24.2.19

Libro: La torre de los siete jorobados, de Emilio Carrere, y la película del mismo título

Calificada como novela gótica, esta singular obra de misterio, aparecidos y truculentas ciudades escondidas bajo el subsuelo de Madrid y gobernadas por sectas de jorobados zoroastrianos causa cierta sorpresa.

Su autor, Emilio Carrere, fue un crápula discípulo de Rubén Darío y adscrito al movimiento decadentista, probablemente el movimiento literario con el nombre más chupilerendi de la historia, y como tal autor se dedicó en sus años mozos a la depravación y a visitar de noche los cafés cantantes y todo lugar de mala nota a la vez que escribía sus artículos y vivía, como se suele decir, "a la cuarta pregunta". Incluso cuando llegó a tener algún dinero no supo administrarlo, y lo despilfarró en caprichos y juergas. Hubo un tiempo en el que los escritores eran algo así como los cantantes de rap actuales, y ya os conté en su momento que si salías de juerga con Alejandro Dumas padre seguramente acabases desangrado en el suelo de la casa de lenocinio de peor reputación de la ciudad. Socialista en sus principios, terminó, en una de sus muchas excentricidades, volviéndose un tanto un poco bastante tirando a mucho reaccionario, colaboró con la prensa de la que era propietario Juan March, "aquel cuyo nombre no debe ser nombrado*", y terminó sus días en 1947 cómodamente instalado en el régimen franquista, siendo un autor conocido y respetado a pesar de su turbulenta juventud. Fue uno de los autores más populares de la primera mitad del siglo XX, y si queréis leer un poema suyo pues aquí mismo.

A día de hoy se le recuerda sobre todo por su novela La torre de los siete jorobados, cuya adaptación al cine por Edgard Neville en 1944 llegó a ver antes de morir. Lo más curioso es que, según parece, y a todos los efectos, en realidad la novela sólo la escribió en borrador, y fue otro autor injustamente olvidado, Jesús de Aragón, el que le dio su forma final y ordenó el batiburrillo de ideas que había escrito Carrere, que aunque escritor reputado y con obra narrativa no se sabe muy bien qué quería decir con tanta teosofía y otras ideas raras que tenía en la mente, y que no sabía cómo terminar, con lo que el editor vio que aquello era impublicable tal y como estaba. Según parece, el trabajo de negro de Jesús de Aragón fue hecho con pleno conocimiento y consentimiento de Carrere, tampoco le quedaba más remedio si él se negaba a terminarla, llegaron a conocerse y don Emilio quedó satisfecho con el resultado, sobre todo porque el libro fue un éxito y él cobró un buen dinero. Jesús de Aragón, conocido también por su pseudónimo de Capitán Sirius, gracias al servicio prestado a su editor, consiguió empezar a publicar sus novelas de aventuras y ciencia ficción, muy semejantes en estilo a las de Julio Verne.

La novela está escrita en un registro bastante castizo que llama un poco la atención, y que refleja el habla popular de la época. Autores de esa misma época hacían lo mismo, desde luego, pero quizá con más sutileza. Llama la atención que expresiones como "estoy por ti" se traten poco menos que como una innovación propia del lumpen, cuando hoy día está en desuso y poco menos que te pueden clasificar de carca si la usas, y por supuesto "hacer el amor" todavía es hacer la corte, no la coyunda. Por supuesto los personajes hablan con leísmo y algún laísmo también se deja oír, y abundan las expresiones chulescas, en algún momento un tanto exageradas para mi gusto. No es que me los imaginase hablando como hacen en las zarzuelas, pero en algún caso no habría desentonado. También es curioso, y chocante en estos tiempos en los que muchachitas españolas de ascendencia africana dicen afectadamente lo que les incomoda la palabra nigger, que aquí sólo utilizan cuatro frikis y nunca de forma despectiva sino para hacerse eso, los frikis, en la novela el protagonista a la cantante pelirroja por la que bebe los vientos le grite precisamente "¡Negra!" para mostrarle la admiración que siente por su donaire y belleza. Del mismo modo, y por eso, estoy en contra de quitar del diccionario el uso de gitano como sinónimo de trapacero, pues el mismo diccionario aclara que el uso es despectivo y ya somos mayorcitos para decidir si queremos ser o no malas personas diciéndoselo a alguien, pues en el mismo diccionario se recoge el uso de gitano como persona de encanto especial y gran belleza, y en el sur no es difícil oír como piropo a una mujer guapa "Qué gitana eres", o que un novio llame a su novia "gitana" como mote cariñoso.

Como novela de misterio, gótica y aventuras no puede empezar más en lo alto: Basilio, un joven del que poco sabemos aparte de que es mozo galante, aficionado al juego y bastante supersticioso, recibe la visita del fantasma de un doctor al que escabecharon malamente hace diez años, y que busca conocer la identidad de su asesino para descansar en paz. El fantasma del doctor es tuerto y viste a la antigua, tal como se ve en la portada del libro, que a su vez utiliza la imagen que se le dio en la adaptación cinematográfica. Basilio, precisamente por ser tan supersticioso, es amigo de casi todos los jorobados de Madrid, ya que se creía entonces como ahora que traían suerte, y que frotarles el billete de lotería por la chepa aumentaba tus probabilidades de ser agraciado con el premio gordo. En su búsqueda del esclarecimiento del asesinato, que se produjo como por arte de magia por parte de los que asistieron a la muerte del doctor, acompañado por algún amigo también interesado por el caso, descubrirá que bajo el suelo de Madrid existe una supuesta torre invertida dominada por siete jorobados que practican la magia negra y controlan el mundillo criminal, el lumpen. Las situaciones son bastante rocambolescas, y algo disparatadas dentro de las claves del género, con algún momento de humor que sólo se puede entender dentro del carácter patrio, ya que hay un momento en el que en medio de tan emocionante aventura tres amigos se detienen en medio de los pasadizos y reponen fuerzas con la tortilla de patatas, pan y vino que llevaban en sus jorobas falsas para pasar desapercibidos entre los demás jorobados. El desenlace es el típico de una novela de aventuras clásica, los malvados reciben su merecido, etc.

Llama la atención que, igual que en tantas novelas de la época, no sólo la corrección política no está, sino que nadie se la espera tampoco. La idea de que seres contrahechos físicamente sean también personas moralmente retorcidas no causa ningún problema, y cuando algunos personajes hablan de extrañas costumbres religiosas y creencias de países lejanos, así como de la moralidad de sus habitantes, nos podemos encontrar con el mismo etnocentrismo que tampoco nos sorprende ver en los escritos de Conan Doyle o Rice Haggard, no digamos ya Lovecraft.

La novela tuvo éxito, y en 1944 fue adaptada, también con éxito, por Edgard Neville. El tono cambia, hay alguna pincelada más de humor y no hay balaceras, tortura ni violencia, y se amplía un poco la idea de la ciudad subterránea, ya que seguramente para no tener problemas con la censura todo el asunto de la magia negra y la secta diabólica se omite, y así tenemos que los jorobados forman una especie de sociedad paralela en el subsuelo aprovechando las catacumbas en las que se ocultaban los judíos después de su expulsión, aunque se siguen dedicando a negocios poco lícitos y forman una mafia peligrosa que de todos modos hay que neutralizar. Los intérpretes de la época eran conocidos actores que siguieron en activo años después, y sobre todo destacan el protagonista, Antonio Casal, la figura del doctor muerto Robinsón de Mantua, interpretado por Félix de Pomés, y la hija de éste, Isabel de Pomés (la madre en Marcelino pan y vino), que en la película es la sobrina del doctor fallecido en vez de tratarse de un sobrino el secuestrado en la novela, ya que así se aprovecha para introducir una pequeña subtrama romántica.

Sí, el que hace de Oficial Matute es Edgard Neville.

La película es corta y simpática, y se ve la profesionalidad de aquellos tiempos en el cine español, donde las películas incluso competían sin problemas en taquilla con las que provenían de Estados Unidos. El director, que introduce algunas técnicas propias del expresionismo alemán en esta película, fue Edgard Neville, un noble que tocó muchos palos artísticos y que es recordado sobre todo por sus películas y por ser uno de los fundadores del diario satírico y de humor La Codorniz. Buen amigo de Chaplin, llegó a participar en una de sus películas y a trabajar en Hollywwod en el tiempo en el que se hacían distintas versiones del mismo título en varios idiomas, con diferentes equipos técnicos y actores. Durante la Guerra Civil huyó al extranjero para volver dando un rodeo, y filmó varios episodios de esa contienda en el bando franquista, así que quizá algunas imágenes que hayáis visto de la guerra sean suyas. Como dato curioso, aunque sea una tontería, en algunas de sus fotos de joven se le ve muy bien y muy lozano, pero ya de mayor descubrió, igual que Orson Wells o Marlon Brando, que lo que le gustaba realmente en esta vida era zampar, así que terminó presentando una figura oronda tipo Papá Noel.

A mí con esta película me da por pensar que cómo es la vida, en Europa la gente estaba matándose de lo lindo y los aliados desembarcaban en Normadía, y en España, que éramos neutrales con truco, la gente veía tranquilamente una película de fantasmas y persecuciones por estrechos pasadizos subterráneos. Por otra parte, aunque la novela y la película son casi contemporáneas, no llega a veinticinco años y se pudo filmar sin problemas en las calles de Madrid porque poco distintas serían, se nota sin embargo la mudanza en las ropas y lo mucho que había cambiado el mundo en ese poco tiempo. El finado doctor Robinsón y el malvado líder de los jorobados, como personas de edad, visten capas, gabanes y trajes anticuados que evocan al siglo XIX, y las mujeres todavía visten a la moda que recuerda a la Belle Époque, con largos vestidos y amplios moños en forma de roscón de reyes, muy alejados de los vestidos y peinados que se lucirían sólo veinte años después, mucho menos complicados. Y eso sólo por hablar de los que se atavían a la burguesa, ya que sin embargo el resto de los habitantes de la villa y corte visten ropas mucho más humildes como amplios blusones de trabajo, que permanecieron inalteradas durante muchas décadas.

Por lo que a mí respecta, aunque la novela es legible, no llega a brillante en ningún aspecto, mientras que la película se ve en un rato y tiene bastante gracia dentro de su ingenuidad.

Como reflexión adicional, y ya que han salido otros nombres al hablar de Carrere, quizá debamos empezar a pensar con algo de generosidad y empezar a dar a cada uno lo suyo. Mientras que se están traduciendo a clásicos menores en inglés o incluso francés, tenemos a las obras de El Coronel Ignotus y del Capitán Sirius poco menos que completamente olvidadas por el gran público y malamente reeditadas, lo que provoca que más de muchos autores nacionales digan que antes de ellos no hubo nada por puro desconocimiento. Y eso no puede ser. Hablo algo de oídas, porque no las he leído y puede que sean truños, pero no estaría de más saber que hubo una época en la que varios autores que eran imitadores o seguidores de Julio Verne escribieron en español, y sería conveniente completar los supuestos huecos que hay en esos géneros antes de que empezásemos a traducir como locos, y que hubo toda una tradición de novela popular en España en el siglo XX, mal asimilada a lo pulp por puro seguidismo, y que se desarrolló de forma totalmente autónoma y original.

Por otro lado, y tal como comenté cuando me tocó comentar las obras de Tomás Salvador, y aunque sea hablar contracorriente en esta era llena de savonarolas, habrá que empezar a reconocer los méritos de cada cual por lo que hicieron, y no por simplificaciones en blanco y negro o de a todo o nada. Que el franquismo fuera una mala época y que existiese la censura no quiere decir que todo lo que se produjese en aquel tiempo fuese malo, o desechable. De hecho, no lo olvidemos, tres de los más grandes novelistas españoles, nacidos con sólo diez años de diferencia, están considerados por algo de los más grandes prosistas españoles del siglo XX: Torrente Ballester, Camilo José Cela y Miguel Delibes, los tres participaron en la Guerra Civil en el bando ganador y si bien cada uno a su manera eran unos "señores de derechas de toda la vida", también, cada uno a su manera, fueron unos tocapelotas del régimen de Franco, y llamarlos alegremente fachas retrata mucho mejor al que insulta que al pretendido insultado. Y eso sólo por hablar de tres pesos pesados que eran adultos durante la guerra, ya no os cuento toda la gente que luego se formó durante el franquismo y obviamente no tuvo nada que ver con la guerra. Por no hablar de figuras como Dalí, un señor que de izquierdista no tenía nada, que volvió a España en 1949, y que tuvo tan pocos problemas con el régimen que según parece pagaba menos impuestos que ahora Google, y nadie le decía nada; pero bueno, su residencia en España daba buena imagen al franquismo, así que una cosa por la otra. Pongo el ejemplo de Dalí porque, estuviese como un cencerro o sólo se hiciese el loco, sea su obra realmente meritoria o no tenga tanto valor como nos han querido hacer creer, sus ideas políticas o su falta de ellas ya que sólo era un arribista no quitan que te gusten más o menos sus cuadros. O no debería influir, me parece a mí. Volviendo a los autores antes citados, al mismo Torrente Ballester, pese a su pasado de periodista en la prensa del Movimiento y haberse afiliado a la Falange, eso no lo inmunizó para tener problemas continuos con la censura desde su primera novela. En 1992, en su visita a Cuba, Fidel Castro quiso conocerlo, y a su muerte en 1999 José Saramago, que todos sabemos que era un poco bastante comunista, acudió respetuosamente a su entierro a despedirse de un buen amigo. Yo he oído decir a alguien que nunca leería a Saramago por eso, porque era un rojo, y también me consta que la impureza ideológica de Torrente Ballester impide a más de uno disfrutar de su colosal obra. Pues me parece muy bien: cada uno tiene lo que se merece. Leer a Harry Potter, por ejemplo.

Naturalmente, en ningún país nos hemos visto libres de esto. Sabato y Borges se fueron a cenar en paz y armonía con el dictador Videla cuando éste estaba enviando a tomar un baño en el Atlántico a sus compatriotas atados de pies y manos, y Octavio Paz, recordemos, era un diplomático del gobierno priista y supo nadar y guardar la ropa cuando le convino. Sobre cómo muchos autores tuvieron que brujulear en los países del este, para qué hablar, el premio Nobel Mo Yan también se le considera un tanto tibio a la hora de criticar al gobierno autoritario de su país y sin duda la estrella de todo esto es cómo actuaron algunos intelectuales y escritores antes, durante y después del período nazi, con figuras tan controvertidas como Heidegger, Ezra Pound, Cioran o Junger, o un Gunter Grass al que algunos quieren descalificar porque cuando era apenas un crío se vio apuntado a las Juventudes Hitlerianas, como si eso fuese más importante que todo lo que hizo y escribió después. Las risas. Yo espero no vérmelas nunca en una situación semejante, y el que diga que sabe perfectamente que se comportaría como un jabato con total desprecio de las circunstancias... me alegro mucho por él, porque hablar es gratis. Es indudable que hubo gente que fue un mierda y se retrató completamente, pero de nuevo a ver cómo actuaría cada uno. No sé, es como criticar a Séneca por haber sobrevivido a los reinados de Tiberio y Calígula, y a la tercera fue la vencida con Nerón, que le mandó suicidarse. Siempre me acuerdo de la escena de Quo Vadis? en la que Petronio, precisamente a la vera de Séneca, le hace descaradamente la pelota a Nerón-Peter Ustinov y le dice que sus versos son sublimes, o la escena de Yo, Claudio en la que precisamente Claudio y otros amigos asisten a la grotesca danza de Calígula pintado como una puerta y ellos lo alaban como si fuera Freddy Mercury por la cuenta que les trae.

Luego está Vargas Llosa, que se ha empeñado en que sus discutibles juntaderas ideológicas no ya en un país, sino en dos, empañen un poco la importancia de su obra. Él sabrá lo que se hace, que ya es mayorcito. Aun así, que a veces sea un poco gilipollas tampoco eso debe nublar la apreciación de sus novelas. A mí, por ejemplo, Pérez-Reverte me parece mucho mejor persona que escritor.

De vuelta a mi país, que me conozco un poco mejor el asunto, y cómo las apreciaciones ideológicas condicionan el reconocimiento artístico, y aunque como ya he dicho vivimos un tiempo en el que los distintos savonarolas van dando marchamos de pureza, con sus respectivas bulas y excepciones cuando les conviene, pues ya sabemos que no es lo mismo un hijoputa que nuestro hijoputa, yo al menos me niego a que eso me condicione. Puede sonar a equidistaní, pero a mí me molan algunas películas de la Guerra Civil que se hicieron después de la Transición, pero eso no me impide reconocer que Raza es una película de una sordidez exquisita, y que Embajadores en el Infierno sea una película muy bien hecha con unos valores muy discutibles, pero más si cabe los tienen Gunga Din y La carga de la brigada ligera, y mira, ahí están. En el caso de lo literario, además, tenemos el mismo ejemplo que dieron los autores unos de otros. No ya el ejemplo reciente de dos escritores como Torrente Ballester y Saramago, a los que me imagino que les importaba bien poco lo que los demás pensasen de sus diferencias ideológicas que seguro que ellos se tomaban con sano respeto, sino que en los turbulentos años de la guerra y anteriores todos esos poetas e intelectuales que ahora queremos incluir o excluir dentro del canon según unos parámetros ideológicos fueron no sólo amigos sino en ocasiones valedores unos de los otros, e incluso corriendo riesgos en uno y otro bando se salvaron la vida, aunque no siempre lo consiguieron como fue el caso de García Lorca. Animadversiones personales podía haber, pero incluso Borges, que cuando conocío a Lorca le pareció un señorito andaluz insufrible, luego protestó al saber de su fusilamiento, una cosa es que te caiga mal alguien y otra querer verlo fusilado. ¿Quién sacó a Vicente Aleixandre de la cheka? Pablo Neruda, entonces cónsul de Chile, el mismo Pablo Neruda que luego, recordemos, escribió un poema a la muerte de Stalin. Los que se quedaron a tragar quina, porque incluso los que simpatizaban con el régimen tuvieron que hacerlo cuando no vivieron el "exilio interior", y los que sufrieron la pena del exilio forzados a marcharse del país, se reconciliaron mucho antes de que muriese Franco, y los que consiguieron volver después de la muerte del dictador casi nunca tuvieron una mala palabra para los que mejor o peor vivieron los cuarenta años de dictadura, que ya bastante sufrieron algunos de otra manera. Siguieron habiendo rencillas, por supuesto, y polémicas sobre quién señaló a quién o quién no protestó por la muerte de otro, pero todos esos vejetes en cuyo nombre algunos quieren hablar echando bilis dieron un ejemplo de querer perdonarse por encima de todo y de poner por delante la paz y la voluntad de no volver a ver algo tan loco como una guerra civil. Como personas inteligentes que fueron, además, pusieron la política al margen y juzgaron sus obras literarias al margen de ella. Jaime Campmany, que en muchas cosas no fue santo de mi devoción, era un gran conocedor de la poesía española, como se suele decir "se lo había leído todo", y tiene un artículo de 1993 en el que rememora su encuentro décadas antes con Alberti, en Budapest, y no sólo lo trata como el gran poeta que es sino que incluso lo intenta animar a volver a España. Luego cuando Alberti volvió bastantes años después apoyó la acusación, verdadera o falsa, de que Alberti se había encargado de señalar a otros escritores a los que el gobierno republicano debía neutralizar, y que uno de ellos fue José María Pemán, otro "facha de manual" según algunos que era un monárquico un poco beato con ideas digamos que bastante antiguas y que sin embargo ayudó a Alberti cuando volvió al país, mientras que Francisco Umbral, al que le gustaba que le recordasen que era "el mito erótico del Partido Comunista" decía sin problemas que Pemán era uno de los más grandes articulistas de prensa, al mismo nivel que Mariano José de Larra.

En esta época en la que niñatos que nacieron cuando Felipe González ya estaba en el poder quieren explicar a quién es obligatorio odiar yo prefiero pensar que vivo en el país no en el que la gente se mata de vez en cuando sino en el que Neruda y Cossío le salvaron la vida a Miguel Hernández, aunque luego el presidio no se la respetase, y en el que Dalí, Buñuel y Lorca fueron amigos, o incluso la España que condenó a muerte a Buero Vallejo por ser parte del ejército republicano y luego después de conmutarle la pena lo convirtió en el más famoso autor de teatro en la época del franquismo, del mismo modo que varios de los escritores mejor pagados de esa época, los de las novelas de a duro, también fueron antiguos combatientes republicanos: Marcial Lafuente Estefanía o Fernando Ferraz Fayos, y que al alcalde de Vallecas, Amós Acero intentaron salvarlo sus amigos que también habían sido rivales políticos. Tampoco es que todo el mundo fueran ángeles, desde luego, muchos escritores no fueron santos precisamente y algunos intelectuales del régimen tampoco le hicieron ascos a ver cómo se represaliaba a escritores y artistas. Pero eso no debe hacer que juzguemos negativamente su obra artística, pues sería ponernos precisamente a su nivel. Por ejemplo, a mí Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir me parecen mucho mejores personas que filósofos.

Por casi último os voy a contar una rivalidad literaria que, sin ser tan gloriosa como la que nosotros tenemos entre Quevedo y Góngora, pues ésa es insuperable, enfrentó a dos poetas alemanes en el siglo XIX: Platen y Heine. El primero fue un conocido poeta alemán abiertamente homosexual, y Heine, uno de los escritores más influyentes del siglo XIX en lengua alemana, judío, y pariente lejano de Marx, al que apoyó al principio de su carrera. Del mismo modo que Quevedo y Góngora se dijeron directamente o por medio de terceros de todo menos simpático, Platen y Heine se intercambiaron, muy cultamente eso sí, los insultos que os podéis imaginar, pero que por mor de la claridad se sintetizarían en "puto judío de mierda" y "mariconazo asqueroso". El homófobo contra el antisemita. A día de hoy este enfrentamiento se estudia como lo que fue: algo muy vergonzoso, pero que pasado el tiempo causa mucha risa y jogorio, por lo menos a mí. No vamos a descalificar a Platen por participar en los prejuicios de su tiempo, ni a Heine por los suyos. Y, esto nos lo podíamos esperar, Heine fue denostado por los intelectuales del nazismo, y su obra prohibida y quemada en 1933 en la Bebelplatz junto a la de Freud y Marx (que no, no era judío). Respecto a su judaísmo, como Heine tuvo la idea de convertirse al cristianismo los últimos años de su vida, hay eruditos especialistas en literatura judía que no lo consideran un verdadero escritor judío, aunque sufriera esos prejuicios toda su vida, hasta el punto de que en Tel Aviv se le dedicó no una calle importante, sino una perdida en medio de un polígono industrial, y además en fecha tardía. Curiosamente, en casi todos los monumentos dedicados a la Shoá aparece una frase suya que es muy célebre: "Donde primero se queman libros, se terminará por quemar a personas".

Para terminar de rizar el rizo, Heine, igual que muchos alemanes del siglo XVIII y XIX, y todavía les queda afición, eran grandes admiradores de la literatura española del Siglo de Oro, y en el caso de Heine era verdadera devoción la que sentía por el Quijote, que llegó a traducir a partir del francés. Si esto no os parece como mínimo peculiar, os lo aclaro yo: el Quijote tiene unas cuantas pullitas antisemitas, y el Siglo de Oro en general tiene de vez en cuando algunas referencias al "pueblo maldito por Dios" que cuando uno las lee no puede sino levantar una ceja y decirse: "Vaya". ¿Le importó eso algo a Heine? ¡Le importó una mierda! A él lo que le gustaba era leer a Cervantes, no que Cervantes pudiese odiar sordamente a los judíos como hacía el 99% de la población europea de entonces. Y si ya queremos hacer el tirabuzón completo... Heine fue un escritor querido y admirado en la España del siglo XIX, e influyó claramente en autores como Becquer. Sí, en el prejuicioso y cateto siglo XIX español, la gente leía a un autor alemán judío, supongo que con cierto disgusto del estamento eclesiástico. Quién nos lo iba a decir.

Leed lo que os dé la gana, y dejémonos de prejuicios.

-SuperSantiEgo

*Para quien no sepa quién fue Juan March, ésta es su definición: antes de acostarse Darth Vader mira debajo de la cama a ver si está Juan March.