
Creo que la mejor forma de definir la experiencia de leer este libro es que es lo más parecido a pasar por el cerebro, lentamente, un rallador de queso. Por si fuera poco el libro entero, unas 800 páginas de nada, es básicamente eso que coloquialmente llamamos una rallada, una tremenda paranoia. Por si fuera todavía menos, y ahí me falta contexto, este pedazo de volumen viene a ser una especie de colofón de todo un ciclo literario que el autor ha ido construyendo a lo largo de los años, de modo que se cuelan ecos y referencias a otras novelas suyas. Del mismo modo que existe un Jodoverso o según me cuentan toda la obra de King comparte una posible única dimensión, Cartarescu ha ido creando su propio universo literario personal.
Y es una rallada del quince. Es difícil resumir de qué va el libro pero podríamos intentarlo con el realismo socialista se mezcla con Kafka, Calvino, Lovecraft, Cronenberg y Borges. La novela, ambientada en la Rumanía previa en unos años a la caída del bloque del este, tiene un componente realista en lo que describe la sociedad de Rumanía, un país en la órbita de la Unión Soviética que iba hasta cierto punto un poco por libre. El protagonista, trasunto del propio autor, es un gris profesor de lengua rumana que da clase en una destartalada escuela de primaria en un barrio periférico de Bucarest. Es la parte verdaderamente realista de la novela, y es de por sí bastante angustiosa porque el profesor sabe que se encuentra atrapado en esa vida para siempre: dar clase sobre poetas y escritores, nacionales y extranjeros en los que predominan los de los países afines y eslavos, que incluso hay profesores de ruso, autores todos ellos que no interesan en absoluto a sus alumnos que a poco que lleguen a la pubertad abandonarán los estudios para fundar una precoz familia y entrar a trabajar en cualquier taller. De todos modos, incluso en esta asfixiante realidad que podemos reconocer en obras similares que recuerdan los tiempos de los países socialistas, como la ya comentada El rey blanco, se cuelan ya momentos de irrealidad, como la kafkiana recolecta de papel y botellas para reciclar que los alumnos tienen que realizar todos los años por el bien de la Patria, o que a los alumnos se les tatúe en el hombro el número de la escuela a la que pertenecen. Obviamente no creo que se hiciese eso realmente, en esos países pasaban a veces cosas muy raras pero no me creo que tatuasen a los niños el número de su escuela.
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| Si parpadeas te lo pierdes. |
Ésa es la parte digamos que realista de la novela, ambientada en una Rumanía socialista en la que a Ceaucescu le quedan menos de diez años de vida, y aunque no aparece nada realmente político, ya que la Securitate sólo se cita de pasada y el protagonista no se mete en ningún lío con el gobierno o la policía, se percibe la sensación de hastío y de que nada puede cambiar, la inmovilidad de un régimen en el que la sensación es de continuo agobio y estancamiento. También hay continuas referencias al pasado de la nación, y a su literatura, que para un lector extranjero pueden resultar un poco difíciles de entender, aunque las notas a pie de página ayudan, y no es casual que el protagonista en su niñez viviese en la calle Ștefan cel Mare, para nosotros Esteban III de Moldavia, el Grande. Toda esta parte de la novela, la realista, se desarrolla fundamentalmente de día, es el tiempo en el que el protagonista se relaciona con otras personas y en las que escribe su diario, cuyo extracto se supone que es lo que estamos leyendo nosotros, porque el profesor de primaria es un escritor frustrado, un lector voraz desde pequeño que de joven escribió lo que también es un tópico dentro de la misma literatura: el poema épico totalizador, la Obra Cumbre que el autor cree una asombrosa obra maestra y que fue un completo fracaso la primera vez que la leyó en público. A partir de ahí, hundido, se dedica a dar clases en una remota escuela, a escribir todo lo que se le pasa por la cabeza, que como veremos es bastante raro, y a dejar constancia para una posteridad que no existe todo lo que le ocurre en esa realidad del solenoide.
Fundamentalmente de noche, aunque hay irrupciones del mundo alucinatorio en la vigilia, el protagonista experimenta situaciones estrambóticas y extrañas. Para empezar, vive en una casa en forma de barco que está encima de uno de los seis solenoides gigantescos que existen en Bucarest. En esa casa ve alucinaciones, se despierta cuando seres extraños contemplan su sueño, y aparte de su mismo dormitorio, en el que puede dormir levitando si quiere, la misma casa parece tener un número aleatorio de habitaciones, y es posible deambular por ella indefinidamente, o que no seas capaz de encontrar de nuevo una estancia que previamente has visitado. Y en el sótano, donde se encuentra el solenoide, existe una silla de dentista desproporcionadamente grande, y un ventanuco que permite la visión de un mundo extraño poblada por criaturas salidas de un cuadro de Dalí o de las razas extraterrestres de Lovecraft. Las alucinaciones y los sueños del narrador y protagonista son para él tan reales como su propia actividad diurna en la que ejerce como profesor.
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| I'm too sexy for this blog. |
Es muy difícil explicar la paranoia que es todo el universo angustioso y la atmósfera rarificada que construye Cartarescu, pero se puede enumerar sus componente y decir que todo está estrechamente relacionado, hasta el último detalle, formando una edificación típicamente posmoderna, un juego literario que es una obra de precisión milimétrica donde todo encaja. Un tema central de la novela es la construcción casi pseudocientífica a través de la cita y explicación de todo una compleja metáfora de transcendencia de las dimensiones, y lo que es mejor, nada de lo que cita es inventado, las relaciones esotéricas digamos que se crean ellas solas: todo comienza con El tábano, novela de la revolucionaria Ethel Lilian Voynich, que fue una de las primeras lecturas del narrador, y en efecto ese libro por su temática tuvo bastante popularidad en los países socialistas y llegó a ser una lectura obligatoria en secundaria. Ethel era hija de George Boole, el famoso lógico y algebrista cuyos trabajos fueron una de las bases de la moderna informática y por él a las variables booleanas se les llama así, y su madre era la también matemática Mary Everett. Otra de las hijas de Boole, Mary, se casó con Charles Howard Hinton, el padre del concepto de teseracto y de la geometría más allá de las tres dimensiones, además de escritor pionero de ciencia ficción y defensor de que por medio de la meditación de corte prácticamente pitagórico se podía llegar a visualizar con la mente ese teseracto, y tal fue su fama y popularidad entre los esotéricos del siglo XX que Borges se refirió a él para crear su Tlön y también lo cita Aleister Crowley. Otra hija de Boole, Alice, quedó fascinada por los trabajos de su cuñado, y ya que heredó el talento matemático de sus padres hizo importantes aportaciones a la geometría, en especial el concepto del politopo, cuyas secciones creaba por medio de figuras y papeles plegados. A su vez, si el apellido de la escritora de El tábano os suena, es porque era la esposa de Wilfred Voynich, el famoso librero y coleccionista de libros raros que da su nombre al todavía hoy indescifrable Manuscrito Voynich, que por supuesto también aparece en la novela. Una de las alumnas del profesor encontrará en medio de un campo, en el que el bedel del colegio ha sido extrañamente abducido, figuras imposibles y escherianas similares a las que creaba la misma Alice Boole, además de un jarrón de topología imposible, y la exposición a esa realidad distorsionada, en una potente imagen propia del realismo mágico, provoca que en sus radiografías en blanco y negro los huesos de la niña aparezcan teñidos con distintos colores. Y, como explica el mismo autor muy acertadamente el Cubo de Rubik, precisamente de moda en los tiempos en los que transcurre la novela, es en definitiva un juego que se basa en todos esos conceptos.
La ambientación de la novela, pues, nos puede recordar a un mundo lovecraftiano o cronenbergiano, en el que en este caso un ser humano concreto está perdido en un mundo de dimensión pesadillesca en el que es imposible escapar, una prisión que es la misma realidad y la limitación humana, la corporeidad y el horror de la propia carnalidad que se deteriora o que nace ya enferma, de ahí que aparezcan los recuerdos morbosos y obsesivos de las enfermedades infantiles o el mismo mundo que recuerda a un sanatorio para tuberculosos en el que de niño tuvo que pasar unos años, donde también todo parece una pesadilla y en sus recuerdos cuanto sucede parece formar parte de una conspiración en la que los niños desaparecen extrañamente por la noche para ser sometidos a quién sabe qué experimentos crueles u horribles intervenciones quirúrgicas. Todo esto explica que en esa Rumanía imaginaria exista una secta o movimiento filosófico existencialista de activistas conocidos como piquetistas, cuya reivindicación es el fin del sufrimiento y de la muerte al grito de "¡Que alguien detenga esta matanza!", y del que es adepta una de las profesoras del colegio, consciente de que empieza a entrar en la edad madura y declina su anterior belleza.
Todo esto que enumero puede hacer pensar que podría aplicar a Solenoide esa palabra que a veces utilizo para definir a las obras que embuten sin orden ni concierto un montón de elementos con la esperanza de que así juntos tengan algún sentido cuando el resultado es precisamente eso, un frangollo, un revoltijo de ideas que nunca llegan a tener un sentido completo ni a casar unas con otras, algo en definitiva mal cocinado. Pues bien: aquí tenemos un montón de ideas, algunas de ellas en principio parecen totalmente incompatibles y que se van a anular las unas a las otras, pero no es el caso: cada capítulo, aunque funciona de forma vagamente autónoma, va tejiendo esa ambientación y ese clima en el que todo tiene sentido, tanto las metáforas geométricas de una nueva dimensión que se puede alcanzar por una meditación pitagórica como en esa escuela filosófica y religiosa, las parábolas claramente religiosas donde seres grotescos intentan liberar a sus semejantes del sufrimiento, las referencias cultas y literarias, las profecías y la mundana vida del protagonista que con estoicismo y resignación ve desfilar todo eso ante sus ojos, o sencillamente se lo está inventando como un narrador en el que no podemos confiar ni remotamente.
Y además, necesario es decirlo, Cartarescu escribe muy, muy bien. Poeta de reconocido prestigio, en su prosa se van desencadenando lentamente las descripciones morbosas sobre la enfermedad y la putrefacción, los mundos habitados por seres extraños, las visiones de pesadilla y la inanidad del mundo de la capital rumana que parece caerse a pedazos, habitada por seres humanos sin apenas esperanza y desconocedores de las maravillas del mundo del solenoide y de los habitantes del subsuelo u otras dimensiones paralelas. En algunos momentos, también, el autor se regodea en sus descripciones y llega al preciosismo en los párrafos, digamos que se nota que se está gustando, pero eso a mi juicio contribuye al resultado final, barroco en forma y fondo. Del mismo modo habría que citar el buen trabajo de la traductora, que tiene una intervención más que notable. Obviamente no tengo ni las más remota idea de si está bien traducido del rumano porque de esa lengua sé dos palabras y no podría comparar el texto original con el traducido aunque ahora con el cortapega podamos copiar muy postureramente todos esos signos diacríticos del rumano que no sabemos pronunciar, pero sí se puede decir que el resultado final tiene una gran fuerza y las frases suenan contundentes y hermosas, y siendo español y rumano dos lenguas latinas aunque bastante lejanas puede uno suponer que se refleja bastante bien la sonoridad del original, con su múltiples requiebros, variedad y riqueza de términos, tanto los cultos como los científicos y médicos, y sobre todo el español resultante es perfectamente canónico y nada en él chirría, lejos de los habituales abusos o dejadeces de todo tipo a los que por desgracia nos estamos acostumbrando visto el nulo interés de algunas editoriales por hacer bien su trabajo y que a el común de los lectores les importa todavía menos lo que se echa a los ojos. Así que a ese respecto, muy bien. Cuando se hace como el culo se dice, y cuando se hace bien lo mismo.
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| Sufro de la enfermedad del escritor: prurito de mentón. |
Dicho todo esto, y sin haber podido explicar del todo de qué va la novela, cosa bastante habitual en las novelas posmodernas en las que lo que importa es precisamente "la experiencia" de leerla, también he de decir que la experiencia no es precisamente bonita ni agradable. Que entonces pensaréis vosotros que lo que quiero decir es que es mala, pero ni de lejos. Me refiero a que no es una novela bonita en el sentido de la gente que dice que una novela es fácil y agradable de leer, en la que pasan cosas tirando a predecibles dentro del canon del género y al final los buenos ganan y los malos reciben su merecido. En fin, eso ya es cuestión de gustos, hay literatura que es como dar un paseo por el parque, y hay gente que se lo pasa bien pasándolo mal mientras escala una montaña, y eso va en gustos. Hace poco en twitter precisamente comparé leer a Faulkner con escalar el Anapurna: si lo consigues alcanzas la gloria, pero hay una probabilidad muy alta de que la palmes en el intento o la cuesta se te haga bola y te tengas que dar la vuelta. Aunque sea paradójico, no, no es una novela agradable de leer, aunque tampoco propiamente hablando lo sean de ver las películas de terror, por ejemplo. También es lo que se suele llamar una lectura exigente, no es de leer un rato cada día medio distraído o entre estaciones de metro, sino que los párrafos contienen mucha información y todo está medido y se relaciona con todo, así que no es para gente que pierde el resuello a la primera de cambio ante una titanovela que hay que escalar con las ideas muy claras.
Por si fuera poco, y esto no es inusual en las narrativas posmodernas, Solenoide se puede considerar, a todos los efectos, una novela fantástica o de terror: apariciones, puertas a otras dimensiones, transfiguraciones en seres de comportamiento alienígena, proyecciones de la mente en el cuerpo de un animal, cultos secretos, libros misteriosos, niñas concebidas en el sueño que aparecen en el cráneo enterrado de un gigante y que que como en una novela de García Márquez tienen hijas el doble de hermosas y cautivadoras que ellas, que a su vez tendrán hijas el doble de hermosas y cautivadoras, arquitecturas imposibles y estatuas gigantes que cobran vida, y todo tipo de locuras. Además, es literatura de la buena y la misma novela, a través de las obsesivas observaciones del narrador sobre su propio ejercicio de escribir, es una meditación sobre la propia literatura, y si tiene algún sentido escribir para algo más que para escapar de esa dimensión real en la que estás atrapado desde que naciste, todo bastante conectado con el género weird. Por ejemplo se podría citar el capítulo en el que se narra, ya bien avanzada la novela y después de que haya habido sólo veladas referencias anteriores, cómo fue la relación del protagonista con la primera esposa, Stefana, a la que el narrador adoraba, y que parecía equilibrar por completo ese desquiciado mundo suyo de modo que su casa con forma de barco tenía unas habitaciones definidas en número y forma, y su escuela sólo parecía una simple escuela, hasta que la relación se erosiona y se terminan separando; ese capítulo es una pequeña obra maestra estremecedora de cómo irrumpe lo extraordinario y lo discordante en sus vidas y el extrañamiento de una persona a la que creías conocer y amar, y a la vez queda la duda de si ese episodio tanto por su desarrollo como por su insólito final, igual que absolutamente todo lo que nos ha contado el narrador en el que no podemos confiar, es nada más que eso, la fantasía literaria de un escritor. Para mí desde luego es uno de los capítulos claves de la novela, porque permite una de sus interpretaciones: el narrador está desquiciado y todo lo que nos cuenta no es sino un delirio literario. Bueno, y aunque así fuera, ¿qué más da?
"Pero no solo nuestra casa había perdido sus dimensiones y su transparencia y su rugido, como una hélice que se hubiera detenido y que mostrara su simple estructura inmóvil, tres omóplatos unidos entre sí. También mi escuela había reabsorbido sus virtualidades, se había solidificado, se había transformado en la banal institución educativa, habitada por niños y profesores, que generaba a cada instante su propio sentido, estúpido y embustero, es cierto, pero no desasosegante como lo había percibido hasta entonces. Su realidad, la de las libretas, la de las notas, la de la pizarra, la del tirón de patillas, la de ponerse de pie, la de los cuadernos llenos de cálculos y fórmulas, la de los piojos de las coletas sujetas con gomas, la de los paquetitos con comida que manchaban de aceite los libros forrados con papel azul, había adquirido una consistencia que no dejaba margen para las arrugas, para los carámbanos y las fugas solidificadas. Las cosas ya no eran procesos, no rebasaban el límite afilado, como una cuchilla, de las palabras… El aula era un aula, los cuadros eran cuadros, las ventanas eran ventanas. Vivir era tan simple… Regresaba a casa en un tranvía de chapa y cristal, bajo nubes de vapor, por una ciudad de piedra caliza, hojas y viento. En la cara llevaba siempre una sonrisa, lo único inmaterial, aunque perfilado con sumo cuidado, porque, así como la vida es una cierta disposición del cuerpo y así como el sonido de la lira platónica es, en su armonía, una cierta disposición de las partes de la lira, la sonrisa aparece tan solo cuando todo es como tiene que ser. La felicidad arde y se transforma de manera sorprendentemente rápida en su opuesto o, tal vez, no se trate sino de una mezcla inestable de felicidad-infelicidad, pero la felicidad, el estado luminoso del alma, es la verdadera sustancia con la que está formada la realidad. Nada concreto ni verdadero puede existir fuera de ella, como tampoco existe la visión desligada de la luz."
"Se encontraba junto a la ventana, iluminada por aquella luz estridente que devoraba su silueta e incendiaba su cabello. Observaba inmóvil el exterior, tiesa, completamente quieta, con los brazos cruzados. Aunque en nuestro único día libre no solíamos quitarnos nunca el pijama hasta la hora de comer, ella estaba vestida. Sin embargo, como en un sueño, al principio no me di cuenta de que había algo raro e inusual en su imagen solitaria, sin mí y casi sin mundo a su alrededor, tal y como estaba, quieta, mirando por la ventana. Habíamos sido hasta ese momento un cuerpo doble que flotaba en una unánime sonrisa universal, pero ahora el rostro del mundo era serio y estaba inmóvil. «Buenos días —le dije, y ella se volvió hacia mí con brusquedad, pero tampoco esta vez la reconocí—. ¿Qué sucede? ¿Qué demonios está pasando aquí?». Mi voz resultaba casi inaudible. Era el rostro de Ştefana, era su cuello, eran sus hombros, eran incluso sus ojos, pero no era ella. Este sentimiento irracional, desquiciado, me golpeó con fuerza mientras la contemplaba con la antigua sonrisa congelada en los labios, pero conseguí sofocarlo. Era una estupidez. ¿Y si sobre su rostro, tan conocido, se hubiera deslizado una sombra de otro mundo? No había atisbo de tristeza en su cara, no había anhelo ni nostalgia. No había tampoco hastío, confusión, furia, decepción, asco. Había algo que no conseguía adivinar, que no se había manifestado nunca hasta entonces pero que la convertía en otra persona. No habría podido señalar ningún detalle revelador, ningún rasgo claramente alterado, pero durante unos instantes percibí con tanta claridad que Ştefana no era ya la misma que me asusté y se me puso carne de gallina. Paralizados, nos miramos durante unos instantes, como dos seres de mundos diferentes que se encuentran de repente cara a cara, aunque luego nos sosegamos y la realidad volvió a cuajar a nuestro alrededor."
Al final del libro, ¿qué pasa? Bueno, quizá se puede entender que el narrador, que ya lo lleva anunciando desde los primeros capítulos, decide qué clase de persona quiere ser, y qué es lo que salvaría de un incendio. En cierto modo, consigue huir de la realidad asfixiante del mundo cuando se contempla en toda su cruda desnudez, y transcender a una nueva dimensión que descubrimos que sólo es una metáfora de algo bien conocido, o si lo queremos ver así recupera una dimensión que hizo que su mundo se disolviese en un mar de arbitrariedad y falta de sentido, algo que en su ausencia nos muestra todo lo demás como si estuviese completamente roto, de ahí que también los últimos capítulos parezcan una reconstrucción del personaje mientras se va desligando a duras penas de la locura en la que se ha recreado morbosamente durante años, hasta liberarse y huir precisamente de todo lo que simboliza ese solenoide. Nuevamente, preguntarse si ha ocurrido "realmente" de forma objetiva lo que el narrador nos ha contado, o es sólo una alucinación literaria, es irrelevante.
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| Mirad la magia de mi melena. |
Me pregunto si Cartarescu y Thomas Ligotti se conocen, o saben uno de la existencia del otro. Ni que decir tiene que todo esto se podría también relacionar incluso con el aceleracionismo o la ilustración oscura, todo cosas muy raras donde se mezcla la literatura y cierto tipo de filosofía, algo en general bastante confuso.
Naturalmente, ni que decir tiene, me parece que la mayor parte de los lectores habituales de género rechazarían títulos como éste precisamente por eso, por su complejidad, exigencia de lectura y porque no, no es una lectura bonita ni complaciente. Después a quejarse de que los géneros no se toman en serio.
-SuperSantiEgo



