11.2.21

Libro: Vida, de Keith Richards

Como en este bloj igual otra cosa no somos, pero sí coherentes, a nadie extrañará que para empezar a hablar de la autobiografía de uno de los más conspicuos miembros de Los Rolling empiece a hablar de Los Beatles. A ver, yo escucho música como todo el mundo, y aunque no sea mi principal actividad me gusta, también como a todo el mundo. Y, a pesar de no ser muy aficionado al salseo lleno de jugosas anécdotas y tejemanejes del mundillo, que bien dan para mojar pan, se me han anclado en la mollera un buen puñado por lo que tienen de carácter narrativo e incluso ejemplar. A todo esto hay que añadir que soy un tipo especialmente no mitómano, me gusta saber de algunas personalidades o autores cuando hay algo de su vida que me llama la atención, pero nada más. Ni siquiera me atrae mucho la bacanal continua que fue la Meca del Cine en su Edad Dorada, aunque nuevamente por puro contacto me he ido enterando de un buen puñado de datos.

Es decir: a mí los Beatles, por ejemplo, ni fu ni fa. En lo personal, me refiero, sus canciones no dejan de gustarme. Sabía por supuesto del asunto Yoko Ono y de otras cuestiones, pero por lo demás no me daban ni frío ni calor. Hasta que vi un documental en seis partes, muy bien contado, en el que se narraba su vida y lo que habían sido Los Beatles desde un punto de vista bastante objetivo, sin sensacionalismos y tampoco cayendo en la hagiografía. Todavía estaba vivo George Harrison, así que es anterior a 2001. En ese momento los tres supervivientes del grupo andaban buscando los sesenta años, y se puede decir que a esas alturas ya están de vuelta de todo de la fama y de la notoriedad, y como se suele decir "no tienen ya nada que demostrar". El documental tiene momentos muy divertidos y alterna declaraciones de los Beatles ya mayores con otras de sus alter ego pipiolos en blanco y negro, pero hubo en particular un momento que me hizo admirar y sentirme cercano a los tres, cuando se reúnen creo que uno de los impresionantes chabolos de George Harrison y están en la cocina vestidos de señores normales en un rincón con su mesa camilla, cada uno con su jarrita de té con la preceptiva bolsita atada al asa y el mueblecito detrás para mostrar la porcelana, exactamente igual que si fuera la cocina de la madre o abuela de cada uno de ellos en su niñez, y cuentan algunas anécdotas y batallitas de su pasado, cuando eran jóvenes y se lo pasaban bien tocando en un grupo que se hizo muy famoso, de cómo Ringo y John compartieron piso y llegaban en coche de caballos a casa cada madrugada con un pedal tan grande como un piano de cola, y después hay un momento en el que hablan de sus primeras visitas a Estados Unidos y cuando conocieron a Elvis Presley. En ese momento el documental pasa a contar la versión de John Lennon, que dio en un programa de radio, y oímos al malogrado músico que explica que se saludaron con el Rey, por el que por supuesto sentían gran devoción, y que estuvieron charlando amigablemente con él un buen rato, hasta que de forma completamente natural cogieron del suelo o las paredes los instrumentos musicales que por allí había y tocaron todos juntos en un momento mágico e irrepetible del que no hay ni fotos ni grabaciones, pero que desde luego a partir de esas declaraciones se convirtió en uno de los mitos de la música moderna, el día en el que Los Beatles y Elvis se conocieron y tocaron juntos un rato, quién tuviera una máquina del tiempo para ir hasta allí y poder poner una cámara 4K que registrase tan importante momento. El documental seguía con los otros tres, dando su versión de los hechos con cara de circunstancias, o de póker, y sin poder reprimir una cierta sonrisita sardónica. Porque para ellos John Lennon no es un mito, sino que era su amigo, su colega, al que a pesar de peleas y riñas lo querían como a un hermano, y al que echaban de menos desde hacía veinte años, así que de forma muy diplomática e incluso intentado escurrir un poco el bulto dicen cosas como "Bueno, quizá él lo recordaba así, igual volvió por la noche y sí tocó con él". En realidad, según las fuentes más fiables, en primer lugar Elvis nunca sintió ninguna curiosidad ni afecto por Los Beatles, ni tenía ningunas ganas de conocerlos, lo hizo por compromiso y los consideraba poco más que unos fumetas europeos a los que el FBI debía mantener bien vigilados, así que parece que los chicos de Liverpool se encontraron a un Elvis desganado en un sofá que poco más hizo que saludarlos y pasar bastante de ellos. De todos modos no tendríamos que juzgar malamente a Lennon, porque en el fondo hizo algo muy humano: no contó lo que pasó, sino lo que debía haber pasado, lo que todo el mundo quería que hubiese pasado, y lo que todos querían oír que ocurrió, pues cuando es necesario la hiperrealidad se impone a lo soso de la realidad, y Lennon no era un periodista ni un historiador, sino un creador, un artista, así que por qué no recordar una versión mucho más interesante que contarle a un público que ha hecho contigo un pacto en el que sin negar lo esencial de la realidad les vas a presentar una que la supere.

Además, coño, que esta gente hizo Yellow Submarine. A lo mejor Lennon sí recordaba que eso era lo que había pasado.



También, antes de hablar de la biografía de Richards, tenemos que introducir un dato histórico curioso y no demasiado conocido, que es que en los tiempos en los que empezaron los Beatles y los Rolling, 1960 y 1962 respectivamente, casi sobra decirlo, no había nada parecido a Spotify, Vevo o poder recibir por streaming la retransmisión de una radio japonesa o coreana. Si querías escuchar música sólo podías comprar vinilos, que eran caros para la época, o escuchar la radio nacional. Y aunque parezca increíble, la música moderna o rock, que casi venía toda desde los USA, estaba muy tasada en la radio, que emitía de ese estilo apenas una hora al día en Reino Unido. La reacción a esto de la sociedad británica de la época era reunirse para escuchar esos vinilos, dejárselos entre gente de confianza, compartir artículos y revistas... y sobre todo escuchar emisoras extranjeras si tu equipo de radio las captaba o, más probablemente, escuchar radios piratas que emitían rock las veinticuatro horas del día desde aguas internacionales aprovechándose del vacío legal que lo permitía, y que se llaman así desde entonces por eso, porque emitían desde barcos en aguas internacionales. Parece mentira, pero así era, y hay una película, The boat that rocked, que cuenta en clave de comedia la vida de esos djs de alta mar, hasta que en 1967 se creó una ley ad hoc para interrumpir su actividad. Aunque Richards no hace mención directa a ninguna de estas circunstancias, cuando habla de su primera juventud y cómo se reunían en casas y locales para escuchar discos, comentarlos y sacar acordes de las canciones para luego intentar tocarlas, todo tiene más sentido si uno sabe cómo era esa época en un Reino Unido donde había ya una enorme brecha de costumbres entre la generación que había vivido la guerra y la que había nacido después de ella. Otra cuestión en la que no se incide tampoco demasiado en esta biografía es que tanto los Rolling, como los Beatles, así como prácticamente todo artista británico que tuviese unos ingresos considerables durante las décadas de los 60 y 70, veremos que residen en Francia, en países del Caribe o en los Estados Unidos, algo que se puede interpretar tanto que huían del proverbial mal clima de su patria y que buscaban sitios más amables en el que no hubiese pastel de riñones, pero que en realidad era algo mucho más prosaico: hasta que no llegó la revolución conservadora con los tiempos de Thatcher, básicamente todo millonario británico se convirtió en lo que se denomina un "refugiado fiscal", ya que los tipos impositivos a partir de ciertos niveles de ingresos eran tan altos en algunos casos que literalmente trabajaban para el fisco de enero a noviembre, y el chelín es el chelín, de modo que terminaban pasando en territorio británico a lo sumo tres meses al año... y aun así seguían ganando dinero a espuertas. Algunas cosas no han cambiado: en España algunos deportistas y yutubers se convierten en residentes de Andorra o Mónaco y Gerard Depardieu se nacionaliza ruso y se da piquitos con Putin para que no le toquen demasiado la cartera. Fijaos cómo era la cosa que el que fue director de El retorno del jedi lo fue, entre otras razones, porque sí estaba disponible para rodar en el Reino Unido al no ser uno de esos refugiados fiscales.



Partiendo del hecho de que el libro es fundamentalmente una biografía autorizada, escrita con ayuda de un periodista que terminó de darle forma hasta que el mismo Richards se sintió satisfecho, si bien se nota que el tono y la forma de expresarse es la del músico, tenemos que entender que, en efecto, es su versión de su vida, como él la recuerda e interpreta, y por lo menos a mí me ha convencido, o me he querido dejar convencer. No sólo huye de todo divismo, sino que además uno se lleva la impresión de que debe ser un tipo bastante majo, y por lo menos para mí queda claro que Richards siente un profundo agradecimiento por la vida que ha llevado, y ni siquiera él mismo se cree que después de tantos excesos y una vida tan intensa todavía esté vivo y dando guerra, y eso que el libro ya tiene diez años, así que imaginaos lo contento que debe estar ahora que ya busca los ochenta. A pesar de sus muchos años la impresión que da es que, en el fondo, incluso después de sus matrimonios e hijos, sigue siendo el mismo chaval que hace sesenta años quería fundamentalmente tocar con la guitarra las canciones que le gustaban, ni más ni menos. Y eso es lo que ha hecho: pasárselo bien, con los inevitables momentos trágicos que le suceden a cualquiera durante una larga vida, y para él pasárselo bien es tocar música con sus amigos. Así de simple: reconoce, aunque sea implícitamente, que ha vivido una vida privilegiada haciendo lo que le gusta, sin ninguna estrechez material desde los primeros momentos de su carrera, ha amado a y ha sido amado por mujeres maravillosas y es una leyenda viva del rock and roll en lo más alto de la fama mundial, admirado por millones de personas. Y a pesar de eso, o lo disimula muy bien, o no se le ha subido del todo a la cabeza, lo único que le importa es su familia, sus amigos y la música que es consciente que sirve de consuelo y alegría a mucha gente que lo venera. Hay un momento en el que, a pesar de que dice no estar nada de acuerdo con su mito de músico arrastrado que juega con la muerte, y que continuamente recibe mensajes y presentes de tono tanatofílico como calaveras, sin embargo admite que mucha gente lleva una vida gris y monótona, y si les sirve de algo pensar que él lo único que hace es drogarse, asistir a fiestas y desafiar a la autoridad, la vida ideal que vale la pena vivir según el credo de sexo, drogas y rock and roll, pues vale, pero es todo mentira, y él, nos afirma, no es así.

Como yo nunca participé ni supe mucho del mito construido alrededor de los Rolling Stones, aparte de lo más básico, la deconstrucción de ese mito que realiza Richards me es en cierto modo simpática y a la vez me permite conocer más de esa mitificación, que por supuesto Richards achaca exclusivamente a la prensa, a los departamentos de relaciones públicas de las discográficas y a la corte de advenedizos que suele orbitar alrededor de las grandes bandas, mientras que la realidad es una cosa totalmente distinta. No nos equivoquemos: como todo grupo de la época, los Rolling se lo pasaron pero que muy bien en las décadas de los sesenta y setenta y no se perdieron una fiesta, bebieron todo lo bebible, follaron lo que no está escrito y sólo empezaron a sentar un poco la cabeza cuando llegaron a una edad, y aun así algunos siguieron a un medio gas que para otros sería poco menos que un exceso detrás de otro. Los Rolling, rápidamente, fueron presentados por la prensa como los chicos malos, los rebeldes, y la antítesis de Los Beatles. Según Richards, obviamente todo fue una patraña de principio a fin, y sobre todo se cebaron en él cuando su única intención era ir a lo suyo sin meterse con nadie. De hecho, dado que desde el primer momento estuvieron de viaje y de giras, vivieron en casas en el extranjero y llevaron un vida en cierto modo retirada de los medios en lo que su vida privada se refiere, la prensa poco más podía hacer que inventarse las cosas o guiarse por rumores, y desde luego el sensacionalismo no vende si no se inventa escándalos, de modo que las exageraciones y manipulaciones de la prensa británica eran el origen de todos los mitos de los que se hacía eco el resto del mundo, y que crearon el mito de Los Rolling como la cosa más exagerada y salvaje. Que, repito, hasta cierto punto lo fueron si se comparaba sus vidas con la vida ordinaria de cualquiera de sus seguidores, pero no de la forma en la que se inventó la prensa.

Uno de los puntos más jugosos del libro es necesariamente la relación de Richards con las drogas, que creo que se resume muy bien con una frase que se le atribuye, y que no creo haber leído en el libro: "Yo nunca he tenido problemas con las drogas, con quien he tenido problemas es con la policía". Ni más ni menos. Lo primero que sorprende es que Richards no habla de su relación con las drogas fundamentalmente en su dimensión lúdica o como algo que expanda su conciencia, sino que, siempre según su versión, le servían casi en exclusiva para mantenerlo despierto en maratonianas sesiones de ensayo y composición de canciones, a veces hasta llevarlo a la extenuación más absoluta, de modo que podía estar incluso una semana sin dormir, de modo que reconoce que desde entonces tiene unos ritmos de sueño y de comidas totalmente caóticos, que por otro lado no desentonan demasiado con la vida bohemia de un músico. Además de la heroína mezclada con otras substancias, la otra constante es el alcohol, que parece que ha tomado en mucha más cantidad que el agua, y de hecho el grupo paralelo en el que toca y en el que incluso es el cantante se llama The X-Pensive Winos, literalmente Los Borrachuzos Caros, e incluso cuenta que en una ocasión de intensa actividad de composición y ensayos con ese grupo consiguieron acabar con todas las reservas de Jack Daniels en muchos kilómetros a la redonda. Ya de chaval, al ver el vídeo de She's hot me hizo mucha gracia que cuando la súcubo llega para tentarlo, antes al levantarse Richards pasa al lado de una botella del preciado güisquei y su mano la recoge con una precisión y naturalidad que sólo puede ser fruto de muchos años de práctica.

Richards también es completamente sincero en una cosa, y admite sin ningún problema que la única razón por la que debe seguir vivo después de meterse de todo en grandes cantidades es que gracias a manejar tantísimo dinero sólo en muy contadas ocasiones de gran urgencia tuvo que echar mano de substancias de pésima calidad, así que nunca tuvo problemas para pagar por heroína o cocaína de calidad de farmacia, y por tanto no sufrió los efectos del yonqui medio, que la mitad de las veces no sabe ni lo que se mete por las venas o la nariz, adulteraciones que a la larga pueden ser incluso peores que el mismo efecto de la substancia activa de la droga. Del mismo modo nos pone en situación de la coyuntura histórica del momento, en la que hay una tolerancia cero a la drogadicción, y el problema no era pagar teniendo dinero, sino comprar, ya que viajar con las substancias era realmente peligroso por si te las encontraban en los aeropuertos, así que la primera preocupación al llegar a cada nuevo lugar de la gira era asegurarse un suministro de las drogas que en pocas horas empezarían a provocar el desagradable síndrome de abstinencia, y Richards tiene sobre su época más dura de adicto algunas frases dignas de Transpotting. Los varios intentos de desengancharse por las buenas o por las malas, así como la tensión de ser detenido o no encontrar material en el próximo viaje, es lo que decide a Richards a desengancharse por completo y ejercer como colíder efectivo del grupo. Eso sin contar con que estuvo muy en serio a un paso de ir realmente a la cárcel y fue juzgado en Canadá por posesión de narcóticos, aunque se libró por los pelos. Richards no se olvida que durante dos décadas la policía de medio mundo estuvo detrás de él e intentó de todas las maneras posibles dar un escarmiento en su persona en la famosa "guerra contra las drogas". Sin embargo Richards sólo fue un consumidor, nada más, nunca hizo apología directa de ellas aunque ya sabemos que hay canciones del grupo que se pueden interpretar así, y no quería ser ejemplo de la juventud mundial, ni mucho menos. A ese respecto el Richards que se inventó la prensa y el propio mito que los fanses estaban dispuestos a creerse y seguir, Richards lo considera una pura invención de marquetin. Sobre el particular se le nota todavía un poco escocido, ya que considera injusto que se centrasen de esa manera en él para dar un escarmiento del que se libró por poco, e incluso muchos años después de dejar sus adicciones mayores se le sigue viendo como un ejemplo del modo de vida rockero, cuando no como su paradigma.

Otra cuestión aparte que trata Richards en profundidad es sus relaciones familiares, de amistad y profesionales. De sus orígenes, como un chico perfectamente normal de un barrio de Londres, nos cuenta algunas pinceladas, así como de sus relaciones con sus padres, que en general siempre fueron cordiales, no sufrió particularmente por su separación y después a pesar de la distancia mantendría correspondencia con su madre, y ya muchos años después volvería a reencontrarse con su padre, se hicieron grandes amigos y él lo acompañó en sus giras como un pipa más. Sobre sus amoríos en general no tiene sino buenas palabras, desde las primeras groupies que los visitaban en el piso que compartían todos juntos y cuidaban de ellos simplemente por estar en su compañía, pasando por su amor de juventud Roneei Spector, y los dos grandes amores de su vida, Anita Pallenberg y Patti Hensen, todavía a día de hoy su esposa. Anita Palemberg, de por sí una personalidad en el cine de la época y posteriormente embajadora de la moda europea hasta su muerte en 2012, se considera que es la groupie por antonomasia, y se cepilló literalmente a la mitad de los Rolling: al malogrado Brian Jones, a Jagger y después a Keith Richards, con quien compartiría vida y adicciones, y al que dio varios hijos. Uno de ellos, Marlon, tiene ya 50 años, y su padre le deja meter baza en su biografía para dar algunas opiniones de cómo fue su vida siguiéndolo en las giras hasta que lo mandó a vivir con su abuela para que tuviera una vida medio normal. Marlon habla varias veces en el libro dando su propia versión del tiempo que vivió como ese chaval hijo de uno de los del grupo que se metía por todas partes de los escenarios y que era el único con autoridad para despertar a su padre, y tiene varias jugosas anécdotas sobre éste y sobre su abuelo, a cada cuál más borrachuzo. A mí en especial me hizo gracia cuando explica que Richards después de acostarlo se tumbaba en la cama con él para leerle: "Keith siempre me leía cuentos. Nos encantaban los de Tintín y los de Astérix, pero él no sabe francés y eran ediciones francesas, así que se lo inventaba todo. Sólo al cabo de los años, cuando volví a leer un libro de Tintín, caí en la cuenta de que el muy cabrón no tenía ni idea de la historia y se la iba inventando sobre la marcha, algo que, teniendo en cuenta todo el caballo que se metía, las cabezadas aquí y allá y todo lo demás, no deja de ser impresionante. Me acuerdo de no tener más que un par de zapatos y unos pantalones, y que me pasé con ellos toda la gira". Son pequeñas pinceladas que perfilan muy bien al personaje.

Un episodio controvertido de la vida de Richards es precisamente que, encontrándose de gira, Pallemberg lo llamó para informarle de que uno de sus hijos, que acababa de nacer, había sufrido una muerte súbita en la cuna, y Richards, incapaz de volver en ese momento para estar con su familia, fue a tocar como el resto de las noches aunque la pena lo estuviese matando por dentro. Puede parecer controvertido, pero en realidad no lo es tanto, y de hecho recuerdo hace años que en la televisión entrevistaban a varios actores pertenecientes a sagas familiares dedicadas a la farándula y explicaban cómo actuaron incluso cuando sus padres estaban de cuerpo presente, tanto por amor a la profesión que el recién fallecido también amaba como porque era su obligación ante el público, y una forma de homenajear al que ya no estaba entre ellos. Así que no me parece nada raro que Richards en ese momento, si no podía estar con su familia, que se consolase tocando con su grupo y recibiendo las buenas vibraciones del público. Lo que importa es que hay un momento en el que dice: "Ni siquiera sé dónde está enterrado el pequeño cabroncete, pero no hay un día que no piense en él". Su relación con Anita Pallemberg se fue deteriorando en parte porque ella no parecía tan dispuesta como él a desengancharse definitivamente de la heroína, y por eso y otras circunstancias, terminaron rompiendo, además de aparecer en su vida un nuevo amor, la modelo y actriz Patti Hansen, con la que sigue hasta la fecha. Como se puede ver en el palmarés de Richards aparecen bellas modelos y musas culturales de la época, como la alemana Uschi Obermaier, algo perfectamente normal por los ambientes en los que se movía el músico, del mismo modo que ahora suele ser frecuente que muchas de las mujeres más bellas del mundo acaben emparejándose con deportistas u otra gente famosa e influyente: es una cuestión fundamentalmente de acceder a un tipo de esfera social, y pasar el rato con los Rolling y fotografiarse con ellos era obligado en el mundo bohemio durante varias décadas. Sin embargo, Richards afirma que jamás se puede decir que propiamente hablando le haya entrado a una mujer, y que siempre fueron ellas las que dieron el primer paso. Es lo que tiene la erótica de la fama y del poder, y por eso en España decimos que a pesar de que Jagger y Richards sean básicamente intercambiables con los Hermanos Calatrava, humoristas que hacen mofa y gala de su fealdad, su deseabilidad como portadores de genes exitosos está muy por encima de la media.Parecidos razonables

Richards también es especialmente emotivo cuando habla de su romance con Ronnie Bennet, la cantante de The Ronettes y que fue una de las esposas del joputa de Phil Spector hasta 1974. Por eso recuerda también cuando ella colaboró con Joey Ramone, gran amigo de ella, para componer un disco, y es que en estas memorias se trasluce otra cosa que ya sabíamos de otros ensayos parecidos y de declaraciones de estrellas de la música: aparte de los rifirrafes inevitables y de las enemistades o desavenencias personales que obviamente hay entre grupos o músicos, a veces muy amargas o que han durado años, no existe a nivel profesional lo que mucha gente en nuestros institutos de secundaria creían a pies juntillas como un credo apoyado en leyendas urbanas y quizá una o dos películas de culto: que los que les gustaba la música X no tenían que estar necesariamente enfrentados a los que les gustase la música Y en una lucha poco menos que tribal que enfrentaba a supuestas concepciones del mundo incompatibles entre sí. Richards no sólo se encarga de explicarnos lo mucho que le gusta la música clásica, sino que dice que probablemente de lo que menos oiga es del estilo musical que él mismo practica porque obviamente entonces ya sería demasiado cansado estar siempre con lo mismo. De ahí sus colaboraciones con músicos de reggae o la que podría parecer extraña amistad entre la cantante de Be my baby y el de Blitzkireg bop. Por eso a través de las páginas habla, siempre maravillas porque para eso son sus amigos, de todo tipo de músicos y de estilos por los que siente verdadera admiración.

Después de la familia, los amigos son lo más importante para Richards, y en cierto momento llega a considerarlos incluso más como familia que como amigos. Uno de sus amigos más particulares fue Freddie Sessler, un judío polaco que era el último superviviente de su familia, muertos todos a manos de los nazis. Sessler se consideraba "el groupie más viejo del mundo", estaba en Hamburgo cuando los Beatles no eran nadie y él se hizo su amigo, y se dedicó toda su vida a montar negocios y a frecuentar la compañía de estrellas del rock, que lo adoraban además de por su carácter y los fiestorros que montaba, por sus contactos con los que conseguía drogas de la máxima pureza. Durante bastantes años él y Richards fueron íntimos, y según la versión de Richards su presencia no era del todo grata para Mick Jagger. Como ya indiqué anteriormente, Richards tiene varias casas por el mundo, y pasa largas temporadas al año en la de Jamaica, país y cultura por las que siente una gran pasión y de donde salen algunos de sus más directos colaboradores para sus proyectos más personales como The X-Pensive Winos, hasta el punto de que en Jamaica se le considera un jamaicano honorario que entiende perfectamente la forma de vivir rastafari y su filosofía de vida.

Richards en los primeros años mantuvo muy buenas relaciones con la escena musical de la época, siempre deseoso de aprender de todo el mundo y sin cerrarse a ninguna influencia: soul, blues, country o lo que fuera. Tuvo amistad con Ringo Starr, George Harrison y con John Lennon, de quien dice que "nunca salió de mi casa sino en horizontal", y años después colaboraría también con Paul McCarney. Hay que tener en cuenta que los Rolling empezaron siendo, en sus muy primeros tiempos y como tantas otras, una banda de versiones, así que poco después de empezar a componer y a dar sus primeros conciertos pudieron llegar a tocar o ser teloneros de las grandes figuras del R&B, que ellos idolatraban, y que hicieron una gira por el Reino Unido, y no es difícil imaginárselos a ellos con poco más de veinte años actuando como groupies y haciéndoseles el culo gaseosa en presencia de sus ídolos cuyos discos y fotografías atesoraban unos pocos años antes. Por eso Richards recuerda esos primeros tiempo con total naturalidad hacer de chico de los recados y considerar un honor ir a comprar tabaco y alcohol para esos músicos con los que ensayaban y que les decían que para ser unos inglesitos flacuchos, que no lo hacían nada mal. Años después tocaría con Chuck Berry, del que siempre dice que "básicamente se lo he copiado todo", y respetuosamente tuvo que soportar de él lo que quizá ya no consentiría de nadie, que le dijese que lo hacía mal y que tocase de otra manera, que como lo estaba haciendo no era lo correcto. Pero bueno, ya se sabe: si el mismo Dios se molesta en darte un consejo, como para no hacerle caso. A día de hoy en el clima del "apropiacionismo cultural" la misma existencia de los Rolling Stones sería considerada poco menos que un anatema, ya que básicamente lo que ellos hacían era "tocar música de negros", pero eran otros tiempos y esos mismos músicos les dejaron bien claro de que la música es de quien la toca de corazón.

Por supuesto, en el libro hay algo de salseo musical, y es inevitable que se hable algo de ello, aunque el mismo Richards lo considere todo ya agua pasada. Sobre sus polémicas con Jagger, básicamente viene a decir que para él es como un hermano, así que quizá alguna vez se pongan de morros o estén incómodos el uno con el otro o se llamen de todo, pero los dos y el grupo han pasado por tanto juntos que cualquier otra cosa queda olvidada a la hora de seguir adelante. De todos modos no deja de mandar un mensajito al pasado y al intento de Jagger en los 80, mientras el grupo quedaba casi un década aparcado, en los que intentó convertirse en una estrella en solitario... con dudosos resultados. La explicación de Richards se las trae: "El disco en solitario de Mick se tituló She’s the Boss [ella manda] título que lo dice todo. Nunca he llegado a escucharlo entero. ¿Quién lo ha hecho? Es un poco como Mein Kampf , todo el mundo tenía una copia, pero nadie lo escuchaba. No voy a pronunciarme sobre la esmerada redacción de los títulos siguientes, Primitive Cool [calma/elegancia primaria] y Goddess in the Doorway [princesa en el portal], aunque tampoco puedo resistirme a rebautizar éste último como «caca de perro en el portal». Él me acusa de no tener modales y ser un malhablado, hasta ha escrito una canción sobre el tema, pero su contrato discográfico fue una grosería mucho peor que cualquier palabrota. Ya por la mera selección del material me dio la impresión de que realmente había descarrilado, y fue muy triste. Mick no estaba preparado para la posibilidad de no causar un gran impacto y desde luego se llevó un gran disgusto. Pero lo que me cuesta imaginar es cómo pudo pensar que aquello podría funcionar. Ahí fue donde empecé a sospechar que había perdido el contacto con la realidad." Creo que no cita nada de los intentos de Mick por hacerse también un huequecito como estrella de películas taquilleras como Freejack, lo que en el fondo demuestra que quiere mucho a su amigo. Por supuesto tampoco se corta a la hora de recordar el meco que le metió Charlie Watts a Mick en 1984, y tampoco explica mucho sobre la salida de Bill Wyman del grupo en 1993, aunque siguen siendo todos amigos y volvieron a reunirse brevemente en 2012 para un concierto. La explicación de Wyman es que ya llevaba mucho tiempo haciendo lo mismo y que mira, pues me he cansado y quiero ir a mi rollo y a mi ritmo, el proverbial "Estoy ya muy viejo para esta mierda." Mi teoría para darle la razón se basa en uno de los últimos vídeos del grupo antes de que él se fuera, y que no he conseguido volver a encontrar, en el que el resto chupa cámara moviéndose como zagales mientras Wyman debió decirle al director que se quedaba al fondo tocando tan tranquilo, y que bastante hacía con estar allí.

El libro, aunque parezca que sea Richards el que nos habla en cada momento, en realidad es una recopilación de entrevistas realizadas por el periodista James Fox durante cinco años, mientras grababa a Richads hablando de lo divino y de lo humano o divagaba sobre sus recuerdos. De todo eso Fox sacó las memorias que yo he leído, y cuya última redacción aprobó el músico. Desde entonces han pasado diez años, de momento todos siguen vivos y en activo y según se cuenta en internet cada vez que alguien se fuma un cigarrillo Keith Richards gana siete minutos de vida. Los Rolling siguen siendo un icono cultural de primer orden a día de hoy, han salido en Los Simpson, desde luego no tienen ya nada que demostrar y parece que han firmado un pacto con el diablo porque ahí siguen y tienen ya un status en el que se pueden cachondear de sí mismos, como el vídeo en la que salen Jagger y Charlie Watts, que se hace un Harpo en toda regla, comentando que hace falta tener poca vergüenza y hay que ver cómo los Monthy Python siguen con la misma cantinela una década tras otra viviendo de hacer lo mismo, y además "El mejor de ellos ya murió".


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