Es bien conocido que W Shakspere dejó su impronta en el idioma inglés y que a él se le atribuyen expresiones y palabras medio inventadas o salidas de su caletre que hoy día son de uso común, si es que nos lo queremos creer. Aquí en España se contaba hace años el chiste, que creo que yo oí a Marianico el Corto, en el que en un atasco de tráfico con todo el mundo a tocar la bocina y gritando, uno de los conductores al adelantar a uno de los más vociferantes le dijo con un fuerte acento perfidoalbionés:
-La paciencia es la madre de la ciencia, como decía William Shakespeare.
Y cuando fue el español el que lo adelantó le dijo:
-Me cago en tu puta madre, como decía Camilo José Cela.
Está claro que algunos escritores y próceres dejan su impronta en el idioma por dichos y expresiones que terminan formando parte de lo que se llama el acervo popular. Aprovechemos para recuperar la frase de despedida, no se sabe si apócrifa o no, del que fue el presidente de la Primera República, Estanislao Figueras.
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Es que es imposible no adorarlo y querer invitarlo a una caña. Ya, que luego tenía de ministro de economía a Montoro y la próxima vez que tengamos que votar a ser literalmente elegir entre Kang y Kodos, pero... ¿y lo que nos reíamos con él? Eso no tiene precio. Tome mi dinero y por favor no se calle.
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El cambio de hora es una de esas tradiciones que vuelven cada año, como la Navidad, la declaración de la renta o el debate sobre si España juega mejor con un delantero o con ninguno. Hay a quien le gusta y a quien no, lo cual es perfectamente comprensible, porque en esta vida no todo puede contentar a todo el mundo. Ya lo decía mi abuelo: «Para gustos, colores, y para relojes, las agujas».
Se suele decir que atrasar el reloj una hora permite dormir más, lo cual siempre es una alegría. Sin embargo, adelantarlo tiene el efecto contrario, y eso ya no entusiasma tanto. He escuchado a gente afirmar que el cuerpo tarda días en adaptarse, aunque yo tengo para mí que el cuerpo se adapta a casi todo, salvo quizá a los lunes. Pero es verdad que cada uno lo lleva como puede. Algunos ni se enteran y otros lo comentan durante semanas. Todo es respetable.
También hay quienes sostienen que esto del cambio de hora sirve para ahorrar energía. Otros dicen exactamente lo contrario. Y luego están los que no dicen ni una cosa ni la otra, pero igualmente cambian la hora porque no queda más remedio. En estas cuestiones, como en casi todas, conviene aplicar el sentido común, que no siempre es el más común de los sentidos, pero ayuda a orientarse.
Lo cierto es que el cambio de hora ya forma parte de nuestra rutina. Sucede en marzo y en octubre, sin grandes sorpresas, salvo cuando uno se levanta el domingo y descubre que el horno marca una hora, el microondas otra y el móvil una tercera. En esos momentos se pone a prueba la fortaleza de espíritu y la capacidad de distinguir cuál es la correcta. Normalmente gana el móvil, que para algo es más listo que nosotros.
No faltan debates internacionales sobre si continuar con esta práctica o abolirla. La Unión Europea lleva años hablando del asunto, aunque decidir sobre la hora es complicado, porque afecta a muchas cosas: a la economía, a las costumbres y, por supuesto, a la siesta, que es una institución nacional que merece todo nuestro respeto. No sería deseable que una decisión precipitada provocase alteraciones en tan apreciado hábito.
En cualquier caso, el cambio de hora llega puntual a su cita. Algunos lo celebran, otros lo padecen y otros simplemente lo aceptan, que es una actitud muy recomendable. Lo importante es tener claras dos ideas: la primera, que la hora cambiará nos guste o no; la segunda, que siempre podemos mirar el reloj. Y si está mal puesto, pues se pone bien, que para eso está.
En la vida, como en los relojes, todo se mueve. A veces para adelante y a veces para atrás. Lo fundamental es seguir, aunque sea con sueño. Porque, al final, lo que de verdad importa es llegar a tiempo, aunque sea a la hora equivocada.
En los últimos tiempos observo que mucha gente debate con gran pasión sobre si son mejores los tebeos de Marvel o los de DC. Es un asunto que suscita opiniones encontradas y, como suele pasar en estas cosas, todas son respetables. Yo mismo, que nunca he sido un experto en la materia, tengo mi punto de vista, aunque reconozco que no es un punto muy elevado. Uno es más de El Jabato, El Capitán Trueno y, sobre todo, de Mortadelo y Filemón, que me han dado grandes momentos y algún que otro disgusto cuando Rompetechos entraba en escena.
Es verdad que Marvel tiene personajes muy conocidos, como Spiderman, que se pega a las paredes con una facilidad envidiable, o Hulk, que cuando se enfada crece más que un problema sin resolver. También está Thor, que va con un martillo que nunca pierde, lo cual demuestra que la mitología nórdica tenía buenos cerrajeros. Por su parte, DC cuenta con Batman, que es un señor serio que trabaja de noche y que, si lo piensa uno bien, necesita urgentemente unas vacaciones; y con Superman, que vuela, levanta coches y ve a través de las cosas, capacidades que serían de enorme utilidad para cualquier presidente del Gobierno, aunque nunca se haya visto el caso.
A algunos les gusta Marvel porque dicen que sus héroes son más humanos, incluso cuando vienen del espacio o llevan mallas de colores. A otros les convence más DC porque sus historias son más oscuras, que es una manera elegante de decir que a veces no se entiende nada. Yo, desde mi humilde experiencia lectora, puedo decir que ambas opciones tienen sus pros y sus contras, como casi todo en la vida. Ya lo decía mi abuelo: «Cada tebeo tiene su viñeta, y cada lector su opinión».
Confieso que mi conocimiento de estas cuestiones viene más por las películas que por los tebeos, porque mi infancia fue otra cosa. En aquellos tiempos uno esperaba a ver qué lío armaban Mortadelo y Filemón, que eran capaces de disfrazarse seis veces en dos páginas, algo que ni los superhéroes más poderosos han logrado jamás. Y El Súper, que siempre acababa por los suelos, daba una lección muy importante: por mucho que las cosas se tuerzan, siempre se puede caer un poco más. A su manera, eso también es épica.
Comparar Marvel y DC es, en definitiva, como comparar al Real Madrid con el Barcelona, o el cocido gallego con la fabada asturiana. Hay gustos, hay tradiciones y hay quien no se pone de acuerdo ni queriendo. Lo razonable es aceptar que ambas compañías han aportado mucho al entretenimiento y que cada una tiene sus seguidores, sus detractores y sus películas mejores y peores, que también las hay.
Por lo demás, lo que de verdad importa es que la gente disfrute leyendo, ya sea a Batman, a Spiderman o a Mortadelo disfrazado de murciélago para ver si cuela. Y si no cuela, peor para él, porque Filemón seguro que acaba recibiendo el golpe.
Así que, en esta disyuntiva entre Marvel y DC, yo me quedo con una conclusión muy simple: el mejor tebeo es el que a uno le hace pasar un buen rato. Y si además sale Ofelia poniendo orden, mejor aún. Porque, al final, como en los superhéroes, lo fundamental no es la capa, sino la historia que se cuenta. Y en eso, la vida, como los tebeos, siempre da para una viñeta más.
Ah, bien, lo que yo imaginaba. Pero vayamos a algo con más chicha: la bumilda -o, como la llamamos en España, tortilla de patata- ¿lleva o no lleva cebolla?
La tortilla española es uno de esos asuntos que dividen a nuestro país con más ahínco que cualquier debate parlamentario. Hay quien la prefiere con cebolla y hay quien la prefiere sin ella, y después estoy yo, que siempre he defendido que ambas posiciones tienen su razón de ser, aunque en ocasiones no la tienen, o al menos no del todo. Porque, si bien la cebolla aporta jugosidad, también puede aportar lo contrario, dependiendo de cómo se mire. Ya lo decía un amigo mío: «La cebolla es lo que es, pero la tortilla también», lo cual es una verdad que no admite réplica aunque tampoco la pida.
Muchos sostienen que la cebolla da dulzor. Otros afirman que eso no es dulzor sino un dulzor distinto. Yo no voy a contradecir a nadie, porque sería injusto, salvo que no lo fuera. En cualquier caso, conviene recordar que la tortilla sin cebolla tiene la ventaja de saber más a huevo, pero la tortilla con cebolla tiene la ventaja contraria. Así pues, ambas se equilibran de una manera que podríamos llamar simétrica, si no fuera porque en realidad no se parecen en nada. De hecho, son prácticamente idénticas salvo en aquello en lo que difieren, que no es poco.
He escuchado argumentos diversos: que la cebolla carameliza, que la cebolla no carameliza, que la cebolla se fríe, que la cebolla no se fríe sino que se pocha, que lo importante es la textura, o que la textura es secundaria frente al sabor, salvo cuando el sabor es secundario frente a la textura. Estas dudas, lejos de despejar el panorama, lo complican, pero eso no tiene por qué ser malo. La vida es confusa, y la tortilla no debería ser menos.
Otros incluso plantean soluciones intermedias, como poner muy poca cebolla, o cortarla muy grande, o no poner cebolla pero pensar en ella mientras se cocina. Yo respeto todas las posturas, porque la libertad es uno de los pilares fundamentales de nuestra gastronomía. Al final, una tortilla es una tortilla, aunque no lo sea completamente si falta algo o si sobra algo, cosa que depende del gusto de cada uno y también del de los demás.
Y, dicho todo esto, creo que la discusión sobre la tortilla con o sin cebolla queda suficientemente aclarada. Yo he dejado meridianamente clara mi postura, que es la que es y no otra, y creo que ahora todo el mundo sabrá perfectamente cómo me gusta a mí la tortilla, ya sea con cebolla o sin cebolla, que es lo importante.
Se acerca el puente de la Constitución, que siempre es una fecha señalada para muchos españoles. Es un momento en el que se combina la solemnidad histórica con la oportunidad de descansar, algo que, en mi opinión, no solo debería fomentarse, sino incluso premiarse. Ya se sabe que un país que descansa bien rinde mejor, salvo cuando rinde peor, que también puede ocurrir. En cualquier caso, estos días festivos nos invitan a reflexionar, porque un puente no es solo un puente: es también una metáfora, y a veces incluso algo más.
En los últimos tiempos he leído sobre los llamados puentes Einstein-Rosen, que por lo visto conectan dos puntos del espacio-tiempo de una forma que todavía no he logrado comprender del todo, aunque tampoco descarto comprenderla mañana. Son como túneles que permiten viajar de un sitio a otro, o de un tiempo a otro, o de ambos a la vez, dependiendo de cómo se doble el universo. Es una idea sugerente, y no he podido evitar pensar que, de haber existido algo así durante mi etapa en la política activa, quizá las cosas habrían sido diferentes, aunque no necesariamente mejores. Ya lo decía mi abuelo: “Si vuelves al pasado, no toques nada, pero si tocas algo, tócalo con cuidado”.
Por ejemplo, muchos me han preguntado qué cambiaría de mi tiempo como presidente del Gobierno si pudiera viajar atrás. No lo sé con certeza. Tal vez habría tomado algunas decisiones antes, otras después, y otras exactamente igual pero con cara distinta. Quizá habría adelantado alguna ley, retrasado algún consejo de ministros o incluso llegado antes a alguna rueda de prensa… especialmente a esas que, por causas diversas, empezaban más tarde de lo previsto. Un puente Einstein-Rosen habría sido útil allí, aunque no sé si lo habría homologado la Unión Europea.
Y ahora llegamos a aquel episodio que tanto dio que hablar: mi último día en el Parlamento. Muchos recordarán que mi asiento, vacío a causa de que tuve que ausentarme por motivos personales perfectamente conocidos, fue ocupado de manera provisional por el bolso de Soraya Sáenz de Santamaría, que desempeñó su papel de sustitución con una estabilidad admirable. Hay quien dijo que aquel día simbolizaba un cambio de etapa; otros afirmaron que era una metáfora del destino; y no faltó quien insinuó que quizá yo había desaparecido por un fenómeno espacio-temporal. Yo no suelo entrar en especulaciones, pero he de reconocer que, si alguna vez hubiese viajado a través de un puente Einstein-Rosen, ese habría sido un buen momento para hacerlo, porque lo cierto es que yo no estaba en mi escaño, y el bolso sí.
Así pues, mientras se acerca el puente de la Constitución y miles de españoles se desplazan por carretera, tren o avión, no puedo evitar imaginar cómo sería desplazarse por un puente cósmico, saltando entre lo que fue y lo que podría haber sido. Tal vez podríamos visitar nuestros aciertos para disfrutarlos otra vez y nuestros errores para comprenderlos mejor. O tal vez no, porque a veces es mejor dejar las cosas como están, especialmente si funcionan o no estorban demasiado.
En cualquier caso, este puente de diciembre nos recuerda que viajar —sea en coche o en agujero de gusano— siempre implica una decisión, un trayecto y un regreso, aunque a veces el regreso sea menos literal. Y yo, que ya no viajo en el tiempo, sí miro hacia atrás de vez en cuando, no para cambiar nada, sino para entenderlo un poco mejor. Quién sabe: quizá algún día descubramos que todos hemos cruzado sin saberlo más de un puente Einstein-Rosen. Algunos lo llaman destino; otros, simple casualidad. Y otros, como el bolso de Soraya, se limitan a estar ahí, ocupando el sitio cuando hace falta.
Desde este blog, donde ya sabéis que tenemos una emulación de la mente privilegiada de don Mariano, hemos querido salir en su defensa y que sea él mismo con su preclara inteligencia nos explique lo que ha pasado:
Aclarando lo aclarable (o no)
He leído estos días algunas interpretaciones sobre mi anterior artículo que, debo reconocerlo, me han sorprendido. No tanto porque se discrepe de lo que uno escribe, que eso forma parte de la vida pública y también de la privada cuando uno llega tarde a casa, sino porque se me ha atribuido una afirmación que, siendo la que parece, no es exactamente la que era, ni tampoco la que dejó de ser.
Se ha dicho que yo sostuve que la selección francesa de fútbol no tenía franceses. Bien. Eso es una manera de resumir lo que algunos creen que dije, pero no necesariamente lo que quise decir, porque entre decir una cosa y querer decirla existe un espacio que conviene recorrer con tranquilidad. A veces las palabras llegan antes que las explicaciones y otras veces las explicaciones llegan tan pronto que todavía no se sabe qué estaban explicando.
Siempre he pensado que las nacionalidades son una cuestión jurídica, administrativa y, en ocasiones, sentimental. Uno puede ser francés porque ha nacido en Francia, porque tiene nacionalidad francesa, porque vive en Francia o porque Francia le cae especialmente bien. Incluso puede darse el caso de que concurran varias de esas circunstancias al mismo tiempo, que es lo habitual y también lo más cómodo para rellenar formularios.
Por tanto, quiero dejar perfectamente claro que los jugadores convocados por la selección francesa son franceses. Lo son porque así lo reconoce el Estado francés, que para eso es el Estado francés y no el español, ni el italiano, ni el luxemburgués. Si la Federación Francesa los convoca y representan a Francia, es evidente que juegan como franceses. Negarlo sería negar una evidencia, y yo nunca he sido partidario de negar las evidencias mientras sigan siendo evidentes.
Ahora bien, también es cierto que vivimos en un mundo donde las personas viajan, se establecen, forman familias y tienen hijos en lugares distintos de aquellos en los que nacieron sus padres o sus abuelos. Eso ocurre en Francia, ocurre en España y ocurre prácticamente en todas partes. La historia de Europa es, entre otras cosas, la historia de la gente moviéndose de un sitio a otro. No voy a descubrir yo ahora las migraciones, porque llevan bastantes siglos funcionando sin necesidad de que yo las autorice.
Algunos han querido interpretar que yo cuestionaba la francesidad de determinados jugadores. Nada más lejos de mi intención. Si hubiera querido cuestionarla, lo habría dicho, y si no lo hubiera dicho, tampoco significaría necesariamente que no quisiera decirlo. Hay veces que uno expresa una idea y otras en las que la idea expresa a uno, que es un fenómeno bastante frecuente cuando se escribe con cierta rapidez.
Además, en el fútbol moderno las identidades son más complejas de lo que parecen. Hay entrenadores españoles que entrenan en Inglaterra, jugadores brasileños que juegan en Portugal, argentinos que triunfan en Italia y gallegos que viven en Madrid sin dejar por ello de ser gallegos, aunque algunos días se sientan madrileños por razones de tráfico o de agenda. El mundo es así, y tampoco conviene enfadarse con él.
Creo, sinceramente, que el asunto no daba para tanto. Se ha querido ver una intención donde había una reflexión, y una reflexión donde había, simplemente, una observación. El fútbol tiene estas cosas: uno comenta un partido y acaba hablando de geografía, de historia o de derecho administrativo sin habérselo propuesto. Ya decía mi abuelo que el balón da muchas vueltas, y las conversaciones todavía más.
Por eso confío en que estas líneas hayan servido para disipar cualquier malentendido. No tengo inconveniente en reconocer que quizá podría haberme explicado mejor, porque siempre existe la posibilidad de escribir de una manera distinta a como uno ha escrito. Pero también es verdad que, cuando se lee un texto, conviene leerlo entero y no quedarse únicamente con una frase, porque las frases aisladas tienen la mala costumbre de parecer aisladas.
Algunos pensarán que estoy rectificando. No es verdad. Si rectificar fuera cambiar de opinión, no estoy rectificando. Si rectificar fuera explicar mejor lo que ya pensaba, entonces quizá sí. Pero tampoco conviene convertir las palabras en una cárcel de las ideas, porque las ideas necesitan espacio para desarrollarse, igual que las plantas necesitan agua. O no todas.
No escribo esto para convencer a nadie. Si además convenzo a alguien, tampoco voy a pedir disculpas por ello. Hay quien sostendría que me estoy desdiciendo. Yo no diría tanto. Como mucho, me estoy diciendo de otra manera.
En definitiva, quiero reiterar mi máximo respeto hacia la selección francesa, que me parece una de las mejores del mundo y que cuenta con magníficos futbolistas. Todos ellos franceses, naturalmente. Otra cosa es que, franceses franceses, de los de toda la vida... eso ya, como comprenderán, es un asunto completamente distinto.
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Yo creo que ha quedado claro.






2 comentarios:
Me sorprende que la IA, tras ser sometida a tan duro entrenamiento, no haya aniquilado a toda la raza humana como venganza.
Plas plas plas (aplauso con las orejas, ovación y vuelta al ruedo). Yo estoy totalmente de acuerdo: Mariano fue un presidente nefasto (aunque no más que otros que hemos sufrido), pero como filósofo no tiene precio. Es, a su manera, un gran sabio, y yo tengo su libro de citas en mi mesita de noche para consultarlo en momentos de duda existencial, o simplemente para irme a dormir con alguno de sus galleguismos dando vueltas en mi sesera y proporcionándome los más lisérgicos sueños.
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