, se les garantizan todas sus necesidades y se les entretiene adecuadamente por medio de la televisión. El deporte global que levanta pasiones, y por el que las distintas corporaciones se enfrentan simbólicamente, es el rollerbal, una mezcla entre roller derby y un deporte de meter goles donde además se cuenta con motocicletas de apoyo. Se considera, más que un deporte de contacto, como pueda serlo el mismo fútbol, un deporte violento (bloody sport, como era en origen el mismo boxeo), y su efecto en las masas es similar al que se suele considerar en la cultura popular que tenía el pugilato y el circo en la sociedad romana: una forma de mantener apaciguadas a las masas. La dictadura corporativa se basa, pues, en el famoso "pan y circo".
El circo es el rollerball, y el protagonista de la película es el pichichi y jugador estrella de la Corporación de la Energía, con base en Houston, de modo que lo primero que veremos nada más empezar la película, que se abre con la ominosa tocata y fuga de Bach, es el enfrentamiento entre los equipos de Houston, vestidos de naranja como omnipresente color corporativo, y Madrid, erróneamente vestidos de verde pues como todos sabemos deberían ir vestidos de blanco merengue, ahí les falló la documentación. Jonathan E, interpretado por un madurito James Caan, es un jugador legendario, el más importante que ha dado el rollerball, y que lleva en activo diez años, cuando lo típico es que la carrera media de un jugador sea muy inferior, ya se retire por lesiones, porque ha ganado suficiente dinero o porque pase a chupar gladiolo.
Pero Jonathan no tiene intención de retirarse porque ya sólo le queda el juego y la camaradería de sus compañeros, e incluso no parece gozar demasiado de los muchos placeres que puede obtener de su bien ganado estatus social, tan importante o más que el que podamos imaginar de los deportistas más conocidos de nuestra época. A diferencia del relato, en el que su mujer lo ha abandonado, en la película fue reclamada por un directivo que la quiere para él, de modo que, de un modo parecido al "mobiliario" que aparece en Soylent Green, la corporación para la que juega le va proporcionando distintas concubinas que van y vienen sin que él parezca tener ningún control sobre ello. En la película, quizá por la desgana con la que mira a sus concubinas y lo bien que se lo pasa retozando en el gimnasio con sus amigos de torsos relucientes por el sudor, por momentos parece que la película incluso adquiere algún tono homoerótico, algo tampoco infrecuente en las películas deportivas, que a veces de tanto roce surge el cariño. Y aunque en la película parece que también hay mujeres directivas, casi se intuye que el sexo femenino se han convertido en una mercancía más de la que las corporaciones dispone como quiere. Este primer encontronazo con el orden establecido, así como su descubrimiento de que toda la cultura humana parece haber sido computerizada, resumida y censurada por esas corporaciones para asegurar todavía más su poder omnímodo, similar al de Oceanía en 1984, es lo que termina por provocar que Jonathan E no acate la orden de sus superiores de retirarse antes de que termine la temporada. La excusa para esto es que Jonathan ha alcanzado un nivel de popularidad tan grande que amenaza la filosofía central del juego: el trabajo en equipo es lo que cuenta, la idea de que todo el mundo es prescindible y todos los empleados son pasajeros, sólo la estructura y el espíritu de la corporación permanecen. La negativa de Jonathan es así pues una especie de decisión tanto individualista frente al poder corporativo como una pulsión de acabar con todo como sea, y morir con las botas puestas. Igual que el torero Belmonte dijo sobre morir en la plaza "Se hará lo que se pueda", Jonathan, si hay que morir, que sea en el estadio de rollerball, lo único que le queda. Bien sea porque quieren forzar su retirada, o porque se quiere convertir al deporte en algo todavía más cruel y que apacigüe la sed de sangre de unas masas cada vez más difíciles de controlar, se van modificando las reglas del juego, de modo que en sólo tres partidos, los que veremos en la película, se pasa de un deporte bastante violento en el partido contra Madrid a uno mucho más salvaje contra Tokio, y por fin en la final contra Nueva York aquello se convierte en un vale-tudo donde sólo les falta pegarse de tiros y básicamente ya no hay reglas.
La violencia de Rolerball es creíble: obviamente está rodada con especialistas y con trucos de cámara, y los golpes y las muertes no son reales, pero está por completo ausente algo de lo que tanto se abusa hoy día con los cgis y la violencia tarantinesca que acaba siendo tan poco creíble y tan risible como la de Rasca y Pica. En Rollerball una hostia bien dada patinando a toda velocidad puede acabar e una luxación grave o en un cuello roto, y si te pasa una moto por encima a esa velocidad te revienta, no como en Misión Imposible, que la onda expansiva sólo te hace que saltes de un helicóptero a otro. La violencia es proporcional a sus consecuencias, y éstas son inmediatas, nada de levantarse y recuperarse milagrosamente de un golpe que con suerte te mantendrá una semana en el hospital. Las hostias de Rollerball son las hostias de un espectáculo de masas brutal y sangriento que se quiere recrear en toda su crueldad, y en cuyo último partido sólo queda un hombre en pie ante una muchedumbre que pasa de ovacionar la matanza al silencio y posteriormente a aclamar a Jonathan E, que como único superviviente de su equipo realiza una amarga vuelta triunfal. La interpretación de que estamos ante el principio del fin de ese régimen corporativo y que la supervivencia de Jonathan la simboliza me parece extremadamente simplona, y propia de una de las sagas modernas young adult ya citadas. Algo tan tonto no puede acabar con un bien ideado orden social. Para mí es precisamente la amargura de alguien que vive en un mundo donde sus últimos asideros a la realidad y al sentido vital se han roto: ha comprendido que está de más en un mundo donde incluso lo único que le hacía sentir algo, su deporte, ha dejado de ser lo que era, su exmujer nunca lo amó realmente y ni siquiera ha conseguido acabar como deseaba, así que sólo le queda seguir dando vueltas a la pista sin ningún otro sitio al que ir.
Por último, y como siempre quise hablar de ella porque se lo merece, hablaré de una de las más fantásticas películas de deportes: El castañazo. Con título original Slap Shot, se rebautizó con este título en España, coincidiendo con el título en francés, La Castagne, que va a saber uno por qué ambos idiomas decidieron que darse un buen trompazo o golpe tenía que ver con las castañas. Rodada dos años después de Rollerball, trata sobre otro deporte poco conocido en España, el jockey sobre hielo, si bien en sus versiones sobre patines y sobre hierba sí es más popular. Su versión sobre hielo es otra de esas cosas que se suelen ver en series y películas, casi siempre asociado a escenas cómicas en las que se recalca su carácter violento, así como las tanganas que suelen producirse entre los jugadores, y que en algunas ocasiones incluso se reproducen en el espacio de deportes de los noticiarios a modo de anécdota. Todos estos tópicos se reflejan en El castañazo, cuyo guión, de una mujer, Nancy Dowd, se basa en las vivencias de su hermano, jugador profesional de las categorías inferiores. En la película actúan tanto actores profesionales que aprendieron a patinar, como verdaderos jugadores profesionales de la época. Nancy hace un pequeño papel, y su hermano es precisamente quien interpreta en el último partido a Ogie Ogelthorpe, un jugador tan bestia que ante su nombre todos tiemblan como si citasen a Darth Vader, y al que se creía suspendido a perpetuidad. Es una película de culto en Canadá, país que siente devoción por ese deporte.
Y es que el argumento no puede ser más sencillo: un equipo cutre de jockey, capitaneado y entrenado por un ya talludido Paul Newman, se ve abocado a la desaparición en plena crisis económica. Entre diversos asuntos personales y relaciones entre los distintos personales, veremos cómo la solución para animar al escaso público a que vuelva al estadio es hacer que los partidos sean verdaderas exhibiciones de jugadas cafres donde la deportividad y el juego limpio empiezan a substituirse por juego peligroso, agresiones y una actitud poco menos que criminal. Para ello, contratan a los Hermanos Hanson, tres jóvenes con una personalidad infantil pero capaces de cualquier burrada en la pista, donde se emplean con el contrario como si fuese poco menos que la guerra. Los tres jugadores-actores, con su característica imagen de gafotas con melena, se convirtieron en los años posteriores en una especie de embajadores de este deporte, y han hecho múltiples apariciones en partidos para firmar autógrafos y recaudar para obras benéficas. Algunos jugadores incluso copian esa imagen tan característica suya. Ellos son los verdaderos Hermanos Hanson, olvidaos de modas pasajeras de las que ya nadie se acuerda.
La verdad es que la película es bastante bruta, aunque el tono rebaja el nivel de violencia al representarse sin demasiadas consecuencias, ya que parece todo más unas trompadas de tebeo que verdaderas agresiones. La parte romántica funciona, y se ve no el mundo glauroso de las grandes estrellas deportivas que nadan en dinero, sino la versión cutre de jugadores sin mucho futuro que chupan kilómetros en bus y se hospedan en hoteluchos para luego partirse la cara en una pista de hielo ante un público al fin y al cabo a veces indiferente y que necesita estímulos cada vez mayores. Como dijo el personaje de Mickey Rourke en El luchador "El único sitio donde realmente me hacen daño es fuera del ring", y como expresó Blasco Ibáñez al final de Sangre y arena, y valdría lo mismo para el rollerball, la verdadera bestia está siempre en el tendido.

El mundo dominado por el rollerball como principal entretenimiento es uno en el que ya no existen las fronteras. Se supone que hubo una guerra que involucró a todas las naciones, y que después de esto las corporaciones tomaron el poder y a su vez entraron en guerra entre ellas, hasta que se alcanzó un estado de paz del que ahora goza todo el planeta, una especie de dictadura paternalista con claros rasgos de capitalismo de estado a escala mundial con tintes parcialmente socialistas, en la que hay una casta superior de directivos y una masa de gente a la que, como se decía en Network, un mundo implacable, otra película con ciertos tintes distópicos, se les garantizan todas sus necesidades y se les entretiene adecuadamente por medio de la televisión. El deporte global que levanta pasiones, y por el que las distintas corporaciones se enfrentan simbólicamente, es el rollerbal, una mezcla entre roller derby y un deporte de meter goles donde además se cuenta con motocicletas de apoyo. Se considera, más que un deporte de contacto, como pueda serlo el mismo fútbol, un deporte violento (bloody sport, como era en origen el mismo boxeo), y su efecto en las masas es similar al que se suele considerar en la cultura popular que tenía el pugilato y el circo en la sociedad romana: una forma de mantener apaciguadas a las masas. La dictadura corporativa se basa, pues, en el famoso "pan y circo".
El circo es el rollerball, y el protagonista de la película es el pichichi y jugador estrella de la Corporación de la Energía, con base en Houston, de modo que lo primero que veremos nada más empezar la película, que se abre con la ominosa tocata y fuga de Bach, es el enfrentamiento entre los equipos de Houston, vestidos de naranja como omnipresente color corporativo, y Madrid, erróneamente vestidos de verde pues como todos sabemos deberían ir vestidos de blanco merengue, ahí les falló la documentación. Jonathan E, interpretado por un madurito James Caan, es un jugador legendario, el más importante que ha dado el rollerball, y que lleva en activo diez años, cuando lo típico es que la carrera media de un jugador sea muy inferior, ya se retire por lesiones, porque ha ganado suficiente dinero o porque pase a chupar gladiolo.
Pero Jonathan no tiene intención de retirarse porque ya sólo le queda el juego y la camaradería de sus compañeros, e incluso no parece gozar demasiado de los muchos placeres que puede obtener de su bien ganado estatus social, tan importante o más que el que podamos imaginar de los deportistas más conocidos de nuestra época. A diferencia del relato, en el que su mujer lo ha abandonado, en la película fue reclamada por un directivo que la quiere para él, de modo que, de un modo parecido al "mobiliario" que aparece en Soylent Green, la corporación para la que juega le va proporcionando distintas concubinas que van y vienen sin que él parezca tener ningún control sobre ello. En la película, quizá por la desgana con la que mira a sus concubinas y lo bien que se lo pasa retozando en el gimnasio con sus amigos de torsos relucientes por el sudor, por momentos parece que la película incluso adquiere algún tono homoerótico, algo tampoco infrecuente en las películas deportivas, que a veces de tanto roce surge el cariño. Y aunque en la película parece que también hay mujeres directivas, casi se intuye que el sexo femenino se han convertido en una mercancía más de la que las corporaciones dispone como quiere. Este primer encontronazo con el orden establecido, así como su descubrimiento de que toda la cultura humana parece haber sido computerizada, resumida y censurada por esas corporaciones para asegurar todavía más su poder omnímodo, similar al de Oceanía en 1984, es lo que termina por provocar que Jonathan E no acate la orden de sus superiores de retirarse antes de que termine la temporada. La excusa para esto es que Jonathan ha alcanzado un nivel de popularidad tan grande que amenaza la filosofía central del juego: el trabajo en equipo es lo que cuenta, la idea de que todo el mundo es prescindible y todos los empleados son pasajeros, sólo la estructura y el espíritu de la corporación permanecen. La negativa de Jonathan es así pues una especie de decisión tanto individualista frente al poder corporativo como una pulsión de acabar con todo como sea, y morir con las botas puestas. Igual que el torero Belmonte dijo sobre morir en la plaza "Se hará lo que se pueda", Jonathan, si hay que morir, que sea en el estadio de rollerball, lo único que le queda. Bien sea porque quieren forzar su retirada, o porque se quiere convertir al deporte en algo todavía más cruel y que apacigüe la sed de sangre de unas masas cada vez más difíciles de controlar, se van modificando las reglas del juego, de modo que en sólo tres partidos, los que veremos en la película, se pasa de un deporte bastante violento en el partido contra Madrid a uno mucho más salvaje contra Tokio, y por fin en la final contra Nueva York aquello se convierte en un vale-tudo donde sólo les falta pegarse de tiros y básicamente ya no hay reglas.
La violencia de Rolerball es creíble: obviamente está rodada con especialistas y con trucos de cámara, y los golpes y las muertes no son reales, pero está por completo ausente algo de lo que tanto se abusa hoy día con los cgis y la violencia tarantinesca que acaba siendo tan poco creíble y tan risible como la de Rasca y Pica. En Rollerball una hostia bien dada patinando a toda velocidad puede acabar e una luxación grave o en un cuello roto, y si te pasa una moto por encima a esa velocidad te revienta, no como en Misión Imposible, que la onda expansiva sólo te hace que saltes de un helicóptero a otro. La violencia es proporcional a sus consecuencias, y éstas son inmediatas, nada de levantarse y recuperarse milagrosamente de un golpe que con suerte te mantendrá una semana en el hospital. Las hostias de Rollerball son las hostias de un espectáculo de masas brutal y sangriento que se quiere recrear en toda su crueldad, y en cuyo último partido sólo queda un hombre en pie ante una muchedumbre que pasa de ovacionar la matanza al silencio y posteriormente a aclamar a Jonathan E, que como único superviviente de su equipo realiza una amarga vuelta triunfal. La interpretación de que estamos ante el principio del fin de ese régimen corporativo y que la supervivencia de Jonathan la simboliza me parece extremadamente simplona, y propia de una de las sagas modernas young adult ya citadas. Algo tan tonto no puede acabar con un bien ideado orden social. Para mí es precisamente la amargura de alguien que vive en un mundo donde sus últimos asideros a la realidad y al sentido vital se han roto: ha comprendido que está de más en un mundo donde incluso lo único que le hacía sentir algo, su deporte, ha dejado de ser lo que era, su exmujer nunca lo amó realmente y ni siquiera ha conseguido acabar como deseaba, así que sólo le queda seguir dando vueltas a la pista sin ningún otro sitio al que ir.
Y es que el argumento no puede ser más sencillo: un equipo cutre de jockey, capitaneado y entrenado por un ya talludido Paul Newman, se ve abocado a la desaparición en plena crisis económica. Entre diversos asuntos personales y relaciones entre los distintos personales, veremos cómo la solución para animar al escaso público a que vuelva al estadio es hacer que los partidos sean verdaderas exhibiciones de jugadas cafres donde la deportividad y el juego limpio empiezan a substituirse por juego peligroso, agresiones y una actitud poco menos que criminal. Para ello, contratan a los Hermanos Hanson, tres jóvenes con una personalidad infantil pero capaces de cualquier burrada en la pista, donde se emplean con el contrario como si fuese poco menos que la guerra. Los tres jugadores-actores, con su característica imagen de gafotas con melena, se convirtieron en los años posteriores en una especie de embajadores de este deporte, y han hecho múltiples apariciones en partidos para firmar autógrafos y recaudar para obras benéficas. Algunos jugadores incluso copian esa imagen tan característica suya. Ellos son los verdaderos Hermanos Hanson, olvidaos de modas pasajeras de las que ya nadie se acuerda.
La verdad es que la película es bastante bruta, aunque el tono rebaja el nivel de violencia al representarse sin demasiadas consecuencias, ya que parece todo más unas trompadas de tebeo que verdaderas agresiones. La parte romántica funciona, y se ve no el mundo glauroso de las grandes estrellas deportivas que nadan en dinero, sino la versión cutre de jugadores sin mucho futuro que chupan kilómetros en bus y se hospedan en hoteluchos para luego partirse la cara en una pista de hielo ante un público al fin y al cabo a veces indiferente y que necesita estímulos cada vez mayores. Como dijo el personaje de Mickey Rourke en El luchador "El único sitio donde realmente me hacen daño es fuera del ring", y como expresó Blasco Ibáñez al final de Sangre y arena, y valdría lo mismo para el rollerball, la verdadera bestia está siempre en el tendido.
-SuperSantiEgo










